Amantea

David Cantero · Capítulo 11 de 28

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Amantea

En nuestra distancia dormida

 

(Reescribiendo a S.)

 

De tanto mentirlas, las mentiras se tornan verdades. Terminan formando parte de

nuestra realidad, engañándonos. Son nuestro entorno, nuestro más íntimo disfraz, más

ciertas que todas las certezas. Las vamos incorporando a nuestra vida en voz baja, y

quedamente nos hablan, de cuando en cuando, recordándonos toda la falsedad que

sustenta nuestra leyenda personal. Pero, al fin, eso son las novelas y los días:

ficciones.

Mentimos amor, mentimos dolor y angustia, mentimos compasión, pero sobre

todo mentimos cuando mentimos ser felices. En ocasiones nos invade una eufórica

alegría, un optimismo que raya lo ridículo, nos regocijamos en pequeños placeres y

satisfacciones inconsistentes que, a su vez, también nos mienten.

Es fácil estar triste, ser triste, dejar que la tristeza nos invada, que la agridulce

melancolía llene unas horas, saciándonos; pero qué difícil es forzar a la alegría, qué

difícil sentirla verdadera, poderosa, invulnerable.

Nacemos del dolor, nuestra vida es dolor, jamás dejamos de sentirlo y si llegamos

a liberarnos por un instante de su lacra, en nuestro alborozo, su ausencia nos pasa

desapercibida. La alegría se colma en sí misma, devorándose, dejándonos

súbitamente hambrientos de ese gozo. Apenas somos capaces de recordar un instante

feliz y cuando lo hacemos, nos asalta la duda de si será cierto ese recuerdo. Cada día

de efímera felicidad tiene en su contra meses o años de lento e introvertido

padecimiento. Tenemos la facultad de soportar el dolor hasta límites casi

insospechados, pero no la potestad de desterrarlo en el júbilo.

Que nadie se llame a engaño: la vida es fastidiosamente triste y aburrida. Los

animales no lo saben ni lo sienten como nosotros, sólo aceptan con extraordinaria

naturalidad cualquier hastío, cualquier agrado. Sin grandes penas ni alborozos, pasan

la vida holgazaneando despreocupados ante la tristeza y el aburrimiento, son casi

inmunes a ellos. En cambio, lo seres humanos, abrumados por el escaso tiempo que

nos queda, por la ignota fecha de caducidad de la existencia, no conocemos el

verdadero sosiego. Pretendemos disimularlo, pero, en el fondo de nosotros, en lo más

profundo, guardamos ese convencimiento. Lo sabemos, tarde o temprano ¡hemos de

morir! En el mejor de los casos, aprendemos a vivir así, siempre acompañados por un

leve sufrimiento, por una aprensión indefinida. Jamás nos abandona la posibilidad, el

mal agüero, el presentimiento de que el próximo minuto podría hacerse muy pesado,

dolorosamente pesado e insoportable.

Estar vivos en algo nos es ajeno, aunque seamos incapaces de aceptar la muerte.

La vida nos habita invisible, nos invade licuada en sangre, pero vivir jamás nos

colma. Al menos no hasta que somos viejos o nos sentimos incapaces, o sufrimos por

encima y más allá de las demarcaciones del malestar y la desesperación. Sabemos

que es finita y esa idea nos es insoportable.

La vida, como un leviatán adormecido, como una bestia que dormita soñando

devorarnos. Su ausencia es nuestra inseparable tragedia, el origen de todos nuestros

miedos, mezquindades y defectos, el temor que condiciona cada minuto de la

duración de nuestra existencia…

 

Después del circo, 3 de marzo de 1990