Amantea

David Cantero · Capítulo 16 de 28

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Amantea

El verano del cohete

 

Navalperal, 16 de julio de 1969

 

La gente asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez

más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de

fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno,

engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete

creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra…

RAY BRADBURY

 

Entré corriendo en la caseta de las letrinas y vomité. La radio carraspeaba una

canción en el altavoz de la tasca sonaba [6] Dream a little dream of me. Sentí cómo un

fluido caliente, líquido y espeso chorreaba bajando por mis piernas, empapándome

hasta las bambas. Permanecí mucho tiempo allí dentro, apoyado contra la pared, con

un pie sobre cada peana, respirando el hedor a heces y orín que manaba del sucio

agujero. Bañado en mis propias excreciones, soportando las arcadas. Mudo,

ensordecido, mirándome incrédulo en el espejito que colgaba torcido de la pared, con

el rostro contraído en una mueca de dolor y espanto, un gesto inhumano que me

impedía reconocerme en aquel desencajado y sudoroso niño pálido.

Sucedió una calurosa tarde de verano. Todos andaban ese día muy excitados. Los

noticiarios hablaban sin parar de los astronautas del Apolo 11. Desde América, un

gigantesco cohete había despegado aquella tarde rumbo a la Luna. En él viajaban tres

hombres. Tardarían cinco días. Nadie había llegado antes tan lejos, decía la radio.

Gozábamos ya de libertad provisional, estábamos de vacaciones. Y aunque nos

obligaban a hacer los estúpidos deberes, el tiempo transcurría lánguido, lento y

gozoso, como un bostezo.

Los días eran eternos, había tiempo para todo, incluso para el tedio. Pero yo jamás

me aburría. La vía del tren pasaba a escasos cinco metros de la puerta de mi casa, de

mi ventana, del estrecho jardín repleto de flores que rodeaba mi hogar. Vivíamos en

el andén de la estación de Navalperal, en una casa de dos plantas, humilde, alba y

pequeña, rodeada por una valla de tubo metálico y columnas de ladrillo, pintada

también de blanco y de negro. A cada lado de la puerta, sobre los poyetes, un dado

blanco de granito se apoyaba inverosímilmente en su vértice. Veintiún puntos negros

labrados en la piedra marcaban sus lados del uno al seis. «Los dados de la suerte», los

llamaba mi padre.

Mis dos hermanos, los gemelos, tenían entonces siete años, yo había cumplido

diez. Casi todos los recuerdos de entonces son en blanco y negro, todo menos la

bandera, la gorra de mi padre y aquellos restos. Me levantaba impaciente por andar

junto a él por los andenes, entre las vías. Me dejaba una de sus dos gorras de factor,

un banderín rojo enrollado si era de día, o un farol de tres fuegos (que se encendía

blanco, rojo o verde) si ya había oscurecido. También un silbato dorado de dos voces

que ya no silbaba. Me sentía alguien importante con aquellos utensilios, tocado con

aquel imponente sombrero rojo y negro. Tenía la visera de charol y un precioso

entorchado de hojas de roble, bordadas en hilo de oro. Me tapaba hasta los oídos. De

esa guisa, junto a él, daba paso o salida a los trenes, con gesto grave.

Padre era el jefe de estación. También se ocupaba de la oficina del telégrafo y

junto a madre, de tanto en tanto, incluso atendía en la cantina a los pocos viajeros que

en aquel entonces pasaban por allí. A sus órdenes estaba Carlos, el guardagujas, un

buen hombre. También Pedro, mozo de estación y guardabarreras; un viejo

encorvado, amarillento, quebrado por los Celtas cortos y la tos, que solía andar

escaqueado, esputando de acá para allá o dormitando en la caseta del paso a nivel

frente a la iglesia.

No había mucho que hacer, pero yo andaba siempre echando una mano en todo lo

que podía y me dejaban. Me gustaba trabajar, sentirme útil, responsable y adulto.

Recogía papeles y colillas en los andenes, y alguna me la fumaba a escondidas.

Limpiaba la sala de espera y las otras dependencias con mi madre o acompañaba a los

operarios cuando tenían que accionar las barras de las agujas más lejanas, cuando

revisaban las señales y las balizas o tenían que enganchar o desenganchar algún

vagón en las vías muertas. También ayudaba a las cuadrillas de peones que, muy de

vez en cuando, pasaban tendiendo el balasto, alineando los raíles o cambiando alguna

traviesa. Todas estas tareas las efectuaba continuamente perseguido por dos rémoras,

mis hermanos. Tomas y Serafín revoloteaban siempre a mi alrededor, cómicos y

despreocupados.

Como los ferroviarios, estábamos habituados al ir y venir de los trenes, a cruzar

las vías, a pasar bajo los vagones, a subir y bajar de ellos cuando marchaban lentos

haciendo maniobras, a jugar saltando de traviesa en traviesa o haciendo equilibrios

sobre los carriles, a poner perras gordas o chapas en ellos para que los trenes las

aplastaran. La mayor parte no se detenía en los apeaderos de Navalperal, pasaban de

largo veloces y directos a Madrid, Ávila o Segovia, o hacia algún lugar fuera de los

estrechos mapas que yo conocía por la enciclopedia. Tal vez viajaban hasta llegar al

fin del mundo.

¿Era feliz entonces?, ¿se puede eso decir o recordar?

Un fuerte aroma, mezcla precisa de pino, resina, tomillo y brea, lo llenaba todo

embelesándome, deleitándome sin darme cuenta apenas. También olía al hierro oxidado de los tirafondos y los carriles, a la electricidad que chispeaba en las

catenarias, a la mierda de las vacas, a limo, a tizones y a café. En el aire, junto a las

moscas y las abejas, zumbaban los miles de voltios que, desde la subestación

acristalada, recorrían los hilos del tendido eléctrico. Los cables chisporroteaban con

la nieve, la escarcha o la lluvia en el invierno. Su monótono zumbido se mezclaba en

verano con el desesperado chirriar de las cigarras, con el crujido de la grava o las

agujas de pino al caminar, con el griterío de los críos, con las canciones y las voces

de todas las radios encendidas. El olor y el sonido de los trenes me animaba de día y

me arrullaba de noche. También me embriagaba la fragancia de la loción de afeitar de

padre, el aroma de los buenos guisos de madre, la colonia fresca en el cabello de

Irene.

Aparte de nosotros, en la estación sólo vivían otros tres niños. Emilio, el

«sobrino» del cura, y los hijos de Carlos, el guardagujas, Carlitos y su hermana

Isabel. Mi mejor amigo y mi novia. La que yo sentía mi novia, aunque no me hiciera

mucho caso. Sólo una vez llegué a rozar con mis labios los suyos, tímidamente, pero

permanecí enamorado de ella casi toda una vida.

Costó muy caro ese beso.

Carlitos tenía ocho años y ella once. Era un año mayor que yo y mucho más alta.

Andaba siempre montada en una enorme bicicleta amarilla que nunca me prestaba.

Qué envidia verla correr entre los raíles haciendo sonar el timbre, como manejando

una máquina de tren lenta y escuálida. Tenía el pelo corto, moreno, y un rostro

bellísimo, mucho más hermoso que el de la más hermosa de todas las vírgenes. Salvo

en el colegio, raramente nos juntábamos con los otros chicos y chicas del pueblo.

Durante las vacaciones preferíamos nuestro paraíso, nuestros juegos en la estación, a

jugar con ellos en las eras o en la plaza.

Nada era mejor que estar cerca de mi padre, en los andenes, entre mis trenes.

Conocía cada uno de los que pasaban por allí. Podía reconocer cada locomotora por

el furioso ronquido de sus motores, por el rugido de los compresores, por el siseo

eléctrico de sus ventiladores, por el tchsu tchsu de las válvulas, incluso por la

intensidad con que, de lejos, aullaban sus bocinas. A mucha distancia, sabía si la que

se acercaba era diesel, eléctrica o a vapor. Todavía entonces alguna paraba a repostar

allí. Un par de veces al mes, una Mikado llenaba de agua y carbón su ténder, justo

frente a mi casa. Escuchando con la oreja sobre los raíles era capaz de adivinar si

venía un electrotrén corto, un kilométrico mercancías o una tractor de maniobras

tirando de una vagoneta de reparaciones. Me sentaba en la tapia o en el risco a verlos

pasar. Con los ojos cerrados, escuchando el ensordecedor traqueteo, jugaba a adivinar

con cuántos boguies circulaba el convoy, cuántos vagones lo formaban. Pasaba horas

y horas mirando los trenes. Reconocía cada máquina, cada vagón, los contaba en voz

alta, gritando al aire de qué tipo era: «¡una “cocodrilo”!», «¡una “bañera”!», «¡un coche cama!», «¡una “japonesa”!», «¡el vagón restaurante!», «¡un furgón de

automóviles!», «¡una tolva de grava!», «¡una cisterna!», «¡una batea de carga!»,

«¡una plataforma!»…

Cada día, excepto los domingos, poco antes de las ocho de la mañana, me

despertaba el silbato de mi padre. Con un pitido prolongado daba la salida al

«pingüino», el primer cercanías que paraba en la estación. Mientras aún desayunaba,

casi a toda máquina, entraba el Virgen… de no sé qué, un elegante Talgo rojo y plata,

con grandes ventanas circulares. A las 14 horas, que eran las dos, y aún más rápido, el

Ter, difuminándose en bellísimos azules. Luego, lento, un mercancías con más de

cien vagones remolcado por dos locomotoras en tándem. Sobre las seis, uno de

viajeros tirado por una «bañera», la 7403. Ya entrada la noche, dejábamos la cena en

la mesa o cualquier otra cosa que estuviéramos haciendo, para recibir al «correo»

nocturno, que normalmente paraba un buen rato. Solía ir arrastrado por una

majestuosa «cocodrilo», mi máquina favorita.

Como todas las de Renfe y como casi todos los reptiles, era verde, pero en vez de

uno, tenía dos enormes «hocicos[7]» y, en vez de dientes, muchos pares de ruedas.

Desfilaban muchos trenes por allí, pero fue precisamente una 7400 la que nos

rompió la infancia y la vida aquella tarde. Era eléctrica, con dos pantógrafos, muy

alta, soberbia, con los testeros redondeados, como las bañeras. Un mastodonte color

aceituna con una raya amarilla circundándolo. En cada frontal, bajo un ciclópeo foco,

tenía tres grandes ventanas. Yo había montado en alguna de ellas. Varias veces había

ido hasta Las Navas en la cabina. El ruido allí era casi insoportable, la máquina rugía

como un monstruo descomunal devorando las vías. Pero no me asustaba, disfrutaba

intensamente, sobre todo cuando me dejaban accionar el regulador de tracción, la

palanca del freno o tocar el pito. Mi padre conocía a casi todos los maquinistas que

cubrían la línea Madrid-Ávila-Segovia, lo consideraban un buen camarada.

A los mandos de aquella locomotora iban dos de sus amigos.

Como casi todas las tardes, penosamente, caminamos de traviesa en traviesa hasta

la boca del túnel. Merecía la pena el esfuerzo, nos esperaba nuestra mayor diversión,

nuestro mayor secreto. Teníamos absolutamente prohibido ir allí. De hecho, dábamos

un buen rodeo para despistar. Mientras todos creían que habíamos ido a bañarnos al

pilón, al otro lado del pueblo, lejos de la estación, nosotros callejeábamos hasta la

carretera y por ella llegábamos al puente. Luego bajábamos a las vías y las seguíamos

en dirección a Las Navas, durante tres o cuatro kilómetros, hasta llegar al subterráneo

que traspasaba el cerro de la Urraca. Allí, en un negro y amenazante bostezo, se abría

la boca del túnel.

Los raíles se perdían en su interior, entre las paredes de la montaña, que se

estrechaban en un altísimo embudo de piedra. Dentro del túnel sólo había sitio para

los trenes. Nuestro objetivo era subir hasta el anillo de la galería.

Trepábamos por los cantos hasta arriba del arco, donde las piedras sobresalían

formando un poyete. Allí nos sentábamos. Unos metros más abajo, bajo los cables de

alta tensión, pasaban las vías y por ellas los trenes. Aterrorizaba estar ahí.

Yo era el único que tenía reloj, un Festina bañado en oro que me habían regalado

por mi comunión. Era una herramienta imprescindible y debía estar bien

sincronizado, justo en hora con el del andén. Sabíamos de memoria los horarios, y,

más o menos, los trenes solían ser puntuales.

Cuando se acercaba el momento, una excitación incomparable se iba apoderando

de nosotros. Empezaban las risas nerviosas, los llantos intranquilos, las terribles

dudas, los «yo me bajo de aquí» y los «¡gallina!». La impaciencia se mezclaba con el

pánico, tan imparable como el tren que seguramente ya se acercaba. Éramos

conscientes de que corríamos un gran peligro, al menos los mayores. Intentábamos

disimular, pero era imposible, los pequeños olfateaban nuestro miedo y se

desternillaban o gimoteaban abrazándose unos a otros, cada vez más alborotados, más

chiflados. Pegábamos el culo bien atrás, lo más lejos posible del abismo, lo más cerca

de la pared de la montaña. Cuando en la lejanía nos parecía oír el eco de un silbido,

se hacía el silencio más absoluto para escuchar mejor. Cuando lo confirmábamos,

cuando oíamos claramente el pitido del tren, todos temblábamos. No había marcha

atrás. A esas alturas ya no se podía escapar, no daba tiempo. Unos minutos después,

por la embocadura del túnel comenzaba a salir una corriente de aire cálido, de un olor

inconfundible. La boca escupía el feroz aliento de la locomotora. Ya estaba dentro y

se aproximaba a toda velocidad. Apenas daba tiempo a prevenir el instante justo en

que saldría. De improviso, el silencio se convertía en rumor y éste se transformaba en

trueno, en un trueno terrible. El rugido de los seis poderosos motores del tren

reverberaba destrozando los tímpanos. Nos tapábamos los oídos y guiñábamos los

ojos, luchando por que no se cerraran, por ser capaces de mirar la traza desenfocada

del monstruo, justo debajo de nuestros pies colgando. La presión descomunal que

empujaba el tren atravesando el pasadizo levantaba un auténtico ciclón en el que

volaban piedrecillas, papeles, pajitas, hojas de árbol, agujas de pino y carbonilla. Si

iba muy rápido y no era muy largo, el caos duraba apenas diez segundos. De pronto,

¡zas!, el último vagón. El convoy salía del túnel provocando un fuerte rebufo, una

fuerza inmensa que intentaba absorbernos hacia el vacío. Era el peor momento.

Luego veíamos el tren alejarse tomando la suave curva que comenzaba a la salida

del túnel. En unos minutos estaría en Navalperal. Bajábamos a toda prisa de allí,

como llevados por el diablo. Avivados por la emoción, regresábamos al pueblo casi

corriendo y comentando a voz en grito los pormenores de nuestra hazaña durante

todo el camino. Antes de llegar, al pasar ante la cruz de la ermita, dábamos gracias a

Dios por seguir vivos y jurábamos solemnemente que nadie se iría de la lengua.

Sucedió una calurosa tarde de verano; una tarde sofocante e idiota, en la que el paisaje de mi infancia quedó perplejo, petrificado para siempre. Por fin había

convencido a Irene de que me dejara la bicicleta.

Como siempre a la hora de la siesta, nos reuníamos al final del andén. No pude

desembarazarme de mis hermanos y como de costumbre tuve que llevarlos conmigo.

Emilito estaba castigado y no pudo escapar. Isabel tampoco pudo deshacerse de su

hermano pequeño. Los cinco emprendimos camino. Irene, aunque muy reticente, me

prestó su bici. Después de un par de carreritas en solitario, le propuse llevarla hasta

las cercanías del túnel. Aceptó. Se sentó sobre la barra, entre mis brazos. Su fragante

pelo rozaba mi boca y mi nariz. De tanto en tanto, disimuladamente, mis labios

acariciaban su nuca. La falda, ya corta, se remangaba cada vez más dejándome ver

sus muslos, sus preciosas piernas, muy juntas, sensualmente plegadas para que yo

pudiera pedalear. Con aquel calor, era extremadamente fatigoso ir así, pero no dejé

escapar un solo lamento. La bici pesaba como un demonio. Costaba mucho avanzar

por el tortuoso camino que transcurría paralelo a las vías. Carlitos, Tomás y Serafín

nos seguían a unos metros con la lengua fuera. Una ocasión como aquélla no se

presentaría dos veces a lo largo del verano. Podía estar a solas con ella, salvar todos

los obstáculos que solían impedirlo. La euforia de la libertad me hizo pedalear cada

vez con más fuerza. Aceleré cuanto pude para dejar atrás a los pequeños, la vida latía

fuerte en mi corazón. Les grité que les esperábamos allí, justo antes del cortado de

piedra, cerca del túnel.

El terreno se plegaba en un ligero desnivel, lo suficiente para tomar un nuevo

impulso y recuperar aliento. Aprovechando la cuesta abajo, nos alejamos

definitivamente de ellos. No se iban a perder.

No dejé de dar pedales un solo instante hasta llegar a la fuente de la alameda, en

una pradera no muy lejos de la bóveda de entrada al subterráneo. Allí jugamos y nos

refrescamos bajo el caño de agua siempre fresca. Luego, empapados y felices, caímos

en la cuenta de que estábamos solos, aterradoramente solos. Todo el amor disimulado

desde hacía tres años vino a vernos y a sentarse con nosotros bajo los árboles.

¡Quién iba a pensar en ese momento en todas las cosas terribles que podían

suceder!

Cogidos de la mano, cada vez menos azorados pero sin casi atrevernos a mirar,

fuimos confesando una a una todas las verdades que guardábamos, todas las

inconfesables ternuras, toda nuestra infantil aflicción. Los corazones se fueron

enmarañando, los ojos y los labios se fueron adormeciendo, acercando. Nos besamos

una vez, larga y dulcemente. Después estuvimos arrullándonos en silencio, como

pichones, y el mundo se confundió en la penumbra verde. Irreparablemente detenido.

Cuando quisimos darnos cuenta, había transcurrido más de una hora. Eran casi las

cinco y media, sobre las seis pasaría el tren. Corrimos al túnel. Los niños no estaban

allí. Los llamamos a voces varias veces sin obtener respuesta. Imaginamos que habían regresado al pueblo. Por primera vez sentí la tiranía del verdadero espanto,

una terrible incertidumbre que me oprimía el alma dejándome repentinamente

exhausto. Corrí cuanto pude, Dios lo sabe. Sólo quería llegar y encontrarlos jugando

ajenos a cualquier peligro, a cualquier tragedia inimaginable. Pero el horror nos cogió

desprevenidos.

Al llegar, los buscamos desesperadamente. No estaban por las calles del pueblo,

ni en casa de Irene, tampoco en la mía, ni en la estación. Podían andar por cualquier

sitio, tal vez no había motivo para tanta congoja. Pero un sentimiento de alarma

constante me ahogaba, como anticipando los acontecimientos. Justo me dirigía a mi

padre para confesarle mi preocupación, para decirle que mis hermanos se habían

perdido, cuando la vi llegar…

Yo vi entrar la máquina, la vi avanzar lentamente hasta detenerse en el andén

central, aún tiznada con los restos, con las migajas que quedaron de los niños. De uno

de los topes colgaba aún una pieza de piel macilenta; había cabellos pegados por

todas partes y pedacitos de carne descolorida, porciones de sesos, laminillas de algo

que antes fueron vísceras.

Del enganche tendían trocitos de ropa conocida, ensangrentada.

Vi al maquinista y a su ayudante bajar resbalando por los pasamanos de la

escalerilla, llorando desconsoladamente. Vi cómo se rasgaban la ropa y se arrancaban

el pelo en su desesperación, vi cómo se arrodillaban ante mi padre, cómo se

abrazaban a él. Vi a mi padre derrumbarse ante tanta realidad, ante tanto

desconcierto, y a mi madre romperse en mil pedazos afilados como cristal. Vi cómo

un manto oscuro y gélido cubría lentamente mi pequeño paraíso. Aspiré el áspero

hedor de la muerte. Un sabor a leche putrefacta inundó mis entrañas y subió por la

garganta abrasándola, obligándome a vomitar toda la infancia cortada, agria ya para

siempre. Mis hermanos, Tomás y Serafín, y mi amigo Carlos, dejaron de existir

aquella tarde… Nunca volví a saber de Irene.

Mientras todo esto sucedía en la Tierra, el cohete dio dos o tres vueltas sobre

nuestras cabezas antes de emprender su trayectoria hacia la Luna. Cuatro días más

tarde, un hombre, el primero, pisaba el satélite.

Luego pasó lo de mi madre. Poco después, padre me compró una bici y eligió ir

perdiendo la memoria para no poder recordar nunca todo aquello.

Bajo todo ese olvido y todo ese dolor quedé yo sepultado. Ahora me parece nada

comparado con el que tú has dejado.

Nada sé de ti. ¡Maldita seas!