Asalto impune

R.Portner Koheler · Capítulo 6 de 24

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Asalto impune

Cap�tulo VI

Capítulo VI

Gregg no había regresado aún a la oficina, pero uno de los empleados del sheriff lo aguardaba con impaciencia. Llamó aparte a su superior y le murmuró algo al oído. Entonces Lonsbury se excusó y salió en pos de su empleado.

Por mi parte me entretuve con un ejemplar del diario de Albuquerque, hasta que llegó Gregg.

—¿Dónde está Lonsbury? —preguntó.

—No sé. Salió con uno de sus hombres. ¿Qué novedad tienes?

—Encontré el Buick, Tony.

—¿Lo encontraste? ¿Dónde?

—Fue muy sencillo —dijo, mientras se sentaba—. Karnes se fue en él,

¿verdad?

—Así lo afirmó su esposa.

—Pero no se encontró la llave correspondiente en sus bolsillos, y el auto no estaba estacionado en las cercanías del establecimiento de O’Brien. De modo que sólo restaba pensar que el asesino lo utilizó para huir de ese lugar. Pero hubiese sido tonto de su parte dejarlo estacionado en un sitio próximo a su casa. Por eso, lo más seguro en su caso era abandonarlo en un lugar de estacionamiento público, donde no se notara en seguida. Caminé por las cercanías del palacio del gobernador, y lo encontré dos cuadras hacia el norte, estacionado frente a una casa, que resultó ser de una tal viuda de Winslow, quien me dijo que había visto el auto frente a su casa, pero que no tenía idea de quién era su dueño. La llave estaba en el lugar correspondiente

—terminó.

—¿Lo dejaste allí?

—Sí, pensé que podían existir huellas digitales en el volante, y no quise tocarlo. Pero me traje la llave por precaución.

—Podía suceder que Karnes mismo lo hubiese estacionado allí, para ir a pie hasta el Dancing Burro —opiné.

—Pero en ese caso no hubiese dejado la llave en el auto.

—Es verdad.

En ese momento regresó Lonsbury.

—¿Tuvo suerte, Gregg? —preguntó.

Gregg le repitió la historia de su hallazgo; pero era evidente que algo más preocupaba a Lonsbury, pues no lo escuchó con el interés debido.

—Pasa algo extraño —dijo luego el sheriff—. Vengan conmigo; quiero mostrarles algo.

Por el camino al salón de las celdas nos explicó que uno de sus hombres había arrestado a un vagabundo y borracho muy conocido en la seccional, ya que todos los meses estaba de vuelta por ebriedad o vagancia. Siempre se declaraba culpable y, luego de pasar varios días en una celda, volvía a las andadas al recobrar su libertad. Pero esta vez había dicho algo que podía establecer una nueva pista en el caso Meadows-Karnes.

Se trataba de un mexicano de gran bigote negro y ojos inyectados, que vestía andrajos malolientes y que se había echado como un fardo en un rincón de la celda. Se lo conocía en todas las tabernas y despachos de bebidas de la ciudad, por Armijo, aunque la policía tenía sus dudas respecto a la autenticidad del nombre.

— Buenos días, señores —dijo en castellano al vernos aparecer en su celda.

—De modo que estás de vuelta, Armijo —respondió Lonsbury con severidad—. Ya nos estamos cansando de tu cara.

El mexicano hizo un gesto de resignación.

—Trato de ser bueno; pero, después de todo, ¿qué es la vida sino un calabozo, un gran calabozo donde nos sentamos a reflexionar y arrepentimos? Cuando bebo un poquito, me olvido que soy un prisionero de la vida, señor.

—¿Dónde te emborrachaste anoche?

—No me acuerdo. Todos los lugares son iguales, ¿no es verdad?

—Dijiste a Conrad que habías estado bebiendo en el Dancing Burro.

—Puede ser.

—Repite lo que declaraste, Armijo.

—¿Acerca de ese muerto? Muy bien. En el Dancing Burro trabaja Manuel, y algunas veces me da de beber. Anoche me regaló una botella con un resto de bebida. Luego me ordenaron que me marchara; así que no tuve más remedio que obedecer. Cuando Manuel dice que me vaya, señor, debo obedecer. No podía caminar muy bien, porque mis piernas son viejas y tiemblan mucho.

—Especialmente cuando estás ebrio.

—Como usted diga. Por eso me decidí a descansar cerca del arroyo, cuando me encontré con un hombre: estaba muerto.

—¿En el arroyo?

—Sí, señor. No quise quedarme allí: los muertos son mala compañía.

—Y antes de irte, le robaste.

—¡Pero no, señor! Ni siquiera lo toqué, después que supe que estaba muerto. A la luz de las estrellas la vi cerca del cadáver y la guardé; eso es todo. Me pareció que, como estaba tirada en la arena, no pertenecía a nadie.

—¿Qué es lo que guardaste?

—Una cigarrera de oro. Pero usted ya la debe haber visto. Pensaba entregarla a la policía, porque si no dirían que la robé.

—Esta mañana tenías dos o tres dólares en los bolsillos —le recordó Lonsbury—, y Conrad supo que habías estado comprando whisky. ¿De dónde sacaste ese dinero?

—No lo sé. Quizá Manuel se apiadó de mí y me puso unos billetes en el bolsillo antes de echarme.

—¡Mientes, Armijo! Los robaste de la billetera del muerto, que encontramos vacía.

—¿Qué puedo decir para que me crean? —inquirió Armijo, con aire de dignidad ofendida.

—Había un nombre grabado en la cigarrera. ¿No sabías que no ibas a poder venderla sin tener que responder a muchas preguntas?

—Es que no pensaba venderla, sino que iba a traerla aquí, a la policía, y a lo mejor me daban una recompensa. Pero luego tuve miedo de que pensaran que la había robado.

—El nombre que aparece en la cigarrera es Elliot Osborne. ¿Lo conoces, Armijo?

—No, señor.. Si lo conociese, se la hubiera llevado personalmente.

—¿Adónde fuiste después de abandonar el arroyo y el cadáver?

—Regresé al sitio donde trabaja Manuel, pero el Dancing Burro acababa de ser cerrado y no me dejaron entrar. Dormí en un campo cercano hasta la mañana.

—¿Qué hora era cuando descubriste el cadáver, Armijo?

—¿Quién sabe?

—Pero cuando regresaste al Dancing Burro, ¿acababa de ser cerrado?

—Sí, señor.

—O’Brien cerró a las dos, de modo que debes haberlo descubierto a la una y cuarenta y cinco, ¿verdad?

Armijo admitió que era muy posible.

—Bien, Armijo; ahora debes identificar el cadáver.

A pesar de las protestas del mexicano, lo llevamos ante el cuerpo exánime de Karnes. Temblando de terror y después de echarle una rápida mirada, Armijo declaró :

—Sí, es él; reconozco sus ropas, su cara.

Lo llevamos de vuelta a la celda y luego retornamos a la oficina.

—El asunto se complica cada vez más —reflexionó Lonsbury—. Es evidente que Karnes mató a Meadows poco después de las dos. Tenía motivos para hacerlo y además son las suyas las huellas digitales del Colt.

Pero de la una y media en adelante, el cadáver de Karnes ya oía al lado del arroyo que corre en las proximidades del Dancing Burro, a más de quince millas de la estancia de Meadows. Es un verdadero rompecabezas.

—Sí —admitió Gregg—, el asunto es en extremo curioso.

Lonsbury se sentó tras su escritorio, mirando con fijeza a la cigarrera de oro que sostenía entre sus manos.

—Armijo dice que la encontró cerca del cadáver —dijo—. Quizá sea cierto. Ninguno de sus prontuarios lo señalan como ladrón, a menos que recientemente haya añadido esa actividad a su repertorio.

—Me pregunto —reflexionó Gregg—, si Elliot Osborne no resultará ser un individuo de cabello canoso y rostro joven.

—Si es así —exclamó el sheriff—, me comeré esta cigarrera.

Una hora más tarde, Lonsbury nos preguntó si podría digerirla, ya que Elliot Osborne resultó ser un hombre joven, de cabello canoso.

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