Asalto impune
Cap�tulo XXIV
Capítulo XXIV
Burch llamó discretamente a la puerta de la habitación. Lo miré con sorpresa, interrogándolo sin palabras.
—El sheriff me encargó que le avisara que había capturado a Henderson
—explicó— y que lo llevaba a su oficina. Parece que se quebró la pierna al caer, porque cuando lo apresamos no podía ni siquiera ponerse de pie.
—¡Espléndido!
—Me dijo que le pidiera que se ocupe de la muchacha hasta que ésta se reponga del susto.
—Muy bien. Ahora quiero que regrese cuanto antes a la oficina de Lonsbury y le diga que el hombre que han apresado es Karnes y no Henderson. Cassie Traine acaba de identificarlo.
Burch miró a la joven con admiración. Como Cassie estaba todavía entre mis brazos, creo que ese sentimiento de admiración incluía también a mi persona.
—¡Diablos! Pero ya lo saben, Ellis, porque cuando lo arrestamos escuché que Gregg lo llamaba por ese nombre.
—¿De veras? —inquirí, bastante extrañado.
—Sí. Su compañero es un hombre muy inteligente, Ellis.
—¡Si lo sabré yo!
Burch se dispuso a retirarse.
—Usted venga a la oficina en cuanto se desocupe. —Luego, mirando al corredor, me recomendó: —No se pierda esto.
Dejé a Cassie con suavidad sobre el lecho y me aproximé a la puerta.
Lo que vi, me dejó atónito. Sin embargo, supe disimular mi asombro ante el empleado del sheriff.
Morales escoltaba a Brenda Karnes, quien lucía un par de esposas, y marchaba detenida a la oficina de Lonsbury.
—Bueno, creo que esto pone punto final al caso —comenté con aire de suficiencia.
—¡Ya lo creo! —aprobó Burch, mientras se alejaba para reunirse con su compañero.
—¿Qué sucede? —preguntó Cassie, cuando regresé a su lado.
—Han arrestado a Brenda también —expliqué.
—¡A Brenda!
—Sí. —Y luego agregué por una chispa de luz que atravesó mi cerebro y que me permitió vislumbrar la verdad: —Fue Brenda quien la atacó anoche, cerca de su propiedad.
—¡No puedo creerlo!
Después de meditar unos segundos, le dije:
—Tengo que ir a la oficina de Lonsbury, pero no quiero dejarla sola en este lugar, sobre todo después de lo que ha pasado. ¿No se siente con fuerzas como para venir conmigo?
—Sí, por supuesto, Tony. Ya estoy bien; sólo un poquito impresionada.
Pero, de cualquier manera, prefiero marcharme con usted antes que quedarme sola.
—Muy. bien. Póngase un abrigo y nos iremos en seguida.
Fue un paseo corto y agradable. El ánimo de Cassie se reanimó considerablemente, aunque su rostro todavía conservaba huellas del mal momento pasado.
Cuando entramos en la oficina del sheriff, ni Lonsbury ni Gregg se encontraban presentes. Cassie y yo nos acomodamos lo mejor posible, hasta que ambos entraron, rato más tarde.
Gregg miró sorprendido a Cassie, sin duda porque no pensaba que la joven tuviese tanta presencia de ánimo como para haberse repuesto tan pronto del susto.
—Espero que no haya sufrido lo más mínimo —dijo amablemente—.
Fue una verdadera desgracia que el guardia hubiese tenido que..., marcharse a..., quiero decir, que lo hubieran llamado con urgencia.
—¡Por favor, Gregg! —lo interrumpí —. Dile con franqueza que el guardia debió marcharse al cuarto de baño.
—Lamento profundamente la crudeza de mi compañero —se disculpó Gregg—, pero ésa es la verdad. Karnes debe haber aguardado un momento semejante para tratar de introducirse en sus habitaciones.
—Pero, ¿por qué, Gregg? No alcanzo a darme cuenta por qué deseaba eliminarme.
—Porque —contestó Gregg con el tono de un adulto que trata de explicar algo a un niñito —usted era la única persona que podía reconocerlo, echando así por tierra su disfraz de Henderson.
—Pero Brenda...
—Estaba en combinación con su esposo. En realidad, gracias a usted comencé a vislumbrar la verdad cuando Brenda, a pesar de toda su congoja, no permitió que usted la acompañase al interior de la morgue para identificar el cadáver de “su marido”. Por supuesto, usted hubiese reconocido al verdadero Henderson. Además, no consideró prudente regresar a su casa, sabiendo que usted le haría compañía, y prefirió quedarse en el hotel, en un cuarto próximo al suyo, para vigilar mejor sus movimientos.
—Sin embargo, anoche me mandó a su casa.
—Sí, porque ya entonces había decidido deshacerse de usted. En el interrogatorio que pensábamos realizar mañana, usted hubiese visto al falso Henderson y lo hubiera identificado como Karnes. Era necesario impedirlo.
Además, usted ya no les era útil, puesto que su misión para corroborar la coartada del falso Henderson había tocado a su fin. Se cuidaron muy bien para que nunca más lo viera frente a frente. Recuerde, por ejemplo, que anoche, después que fue atacada, él pretextó buscar al atacante por los alrededores, cuando su único propósito era demorar el tiempo suficiente hasta que usted se hubiera marchado.
—¿Pero cómo llegó Brenda hasta allí? Recuerde que yo usaba su auto
—insistió Cassie.
—Karnes la fue a buscar con el Ford tan pronto como usted se marchó del hotel. ¿Recuerda que le dio un encargo para la farmacia? Ese fue un pretexto para demorarla, así llegaban ellos primeros. Karnes dejó a su esposa en las proximidades, en un atajo llamado Bishop’s Lodge; en ese mismo lugar la recogió más tarde y utilizó ese mismo atajo para volver al hotel antes que usted.
—¡Qué horrible! Sin embargo, sigo sin comprender por qué quería que fuese Brenda quien me atacase. Si hubiera yo llegado hasta allí y lo hubiese encontrado solo, me habría matado con toda tranquilidad, sin necesidad de la presencia de su esposa.
—Es que necesitaba ayuda. El plan consistía en eliminarla en la casa, pero llevarla con el auto hasta un lugar apartado, cerca de Taos, según confesó Brenda. Entonces, ésta iba a llamar por teléfono a la oficina del sheriff calculando que a esas horas ni Lonsbury ni yo estaríamos para reconocer si realmente esa voz era la suya, señorita Traine, e iba a pedir ayuda al oficial de guardia, explicando que se había enterado de algo
interesante relacionado con el caso, y dando su posición. Por supuesto, cuando nosotros hubiésemos llegado a ese lugar, sólo encontraríamos su cadáver. Brenda tenía su coartada: estaba muy enferma para abandonar el lecho; y el falso Henderson ya se buscaría una. Por fortuna, Tony y yo estropeamos sus planes al presentarnos intempestivamente en la propiedad de Karnes.
Cassie permaneció silenciosa unos minutos.
—Nunca imaginé... —murmuró con voz débil—. Gregg, ¿cómo sucedió todo? Todavía estoy demasiado aturdida para razonar.
Gregg miró a Lonsbury como pidiéndole permiso para referirle las conclusiones a que habían llegado. Como éste hiciera una señal de afirmación con la cabeza, Gregg comenzó:
—Hace algunos años, Karnes, bajo un nombre falso, asaltó el Ardmore National Bank, de Ardmore, California. Un sujeto llamado Chetlow lo secundó. Durante el robo, Karnes mató a un hombre, Arnold, que quiso dar la alarma. El único testigo capaz de identificarlo era el vicepresidente de la institución, Osborne. ¿Me sigue?
—Sí.
—Karnes se casó con Brenda en aquella época y ésta conocía muy bien su pasado. Los tres: Brenda, Karnes y Chetlow huyeron del estado de California antes de que la policía los identificara. Se instalaron en un lugar apartado, cerca de Mora.
“Pero Chetlow comenzó a amedrentarse y Karnes, temeroso de que su cómplice cometiese una tontería, lo eliminó aplastándole la nuca. Brenda, que es la que confesó, nos dijo que su esposo lo enterró cerca de la choza abandonada, y a pocos pasos de su víctima ocultó el dinero, que por el momento no podía utilizar, ya que la policía tenía en su poder la numeración de la mayor parte de los billetes robados. Con el dinero oculto en un lugar próximo, y habiéndose deshecho de Chetlow, Karnes se sintió seguro.
“Se instalaron en la propiedad y decidieron vivir decentemente por un tiempo. Contrataron a Henderson, que no sabía nada de sus pasados, como administrador. Podían haber transcurrido años en paz, si Osborne no se hubiera trasladado a Santa Fe y no hubiese sospechado de Karnes al tropezar con él un día. Lo que es peor, Karnes reconoció en seguida a Osborne.
“Por fortuna para él, el exvicepresidente no estaba muy seguro. Se limitaba a observarlo y a tratar de recordar. Pero Karnes, que había leído los diarios donde se publicara la fotografía de Osborne, sabía que ése era el único hombre a quien debía temer. Cuando se enteró que éste estaba haciendo averiguaciones sobre su persona, decidió actuar sin pérdida de tiempo. El y Brenda conversaron sobre el asunto y decidieron huir cuanto antes.
“Pero no tenían dinero que pudiesen utilizar. Karnes había invertido todo el que no estaba señalado por la ley en la compra de la propiedad, y no podía vender tan de prisa. Además, si Osborne se enteraba que pensaba marcharse con tanta urgencia, acudiría con sus sospechas a la policía.
“Karnes comprendió que tres cosas eran esenciales para asegurar su libertad: una, que Osborne callase para siempre; otra, que obtuviesen dinero a corto plazo, y por último, no sólo debía marcharse de ese lugar, sino que debía desaparecer y cambiar de identidad. Brenda lo ayudó a resolver esos problemas con un astuto plan. Ya desde un tiempo atrás, los dos habíanse interesado por el opulento Meadows, su vecino. Brenda todavía lo niega, pero creo que ya entonces maquinaban un modo de despojarlo de parte de su dinero. Ella había comenzado a conquistarlo contándole mentiras sobre su marido, diciéndole que se embriagaba y que la vida a su lado era terrible.
Meadows era de corazón sensible y lo más probable es que se hubiese enamorado de Brenda. Por eso, cuando ella le inventó la historia de sus padres, se ofreció a facilitarle los veinte mil dólares. Por supuesto, con este gesto generoso, Meadows selló su propia suerte. Ya los esposos Karnes no podían desaparecer como planeaban sin que Meadows sospechase, por eso se hacía imprescindible quitarlo a él también del paso; así quedó señalada la víctima número dos.
“La número uno, por supuesto, era Osborne. Este fue lo suficientemente tonto como para creer que Karnes no lo había reconocido. Cuando Osborne utilizó como excusa su interés en la propiedad de Karnes para entrevistarse con él, éste se dio cuenta que era necesario obrar sin pérdida de tiempo.
Decidió aceptar la entrevista y aprovechar la oportunidad para quitarlo del medio.
“Luego, quedaba aún el problema de adquirir una nueva personalidad.
Para ello, nada mejor que eliminar la antigua. Entonces, de acuerdo con lo que le sugirió Brenda, la víctima número tres debía ser un falso Karnes.
Aun en el supuesto caso de que la policía averiguase que el responsable del asalto al banco de Ardmore era un tal Karnes, éste ya estaría oficialmente muerto, cerrándose el caso. Pero, por supuesto alguien tenía que morir en lugar del verdadero Karnes. ¿Quién mejor que Henderson, el administrador? Aparte de Meadows, muy pocos conocían a Karnes o a Henderson, ya que vivían prácticamente apartados de la sociedad, en la propiedad rural. Además, les resultaría sencillo eludir, a los pocos que podían identificarlos, los escasos días que permanecerían en Santa Fe. Tan pronto como la policía no los necesitase más, se instalarían tranquilamente en otra zona.
“Pero sucedió que usted, Cassie, fue invitada a hacer una visita a la propiedad. Karnes protestó, pero Brenda le hizo comprender que serviría para corroborar la coartada del falso Henderson. El único punto débil sería la manera de hacerla regresar de inmediato a Nueva York, sin que tuviera tiempo de identificarlo.”
Cuando se aclaró la garganta y encendió un cigarrillo, Cassie, que había asido mi mano, no aflojaba la presión de sus dedos, como buscando apoyo moral. Su rostro estaba tan blanco como la toalla con que, momentos antes, había tratado de estrangularla.
—Brenda planeó todos los detalles —prosiguió Gregg— y Karnes los ejecutó. Preparó una fotografía de Henderson, que había encontrado entre los efectos personales de su administrador, con una dedicatoria: “a su esposa en el quinto aniversario”. Por nuestra parte, fuimos lo suficientemente tontos como para caer en esa trampa. En cuanto a las huellas digitales, no tuvieron ninguna dificultad. Pidió a Henderson que le ayudara a ordenar la casa esa mañana, y así quedaron impresas las huellas del administrador en todas las habitaciones. Tan pronto como obtuvieron el dinero de Meadows, comenzaron a actuar. Brenda ya había prevenido a su amante que Karnes se sentía celoso, y se cuidó muy bien de hablar lo suficientemente fuerte como para que la oyeran los sirvientes de Meadows.
Así preparó el terreno para eliminar a la víctima número dos. La víctima número uno no les ocasionó ningún trabajo. Karnes marchó a la ciudad con Henderson y mandó a su administrador a entrevistarse con Osborne, en lugar suyo. Henderson accedió, no sospechando en absoluto, ya que era lo más natural que lo mandase a tratar sobre el precio de venta de la propiedad con el supuesto comprador. Le dijo que reconocería fácilmente a Osborne
por el cabello blanco. Por supuesto, sabía que Osborne se sentiría decepcionado al comprobar que Henderson acudía a la cita en reemplazo suyo, pero comprendía que, para cubrir las apariencias, pretendería seguir interesado en la propiedad. Además, había impartido instrucciones a su administrador para que sacase a Osborne del Dancing Burro si su oferta resultaba interesante.
“Todo salió a pedir de boca para Karnes. Henderson se entrevistó con Osborne en el lugar convenido. Más tarde, si alguien era interrogado, Osborne habría sido visto con “Karnes”, a quien aguardaba. Después de un momento, salieron, y Osborne se encontró frente al mismo Karnes. Este se disculpó por no haber entrado al Dancing Burro, diciéndole que estaba interesado en la oferta, y concertó una nueva entrevista, para una hora más tarde, en su propiedad, donde podían hablar tranquilos y en privado.
“Osborne mordió el anzuelo y aceptó. Tampoco se dio cuenta de que Karnes, otrora hábil ratero le había hurtado su cigarrera del bolsillo. Karnes conocía la existencia de la cigarrera, ya que, en otra oportunidad, Osborne lo había convidado a fumar.
“Tan pronto como Osborne se marchó, Karnes llevó a Henderson junto al arroyo. Que excusa utilizó, lo ignoro. Quizá le dijo que había extraviado su cartera, pidiéndole que le ayudara a buscarla. De cualquier manera, Henderson lo acompañó, oportunidad que aprovechó Karnes para atacarlo.
Sin duda su ataque fue tan inesperado que Henderson, a pesar de su fortaleza física, no pudo hacer nada para defenderse. Después de matarlo, Karnes abandonó el cuerpo junto al arroyo y dejó la cigarrera de Osborne a su lado.
“Pero luego surgió una complicación para su bien cuidado plan.
Osborne, recapacitando, decidió que no era conveniente entrevistarse en la propiedad de Karnes, sino en su propia casa, ya que, en ese caso, sus sirvientes podrían defenderlo si era atacado. Por eso regresó para notificar a Karnes que había cambiado de idea. Pudo así presenciar el final de la lucha que sostenían Henderson y Karnes. Corrió hacia ellos para intervenir, pero llegó demasiado tarde. Una vez que acabó con su administrador, Karnes se volvió contra Osborne.
“Debe haber sido en ese momento cuando el testigo de la lucha pasó con su automóvil sin detenerse. Pero no convenía a los planes de Karnes dejar los dos cadáveres en un mismo sitio; por eso, desmayó de un golpe a
Osborne, que por cierto no podía ofrecer una seria resistencia, y lo puso en el propio auto del exvicepresidente, dejando el suyo estacionado cerca de ese lugar. Así llegó hasta la propiedad de Meadows.
“Allí pudo ejecutar el plan tal cual lo ideara su esposa. Dejó el auto estacionado cerca de la verja de entrada y se encaminó hasta la ventana del dormitorio de Meadows. Golpeó en los cristales hasta que despertó al dueño de casa. Entonces le dijo que necesitaba hablar con él. Este le contestó que era muy tarde, que regresara por la mañana, pero Karnes insistió, diciendo que se trataba de un asunto urgente. Entonces Meadows prendió la luz de su dormitorio, vistiéndose de prisa. Karnes se colocó en un lugar estratégico, fumando un cigarrillo mientras aguardaba. Tan pronto como la figura de Meadows apareció en la puerta, Karnes lo derribó de un balazo. Se ocultó de inmediato, esperando agazapado para cerciorarse de que nadie se había levantado por el disparo.”
—Te has olvidado de las impresiones digitales de Henderson en el revólver —le recordé.
—No me olvido. Karnes había conseguido que Henderson manejara el arma más temprano ese mismo día, y así quedaron marcadas sus impresiones en la misma. Luego, Karnes la empuñó con un pañuelo, para no borrarlas.
—Comprendo; perdona por la interrupción.
—Bien: nadie se había levantado al sonar la detonación. Después de un tiempo prudencial, Karnes abandonó su escondite y revisó la billetera de Meadows, para recuperar el pagaré de Brenda. Por suerte para él, el documento se encontraba todavía allí, con lo cual se ahorró futuras complicaciones. Después quitó los zapatos al cadáver de Meadows y se los colocó él mismo. Le quedaban un poco grandes, pero podía caminar sin dificultad. Por último, presionó un puñal contra los dedos de su víctima para dejar marcadas en el arma las huellas digitales de Meadows.
“Luego volvió a subir al auto de Osborne y se dirigió a la casa de éste, cerca de la Española. En el camino, Osborne se recobró, pero Karnes lo obligó a permanecer quieto, apuntándole con el revólver. El exvicepresidente ya se encontraría bastante aterrorizado, y no opuso resistencia. Una vez llegados a destino, Karnes lo intimó a que entrase en la casa, ya que se imaginó que el ruido del motor del auto despertaría a los sirvientes. En efecto, el capataz, Nicholas, abandonó el lecho para
cerciorarse de que el recién llegado era su patrón. Karnes permaneció oculto, cerca de la puerta, con el revólver apoyado contra la espalda del pobre Osborne, de modo que éste no tuvo más remedio que responder a la pregunta de su capataz, diciéndole que estaba bien y que regresara a descansar. Nicholas, soñoliento, no notó nada anormal en la voz de su patrón. Cuando se retiró a sus habitaciones, Karnes obligó a Osborne a marchar a la huerta.
“No se atrevió a utilizar el revólver por temor de que la detonación atrajese al irlandés; además, quería aprovechar las impresiones digitales de Meadows en el puñal, para desconcertar aún más a la policía. De modo que, utilizando nuevamente un pañuelo, clavó el arma en la espalda del pobre Osborne.
“Todo esto se desarrolló tan lejos de la casa, que Nicholas no oyó nada.
Karnes embarró bien los zapatos de Meadows, que tenía puestos, y regresó al auto. Sin poner en marcha el motor, ya que el camino presentaba una pendiente, quitó el freno, dejando que el vehículo se deslizara hasta una distancia prudencial de la casa, antes de establecer el contacto.
“Los tres asesinatos ya habían sido cometidos. Sólo quedaban por realizar unos pocos detalles. Como tenía que buscarse una coartada, bajo la personalidad de Henderson, regresó a su propiedad, entrando en las dependencias de su administrador. Brenda se había encargado de llamar constantemente por teléfono, pretendiendo hablar con alguien al otro lado de la línea, para hacerle creer a usted, Cassie, que el falso Henderson no se había movido de allí en toda la noche. Tan pronto como regresó, Karnes colocó la señal convenida con su esposa, un sobre blanco en la ventana, bien visible desde el edificio principal, y entonces Brenda Karnes le pidió que la acompañara a hablar con el supuesto administrador. Naturalmente, se cuidó muy bien de hablar desde la ventana y éste no mostró el rostro para nada.”
—Es verdad —reconoció Cassie—. Además, me encontraba tan cansada que no presté atención a los detalles.
—Luego regresaron al edificio principal y se acostaron.
—Sí; y estaba tan rendida que me dormí en seguida.
—Pero Brenda se mantuvo bien alerta. Subió en el Ford y siguió a su esposo, que guiaba el auto de Osborne. Pasaron por la propiedad de Meadows y sólo se detuvieron lo indispensable para colocar los zapatos de
vuelta en el cadáver. Ya entonces había caído un poco de adobe sobre él, que no tocaron, sabiendo que serviría para despistar aún más a las autoridades. Siguieron hasta la ciudad, dejaron estacionado el auto de Osborne y, los dos en el Ford, se dirigieron hasta las proximidades del Dancing Burro, ya cerrado, para recoger el vehículo de Karnes. Lo dejaron estacionado en el sitio donde lo encontré horas más tarde, regresaron al lugar donde quedara el auto de Osborne y lo llevaron de nuevo, para abandonarlo por fin en la propiedad de su dueño. Después de llenar este requisito, los dos regresaron a su casa en el Ford. Lo primero que hizo Brenda a la mañana siguiente fue despertarla y llevarla a la ciudad, en la esperanza que nadie impidiese a usted que tomara el primer tren de regreso a Nueva York. Tenía que alejarla de la casa antes que llegase la policía e interrogase al falso Henderson.
Gregg hizo una pausa y encendió otro cigarrillo.
—Creo que esto explica todo, ¿verdad?
—Casi todo —contestó Lonsbury—. Sólo que siento verdadera curiosidad por saber cómo se enteró de que fue el propio Karnes el que lo atacó a balazos en las cercanías de la choza de adobe.
—Por empezar, yo tenía el mapa, y sin embargo nuestro visitante se dirigió directamente al sitio donde estaba enterrado Chetlow. Tenía que conocer el mapa muy bien para poder obrar con tanta seguridad.
—Comprendo. Pero, podía existir un duplicado de ese mapa en poder de otra persona —insistió Lonsbury.
—Era muy poco probable. Además, estudié las marcas dejadas por las llantas en la tierra blanda del sendero. Tony y yo las reconocimos, ya que horas antes habíamos visitado al supuesto Henderson en el momento en que cambiaba la llanta trasera por una cubierta recauchutada: la misma que después dejó su impresión en el sendero que conducía a la choza. Entonces, ya no dudé más de la verdadera identidad del asesino. Eran demasiado visibles los esfuerzos para impedir que Cassie Traine viera a Henderson.
Por eso comencé a preocuparme por su seguridad. Karnes tenía que evitar que lo pusieran frente a frente con ella en el interrogatorio si no quería ver peligrar el perfecto plan que llevara a cabo.
“Y ahora, como estoy cansado, sugiero que dejemos el cumplimiento de ciertos requisitos para mañana. Mientras tanto, Tony, me parece que lo mejor es que acompañes a Cassie Traine hasta el hotel.”
Tres días más tarde, Gregg y yo nos hallábamos sentados en el coche-salón del tren que nos llevaba de vuelta a Los Angeles.
Gregg se encontraba satisfecho de su propio trabajo. El caso del Dancing Burro, como la mayoría de los diarios lo llamaba, había terminado a pedir de boca y, aunque no nos correspondía ninguna clase de honorarios, el sheriff Lonsbury nos había alabados tanto en presencia de los periodistas, que la propaganda a favor de la firma Ellis-Gregg, de investigaciones, no podía haber sido mejor, ni aunque la hubiera dirigido un agente especializado.
—Hay sólo un detalle que me molesta —reconoció Gregg, mirando inocentemente el hermoso paisaje de Arizona, que dejábamos atrás con gran rapidez—; todo lo demás ha terminado en forma brillante.
—¿Cuál es ese detalle? —pregunté, interesado.
—Me desilusioné al saber que habías permitido que Cassie Traine regresara sola a Nueva York. Por supuesto, ya volveremos a reunirnos cuando el juicio, pero yo creí que ambos...
—Gregg —contesté con paciencia—, trata de comprender. Cassie Traine es una magnífica muchacha, pero no significa nada para mí. Además, me dijo, cuando la llevé de regreso al hotel, que está comprometida con un joven de Nueva York a quien quiere mucho.
Creo que, después de este argumento, Gregg se olvidará por un tiempo de sus impulsos casamenteros.
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Document Outline
- Cap�tulo I
- Cap�tulo II
- Cap�tulo III
- Cap�tulo IV
- Cap�tulo V
- Cap�tulo VI
- Cap�tulo VII
- Cap�tulo VIII
- Cap�tulo IX
- Cap�tulo X
- Cap�tulo XI
- Cap�tulo XII
- Cap�tulo XIII
- Cap�tulo XIV
- Cap�tulo XV
- Cap�tulo XVI
- Cap�tulo XVII
- Cap�tulo XVIII
- Cap�tulo XIX
- Cap�tulo XX
- Cap�tulo XXI
- Cap�tulo XXII
- Cap�tulo XXIII
- Cap�tulo XXIV
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