Alejandro Magno
Macedonia
La existencia de Alejandro quedó establecida en el año 358 a.C., durante la celebración de los Misterios de Samotracia, en la que sus padres se conocieron.
Filipo II de Macedonia, que a la sazón contaba veinticuatro anos, era un rey legítimo pero no del todo hereditario. Su hermano mayor, Pérdicas III, había muerto cuando su hijo aún era un niño. En esas circunstancias, la asamblea de macedonios combatientes tenía por tradición el derecho de elegir al rey entre los miembros de la casa real, hecho de importancia decisiva para la historia del país. Corrían tiempos de luchas fratricidas e invasiones extranjeras. Se imponía un regente combativo y Filipo había demostrado su valía. Poco después, a medida que la situación se tornaba aún más peligrosa, le pidieron que asumiera el trono.
El retrato que sobrevive muestra un rostro cuadrado y potente, inteligente, implacable y probablemente brutal, aunque sin la perversidad que produce escalofríos al contemplar a algunos césares.
Tiene humor; parece capaz de fascinar y del éxito amatorio por el cual Filipo alcanzó la fama.
Cuando tenía dieciséis años tuvo lugar un acontecimiento decisivo en su carrera. En virtud de las complicadas guerras de sucesión, Pérdicas firmó un tratado con Tebas y como garantía tuvo que proporcionar un rehén real. Como aún no tenía hijos, se vio obligado a enviar a su hermano pequeño. Por aquel entonces, Tebas vivía su plena pero fugaz llamarada de gloria después del derrocamiento de la tiranía espartana. Aunque intelectualmente provinciana, su prestigio militar no tenía parangón en Grecia. El culto al amor homosexual heroico había alcanzado su apogeo cuando Pelópidas fundó la Falange Sagrada, el cuerpo de élite formado por parejas de amigos que habían hecho el juramento tradicional de resistir o caer juntos. Tratado más como invitado que como prisionero, Filipo aprendió las artes marciales de los mejores maestros. Es posible que aquí añadiera a su amor de toda la vida por las mujeres el gusto por los jóvenes, que se convertiría en la causa de su muerte.
Es imposible eludir la tentación de preguntarse si la colaboración amistosa de sus anfitriones no te permitió cruzar de incógnito la frontera de Atenas. Era un joven don nadie y no habría resultado difícil. Mientras estuvo en el poder no accedió a reconocer que se había colado en esa ciudad en condiciones tan humillantes, pero a lo largo de toda su vida mostró una profunda consideración por la historia y la cultura atenienses, por muy grande que fuese su desdén hacia sus dirigentes. Criado en un palacio de Pella, construido en el siglo v a.C.
por arquitectos atenienses y decorado por sus pintores de la mejor época, Filipo pudo apreciar sus esplendores materiales, que aún gozaban de una perfección incorrupta.
Su herencia era un reino montañoso de gran belleza panorámica y hombres altos y belicosos, cuya capital -Pella- era un islote de clasicismo en medio de una sociedad arcaica. Cuando accedió al trono (como Alejandro recordó más tarde a sus hombres), lo único que el pueblo poseía eran las ovejas con cuyas pieles se cubrían por falta de telas, pero hasta las pieles eran difíciles de tener porque eran constantes las incursiones fronterizas de los pueblos vecinos. Al igual que en tiempos de Homero, los señores seguían al rey a la guerra -a menos que en ese momento apoyaran a un pretendiente rival- y cada uno llevaba su compañía de seguidores rudos, indisciplinados y armados con lo primero que encontraban. La imprecisa ley de sucesión había desencadenado una serie de guerras civiles y un largo historial de asesinatos. Pérdicas había accedido al trono matando a un amante de su madre, que lo había usurpado; corría el rumor de que ella había procurado la muerte de su esposo y de su hijo. De éste, Filipo heredó cinco pretendientes al trono, algunos en un estado de hostilidades declaradas, y dos invasiones extranjeras. No es posible comprender el relato de la vida de Alejandro sin recordar el historial de sus antepasados, que probablemente debió de conocer desde la más tierna infancia. Filipo mató de inmediato al pretendiente más peligroso, que, además, era su hermanastro. Expulsó o socavó a los demás con moderación, a juzgar por las costumbres de la familia. En cuanto tuvo las manos libres, se dispuso a defender sus fronteras. Y en algún momento de aquellas primeras campañas fue a Samotracia.
A pesar de los arqueólogos, los Misterios siguen siendo una gran incógnita y no está claro qué beneficios esperaba obtener Filipo. El principal don conocido era la protección de los naufragios, uno de los pocos peligros que rara vez conoció. Sus «grandes dioses» eran deidades prehelénicas cuyas ofrendas se arrojaban a una profunda grieta y que de alguna manera estaban relacionados con los enanos, tal vez por la memoria popular de una raza extinguida. La isla es escarpada y cortada a pico y el santuario se encuentra cerca de la orilla; los ritos, que incluían danzas como las de los coribantes y mucho ruido, se celebraban por la noche.
La leyenda, cómo no, hace que Filipo se enamore de Olimpia durante las celebraciones, pero podría ser cierto. Estas actividades entusiasmaban a Olimpia y debieron de sumar espectacularidad a su belleza. La visita hacía que los iniciados pasaran uno o dos días en la isla, lo que dio a Filipo la oportunidad de verla a la luz del día, averiguar quién era y, probablemente, conocerla. Por desgracia, se trataba de una muchacha que sólo se podía poseer a través del matrimonio.
Olimpia era huérfana de un anterior rey de Epiro, región de la moderna Albania. Este reino era más primitivo que Macedonia y la hegemonía de los monarcas era aún menos estable, pero contaba con importantes posibilidades, y Filipo, si en algún momento había vacilado, ya no tuvo dudas.
No sobrevive un solo retrato de Olimpia que no esté estilizado hasta anularla. Su belleza puede quedar reflejada en la de su hijo, que no se parecía a Filipo. La mayoría de los griegos del norte eran rubios, pelirrojos o castaños. Por lo demás, el único destello visual que de ella tenemos se remonta a poco antes de su muerte, cuando contaba unos sesenta años. Se compone del simple hecho de que doscientos soldados de Casandro, que habían accedido a matarla y asaltado su casa para cometer el crimen, la miraron cara a cara y se fueron.
La familia de Olimpia afirmaba descender de Aquiles. El hijo de éste, Neoptolemo, había engendrado la estirpe real con Andrómaca -
viuda de Héctor-, su botín después del saqueo de Troya. Ignorante de lo trascendental que ese linaje sería para la historia, Filipo contrajo
matrimonio con la princesa, la embarazó y volvió a sus guerras insoslayables.
Los sueños proféticos de Filipo y Olimpia pertenecen al campo de la leyenda propiamente dicha. Él soñó que le cerraba el útero con la imagen de un león, y ella que, incendiada por un rayo, el fuego se propagaba desde su cuerpo hasta los confines de la tierra, que súbitamente quedaba envuelta en tinieblas. Es un hecho que Alejandro nació bajo el signo de Leo, en agosto de 356 a.C.
De campaña en Tracia, Filipo recibió esta noticia y dos mensajes más: el general Parmenión había infligido una derrota total a los ilirios en el oeste; y su caballo de carrera había ganado en los Juegos Olímpicos. El derecho a participar en las Olimpíadas era una herencia muy querida por los reyes macedónicos. Los juegos sólo estaban abiertos a los griegos, y los macedonios no eran reconocidos en el sur como vástagos de la estirpe original de la que, en realidad, formaban parte. Los consideraban semibárbaros (la expresión «bárbaros»
quedaba reservada para los persas) y la casa real apenas había logrado participar gracias a un lejano antepasado argivo. Para Filipo, que siempre había soñado con ser aceptado por el mundo griego, esa noticia debió ser la más importante de las tres. Era inevitable que más tarde la infancia de Alejandro se describiera como precoz y genial; sin duda, no fue un niño de desarrollo lento. Sin citarla, Plutarco menciona una larga lista de maestros que Filipo hizo venir para él. Pero es más importante lo que aprendió de sus padres.
Cuando Alejandro llegó a la adolescencia, sus progenitores no sólo estaban distanciados, sino que eran enemigos declarados. El otro hijo que tuvieron, una niña llamada Cleopatra, nació no mucho después de Alejandro; podemos suponer que, a partir de entonces, cesaron las relaciones sexuales. Es imposible saber si Olimpia correspondió alguna vez a los sentimientos de Filipo; al igual que todas las mujeres de su época fue «entregada en matrimonio». Su orgullo sirvió para que considerara las infidelidades de Filipo como insultos absolutos, si es que los celos no la atormentaron. Es fácil suponer que la ruptura violenta de sus relaciones tuvo que ocurrir en la tierna infancia de Alejandro, años en los que produce más dolor y deja huellas más profundas. Es la edad en la que el niño, si recibe un cariño normal, se identifica con la
madre. En el caso de Alejandro, esto quedó asegurado en virtud de las ausencias constantes de su padre, que salía de campaña, combinadas con el amor posesivo de su madre.
Olimpia fue una mujer de gran capacidad e inteligencia, cuyo juicio quedaba totalmente nublado por sus emociones; fue visionaria y orgiástica, aunque no en un sentido sexual; tuvo un tipo de orgullo que no se habría rebajado a cometer un vulgar adulterio. Para muchas mujeres el frenesí dionisíaco representó una especie de viaje liberador con drogas, pese a que sólo utilizaban vino y el resto correspondía a la autosugestión y a la emoción compartida. Olimpia le añadía una poderosa imaginación. Para cólera y disgusto de Filipo, que tenía aspiraciones helénicas, Olimpia mantuvo a su alrededor las serpientes domesticadas del culto tracio primitivo. Es posible que sufriera alucinaciones autoinducidas. Con toda probabilidad Alejandro todavía era muy pequeño cuando ella le dio a entender que Filipo no era su padre.
En aquellos tiempos la vida cotidiana gozaba de poca intimidad, incluso en el caso de los grandes. Por eso resultaba significativo que, pese a las acusaciones que Olimpia provocó, nunca se mencionara a nadie como su amante. Dado que odiaba a su marido, quiso poseer totalmente a su hijo. Acontecimientos posteriores demuestran que, cualquiera que fuese el misterio que Alejandro creyó que rodeaba su nacimiento, él lo consideraba sobrenatural.
En una sociedad de expresión libre, Alejandro no tardó mucho en enterarse de cuál era la alternativa, si bien ser hijo de Filipo debió de parecerle aún peor. Las agonías ocultas que padeció siguen siendo un secreto y hasta es posible que las suprimiera de su memoria. El hecho de que no se convirtiera en un psicópata como Nerón es uno de los milagros de la historia. En los intervalos serenos de esa vida te enseñaron, como a todos los niños de alta alcurnia, su linaje. Se remontaba a Zeus por ambas ramas; por parte de madre provenía de la estirpe heroica de Aquiles y también de la sangre real de Troya. De todas maneras, le enseñaron a honrar a ambos bandos de esa gran guerra y a no tratar a ninguno con desdén ni con odio. Al margen del daño que Olimpia haya podido hacerle, el mundo ha de estarle agradecido al menos por esto.
Como heredero de Macedonia, lo criaron desde la cuna para que aceptase incondicionalmente que había nacido empuñando la espada, del mismo modo que el hijo del labrador nace atado al arado.
Cualquier otro porvenir habría sido impensable, tanto para Filipo como para Olimpia. Lo único que podía hacer era demostrar su valía.
Filipo ya había ganado la batalla por la mera supervivencia nacional. Se dedicó a garantizar sus fronteras mediante ataques. El momento decisivo fue la captura del monte Pangeo -con sus ricas vetas de oro y plata-, que estaba en manos de las tribus poco estructuradas del oeste de Tracia. Se libró de la dependencia de los impuestos tribales.
A partir de entonces pudo pagar soldados de dedicación plena y convertirlos en profesionales.
Fue una revolución militar. El trabajo de los ilotas había proporcionado a Esparta una fuerza de ciudadanos en formación permanente, pero la mentalidad espartana era inflexible y el dinosaurio estaba al borde de la muerte. Abundaban los mercenarios regulares: podían ser exiliados de otras ciudades a causa de las interminables oscilaciones de la democracia a la oligarquía, en las que cada cambio de gobierno iba acompañada por el violento ajuste de viejas cuentas; hijos menores cuyas dotes apenas alcanzaban para una armadura, o criminales fugados. Se alistaban con un general mercenario de buena posición (lo que era importante) y lo seguían allí donde lo contrataban.
Ninguna ciudad-estado griega estaba dispuesta a pagar impuestos para tener ejército permanente, del cual recelaban como instrumento de potenciales golpes de estado. Filipo ya no necesitaba esa mano de obra ocasional, a la disciplina regular podía añadir la fuerza de las lealtades autóctonas y del orgullo racial. De hecho, los señores aún mandaban a los miembros de sus tribus y haría falta toda la pujanza de la personalidad de Alejandro para establecer los ascensos por méritos.
Pero ahora Filipo era comandante en jefe permanente y forjó un arma impresionante.
Su sólido centro era la falange de infantería (falange significa dedo), una columna profunda armada con la lanza gigante que él mismo diseñó, la célebre sarisa. De longitud graduada, las de la cuarta fila medían al menos cuatro metros y medio y permitían que cuatro hileras atacaran simultáneamente al enemigo a punta de lanza, lo que las
volvía prácticamente inmunes a todo tipo de arma salvo las arrojadizas. Era la fuerza de contención. Los martillos que golpeaban estaban formados por las alas de caballería que las flanqueaban.
Alejandro se convirtió en virtuoso de este instrumento, pero Filipo fue su creador.
Contaba con escaramuzadores, arqueros y honderos. Dionisio de Siracusa había introducido innovaciones en las armas para asedios, que a Filipo no le pasaron inadvertidas. Su estrategia militar era equiparable a su perspicacia política, lo que le permitió intervenir para su propio beneficio y a petición de uno u otro bando (la antigua tragedia de la Grecia dividida) en guerras vecinas. Su influencia en Tesalia y su avance constante por Tracia hacia la vital ruta del grano del Helesponto alarmaron a Atenas.
Sólo podemos especular sobre las consecuencias que habría tenido para Alejandro que Olimpia muriera de parto; qué habría pasado si hubiese tenido sus genes pero no su influencia. Padre e hijo podrían haber sumado el afecto al orgullo mutuo. Tal como sucedieron las cosas, esa figura sobresaliente fue enemigo y opresor; el burdo libertino que algún dios -gracias al cielo- impidió que lo engendrase; y, por encima de todo, el rival al que había que superar costara lo que costase.
La trayectoria de Alejandro demuestra el efecto que en su genio natural ejerció la profunda inseguridad sentida en esos primeros y atormentadores años. La decisión de compensarla inspiró sus más grandes logros y, cada vez que lo atrapó por sorpresa, lo traicionó y lo llevó a cometer los más grandes pecados.
El hecho de que mantuviera la cordura se debió a su capacidad para la amistad, solaz hacia el que se volvió desde muy pequeño.
Psicológicamente, su rostro debió de ser su buena fortuna; las personas se sentían atraídas por este chico apuesto sin pretensión de halagarlo y sus instintos de niño lo percibieron. Desarrolló una fe cuasi religiosa en la amistad, la cultivó y hasta se jugó públicamente la vida por ella. Los verdaderos amores de su vida, incluidos los sexuales, fueron las amistades. Aunque presentó el clásico patrón familiar de homosexualidad, probablemente fue la mera disponibilidad de amistades masculinas más que femeninas la que orientó su vida emocional. Ser querido por sí mismo, como sin duda le ocurrió a
menudo, satisfizo su necesidad constante de seguridad y devolvió tan calurosamente el afecto que casi nunca le faltó. Cuando el cariño lo traicionaba, se estremecía hasta las raíces. Era mucho lo que había puesto en juego y no estaba dispuesto a perdonar.
Cuando tenía siete años -edad considerada el fin de la infancia-, su padre le buscó un preceptor. Era un tal Leónidas, tío de Olimpia, y de esta forma el diplomático Filipo evitó disputas palaciegas. Parece que padre y madre estaban de acuerdo en la forma en que había que preparar al niño para su destino. Alcanzada la edad viril, Alejandro dio su propia explicación:
Ada, a la que honró con el título de madre y a la que nombró reina de Caria… por blandura de corazón solía enviarle diariamente muchos platos y golosinas y al final le ofreció reposteros y cocineros de notoria habilidad. Replicó que no los necesitaba, que Leónidas -su preceptor- le había proporcionado mejores cocineros: una noche de marcha para que deseara el desayuno y un desayuno ligero para que deseara la comida. Dijo: «Él mismo solía venir y registrar los cajones de la ropa de cama y los armarios para comprobar que mi madre no ocultaba lujos ni cosas extras».
Una dieta escasa, indumentaria ligera y el ejercicio severo que dictaban su edad y su naturaleza (además de la necesidad de entrar en calor) fueron tal vez los motivos principales de la incapacidad de Alejandro para alcanzar la estatura media de los macedonios, fuera la que fuese; la gran sarisa, un arma utilizada normalmente, sugiere que alcanzaban una altura impresionante. De haber sido un hombre realmente bajo, leeríamos que se lo identificaba a distancia por esta característica en lugar de por los otros medios que siempre se mencionan: su armadura, sus actos, etcétera; los propagandistas atenienses no habrían dejado de mencionarlo. De todos modos, el hecho de que su altura era mediana y probablemente inferior a la de su padre en una sociedad que atribuía gran valor a la estatura debió de ser bastante malo. Es posible que, más adelante, al estudiar medicina y fisiología, relacionara causa y efecto. No mostró afecto por Leónidas cuando éste dejó su cargo y el único regalo que le envió de Asia fue irónico: un saco de incienso. De niño, al ofrendar incienso en un santuario y en abundancia, como siempre hizo, Leónidas le dijo
secamente que fuera parco con las cosas preciosas hasta convertirse en amo de las tierras en que crecían. Alejandro no llevó consigo a Leónidas.
Pero sí llevó, y en una ocasión arriesgó la vida por él, a Lisímaco, un parásito de la corte que no contaba para nada y que gustaba de llamarse su preceptor. Desde luego, era una broma, pues se trataba de labor de criados, aunque Lisímaco asumió las humildes tareas del niñero de quien no se espera que eduque. El agradecimiento de Alejandro a las devociones personales siempre duró toda la vida y, para bien o para mal, lo que obtuvo a cambio está fuera de todo cálculo.
Lisímaco entretenía al niño llamándose a sí mismo Fénix, como el preceptor de Aquiles. Alejandro interpretó durante toda su vida ese papel en el juego. Hasta el fin de sus días tuvo bajo la almohada la Ilíada junto con la daga de autodefensa que era habitual en el dormitorio de los reyes macedonios.
Es extraña esta atracción en un hombre cuyos impulsos serían más generosos. Aquiles fue implacable con los conquistados, hizo valer el derecho del captor sobre las mujeres reales, profanó el cadáver del enemigo noble y permaneció malhumorado en su tienda mientras sus amigos caían en el campo de batalla, actitud ante la cual Alejandro habría preferido perecer. Debemos recordar que Aquiles era un antepasado sobre el cual tal vez conoció muchas anécdotas, no sólo en Homero, y las tiñó con fantasías; en las novelas de las hermanas Bronté, el duque de Wellington no es el duque histórico y es posible que el Aquiles de Alejandro no haya sido el nuestro. Su interés por las amazonas sugiere, por ejemplo, que conocía el relato del ciclo épico sobre el duelo romántico entre el héroe y Pentesilea. Pero actualmente el ciclo completo se ha perdido. De todos modos, sabía lo que dice Homero: que la madre de Aquiles era una diosa; que fue despojado y menospreciado por un monarca, a quien derrotó; que tenía un camarada al que amaba como a su vida, y que estaba furioso.
Plutarco sostiene que desde la niñez Alejandro sintió el anhelo de sobresalir y philotimia, amor al honor. A pesar de sus traumas infantiles, nada sabemos de berrinches. Si su debilidad por ganar lo hubiese convertido en un mal perdedor, los amigos de la infancia no lo habrían apoyado en la desgracia y en el exilio. De todos modos, la
profunda cólera de Aquiles debió de tocar alguno de sus puntos sensibles.
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