Aô, el último cavernario

Marc Klapczynski · Capítulo 1 de 22

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Aô, el último cavernario

Prólogo

Prólogo

Esta historia ocurrió quizás hace más de treinta mil años, en el territorio de la actual Europa. En ese momento, la tundra se extiende por regiones inmensas. El bosque se acantona en los valles resguardados o en el sur del continente. El viento y la nieve barren las llanuras y las mesetas donde se reúnen los inmensos rebaños de bisontes y de renos cuando llega el verano.

Los hombres, ya semejantes a nosotros, originarios de África, emigraron lentamente hacia el norte pasando por Oriente Medio y se asentaron en estas regiones frías pero abundantes en caza. En poco tiempo desarrollaron unas habilidades que les permitieron mantenerse en este entorno hostil.

Sin embargo, no son los primeros en haber conquistado la tundra. Varias decenas de miles de años antes que ellos, un ser humano diferente, de aspecto más primitivo, sacaba provecho de un calentamiento climático para aventurarse hacia las grandes llanuras del norte de Europa. Cuando la glaciación se abatió de nuevo sobre el mundo, un hombre, por primera vez en la historia de la humanidad, animado por la abundancia de caza, aceptaba el desafío. Conseguía sobrevivir en esas regiones semi-árticas y adaptarse a los rigores de la climatología. Ese hombre ha sido llamado «el hombre de Neandertal» y el enigma que representa todavía fascina a los hombres de hoy.

La cronología, el entorno y el acercamiento cultural, tal como aparecen en esta historia, corresponden globalmente a los datos actuales de la investigación arqueológica sobre la Prehistoria. Los descubrimientos recientes y las dataciones cada vez más precisas han contribuido a establecer la presencia simultánea, en un territorio del tamaño de Europa,

no sólo del hombre de Neandertal y de un hombre anatómicamente moderno (llamado de Cro-Magnon) sino también, en el interior mismo de cada uno de esos grupos, de poblaciones asociadas a tradiciones culturales netamente diferenciadas.

Esta particularidad ha sido destacada recientemente a propósito de los hombres de Neandertal: mientras en ciertas regiones desarrollaban una maestría técnica (período del chátelperroniense o perigordiense inicial) de un nivel equivalente a la que prevalecía entre los hombres de aspecto moderno que se habían propagado por Europa (período del auriñaciense), en otros lugares, culturas de tradición antigua (período musteriense), más rudimentarias, típicas de períodos anteriores, perduraban en otras poblaciones de hombres de Neandertal.

Esta situación extraordinaria se inscribe en un lapso de tiempo relativamente restringido en la escala de la evolución de la humanidad (menos de 10.000 años). A pesar de la escasez de pistas de que disponemos, nos ofrece la visión de un mundo que palpita al ritmo de una búsqueda espiritual y artística de la que nuestro ancestro directo ya no posee la exclusividad: hombres de aspecto más arcaico participaron también de este avance. El recurso a técnicas de talla originales contradice la tesis de una imprescindible aculturación de criaturas menos desarrolladas, confrontadas a la invasión de hombres modernos. Su supervivencia a través de varios milenios atestigua, más que la mansedumbre de los «invasores», su capacidad para permanecer en ciertas partes del continente conservando sus territorios de caza y de recolección.

¿Qué relaciones desarrollaron estos seres humanos diferentes en el curso de enfrentamientos que difícilmente podemos negar que ocurrieron alguna vez en el seno de un espacio limitado y durante un período tan largo Probablemente no existe una sola respuesta sino varias, una por cada encuentro particular y cuya suma constituye la larga historia casi desconocida de esta época, jalonada sin duda de tragedias, pero no necesariamente más violenta ni menos humana que la actual.

En este contexto fascinante se inscribe la ficción que les ofrezco.

Imaginen las mesetas y llanuras que se extienden hasta el infinito, salpicadas de lagos y turberas. Los inviernos son largos y crudos.

Hace aproximadamente 75.000 años, al principio de la última glaciación, el frío se había hecho extremo.

Vean esos hombres que avanzan lentamente en la nieve, sin duda alguna cazadores. A pesar de las ráfagas de viento helado que les obligan a agachar la cabeza, progresan orgullosamente, muy abrigados gracias a varios espesores de pieles sujetas por tiras de cuero. La caza ha sido buena. De dos en dos, arrastran largas pértigas de madera a cuyo extremo se ha enganchado un entretejido de ramas, a modo de trineos rudimentarios muy cargados. Se pueden distinguir cuerpos de caballos, esos pequeños herbívoros vivos y rápidos cuyos rebaños surcan la tundra.

Se aproximan al bosque. Más bien pequeños, con extremidades cortas, de una envergadura impresionante, una gran vitalidad emana de sus cuerpos fornidos. Ahora se distinguen los rostros cuyos rasgos parecen surgir de un pasado muy lejano.

El voluminoso cráneo apenas está separado del tronco por un cuello fuerte y corto. La frente estrecha y huidiza asoma por encima de los ojos hundidos en profundas órbitas, redondeadas y amplias. La cara puntiaguda se estira hacia delante como un hocico. La nariz, ancha y maciza, surge del bosque de pelo tupido, muy denso, que se extiende desde lo alto del cráneo hasta la nuca pasando por las mejillas, hasta tal punto que apenas se distingue la piel enrojecida por el frío.

Las armas que enarbolan parecen rudimentarias. Sin embargo, han permitido a estos cazadores resistentes y tenaces permanecer a las puertas del Ártico y convertirse, al hilo de milenios, en los predadores más temidos de la estepa.

Otros hombres han salido del bosque ahora muy próximo y corren hacia los cazadores. Están muy excitados y se agitan gritando en la nieve. Parece como si bailaran.

Los cazadores han soltado sus pértigas y se mezclan con ellos gesticulando más y mejor. Con muchos gruñidos y mímica, están imitando la caza. Sus gestos son precisos y muy expresivos. El espectáculo es fascinante. La nieve cae de nuevo. Revolotea a su alrededor, levantada por el viento polar que barre la estepa aullando. Imperturbables, los cazadores siguen bailando para sus compañeros. Es necesario que la pálida luz del día

se difumine para que se decidan por fin a ponerse en marcha. Saben que no lejos de allí arde un gran fuego a la entrada de una caverna escondida en los acantilados que dominan el río. Es el campamento de invierno del clan. Este año, la primavera se hace esperar y las reservas se han agotado. Pero esta tarde el hambre habrá dejado de atormentar sus entrañas. Los cazadores bailarán otra vez al fulgor de las llamas.

Muchos años han pasado. El clima se ha dulcificado. Hace 40.000 años y en el transcurso de los miles de años que se sucedieron, unos hombres distintos, prolíficos y trabajadores, se asientan poco a poco en el continente.

Más altos y más estilizados que aquellos que les han precedido, se parecen a los hombres actuales. No temen al frío del que saben defenderse. La abundancia de caza es una ganga para estos intrépidos cazadores. Ningún ambiente se resiste a su expansión. Sus métodos de caza y la maestría técnica que han alcanzado en la talla de los diferentes materiales a su disposición, como la piedra y el hueso, pero también el marfil y la cornamenta de los cérvidos, les permiten adaptarse a los inconvenientes de cualquier entorno. Entre los que se aventuran hacia el norte del continente, algunos entran en contacto con hombres que vivían allí antes que ellos.

Estos pioneros no comprenden las gesticulaciones y gruñidos de esos seres extraños, inquietante esbozo de humanidad. Poco dispuestos a compartir las riquezas de su región abundante en caza con esas hordas vociferantes que espantan a sus rebaños, negándose a reconocerlos como sus semejantes, van tomando posesión de sus territorios poco a poco.

Sorprendidos por la ferocidad y la temible eficacia de las armas utilizadas por los recién llegados, los clanes que ocupaban desde hacía milenios esta parte septentrional de Europa, repartidos por vastos territorios y poco inclinados a reunirse de forma duradera, a menudo limitados a un puñado de individuos, fueron diezmados o empujados más al norte, allí donde ya no crecen los árboles.

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