Aô, el último cavernario

Marc Klapczynski · Capítulo 21 de 22

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Aô, el último cavernario

Capítulo 19

Aô y Kipa-koô chapotean en el agua de las ciénagas que se extienden en la periferia del lago. Se dirigen hacia la gran colina que sobresale por encima de las cumbres vecinas. La ascensión de esa cúpula desnuda no presenta la menor dificultad. Desde ese lugar desértico y ventoso, donde ni siquiera la hierba consigue crecer, el panorama es excepcional.

El tiempo despejado permite a los dos viajeros recorrer con la mirada un inmenso territorio. Toman conciencia de las distancias recorridas desde su partida. Impresionados, se entretienen contemplando el mundo cuyos límites se ven empujados hacia otros horizontes por cada uno de sus pasos.

Siguen con la mirada el curso de un ancho río. Serpentea entre las colinas en el fondo de los valles cada vez más amplios a medida que se acerca a una llanura donde termina por desaparecer en un halo brumoso. El bosque está acotado a un lado y otro de sus orillas.

Dos pequeñas colinas los separan del río del que hablaba el hombre. Lo alcanzan esa misma tarde. El agua es clara y poco profunda. Después de varias tentativas infructuosas, la azagaya de Kipa-koô atraviesa un gran pez.

Hambrientos, se reparten la carne cruda sin tomarse el tiempo de encender un fuego. Saciados, se duermen en seguida en la calma de esta tarde de verano, demasiado cansados para hacer un turno de vigilancia. A la mañana siguiente se ponen en marcha hacia su última etapa, la que debe conducirles al final de su búsqueda, al encuentro con los hombres primitivos.

Kipa-koô nota un cambio de actitud en su compañero. Sus rasgos crispados y sus muecas reflejan su nerviosismo. La inquietud le va invadiendo mientras se acerca a la meta. ¿Qué acogida van a dispensarle

aquellos a los que considera los suyos? Por primera vez, Aô se pregunta por el lazo que lo une a los hombres y mujeres con los que se dispone a reunirse. Desde hace mucho tiempo, los rostros de los que han muerto han dejado de aparecérsele. Su silencio es una fuente de incertidumbre más.

¿No tendrían que alegrarse y manifestarle su satisfacción? Sin embargo, no ocurre así.

Kipa-koô tiene su opinión sobre el asunto, pero no quiere inquietar más a su compañero. Preferiría que Aô encontrase él solo la respuesta a sus preguntas.

Mejor que abrirse un camino en la vegetación que abunda en las riberas del río, prefieren avanzar andando por el agua poco profunda, cerca de la orilla. El fondo arenoso es firme bajo sus pies.

Al tercer día, el río se encajona de pronto. El lecho del río se estrecha.

Tienen que ponerse a nadar hasta la otra orilla rematada por una cornisa excavada en la roca blanda por los cambios de nivel del agua.

El sol ya está alto en el cielo cuando alcanzan el extremo del estrechamiento. Entonces estalla un clamor, y después otro. Procede de la otra orilla. Una cortina de árboles les tapa la vista, impidiéndoles que distingan a los autores de los gritos. Intrigados, los dos hombres vuelven a atravesar a nado el río. A cubierto detrás del macizo de alisos, reconstruyen el drama que se ha representado aquí. Un rinoceronte de espeso y lanudo pelaje yace en el barro a pocos pasos de la ribera. El cuerpo del animal todavía se estremece con violencia, pero la muerte es inminente. En su pecho están clavadas varias azagayas, algunas con el mango roto. El cuerno del animal está cubierto de sangre. Un hombre yace al lado, con el vientre abierto. Los gritos los lanzan otros tres cazadores que se lamentan rodeándole. Aô y Kipa-koô prefieren quedarse a cubierto para observar el desarrollo de los acontecimientos. La muerte de un ser humano es un momento difícil. Es preferible que no se muestren para no contrariar más a los cazadores.

Los tres supervivientes se desinteresan del muerto por un momento.

Acometen el largo y dificultoso descuartizamiento del enorme cuerpo del animal. Cuando han terminado, atan la carne en dos varas. Uno de ellos se acerca al muerto. Lo llama. Sus compañeros se reúnen con él. Hacen

gestos, invitándole a levantarse y seguirles. Pero el hombre no se mueve.

Un cazador inicia una especie de canto gutural. Otro reúne los restos de azagayas. El tercero corta un trozo de carne del rinoceronte. Depositan el conjunto con delicadeza sobre el pecho ensangrentado del muerto. Luego se dedican a tapar el cuerpo con un montón de piedras y de ramas.

Sólo entonces se marchan.

Kipa-koô y Aô han asistido a toda esta escena con mucho interés. Los tres cazadores van en dirección contraria a su escondite.

Por iniciativa de Kipa-koô, rodean ampliamente el lugar de la tragedia.

Las intenciones de los muertos no se conocen. Hay que desconfiar. Éste puede querer llevarse a los dos hombres con él. Los que mueren a veces están despechados. La muerte puede ser contagiosa. El espíritu de un hombre muerto por un animal tan poderoso como el rinoceronte es temible.

Si ignora la causa de su muerte, es probable que merodee alrededor de su cuerpo. La presencia de dos extranjeros en el territorio de su clan podría acrecentar su enfado. Kipa-koô no tiene el menor deseo de enfrentarse a la ira del difunto.

Prudentemente, avanzan a cubierto entre la vegetación.

Kipa-koô está inquieto. El hombre muerto por el rinoceronte es un cazador. Su muerte quizás represente una gran pérdida para los suyos. El chamán de ese clan va a interrogar seguramente a los espíritus para conocer la verdadera causa de su muerte. A él le incumbe la difícil misión de aplacar su espíritu y convencerle para que acepte su nueva situación. Si descubren su presencia, ¿no se arriesgan tal vez a que les imputen la muerte de ese hombre?

El cazador de la cola de león ha hablado del comportamiento agresivo de los hombres primitivos hacia los intrusos que se adentran en su territorio.

El valle del río gris les pertenece. Lo abandonan escasas veces. Su presencia en este lugar se considera muy antigua. Cuando descubren sus huellas en la pista de una manada, los cazadores renuncian a estas presas para evitar cualquier enfrentamiento con ellos.

Kipa-koô sabe que no podían elegir peor momento para encontrarse con los hombres primitivos. Le comunica su inquietud a su compañero. Aô le confirma que sufre los mismos temores.

Indecisos, continúan sin embargo siguiendo a los tres cazadores cuidando de no dejarse descubrir. Caminan lentamente, por el peso de la carne del rinoceronte, y se detienen de cuando en cuando para descansar.

Kipa-koô está impresionado por la fuerza de estos hombres. Se necesitaría el doble número de los suyos para llevar la misma carga.

Prosiguen su esfuerzo hasta el final del día. De nuevo el valle está más encajado. Los cazadores aminoran la marcha. El sol ha desaparecido detrás de la ladera oeste. Seguramente no van a tardar en detenerse para acampar.

De pronto Kipa-koô se ve empujado con violencia hacia atrás por Aô que retrocede precipitadamente después de haber dado algunos pasos a descubierto. Al mismo tiempo resuenan unos gritos. Desde el otro lado del río, a pesar de la oscuridad, unos hombres han descubierto a Aô. Gracias a la rapidez de su reacción, quizá no hayan podido ver a Kipa-koô, tapado por la vegetación. Sus gritos han llamado la atención de los tres cazadores que caminan por delante. Se dan la vuelta. Los que han dado la alerta corren ahora por la otra orilla.

Son hombres muy jóvenes, tal vez niños. Trepan rápidamente varios rellanos que les conducen a un refugio bajo las rocas, a mitad del acantilado, donde está instalado el campamento de los hombres primitivos.

Un grupo de cazadores se ha reunido en seguida. Cinco hombres descienden la pendiente que lleva al borde del agua. Se lanzan sin vacilar al río y lo atraviesan a nado rápidamente, reuniéndose con los otros cazadores que se han detenido para esperarles.

Tomado de improviso por la velocidad de sus maniobras, cada vez más inquieto, Kipa-koô llama a su compañero.

—Ven, Aô, todavía hay tiempo para huir. Creo que nos van a matar.

¡Creerán que nuestra magia ha provocado la muerte del cazador!

¡Huyamos!

Aô vacila. No teme por su vida. Los espíritus le han conducido hasta aquí. Pero teme por su amigo. Furiosos por la muerte de uno de los suyos, es posible que vean en él al responsable y quieran matarlo.

Agitan sus azagayas y vociferan. Parecen muy enfadados.

Kipa-koô retrocede todavía un poco más detrás de los matorrales que le ocultan. Insiste más.

—¡Hay que marcharse! ¡Pronto será demasiado tarde!

Aô se niega a huir ante los hombres primitivos que lleva buscando desde hace tanto tiempo. Pero no es momento de discutir.

—Vete tú. No te han visto. Yo no tengo nada que temer. Soy uno de los suyos. No tomarán mi vida. Vuelve con el clan del antepasado vivo.

Espérame allí. Iré a buscarte.

Kipa-koô vacila todavía un poco. Le repele abandonar a su compañero.

Pero no quiere perder la vida. Aô se enfada. Gruñe y se agita.

—¡Vete ahora! ¡Están llegando!

Kipa-koô retrocede marcha atrás. Medio arrastrándose, medio corriendo, se desliza a través de los matorrales y alcanza rápidamente la entrada del desfiladero. Justo a tiempo. Los cazadores se han separado como si Aô fuera una presa. Esta maniobra envolvente demuestra su hostilidad sin ambigüedades. Están aún demasiado lejos para identificarle como uno de los suyos.

¿Y si se negaran a reconocer en él a un amigo? Inmóvil, presa de la duda, por mucho que Aô invoque al espíritu del clan, nadie viene a sugerirle qué hacer. Si emprende la huida en seguida, todavía tiene oportunidad de escapar. La seguridad que demostraba unos instantes antes delante de Kipa-koô se ha desvanecido. Siente miedo. Lucha contra el deseo de seguir a su compañero. Pero ahora es demasiado tarde.

El círculo de cazadores se estrecha. Surgen exclamaciones de asombro.

Aô lee la incredulidad en los ojos del hombre que tiene enfrente. Uno de los cazadores da instrucciones a los demás. Aún desconfían, pero su hostilidad se ha transformado en perplejidad.

Kipa-koô ha hecho bien en huir. Aô está convencido que de haberse quedado, tal vez ya estaría muerto.

Se acercan a él y le examinan largamente interpelándose en un lenguaje diferente al suyo. Hacen pocos gestos.

Sus armas se parecen más a las de los hombres nuevos que a las que fabricaban Aô y los cazadores de su clan. Su ropa es sencilla pero bien ajustada. La mayoría de ellos lleva el pecho desnudo. Aô identifica a los tres cazadores del rinoceronte. Son hombres muy jóvenes. Tienen las caras y el pecho manchados con la sangre del animal. Están vestidos con una

simple banda de piel que les pasa entre las piernas, sujeta a la cintura por un cordón atado sobre el vientre. Fruncen las cejas y gruñen unas palabras hacia Aô, inmóvil.

Como Aô no reacciona a sus invectivas, uno de ellos se apodera del mazo y del chuzo que ha dejado prudentemente en el suelo. Otro le señala el campamento. Un tercero le empuja en esa dirección sin miramientos. Aô se pone en marcha, escoltado estrechamente.

Cuando se acercan al vado por donde han atravesado el río, obligan a Aô a avanzar por el agua. No utilizan sus armas, pero su actitud es lo bastante coercitiva como para hacerle comprender que la única alternativa es obedecer. Aô no intenta resistirse. ¡No saben que ha atravesado una parte del mundo para encontrarles!

Dócilmente, nada hasta la ribera opuesta donde le esperan varios cazadores, dispuestos a lanzarse al agua si se le ocurriera intentar escaparse por el río.

Al poner el pie en el otro lado, Aô se da cuenta que ha alcanzado su objetivo. Intenta convocar a los suyos pero no se le aparece ninguno de sus rostros. Mientras camina, les suplica mentalmente que se manifiesten, rebelándose contra su falta de gratitud: «¿A que esperáis para alegraros?

¡Aô ha encontrado a los hombres primitivos para vosotros!»

Pero guardan silencio con obstinación. Sorprendentemente, son los rostros de Âki-naâ y del pequeño Atâ-mak los que se le aparecen. Tras ellos está Ma-wâmi, con la cara sonriente. Napa-mali también está presente.

Pero Aô no tiene tiempo para entretenerse interpretando esta visión. Se encuentra ahora en el interior del campamento de los hombres primitivos.

Otro viejo se presenta ante él. El hombre no lleva ninguna ropa. Su rostro está cubierto de barro. Sus largos cabellos están separados en tres mechones pasados a través de anillas de madera. Están untados con una sustancia que les proporciona cierta rigidez y les da una apariencia de cuernos. El hombre parece ignorar a Aô. Los cazadores lo han empujado sin miramientos a un rincón del campamento donde queda bajo la vigilancia de dos de ellos.

Evidentemente, lo importante es otra cosa.

El chamán parece muy preocupado. Se dirige hacia los tres cazadores cuyos rostros están llenos de sangre. Les habla con autoridad. Se apresuran

a responder. Aô supone que le están dando cuenta del desarrollo de los hechos. Gritan y señalan varias veces hacia el lugar donde ha tenido lugar el drama.

Los otros cazadores, silenciosos, siguen atentamente la conversación.

Con las mujeres y los niños reunidos tras ellos, ocupan gran parte de la superficie del campamento cuya extensión está limitada por la estrechez de la plataforma rocosa. El suelo es arenoso. El hábitat del clan está formado por un largo tabique apoyado oblicuamente a lo largo de la cornisa. Aô nota que una parte de la estructura de los refugios la constituyen defensas de mamut, un temible animal, poco inclinado a ofrecer su carne, si no es al precio de una o más vidas humanas, la mayoría de las veces.

Los tres cazadores han dejado de vociferar. El chamán se pone a limpiarles la sangre que los mancha con una piel de liebre. Después les peina los cabellos meticulosamente y examina todos los recovecos de sus cuerpos, como para asegurarse que el espíritu del difunto no se ha ocultado en ellos. ¿O quizá quieran impedir que ese mismo espíritu se escape?

Sin embargo se quedan aparte. El chamán unta a los tres hombres con légamo de la cabeza a los pies.

Aô observa estos extraños ritos.

Seguramente están relacionados con la muerte del cazador. Estos hombres han estado en contacto con el espíritu del difunto.

El chamán salmodia encantamientos puntuados por sonidos que emiten los que han matado al rinoceronte, pronto repetidos por el conjunto de la asamblea. Los hombres y las mujeres avanzan y retroceden acompasando sus gritos dando golpes en el suelo con palos, haciendo que vibre la tierra a su alrededor.

El chamán llama a una de las mujeres. Le habla y ella contesta. Ahora le toca a ella ser untada con barro. Aô nota que los otros miembros del clan se apartan a su paso.

La ceremonia ha durado mucho tiempo. El sol se pone en la ladera opuesta del valle, tiñendo de rojo la superficie del río. Todos contemplan el fenómeno. El chamán parece satisfecho. Algunos gritan señalando con el brazo hacia el astro.

Nadie se interesa por Aô. Se han reanimado las fogatas. Nadie toca la carne del rinoceronte cuyos trozos han sido colgados en palos de madera clavados en las grietas del acantilado. La sangre del animal corre por la pared. La carne que han puesto a asar la han sacado de sus reservas. Su olor testimonia que es el producto de una cacería más antigua. Al anochecer, los tres cazadores y la mujer van a lavarse al río. Ninguno de ellos come. Se instalan en una cavidad situada un poco aparte. El chamán dibuja un leve surco en la arena para marcar una frontera que ya no cruzarán.

Aô está muy impresionado por el complicado ritual que ha presenciado.

El significado exacto de estos comportamientos se le escapa. Se siente un intruso entre estos hombres que se le parecen. Comprende lo que quería decir Kipa-koô: hombres de apariencia semejante pueden no entenderse, vivir según distintas leyes, desconfiar los unos de los otros, incluso luchar entre sí, mientras que hombres diferentes llegan a comprenderse y a establecer relaciones. Probablemente ocurre ésto con los hombres primitivos. Aô se siente desamparado. Esta gente no le necesita. Su comportamiento se parece más al de los hombres nuevos que al de los hombres y mujeres que pertenecían al clan de Aô. Ocupan un vasto territorio que nadie les disputa y donde no tienen dificultades para encontrar subsistencia. Son respetados y temidos por los hombres nuevos que viven en las regiones vecinas.

Pasa mucho rato antes de que el chamán se digne interesarse por él. Se acerca lentamente, seguido por varios cazadores de edad madura. Es objeto de un examen altanero. Las miradas se demoran en el vestido usado confeccionado por Âki-naâ con los restos de la piel del oso blanco. El chamán también se dedica a examinar con detalle sus armas. Bajo la aparente seguridad del hombre, Aô cree descubrir un atisbo de indecisión.

La lentitud excesiva de sus gestos da la impresión de que se quiere ir tomando tiempo para reflexionar. Las miradas de los cazadores que le ayudan están llenas de desconfianza. No parecen convencidos de encontrarse ante uno de los suyos. Hay varios clanes de hombres primitivos instalados en los valles vecinos, cerca de las grandes llanuras. Pero Aô es diferente. Nadie viaja solo. No comprende su lengua. Sus armas son burdas.

Además, la llegada de este hombre coincide con la muerte de un cazador. Se

sabe que los espíritus hostiles toman a veces la apariencia de animales familiares, ¿así que porqué no la de un hombre?

Las incursiones en sus territorios de seres humanos que no pertenecen a clanes emparentados son escasas. Si el inconsciente se da cuenta de su error y abandona rápidamente el lugar, se conforman con acompañarlo a distancia manifestándole su hostilidad por gestos inequívocamente agresivos.

El objetivo de esta actitud es incitar al intruso a irse sin recurrir a la violencia. Se hace todo lo posible para permitir que se vaya sin sufrir daños.

Pero si, a pesar de esta intimidación el interesado persiste en su error, tienen que matarlo. Su muerte se acompaña de un ritual muy preciso destinado a proteger al clan. El cuerpo ha de ser enteramente dislocado. El chamán se come los ojos del hombre y su carne se reparte entre los cazadores. La cabeza y los huesos de los brazos y de las piernas se dispersan por varios lugares alejados. Los restos del esqueleto van a aumentar el montón de inmundicias que se acumulan en un extremo del campamento.

A veces ocurren encuentros fortuitos entre representantes de este pueblo en los confines de sus respectivos territorios. Rara vez dan lugar a enfrentamientos porque las dos partes se separan rápidamente. Estos hombres no son enemigos mientras guarden las distancias.

Pero Aô no es uno de ellos. Se parece a los verdaderos hombres. Se cuenta que hace muchos inviernos, los cazadores de otro clan se habían encontrado con seres humanos que venían de una región lejana situada cerca del lugar donde se levanta el sol. Gruñían y se comunicaban por gestos. Eran pobres, mal vestidos. Sus armas eran burdas. Pero tenían la apariencia de los hombres verdaderos. Eran cazadores valerosos. Este clan los había acogido. Se habían quedado. Seguramente era uno de sus parientes.

El chamán ya ha reflexionado bastante. Reclama la atención de los otros y se pone a comentar los signos.

Dice que el espíritu del sol estaba alegre, lo cual era una buena señal.

Dice que el río se ha teñido de rojo como la sangre de la tierra y que eso era también una señal muy buena. Dice que el rinoceronte es un animal importante y que este hombre es amigo de su espíritu. Así que ha de ser

acogido y tratado con deferencia para no disgustar a su poderoso aliado, ya que el alma del difunto no obtendría la ayuda necesaria para encontrar los caminos que llevan hasta los territorios de los antepasados. Se vería entonces condenada a vagabundear entre los vivos a los que demostraría su resentimiento antes de que los hombres largos, siempre al acecho de las almas de los verdaderos hombres, se apoderasen de ella.

Todos aceptan someterse a las exigencias formuladas por el chamán.

Los signos son claros. Nadie pone en duda las aptitudes del chamán para interpretarlos.

Aô comprende que se puede quedar. También comprende que el espíritu del rinoceronte es su aliado, cosa que ignoraba.

Pasan los días. Aô intenta integrarse entre aquellos que se esfuerza en considerar como sus semejantes. Descubre numerosos ritos que acompañan los momentos importantes de su existencia, pero también los acontecimientos más anodinos de su vida cotidiana. Nota semejanzas entre su comportamiento y el de los hombres nuevos que ha tenido oportunidad de conocer en el transcurso de sus peregrinaciones.

Los muertos son temidos y se ponen todos los medios para que no la tomen con los vivos.

Todos demuestran paciencia con él cuando por ignorancia transgrede ciertas leyes. Los encuentros con los otros clanes asentados más al norte son bastante frecuentes. Los hombres se reúnen con miembros de su familia.

Con este motivo, las mujeres cuentan interminables historias, algunas especialmente apreciadas. Sobre todo son aquellas que traen a escena a los animales y los antepasados, y a veces los árboles o plantas más modestas.

Aô no comprende gran cosa pero se ríe con los demás. A veces, alguien intenta amablemente explicarle el motivo de la alegría general.

Aô constata la extensión del conocimiento de estos hombres. Conocen una cantidad increíble de plantas. Cada una de ellas tiene un nombre, lo mismo que los animales con los que se relacionan a menudo. Los niños son capaces de identificarlas muy pronto.

Los cazadores son muy eficaces. Oportunistas, cazan indiferentemente toda clase de presas de las que conocen las costumbres y los lugares de paso o de reunión. Las orillas del río albergan numerosas aves y pequeños

mamíferos fáciles de sacar de su escondite. Las mujeres descuellan cazándolos. Ocasionalmente se dedican a la pesca.

Una vez, en la periferia de su territorio, vieron hombres nuevos. Éstos cambiaron deliberadamente de dirección para evitar el encuentro.

Aô intenta aprender sus técnicas de talla, unas veces parecidas a las de los cazadores del campamento de Kipa-koô, y otras dispares. Como ellos, utilizan diversos materiales para realizar unas herramientas muy variadas, tanto la piedra como el hueso, el marfil y más raramente la cornamenta de los cérvidos. Las hojas y las puntas de dos caras que fabrican tienen una calidad semejante a las que producen los hombres del lago. Las varillas talladas en defensas de mamut les proporcionan resistentes azagayas que no tienen nada que envidiar a las que fabrican los hombres del lago. Sin embargo, su técnica para colocar empuñaduras es diferente. La base de las puntas no está hendida, sino redondeada y adelgazada por sucesivos retoques de forma que pueda insertarse en los tajos hechos en los mangos.

Atadas fuertemente con cordones de cuero empapados en sangre de animal y en resina, se convierten en armas resistentes y eficaces. También saben sacar del hueso punzones y agujas finas muy pulidas que se pueden ver clavadas en sus vestidos.

Aô se da cuenta que a semejanza de los hombres nuevos, fabrican objetos sin utilidad aparente para adornar sus cuerpos y sus vestidos.

Sienten predilección por los dientes en cuya raíz practican una incisión o una perforación para poder colgarlas. También hacen colgantes haciendo con paciencia agujeros circulares en fragmentos de hueso o de marfil de distintas formas. Para perforar los materiales duros, lo hacen de forma distinta a los tallistas de los hombres del lago que lo hacen rascando y adelgazando la superficie y practicando surcos. Aquí los agujeros se obtienen quitando material a base de presionar con fuerza con un punzón de piedra o a veces de cuerno de reno. La operación es larga y fastidiosa y los fracasos numerosos porque muchas veces el objeto trabajado se rompe. Así que estas piezas tienen un enorme valor, mucho mayor que el de los colgantes con una simple hendidura. Los adornos distinguen a los individuos, igual que entre los hombres nuevos.

Las tareas cotidianas no están tan claramente diferenciadas entre los dos sexos como ocurría con los hombres nuevos. Las mujeres participan a veces en las cacerías colectivas. Los hombres, sobre todo los más jóvenes, colaboran en el acondicionamiento de las pieles pero nunca en las destinadas al vestido, principalmente las pieles de reno, que son privativas de las mujeres. Éstas fabrican ellas mismas las herramientas y las armas que utilizan. El clan lo constituyen varias familias. Algunos hombres alimentan a dos mujeres. Todavía hay algunos ancianos que se valen por sí mismos.

Ya no cazan, pero recogen bayas, champiñones y raíces. La caza se reparte entre los cazadores según reglas muy precisas donde el papel que juega cada uno es tomado en cuenta cuando se trata de cacerías colectivas.

Para convertirse en adulto, los jóvenes han de nadar a contracorriente hasta una isla situada en medio del río. Esta isla es el lugar donde están depositados ciertos huesos sacados de los esqueletos de los difuntos, mucho tiempo después de su muerte, en el transcurso de un ritual determinado.

Con el cuerpo desnudo, untado de grasa, se quedarán allí durante muchos días sin alimento, temblando de frío hasta que la llamada del chamán ponga fin a la prueba. Cada uno de ellos traerá consigo una piedra, un fragmento de hueso o un resto cualquiera que le servirá al chamán para identificar a los espíritus que habrán de favorecer al iniciado durante su vida.

El islote está sumergido de forma regular por las crecidas del río. La mayoría de los huesos se los lleva el agua. Son los muertos que parten para el largo viaje hacia el territorio de los espíritus, hasta el que ha de llevarles el río. Este acontecimiento es el punto de partida de nuevas ceremonias.

Nadie se acerca al río durante el tiempo de la crecida.

Aô constata que la influencia del chamán es considerable y que su papel es comparable al de sus semejantes, los que ofician para los hombres nuevos. No había chamán para los hombres primitivos del clan de Aô.

También nota que cuando uno de ellos muere, su alma aspira a dejar el mundo de los vivos de la misma manera que entre aquellos a los que llaman hombres largos, con los que reconocen no tener más que un lejano parentesco y un estatus inferior al suyo. Así que Aô se inquieta por el destino de las almas de los de su propio clan.

Una de las mujeres parece sentir interés por Aô. Iniciada hace poco tiempo, todavía no ha sido reclamada por ningún cazador. Pero no le interesa.

El lugar que le está reservado dentro de la comunidad es el de un joven novicio. Así como se le ha perdonado la estancia en la isla de los muertos, todavía tiene que demostrar sus habilidades en la cacería. Sin embargo, su vigor y su audacia le permiten ganarse poco a poco la estima de sus nuevos compañeros.

Pero Aô no está satisfecho. La mayoría del tiempo sus sueños son incoherentes. Ya no oye las voces de los suyos y hace mucho que sus caras ya no se le aparecen. ¿Cómo saber si los muertos se han apaciguado si guardan silencio obstinadamente? Se vuelve taciturno.

Una mañana, los hombres primitivos se dan cuenta de su partida. Nadie se siente realmente afectado. La vida sigue su curso.

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