Alejandro Magno

Mary Renault · Capítulo 6 de 11 · parte 1/3

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Alejandro Magno

Persia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

A partir de la conquista de Egipto, los cronistas de Alejandro consignan acontecimientos descollantes entre los cuales transcurren varias semanas dedicadas al mero transporte de un sitio a otro de la enorme corte, la administración y el ejército, a planificar y poblar una ciudad o a dar descanso a sus hombres después de una dura campaña.

Sobre los inmensos y variopintos paisajes de Asia, en medio de las sorpresas de la exploración y la guerra, Alejandro desarrolló una especie de vida cotidiana que practicó cuando nada la impedía.

Plutarco es quien más habla del tema y probablemente se basa en las memorias desaparecidas de Cares, el chambelán de la corte.

La jornada de Alejandro comenzaba con las oraciones públicas. A diferencia de su privilegio de divinidad, su sacerdocio era una de las funciones de la monarquía humana. Sus celebraciones personales se reservaban para grandes acontecimientos, aunque regularmente encomendaba su pueblo a los dioses. Realizó las libaciones matinales casi hasta el día de su muerte, en que se encontraba tan enfermo que tuvieron que llevarlo al santuario en litera.

Después «desayunaba sentado» (en una silla, no en un diván): luego dedicaba el día a «la caza, administrar justicia, atender los asuntos militares o la lectura». Era un aficionado cazador, interesado por los accidentes del terreno y sus animales; mientras el ejército avanzaba lentamente a paso de marcha, Alejandro dedicaba el tiempo a la caza.

Estaba próximo a las largas edades de la humanidad en las que los animales salvajes fueron fuentes decisivas de alimento y enemigos peligrosos, como reconoció Jenofonte cuando denominó a este deporte

«la imagen de la guerra». «Administrar justicia» se había convertido en una tarea descomunal. En primer lugar, se ocupaba de los asuntos de Macedonia. Antípatro era severo y capaz, pero Olimpia lo detestaba y sus quejas, acusaciones e intrigas siguieron por todas partes a Alejandro. Estaba celosa de los amigos de su hijo y frenéticamente celosa de Hefestión. Alejandro, que le escribía sin falta y le enviaba muchos regalos generosos, sentía que de vez en cuando se le agotaba la paciencia y en una ocasión se lo cita comentando que Olimpia le cobró un alquiler muy alto por los nueve meses de alojamiento que le

proporcionó. Incluso permitió que lo vieran en público compartiendo con Hefestión una carta de Olimpia, hecho que, teniendo en cuenta hasta qué punto la habría enfurecido, muestra la exasperación de su hijo.

También debía de considerar la Grecia continental, con sus rebeldes

«súbditos-aliados». Esparta continuó rebelándose hasta que en 331 a.C.

Antípatro puso fin a las sublevaciones. El peligro del sur exigió un ejército permanente en Macedonia y guarniciones en todas las plazas fuertes cuyas magníficas murallas de sillería aún podemos ver. Si Alejandro no hubiese estado en condiciones de atraer a tropas extranjeras, seguir pagándoles y mantener su lealtad, sus efectivos se habrían estirado hasta romperse. Antípatro afrontaba las emergencias internas, pero todas las decisiones políticas importantes las tomaba el rey.

Superaba todo esto la compleja administración de las tierras conquistadas. En las ciudades-estado había reestablecido las formas griegas de gobierno; donde las satrapías persas eran indígenas, había nombrado sátrapas, nativos siempre que fue posible; a los antiguos reinos les había dado reyes. Era faraón de Egipto y fundador de Alejandría, un proyecto monumental que demandó montones de expertos. Durante los estadios iniciales de todas las comunidades mencionadas, un tráfico constante de problemas y arbitrajes siguió a la marcha de Alejandro.

Para Alejandro, «atender los asuntos militares» quería decir mucho más que nombrar a los miembros del estado mayor y dirigir las grandes estrategias. Jamás se consideró por encima de las preocupaciones de un oficial de regimiento. Sin duda, el amor del ejército era para él como el aliento de la vida y nunca intentó conseguirlo sin esfuerzo. No sólo se trataba de ser el primero en afrontar el peligro y el último en reconfortarse cuando las condiciones eran adversas. Antes de una batalla, en lugar de pronunciar discursos saludaba a los hombres por su nombre. Que Alejandro recordara las hazañas de alguien era, en sí, un premio, si bien era pródigo con las recompensas materiales. Por muy alejados que estuviesen de los propios, se interesaba constantemente por los problemas de los soldados rasos. Cuando descubrieron que un hombre con un buen

historial se fingía enfermo para permanecer al lado de su amante, Alejandro analizó la cuestión y decretó que, tratándose de una cortesana libre, no se la podía obligar, pero quizá la convencieran de que siguiese a su amado. Y si el hombre no tenía un céntimo, era probable que Alejandro facilitara los medios. Tanto en el campo de batalla como de fajina, estaba atento a los méritos. Un soldado que formaba parte del séquito del tesoro, y que cargó al hombro la pesada alforja cuando su mula se dio por vencida, recibió órdenes de trasladarla a su tienda y quedarse con el contenido. Al igual que el Ciro de Jenofonte, Alejandro despertaba un profundo deseo de satisfacerlo.

Con respecto a los soldados que estuvieron bajo su mando, jamás tuvo que apelar a los brutales castigos del ejército romano. Nunca uno de sus regimientos fue «diezmado»: dividido en decenas y muerto uno de cada diez hombres. Sin embargo, era meticuloso con la disciplina. En una ocasión en que sus tropas estaban desplegadas en formación de batalla, notó que un solitario soldado preparaba tardíamente la correa de lanzamiento de la jabalina y se le acercó, lo sacó de la falange y le dijo que los vagos no le servían de nada. La supervivencia de esta anécdota demuestra que debió de ser tan traumático como una paliza de julio César.

Aceptaba la rendición de ciudades ricas e impedía que sus tropas las saquearan. Una de las contadas ocasiones en que impuso la pena de muerte se debió a que dos macedonios violaron a las esposas de sendos soldados auxiliares extranjeros; sus hombres eran sus hombres cualquiera que fuera su procedencia. Esta atención puntual a los asuntos de sus soldados a menudo debió de llevarle tanto tiempo como la administración de su imperio.

Aunque nunca se han descrito en detalle, por las consecuencias son evidentes las incontables conversaciones personales con los hombres a los que consideraba y trataba como amigos: generales, actores y músicos macedonios; en su momento, señores persas y como mínimo un eunuco persa; un sabio indio; la anciana Sisigambis, y cuantos conoció personalmente. De vez en cuando, debió de visitar a Arrideo, su pobre hermanastro imbécil, que desaparece de la historia hasta la muerte de Alejandro, momento en que es descubierto muy cerca en el palacio real.

Teniendo en cuenta que los asuntos rutinarios se atrasaban constantemente durante los períodos de actividad frenética, sorprende que tuviese tiempo de leer, no sólo historia y educación cívica, sino tragedia clásica y poesía moderna. En las cenas que clausuraban la jornada y relajaban las tensiones, «nunca resultó tan agradable la conversación de un príncipe», dice Plutarco y apostilla que esto sólo se aplicaba a las noches en que estaba sobrio.

Con respecto a los hábitos de ingestión de alcohol de Alejandro se han dicho muchas tonterías que es posible corregir mediante los conocimientos médicos más elementales sumados a las pruebas de su propia vida. Aristóbulo, citado por Plutarco, dice que gustaba de quedarse hasta tarde bebiendo vino, no copiosamente sino por amor a la conversación. Resulta increíble que ello despierte escepticismo cuando cualquier noche del año en Londres, París, Nueva York, Atenas o Roma, cientos de personas cuya constitución se lo permite hacen exactamente lo mismo. En el caso de Alejandro, el mero registro de su energía dinámica (durante las marchas hacía ejercicio subiendo y bajando a saltos de un carro en movimiento) y de su asombrosa capacidad de recuperación vuelve absurda la idea de su embriaguez habitual. Por otro lado, en su sentido tradicional, la vida social de los varones macedonios incluía la deliberada y copiosa ingestión de alcohol en honor de esto o de aquello. Es indudable que en esas ocasiones no se privó y, al menos dos veces, se emborrachó con consecuencias desastrosas. Tampoco hay duda de que a él y a sus generales les gustaba charlar mientras bebían generosamente, pero de la imagen global se deduce con toda claridad que de costumbre se comportaba como sostiene Aristóbulo, por más que a veces se extralimitara.

In vino veritas y Alejandro no era una excepción. Cuando bebía demasiado, las inseguridades de la niñez asomaban a la superficie en un anhelo insaciable de oír palabras tranquilizadoras. Le encantaba que le hablasen de sus logros, y si no le parecía suficiente reclamaba más. Sin duda los propagandistas hostiles aprovecharon al máximo esta característica, aunque sería absurdo rechazar la afirmación de Plutarco, que, pese a no citar una fuente sólida, posee tanta coherencia psicológica. Probablemente era capaz de irritar incluso a sus amigos más queridos, a pesar de que se nos dice que sólo reclamaba la verdad.

De todas maneras, el tipo de afecto que despertó a lo largo de su vida confirma las palabras de Aristóbulo sobre su encanto habitual.

En julio de 331 a.C., aproximadamente en la fecha de su vigésimo quinto cumpleaños, Alejandro avanzó hacia el este, en dirección a Mesopotamia, donde Darío lo aguardaba al otro lado del Tigris.

Se había emprendido la gran movilización de las fuerzas del imperio oriental aún no conquistado. Había perdido el valioso refuerzo de los mercenarios griegos, alrededor de 4.000 hombres. Además de las tropas de élite de Persia, existían las levas menos disciplinadas pero feroces y resistentes de Bactriana y Sogdiana, a las órdenes de Bessos, poderoso sátrapa de Bactriana y primo del rey, así como tropas auxiliares de muchas razas tributarias, que se extendían del Cáucaso a la frontera india. Ahora todos los soldados estaban apostados en Babilonia, donde los comandantes persas se habían esforzado por mejorar las armas. Después de la lección de Iso, reemplazaron las jabalinas por lanzas y se preparó un escuadrón de temibles carros con guadañas, con los postes de los yugos como puntas de lanza y ruedas de hojas múltiples. Lamentablemente, no podían hacer nada con respecto a la constante pasividad de Darío en su condición de comandante en jefe.

La caballería, a las órdenes de Nabarzanes, era de gran calidad; estaba compuesta por jinetes natos, con corceles muy superiores a los griegos. Comparado con los altos ejemplares, probablemente tan grandes como los caballos modernos, Bucéfalo debió de parecer un poni rechoncho. La idea de que esas tropas agotaran a los griegos con tácticas de acoso auguraba mejores resultados que una batalla campal, incluso sin el historial conocido de Darío. Empero, éste estaba decidido a recobrar el honor perdido en Iso o le hicieron sentir que debía redimirlo. Marchó con sus numerosas huestes hacia la antigua ciudad de Arbelas, entre el Tigris y las colinas.

Envió un destacamento de caballería al oeste del Éufrates con el propósito de localizar a Alejandro e impedirle que cruzara el río.

Los ingenieros de avanzada del macedonio desplegaron el puente doble sobre pilotes desde el otro lado hasta que apareció Alejandro y los persas, mandados por Mazaeus, sátrapa de Babilonia, se fueran sin

oponer resistencia. Babilonia, corazón de la antigua Asiria conquistada, no era la región más leal del imperio persa.

El Tigris -cuyo nombre significa flecha- era demasiado rápido para tender un puente y tuvieron que vadearlo. Alejandro hizo pasar la infantería entre dos columnas de caballería, una para desviar la corriente y la otra para recobrar a los hombres que fueron arrastrados por las aguas. Encabezó personalmente la infantería, permaneció en la orilla y señaló los sitios menos profundos. No perdió un solo hombre.

Ningún otro comandante de tropas no mecanizadas era capaz de avanzar con la rapidez de Alejandro. También sabía cuándo le convenía esperar. En lugar de cruzar la ardiente llanura ribereña, cuyas cosechas Mazaeus había quemado al batirse en retirada, la rodeó por las tierras altas del norte, más frescas y bien abastecidas de agua.

Darío llegó demasiado tarde para alcanzarlo mientras cruzaba el Tigris y ganó tiempo enviando un ejército de esclavos a, alisar la llanura intermedia de Gaugamela. Le habían dicho que había perdido Iso porque carecía de espacio para desplegar sus fuerzas y sabía que los carros requerían terreno uniforme.

Mientras Alejandro marchaba hacia el sur al encuentro de Darío, al este del Tigris, tuvo lugar un eclipse de Luna, uno de los fenómenos más inquietantes del mundo antiguo. Gracias a Aristóteles, Alejandro conocía sus causas y no sufrió la fatal demora del supersticioso Nicias, que, el siglo anterior, perdió todas las tropas atenienses en Sicilia y, con ellas, la guerra del Peloponeso. De todos modos, Alejandro no inquietó a sus preocupados soldados con nociones de astronomía, sino que convocó a los adivinos para que los animasen identificando la Luna ensombrecida con Persia. Hizo sacrificios formales a los poderes en juego: el Sol, la Luna y la Tierra; el hecho de saber qué influencia ejercían dichos poderes no afectó su fe en que eran dioses.

A decir verdad, la Luna persa se había eclipsado definitivamente.

Estateira, esposa de Darío y la mujer más bella de Asia nacida de mortal, había enfermado y muerto. Plutarco afirma, sin pretensiones de escándalo, que murió de parto, en cuyo caso tuvo que ocurrir mucho antes. Sea como fuere, Alejandro suspendió la marcha una jornada a fin de practicar los ritos fúnebres y asumió los deberes de un pariente, incluido el ayuno durante todo el día.

Alejandro tal vez se haya reprochado el haber sacrificado a Estateira en pro de su sentido del teatro. Ya no era posible representar la magnífica pieza de Jenofonte. Por muy acolchados que estuvieran los carros, los viajes por caminos de tierra sobre ruedas rígidas debieron de ser agotadores, amén de que quedaban expuestos a las infecciones.

Tal vez deseó haberse dado por satisfecho con un ejemplo de generosidad menos espectacular y que se podía haber permitido, pues nunca intentó utilizar como rehenes a las mujeres. Ahora hubo de ser testigo del dolor de los hijos y de Sisigambis y, aunque el afecto constante de ésta demuestra que en ningún momento lo responsabilizó de esa muerte, no hay por qué dudar de que la aflicción del macedonio fuera sincera.

En este punto, Rufo Quinto Curcio cuenta una anécdota que posteriormente tendrá importantes repercusiones. Alejandro envió a uno de los eunucos que acompañaban a la reina -cuyo nombre da- para que informara a Darío de su muerte y le asegurara que había recibido las honras fúnebres persas de costumbre. La escena tiene lugar en la tienda real, donde Darío clama que dichos honores son el homenaje a una querida. El eunuco lo tranquiliza y entonces Darío manifiesta su respeto hacia el comportamiento del enemigo. Este episodio es el prólogo de mucha información confidencial procedente del cuartel general de Darío. En el caso de Rufo Quinto Curcio todo apunta a que le fue suministrada por un testigo presencial: un vívido y animado narrador de anécdotas dotado de la discreción de un cortesano. Pronto tendremos ocasión de volver a ocuparnos de este personaje.

Darío envió exploradores para que le informaran de la llegada de Alejandro. Este atrapó algunos y averiguó dónde estaban los persas.

Concedió cuatro días de descanso a sus hombres, confiando en que Darío no se alejaría de su campo de batalla preparado y guarnecido.

Hizo fortificar su campamento base, sin duda recordando la matanza de Iso, y dejó allí a todos los no combatientes, incluida la reina madre Sisigambis. A continuación guió a sus efectivos hacia la llanura de Gaugamela. Desde las colinas bajas que la rodeaban vio las ingentes huestes persas, que los cálculos más conservadores estiman en 200.000

Infantes Y 40.000 soldados de caballería. Sus propias tropas se componían entonces de 40,000 infantes Y 7.000 soldados de caballería.

Convocó un consejo de guerra al estilo macedónico, cuyos reyes conferenciaban con sus jefes como primi inter pares. Varios comandantes estuvieron a favor de llevar inmediatamente a la acción a las tropas descansadas, lo cual, a la vista de los contingentes persas, habla bien de la confianza que depositaban en Alejandro. El experimentado Parmenión señaló que se trataba de un camino preparado por Darío, que tal vez había colocado trampas y abrojos en el camino. Alejandro estuvo de acuerdo, acampó y salió de reconocimiento a caballo, probablemente contento de tener una excusa para detenerse y hacer cálculos sin que diera la impresión de que estaba abrumado por las fuerzas persas. Echó un buen vistazo a los puestos de avanzada. Luego de comprobar su inmensa superioridad en caballería -el arma en que más basaba sus tácticas-, regresó al campamento y meditó.

Parmenión, que evidentemente lo había acompañado, aconsejó un ataque nocturno. Alejandro replicó que no «robaría una victoria», aludiendo a Jenofonte, que fue quien acuñó la expresión «robar una marcha». Hacer alarde de arrojo por encima de la perspicacia formaba parte de la personalidad de Alejandro. Las operaciones nocturnas daban pie a infinitas posibilidades de confusión y error, la persecución nocturna daría a los enemigos derrotados ocasión de volver a formar y levantar la moral. A Darío se te había concedido un año para reunir los efectivos que le quedaban y ponerlos sobre la mesa. Y ahora Alejandro se proponía derrotarlo en su propio juego, en el campo de su propia elección, y alzarse con todas las apuestas con indiscutible irrevocabilidad. Era la esencia de su propio destino y de muchas cosas más, y lo sabía. Ordenó a sus hombres que cenaran bien y que durmieran porque partirían antes de que clareara. Él permaneció despierto hasta tarde, pensando y haciendo planes.

Darío también había estado pensando. Como Alejandro esperaba, sus ideas habían ido por derroteros semejantes a los de Parmenión. Los griegos estaban insalvablemente superados en número y cuanto podían hacer era tratar de ganar ventajas con un ataque sorpresa nocturno.

Dio órdenes, no sólo a los puestos de avanzada sino a todas sus huestes, de que permaneciesen la noche entera en pie, los hombres armados y los caballos embridados. Oír fue obedecer. Pasó la noche y los soldados

se cansaron. En la tienda de Alejandro se apagó la lámpara. Una vez tomadas las decisiones y con el resultado en manos de los dioses, cayó en un sueño profundo. Cuando llegó la hora de despertar a los hombres y darles de comer, los oficiales lo encontraron durmiendo como un niño. Dieron las órdenes pertinentes y regresaron a su tienda. Al final, Parmenión tuvo que sacudirlo. Cuando le preguntó cómo podía estar tan tranquilo, Alejandro replicó que había tenido muchas más preocupaciones cuando los persas quemaron las cosechas. Ahora se habían cumplido los deseos de su corazón.

El día en que Rufo Quinto Curcio se inscribió en una escuela romana de retórica fue aciago para la historia. Con su acceso a fuentes de un valor incalculable que han sido destruidas por el fuego o los saqueos, de las que nos da atisbos tentadores, convierte cada uno de los discursos importantes de su historia en un modelo propio, de modo que los buscadores de la verdad pueden prescindir de ellos sin perderse nada significativo. Con este espíritu de ejercicio académico, hace decir a Darío y a Alejandro interminables discursos prebélicos, en los que no tenemos por qué demorarnos. Es más interesante -pues procede de una fuente de primera mano- la descripción hecha por Arriano de las instrucciones de Alejandro a sus oficiales. Les dijo que no necesitaban discursos de exaltación, que bastaba con su propio valor y orgullo; era suficiente con que cada uno animase a los hombres que estaban bajo su mando. Ya no combatían por Asia Menor ni por Egipto, sino por la soberanía de toda Asia. Que cada uno mantuviera una disciplina estricta en los momentos de peligro; que guardara un silencio absoluto cuando se le ordenara avanzar sigilosamente; que lanzara un aterrador grito de batalla cuando llegase el momento oportuno; que estuviera atento a las órdenes y las transmitiese a toda velocidad. Alejandro preveía el polvo cegador que impediría la transmisión de señales visuales. Debía mantener un plan flexible y necesitaba una respuesta acelerada ante cualquier cambio de táctica.

La instrucción de lanzar un grito de guerra aterrador quizás esté relacionada con el hecho de que, según Plutarco, antes de la batalla, Alejandro hizo un sacrificio en honor de Miedo. Los griegos siempre estaban dispuestos a personificar las fuerzas naturales, si bien no hay ningún otro registro que consigne sus honras a esta deidad. Parecería

que desde Iso consideró a Miedo como el espíritu familiar de Darío.

Cumplidos todos los preparativos, avanzó con sus hombres desde las colinas bajas rumbo a la llanura, a medida que la luz del alba permitía que las huestes se vieran las caras.

El frente persa -con espacio más que suficiente para maniobrar y superando a los macedonios en una proporción de aproximadamente cinco hombres por cada uno- era tan largo que si las cosas salían mal no sólo serían desbordados, sino rodeados. Alejandro engrosó sus flancos con soldados mirando en dirección contraria que, en el caso de que se produjera un movimiento envolvente podrían volverse hacia fuera para formar un cuadrado. Como de costumbre, Parmenión encabezó el ala izquierda, a la que se opuso el valiente y capaz Mazaeus, cuya retirada del Eufrates ciertamente no se debió a la cobardía. Darío ocupó la posición real en el centro y delante tenía a los mercenarios griegos y a otros contingentes aguerridos, así como quince elefantes y cincuenta carros con guadañas. Alejandro mandó el ala derecha macedónica. Se enfrentó con el impresionante ejército de Bactriana, encabezado por Bessos, su sátrapa. La línea persa sobresalía tanto junto a la macedonia que Alejandro entró en batalla en un punto casi opuesto al de Darío.

De todas maneras, empezó avanzando paso a paso hacia la derecha, como si quisiera escapar de la línea sobresaliente persa. Darío ordenó un movimiento equivalente para mantener la extensión pero no hizo entrar a las tropas en combate, porque intentaba adivinar qué se proponía Alejandro. Éste se desplazó a la derecha hasta aproximarse a las lindes del campo minuciosamente allanado por Darío. En el terreno más accidentado que se abría más lejos, los carros con guadañas no podrían rodar y la caballería se vería estorbada. Fue una prueba de nervios. Darío mordió el anzuelo y ordenó que los hombres de Bessos impidieran todo movimiento hacia la derecha. Las tropas persas entraron en combate. Mediante una sucesión de maniobras exactamente calculadas, Alejandro se ocupó de que participaran cada vez más tropas persas. Y aguardó pacientemente el momento oportuno a la cabeza de los compañeros de la caballería.

Lo habían localizado y Darío ordenó que lo atacaran con los carros con guadañas. Pero Alejandro pudo hacer un minucioso

reconocimiento y tomar medidas. Los agrianos los atacaron con armas arrojadizas, algunos de los osados miembros de la tribu se lanzaron de cabeza sobre los caballos, los obligaron a detenerse y derribaron a los aurigas. Los que lograron pasar encontraron anchos pasillos entre los infantes perfectamente entrenados, cruzaron las filas a toda velocidad, sin sufrir el menor daño, y luego la retaguardia se deshizo tranquilamente de ellos.

Entretanto, el ala izquierda de Darío participaba cada vez más en combate, mientras las fuerzas de Parmenión seguían inmovilizadas a su derecha. El centro raleaba. A pesar de que contaba con menos efectivos, Alejandro se las había ingeniado para que sus fuerzas concentradas afrontaran una zona de debilidad persa, justo donde se había propuesto situarla.

Llegó el momento de cambiar de monturas. Un escudero tenía preparado al veterano Bucéfalo, de veinticuatro años, y lo mantenía fresco para ese instante, momento culminante de su servicio activo.

Alejandro cabalgó a la cabeza del escuadrón real. Formaron en columna, con una punta ahusada de la que el macedonio era el vértice, lanzó el grito de guerra y se abalanzó sobre Darío, que se encontraba en la línea del frente. La caballería no había olvidado la orden de producir un ruido atronador; lo siguió desgañitándose y ofreció su tributo a Miedo.

Miedo era el amigo de los macedonios. Sin inmutarse ante los quince elefantes, arrollaron el frente persa y se aproximaron al carro real. Darío le dio la vuelta, cogió las riendas que había dejado caer el cochero herido y fue el primero en huir. Los persas de las cercanías vieron cómo caía el conductor y la huida del carro los convenció de que era el rey quien había caído y muerto. El centro se desmoronó, señal de derrota general. Alejandro y la caballería siguieron avanzando, dando golpes, y decididos a dar alcance a Darío.

En ese momento llegó un mensaje de Parmenión, según el cual en su sector se combatía denodadamente. Alejandro no era Ruperto en el Rin; en cuanto el mensajero lo localizó en medio del polvo y la confusión, abandonó la tentadora persecución para apoyar a sus hombres y consolidar la victoria. Mientras llegaba a la punta amenazada, libró un duro combate en el que perecieron sesenta

compañeros y Hefestión fue herido. Ese mensaje ha desatado muchas controversias y está por ver si posteriormente fue recalcado por los cronistas de Alejandro con tal de desacreditar a Parmenión. Su valor propagandístico es bastante dudoso si tenemos en cuenta que Parmenión realizaba una operación de resistencia, cumplida competentemente, y que el mensaje salvó a Alejandro del grave peligro de que la batalla acabara con un resultado dudoso. Sin duda deseaba contarle al mundo por qué había permitido que Darío se le escapara entre los dedos y esperaba recibir los justos honores por rescatar el ala izquierda (cuando llegó, el peligro ya estaba superado), pero esto no significa buscar víctimas propiciatorias y Parmenión asoma sin descrédito en el relato.

Como sucedieron las cosas, la carrera de Alejandro abrió una pequeña brecha en la línea, no de tamaño estratégico, aunque lo bastante grande para que el reducido destacamento enviado por Darío intentara rescatar a su familia. Esa tropa compuesta de guardias reales e indios logró pasar y penetró hasta el campamento base, en el que perdieron un tiempo precioso saqueando y matando a los no combatientes antes de llegar al objetivo. Diodoro cuenta que muchos cautivos persas aunaron esfuerzos con sus compatriotas y se prepararon para escapar, y que cuando las mujeres le pidieron que se diera prisa, la reina madre Sisigambis permaneció muda e inmóvil en su situación. Poco después, el destacamento persa fue vencido.

Entretanto, el sátrapa Mazaeus se había enterado de la huida de Darío. Al igual que Nabarzanes en Iso, que también había hecho frente al temible Parmenión y lo habían dejado en la estacada, Mazaeus llegó a la conclusión de que sus obligaciones habían tocado a su fin. Salvó a tantos de sus hombres como pudo y regresó deprisa a Babilonia.

Aunque Nabarzanes y él habían llegado a la misma conclusión, eran hombres distintos y cada uno se comportaría según le dictara su naturaleza.

Alejandro comprobó que las fuerzas de Parmenión ya no tenían problemas y se alejó deprisa con los compañeros, con la esperanza de alcanzar a Darío antes de que éste llegara a su base en Arbelas. La carrera fue tan veloz que se desplomaron mil caballos. (A Bucéfalo no le pasó nada. Alejandro se había ocupado de que lo cuidaran. El viejo

caballo, que no volvió a estar en un campo de batalla, sería mimado seis años más.) Al llegar a Arbelas, el macedonio comprobó que los corceles habían muerto inútilmente porque, una vez más, el gran rey abandonó su carro, así como todo lo que no pudo llevarse en la precipitada huida, lo que debió de incluir muchas mujeres. Alejandro ordenó un alto para que sus hombres descansaran y para analizar su objetivo. Hasta entonces había asignado a Darío prácticamente la misma importancia militar que a sí mismo. En Arbelas llegó a la conclusión de que, después de todo, su captura era una prioridad poco significativa. Fue tan absoluta la forma en que descartó la persecución a favor de otros propósitos y tan público su desdén hacia Darío como enemigo que sería incoherente asignar mucha importancia a la responsabilidad de Parmenión, si es que la tuvo, en su huida.

En su análisis de la batalla, el historiador militar E. W. Marsden atribuye parte de la victoria a la moral superior de los macedonios y a sus vínculos más estrechos con el comandante, al tiempo que parcialmente la asigna a la comprensión extraordinariamente detallada del arte de la guerra por Alejandro. Sintetiza:

Es difícil recrear el caos típico de ciertas etapas de combates a gran escala, la confusión debida al ruido, el movimiento y el polvo, la atmósfera de duda e incertidumbre, la espantosa camisería… Para los generales modernos tiene que ser extraordinariamente difícil mantener la calma y la objetividad cuando controlan operaciones desde un puesto de mando situado a varios kilómetros del escenario bélico. ¡Cuánto más arduo tuvo que ser para Alejandro y Darío, que estaban apostados en la línea misma del frente de batalla! Al parecer, Darío no poseía la rara capacidad de seleccionar informes contradictorios, hacer observaciones correctas y, manteniéndose frío y sereno, dar en esas circunstancias órdenes rápidas y bien evaluadas. Alejandro tenía esa capacidad y de manera muy acentuada. Ése fue el tercer factor decisivo en Gaugamela.

Darío y un resto desordenado de ejercito avanzaron penosamente hacia el sudeste, cruzando los puertos de montaña en dirección a Ecbatana (Hamadán), residencia estival de los reyes persas. La vía Real hacia el sur -que llegaba a Babilonia, Susa y Persépolis quedó expedita para Alejandro. La elección de objetivo no le llevó mucho tiempo, A esas alturas ya debía de haber hablado con los persas cautivos a través

de los intérpretes y se había formado su propia opinión sobre el valor moral de Darío.

Rufo Quinto Curcio, que al parecer vuelve a basarse en el informante persa al que tuvo acceso un cronista anterior, afirma que Darío abandonó las grandes ciudades para impedir que Alejandro le siguiera la huella. Ciertamente, si su objetivo consistió en levantar en armas a Persia, los meses de vida que le quedaban apenas dan prueba de ello. Pese a que su hijo estaba cautivo, tenía un heredero eficaz en su belicoso hermano Oxatres. Si éste hubiese sucedido a un gran rey abatido en el campo de batalla contra el invasor, el curso de la guerra habría cambiado sobremanera.

Tal como sucedieron las cosas, la etapa siguiente fue un paseo para Alejandro. Tal vez aún no lo había intuido cuando se acercó a los inmensos muros de ladrillo y betún de Babilonia. Herodoto, que la había visitado un siglo antes, afirma que los muros rodeaban ciento cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, en los que era posible obtener cosechas durante un asedio. Hasta las viejas fortificaciones de Nabucodonosor, que en ese momento formaban el círculo interior, eran inmensas. Los muros exteriores tenían cincuenta y cinco metros de espesor por ciento veinte de altura y eran un monumento a los constructores asirios, con sus hordas de esclavos prescindibles. Ciro había tomado la ciudad sin luchar, pero Alejandro debía de conocer la versión más realista de Jenofonte. La masa de Babilonia era visible kilómetros antes, al otro lado del llano, lo que auguraba un asedio cuando menos tan colosal como el de Tiro. Ni siquiera tuvo necesidad de hacer un reconocimiento. En el camino, Alejandro se encontró con Mazaeus, su sátrapa, recién salido de su lucha con Parmenión. Llevó a sus hijos como rehenes e invitó a Alejandro a entrar.

Hacía poco más de un siglo que Babilonia había hecho su último intento por liberarse de Persia y Jerjes la había aplastado severamente.

Su población amante del lujo era desafecta o indiferente, los miembros de la guarnición estaban decepcionados y el mismo comandante no tuvo contemplaciones ante un rey vencido y fugitivo. Cuando se le ofreció ese regalo sorprendente, como cabía esperar Alejandro sospechó que se trataba de una trampa y siguió avanzando en orden de batalla, a la cabeza de la vanguardia. Sin embargo, los muros estaban

indefensos. las cien puertas abiertas de par en par y bajados los puentes levadizos. Entró como rey de Babilonia, en un carro de estado chapado en oro, en medio de esplendores que los triunfos de los césares jamás superaron. Deseoso de aventajar a Mazaeus, el tesorero de la ciudad hizo salpicar de flores y perfumar con incienso la vía. Encabezaban la procesión regalos raros y exóticos, corceles selectos y carros que portaban leones y leopardos enjaulados; asistieron magos y sacerdotes, los reales cantantes de alabanzas entonaron himnos y la caballería de Mazaeus desfiló. Como siempre ocurre con Alejandro, brillaba por su ausencia un adorno romano: el espectáculo de los cautivos humillados y encadenados.

Después de ver los antiguos esplendores del palacio, Alejandro visitó el tesoro. No perdura la evaluación de sus inmensas riquezas.

Repartió generosas gratificaciones entre sus hombres y los mercenarios obtuvieron dos meses de paga extra. Entre estos últimos figuraban muchos griegos que habían preferido quedarse cuando obtuvieron permiso para retornar después de que incendiasen todas las ciudades griegas. Ahora podían permitirse los lujos de una ciudad que antes no les habían permitido saquear. Babilonia marca el verdadero comienzo de la extravagante generosidad de Alejandro, que, a partir de ese momento, se prodigaría. El primer donativo fue una buena política y un trato justo. Proporcionar placer y estar rodeado de gratitud y afecto satisfacía una necesidad profunda de su personalidad. En la infancia, su preceptor Leónidas lo había obligado a vivir pobremente en medio de la abundancia; Alejandro gustaba de la prodigalidad como sólo lo hacen aquellos que han pasado apuros. Le gustaban los alardes, que combinaban con su sentido del teatro. Todos esos anhelos se colmaron en Babilonia y el macedonio desarrollaría su estilo personal a medida que recibiese dinero.

Desde el trono concedió a Babilonia la misma categoría de que había disfrutado antes de que Jerjes la aplastara e hiciera derribar el zigurat de Bel. Los sacerdotes del dios recibieron grandes cantidades de oro para reconstruir su santuario. (Más adelante eso tendría consecuencias fatídicas.) Mazaeus fue inmediatamente confirmado como sátrapa. El don de este elevado cargo a un persa, que satisfizo a los habitantes del lugar, no debió de ser popular entre los macedonios;

poner de relieve su excelente actuación en Gaugamela era lógico y la reputación de Parmenión no sufriría si se rendía tributo a la fortaleza de su adversario. Los puestos de comandante y tesorero de la guarnición correspondieron a macedonios. Alejandro pasó un mes en Babilonia y concedió vacaciones a sus hombres; estuvo ocupado, aunque no es probable que las pompas de la corte le molestaran. En cuanto estuvo en condiciones de partir dejó el impresionante tesoro a cargo de Hárpalo; el leal amigo de la infancia supo que había sido definitivamente perdonado.

Los soldados fueron iniciados en la lucha poco a poco después de los deleites desmoralizadores de la ciudad; marcharon hasta una zona rural tranquila donde celebraron juegos. Se produjo una importante novedad: había premios al valor durante la campaña. Como era característico de la extraordinaria armonía entre este ejército y su Jefe, se propuso que toda la tropa y sus mandos manifestaran sus opiniones a los jueces mediante aclamación. Había ocho premios. No se componían de la habitual corona de oro ni de dinero, sino de puestos de mando, cada uno de los cuales superaba los mil hombres. Hasta entonces Alejandro había manejado su estado mayor en el marco de las jerarquías tribales de Macedonia: en ese momento, con gran intuición dramática y la astuta seguridad de que los elegidos serían populares, introdujo verdaderos ascensos por méritos.

Susa se encontraba cerca, pero no era necesario darse prisa.

Inmediatamente después de la batalla, la ciudad había capitulado ante los emisarios que Alejandro envió. Sin duda las noticias de la huida de Darío los habían aventajado, pues la vía real disponía del relevo de postas más rápido del mundo, con caballos y hombres descansados a lo largo de todo el camino. Es posible que el propio Darío ordenara la rendición con el propósito de impedir que la ciudad fuese saqueada.

Susa se salvó y lo paradójico es que hoy sólo sobrevive convertida en un montículo. (La impresionante fortaleza con remates no fue erigida por Alejandro, sino por arqueólogos del siglo XIX para refugiarse de los miembros de las tribus locales.) De todos modos, a la sazón era la capital administrativa del imperio, la principal sede real y estaba construida en un saliente del llano mesopotámico, en los umbrales mismos de la llanura iraní. Los fragmentos del palacio sugieren la

existencia de superficies brillantes de cerámica vidriada, en su mayor parte amarillas y azules, modeladas en relieve. En el tesoro Alejandro encontró la impresionante suma -sin contar las joyas, que jamás fueron tasadas, ni siquiera aproximadamente- de 40.000 talentos de plata y 9.000 dáricos de oro. Calculado por Wilcken en 1931 en una cifra que se aproxima a los 14 millones de libras esterlinas, en el presente sólo es posible pensarlo en los términos de Fort Knox.

En la casa de Bagoas -el visir eunuco hacedor de reyes-, que Darío confiscó a su muerte, se encontraron ricas vestimentas por el valor de mil talentos. Plutarco afirma que la casa y su contenido fueron regalados a Parmenión. Entre los tesoros palaciegos, Alejandro se quedó con un cofre precioso para guardar su ejemplar de la Ilíada, que Aristóteles había copiado para él cuando era niño. Siguió guardándolo bajo la cama. Sin duda debió de poner el puñal en un lugar más accesible. En más de una ocasión estuvo a punto de necesitarlo.

La mayor parte del oro y la plata estaba en forma de lingotes sólidos, preparados para acuñar unos pocos por vez. Alejandro tenía ideas más ambiciosas. Los metales fueron a parar a su casa de la moneda, de la que salió dinero troquelado a mano, luciendo los moldes cuyas diversas variantes aún pueden verse. Muy pronto el Zeus olímpico tuvo a su alrededor, en el anverso, los símbolos del león y de la

kyrbasia real -o gorra con visera-, rodeados por la mitra, la cinta púrpura. Sería justo suponer que Alejandro ya se la había probado en la intimidad de su aposento.

Siguió repartiendo dinero, encantado de que se lo pidieran, hecho que tomaba como una muestra de amistad. Cuando alguien le dijo que una suma modesta sería suficiente, replicó: «Para que me la pidas, pero no para que yo la dé». La magnificencia no lo volvió pomposo. Entre sus amigos figuraba un joven independiente con el que acostumbraba a jugar a la pelota y que se había negado decididamente a reclamar dinero, hasta que le llegaron rumores de que Alejandro no estaba contento con él. Durante el siguiente juego, cada vez que se hacía con la pelota la tiraba más allá del monarca, que finalmente gritó: «¿Y yo, qué?». El joven respondió: «No me la pediste». Según Plutarco, al oír la respuesta Alejandro rió y lo colmó de regalos. Dada o gastada, la riqueza de Susa iba a influir en la historia. Durante siglos había

permanecido estéril, como si nadie la explotara, y ahora fluiría en pos de Alejandro y sus ejércitos derrochadores. Las activas rutas comerciales que esa riqueza creó helenizaron el imperio antes de que Alejandro pusiese manos a la obra.

Fue en Susa donde, al ocupar el trono de Darío, que rondaba los dos metros de estatura, Alejandro se dio cuenta de que los pies no le llegaban al suelo. Alguien acercó una mesa baja. Un viejo eunuco del palacio se echó a llorar porque se trataba de la mesa en que su señor escanciaba el vino. Conmovido ante esa congoja tan leal, Alejandro empezó a apartar los pies, pero Filotas le señaló que se trataba de un buen augurio y el monarca cambió de idea.

Entre las riquezas figuraba el antiguo botín que Jerjes se llevó de Atenas, incluido el arcaico grupo estatuario de bronce de Harmodio y Aristogitón, los amantes tiranicidas, sacado de la Acrópolis. Más adelante devolvió a Atenas ese monumento de gran valor, que aún seguía en pie en tiempos de Arriano. Celebró sacrificios en honor de la victoria y una carrera de relevo de antorchas. Llegaron nuevas tropas de Macedonia.

El sátrapa persa fue restituido en su puesto, con la guarnición al mando de los macedonios. En Susa, Alejandro instaló a Sisigambis y a sus nietos en el mismo harén del que Darío los había sacado para llevarlos a la guerra. La gran escena ya no se interpretaría jamás y lo esperaba un camino difícil a través de los puertos de montaña que lo separaban de la Pérsida.

Allí encontró resistencia por primera vez desde Gaugamela. Los habitantes de las colinas de Uxia enviaron el mensaje de que los reyes siempre pagaban peaje cuando utilizaban sus pasos. Muy seguros de sí mismos, los bandoleros dejaron de pagar. Los guías de Susa mostraron a Alejandro un atajo que conducía a la fortaleza de los uxianos y los atrapó. El macedonio pensó en expulsar a toda la tribu de su hábitat estratégico, pero el jefe -pariente de Sisigambis- logró enviar un mensajero a Susa para que suplicara la intercesión de la reina madre.

Después de algunas vacilaciones, Sisigambis escribió a Alejandro. Era el primer favor que le pedía. Alejandro emitió en el acto un perdón general y, por añadidura, la exención de impuestos.

Entre Alejandro y Persépolis se alzaba el inexpugnable paso de los Puertos Pérsicos, defendido por el sátrapa de la Pérsida, que había cerrado el desfiladero con un muro. Desde los riscos superiores, sus hombres arrojaron rocas contra los efectivos macedonios; era una trampa mortal y Alejandro no tardó en retirar sus tropas. Por una de esas revanchas de la historia, se representó a la inversa la historia de las Termópilas Un pastor local que fue hecho prisionero se ofreció a mostrarle una ruta que bordeaba el puerto. Alejandro le prometió una generosa recompensa y lo siguió. La rodada, mucho más larga y peligrosa que aquélla por la que Efialtes había guiado a los hombres de Jerjes, estaba cubierta por una gruesa capa de nieve, pero Alejandro y sus reducidas tropas la cruzaron a paso rápido. Cuando alcanzó por sorpresa a la guardia de avanzada de los persas, éstos reaccionaron igual que los foceos de Leónidas: escaparon como pudieron hacia las colinas, sin avisar a su comandante, que fue cogido desprevenido. A continuación, el grueso del ejército macedonio atravesó el puerto sin dificultades. Persépolis estaba abierta.

En la ciudad no había nadie en condiciones de ofrecerle la rendición formal. Alejandro recibió un atemorizado mensaje del tesorero, según el cual la ciudad era víctima de la anarquía y si no se daban prisa el tesoro (del que evidentemente temía que lo considerasen responsable) sería saqueado.

El destino de Persépolis, que inclinó de esa forma la balanza, probablemente quedó decidido en un encuentro en el camino. En medio de la confusión reinante miles de esclavos griegos (probablemente del Asia Menor helena) escaparon y fueron al encuentro del ejército de Alejandro. Algunos eran hombres mayores, que habían permanecido en cautiverio desde las guerras de Oco. Fue una embajada macabra y monstruosa. Diodoro dice:

Todos estaban mutilados. A algunos les faltaban las manos, a otros los pies y a otros las orejas y las narices. Se trataba de hombres que habían aprendido artes y oficios y que estaban bien preparados; después de la formación les amputaron sus otras extremidades y sólo les dejaron aquéllas de las que su trabajo dependía.

Rufo Quinto Curcio dice que, además, estaban marcados a hierro.

Ambas fuentes coinciden en que Alejandro lloró por ellos.

Les ofreció transportes para que regresaran a Grecia y se comprometió a mantenerlos de por vida. Esos hombres conferenciaron y decidieron que sería insoportable regresar a sus ciudades convertidos en monstruos repulsivos. Seguramente ya los habían olvidado. (La antigua Grecia no era célebre por su compasión; la de Alejandro se consideraba una excentricidad.) Algunos tenían esposas esclavas que les habían dado hijos. Solicitaron concesiones de tierras en las que poder convivir. Alejandro reconoció que era justo; les proporcionó dinero, semillas y ganado, buenas vestimentas para ellos y sus esposas, y les asignó su triste aldea.

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