Alejandro Magno
Troya
El reinado de Alejandro comenzó en el año 336 a.C., cuando tenía poco más de veinte años.
«Su aspecto físico queda mejor representado en las estatuas que le esculpió Lisipo. [Plutarco no dice cuál de los contemporáneos de Alejandro expresó esta opinión, si es que alguno lo hizo.] Y estuvo de acuerdo en que lo esculpiese sólo él. [De todos modos, debió de dar autorización a varios más.] Este artista ha captado con exactitud las características que, posteriormente, muchos sucesores y amigos intentaron imitar: la posición del cuello, ligeramente inclinado hacia la izquierda, y sus ojos acuosos. En el cuadro de Apeles El que esgrime
truenos su tez no está bien, pues la pintó demasiado oscura y bronceada; dicen que era rubio y que viraba al rubicundo en pecho y rostro.»
Sus ojos acuosos eran grises y su capacidad expresiva no se ajustaba a las convenciones artísticas griegas. Todos los retratos importantes de testas muestran una marcada protuberancia en la frente, por encima de las cejas (teniendo en cuenta la idealización, probablemente era aún más notoria en la vida real), debida tal vez al desarrollo de los lóbulos cerebrales frontales; y la cabellera espesa y apenas ondulada, que caía de un pico, con el peculiar corte escalonado hasta el cuello cuando en el sur de Grecia estaba de moda el peinado corto y rizado. Arriano, cuyas dos fuentes principales corresponden a hombres que lo vieron con frecuencia, afirma que Alejandro era muy apuesto.
El afeitado, difundido desde hacía mucho tiempo entre los jóvenes del sur, no se conoció en Macedonia hasta que Alejandro lo introdujo.
En la infancia y en la adolescencia debieron de admirar su belleza; el hecho de que no quisiera alterarla con una barba tal vez sea señal de su naturaleza bisexual. En cuanto impuso esa moda, fue tan seguida que la leyenda posterior hace que ordene a todo el ejército macedonio que se afeite. Se lo cita diciendo que en la lucha cuerpo a cuerpo la barba proporciona al enemigo un punto del que aferrarse. Quizá también se dio esta explicación a sí mismo.
«En las memorias de Aristóxeno se dice que su piel emanaba un aroma muy agradable y que su aliento y todo su cuerpo poseían una
fragancia que traspasaba las ropas que vestía.» En todas las fuentes se pone de manifiesto su afición al baño diario siempre que podía; en campaña debió de estar muchas veces sin lavarse, lo cual vuelve interesante dicha observación. Era un hombre muy sano cuando no lo afectaban ocasionales fiebres. En la época anterior a la odontología, el buen aliento era prueba de una buena dentadura, así como de una buena digestión. Amaba apasionadamente el ejercicio fuerte, la caza, correr y los juegos de pelota; sin embargo, despreciaba el atletismo profesional, que en su siglo había degenerado y producido horrorosos físicos especializados en lugar de la belleza equilibrada de una escultura clásica. Se consideraba un corredor de nivel olímpico, pero rechazó la oferta de participar en los juegos «a menos que tuviera reyes con los que competir». Su orgullo no hubiera soportado ni la más mínima sospecha de que le habían dejado ganar la carrera.
Amaba la música y el teatro; los artistas emprendían larguísimos y arduos viajes con tal de actuar para él y no eran recibidos como meros intérpretes, sino como invitados. Por naturaleza, Alejandro poseía el ritmo biológico del actor y cuando tenía tiempo le gustaba trasnochar y dormir por la mañana, pauta no necesariamente relacionada con la ingestión copiosa de alcohol, como sabe la gente del espectáculo.
No podía vivir sin libros, que se hizo enviar hasta el corazón de Asia, acrecentando sus lecturas favoritas a medida que conquistaba territorios. Parece que, después de Homero, el autor que más le interesaba era Jenofonte, cuya influencia aparece nítidamente una y otra vez. Alentaba a sus hombres recordándoles la Anábasis, con sus decididos diez mil, y hacía una exposición paralela sobre la ineficacia persa. El joven Jenofonte, que una noche de desesperación abandonó el lecho para arengar al ejército porque sus mayores habían muerto y no había quien asumiera la tarea, debió de ser un hombre con las mismas pasiones que Alejandro (y las de Shakespeare, que trasladó la misma situación al rey Enrique la víspera de Agincourt). Sin duda también valoraba los tratados sobre equitación y caza. Con su profundo sentido del teatro, por encima de todo Alejandro mostró en el drama de su vida con quién estaba básicamente en deuda: con la educación de Ciro, la única obra de ficción de Jenofonte.
En principio debió de leerla como historia. Más tarde, cuando llegó a Persia, se enteró de algunas discrepancias; empero, el hecho de que el Ciro de carne y hueso hubiese muerto en el campo de batalla más que con serenidad socrática probablemente hizo que le tomara aún más afición. La imagen de un conquistador genial, poderoso y misericordioso, que convierte en amigos a los enemigos y al que los conquistados aclaman como padre no choca con los fragmentarios archivos persas. Alejandro no necesitó desechar su culto al héroe, como demuestra la devoción que manifestó ante la tumba de Ciro.
Posiblemente pasó por alto las enseñanzas militares de Ciropaedia
por considerarlas elementales. Su padre había sido un maestro mucho más refinado. Jenofonte afirma que no presenta máximas para generales, sino el modelo de un gobernante ideal que rige a los pueblos conquistados de un inmenso y extendido imperio.
Gobernó esas naciones, a pesar de que no hablaban la misma lengua que él ni la misma entre ellas; sin embargo, fue capaz de infundir temor hacia su persona hasta el extremo de que nadie osó oponerse; era capaz de despertar un deseo tan profundo de satisfacerlo que todos querían dejarse gobernar por la voluntad de Ciro.
… En realidad, el gobernante no sólo debe ser mejor que sus súbditos, sino que ha de hechizarlos.
La abrumadora recopilación de las leyendas de Alejandro rinde tributo al último precepto en una escala que supera todo lo soñado por la filosofía de Jenofonte.
Provocada por una afinidad espontánea, la admiración que sentía por Ciro debió de convertirse en un potente antídoto contra la estrechez de miras de Aristóteles. Una y otra vez el comportamiento de Alejandro pone de relieve la deuda con lo que se ha considerado la primera novela histórica del mundo occidental. Los siguientes fragmentos podrían confundirse con citas de una historia de Alejandro.
En campaña, el general debe mostrar que es capaz de soportar mejor que sus hombres el sol en verano, el frío en invierno y las penurias durante una marcha difícil. Estas actitudes hacen que sea amado por aquellos a los que dirige.
Cuando los demás fueron a cenar a la hora habitual, Ciro se quedó
[entre los heridos] con sus ayudantes y sus médicos, pues no estaba
dispuesto a dejar desamparado a nadie.
Es posible que los dioses, al igual que los hombres, sean más propensos a inclinarse hacia nosotros si les hacemos caso en el momento culminante de nuestra fortuna en lugar de adularlos únicamente en la adversidad. Éste también es el modo de cuidar de los amigos.
Siempre mostró toda la amabilidad de que era capaz; sostenía que, del mismo modo que es difícil querer a los que parecen odiarnos o estar bien dispuesto hacia los que nos desean el mal, aquel que es afectuoso y está bien dispuesto no puede ser odiado por los que conocen el amor.
Intentó conquistar la devoción de los que lo rodeaban pensando en ellos y preocupándose, mostrando alegría en su prosperidad y solidaridad en su desdicha.
Vosotros [sus hombres] lleváis en vuestra alma lo que es más justo y más militar: disfrutáis, por encima de todo, de las alabanzas. Los hombres enamorados de las alabanzas se sienten obligados a soportar cualquier penuria y cualquier peligro.
Ciro era el más apuesto en persona, el más generoso de alma, el más encariñado con el saber, el más enamorado de la fama honrosa, de modo que podía resistir todos los sufrimientos y los peligros en nombre de las alabanzas.
Los dos últimos fragmentos son básicos para comprender a Alejandro. Los modernos que lo han acusado de «una desagradable preocupación por su propia gloria» piensan en función de otra época.
Hasta ese momento y de ahí en adelante, los más altos niveles de la literatura griega están impregnados del axioma según el cual ser digno de fama es la más honrosa de las aspiraciones, el incentivo de los mejores hombres para alcanzar las más altas cotas. Sócrates, Platón y Aristóteles lo aceptaron. Este ethos duró más que Grecia y Roma. La última palabra de la única épica inglesa es lofgeornost: «de lo más deseoso de fama». Cierra el lamento de los guerreros ante el difunto Beowulf.
Alejandro III inauguró su reinado según el estilo macedonio tradicional: eliminando a los que ponían en peligro la sucesión.
Plutarco y Diodoro coinciden en que buscó y castigó a los conspiradores del asesinato de su padre. Ninguno explica el proceso de
la investigación, aunque la purga no fue indiscriminada. La víctima más importante fue su primo Amintas, hijo de Pérdicas III, que de acuerdo con las leyes de sucesión más corrientes se habría convertido en el monarca reinante. Era un macedonio de raza, lo que lo diferenciaba de Alejandro, cuya impopular madre provenía de Epiro.
Filipo siempre debió de parecerle un usurpador a Amintas; de haber triunfado la conjura, se habría convertido en elegido natural. No se sabe si fue muerto por pruebas o por sospechas. Alejandro merece el beneficio de la duda porque, pese a la humillación que sufrió con la intriga matrimonial con la caria, no le hizo nada a su hermanastro Arrideo, un peón inofensivo del que le pareció denigrante vengarse. De todas maneras, era peligroso dejar ese peón en el tablero macedonio.
Alejandro lo sumó a su corte y lo llevó en sus viajes. Debió de estar bien cuidado, porque de los dos fue el que más vivió.
Ejecutaron a dos príncipes de Lincestis, una familia de reyes antaño independientes del oeste de Macedonia. Quizás abrigaban la esperanza de recuperar su antigua soberanía. El mayor, otro Alexandros, se salvó porque después del asesinato aclamó inmediatamente a Alejandro como monarca. Parece que en cierto momento surgió la idea de que la conspiración fue financiada por el oro de Persia. Probablemente era verdad, se suministrara a través de Demóstenes o directamente por el propio Darío, que tenía sobrados motivos para temer a Filipo y que no imaginaba lo que se le vendría encima.
Atalo, enemigo declarado y peligroso, planteaba un problema peculiar. Estaba de campaña en Asia Menor, con sus propias tropas, en su mayoría unidas a él por lealtades tribales. Se creía, correctamente, que planeaba una traición. Alejandro era partidario de someterlo a juicio según las leyes macedonias, pero no podía correr el riesgo de que se pasara con su ejército al otro bando. Por consiguiente, enviaron en misión secreta a un oficial llamado Hecateo para que, si era posible, lo hiciese prisionero o, de lo contrario, lo matase. Atalo se carteaba con Demóstenes con miras a unirse a Atenas. Alarmado quizá por los rápidos éxitos iniciales de Alejandro -no se conoce claramente la secuencia de los acontecimientos-, Atalo se acobardó y envió la carta de Demóstenes a Macedonia, adjuntado una súplica de perdón. En el interín, Hecateo había llegado a la conclusión de que no podía correr
más riesgos y lo mató de inmediato. Dadas las circunstancias, nadie se quejó de que no se respetaran las leyes. Es posible que Hecateo contara con una orden real que podía mostrar antes o después del hecho a los oficiales de Atalo y al otro general de la fuerza expedicionaria: Parmenión.
El tema de Atalo es importante. Sirvió de precedente para Alejandro y sería decisivo en una crisis posterior de su carrera.
A decir verdad, en ese momento no podía andarse con subterfugios legales ni es posible que la decisión le llevase mucho tiempo. No disponía de tiempo. Al conocer la noticia de que el gran imperio de Filipo había pasado a manos de un joven de veinte años, todas las tierras por aquél conquistadas se rebelaron en el acto. Alejandro quedó rodeado por más peligros que los que su padre había afrontado a la muerte de Pérdicas III.
El más inmediato fue la deserción de Tesalia, cuyos grandes señores no tenían la menor intención de convertirla en un arcontado hereditario para Macedonia. Guarnecieron el paso inexpugnable entre los montes Olimpo y Ossa, el estrecho desfiladero del Tempe. Alejandro se percató de inmediato de que, si los señores se salían con la suya, todo el sur se levantaría y tendría que hacer frente a otra Queronea. Marchó deprisa, reconoció el terreno, con su intuición estratégica veloz como el rayo vio que era posible salvar el paso abriendo escalones en el flanco de Ossa y se presentó en la retaguardia de los tesalios mientras éstos aún aguardaban su avanzada. Azorados, le rindieron homenaje sin presentar batalla y le ofrecieron los antiguos derechos y tributos de Filipo. (Alejandro eximió de tributos a Ftía porque era la ciudad natal de Aquiles.) En las Termópilas convocó una conferencia de la Liga sagrada, cuyos miembros lo reconocieron sin un solo voto disidente.
En Atenas el pánico alcanzó los mismos niveles que después de Queronea. Recordaron con preocupación el voto de agradecimiento al asesino de Filipo. Enviaron una embajada para que presentara sus excusas a Alejandro. Éste la recibió con cortesía y no acusó a nadie. En su marcha no atravesó la frontera del Ática. No volvió a visitar, ni jamás lo haría, ese museo inmortal de la civilización occidental.
Convocó una conferencia en Corinto, tal como había hecho Filipo, y,
con la misma delegación de funciones que le habían asignado a su padre, fue investido jefe militar contra los persas.
Los pasos y las plazas fuertes que dominaban el sur estaban guarnecidos. Aunque no se habían erigido las magníficas murallas macedonias que coronaban la Acrocorinto, su acrópolis también estaba guarnecida. Como en tiempos de Filipo, Tebas contaba con su Cadmea (una ciudadela artificial de poca altura), que estaba en manos de los macedonios. El sur de Grecia quedó asegurado… justo a tiempo, si tenemos en cuenta las amenazas procedentes del norte. No era posible emprender una expedición a Asia sin controlar Tracia. La fuerza expedicionaria de Parmenión corría el peligro de ver cortadas sus comunicaciones.
En Macedonia, Olimpia aprovechó al máximo la ausencia de Alejandro. No resulta creíble que, como sostiene Justino, Olimpia se trasladara al galope desde Epiro para coronar con oro el cadáver de Pausanias, expuesto en la cruz de los traidores. Ella había disfrutado de una satisfacción más grande: había forzado a Eurídice -su joven rival-a ahorcarse, probablemente amenazándola con la tortura, después de ver morir a su segundo hijo recién nacido. Plutarco dice que, a su regreso, Alejandro se enfadó. Había salvado la vida a Arrideo y esa muchacha no era más que otro peón del estado.
Llegó el invierno. Durante su breve duración, Alejandro tuvo que preparar al ejército recién heredado para la apremiante tarea de salvaguardar las fuerzas que ya estaban comprometidas en Asia. A principios de primavera, fecha en que las bandas guerreras tracias dejaban de invernar, Alejandro avanzó hacia el nordeste con su habitual velocidad; su mente no sólo se ocupó de los peligros inmediatos, sino de los futuros. Una vez conquistada la ruta militar al Helesponto, su objetivo fue el territorio interior de las tribus del norte aún no sometidas. Eran las mismas que habían atacado a Filipo a su regreso de Bizancio y le habían infligido una herida grave. Habitaban las tierras ribereñas del Ister (Danubio), más allá de la salvaje cadena montañosa de Haemon, la actual Stara Planina búlgafa. Cuando a los dieciséis años quedó como regente, la campaña contra los maedos lo llevó hasta allí y habría continuado entonces de no ser porque su padre lo llamó «por temor a que abordase una empresa demasiado grande».
Su sentido estratégico había sido sólido. Ahora podía ajustar las cuentas y proteger el cordón umbilical con Asia.
Desde la batalla de Queronea, punto culminante de una batalla dirigida por Filipo del principio al fin, Alejandro no había tenido mando. No había dirigido de forma independiente a un ejército desde que, a los diecisiete años, rechazó a los ilirios. Había estado en el exilio, había caído en desgracia; su posición en la expedición proyectada por Filipo no estaba clara. Pero le bastó con presentarse ante las tropas y dirigirlas -y en terreno muy accidentado, donde el mismísimo Filipo había sido derrotado- para que lo siguiesen con entusiasmo y con fe ciega. Este acontecimiento, históricamente eclipsado por sus hazañas posteriores, es tan extraordinario como los restantes.
Aparte de los macedonios, disponía de un contingente de agrianos, una tribu tracia de cuyo joven jefe, Lámbaro, ya se había hecho amigo, quizás en guerras anteriores o tal vez porque Lámbaro, al igual que otros nobles tracios, fue enviado a Pella como rehén de la lealtad de su padre. Sea como fuere, era devoto de Alejandro. Incluso según los patrones de la Macedonia rural, se consideraba atrasados a los belicosos tracios, que se hacían tatuajes azules y coleccionaban como trofeos las cabezas de sus enemigos. Sin embargo, a lo largo de toda su vida Alejandro se interesó por los individuos.
Desde el principio de la campaña mostró su característica capacidad de rápida adaptación ante lo inesperado. Los defensores del paso de Haemon se parapetaron tras una hilera de carros, que arrojaron sobre las tropas de Alejandro con la ayuda de la letal fuerza de gravedad. El macedonio desplegó la falange en orden abierto e instruyó a los que no podían evitar los carros para que se agazaparan bajo un techo de escudos (anticipándose así a la «tortuga» romana).
Los carros pasaron por encima, Alejandro no perdió ni un soldado y cruzaron el paso. Avanzó hacia la llanura ribereña de los tribalianos, los cuales estuvieron a punto de cortarle la retaguardia. De inmediato dio media vuelta para hacerles frente y los tribalianos se retiraron hasta el inexpugnable desfiladero. Alejandro jamás desperdició una vida humana atacando ese tipo de posiciones; enviaba arqueros y honderos para que acosaran a distancia; cuando el enemigo mordía el anzuelo y salía a perseguirlos, le caía encima con todas sus fuerzas.
Presa del pánico, el enemigo era reducido con el habitual contraste entre las víctimas de los perseguidores y de los perseguidos. Para los soldados del mundo antiguo había un aliciente hoy desconocido en el comentario que una década después Alejandro hizo a sus hombres:
«Mientras os he dirigido, ninguno de vosotros ha muerto en plena huida».
Después de aquella batalla marchó hacia el norte hasta el Ister. No sólo pretendía controlar la tierra que lo bordeaba sino que, según Arriano, deseaba cruzar al otro lado.
Es la primera vez que oímos hablar de semejante anhelo -la palabra griega es pothos-, si bien aparecen muchos ejemplos en su historia vital.
Su naturaleza polifacética contenía una potente vena de explorador. El Ister era la frontera septentrional del mundo griego conocido, lo que había más allá sólo eran rumores. De todos modos, los sueños de Alejandro siempre tuvieron una faceta práctica y no se proponía cruzar el gran río sólo «porque estaba allí». Las tribus que moraban al otro lado eran famosas por estar compuestas de guerreros feroces e invasores. Alejandro quería dejar una huella profunda antes de partir hacia Asia. Y si cruzaba hasta la orilla de ellos, era probable que más adelante desistieran de pasar a la suya.
En su curso inferior, el Danubio era un río de unas características que ni él ni sus hombres habían visto jamás. Hizo enviar unas galeras de guerra desde Bizancio -a la que había sometido-, pero sólo era una escuadra, los remeros ocupaban lugar y Alejandro necesitaba embarcar un ejército. En este punto, Jenofonte acude en auxilio de sus perseverantes lectores; se explaya sobre las balsas de cuero inflado utilizadas para cruzar el Éufrates. También se utilizaban cueros para fabricar las tiendas (lo que debió de volver tremendamente voluminosos los trenes de campaña) y Alejandro se las arregló para convertirlas en balsas, rellenándolas con heno para darles estabilidad.
También requisó las canoas locales. Con esta flotilla improvisada cruzó el Ister por la noche, con 4.000 infantes y, por muy sorprendente que parezca, 1.500 soldados de caballería. Los caballos debieron de nadar.
Un testigo presencial, probablemente Tolomeo, describe con gran lujo de detalles esta campaña. Aún no había sido ascendido al alto mando. Hasta después de la muerte de Filipo, Alejandro no pudo hacer
volver a sus amigos desterrados. Su actual jefe del estado mayor era otro amigo de aquella época: Filotas, el hijo de Parmenión. Como no había perdido el favor del monarca, entró en el nuevo reino con rango superior.
Por muy experimentados que fuesen los oficiales, fue una maniobra totalmente novedosa para el ejército macedonio. Sin duda la estrategia y la amplia comprensión de los detalles corresponden a Alejandro. Al llegar a la otra orilla la infantería avanzó a través del trigo alto y lo aplastó sosteniendo de lado las sarisas (estaban perfectamente entrenados) para abrir paso a la caballería. Una vez en terreno abierto, Alejandro desplegó sus fuerzas. Los nativos getas quedaron tan sorprendidos por esta llegada misteriosa al alba que huyeron despavoridos delante de la caballería, primero del pueblo y luego hacia las tierras sin cultivar, llevándose en las grupas de los caballos a tantas mujeres y niños como pudieron. Los macedonios tomaron la ciudad y
«todo el botín que los getas abandonaron». En términos del siglo IV
a.C., el botín incluía las mujeres y los niños que quedaban. Las únicas opciones de ese tipo de víctimas eran la matanza o la esclavitud. En este caso, fueron esclavizadas.
A orillas del Ister, Alejandro hizo sacrificios en honor de Zeus el Protector, de Heracles y del espíritu del río por haberles concedido graciosamente el paso. Como habían logrado cruzar de vuelta sin que nadie se ahogara, Alejandro se dispuso a esperar resultados. Pronto llegaron respetuosas embajadas de las tribus que vivían a orillas del río. La recepción debió de durar mucho tiempo porque los últimos en llegar fueron los celtas, procedentes de un asentamiento lejano próximo al Adriático. Esos hombres, que hasta los macedonios consideraban muy altos, descollaron sobre el rumoreado conquistador que habían ido a apaciguar. Fuera por vanidad o por curiosidad, Alejandro les preguntó qué era lo que más temían. Replicaron que no le tenían miedo a nada, salvo a que el cielo se les cayera encima. Divertido por ese alarde fanfarrón (algo que él jamás se permitió), los envió de regreso con un pacto de amistad.
Mientras estaba en el norte recibió la noticia de que los formidables ilirios se habían levantado y de que una tribu intermedia -los antariatos- pensaba caer sobre él cuando se dirigiera a sofocar la
insurrección. Cuando el joven Lámbaro se enteró -seguía cerca con lo más selecto de sus guerreros tracios- aconsejó a Alejandro que se olvidara de los antariatos. Como guerreros no valían nada, él mismo los invadiría y los mantendría ocupados. Conmovido como siempre ante un gesto espontáneo de amistad, Alejandro lo colmó de honores y le prometió unirlo a la familia dándole la mano de Cina, una de sus hermanas bastardas. No volvieron a verse. Después del desempeño devastador de su misión, Lámbaro regresó a Tracia, enfermó y murió.
Compartiera o no Cina el dolor de su hermano, lo cierto es que los agrianos siguieron siendo sus tropas auxiliares más leales.
Se dio prisa atravesando terreno conocido y llegó a la zona fronteriza con Iliria. Cleito, el principal jefe militar de los ilirios, aún tenía en sus manos la ciudad montañesa de Pelium y las cumbres que la dominaban. Las tropas que rodeaban la ciudad huyeron en cuanto vieron a los macedonios y abandonaron los cadáveres recientes de las nueve víctimas que habían sacrificado para propiciar la victoria: tres carneros negros, tres niños y tres niñas. (No es extraño que a Alejandro no le gustara recordar su exilio en Iliria.) Cercó la ciudad, logró a duras penas que un amplio cuerpo de relevo no lo rodeara, y dirigió la tropa que salió al rescate de Filotas, que estaba al mando de la guardia de los animales de tiro; pero poco después quedó peligrosamente atrapado en un paso estrecho entre las colinas y el río. Afrontó la situación con total arrojo. Había deducido de la huida anterior de los ilirios que ya lo conocían -hacía años que tenía fama en esos parajes- e hizo con las tropas de que disponía una refinada exhibición de maniobras agresivas. Su pericia y sus intenciones desconocidas desalentaron tanto a los miembros de la tribu que retrocedieron.
Alejandro ordenó a sus hombres que gritaran y golpearan sus escudos.
El enemigo abandonó sus posiciones ventajosas y se batió en retirada hacia el fuerte.
Aun en terreno accidentado y acosado mientras cruzaba el río, pidió a sus arqueros que dispararan desde el agua e hizo instalar las catapultas ligeras: operación muy inteligente, pues las habían desmontado para transportarlas en mulas. Sus hombres estaban inmersos en una retirada combativa y en ningún momento dejaron indefensas sus espaldas. Poco después Alejandro se aprovechó de la
indisciplina de los ilirios -que debía de conocer bien-, organizó un ataque nocturno, los derrotó y los obligó a abandonar la ciudad. El oeste estaba dominado, pero no tendría respiro. Lo amenazaba un peligro aún más grave que procedía del sur.
Se había corrido la voz sobre los levantamientos. Después de una fugaz aparición en Corinto, el nuevo rey de Macedonia se había internado en las tierras inexploradas, de las que no llegaba ninguna noticia. Sin perder tiempo apareció Demóstenes, contactó a Darío y a los principales sátrapas y les ofreció, a cambio de financiación, retener a Alejandro en Grecia. Las ciudades griegas de Asia quedaban tácitamente sometidas a esclavitud, pues los principios democráticos de Demóstenes eran estrictamente localistas. Darío respondió de tan buen grado que sus listas de cuentas -capturadas posteriormente en Sardes-muestran desembolsos en favor de su aliado por valor de 300 talentos.
Después se supo que los tebanos habían acogido a algunos antimacedonios -cuyas vidas Filipo salvó después de Queronea con la condición de que se exiliaran-, habían asesinado a dos comandantes macedonios que gracias al relajamiento de tiempos de paz abandonaron la ciudadela, y que luego habían sitiado la guarnición.
Estimulado por estas noticias y bien provisto de fondos, Demóstenes despachó a Tebas un gran envío de armas. Siguió asegurando a los atenienses que Alejandro era un jovenzuelo y los apremió para que se sumaran a la guerra. Los atenienses votaron a favor de entrar en la guerra comenzaron a prepararse. Seguían sin llegar noticias del interior. Los rumores anunciaron la muerte de Alejandro.
No hubo enfermedad ni herida que justificara semejante error.
Demóstenes se sacó de la manga un hombre que juró que había visto caer a Alejandro. Sobre la base de este testimonio, los tebanos proclamaron abiertamente su alianza con Persia contra Macedonia.
Cuando una semana después se enteraron de que el ejército encabezado por Alejandro bajaba por Tesalia, al principio se negaron a dar crédito a dicha afirmación. En todo caso, no era posible que se tratara de ese Alejandro. Probablemente se referían a Alexandros de Lincestis.
(Debieron de suponer que era el nuevo monarca.)
Enseguida comprobaron que estaban equivocados. Alejandro había trasladado sus fuerzas desde Pelium a través de una serie de puertos de
montaña -distancia que incluso por aire abarca ciento sesenta kilómetros- en una marcha que duró seis días. Casi sin detenerse a recoger sus tropas aliadas en Grecia central, en seis jornadas más llegó a Beocia. Al día siguiente se presentó en Tebas.
Si hubiese estado muerto, el tratado con Tebas habría quedado cancelado. Es posible que su paciencia inicial procediera de que estaba al tanto de los rumores. Por razones emocionales o religiosas, acampó en el recinto del héroe Yolao, conductor del carro y querido compañero de Heracles, en cuyo santuario las parejas de la Falange Sagrada solían pronunciar sus votos. Envió un emisario a la ciudad y se ofreció a aceptar su rendición con la condición de que entregaran a los antimacedonios que estaban allí ilegalmente. Los tebanos rechazaron la oferta y se burlaron exigiendo la devolución de Filotas y Antípatro.
Practicaron una incursión contra los pelotones de Alejandro y mataron a varios hombres. El macedonio ocupó entonces una posición estratégica, próxima a la puerta que miraba al Ática y que le proporcionaba el acceso más fácil a la acosada guarnición macedónica.
También era la ruta de llegada de Atenas, de cuyas intenciones sin duda Alejandro ya estaba enterado. En ese sentido, la vigilancia fue innecesaria: no llegaron tropas desde el sur. La velocidad alarmante de su marcha los llevó a recapacitar. Los atenienses cerraron sus puertas, sin la menor protesta de Demóstenes, y dejaron que los tebanos capearan en solitario el temporal.
De momento no estalló. Alejandro siguió esperando negociar. En su marcha hacia el sur recogió contingentes de tropas de los satélites macedonios, sobre todo foceos y habitantes de Platea. Es conveniente recordar que estos últimos eran descendientes de los héroes de Maratón, herederos de la ciudadanía ateniense eterna, a los que Demóstenes había cambiado por los tebanos la víspera de Queronea.
Alejandro se mantuvo pegado a las líneas tebanas de asedio, en su punto de acceso más próximo a la guarnición macedonia, que seguía atrapada en el interior de la Cadinea. Como aún puede verse, no se trataba de una acrópolis encaramada en una roca natural y, para defenderse, se basaba en sus impresionantes murallas. Arriano da todo lujo de detalles para la siguiente serie de acontecimientos y añade expresamente que su fuente es Tolomeo, que debió de participar.
Afirma que Pérdicas, que por aquel entonces sólo tenía el mando de una pequeña unidad militar, estaba apostado cerca de las fortificaciones del asedio. Por algún motivo, no esperó a recibir órdenes, lanzó a sus hombres hacia la empalizada y empezaron a derribarla.
Es inútil esperar que Tolomeo le haga justicia a Pérdicas, ya que se había convertido en su enemigo mortal muchos años antes de que escribiera su historia, y es muy probable que se haya abstenido de mencionar una buena razón que dé cuenta de esa aparente falta de disciplina, por ejemplo, una señal de la guarnición para anunciar que se había producido un debilitamiento en las filas del enemigo, lo cual requería una acción rápida. Tal como había demostrado a la muerte de Filipo, Pérdicas era el hombre idóneo. Logró abrirse paso y entrar. Un oficial lo vio y lo apoyó con sus efectivos. Alejandro, que no se encontraba muy lejos, se dio cuenta de que corrían el riesgo de quedar aislados dentro y envió refuerzos, aunque se reservó el grueso del ejército. Al asaltar la empalizada interior, Pérdicas cayó gravemente herido. El resto siguió avanzando; los tebanos se reorganizaron y los obligaron a batirse en retirada. La situación se tornó decisiva para Alejandro: atacó en el acto y repelió a los tebanos con tanto ímpetu que las puertas de la ciudad, abiertas para que éstos volviesen a entrar, se atascaron y permitieron la entrada de los perseguidores.
Fue el fin. Cuando los macedonios entraron en tropel, «con Alejandro por todas partes», la caballería tebana corrió a toda velocidad por la llanura y la infantería huyó como pudo. La antigua ciudad quedó sometida al saqueo. Según Arriano, los foceos y los habitantes de Platea fueron los agentes principales de una matanza que no reparó en edad ni en sexo, ni siquiera en los suplicantes sacados a rastras de los templos. Se ha dicho que, si hubiera querido, Alejandro podría haberlo impedido. Probablemente sería verdad en el caso de Tracia o de Iliria y, sin duda, lo fue después de que cruzó Asia, cuando tuvo autoridad absoluta sobre sus tropas. Pero en Tebas su posición era singular. Las tropas aliadas estaban compuestas en su mayor parte por hombres que, hasta que una semana antes se sumaron a su marcha forzada, sólo lo conocían de nombre, simplemente era el hijo de veintiún años de Filipo, el rey que suscitaba un gran respeto; y los
tebanos eran enemigos conocidos contra los que se habían acumulado varias generaciones de odio. Antes de la intervención de Filipo, la guerra contra los foceos se había caracterizado por salvajadas espantosas. Las atrocidades de los habitantes de Platea, recientemente traicionados -si es que alguien más aparte de ellos mismos fue responsable-, pueden achacarse, con justicia, a Demóstenes.
Arriano asegura que los «mejores» ciudadanos tebanos (expresión que a menudo pero no siempre alude a las clases altas) querían llegar a un acuerdo y que los extremistas lo impidieron. El genio dirigente de Alejandro abarcaba una intuición infalible de esos raros momentos en que se ignora a los mandos con la consecuente pérdida de prestigio de éstos. Durante el resto de su vida casi nunca rechazó la petición de un tebano y si en su camino encontró a alguno que servía como mercenario de los persas, lo perdonó porque no tenía patria. En medio de la matanza, salvó a cuantos pudo encontrar -debió de ser un proceso azaroso-, rescatando sacerdotes, viejos amigos-huéspedes de los macedonios (probablemente los anfitriones de la juventud de su padre) y a los descendientes de Píndaro, así como la casa del poeta. Por votación general de los aliados, se arrasó casi toda la ciudad.
Después del saqueo, las tropas tracias arrastraron ante Alejandro a una mujer a la que acusaban de haber dado muerte a uno de sus oficiales. Ella admitió claramente su culpabilidad. El oficial había irrumpido en su casa, la había violado y luego le preguntó dónde guardaba los objetos de valor. La mujer le respondió que en el pozo, lo condujo al jardín, y cuando el hombre se agachó, lo arrojó al fondo.
Cuando los tracios llegaron, la mujer acababa de rematarlo con piedras. Añadió desafiante que era hermana de Teagenes, que había caído en Queronea a la cabeza de la Falange Sagrada. Alejandro la perdonó en el acto y la liberó junto a sus hijos. Esta célebre anécdota de Plutarco sustenta el reparto de responsabilidades por la matanza que hace Tolomeo. Lo más significativo es el hecho de que la mujer fuera llevada ante Alejandro. Los tracios no eran aliados que acababan de unirse, sino tropas regulares. Si los hubiese dejado libres para saquear la ciudad, no habría dictado una sentencia que suponía que el oficial había recibido su merecido. Además, los soldados se habrían tomado la venganza por su propia mano.
Los atenienses estaban celebrando los misterios de Eleusis -el rito más solemne del año ático- cuando los primeros fugitivos tebanos llegaron al galope y dieron la noticia. El pánico reinó en Atenas por tercera vez. Se interrumpieron los misterios. Los aldeanos se apiñaron con sus enseres domésticos dentro de las murallas de la ciudad. Se seleccionó una embajada de paz para que saliera a pedir clemencia: varios promacedonios y, confiadamente, Demóstenes, el elocuente paladín de la ciudad. Este cabalgó con los demás hasta la frontera del Ática y en ese punto sus reflexiones se tornaron tan perturbadoras que se disculpó y abandonó la partida.
El triste remanente presentó al vencedor abyectas felicitaciones por su feliz retorno del norte y por su reciente triunfo. Alejandro aceptó cortésmente el sometimiento de Atenas y accedió a perdonarles si entregaban a los antimacedonios más virulentos. El hábil Demades, el mismo hombre que Filipo había utilizado como emisario después de Queronea, convenció a Alejandro de que renunciase a la última exigencia. Al enterarse en Macedonia de que había perdonado la vida a Demóstenes, Antípatro debió de pensar que el joven monarca había perdido el juicio. Después de la muerte de Alejandro, se apresuró a corregir el error. Al propio Alejandro, siendo cuales eran sus pautas, debió de parecerle impensable que Demóstenes fuera capaz de levantar nuevamente la cabeza. No supo juzgar a la Atenas del siglo IV a.C. De todas maneras, al apartar de esa cabeza la corona de mártir, demostró que era más sensato que el viejo Antípatro. Había cumplido su propósito en el sur. Grecia estaba asegurada. Volvió a Macedonia y se preparó para la empresa que ocuparía el tercio restante de su vida.
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