Aô, el último cavernario
Capítulo 4
Napa-mali refunfuña y se da la vuelta en la cama.
El chico no se deja impresionar y sigue tironeando tranquilamente de un faldón de la piel en la que está envuelto.
—¿Qué pasa? —ruge por fin—. ¡Cómo te atreves a tratar de esta manera al que habla con los espíritus, estorbando su sueño!
El chico se echa a reír y endereza los hombros con orgullo. Sus dientes blancos relucen en la penumbra de la choza. Él es Kipa-koô, el hijo de Wagal-talik, el jefe. Está acostumbrado a los gañidos ultrajados del anciano.
Una complicidad estrecha se ha establecido entre ellos desde que el chamán ha descubierto los talentos del chico.
Como a todos los niños, le gustaba manipular la tierra. Pero mientras los otros se conformaban con hacer bolas o formas groseras, sus manos poseían la facultad de sacar de la arcilla todo tipo de criaturas animales cuyo parecido con los modelos vivos era asombroso. El anciano había animado al niño, permitiéndole que desarrollara el preciado don que le había regalado su espíritu.
Napa-mali se sienta en su cama de musgo haciendo muecas. Ve al chico cojear delante. Se acuerda de los acontecimientos que han sucedido el verano anterior.
Mientras los cazadores estaban ausentes habían aparecido en el campamento, dando alaridos, unos hombres con la cara a rayas negras y
adornos de plumas en la cabellera. Napa-mali no comprendía su lenguaje.
Uno de ellos era un verdadero gigante. Había señalado a tres mujeres, dos de ellas jovencitas casi núbiles, haciendo que salieran del grupo. El chamán se había interpuesto. Con una sonrisa burlona, el gigante había alzado lentamente su azagaya. Inmóvil, con las manos sobre la cabeza, Napa-mali había invocado a los espíritus. Tras un momento de vacilación, el hombre había golpeado brutalmente al anciano con el mango de su chuzo, tirándolo al suelo. Asustadas, las dos jovencitas habían obedecido las órdenes del gigante, resignándose a su suerte. La tercera era Âki-naâ, la compañera del cazador Atâ-mak y hermana de Kipa-Koô. Era una joven valiente. No había querido moverse. Entonces la habían agarrado y la habían arrastrado con las otras. Riéndose, les habían arrancado la ropa para examinarlas desnudas, interpelándose gesticulando, con risas y gritos. Después de permitirles que se volvieran a vestir, les habían atado las muñecas a la espalda y las habían empujado sin miramientos hacia la salida del campamento. Era en ese momento cuando el joven Kipa-koô había intervenido. Había cogido una piedra y había corrido detrás de ellos, sordo a las órdenes de los suyos.
Dando la vuelta a un ramillete de sauces, había adelantado a la pequeña tropa y se había encontrado frente al gigante que iba en cabeza. Con una mano en la espalda, había increpado al temible cazador.
—¡Devuélvenos a nuestras hermanas o te mato!
El hombre se había reído a carcajadas. Pero antes de que pudiera esbozar un gesto, Kipa-koô lanzaba la piedra con todas sus fuerzas.
El proyectil había golpeado con dureza al gigante en la parte inferior del rostro, borrando la sonrisa burlona. Incrédulo, se había pasado la mano por los labios rotos, demorándose en los muñones de tres de sus incisivos superiores, partidos de cuajo. Loco de rabia, se había precipitado sobre el chico, lo había levantado del suelo y arrojado brutalmente contra una roca.
Estallaron gritos de ira entre los habitantes agrupados que se habían acercado. Un anciano de andares rígidos se había destacado del grupo y hacía gestos amenazantes con su chuzo.
Napa-mali se había precipitado para calmar los ardores del viejo cazador. Pero no había podido hacer nada. Fulminado casi a quemarropa, el
viejo atrevido ya se estaba desplomando, con la garganta y el pecho atravesados por dos azagayas.
La asamblea gruñía de furor. Las mujeres y los niños habían recogido piedras.
Napa-mali había gritado:
—¡Deteneos! ¡No les provoquéis!
Había ido a situarse entre las dos facciones, dando la espalda deliberadamente a los cazadores mientras exhortaba a los suyos para que conservaran la sangre fría.
Esta maniobra desesperada había dado sus frutos. Consciente de que podía perder a uno de sus compañeros en un enfrentamiento estéril y estimando que ya había pagado con creces la conquista de esas hembras, el gigante había decidido aprovechar la intervención del chamán para abandonar el lugar con sus dos comparsas. Se habían eclipsado rápidamente, llevándose a las tres mujeres.
Todos se habían precipitado hacia el niño que yacía inanimado en el suelo. Aún vivía, pero tenía la pierna izquierda muy lastimada. El hueso estaba roto en varios sitios. En cuanto al viejo temerario, estaba muerto.
Los cazadores habían vuelto unos días más tarde. Atâ-mak había querido salir en persecución de los secuestradores. Wagal-talik había intentado disuadirlo. Él mismo había perdido a su hija, y su hijo se quedaría lisiado para toda la vida. El viejo cazador había oído hablar de esta tribu feroz que vivía del lado de donde sale el sol a los hombres de otros clanes víctimas también de sus exacciones. Atâ-mak tenía que resignarse a tomar otra mujer. Pero éste se había empecinado. Decía que los hombres con las cabezas llenas de plumas y las caras pintadas eran hombres como los demás. Esperaban que los cazadores se hubieran ido para apoderarse de las mujeres porque temían enfrentarse a su cólera. Habían matado a un anciano y herido a un niño. Atâ-mak no tenía miedo de esos seres malignos. Tenían mucho camino por delante para llegar hasta su lejano territorio. Todavía era posible alcanzarles.
Wagal-talik había intentado razonar con el joven. Le había recordado que los hombres del lago no mataban seres humanos. Pero Atâ-mak no
quería saber nada. Se habían alzado otras voces de cazadores para unirse a él. La cólera retumbaba entre las mujeres.
Wagal-talik había suspirado y había buscado la mirada del chamán para pedirle su apoyo. Napa-mali había reclamado silencio para tomar la palabra en nombre de los espíritus. Había dicho que Atâ-mak tenía razón. Los hombres-pájaro eran sencillamente hombres, pero hombres temibles, aliados a espíritus poderosos y vengativos. Pero Wagal-talik también tenía razón. La estación de la caza todavía no había terminado. Las reservas acumuladas para el invierno todavía eran insuficientes. Los cazadores no podían permitirse interrumpir su actividad. También había dicho que comprendía la cólera de las mujeres y que los espíritus estaban enfurecidos.
Los hombres de la montaña tenían que defender a sus mujeres y a sus hijos.
Tres cazadores hábiles podían seguir el rastro de los hombres malvados, y esperar el momento oportuno para recuperar a las mujeres.
Wagal-talik había dado su consentimiento. Actuando de esta forma, la estación de la caza no se vería comprometida. El clan atendería las necesidades de las familias de los tres cazadores durante su ausencia. Atâ-mak era un joven impetuoso pero valiente y totalmente dedicado al clan.
Volvería, más fuerte y con más experiencia, y cuando llegara el día, sería un buen guía para los suyos.
Ma-wâmi había declarado que acompañaría a Atâ-mak. Kî-mi, una de las dos jovencitas capturadas, se había convertido hacía poco en su compañera. Aunque no se había incorporado al grupo de los cazadores hasta la estación anterior, este chico tranquilo gozaba ya de la estima de sus mayores.
Un cazador más mayor, Kâ-maï, el padre de Kî-mi, se había unido a ellos.
Se habían puesto en camino al día siguiente, ansiosos por no perder más terreno.
Gracias a los encantamientos y los cuidados proporcionados por Napa-mali, Kipa-koô había sobrevivido. Es entonces cuando recibió el nombre del árbol de corteza blanca y negra cuyas hojitas murmuran suavemente, el nombre del árbol ancestral, uno de aquellos que los padres de sus padres
encontraban en el transcurso de sus desplazamientos hacia el norte y del que admiraban el valor cuando veían su delgada silueta alzarse frente al viento, allí donde ningún otro árbol osaba aventurarse, hasta el punto de reconocer en él a uno de los primeros habitantes de la tierra, en los tiempos en que los hombres se casaban con los animales y las plantas. Pero la pierna del chico permanecería torcida y cojearía siempre.
Se había organizado una ceremonia para apaciguar al espíritu del viejo temerario y convencerle para que se fuera al territorio de los ancestros.
El chamán había solicitado la ayuda del espíritu del lobo para guiar al del difunto y la había obtenido. Sólo entonces su cuerpo había dejado de ser contagioso y los hombres habían podido librarse de él sin peligro y devolverlo a su espíritu bajándolo al abismo de los muertos. Después la vida había retomado su curso.
Âki-naâ sabe que el niño que lleva en ella está condenado. Durante el invierno, los habitantes han descubierto que estaba encinta. Ella misma sólo lo había sabido al final del largo viaje que los había llevado hasta el campamento de los hombres-pájaro. Las otras mujeres le han hecho entender que los hombres nunca dejarían vivir a un niño cuyo espíritu sospechaban ligado al de un cazador perteneciente a un clan no emparentado con ellos. Se mataría al bebé y ella seguiría siendo la esclava de las otras mujeres, a disposición de los hombres que quisieran satisfacer sus apetitos. Como mejor opción, podía esperar ser asignada a uno de esos crueles cazadores.
Âki-naâ se niega a ese destino funesto. Quiere conservar a su hijo y volver con los suyos. No ignora que tiene pocas oportunidades de sobrevivir si lleva a cabo sola el interminable viaje que la devolvería al pie de las grandes montañas donde viven los suyos. Pero lo hará de todos modos.
Kî-mi, la más joven de las tres mujeres capturadas, ha muerto durante el trayecto, víctima de la brutalidad de los cazadores. I-taâ ha sufrido mejor
suerte. El cazador que la ha tomado por compañera no es de los peores. De temperamento dócil, se ha resignado.
Âki-naâ le ha contado sus proyectos, pero la joven ha decidido quedarse.
Hasta ahora, por su embarazo, los hombres la han dejado en una tranquilidad relativa. La brutal incursión del hombre-oso ha creado una gran confusión en el campamento. Los tres cazadores presentes se han lanzado en su persecución. Las mujeres se agitan y los niños van y vienen gritando.
Âki-naâ se ha recuperado en seguida. No tendrá una oportunidad mejor. Por una vez, nadie le presta atención. No hay nadie en la choza donde le han asignado un rincón para dormir. La joven se pone en cuclillas en el suelo toscamente empedrado, recubierto de pieles polvorientas. Levanta con dificultad una piedra pesada y se pone a cavar frenéticamente con los dedos la tierra apisonada. Su vientre le estorba. Oye un ruido. Alguien cuchichea muy cerca. Presa del pánico, se queda paralizada, intentando escuchar a pesar de los latidos desordenados de su corazón que le retumban en los oídos.
—¡Âki-naâ! ¿Estás ahí? ¡Soy yo, I-taâ! ¡Contéstame! ¡Sé que estás ahí!
Aliviada, Âki-naâ suspira.
—Sí, estoy aquí. Entra.
I-taâ levanta la pesada piel forrada que cierra el orificio de acceso y penetra en la choza.
Sonríe al ver a su compañera ocupada cavando la tierra.
—Sabía que te marcharías hoy. He venido para decirte adiós y desearte suerte. Me gustaría tener tu valor para acompañarte, pero no lo tengo. Mi espíritu es más débil que el tuyo, pero después de mi muerte, volverá a las montañas.
Âki-naâ asiente y acaricia dulcemente el pelo sedoso de su amiga.
—No te culpo. El hombre con el que vives es un cazador hábil. Parece menos cruel que los otros. Yo tengo que irme, o mi hijo morirá. Mi espíritu no me perdonaría que no hubiera intentado nada para salvarle. La vida sería demasiado difícil si no.
I-taâ saca de debajo de su vestido un objeto estrecho y largo, envuelto en un trozo de cuero.
—Es para ti. Se lo he robado a mi hombre.
Rie.
—¡Todavía lo está buscando!
Âki-naâ no puede sofocar un grito de admiración al ver el maravilloso puñal. Pasa un dedo por la hoja afilada y las muescas talladas en el otro extremo, en la parte que se usa de mango.
Emocionada, aprieta fuerte el brazo de la joven.
—Ahora me tengo que ir. No te olvidaré. Tu espíritu no es tan débil como dices si te ha proporcionado el valor para robar esta arma para mí. Si el niño que llevo es varón, cuando se convierta en cazador, le daré este cuchillo y le contaré su historia. De esta manera, I-taâ permanecerá en la memoria de nuestro clan. Vete ahora. No tienen que encontrarte conmigo.
Sin esperar la partida de su compañera, Âki-naâ vuelve a cavar encarnizadamente. Saca del suelo uno por uno algunos objetos manchados de tierra de los que ha conseguido apoderarse a pesar de la vigilancia de la que ha sido objeto por parte de los miembros del clan. Hay una azagaya perdida por un cazador y recogida en los alrededores del campamento, algunos fragmentos pequeños de sílex y de huesos, una piedrecita de hacer fuego, una vejiga de reno para transportar agua, y su posesión más preciada: algunos trozos de carne seca protegidos por un envoltorio de piel. Mete todo en un saco grande que disimula debajo de la amplia túnica que le sirve de vestido. Se endereza con dificultad. La cabeza le da vueltas. Respira hondo antes de salir. No hay nadie en los alrededores. Se apodera de un recipiente de corteza y se dirige lentamente hacia la cascada, con la cabeza agachada.
Reina una gran agitación en el campamento. El increíble atrevimiento del hombre-oso, llamado así por su rostro alargado y peludo y los gruñidos que emite, y su presencia en los alrededores del campamento sin saberlo los cazadores, alimentan las conversaciones y mantienen la excitación general.
Se creía que esas criaturas habían desaparecido para siempre desde hacía mucho tiempo y helas aquí de vuelta, llevando su insolencia hasta llegar a robar comida en medio del campamento de los hombres.
Âki-naâ echa un vistazo rápido hacia la pista que cruza el derrumbamiento rocoso. Contiene la respiración y aprieta los puños,
siempre a la espera de que una voz la interpele.
Pero no ocurre nada. Penetra en el bosquecillo de abedules. Desde este momento, la joven es invisible desde el campamento. Aliviada, se esfuerza por recobrar una respiración normal. Sin embargo, no aminora la marcha.
Sabe que dispone de poco tiempo.
Su desaparición no pasará desapercibida mucho tiempo. Los otros cazadores pueden volver en cualquier momento. Cuando llega al lugar donde se bifurca el camino, al otro lado del río, no toma el sendero por donde llegaron después de su captura, sino el que sigue la dirección opuesta. Ya conoce ese camino porque lo ha recorrido en busca de bayas y de plantas comestibles. Por allí ha localizado una vía de acceso hacia las alturas desoladas de la vasta meseta que domina el valle. Tal vez no se les ocurra a los cazadores buscarla en esa dirección. La joven espera sacarles un poco de ventaja. Andando a través de la meseta, a la izquierda del lugar por donde se esconde el sol, tendría que terminar por alcanzar el río más abajo, y éste la llevará al territorio de los suyos.
Pero, ¿podrá llegar hasta allí? Siente que el niño querrá salir pronto.
Tiene que encontrar rápidamente un refugio seguro para que nazca. Hasta entonces, tendrá que cazar y huir al mismo tiempo. Lo sabe. Sabe también que sus posibilidades de supervivencia son ínfimas. Pero no se arrepiente de nada.
Aô no oye los clamores lejanos de los hombres-pájaro, satisfechos. Tras su caída, es aspirado a las profundidades de la poza de agua, zarandeado de un lado a otro. Ya no siente ni los brazos ni las piernas y se hunde lentamente en la inconsciencia, entregado al capricho del agua tumultuosa.
Pero los espíritus de los hombres primitivos reivindican la vida para el último de los suyos. Entonces, de mala gana, el río termina por devolver su cuerpo fuera del remolino.
El aire, acumulado en el paquete de pieles que había tenido la precaución de atarse con fuerza alrededor de la cintura, hace que su cuerpo inerte suba a la superficie. Empujado por la corriente, va a parar a una playa
de guijarros. Sólo queda sumergida la parte inferior. Yace así mucho tiempo, como si su espíritu no supiera si abandonar su cuerpo. Cuando al fin se despierta, le parece que su esqueleto se ha dislocado. Un fuego arde detrás de sus ojos, en su pecho y en su garganta. El menor movimiento atiza el dolor. El agua está fría. Tiene un escalofrío. Tras varios intentos, consigue ponerse a cuatro patas. Violentos espasmos le torturan el estómago. Vomita el agua que le hincha el vientre.
Se sienta y se pasa la mano por todo el cuerpo. Salvo la llaga de la cintura, no tiene más heridas aparentes. A pesar de ser muy doloroso, sus miembros recobran poco a poco la movilidad. No tiene fracturas, sólo contusiones.
Aô se da cuenta que ha sobrevivido. A pesar de tener la garganta dolorida, lanza un salvaje alarido. El espíritu de los hombres primitivos es poderoso. Aô todavía está vivo. Ha desafiado a los hombrespájaro en el corazón de su campamento y ha conseguido escapar. No duda que conseguirá salir de aquí. Después de un período de adaptación, gracias a la luz débil que llega desde el orificio por donde se introduce el torrente, distingue vagamente los contornos de una sala amplia excavada en la caliza.
A los lados el agua es poco profunda. Aô se dispone a rodearla. Por suerte, el río también le ha devuelto su mazo y su chuzo. Aô constata con satisfacción que las robustas armas no han sufrido desperfectos por su caída en la cascada.
La superficie de la poza está agitada en ciertos lugares por remolinos que indican que el río sigue siendo aspirado hacia las profundidades. Hay agua que se desliza por las paredes desde fisuras por las que se insinúan también pálidos rayos de sol. Sin duda se trata de vías utilizadas por las aguas de arroyada, alimentadas por las lluvias que caen en la superficie de la meseta, y que se infiltran hasta aquí.
Una de las fisuras parece a su alcance. Pero el acceso es trabajoso, debido a la piedra húmeda y resbaladiza. Aô tiene que intentarlo varias veces antes de conseguir agarrarse al borde de la estrecha abertura. Solo discurre un delgado hilo de agua porque no ha llovido desde hace mucho tiempo. La primera parte de la ascensión es muy difícil. La pared lisa es empinada, casi vertical. Aô progresa lentamente, presionando
alternativamente con los pies y la espalda. Apenas se relaja, siente que resbala hacia abajo. Para superar ciertos recodos, tiene que hacer contorsiones como una culebra. Por fortuna, la pendiente disminuye claramente. La fisura se ensancha. Ahora puede avanzar a cuatro patas.
Pero sólo es temporal. De nuevo se estrechan las paredes. Hay momentos en que Aô no está seguro de poder pasar. El pánico le invade cuando se imagina encajonado allí, a merced de una tormenta.
Sin embargo, sigue avanzando imperceptiblemente. Se golpea la cabeza.
Por encima, el paso está obstruido parcialmente por una pesada piedra. Por mucho que se estire lo más posible, no consigue franquear el obstáculo. Es imposible pasar sin desplazarla. El miedo de quedarse bloqueado y de tener que volver a bajar a la sima multiplica sus fuerzas. Empujando con el hombro, consigue que la piedra pivote ligeramente. Animado, sigue con sus esfuerzos. De nuevo intenta forzar el paso. La herida de la cintura se ha reabierto. La piedra rugosa le desgarra la piel.
Con un esfuerzo sobrehumano, consigue deslizar los hombros. El resto del cuerpo pasa también. La fisura desemboca en una cavidad que ha de encontrarse muy cerca de la superficie, como lo demuestran los rayos de luz que estrían la bóveda, formada por un amontonamiento de rocas. Jadeante, con las costillas doloridas, se concede unos instantes de respiro en la pequeña gruta.
El agua chorrea por el suelo empinado pero Aô se fija que una parte más elevada está a salvo de la humedad. El lugar, casi plano, está cubierto de arena y es un buen sitio para dormir.
El chico adivina que está llegando a la meta. Los espacios entre las rocas son suficientes para que pueda deslizarse hasta la salida cercana.
Unos momentos más tarde, Aô desemboca a pleno día.
Se toma el tiempo de acostumbrarse a la deslumbrante claridad después de su estancia en la penumbra. ¡Qué placer sentir el viento en la piel magullada!
Está a gusto en la meseta, vasta superficie mineral abandonada a la rocalla y al viento, donde la vegetación es escasa y rala. Aô nota con satisfacción que la entrada de la gruta no llama la atención. Parece un simple refugio bajo las rocas y sólo una exploración atenta permitiría
descubrir el paso hacia la pequeña caverna. Ha encontrado un lugar seguro donde reponer las fuerzas antes de partir en busca de los hombres primitivos. Su estómago le recuerda que no ha comido desde hace tiempo.
La carne cruda del pez le parece un verdadero festín. Come mucho para saciar el hambre. Todavía le quedan reservas para varios días. Pero el sol todavía no ha alcanzado la cima de su curva. Aô podría aprovechar para cazar. Esta noche volverá y dormirá en la gruta.
El sol se ha levantado una vez desde que Âki-naâ ha emprendido la fuga. Ha conseguido subir a la meseta y avanza en la dirección en la que espera encontrarse con el río, muy lejos río abajo. No ignora lo precario de su situación. Aprovechando la luna llena, ha caminado casi toda la noche sin interrupción, con una mano crispada en el mango de la azagaya y la otra en la empuñadura del cuchillo, convencida de que las feroces fieras que oía rugir en la lejanía no tardarían en aparecer para devorarla, no permitiéndose más que cortas pausas para comer un poco y dormitar unos instantes, en las ramas de un árbol o en el hueco de una roca. Ha descubierto la realidad del mundo de las tinieblas fuera del recinto del campamento y del calor de las fogatas que alejan los espíritus de los muertos que todavía no han sido apaciguados. A cada paso espera ser fulminada por los poderes de la noche.
A veces se siente invadida por el terror. Las piernas se niegan a avanzar.
Tiene la impresión de que su espíritu asustado quiere escaparse. Los sonidos y las sombras se transforman en imágenes de animales terroríficos que desfilan ante sus ojos. Pero nada ocurre. Sólo permanece una agobiante sensación de soledad. Entonces termina por ponerse en marcha de nuevo, pequeña silueta deforme perdida en el territorio del viento.
Al amanecer ha recobrado el valor. Su elección era la adecuada. Como había esperado, los hombres-pájaro debían haber seguido la pista opuesta a la suya, la que discurría a lo largo del riachuelo hasta el río. A pesar de su agotamiento, avanza a buen paso con la esperanza de mantener una parte de su ventaja. A los cazadores no les iba a costar nada alcanzarla en terreno descubierto.
Tiene que llegar al curso inferior del río, lo bastante lejos río abajo como para contar con que sus perseguidores habrán renunciado a seguirla.
Allí podrá encontrar comida y esconderse en los matorrales que bordean las orillas para dar a luz a su hijo.
Pero la superficie desolada de la meseta se extiende hasta perderse de vista.
Las nubes oscurecen el sol. El viento se levanta. La lluvia se pone a caer, primero despacio, y luego cada vez más tupida. Los relámpagos culebrean en el horizonte. El trueno retumba. Las borrascas le azotan la cara obligándola a agachar la cabeza. Tiene que luchar con todas sus fuerzas para avanzar.
Âki-naâ siente que ya no podrá continuar mucho tiempo en estas condiciones. Está extenuada. El miedo y los terribles esfuerzos que ha hecho durante dos días han provocado violentas contracciones que la fuerzan a detenerse casi a cada paso.
Un líquido caliente corre entre sus piernas. Âki-naâ gime de angustia.
Está perdiendo aguas. El niño quiere salir ahora, durante la tempestad.
Las contracciones no tardarán en intensificarse.
Asustada, la mujer busca desesperadamente un refugio. Arrecia la lluvia. Sabe que las hienas vagabundean por la noche en la meseta. El olor de la sangre las atraerá inevitablemente. No puede parir aquí, o morirá junto con su hijo.
Doblada en dos por el dolor, Âki-naâ se dirige hacia un montón de rocas con la esperanza de encontrar un refugio.
Con el corazón latiendo desenfrenadamente, sofocada, se agazapa en el primer agujero que encuentra. Descubre entonces que se prolonga debajo de los bloques de piedra, formando un estrecho pasadizo. Se desliza lo más lejos posible, chapoteando en el agua de un arroyo que ha nacido de la lluvia. Llega a un lugar más amplio. Ya no irá más lejos porque está al cabo de sus fuerzas. ¡Al menos está protegida del diluvio que sigue descargándose sobre la meseta!
Se arrastra hasta el rincón más elevado, a salvo del agua. La frecuencia de las contracciones aumenta. Con la boca abierta para intentar captar un poco de aire, la joven se agacha y empuja con todas sus fuerzas.
Una contracción más violenta le arranca un grito de dolor. El niño está llegando.
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