Asmera
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
ASMERA
_________Rubes Keitel
www.rubeskeitel.blogspot.com Elena se levantó de la cama y tanteó en la oscuridad su camino hacia el cuarto de estar.
Antes de cerrar la puerta comprobó que Daniel seguía dormido. Las sabanas se hinchaban y deshinchaban al ritmo de una respiración inaudible y dulce.
El cuarto de estar era algo más que un cuarto de estar para Elena, era un cuarto de vivir si acaso. Desde allí podía trabajar y relacionarse, hacer la compra y reservar hoteles, informarse e informar según le fuese necesario.
Todo cuanto necesitaba se encontraba en aquel cuarto de paredes blancas y volumetrías de Pladur redondeadas en cada pliegue, en cada esquina.
Daniel creía innecesarios esos chaflanes, virguerías que impedían colocar más libros en los anaqueles, pero Elena se enamoró de las juguetonas formas que resultaban de aquellas redondeces. Se parecían a ciertos edificios modernos holandeses en los que el suelo se convertía en pared, y la pared en techo, continuamente transformándose en una curva sin final – como en la escritura de un niño que no quisiera levantar el lápiz del papel.
Con toda probabilidad fue en Holanda, en el transcurso de un viaje universitario, donde Elena encontró consciente o inconscientemente este gusto por los forjados zigzagueantes y aquella forma que tenían de unirlo todo bajo una misma gramática.
Sin embargo, no eran las macizas ondulaciones de Pladur lo que la ligaba fundamentalmente a aquel cuarto. Era su ordenador, un portátil blanco sobre una mesa blanca que nunca se apagaba. Levantó la tapa, se sentó en la silla y se puso una camiseta de propaganda dos tallas más grande que le esperaba sobre el escritorio.
Elena pasaba sus horas allí, frente a la máquina, escribiendo. Durante casi dos años había mantenido un blog, un espacio, en el que
incansablemente descargaba su satisfacción o su ansiedad para defenderse de ellas. Todo cuanto le ocurría terminaba allí, impreso en píxeles en vez de en papel. Si temía por algo, lo deletreaba contra la pantalla; y si el deseo le hervía dentro, lo dejaba colgado en la Red para no tomárselo en serio.
Con cada entrada, con cada escrito que dejaba, sentía una puerta abrirse.
Cada una de sus pequeñas historias, de sus relatos cotidianos, suponía quitarse una prenda, desnudarse un poco más para quien quisiese leerla. Le resultaba excitante que amigos de universidad consultasen sus estados de ánimo sin hacer preguntas. En la correspondencia de informaciones tácitas convergían amigos de universidad y compañeros de trabajo, conocidos de la clase de yoga y desconocidos de vista. Era más cómodo saber que lo sabían, que pasar el trago egocéntrico de hablar de sí misma constantemente.
Cuando empezó a colgar sus pensamientos o simplemente a retransmitir episodios de su vida, lo hizo robando tiempo a su profesión de periodismo y a su trabajo en la redacción. Al principio encontró en la disección razones curativas: se distanciaba de sus problemas al hablar –
escribir- sobre ellos. Nunca supo explicar este impulso que sentía, quizás irresponsable, quizás suicida, de exponer sus vicisitudes, de dejarlas a la vista de otros para desteñirlos de dramatismo. Nunca supo explicarlo hasta que leyó sobre las tapas de El mundo que la escritura abría y cauterizaba al mismo tiempo las heridas. Le vino la frase por casualidad, como le venían todas; porque ella no era de leer ni de escribir.
El interés de Elena no pertenecía al mundo de la literatura; y aunque recordaba que el premio Planeta era el más cuantioso de España, el nombre de Juan José Millas no le suscitaba memoria alguna. Para ella cualquier forma de arte era congestión, intencionalidad, estructura y dolor. Y desde los quince años se prometió no leer un solo libro por placer. Sin embargo, podía identificarse infinitamente con esa frase y durante un tiempo jugueteó con la idea de usarla como encabezado de su espacio, de su página de Internet. Pero cicatrización no era todo lo que tenía en mente cuando escribía. Si colgaba su intimidad en la Red, era porque quitarse la ropa le sabría a poco. Cualquiera podía enseñar carne, pero la desnudez física tenía sus límites, porque ninguna lente mostraba los pálpitos internos.
Durante los primeros meses de actividad, Elena apenas podía esperar media hora para meterse en su blog y leer las respuestas que la última entrada había suscitado. Se emocionaba como una niña cuando la
felicitaban individuos desconocidos, escondidos tras combinaciones de letras y números sin sentido o apodos recurrentes. La plaga de edades sin confirmar y personalidades pseudónimas la recibía en su propio blog al calor de las críticas y las descalificaciones. Por toda respuesta a las espadas en alto, ella disfrutaba de la esporulación impredecible de su influencia.
Le salían las palabras con ética periodística, porque había aprobado de cabo a rabo Ciencias de la Información. Decía allí lo que no podía en la redacción para la que trabajaba, porque como buena recién licenciada necesitaba sentirse libre en algún lugar. Pronto se dio cuenta que sus opiniones por sí solas levantaban poco interés y que sólo cuando relacionaba las entradas editoriales con su propia vida, cuando las anécdotas eran más privadas que públicas, conseguía que sus visitantes dejasen opiniones propias. Los individuos invisibles dejaban respuestas sin pudor y sin disciplina, porque con identidades pseudónimas no había un dios que tomase represalias. El descontrol de los personajes numerarios y las firmas traslúcidas traía una democracia desregulada, una ciénaga de opinantes impredecibles. Había algo de feliz en este crecimiento salvaje, por esporulación, al que Internet lo sometía todo; porque la interactividad anárquica deformaba irremediablemente lo que hubiese escrito, así formase bellos apéndices o pústulas sangrantes.
Elena abrió las puertas poco a poco, examinando el placer mutuo que su escritura producía. Muchos sentían un acceso íntimo, un nivel de empatía y conocimiento inaudito hacia alguien a quien ni siquiera habían visto físicamente. Era una cuestión de morbo, de hostigamiento permitido; pero ella disfrutaba de la curiosidad de los demás como si fuese propia, sabiendo que alguien la leía. Aquel tráfico de datos entre iguales eliminaba ciertos prejuicios –en la inmensidad anárquica no era necesaria la apariencia física-pero creaba otros, derivados del estilo. Muchos vislumbraban entre las preposiciones una forma determinada de ver el mundo, como si la gramática, la ordenación, delatase una intención más verdadera que la de las propias palabras. Elena, como todo el que se enfrentaba a un espejo, comprendía que la reflejada era otra. El reflejo construía su identidad –
porque ella era la que sus visitantes se imaginasen. Su personalidad era amorfa, quizás con algún punto invariable o pivotante, pero gelatinosa y desmoldada. Producto de un nuevo clientelismo, de un nuevo tráfico, su
imagen resultaba de la proyección de los otros. Y de ahí nacía su propio placer.
El placer exhibicionista era difícil de explicar. Elena necesitaba compararlo con otro para describirlo:
“Cuando era pequeña sentía un celo absoluto por las cosas. Quizás fuese porque no había mucho dinero por casa y mis padres tenían reverencia por los objetos. Las sillas, las mesas, los jarrones…todo era irremplazable. Y
como las cosas llegaban al piso para quedarse a envejecer, pues una acababa por tomarlas cariño. Todo lo que poseía acababa por poseerme a mí de una u otra manera, porque reconocía fidelidad en la permanencia de los pliegues del sofá y los descosidos de las cortinas. Cada vez que me obligaban en el colegio o en casa a compartir lo tomaba como una injusticia del mundo de los adultos. Por suerte, las rarezas infantiles son maleables; y para cuando superé los diez años, podía prestar herramientas sin tener que observar atentamente el uso que se les daba. Cada vez que alguien alcanzaba alguna de mis cosas, la pérdida de control me producía un cosquilleo incómodo -a ratos placentero. El colmo de aquel escalofrío venía cuando dejaba alguno de mis cuadernos a mi compañera de pupitre Blanca. La niña agarraba el bloc de las esquinas para soltarlo pesadamente sobre la mesa, abría la libreta sin intuición y aplastaba sus manos contra la encuadernación deslizándola en toda su longitud. Luego iba en busca de la página, pasándolas una a una, agarrando el papel de la esquina inferior, atacándola con palma abierta y arrugándola para tirar de ella. El proceso hacía que las hojas crujiesen como madera ardiendo y dejaba marcas leves en las páginas, pequeñas heridas que acentuaban el cosquilleo; como si por permitirlo, no solamente siguiera reglas de buen comportamiento sino que cediese algo mío, una extremidad, y asumiese algo entre la tortura y la caricia como parte del acuerdo. El blog me trae el mismo hormigueo traicionero, los mismos retortijones de incertidumbre. Esta obsesión, porque ya es una obsesión, tiene todo de exhibicionismo, de desnudo y de temor a que unas manos grandes e incautas toquen lo mostrado. Y un placer extraño, la duda de cómo será el tocamiento -caricia o manoseo- me embarga. Y a él soy oficialmente adicta.”
Elena viajó de lo público a lo privado y encontró un poderoso bastión en lo doméstico y en un intimismo del que ni siquiera hablaba en intimidad, y
que solo era asequible en el anonimato. Era más fácil explicar sus más oscuras tribulaciones a completos extraños que a personas a las que apreciaba, porque la sinceridad en grandes dosis acababa por quemarlo todo.
Elena vivía con su novio Daniel; y cuando ella hablaba de él en su blog, Daniel era Fernando. Así pues, Fernando -o Daniel- y sus idiosincrasias circulaban libremente sobre pantallas a lo largo y ancho de la geografía del mundo. Individuos en China sabían de su pudor a desnudarse en vestuarios y de sus reticencias a cualquier tipo de desnudez más allá de la conyugal, de su alergia al huevo y a los productos con gluten, y de su pasión coleccionista. Fernando coleccionaba cualquier cosa que fuese apilable, almacenable vertical u horizontalmente. Todo cuanto fuese gratis o tuviese descuento era susceptible de acabar almacenado entre redondeces de Pladur o encorsetado a los lados de la televisión. Los dos vivían en una casa pequeña, con sólo un dormitorio. Tenía el piso una cocina a medio amueblar y un baño más grande que el resto de las habitaciones. El cuarto de estar que hacía las veces de cuarto de vivir para Elena, porque su vida estaba enchufada al portátil por USB.
Fernando, o Daniel –y esto lo sabían muy bien los visitantes-, era un hombre sensible; que no débil. Elena disfrutaba maliciosamente al ver como los giros melodramáticos de las películas torturaban a Fernando. “Fernando es como el perro de Paulov. Basta que salte la banda sonora en pianissimo, para que se revuelva en la cama -o en el sofá- y trate de sorber sus propias lágrimas con los párpados. Tras ver que las sacudidas no han producido ningún efecto, trata de desplegarlos lo más posible. Se cree que liberando superficie para que el humor se acomode, no le dará por saltar al vacío y rodar cara abajo. El sistema le funciona en momentos de baja tensión trágica, o en momentos de alta tensión no sostenida; pero para los demás casos, toda la curvatura del ojo no es suficiente. Lo bueno de Fernando es que puede llorar sin hacer ruido y no se le humedece la mirada en el proceso; así que yo puedo hacer como si no me diese cuenta.”
Otras entradas de su blog insinúan que es precisamente la inevitabilidad de su ternura la que le hace quererle como le quiere, porque la vulnerabilidad sentimental de su novio le hace sentir con acceso a lugares a los que el resto de los hombres nunca le han dejado llegar.
Elena, como todo bicho viviente, no era tan sencilla como una película de Hollywood. Y aunque la conmoviese el ablandamiento, sabía que el deseo no hacía migas con la debilidad.
David Brooks -columnista conservador del New York Times- aduce que la industria cinematográfica y, a la sazón, de entretenimiento se ha conjurado en contra de Darwin para convertir a sus héroes en personajes inseguros e inadaptados que salvan ciudades tirando de creatividad y conquistan mujeres a fuerza de ser sensibles. Para él, estos ejercicios de debilidad de carácter, de alter egos de escritores con complejo de inferioridad, atentan contra la libertad de mercado. Sugieren sutilmente las comedias románticas y las series adolescentes que puede no siempre ganar el más fuerte, sino el que guarda en la recámara algún superpoder como el de la capacidad de expresión.
Elena odiaba los argumentos liberales, pero a veces echaba de menos perder el control. Hubo un tiempo en el que tuvo miedo de verse enganchada a las emociones fuertes como ahora lo estaba al exhibicionismo.
Recién cumplidos los veintitrés años, Elena conoció a Keith en una fiesta en Barcelona. Keith era un norteamericano cinco años mayor que ella que estudiaba su segundo curso de máster en España. Elena no pudo encontrar nada de atractivo en él cuando este se presentó de improviso agarrándola de la cintura con una de sus carnosas manos. Tenía Keith una complexión extrema, de adolescente obeso que había cambiado grasa por músculo en días enteros de gimnasio. Se movía como un animal, como un toro bravo escapado de un encierro. Poseía una intuición y una despreocupación que rallaba en dejadez, hijas de una corpulencia descomunal. Hablaba muy buen español, y lo hacía con la coyuntura arquetípica de americano universitario, envuelta en un sinfín de silogismos en el que cada frase se desprendía lógicamente de la anterior. Aunque Elena podía percibir la vaciedad de contenido, también podía notar el peso de la estructura, un lenguaje de apisonadora contra el que no podía hacer nada.
Parecía haber una conexión entre su desproporcionada arquitectura ósea y el bestial control de su verborrea. Mientras hablaba, sus enormes brazos se
lanzaban en su busca; y ella los esquivaba tan bien como podía veinte centímetros más abajo. Algunas veces su agilidad no era suficiente y Keith conseguía tirar de ella, abarcarla por unos segundos, y susurrar pegado a su oreja cómo le gustaría tenerla en su cama. Tras un tercer intento, Elena se zafó de él y volvió a su grupo de amigos, asqueada. Allí pasó una horas, alejada pero incapaz de no girarse y verle deshacerse a risotadas al otro lado de la habitación. Seguía sin ver en él nada de atractivo; si acaso su presencia mastodóntica le producía miedo, temor a sus hormonas. Desde donde estaba, tras su copa de vino blanco, las podía sentir copando el ambiente, sofocándola. Y cuando en un par de ocasiones sus miradas se cruzaron, la traicionó un escalofrío de invasión y duda. Para cuando se dirigió hacia la cocina, en la planta inferior, sus piernas temblaban con aprensión y esperanza de que Keith la siguiese. Elena se tomó su tiempo en la planta de abajo, llenando su copa con residuos de otras, temiendo su aparición e imaginándosela; pero alargando su estancia en aquel territorio de nadie.
Keith no se presentó en aquel reino de la incertidumbre. Se quedó arriba, cómodo en el vaporoso ambiente de sus propias hormonas. De hecho, para desconcierto de la chica, el norteamericano se disculpó por su comportamiento algo más tarde, cuando Elena comenzó a despedirse de amigos y desconocidos. El alcohol, le dijo, quizás las drogas, le hacían comportarse como un bicho, pero no quería que se llevase esa imagen de él.
Keith la abrazó como una bestia humanizada, como un oso con corazón de gacela; y le insinuó que teniendo amigos comunes siempre podría visitar su página de Facebook.
Facebook es probablemente la mayor biblioteca del exhibicionismo y, en ciertos países, un fenómeno social con más adeptos que la Iglesia Católica en tiempos de la Inquisición. Constituye un álbum fotográfico público y una enorme herramienta de publicidad. Cualquiera que tenga una cuenta en la web, tiene la posibilidad de contar al mundo su lado de la historia, de cualquier historia. Millones de personas suben sus fotos a la red, y al hacerlo, eligen cuidadosamente el ángulo del espejo que les refleja. Como buen reducto auto-expositivo, la susodicha página es una de las más potentes herramientas de maquillaje que Internet ha creado, alimentando trasuntos de recreación de la realidad. Cuando los usuarios
actualizan sus perfiles lo hacen pensando en quien está mirando; flirteo social, amoroso, imponen una transformación de doble dirección, en la que no sólo se reedita la realidad, sino que en casos extremos condiciona la actividad social. Ciertos individuos sólo acuden a eventos o fiestas que puedan ser mostrados, o que expandan los horizontes y el interés general de su propia exhibición. A pesar de numerosos perfiles que afirman pertenecer a Greta Garbo o a Gene Kelly, el creador del dominio, Mark Zuckerberg, se ha propuesto formalizar el espacio y perseguir el fraude, la invención y la falsedad para sacarle a su página usos empresariales y sociológicos. Muchas empresas ya visitan los espacios de sus candidatos considerándolos una herramienta más potente que los psicotécnicos para examinar los riesgos potenciales de sus empleados. Probablemente estén en lo cierto y sea el ángulo en el que colocamos el espejo más importante que el espejo en sí mismo. Entre las ambiciones de Mark Zuckerberg, está la de entender los flujos de la estructura social; pretende dibujar un mapa de dependencias que prediga ciclos migratorios o que calcule cuantos amigos te separan –o te acercan- de un completo desconocido. Lo que sí que es capaz de hacer Facebook por ti es predecir con gran exactitud en qué otros miembros pudieras estar interesado, gracias a bucles informáticos descritos por quiénes son tus contactos, los contactos de tus contactos y su edad o situación geográfica. Por el momento se trata de una base de datos, pero la creación de programas que manejen e interpreten esos datos puede multiplicar las posibilidades de interconexión en Internet. Y que los vínculos tengan consecuencias en la vida real -como en las páginas para encontrar pareja- es sólo cuestión de tiempo. En los buscadores de amor, las combinaciones están limitadas a cuatro o cinco factores de búsqueda e influencia; pero la potencia de las bases de datos es multiplicable por tantos campos e intereses como el creador sea capaz de organizar.
De Facebook a Elena sólo le interesaba la exposición pública y cómo alimentaba el morbo y la clandestinidad en el observador. Había algo de mórbido y patético en la persecución de conocidos y desconocidos, y un elemento de placer también. Sería demasiado estúpido reducir ciertas comunidades de Internet a un asunto de progresiva disociación social, así como hablar de personas que prefieren ser espectadores a actores. La
herramienta tenía éxito porque respondía a la avidez humana por adquirir información y compartirla.
Elena dejó de leer por placer a los quince años, pero el principio que la mantenía unida a una red de ex-compañeros y jóvenes profesionales en la red era el mismo que el que empujaba al cine o a la literatura a otros individuos. Las historias, ficciones en papel o espejos en la Red, ayudaban a llenar los espacios en blanco su personalidad, sedimentando un recuerdo que nunca estuvo allí. Observando otros reflejos, a diferentes distancias y de diferentes intensidades, se sentía más capaz de construir una identidad hecha de referencias, como todas las identidades. Elena podía consultar fotos de gente con la que ni siquiera había hablado, individuos que sólo conocía de vista, de andar por los pasillos, con los que chocaba accidentalmente en la biblioteca de la facultad; o podía acosar virtualmente a chicos por los que sentía cierta atracción física. Y todo ocurría en la oscuridad de su cuarto, desde la soledad de su portátil. No en vano, rumores de programas que desglosaban la lista de visitantes de cada perfil siempre estaban al cabo de la calle. Una compañera de piso de Elena en último año de facultad, sufrió una crisis de ansiedad aguda cuando leyó sobre uno de ellos. Temía la chica que su acosado particular supiese cuantos días y horas de navegación había dedicado a su reflejo.
De hecho Daniel -o Fernando- era sólo el contacto de un contacto dos años atrás. Su novio era uno de esos individuos que la miraban discretamente en la biblioteca o en la cafetería, pero que eran incapaces de mantener la mirada cuando ella se la devolvía, una mota de polvo en el mapa de dependencias personales de Mark Zuckerberg.
Dos días después de graduarse y con su título en Ciencias de la Información debajo del brazo, en mitad de la común crisis en estudiantes que dejan de serlo, Elena entró en el perfil de Daniel, como entró en los de todas las otras motas de polvo de su promoción, en un ejercicio de nostalgia precoz, de jubilación anticipada.
Gran parte del espacio era una copia de una copia: una sucesión de ojos enrojecidos por el alcohol, besos y abrazos de chicas de piernas largas –de esos que mejoran el concepto que el visitante tiene del exhibicionista- y actos de tierna inmadurez derivados de los dos primeros tipos (a la sazón, individuos trepando árboles, hombres jugando a pelearse y mujeres
andando descalzas, privadas de sus tacones, a la salida de locales y discotecas).
Mentalmente preparada para abordar una historia que sonaría a la misma que la anterior, Elena llegó al dominio de Fernando. Las primeras imágenes obedecieron a la predicción; pero antes de abandonar el perfil, pinchó en una etiqueta que leía “Mi hermano y yo”. El clic del ratón introdujo una sucesión de fotos más familiares, menos preparadas, más íntimas. En ellas, Daniel abrazaba a un chico ocho años menor que él; y los dos reían a pierna suelta mientras hacían deporte o festejaban cumpleaños.
Tardó Elena en comprender por qué, en muchas de ellas, alguno de los hermanos dibujaba formas complejas con las manos, por qué la cámara congelaba significados que se le escapaban.
Obviamente, el hermano pequeño de Daniel era sordomudo, o mudo por lo menos; y Fernando había aprendido a manejarse en el lenguaje de signos.
A pesar de parecerle necesario como medio de comunicación y habilidad mínima para la convivencia familiar, Elena creyó enternecedor el esfuerzo.
Probablemente, se dijo, hablar con él sería el único propósito y satisfacción de colocar estratégicamente las manos; pero por sí solo, había sido suficiente acicate para Daniel. Durante unos segundos, dudó de si sería Fernando el sordomudo, y no su hermano; pero enseguida vinieron a su mente imágenes de aquel desconocido por conocer respondiendo preguntas en alguna clase en la que coincidieron.
Muchas de las fotos tenían una leyenda en la parte inferior con el título de la foto, en la que a cada palabra le correspondía un signo, a cada frase le seguía un apéndice de manos en distintas posiciones. No todos los símbolos eran estáticos; algunos gestos eran cambiantes, y su gramática escrita estaba hecha de flechas curvas o cambios abruptos de orientación. Elena se imaginó a Daniel traduciendo cada explicación al lenguaje de los gestos y las maniobras, perfeccionando su habilidad para dibujar manos a mano, figuras
que
requerían
más
de
dos
manos,
manos
en
movimiento...Probablemente para Fernando no era más que una circunstancia, algo sin lo que no se imaginaba; y por tanto, nada digno de alabanza. Pero para el espectador, todo lo que escapaba a la experiencia propia era el Nuevo Mundo.
De la misma forma en la que viendo películas Daniel lloraba con cosas que no le harían inmutarse si le ocurriesen a él, Elena comenzó a construir
la imagen devuelta por el reflejo, desvestida de toda condición, con una pureza que no existía en la realidad.
En la vida, todo factor estaba influenciado por otro. No había amor sin contaminar, ni esfuerzo sin ambición. Nadie se libraba de la tirantez; y la presión generaba sentimientos contrarios que eran el mismo. La superación se solapaba con la envidia, la educación con la moral, y el deseo con la dependencia. La cadena se reciclaba indefinidamente en una línea de comandos que se expandía en todas direcciones. Todo estaba tejido en una red de infinitas influencias, superpuestas en el puzle social, en el laberinto de opuestos.
Sin embargo, Facebook padecía el síndrome de los telediarios, el mal de Youtube. Bajo sus focos, todo se deshilvanaba, todo se purificaba en los tamices de laboratorio. Sus reflejos cosquilleaban el cerebro, como una droga, porque los mensajes intencionados desenmarañaban las redes de influencias.
Elena entendía bien las relaciones entre el amor y la ficción. Desde los quince años se sentía atraída por Ross Geller -paleontólogo y amigo en la serie Friends. No solamente la ternura del personaje –afrodisiaco recurrente para Elena- le hacía necesariamente atractivo. La ficción le dejaba observar desde todos los ángulos, y el montaje rompía las reglas del conocimiento.
No sólo podía verlo tomar café, sino en pareja y en el trabajo. Lo espiaba en plena evolución, con capítulos especiales; flashbacks a la niñez, pubertad y adolescencia. Y lo observaba con la simplicidad del espectador, del que mira a alguien a quien nunca ha conocido en persona, porque no existe; de quien nunca se ha tenido que fiar y por el que nunca se ha sentido defraudado. La nitidez de la presentación y la linealidad cómica del personaje –animal de costumbres exponencial- creó en ella un fantasma, una idealización que la perseguiría por mucho tiempo.
Elena era consciente del proceso. Por aquel entonces ya había comenzado a escribir las primeras entradas de su blog, y también a recibir sus primeras respuestas. Pero a pesar de entender que la identidad era una imagen que forman los demás y que la realidad era más compleja, no pudo evitar interesarse –enamorarse vendría después- por Daniel, o acaso su propia recreación.
Hasta este preciso momento, las 15:27:23 del viernes veinte de junio de 2008, Elena no ha vinculado su blog a su perfil de Facebook o viceversa, ni ha especificado en él sus apellidos o los de Daniel –Fernando-.
Probablemente se trate de un intento por mantener los factores separados, por separar necesidades exhibicionistas de seguridades domésticas, por fomentar la pureza de los sentimientos y por controlar la contaminación que determinadas acciones infieren sobre otras.
Elena consiguió su primer trabajo en Territorio Político, una redacción digital con treinta periodistas en plantilla. La publicación era un grano más del epitelio internauta, un modelo empresarial de malabares punto com.
Todos los empleados eran el mismo, porque los redactores eran oficinistas, becarios y empleados de recursos humanos. La estructura empresarial, descentralizada; y la economía interna en un permanente coqueteo con financiaciones de crédito. Todo en la oficina tenía un aire de improvisación, un sello de contingencia y una decoración precaria que amenazaba mudanza. Cajas, papeles, ordenadores, densidad y falta de luz.
Elena había mandado su currículum a diestro y siniestro. Toda la prensa escrita y la verbal de Madrid, Barcelona y Valencia tenía sus credenciales, así como otras cien redacciones internacionales y multinacionales de la información. Elena calculaba que, de todas las empresas por las que mostrase interés, sólo un diez por ciento respondería positivamente. De entre los primeros contactos, sólo la mitad de los interesados le ofrecería una entrevista; y finalmente, una de cada tres entrevistas acabaría en oferta.
Ésos eran los números que ocupaban su mente mientras enviaba incansable sus datos, mientras imprimía o enviaba su currículum vía email.
Bajo formato de carta estándar, valiéndose de una plantilla, ofrecía sus servicios a cincuenta empresas a la hora.
A pesar de sus porcentajes, de su parafernalia mental, Elena veía en el proceso una suerte de relación mágica, de teorema oscuro de azar de computadora. Una vez que el e-mail salía de su bandeja y hasta que alguien lo respondía, se abría un período más allá de su control. Por lo que ella sabía, podría haber sido un ordenador, una entidad arbitraria, la que devolviese las respuestas en base a obscuros porcentajes, a cálculo de probabilidades. A veces, en la comezón de la espera, se le llenaba la cabeza
de sombras deterministas y le daba por pensar que no eran personas, sino máquinas las que analizaban sus datos. Los exámenes informáticos podían aceptarla o rechazarla en base al interlineado del currículum, al formato de la fuente o a la densidad masiva de la letra contra los espacios en blanco, porque los criterios serían tan adjetivos como el software estuviese programado para analizar. Su documento era una tarjeta agujereada, un patrón de costura de la Revolución Industrial; pero ella desconocía el programa de los telares, y no tenía control alguno sobre el dibujo final. El trazado definitivo le llegaría por email, positivo o negativo, devuelto como el final de un algoritmo reducible a secuencias binarias.
Enviar un currículum era como encerrar una mosca en un cubo de cristal de un metro cúbico: el movimiento se volvía errático e impredecible; pero observable. Con sólo una respuesta de la que preocuparse, los tempos eran susceptibles de análisis. La tardanza, la estructura de la contestación y la longitud de los párrafos parecían transmitir el funcionamiento de la empresa, sus rutinas burocráticas y el reparto de roles. Sin embargo, cuando enviaba credenciales a discreción, los insectos atestaban el cubo, y se volvía imposible inducir la trayectoria de ninguno. A cambio, los movimientos de la masa se hacían analizables, tabulados por las tarjetas agujereadas de los telares, como los porcentajes de Elena. Para ella, las probabilidades obedecían patrones fantásticos, porque en la mente humana la persecución de la trayectoria y el análisis del enjambre no podían ocurrir al mismo tiempo. Era ahí, en la frontera del pensamiento, donde el cerebro admitía la magia y la onda se colapsaba.
Elena era razonablemente feliz en la redacción de Territorio Político. Se sentía útil de una manera en la que nunca se había sentido antes; necesaria y necesitada. Como cada fuerza aplicada era devuelta con la misma intensidad en sentido contrario, Elena comenzó a sentir una insatisfacción que no volvería a abandonarla hasta el día de hoy, cualquiera que fuese su trabajo. Tenía la convicción de que todo iba demasiado despacio, de que no le encargaban artículos suficientemente importantes. La repateaban los lugares comunes, la repetición cíclica de las noticias y la cortedad de las interpretaciones. A ella le dolía la verdad, porque hasta allí llegaba su sistema nervioso; y estaría dispuesta a infiltrarse bajo la misma dermis para
investigar el origen de las historias. Pretendía remontarse al principio, al gen mismo de los conflictos, que en la mayoría de los casos había empezado a enlazarse siglos atrás. Si fuese necesario, viajaría milenios en el tiempo para revelar el relativismo que lo empapaba todo; porque todas las actitudes se desprendían de algo anterior, se encadenaban en un beso sofista de acciones y reacciones. Elena creía en la empatía, en su capacidad y en la de otras personas de imaginarse siendo otra.
Pensaba que si se educase empáticamente a una nueva generación, en vez de alimentarla de himnos y de pancartas, tal vez la nueva camada tendría algo que decir. A veces, cuando escuchaba de alguien que había cruzado las fronteras de su propia ideología, a Elena le daba por llorar; no como lo hacía Daniel, sino ruidosamente, con una satisfacción más profunda que la de una carcajada. El peso de su lógica humanística la rompía por dentro y una tímida esperanza se apoderaba de ella.
Pero contra todo su idealismo de imperdible, estaba la maquinaria de la producción. No había lugar para la opinión en la prosa de molde y en la sintaxis noticiera; porque la profesionalidad periodística iba de dejarse la personalidad en casa. Tenía fiebre articulista, ansiedad editorial, pero estaba condenada a las reseñas. Necesitaba avanzar, complejizar su trabajo; si bien temía que el progreso no fuese suficiente y hasta la más astuta de las opiniones le supiese a anuncio clasificado. La asustaba que su rebote insaciable no tuviese dirección cuando presentía el mismo vacío así fuese redactora jefe. Aunque odiaba los berrinches de enfant terrible, sospechaba que su descontento abismal tenía mucho de inquietud de quita y pon.
Quizás necesitase vivir a disgusto, con resentimiento, para no pensar en sus propios límites.
Mientras se hacía a la idea de que, pasase lo que pasase, siempre se sentiría insatisfecha de una forma u otra, comenzó a descubrir la existencia de un nuevo placer a su alcance. La exhibición pública, Internet, la ayudaba a cauterizar sus heridas, a amansarlas en un ritual escapista. Para sus visitantes era ella simplemente Elena, anónima a todas luces, pero influyente. Y personal. Comenzó su andadura colgando todo lo que se guardaba en noticias y artículos, liberándose de todo cuanto la quemaba dentro. Para su desazón, lo que la quemaba dentro parecía no chamuscar a nadie más. Sus reductos idealistas no interesaban en el mundo del
exhibicionismo. Y aunque al principio se sintió herida, poco a poco fue jugueteando con otros resortes. Por cada uno de sus hechos dolorosos, de sus verdades como puños, liberaría una intimidad para reclamar la atención de sus lectores. El pacto tácito reclamaba la entrega de una prenda por cada conflicto mundial, por cada guerra descubierta.
Abandonó el frío mundo de los hechos y abrió tímidamente la ventana a individuos invisibles, que leían en silencio desde la oscuridad. En ratos libres escribía sobre la vida en la oficina, escudriñaba a sus ocupantes y describía su evolución como si de personajes se tratara. Era un movimiento impúdico, que atentaba contra su naturaleza idealista y sus prevenciones morales. Sin embargo, jugar con el morbo de su parte le daba una cabeza de ventaja y asumir el mundo como era en vez de luchar contracorriente le resultó extrañamente satisfactorio.
“Carlos fue mi mayor apoyo desde el primer día de trabajo. Cuando llegué a la oficina, hecha un flan, él me allanó el camino. Me sentó en un escritorio pegado al suyo y no pasaba una hora sin que viniese a preguntar cómo lo llevaba o si tenía alguna duda con la intranet de la empresa, si me sabía manejar con el sistema de archivos y si encontraba todo lo demás suficientemente confortable. Al principio me preocupó tanto boato, tan afinadas reglas de buena conducta, y temí un interés más allá de lo profesional por su parte.
Acababa de mudarme con Fernando a un piso en la zona de San Bernardo y no estaba para nadie más. Yo misma me forzaba a no ser demasiado amigable –sólo cortés y educada- con otros hombres. Siempre he considerado flirtear fuera de la pareja como una suerte de infidelidad de bajo grado. Y la oficina es el sitio menos indicado para bajar la guardia, pero también el lugar en el que eres más proclive a hacerlo.
Carlos sólo pretendía ser amable. Y no os engañéis: esta no es una entrada de amor o de ningún otro sucedáneo. Es simplemente una reseña de cómo cambian las personas.
Él era cinco años mayor que yo, a punto de cumplir treinta, y tenía una relativa responsabilidad en la empresa, equivalente a jefe de grupo. Sin embargo, a la hora de la verdad, en un proyecto punto com, se tiende a la disolución de la jerarquía y la redacción entera se comporta como una esponja, asumiendo responsabilidades asimétricamente. Todos teníamos
prácticamente la misma validez e importancia, y el sueldo sólo variaba en función de la antigüedad.
Carlos estaba casado y tenía una hija. Era un individuo crónicamente feliz que atizaba el sentimiento de grupo con su sola presencia. Agradable, jocoso y casi enternecedor, contaba retahílas domésticas y se mostraba orgulloso de las primeras palabras de su niña. En comidas de empresa, era el último en abandonar el local, y en el trabajo el primero en llegar a la oficina. Pero la amabilidad de salón duró hasta la entrada de la retribución por méritos. El movimiento de los directores despertó todos sus monstruos, todas las bestias que hibernaban tras la comisura de sus labios.
Carlos empezó a recordarnos su condición de jefe de grupo, a pisarnos los reportajes cada vez que nos hacíamos con algo que valiese la pena.
‘Elena’, me dijo el otro día, ‘nunca olvides quién está sobre quién.’ Me mordí los labios hasta hacerme sangre y vi cómo se marchaba a hacer mi trabajo. El muy cabrón empezó a andar encorvado, con la mirada clavada en el suelo, como si la solución a su desfachatez estuviese impresa en la moqueta.
Sin aborrecerse a sí mismo, Carlos continuó engullendo nuestras adquisiciones, devorando nuestros proyectos, comiéndose nuestro sueldo hasta que los directores plastificaron sus ventajas con un puesto de asociado. Se sintió entonces con potestad para humillar a subordinados y reafirmar su liderazgo como le viniese en gana.
‘No voy a consentir que nadie arroje una imagen de subnormalidad sobre esta redacción, y menos tú Elena’ –me soltó-. ‘Ya no puedes seguir con la tontería de que eres nueva, que ya tienes tres meses sobre tus espaldas. Y esto no es ninguna obra de ingeniería. Aquí sólo necesitamos que escribas como si tuvieses la ESO.’
El corrector ortográfico me había deformado el nombre de un disidente cubano, porque a los aparatos les da a veces por actuar a traición. Y desde entonces, un compañero me corrige cada texto en busca de desviaciones, a la espera de que el vocabulario del ordenador convierta unas celebridades en otras.
Carlos quiere que le odiemos, para que le resulte más fácil su papel de depredador dominante. Quiere que le tengamos asco para no sentir ningún remordimiento en tratarnos como putas. Si este excremento social cree que voy a quedarme de brazos cruzados, va listo.”
Elena se sorprendió ante la avalancha de respuestas que aquella entrada recibió: muestras de ánimo, historias paralelas, recuentos de terror laboral y, sobre todo, consejos para acabar con la vida profesional de Carlos. Desde fingir acoso sexual hasta tratar de desfigurar su propio trabajo desde la red de la oficina, desde borrar sus archivos hasta más habituales y menos sutiles actos –como rallarle la carrocería o pincharle las ruedas.
Elena había abierto una lata de gusanos, pero aquellos gusanos aumentaron el número de visitantes como ninguno de sus pensamientos sobre eficiencia energética lo había hecho.
Incómoda por motivos obvios en el trabajo, se dijo que no perdía nada por conspirar silenciosamente en contra de Carlos, en parte para mejorar su situación en la redacción y en parte por mantener vivo el interés, por el placer de contarlo. Como en ciertas comunidades de Facebook, Elena comenzó a observar, escuchar y actuar para luego poder colgarlo. El blog dictó sus acciones, otorgándole gálibo para ser juez y parte de sus noticias.
Lentamente, las horas de trabajo se le volvieron internautas y empezó a ocultar el navegador con la ventana del procesador de textos. Cuanto más material publicaba, más descuidada se volvía y peor cubría sus tejemanejes; pero por más que las miradas desaprobatorias de sus compañeros le acelerasen el pulso, siempre volvía a su segundo trabajo por resultarle más provechoso que el primero.
Los visitantes supieron de primera mano que en el equipo de al lado había rumores de romance y comprendieron que las mujeres de los directores tiraban de fondo de empresa para financiar la peluquería y los billetes de avión. También sabían los seres invisibles que Antonio había comenzado los trámites de divorcio o que la hija de Lucía tenía leucemia y su madre no podía escribir dos frases seguidas. Nada la frenaba si así podía aumentar su lista de adeptos, su poder de influencia. Porque -al fin y al cabo- todo se reducía a eso: a sentirse necesaria y a afectar la vida de los otros. Sin embargo, toda víctima, todo compañero desnudado con hipervínculos, carecía de nombre; porque los enmascaraba bajo apodos ficticios, bajo pseudónimos irreconocibles.
Elena se olvidó poco a poco de trabajar y concentró todas sus energías en la voz de sus propias historias. Desbordada por los acontecimientos e
incapaz de hacer frente a su mandamás particular, se dedicó a lamerse las heridas dejándose observar por otros. A pesar de su promesa de hacer frente a Carlos, la misma actitud dubitativa e irresoluta que la atenazó en la cocina esperando a Keith -temiendo que apareciese- la agarró por la cintura y la sedujo hacia fronteras más allá de la negación, en las que no tenía que enfrentarse a los acontecimientos. Elena, sentada en su silla, amarrada a su escritorio, escribía a una velocidad inaudita, describiendo cómo las tensiones recorrían circularmente las mesas de la oficina. Bastaba con que alguien introdujese un elemento de desaprobación, una mueca de desagrado, para que regueros de gestos atravesados recorriesen los equipos a lo ancho y largo de la oficina.
Las sonrisas, sin embargo, tenían menor popularidad; morían en intercambios bilaterales en vez de ocupar la oficina en riachuelos de pequeñas venganzas, desaparecían sin reparto de cargas.
Tardaron mucho en darse cuenta de su falta de productividad en la oficina. La retribución por méritos hacía que todo el mundo matase por trabajar más, por cubrir los pinchazos de los demás aquí y allá; y para cuando se empezaron a preguntar quién dejaba trabajo sin hacer, Elena había tomado ya la decisión de no volver a la redacción. Un día apagó el despertador, y volvió a dormirse sin el menor complejo de culpa, admitiendo las consecuencias de sus actos como una adulta sin solución, liberándose de una carga que no le pertenecía.
Tardó una semana en decirle a Daniel -o Fernando- que nunca volvería a trabajar en Territorio Político y que se sentía determinadamente feliz por ello. Decidió dedicar un mes a su blog, escribiendo desde casa como antes lo había hecho desde la oficina, entregada en cuerpo y alma a desvestir amigos y enemigos, viviendo de lo que había ahorrado tras cinco meses de trabajo. Elena no tenía miedo al futuro, a no encontrar otro trabajo. No se agobiaba con responsabilidades porque históricamente éstas habían salido a su encuentro, sacándola de donde quiera que estuviese para devolverla a la realidad. Por un tiempo escribiría, buscaría la verdad en ella misma si hiciera falta, con tal de mantener su pequeña comunidad de adeptos, de individuos que la necesitaban de alguna manera.
Durante sus cinco meses en Territorio Político, Elena había sufrido las de Caín para hacer amigos. Sólo Marta, una novata como ella, había compartido los sacrificios de la adaptación al ambiente de trabajo. Era una portuguesa habladora, de padres españoles, que arrastraba incómodamente todas las consonantes a pesar de gesticular como una jabata. Tenía un acento indescriptible y una forma de hablar que Elena nunca había escuchado antes. A pesar de ello, Marta se expresaba con una naturalidad fuera de lo común, como si hubiese reinventado el castellano y esperase que todos los demás deformasen su dicción para asimilarse a ella, para hacerle sentir como en casa. Era también dolorosamente hermosa e inesperadamente atolondrada. Nada hacía suponer que Marta supiese hasta qué punto era atractiva y se comportaba a veces como si estuviera más allá de lo sexual, cómo si el deseo no fuese con ella y tuviese cosas más importantes en las que pensar. Se la veía obligada a hacer cosas en vez de libre para tomar decisiones. Había en ella una sumisión adolescente y una determinación infantil ante la vida. En cierta media, Elena veía algo de sí misma en la debilidad de Marta y empezó a quererla como a quien se cree en desventaja. Al observar a la portuguesa, se veía a sí misma reflejada, retrocedida en el tiempo, estancada para siempre en la piel de una adolescente.
Elena la invitó a tomar café una semana después de negarse a volver a la oficina y Marta aprovechó para llevarle sus cosas, que cabían holgadamente en una bolsa de Zara.
La portuguesa la abrazó, suponiendo que la renuncia habría tenido consecuencias traumáticas para la fugada y creyéndola en un laberinto de inseguridad y de desengaño.
Elena comprendió cuanto pasaba por la mente de Marta y, si acaso, aquella muestra de empatía le hizo apreciarla más, le hizo darse cuenta de que no había muchas Martas en el mundo de las retribuciones por mérito, porque los territorios políticos lo envenenaban todo.
Para cuando se sentaron en el sofá, con la tele encendida y sin volumen
–hilo musical de la era de la información- ambas se sentían unidas por una amistad de años, atadas por la verdad de unos hechos sin memoria y dulcemente envenenadas por el conocimiento mutuo.
Rieron durante horas burlándose a sus compañeros en Territorio Político, imitando el tartajeo desbordado de Marisa y la risa traicionera de
Carlos –traicionera porque le atacaba cuando menos la necesitaba, tras humillar a alguien para agudizar su liderazgo heterónimo. Se rieron de su inutilidad internauta, y de cómo pedía ayuda para subir sus propios textos al servidor; de su miedo a equivocarse, de dejar erratas que le persiguiesen.
Daniel llegó más tarde del trabajo. Aunque hacía frío y había vuelto andando a casa, le sudaban todos los poros de la piel. Fernando transpiraba crónicamente con memoria deportiva. Los años de ejercicio le humedecían el rostro cuando menos se lo esperaba, como si su cuerpo recordase las horas de esfuerzo y llevase sus propias cuentas de quema de hidratos. Se quedó en la puerta del comedor, de pie entre exudaciones recurrentes, extrañado de que hubiese visita y visiblemente conmovido por la belleza de Marta. Elena, la fugada, encontró gracioso y evidente a Daniel, concentrado en mantenerse discreto y educado, mirando a una y otra alternativamente mientras hablaba, tratando de no parecer sobrepasado por la deliciosa timidez de la portuguesa. No podía sentir celos, porque su novio no estaba hecho para las bajas o las altas pasiones y la portuguesa era demasiado inconsciente de su propio encanto como para ser peligrosa. Así las cosas, cenaron sentados en suelo, huyendo a propósito del sofá, devorando perritos calientes.
-Elena, no sabes cuánto te envidio –soltó Marta con el último bocado aún en la boca-. Tienes más valor del que yo tendré en años, aunque dedicase el resto de la vida a entrenarlo. Si algún día me diese por apagar el despertador, luego me sentiría tan culpable que acabaría yendo a trabajar a todo correr, con el corazón en la garganta.
La fugada sonrió, cómoda en el papel de heroína de cartón piedra, y besó a la portuguesa tirando levemente de ella en un abrazo amorfo de bienvenida.
-No digas eso, tonta. Si aprecias lo que he hecho es porque también está en ti en hacerlo. Probablemente no estés tan disgustada con la oficina como yo lo estaba. Eso es todo.
Elena se sintió afortunada, como si hubiese encontrado una familia que buscaba hacía tiempo. Para cuando se retiró con Daniel al dormitorio, Marta se hizo un ovillo en el sofá tapándose con una manta de avión y, antes de que pudiese escuchar a la pareja haciendo el amor en el cuarto de al lado, se quedó profundamente dormida.
A falta de un jefe al que responder, Elena concentró todas sus energías en describir cuanto tenía a su alrededor. El mundo se había reducido considerablemente. Marta la visitaba a menudo, trayendo tartas, bizcochos y noticias desde las trincheras del trabajo remunerado.
Daniel seguía callado, como siempre lo había estado, amándola desde el otro lado de la palabra. La fugada tenía curiosidad por saber qué pasaría por la cabeza de Fernando, sospechando que quizás tras el silencio sólo hubiese más silencio, pero intrigada por la posibilidad de un torbellino de pensamientos, un mundo interior complejo que sólo pudiese resolver sobre ella, entregado al amor matutino.
Excepto por los viajes a la cocina, Elena dedicaba todo su tiempo a actualizar la página, a intentar explicar su mundo mínimo al resto de la Tierra. No se daba cuenta de que Asmera la estaba esperando. En el pandemónium de las decisiones súbitas, a la fugada se le escapó que un imán invisible tiraba de sus dedos y la hacía escribir contra sí misma. Aún no había entendido que la agresión de los teclados se le hincaría en la carne como un cilicio; y que cuanto más pulsase más le dolería.
Elena retaba al ordenador a ver quién parpadeaba antes, porque se pasaba días enteros enfrentada a la pantalla. A pesar de su esfuerzo por recordar todo cuanto hubiese ocurrido en el último año y por trazar desordenadamente todas las circunstancias que la habían llevado hasta ese preciso instante, la fugada encontró en la ausencia de otras personas un tipo de soledad que nunca había experimentado. La mente, desocupada de relaciones personales, se revolvía sobre sí misma de una forma que Elena no podía controlar. A veces, concentrada en episodios laborales o escribiendo sobre Marta -que desde que fue por primera vez a tomar café a su casa se había convertido en referencia fiel en su blog-, la fugada notaba como sus pensamientos tomaban un rumbo propio contra el que no podía reaccionar. Era como estar borracha y consciente de la propia embriaguez pero sin posibilidad alguna de enmienda hasta que no amainasen los efectos. Cuanto más escribía sobre la debilidad de la portuguesa, más veía la propia: incapaz de enfrentarse a sus fantasmas, incapaz de confrontar a Carlos o de llevar sus aspiraciones humanísticas a la profesión, incapaz de parar los pies a norteamericanos de verbo fácil y de mano inquieta e incapaz
de frenar sus propios deseos de dejarse llevar a nuevos límites de exposición.
Elena veía en Keith las mismas manos con las que su compañera de pupitre arrugaba las hojas de sus libros, mellándolos levemente pero sin retorno. Aunque habían pasado dos años desde la noche en que conoció al norteamericano, aún tenía el perfume brutal de sus feromonas prendido en la piel. Sólo tenía que aspirar con profundidad para recuperarlo, porque aún la perseguía por el aire. En el ínterin se había enamorado de Daniel y vivía satisfactoriamente en pareja; pero no podía evitar que se colase en sus sueños de cuando en cuando para marcar su territorio. Así de incontrolable era el mundo animal, se convenció la fugada; y el pensamiento.
En soledad, la fugada se reencontraba con todo lo que trataba de borrar en la memoria; si bien a veces volvía agrandado tras años de letargo. La abordaban imágenes absurdas, hechas de fiebres del pasado. A veces era su madre la que volvía a morirse en su recuerdo, y otras Keith tiraba de ella hacia lujurias invasivas, pasiones sin ternura.
Elena se sorprendió de la paciencia de aquellos dos agujeros negros, que habían esperado sin remisión durante los tiempos de ebullición para atacarla con la guardia baja. Decidieron agredirla en épocas de soledad, cuando podían hacer más ruido. En la habitación, en su cuarto de vivir, rodeada de filigranas de Pladur, Elena sentía un silencio distinto a todos los demás, como importado de una cámara acorazada. Zumbando en sus oídos, antimateria dentro de sus agujeros emocionales.
La fugada no pudo resistir la duda y se decidió a averiguar cuánto de diurno había en sus obsesiones. Uno de aquellos días de espesa soledad, bajó la tapa del portátil. Impulsándose con los pies hizo rodar la silla fuera del alcance de sus propias palabras y, cerrando los ojos, continuó la historia donde Keith la había dejado. Elena esperaba al americano en la cocina, alargando su paso entre bambalinas, jugueteando con los hielos y sirviéndose una copa que no era más que una mezcla de restos, una bomba de alcohol impredecible. No necesitó inventar el profundo sentimiento de rechazo que le inspiraba el norteamericano, porque lo llevaba prendido en la córnea y en las meninges. La fugada se dispuso a ver la escena de terror a través de los dedos entreabiertos de las manos; porque el desagrado salía
del mismo miedo bivalvo que la obligaba a quedarse, el mismo que la convertía en víctima de su propio morbo.
Keith apareció al final, cuando Elena estaba a punto de volver al piso de arriba y reanudar la fiesta. Aquel tipo descomunal de verbo intimidatorio prescindió de la palabra y se abalanzó sobre ella. La fugada permaneció allí, debatiéndose entre la reciprocidad de los magreos y la abstención, congelada en una mueca de repugnancia y excitación. Trató de controlar sus emociones extremas mientras recibía con boca cerrada los besos de Keith; pero el nudo de su rictus era el mismo que le apretujaba el estómago entre tensiones opuestas. Cuando el norteamericano la llevó a la primera habitación que no estaba cerrada con llave, ella se resistió más parlamentaria que militarmente, dirigiéndose a una lucha que ya había visitado en sueños. Keith trataba de desvestirla y de introducir sus enormes manos allí donde las prendas le dejasen. Cuando conseguía desabrocharle en botón del pantalón y bajárselo hasta las rodillas, ella fingía una mueca de disgusto e incomodidad, lenguaje corporal suficiente para avisar que había llegado demasiado lejos. Al devolver sus botones a la posición inicial, el juego volvía a empezar; y con él, las interminables fricciones, y las batallas análogas en las que cada vez iba concediendo más terreno. Su imaginación le sugirió que, al final, ambos alcanzarían el orgasmo sin haber llegado a desnudarse, perdidos entre incursiones por siempre preparatorias, desquiciados en un terreno extrañamente parecido al sexo.