Asalto impune
Cap�tulo VII
Capítulo VII
Fue el jefe de policía quien nos informó sobre Osborne.
Llegó a la oficina de Lonsbury para hablar con él, y nos encontró a los tres cavilando sobre las dificultades que presentaba el caso.
Se llamaba Brainard y era alto, corpulento, de cabellos negros y tez morena, que indicaban que por sus venas corría también sangre mexicana.
Lonsbury se encargó de presentarnos.
—De modo que Meadows fue asesinado por un cadáver, ¿eh, Lonsbury?
—comentó—. ¡A qué extremos hemos llegado, que debemos andar a la caza de cadáveres para poderlos juzgar por asesinato!
—No deja de ser una novedad —contestó Lonsbury, siguiendo la broma
—. Si se trata de crímenes novedosos, tenga la certeza que se producirán por estos lados.
Brainard dejó escapar una carcajada.
—¿Y dónde estaría ahora sin la ayuda de Conrad?
—¿Se refiere a la cigarrera? —preguntó Lonsbury. —Sí.
—Sí, creo que me será útil. ¿Quién podrá ser este Osborne? ¿Lo conoce? Cuando llegó estaba por dar una orden para su arresto.
—¿Qué tiene que ver Elliot Osborne en todo, esto? ¿Acaso mató a Meadows también?
—Puede ser. ¿Lo conoce? —insistió el sheriff.
—Sí. Me encontré con él en una o dos oportunidades. Hace un año que llegó aquí; antes vivía en California. Compró la casa que pertenecía a Alburt.
—¿Qué apariencia tiene?
—Es bastante buen mozo. No tiene más de cuarenta años, pero su cabello es casi blanco. Me dijo en una ocasión que se volvió canoso estando en el ejército. Es un buen muchacho, aunque algo reservado.
—¿Casado?
—No. No habla mucho de sí mismo. Todo lo que sé es que estaba relacionado con un banco en... ¿Cómo se llama el lugar?... Ardmore o algo parecido. Está en el área de Los Ángeles. Era segundo o tercer vicepresidente. Por una razón particular renunció y vino a establecerse aquí,
cansado de no ver nunca el invierno. Eso es lo que les sucede a la mayoría de los californianos.
—¿Conocía a Karnes?
—Mi primer impulso me lleva a contestar que no —repuso Brainard—; pero, por otra parte, puede que así fuera. ¿Cómo es que se encuentra mezclado en este asunto?
—Según parece —explicó Lonsbury—. Karnes llegó hasta el Dancing Burro con el propósito de tomar algunas copas, poco después de medianoche. Se encontró allí con Osborne y bebieron juntos. Por lo que nos ha contado la mayoría de la gente, Karnes era un sujeto muy desagradable, y lo sería más con un poco de alcohol en el estómago. Lo cierto es que, pocos minutos más tarde, los vieron peleando en las proximidades del arroyo. El testigo afirmó que Osborne llevaba la peor parte; pero debemos tener presente que sólo los vio un par de segundos, de lejos. Quizá Osborne se haya desesperado y, asiendo el cuello de Karnes, bien pudo estrangularlo.
Luego huyó, dejando allí el cadáver. A la una y cuarenta y cinco llegó otro testigo: nuestro viejo conocido Armijo, que encontró a Karnes muerto y a la cigarrera de Osborne en las inmediaciones. Es probable que ésta se cayera de sus bolsillos durante la pelea y, no pudiendo encontrarla en la oscuridad, la dejó al huir. Por supuesto, no podemos establecer un motivo, pero bien puede sustentarse la teoría de que ambos estaban enardecidos por el alcohol... Sólo que...
—Comprendo —interrumpió Brainard—, sólo que si acepta esa explicación, no sabe cómo aclarar el asesinato de Meadows. Le aseguro que me alegro de no estar en su lugar, pues este asunto le traerá más de un dolor de cabeza.
—Lo primero que deseo hacer es conversar con Osborne, para ver qué es lo que tiene que decir.
—Si espera un minuto buscaré su dirección, pues la tengo anotada.
Después de consultar su libreta de notas, Brainard declaró que se trataba de un lugar próximo a Canon Road. Momentos más tarde, y después de llegar a un acuerdo sobre lo que convenía hacer con Armijo, el sheriff, Gregg y yo nos pusimos en camino.
El edificio resultó una casa de cierta antigüedad, de adobe, y rodeada de arbustos. Una mexicana, muy limpia y servicial, nos abrió la puerta. Su
inglés era rudimentario, de modo que comenzó a hablar español cuando se dio cuenta que Lonsbury lo dominaba a la perfección.
—El señor Osborne no está —explicó—. No ha regresado desde anoche.
—¿Es usted su ama de llaves?
—Sí, señor.
—¿No sabe dónde podré encontrarlo?
—No, señor, pero puede que esté en su estancia: va a pasar la noche allí a menudo.
—¿Dónde está la estancia?
—Próxima a la Española—. A continuación nos dio instrucciones para llegar hasta allí; luego agregó: —El señor Osborne pasa largos ratos en ese lugar; en realidad sólo viene a la ciudad cuando tiene visitas o cuando el tiempo está tormentoso.
Lonsbury se puso inmediatamente en camino, a fin de llegar a la propiedad de Osborne cuanto antes. Al principio nos costó un poco de trabajo encontrarla; pero por último la descubrimos tras preguntar repetidas veces sobre el camino que conducía al pueblo de Santa Clara Indian.
Se trataba de una estancia muy pequeña, rústica, ideal para el descanso.
Parecía desierta. Golpeamos repetidas veces, sin éxito. Ya nos disponíamos a explorar los alrededores, cuando se presentó un fornido individuo, sin lugar a dudas irlandés, que había salido de lo que parecía un depósito de herramientas.
Nos miró con curiosidad, preguntando qué deseábamos.
—Busco a Osborne —contestó Lonsbury—. ¿Está aquí ?
—No, señor. No lo he visto esta mañana.
—¿Es usted su capataz?
—Sí, señor. Mi nombre es Nicholas.
—¿Sabe dónde lo puedo encontrar, Nicholas?
—No, señor. Se debe haber marchado muy temprano.
—Pero pasó la noche aquí, ¿verdad?
—No del todo —dijo Nicholas, mientras se rascaba la cabeza, perplejo
—. Osborne vino aquí muy entrada la noche, en su auto, pero ahora se volvió a marchar.
—Soy el sheriff —explicó Lonsbury—, y deseo hablar con Osborne por un pequeño asunto. ¿A qué hora llegó anoche, Nicholas?
—Cerca de las cuatro de la madrugada. Me encontraba en la cama, durmiendo, pero sentí el ruido del auto y me levanté para ver si necesitaba algo.
—Comprendo. ¿Estaba bien?
—Por supuesto. Todo lo que me dijo es que deseaba pasar la noche aquí y que, por mi parte, podía retirarme a descansar tranquilo. Cuando me levanté esta mañana se había marchado.
—¿Estaba su cama deshecha?
—Ahora que lo menciona, recuerdo que no. Me imagino que habrá regresado a la ciudad casi en seguida, aunque, cosa curiosa, su auto está estacionado en los fondos, de modo que tiene que haber vuelto al pueblo con otra persona.
—¿Oyó el ruido de otro motor después de la llegada de su patrón?
Nicholas pareció concentrarse en un esfuerzo por recordar.
—Creo que sí —contestó—. No le presté atención; pero en medio del sueño me pareció oír la llegada de otro vehículo.
—¿A qué hora?
—No puedo decirlo con seguridad, pero no había amanecido.
—Me parece que echaré un vistazo por los alrededores —comentó Lonsbury y comenzó por dar una vuelta completa a la casa.
Una cerca separaba el edificio de una huerta y un cultivo de durazneros.
Cuando se dio por satisfecho, dijo, dirigiéndose al capataz:
—Bien, Nicholas, si vuelve su patrón hoy, dígale que deseo verlo en mi oficina lo más pronto posible.
—Muy bien, señor.
Pero antes de marcharse, Lonsbury volvió a mirar a la bien cuidada huerta con desconfianza. Era evidente que no le satisfacía algo en ella.
Finalmente sus ojos se posaron en un bulto oscuro, como de ropa usada, que se encontraba próximo a la cerca del fondo.
—¿Qué es aquello, Nicholas? —preguntó, señalando hacia el objeto de su curiosidad.
—No sé, señor. Es la primera vez que lo noto. Ayer no estaba allí —
contestó el capataz con sorpresa.
—Vamos a ver de qué se trata —decidió Lonsbury. Saltó por sobre la cerca y se dirigió al fondo con rapidez. Gregg, Nicholas y yo lo seguimos.
Así fue como lo encontramos, caído al pie de un duraznero, con el cabello blanco resaltando sobre la tierra rojiza, los ojos muy abiertos y un largo cuchillo enterrado en su espalda.
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