Amantea
En nuestra distancia dormida
(Reescribiendo a S.)
De tanto mentirlas, las mentiras se tornan verdades. Terminan formando parte de
nuestra realidad, engañándonos. Son nuestro entorno, nuestro más íntimo disfraz, más
ciertas que todas las certezas. Las vamos incorporando a nuestra vida en voz baja, y
quedamente nos hablan, de cuando en cuando, recordándonos toda la falsedad que
sustenta nuestra leyenda personal. Pero, al fin, eso son las novelas y los días:
ficciones.
Mentimos amor, mentimos dolor y angustia, mentimos compasión, pero sobre
todo mentimos cuando mentimos ser felices. En ocasiones nos invade una eufórica
alegría, un optimismo que raya lo ridículo, nos regocijamos en pequeños placeres y
satisfacciones inconsistentes que, a su vez, también nos mienten.
Es fácil estar triste, ser triste, dejar que la tristeza nos invada, que la agridulce
melancolía llene unas horas, saciándonos; pero qué difícil es forzar a la alegría, qué
difícil sentirla verdadera, poderosa, invulnerable.
Nacemos del dolor, nuestra vida es dolor, jamás dejamos de sentirlo y si llegamos
a liberarnos por un instante de su lacra, en nuestro alborozo, su ausencia nos pasa
desapercibida. La alegría se colma en sí misma, devorándose, dejándonos
súbitamente hambrientos de ese gozo. Apenas somos capaces de recordar un instante
feliz y cuando lo hacemos, nos asalta la duda de si será cierto ese recuerdo. Cada día
de efímera felicidad tiene en su contra meses o años de lento e introvertido
padecimiento. Tenemos la facultad de soportar el dolor hasta límites casi
insospechados, pero no la potestad de desterrarlo en el júbilo.
Que nadie se llame a engaño: la vida es fastidiosamente triste y aburrida. Los
animales no lo saben ni lo sienten como nosotros, sólo aceptan con extraordinaria
naturalidad cualquier hastío, cualquier agrado. Sin grandes penas ni alborozos, pasan
la vida holgazaneando despreocupados ante la tristeza y el aburrimiento, son casi
inmunes a ellos. En cambio, lo seres humanos, abrumados por el escaso tiempo que
nos queda, por la ignota fecha de caducidad de la existencia, no conocemos el
verdadero sosiego. Pretendemos disimularlo, pero, en el fondo de nosotros, en lo más
profundo, guardamos ese convencimiento. Lo sabemos, tarde o temprano ¡hemos de
morir! En el mejor de los casos, aprendemos a vivir así, siempre acompañados por un
leve sufrimiento, por una aprensión indefinida. Jamás nos abandona la posibilidad, el
mal agüero, el presentimiento de que el próximo minuto podría hacerse muy pesado,
dolorosamente pesado e insoportable.
Estar vivos en algo nos es ajeno, aunque seamos incapaces de aceptar la muerte.
La vida nos habita invisible, nos invade licuada en sangre, pero vivir jamás nos
colma. Al menos no hasta que somos viejos o nos sentimos incapaces, o sufrimos por
encima y más allá de las demarcaciones del malestar y la desesperación. Sabemos
que es finita y esa idea nos es insoportable.
La vida, como un leviatán adormecido, como una bestia que dormita soñando
devorarnos. Su ausencia es nuestra inseparable tragedia, el origen de todos nuestros
miedos, mezquindades y defectos, el temor que condiciona cada minuto de la
duración de nuestra existencia…
Después del circo, 3 de marzo de 1990