Asalto impune
Cap�tulo II
Capítulo II
—Parece que este caso no presenta dificultades —comentó Lonsbury, mientras regresábamos al auto—; tiene todas las apariencias del típico conflicto en el que un marido celoso decide dar un escarmiento por su propia cuenta. Ni siquiera se preocupó por esconder el arma, pues la dejó abandonada.
—Es probable que se asustara después de consumado su propósito —
sugirió Gregg.
El auto avanzaba a velocidad moderada a través de un estrecho sendero.
El pico de la montaña Sangre de Cristo se destacaba nítidamente al ser bañado por los dorados rayos del sol.
—Es muy posible, aunque no sé qué pudo asustarlo de esa manera. La cocinera no se levantó; Jackson tampoco, es demasiado perezoso para ello.
Lo que también me extraña es el barro seco que se observa adherido a los zapatos de Meadows, ya que, aparentemente, no alcanzó a salir de la casa.
Observé con cuidado el piso del vestíbulo y del dormitorio, pero no hallé rastros de barro en ellos. Aunque tampoco debo descartar la posibilidad de que haya salido por la tarde a recorrer los alrededores y que el barro de sus zapatos se secara antes de regresar a la casa. Pero el caso no deja de presentar un aspecto curioso, a mi modesto entender.
Gregg estuvo de acuerdo con Lonsbury.
No tardamos en divisar los portones de la propiedad de Karnes. El edificio era más pequeño que el de Meadows, y presentaba un aspecto general de abandono. La casa de adobe parecía construida por manos inexpertas. Otro edificio, tan pequeño que parecía un simple cuarto cuadrado, se erguía a pocos pasos de la casa.
Lonsbury estacionó el auto cerca de la puerta, junto a un pequeño Ford.
Un perro que dormitaba indolentemente en las proximidades nos miró con expresión soñolienta y meneó la cola como prueba de bienvenida.
Una mujer abrió la puerta. Vestía una pollera oscura y una blusa escarlata. Tendría alrededor de treinta años y su apariencia era bastante atractiva. Sus ojos eran muy azules y sus cabellos tan negros que a ratos parecían ostentar una tonalidad semejante a la de la antracita.
Nos miró con curiosidad, hasta que reparó en la insignia de sheriff que Lonsbury lucía en el pecho. Pareció turbarse e instintivamente se llevó una mano a la garganta, como si quisiera protegerse de algo.
—¿Qué es lo que desean? —preguntó con voz ronca.
—Busco a Karnes —contestó Lonsbury—. ¿Puedo hablar con él?
—No está.
—¿Usted es su esposa?
—Sí; pero ignoro dónde se encuentra mi marido.
—¿Podemos entrar?
Sin agregar palabra, la señora Karnes se hizo a un lado para franquearnos la entrada. Nos encontramos en un pequeño vestíbulo, cuya austeridad, a diferencia de la que se observaba en la propiedad de Meadows, no se debía a la simplicidad de la riqueza. Los muebles eran de estilo semiindio, semimexicano, y unas pequeñas alfombras tejidas por los navajos cubrían el suelo. Sin embargo, brindaba la sensación de comodidad y hogar, y estaba escrupulosamente limpio.
—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó la dueña de casa, mientras nos invitaba a tomar asiento.
—John Meadows fue asesinado anoche —replicó Lonsbury sin rodeos, sin duda para estudiar mejor sus reacciones—. Por eso debo interrogar a su esposo.
Si hubiésemos tenido alguna duda respecto a sus relaciones con Meadows, éstas hubiesen quedado desvanecidas en el acto al observar la palidez que cubrió su rostro. Por un momento, no pudo moverse, tan impresionada se sentía. Por último articuló con dificultad:
—¡Oh, Dios mío!
—Tenemos motivos para creer que su esposo fue el que lo mató —
continuó el sheriff, inexorable.
—¡No, no! ¡No es posible! ¿Cómo puede pensar tal cosa?
—¿Es suyo este revólver? —preguntó Lonsbury, abriendo la caja en que lo había colocado con sumo cuidado. La mujer lo miró con ojos aterrorizados.
—Sí, pero... ¿Dónde lo encontró?
—Junto al cuerpo sin vida de Meadows.
—¡No puede ser!
—¿Dónde está su esposo?
—No lo sé. Se fue anoche con el propósito de llegar hasta el pueblo.
Todavía no ha regresado.
—¿Esperaba que pasase toda la noche fuera de su casa?
—¡No! —exclamó la interrogada; pero como pensara que tal respuesta podía comprometer a su esposo, se apresuró a contradecirse—: Es decir, sí.
Algunas veces lo hace. En varias oportunidades se entretuvo bebiendo en la ciudad y no regresó hasta el día siguiente.
—¿Es verdad, señora Karnes, que su esposo sospechaba de su amistad con Meadows?
—¡No, no! ¡No es verdad! ¡No podía creer tal cosa!
Un sollozo ahogó sus palabras.
—Sin embargo, una persona la oyó conversar con Meadows días atrás, y en esa oportunidad manifestó el temor de que su marido lo pudiese matar.
—¡Pero Henry es incapaz de tal acción! ¡Usted está equivocado!
¡Márchese y déjeme en paz!
—Señora Karnes, debe decirme dónde está su esposo.
—¡Le digo que lo ignoro! ¡Además no mató a John!
Se observó un cambio en su expresión. Los rasgos de su rostro cobraron una singular dureza. Pareció reflexionar con calma, y finalmente dijo:
—Sí, John debe haberlo matado.
—También lo creo.
—Cuando me casé amaba a mi esposo. Pero luego cambió por completo, se volvió cruel. ¡No se imagina hasta qué punto! Cuando John llegó... ¡Oh, por Dios! ¡No tengo culpa alguna! John era bueno, me comprendía. ¡No fue mi deseo hacer daño a nadie!
Lonsbury se puso de pie, mirando al exterior a través de la ventana. Me imaginé cómo debía sentirse. No hay nada más desagradable en nuestro oficio que indagar en las emociones ajenas para juzgar severamente las debilidades de los humanos. Mi trabajo al lado de Gregg me había proporcionado la primera desilusión, hasta que las heridas cicatrizaron con el tiempo gracias a una tolerancia que a veces hacía difícil el juzgar a los demás.
Por último, Lonsbury volvió a sentarse, reanudando el interrogatorio.
—Debo preguntar algo más —dijo con voz cansada—. ¿Cuánto tiempo hace que vive aquí, señora Karnes?
—Alrededor de un año. Vinimos de Texas porque Henry prefería esta altura.
—¿Conocía ya a Meadows?
—No, lo conocí un mes o dos después de mi llegada. John Meadows vivía en el este y sólo habitaba pocos meses en su propiedad. Cuando se instaló en la estancia, lo conocimos. Esto es inevitable, pues hay muy pocos vecinos por los alrededores. Después..., sin mala intención de nuestra parte, nos enamoramos. Tratamos de ocultarle a mi esposo nuestros sentimientos, hasta que estuviésemos bien seguros. Luego..., bien, yo iría a Reno para recobrar mi libertad. Sin embargo, me faltaba valor para tomar tal decisión debido al carácter terrible de Henry. Cuando se enoja, es temible.
—¿Cuándo se enteró que su esposo estaba al tanto de sus sentimientos hacia Meadows?
—Estoy segura que lo sospechaba desde varias semanas atrás. Pero sólo estuvo convencido hace varios días. Dijo algo referente a mis visitas a la estancia vecina. Hace dos días lo vi limpiando el revólver, y entonces me asusté. Le pregunté para qué aprontaba el arma, y me contestó que para matar los coyotes que amenazaban a sus gallinas. Pero no hay coyotes en los alrededores. Por eso me convencí que mentía. Esa misma tarde puse sobre aviso a Meadows, quien me aseguró que me asustaba por nada, que todo era producto de mi imaginación. Me sentí más tranquila después de estas palabras. Esa fue la última vez que lo vi...
Permaneció silenciosa unos momentos. Lonsbury aguardó con paciencia hasta que hubiese recobrado la serenidad.
—Dígame, señora Karnes —dijo por último—, si usted cree que su esposo pudo matar a Meadows anoche.
—No podría decirlo con seguridad. Ayer, una amiga que conocí en Grand Canyon, la señorita Traine, cenó con nosotros y nuestro administrador, Henderson. Después, como Henderson tenía que trabajar, se retiró temprano. Nos sentamos en el patio. No recuerdo bien cómo empezó, pero cuando mi amiga entró para buscar algo, Henry comenzó a reprocharme diciendo que no era una buena esposa, y que cada día me alejaba más y más de él... Traté de convencerlo de que estaba equivocado, pero se puso furioso y abandonó su asiento sin dar ninguna explicación.
Luego oí el ruido del motor de su auto que se alejaba por el camino que
conduce a la ciudad. Esa fue la última vez que lo vi. Desde entonces no ha regresado.
—¿Todavía está la señorita Traine en su casa?
—No, se marchaba esta tarde, y por eso la llevé a Santa Fe hace unas horas.
—¿Dónde estará ahora, entonces?
—Probablemente en el hotel.
—¿Y Henderson?
—Debe estar en su oficina: es esa casa pequeña que se encuentra en la parte posterior. Vive y trabaja allí.
—Lo veré si no hay inconveniente. Por lo que dijo, deduzco que tiene dos automóviles, ¿verdad, señora?
—Sí. Henry tiene un Buick y, además, un pequeño Ford que usa Henderson o yo cuando lo necesitamos.
—Muy bien, gracias. Si necesito preguntarle algo más, confío en encontrarla aquí.
La mujer asintió con la cabeza.
—¿Quiere que llame a Henderson? —se ofreció.
—No, gracias. Lo buscaré yo mismo. No se moleste.
Lonsbury se puso de pie, haciéndonos una seña para que lo siguiéramos.
En el patio, el perro nos recibió con júbilo. Lonsbury miró a su alrededor y comentó:
—No hay rastros del Buick por los alrededores.
La casa que ocupaba Henderson era muy pequeña, de no más de dos habitaciones. El jardincito que la rodeaba estaba muy bien cuidado.
Lonsbury llamó a la puerta, y un hombre alto delgado, con pantalones y camisa claros, acudió a abrirla.
Su cara estaba tostada, de color cuero; sus ojos eran oscuros y sus labios expresivos.
—¿Es usted Henderson? —preguntó Lonsbury—. Soy el sheriff de este condado. La señora Karnes me dijo que lo encontraría aquí. Quiero hacerle unas preguntas.
—Entren —invitó el aludido—. La señora acaba de avisarme por teléfono. Me dijo que Meadows había sido asesinado.
—Sí. ¿Sabe algo al respecto?
Henderson nos condujo a una pequeña oficina, con ventanas desde donde se podía admirar la masa imponente de la Sangre de Cristo.
—Temo que no le serviré de gran ayuda —contestó—. La señora Karnes me dio la impresión de que usted creía que Karnes es el culpable.
—¿Qué le parece?
Estudié al hombre con curiosidad. Desde el momento que la señora Karnes mencionó al administrador, pensé que la dueña de casa podía haber volcado en él el afecto que su esposo le negaba, más que en su vecino. Pero al ver a Henderson, me di cuenta de que esto no era posible.
Aunque no podía calificárselo de desagradable, la apariencia de Henderson era de fría eficiencia, de un hombre aparentemente incapaz de experimentar emociones, que contrastaba en forma notable con los rasgos amables y acogedores que aun la muerte no había borrado del rostro de Meadows.
—¿Qué me parece? —repitió el administrador con lentitud—. Creo que no estoy autorizado a decir nada. Me hallo al frente del establecimiento de Karnes, pero sé poco acerca de sus asuntos privados.
Fue una respuesta muy inteligente, pero que no satisfizo al policía.
—Henderson, es necesario que me entienda. Siento una profunda simpatía por la señora Karnes, quien se halla, naturalmente, muy acongojada. No quiero molestarla más con mis preguntas. Por eso recurro a su ayuda.
—Comprendo. ¿En qué forma puedo ayudarlo?
—¿Cuánto tiempo hace que trabaja para Karnes?
—Cerca de tres años. Empecé cuando tenía un campo experimental para el cultivo de naranjas en Texas. No tuvimos éxito por falta de irrigación y malas condiciones climatéricas. Karnes vendió entonces su propiedad y se trasladó aquí el año pasado. Ahora tratamos de cultivar duraznos, y debo decir que las perspectivas son mucho más halagüeñas.
—Comprendo. La señora Karnes me dijo que anoche cenó una amiga con ustedes. También me contó que su esposo se marchó poco después de la cena. ¿Qué puede decir al respecto?
Henderson vaciló un instante, como pensando si sería prudente hablar.
Por último dijo:
—No puedo aclarar ese punto. Sólo puedo decir que cené con los esposos Karnes y con esa señorita.
—¿Notó algo fuera de lo común durante la cena?
—Sólo que Karnes estaba más silencioso que de costumbre.
—¿Qué sucedió luego?
—Después de cenar, me retiré aquí, pues debía completar unos informes. Karnes estaba apurado para que preparara un balance de las pérdidas y ganancias del año. Como el cultivo del durazno es sólo experimental, Karnes está ansioso por introducir el de frijoles.
Francamente, después de estudiar las cifras, creo que es lo más conveniente.
—¿A qué hora se retiró a trabajar?
—Poco después de las ocho.
—¿Dónde se encontraban los demás?
—Se sentaron en el patio.
—La señora Karnes dijo que sostuvo una disputa con su esposo; ¿sabe algo sobre la misma?
Henderson pareció meditar la respuesta con cuidado. Luego contestó:
—Lonsbury: esta oficina está bastante retirada de la casa. Oí que las voces aumentaban de volumen, pero nada más. Pensé que se trataba de una querella.
—¿Son frecuentes?
—Sí y no. De cualquier manera, nunca presto atención.
—¿Y luego?
—Alrededor de las nueve, Karnes se marchó en su auto. No sé dónde habrá ido.
—¿Y no lo ha vuelto a ver?
—No. Alrededor de las once, la señora Karnes me llamó para preguntarme si sabía dónde estaba su esposo. Por supuesto, no pude aclarar nada. Parecía muy preocupada.
—¿Cuándo terminó de trabajar?
—No sé con exactitud. Poco después de la tormenta. Posiblemente a las tres. A esa hora fue la última vez que la señora Karnes trató de averiguar el paradero de su esposo. Me dijo que no podía conciliar el sueño y ella y la señorita Traine conversaron conmigo desde esta ventana, al advertir por la luz que aún no me había retirado a descansar.
—¿Por qué no lo llamó por teléfono? —inquirió Gregg, que no pudo resistir la tentación de formular esa pregunta.
—No sé. Quizá no estaba segura sobre si yo me había dormido o no y no habrá querido molestarme, por eso vino hasta aquí.
—¿Qué conversaron en esa oportunidad? quiso saber Lonsbury.
—Le dije que podía ir con el Ford al pueblo para tratar de encontrarlo.
Pero me dijo que tal vez estaba bebiendo, en cuyo caso pasaría la noche en la ciudad. Por último afirmó que lo mejor era no preocuparse más y se retiró a descansar.
—¿Nadie lo volvió a interrumpir?
—Nadie, hasta que me levanté a las seis esta mañana.
—¿Hay alguien más en el establecimiento: peones o labradores?
—No. Karnes y yo nos encargamos de la labranza y la señora Karnes del trabajo de la casa.
Después de dar las gracias, regresamos al auto.
—Lo que nos resta por hacer es encontrar a Karnes —comentó Lonsbury—. Puede estar bebido en la ciudad, pero mi intuición me dice que eso no es probable. Primero mandaré una orden para que localicen el auto, con una descripción completa de su dueño.
—Pero no posee esa descripción, ¿verdad? —le pregunté—. Y no recuerdo que haya pedido una.
—No —contestó en su lugar Gregg—; pero vi cómo obtenía una foto de sobre la mesa del vestíbulo aprovechando un momento de distracción de la dueña de casa. Fue un buen trabajo, Lonsbury.
El aludido sonrió, mientras sacaba una foto en un marco pequeño, de un hombre grueso, de treinta y seis o treinta y siete años de edad, al pie de la cual se leía la siguiente inscripción: “A mi querida esposa Brenda, en nuestro quinto aniversario. 12 de junio de 1940. Henry Karnes”.
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