Amantea

David Cantero · Capítulo 17 de 28

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Amantea

Aún después de Ada

 

Lunes, 2 de abril de 1990

 

A pesar de la promesa pasamos largo tiempo sin hablar. Después de lo de Ada, caí en

un estado insoportable de desasosiego. Tal era la desazón que me tuvo cerca de un

mes cautivo, encogido como un feto, día y noche, sudando y temblando de dolor y

desconcierto. Estarás harta de que te hable de todo esto. ¿Qué puedo hacer?

Hoy estoy mucho más tranquilo.

Qué rara es la serenidad, qué placentero es sentirse así, aunque sólo sea un

instante o unas horas. Aunque sea gracias a estas píldoras de colores, grageas de

avenencia con la perversa ansiedad. Diego tenía razón, las pastillas rae han sentado

bien. El arrullo líquido de este desierto de agua, el aroma de las algas y el rumor del

mar me reconfortan ahora de un modo especial. Como lo hacía entonces el bisbiseo

del viento entre las ramas, el traqueteo de las ruedas de los trenes al saltar sobre las

juntas de las vías, el intenso olor a alquitrán de las traviesas.

Después de lanzar al vacío tu ofrenda, bajé lentamente, muy lentamente, a pasitos

cortos y fatigados, arrastrando los pies como un anciano. Las mermadas fuerzas no

daban para retener la inercia de mi cuerpo caminando cuesta abajo. Fui parando en

cada esquina para recuperar el aliento y el equilibrio. Luego me detuve en el mirador,

sobre la gruta. A esa altura del promontorio la vista sobre el mar es extraordinaria,

agua y cielo se unen en un azur infinito, da vértigo mirar tanta inmensidad, tanta

perfección. Se puede ver mucho más allá del fin del horizonte, si el día es claro se

alcanza a distinguir la isla de Strómboli, incluso la punta del faro de Messina.

Algo más repuesto, allí mismo compré un cucurucho de sardinas frescas. Una

anciana las vendía a la puerta de su casa. Eran unas sardinillas diminutas, poco más

grandes que boquerones, que fui dando de comer a los incontables gatos que aquí

siempre salen al paso. El pueblo estaba insólitamente vacío. La belleza y el silencio

medieval de estas calles sobrecoge lejos del bullicio habitual. A medida que bajaba el

último repecho de la colina por la que trepa o desciende el pueblo, sentí un vahído y

me desvanecí. No llegué a perder el sentido, simplemente me desplomé a cámara

lenta.

De una casa cercana salieron varias personas, las vi turbias y desenfocadas

acercarse a mí para socorrerme, oía sus expresiones alarmadas reverberar como en la

bóveda de los sueños. Me tomaron en volandas y así me llevaron dentro del hogar,

hasta un patio fresco, sombreado por una parra baja y repleta de racimos que, en mi

ensueño, me parecieron desproporcionados. Allí me sentaron en una mecedora y me

colocaron la cabeza entre las piernas. Vomité sobre un suelo pavimentado con cemento y brillantes piedras pulidas por las olas. Alguien colocó un paño empapado

en mi nuca, sentí un gran alivio. Me recostaron y me dieron agua fresca. En mi

desamparo, aquellos seres, tres o cuatro, me parecieron dulces ángeles custodios. El

aire olía a azahar y sus voces sonaban como coros de querubines niños. Me taparon

con una manta. Alguien acarició mi frente con ternura y quedé dormido.

No debió de pasar mucho tiempo, lo más diez o quince minutos, cuando desperté

sobresaltado. Frente a mí, una señora de rostro lozano, terso y sonrosado, sonreía y

pronunciaba en dialecto palabras incomprensibles, tranquilizadoras. El médico del

pueblo (alguien le había llamado), don Fabiano Schiatta, aún me tomaba el pulso en

la muñeca cuando abrí los ojos. Alguien dijo: «Es el extranjero, el español, el chico

de Diego».

Aquella frase entreoída, entrecortada, me turbó profundamente, me estremeció

una ternura antigua. Pensé en mi padre, en si aún seguiría con vida.

Aún tambaleante pero más repuesto, mientras intentaba presentarme,

disculparme, justificarme, agradecer su ayuda, me sentaron a la mesa sin darme otra

opción. Una de las mujeres sirvió los platos con alegría. Unos deliciosos ravioli alla

catanzarese que empecé a comer sin ganas y de los que luego repetí dos o tres veces.

No podía imaginar que estaba tan hambriento. Eran sencillamente deliciosos. Todos

los presentes, tres niños, dos hombres y tres mujeres, además del doctor (que también

se apuntó a cenar), me miraban risueños esperando mi aprobación, complacidos

mientras yo devoraba como quien hace meses que no prueba bocado. Aquella gente,

sinceramente piadosa, humilde y benefactora, me trataba como a un inesperado

peregrino, un huésped extravagante y desvalido que Dios hubiera derribado a la

puerta de su casa para ser socorrido con clemencia. Tanta afabilidad, el buen vino

tinto y la exquisita pasta me devolvieron el alma. Sirvieron luego el mejor tiramisú

que jamás había probado, un buen café muy caliente, del que tomé dos tazas, y una

botella de [8] grappa helada de la que bebí al menos cuatro vasitos.

Flotaba semiinconsciente y hablaba sin parar con unos y otros. No recuerdo una

palabra de lo que dije en mi agradecida euforia, pero no tiene mucha importancia.

Con aquella buena gente había roto casi un mes de silencio y de locura. Me hicieron

sentir parte de una familia, un ser humano más, despreocupado y alegre a pesar de los

pesares. Por unas horas paladeé el delicioso sabor de la sensatez, del buen juicio,

lejos de la hiel que, como bilis, me sube y me amarga diariamente. Me dulcifiqué en

la hipnótica sabiduría de aquellos seres cuerdos, serenos y contentos, por nada, sólo

por existir y poder salir adelante. En la normalidad cotidiana de una casa modesta,

humana e indulgente.

Ya bastante tarde, el doctor, tan cuajado de alcohol como yo, se retiró

disculpándose con gratitud ante los anfitriones, aconsejándome severa y

paternalmente que no dejara de visitar su consulta para hacer un reconocimiento a conciencia. Le prometí que lo haría. El galeno bajó la calle haciendo eses, casi

arrastrando el maletín de cuero, bamboleándose como un barco a la deriva.

Poco después, después de los agradecimientos y las despedidas, como el doctor

Schiatta, bajé los callejones solitarios tambaleándome, apoyándome de pared en

pared, hasta llegar a una avenida ancha, insólitamente repleta de gente, de ruido y de

colores. Era ya muy tarde, pero todas las bandas del pueblo ensayaban aún y a un

tiempo, a pocos metros unas de otras, para las procesiones del Viernes Santo. Cada

una de ellas estaba rodeada por una pequeña y entregada multitud de apasionados

seguidores de Cristo. A lo largo de la gran avenida, mientras conseguía avanzar a

duras penas, la música de unas y de otras se iba mezclando chillona o melodiosa, en

un portentoso desbarajuste atonal, cacofónico. Los cantos religiosos se fusionaban

con las irreverentes comparsas, las solemnes marchas se confundían con góticas

piezas medievales. Todo sonaba armoniosa o estridentemente a medida que caminaba

o me detenía a escuchar.

Tras deambular un buen rato entre el animado gentío, pude ver a Diego. Tocaba el

clarinete completamente ensimismado, casi extasiado, entornando los ojos como un

inspirado músico de jazz. Su banda, la de la Virgen del Rosario, compuesta sólo por

marineros, entonaba en ese momento unas melancólicas notas. Un lamento

dramático, casi fúnebre, que los fieles reunidos en torno escuchaban con gran

aflicción, con lágrimas en los ojos. Alzando la voz grité «¡eh, estoy aquí!», pero no

me escuchó. Todos me miraron de soslayo, algunos chistaron, ostensiblemente

disgustados por mi atrevimiento. Todavía bastante beodo, les aclaré: «Soy el chico de

Diego». «El chico de Diego», murmuraron otros con cierta indignación. No le quité

el ojo de encima, ni dejé de prestar oídos a las resonancias de su instrumento,

complaciéndome en las evoluciones de sus rollizos dedos sobre las teclas. La música

fue in crescendo hasta apagarse en una bellísima concordancia instrumental, en una

generosa ofrenda de sonidos que pareció quedar esculpida en el aire. Tras el apogeo,

Diego chupó una última vez la boquilla y, retirándola de sus labios, escupió. Los

aplausos apagaron los ecos cercanos de los otros conjuntos.

La gente se mezcló con los músicos en una marea de felicitaciones y apretones de

manos. Me acerqué a él y le abracé sinceramente emocionado, suplicándole una

inmediata reconciliación, pidiéndole perdón por tan injustificable desencuentro. Se

sorprendió tanto que casi llegó a intimidarse, se sobresaltó como quien recibe el

estrujón de un difunto. Mis brazos no conseguían abarcar su envergadura. Para ser el

cuerpo de un fantasma, me pareció enorme y acogedor, cálido, reconfortante. Quise

realmente ser su chico, su amado hijo.

Desmontó, limpió y guardó su herramienta, parsimoniosamente, sin decir nada.

No tenía palabras o no las encontraba. Mientras, de tanto en tanto, me miraba

intentando reprimir la sonrisa, como fingiendo un enfado completamente justificado, que, sin embargo, tras mi inesperado achuchón, había olvidado por completo.

Levantándose me hizo un gesto para que le siguiera, como si yo fuera su buen perro,

su malasangre extraviado y reencontrado por enésima vez. Caminamos así, en

silencio, hasta llegar a los chiringos que habían montado en la playa. Nos detuvimos

en el primero que encontramos. Posó la caja sobre la barra y pidió dos tragos, «¡a tu

salud, hijo de una mala perra!», me dijo, y bebió de un sorbo.

Luego pidió dos botellas de aguardiente. Bebimos hasta apurar los vasos, muchos

vasos, uno detrás de otro. Ya completamente embriagados, cogidos de la mano,

regresamos caminando por el agua, empapándonos los zapatos y los pantalones, hasta

dejar atrás el bullicio del paseo marítimo. Hasta atravesar la oscuridad que nos

separaba de nuestros hogares vecinos. Por el camino, yo borracho como una cuba y él

como una barrica, fuimos balbuceando excusas para olvidar todo lo ocurrido. Le

prometí cambiar de actitud, dejarte atrás definitivamente, dejar atrás el inútil dolor, el

abrasador desasosiego que me atenazaba. Le prometí que saldría con Ada, que lo

intentaría. Él me juró que seguiría tratando de ayudarme, a pesar de mi tozudez, a

pesar de mi hermetismo, de mi absoluta desconfianza en él y en la vida. Ya frente a la

casa, nos metimos en el agua completamente vestidos. Diego no soltó en ningún

momento el maletín de su preciado clarinete. Lo aferraba contra su pecho, como si

fuera un flotador.

La noche estaba magnífica, la mar serena, el agua helada. Cogidos a las sogas de

las barcas, nos dejamos mecer por las olas largo tiempo, hasta que pasó en gran parte

nuestra monumental tranca. Diego salió del agua antes que yo y chorreando subió a

su casa dejando tras de sí un charco oscuro. Al rato, cuando yo también estuve fuera,

apareció envuelto en un enorme albornoz azul, con un par de toallas en una mano y

un par de bocadillos y cervezas en la otra, para aliviar del todo la embriaguez. Me

desnudé y me sequé, tiritaba. Luego, sentados en la arena, comimos, charlamos y

bebimos mucho más serenos. La alta Luna brillaba inmensa y rojiza frente a nosotros.

Nos reconciliamos como dos viejos amigos entre los que no cabe el rencor, aunque

eso sea mentira; como dos amigos a los que une el mismo anhelo al mirar, aunque eso

sea mentira; como dos amigos unidos por un mismo sentimiento de desolación,

aunque eso sea mentira.

Buscamos entre las palabras los lugares, los momentos en que naufragaron

nuestros ánimos. Pero no los encontramos. Hablamos de mi incapacidad para vivir,

de la añoranza, de la suya y de la mía, del malestar del alma, de los cadáveres que

quedaron atrás, los suyos y los míos, del horror, del aburrimiento, del miedo que nos

había llevado hasta allí, de la nada que guardábamos, de todas las esperanzas perdidas

que apestan disueltas en la putrefacta sustancia de las horas muertas, almacenadas en

tarros vacíos, en vasos vacíos, en todos los pensamientos perdidos y vacíos. El fresco

en el aire comenzó a pesar, la Luna iluminó algunas nubes pasajeras. Un navío aulló mar adentro, como lamentándose de nuestra tediosa tristeza. Diego me habló de su

sobrino, no mucho, lo suficiente para hacerme entender que su espera sería en vano.

Luego, después de un prolongado e indefinido silencio, como para ahuyentar a la

resignación y al creciente frío, comenzó a hablar del verano, de los turistas, de Ada o

de otra chica guapa que me ayudara a olvidarte. «Si no es ella, será otra [9] piccina,

alguna veraneante llegará, se fijará en ti, tú en ella, y te llevará lejos de aquí y de los

recuerdos que te persiguen, será un antídoto, volverás a vivir, a amar, a contar los días

con agrado», eso fue lo último que dijo. Yo le hable de ti, no mucho, pero lo bastante

para hacerle entender que lo que pensaba era imposible. En el claro de Luna, tal vez

entendimos que estábamos unidos por expectativas imposibles, por la angustia, por

artificios siniestros pero excesivamente bellos como para ser desechados, por fracasos

aterradoramente previsibles. Pero sólo yo lo veía con la certera clarividencia de los

locos, sin disfrazar la honda amargura con mentiras. Él, dejando caer la sonda, iba

midiendo el fondo para no naufragar, para no dar un paso en falso, para no dejarse

arrastrar por la marea de destrucción que acarrea contemplar tanta muerte. Diego, sin

romper su silencio, se puso de pie dejando en mi frente un espontáneo e indeleble

beso de buenas noches. Se sacudió la arena y subió a dormir. Tomé una de las

pastillas que me había dado, la de color azul.

Tumbado sobre la arena, cubierto por las toallas y las estrellas, contemplé un

buen rato la magna noche, antes de quedar profundamente recogido en la

somnolencia. Muy profundamente. El lorazepam y el alcohol, mezclados en mi

sangre, hicieron su efecto. Lo único que deseaba y podía hacer era dormir.

 

Al despertar, transmutada por un absoluto y magistral prodigio (sin duda digno

del mejor de los magos o de los dioses), la playa se presentó ante mis ojos

cubierta de árboles centenarios, hasta apenas un par de metros del agua,

convertida en un frondoso bosque de aspecto otoñal. Miles de hojas caían de

formidables prunos y almendros, de arces, castaños y robles imponentes, e iban

tapando la arena fosca casi por completo. Una lánguida marea amarillenta

bañaba la orilla, sin un murmullo. El lento oleaje arremolinaba la hojarasca

almagre, la acumulaba en una muralla de algas de aspecto ambarino. Y de ese

mar también ámbar, muy claro, como tenuemente iluminado desde el fondo, ¡lo

juro!, emergió una mujer de aspecto albino, completamente desnuda. Sólo

cubierta por escarcha de sal.

Brillaba tan pálida como la Luna, más pálida y más brillante, casi traslúcida.

Era de noche, seguro, seguía siendo de noche, aunque el cielo clareaba

extrañamente en un fulgor suave, de tonos ora verdes, ora violáceos, indefinidos,

como en una exuberante aurora boreal. Millones de estrellas refulgían en relieve,

casi al alcance de la punta de la nariz o de los dedos.

Nada más salir del agua, la joven se sacudió la melena corta como lo hacen

los perros. Luego enjugó la humedad acariciando el pelo con un gesto que me

era familiar, ladeó exageradamente la cabeza y, dando levísimos saltitos a la vez,

exprimió el cabello, como quien escurre un paño o una toalla. Al caer, las últimas

gotas brillaron lentas, como luciérnagas. Hecho esto, dobló la cintura totalmente

hacia delante, dejando la cabellera por debajo de la cabeza, hasta rozar la

arenilla cubierta de pétalos y hojas. La perspectiva era definitivamente erótica,

angustiosamente sexual. No pude adivinar los rasgos del rostro que asomaba

entre las piernas, ligeramente abiertas, unas preciosas piernas que subían hasta

un hermosísimo culo. «No te muevas —pensé—, quédate así, espera». Sentí un

violento apetito, un deseo irrefrenable de arrodillarme detrás de ella y morder

tiernamente aquel trasero, lamerlo hasta la sinrazón.

Con un gesto seco, decididamente enérgico, se incorporó echando la crin y el

cuerpo hacia atrás. Luego, se alejó caminando casi de puntillas, moviendo

serenamente las caderas, mientras lo recogía en una cola o un moño. No pude

ver su cara, en todo momento permaneció oculta o dándome la espalda. Me alcé

de un salto y corrí cuanto pude con la intención de alcanzarla, pero estaba

mucho más lejos de lo que me había parecido. Cuando me detenía a mirar, mis

ojos, como catalejos, me permitían verla nítidamente y bastante cercana.

Al emprender de nuevo el paso, el trecho que me separaba de ella cobraba

una nueva dimensión, aparecía como una longitud insalvable.

En vano intenté gritar para que se detuviera. Por alguna razón, tal vez por el

relente de la noche, la voz no quería salir de mi garganta. Estaba completamente

afónico. Aceleré la marcha buscando acortar tanta distancia. Los pies se hundían

cada vez más en la arena, los tobillos, una y otra vez, se enredaban entre los

sargazos rojizos, quedando atrapados, haciéndome tropezar constantemente. En

vano intenté una y otra vez desembarazarme de las enredaderas que me

atenazaban. Avanzar se convirtió en una tarea agotadora, imposible, tanto que

perdí el aliento y caí de bruces completamente exhausto. La arena entró en mis

párpados arañándome los ojos, entró en los agujeros de la nariz, taponándolos,

entró en mi boca, sellándola. Di una bocanada terrible, agónica, como la última

de un enorme pez moribundo. A pesar de ello, el oxígeno no llegó a entrar en mis

pulmones. La garganta se cerró definitivamente, la lengua, seca e hinchada, se

quedó adherida al paladar, inamovible. Acepté que había rebasado el preciso

instante de la muerte. Quise sufrirlo o gozarlo, pero éste no llegó. No era ese

trance el que me alcanzaba. Seguía insufriblemente vivo. Quedé boca arriba,

aleteando, mirando la luz incoherente, escupiendo espumarajos al cielo.

Pensé: «El espacio no tiene fin, no acaba nunca, es infinito, ilimitado, como

este dolor».

Al cabo, respiré de nuevo, lenta y doloridamente, como si aspirase el vapor

de un ácido corrosivo. Las fosas nasales y la garganta se calcinaban con cada

nueva inspiración. Pesadamente, me senté abrazándome la piernas, buscando

recuperar el resuello. Una vez más conseguí incorporarme, hiriendo los

pulmones por el esfuerzo. Ella seguía alejándose, muy pausadamente. Acopiando

mis agotadísimas reservas, tomé impulso e intenté avanzar. Esta vez, sentí como

si unas manitas invisibles me retuvieran. Y así era. No podía verlas, pero dos

garras diminutas, doce dedos afilados, me aferraban clavándose en mis brazos,

apretando con una fuerza inusitada. La uñada empezó a rasgar y a sangrar mi

piel. De improviso, noté un fortísimo empellón en la boca del estómago, como un

cabezazo. Alguien me empujó sin contemplaciones. Atrás, justo abajo, detrás de

mis pantorrillas, algo, un cuerpecillo, me hizo tropezar y caer como en esos

juegos de niños. Volví a quedar mirando al cielo. En su infinidad verde y violeta

aún brillaban y oscilaban todas las estrellas.

Apurando el remanente final de la voluntad, la reserva terminal, la última

gota de brío en mi sangre, volví a incorporarme. «La última», pensé. Ya no había

más. Frente a mí, un enano calvo y escuálido, de nariz y ojos rojizos y afilados,

me miraba con sorna. Alguien detrás de mí gritó: «¡Buh!». Me sobresalté de un

modo inconcebible, sentí el miedo más atroz que jamás haya sentido.

Instintivamente me giré para ver quién se burlaba.

Otro ser, poco más alto que el que tenía enfrente, me miraba sonriendo,

maliciosamente distraído. Éste, rechoncho y sonrosado, tenía un aspecto más

bonachón, pero su presencia resultaba igualmente terrorífica y desconcertante.

Sin venir a cuento, los dos empezaron a reír enloquecidamente, como hienas

rabiosas.

«¿Quiénes sois?, ¿qué sois?, ¿qué queréis de mí?, ¿qué os hace desternillar

así?», pregunté iracundo. «Sin duda, tú», respondió el más demacrado. «Yo no le

veo la gracia», repliqué. «Tú no tienes ninguna gracia ni puedes verla», volvió a

hablar el flaco, mientras el otro dibujaba en la arena con la punta de un palito y

con uno de sus pies. «¿Quiénes sois?», insistí impaciente, muy asustado. «Yo soy

Bonacrocce —dijo el gordo, hablando a destiempo—, y él es Bonanno». El más

enjuto le miró inquisidoramente, como recriminándole tal confidencia. Se

aullaron mutuamente enseñándose los diminutos dientes, unos colmillos

ennegrecidos, como clavos oxidados. Un segundo después, volvían a partirse de

la risa, revolcándose en la arena. «¿Y ella?, ¿quién es ella?», les grité. «No es de

tu incumbencia, nada que tú debas saber aunque ya sepas», sentenció el seco y

maligno enano. «¿Por qué no consigo alcanzarla?», seguí. «Porque no está

escrito», balbuceó el achaparrado mirando de reojo al otro, que sin duda era

quien llevaba la voz cantante, buscando su aprobación. «¿Dónde debería estar

escrito?», inquirí cada vez más inquieto. «¡Bah!, ¡calla de una maldita vez,

maldito plañidero hijo de una asquerosa carnicera!», bramó con desprecio el

más demacrado, sin apenas separar los labios, siseando como una serpiente.

Guardaron silencio y escucharon atentamente.

El rumor de una banda lejana comenzó a llegar sostenido en la brisa. Al

poco, y a buen paso, acompañadas por una inesperada bruma, un grupo de

majorettes desfiló por la orilla, chapoteando alegres, elevando las rodillas

graciosamente al ritmo de la música. Sus penachos entorchados, las casacas

abotonadas, las faldas cortísimas, los bastones de mando, todo era dorado, hasta

su piel, que brillaba como recubierta por polvo de oro. Pasaron rápido, muy

sonrientes y sin mirarnos. Tras de ellas, otro personaje grotesco caminaba

intentando seguir su ritmo, arrastrando los pies, marcando el paso a destiempo.

Un hombrecillo anciano vestido con uniforme blanco, inmaculado, tocado por

una gorra descolocada y también blanca, hacía sonar alegremente el viejo

acordeón que llevaba entre sus brazos. A contratiempo, con voz afeminada y

ronca, entonaba una cancioncilla incomprensible, desafinada, tristísima.

El grupo de chicas se alejó envuelto en la neblina que avanzaba con ellas. El

viejecillo giró hacia nosotros dejándolas marchar y se puso a dar vueltas en

torno a mí, cantando cada vez más rápido su cantinela absurda, una canción

afrancesada que hablaba de la Luna. Bonanno y Bonacrocce comenzaron a

burlarse de él, siguiéndole, bailando como dos locos bufones. Los tres giraron y

giraron a mi alrededor hasta marearme. El anciano me inspiraba una enorme

ternura. De su organillo y de su boca desdentada salía un sonido cada vez más

agudo, los labios balbuceaban, los dedos se movían a una velocidad

extraordinaria sobre las nacaradas teclas, y el fuelle se abría y cerraba cada vez

más rápidamente. Los tres cayeron por tierra muertos de risa. «Éste es Nicodemo

—aclaró el gordito—. Sólo él puede ayudarte. Él sabe cómo alcanzar a la mujer

que se aleja». Me sobresaltó la idea de que podía haberla perdido de vista

definitivamente. Busqué con la mirada y allí seguía su esbelta figura, borrándose

en el tenebroso horizonte, alejándose más y más, cada vez más. Intenté correr de

nuevo, pero uno de ellos me puso la zancadilla, haciéndome caer de boca.

Nicodemo se sentó a mi lado y me acarició y me habló como se acaricia y se

habla a los perros.

«He llegado puntualmente, no me esperabas, pero aquí estoy —dijo el viejo

—. Tranquilo, tranquilo, nunca podrás alcanzarla, para qué seguir en eso.

Olvídala, déjala marchar, no es para ti, no es para nadie. Tranquilo, muchacho,

no vale la pena, no vale la pena. Sólo llegarás a la muerte si la persigues. ¿Acaso

no lo ves?, debes apartarla de tu sentimiento, debes reconocer que has

malogrado tu vida y la suya. Déjate de mentiras, estás llenando el alma de

lágrimas inútiles, de angustia inútil, vuelve a ti, vuelve a ser lo que eres,

resígnate. Ay, yo sé cuánto has llorado, pero toda esa aflicción no te la devolverá,

te devorará, toda esa furia ciega no conduce al triunfo, tan solo al aislamiento y

al fracaso. Ya has fracasado, has naufragado en la marea de todo lo que ha

muerto, ríndete a la conciencia y a la evidencia, deja de soñar lo ya soñado. Lo

sé, sin esperanza la vida se hace pesada e imposible, pero debes recomponerte,

aún no estás completamente destruido…».

Hablaba y me acariciaba la cabeza muy quedamente. Mientras le oía, el

sonido cesaba y volvía a empezar, cesaba y volvía a empezar, cabalgándose las

palabras, las frases, repetitivamente, una y otra vez, una y otra vez. Todo cuanto

yo pensaba iba saliendo por su boca, disfrazándose en sus expresiones. Como si

pudiera leer en mi pensamiento, en lo más oculto de mi vida, iba describiendo la

angustia certeramente, anticipando cada reacción de mi mente ante el consuelo

que, a la vez, ofrecía su extraña voz.

Lloré tan desconsoladamente que mis lágrimas formaron un charco en la

arena. Lloré tanto que llegué a olvidar por qué lloraba.

Cuando alcé la cabeza, Nicodemo ya no estaba. Tampoco los otros dos

charlatanes. Los tres, a un centenar de metros, hablaban con la mujer desnuda y

plateada, le hacían señas indicando hacia donde yo estaba. Siguieron su camino

hasta desaparecer, mientras ella se fue acercando a mí. Con gran esfuerzo me

puse en pie. Sentía la cara hinchada, embotada, empapada en lágrimas y

cubierta de arena, me sentí ridículo. Completamente abatido, desfallecido, miré

sin pesar cómo se aproximaba. Eras tú.

Me acariciaste el rostro con ternura, sacudiendo suavemente la arenilla de la

frente y los pómulos, de la barbilla, hurgando sigilosamente en los lagrimales, en

los párpados, en los orificios de la nariz y las orejas, entre los labios, para retirar

los granos más ocultos. Mesaste mi pelo con las dos manos, desde la frente a la

nuca, bajando luego por el cuello y los hombros. Me mirabas en silencio,

implorante, como quien tiene apenas un minuto para despedirse antes de que

parta el tren. Intenté decir algo, pero tus dedos sellaron tiernamente mis labios

acariciándolos, impidiéndome hablar. Los besaste mórbidamente, una sola vez,

una sola. Luego, en un susurro trémulo, hablaste con tu voz, la que casi había

olvidado. «No hay lugar adonde huir —dijiste—, buscar o esperar son la misma

cosa, no busques ni esperes más, yo te amo, desearía que nunca murieses, no

haber muerto, pero lo eterno es eterno para siempre, ahora debo irme, adiós, mi

amor…».

Caminaste hacia la orilla y te lanzaste al agua sin pensarlo, sin mirar atrás.

Incrédulo aún, vi cómo te hundías, cómo te abandonabas a la profundidad

custodiada por un cortejo de caballitos de mar. El aire se llenó de sol cegándome

por completo, abrasándolo todo en un fulgor blanco tan impenetrable como las

tinieblas. Sentí de nuevo el sopor de la nada adormeciéndome. De ser un sueño,

no era un sueño como todos los sueños.

 

Al despertar, el universo pesaba inmenso en mi pecho y tu voz y tu imagen oprimían

como nunca mi alma agotada…