Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 4 de 4 · parte 1/3

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Asmera

vino. Echó la culpa a los gusanos…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

vino. Echó la culpa a los gusanos de la memoria, que habían convertido el arañazo de las tristezas en una noticia de telediario. Ni la genitalidad ósea de su padre ni la fatiga de volante que acabó con la especie tenían la mínima importancia, porque pasadas las trescientas familias era difícil acordarse de la primera. Tan sólo tres años de huida habían bastado para que el tiempo se malease con despropósito flatulento y los palotes de la cuenta atrás se arrugasen como los relojes de Dalí.

Muerto el perro, se acabó la rabia. La desaceleración le llegó en Londres, donde decidió olvidarse de las gramáticas de pastiche con las que franceses, holandeses y alemanes podían entenderla al mismo tiempo. Trató por una vez de aprender un idioma que la llevase por el mundo y que le quitase el estigma de animal por el que los hombres se olvidaban de sus novias originales para dejarse seducir por la copia. La verbalización resultó un factor sintomático; porque si bien en Berlín se creyó sanada del mal pirata, la llegada a Inglaterra le devolvió a las cavernas de su sed prófuga.

De nuevo inhábil para articular palabra, los concubinatos-réplica arreciaron con la virulencia de segunda fase. A falta de un medio de comunicación, los engranajes de manual de instrucciones ganaron la partida a los esfuerzos conversos y la fugitiva tuvo que empezar –por última vez- a nivelar la balanza.

La victoria final de la desaceleración avanzó paralela a la definición del idioma: con cada descubrimiento fonético, Rosario se acercaba más y más al control de sus episodios pirata. Las coordenadas gramáticas no fueron el único factor de cambio. La fugitiva se instaló en un apartamento mínimo en Kentish Town, no muy lejos de Candem. La vivienda –se quedó la primera que le ofrecieron- tenía dos plantas de fachada mohosa y limitaba con una calle de aceras estrechas. La puerta de entrada estaba recién pintada de rojo

–la necesidad repentina por colorear la madera salía a veces de Notting Hill para acabar más allá de Euston. De tan angosto el paseo, los escalones de acceso se habían pegado al edificio y no dejaban espacio umbral en el que maniobrar. Era un chalet de dos plantas -relativamente moderno- que alguien había dividido en sendos apartamentos minúsculos para maximizar el beneficio del alquiler. La operación había dispuesto un corredor que daba la vuelta a la escalera y unos pisos que se arremolinaban en torno a sus pasillos. Las habitaciones, con tanto derroche distribuidor, habían acabado comprimidas contra la fachada, condenando a sus habitantes a una vida

perimetral. El seccionamiento había organizado sinsentidos mayores por los que, por ejemplo, no podían entrar más de dos personas a la vez en los apartamentos. La hoja de la puerta bloqueaba el largo y ancho de la entrada y convenía no abrirla del todo para facilitar un ángulo de paso mínimo que permitiese el movimiento. Con tanto espacio servidor artificial, la casa había adquirido una humildad que no le correspondía; los nichos ventanales y los dobles cristales Climatit no concordaban con las estrecheces umbrales ni con los malabarismos de paso. A pesar del estrangulamiento distribuidor, ambos pisos buscaban el calor sur y daban a un patio tan verde como una campiña de Lacock. Arriñonados contra el corredor, tenían los dos un dormitorio doble, sala de estar, cocina y cuarto de baño. Sacada la escalera de la dinámica privada y en ausencia de buhardillas, los apartamentos eran entidades clónicas sólo perturbadas por la salida al jardín en planta baja. La fugitiva, que tomó la planta superior, entendió la mínima variación transgénica antes de entrar si quiera al alojamiento primo. Supuso por el ruido de la ducha que se aseaba en la misma vertical que sus vecinos, que se sentaba sobre la misma taza de váter –tres metros por encima- y que cocinaba en la misma posición además de a la misma hora. Al principio le desconcertó producir el mismo rastro que los otros inquilinos, pero con el paso de los días añadió detalles diferenciales al que sería el último dossier de su arca de los espacios; porque fue en aquella vivienda donde concluyó la desaceleración y renunció para siempre al análisis. Descubrió que en el piso de abajo vivía una pareja, porque también los dormitorios se repetían en altura, y la crujía de madera hacía resonar hasta el enhebrado de hilo y aguja. Las voces, que al ampliarse entre las fisuras del techo convertían las palabras en una fonética de interferencias, parecían articularse en un idioma desconocido. No padecía el lenguaje del tañido anglófono ni compartía timbre con las fracciones de su pastiche; así que se conformó con la presunción extranjera y dejó las particularidades del tono para cuando los conociese en persona. Llevaban una vida tranquila y un quehacer silencioso. No gritaban al discutir, sino que permanecían callados hasta que alguno de los dos no soportaba la paz romana y rompía con el círculo de omisiones. Concentrados en su ejercicio – decididos a no ser el que pestañease primero-, hacían creer a Rosario que no estaban allí. Si la bronca había sido soberana y el cabreo circunspecto les duraba más de un día,

tardaban varios minutos en encontrar la posición en la cama, evitando el roce cuando se turnaban para acomodarse en los extremos.

Trató aquella vez de invertir el camino deductivo de las conductas e inducir dónde estarían las señales de sus afasias. Se imaginó mellas mínimas en torno a los picaportes, de gritarse a portazos lo que no se decían con las cuerdas vocales; vislumbró huellas húmedas de pies descalzos, regresando del baño sin hacer ruido para volver a ocupar las esquinas del catre. Habría manchas de aceite en la moqueta, de comer en habitaciones separadas en vez de juntos en la cocina, y zumbido de extractores –potencia máxima de las campanas- para no escucharse mutuamente. Se los imaginaba con todas las puertas cerradas -sellando el aire del pasillo-, asegurándose de que cuando uno saliese del cuarto de estar no se cruzaría con el otro volviendo de la cocina, porque lo habría escuchado antes. Si estaba en lo cierto y la pareja era más celosa de sus intimidades individuales que de las conjuntas, habrían dispuesto una mesa enana en el pasillo para pasarse las llamadas sin necesidad de verse. Quien quiera que descolgase el teléfono, tiraría del pomo de su puerta –despresurizando el aire estanco del corredor- y dejaría el auricular sobre el mueble. Como en las presillas de los canales, la otra compuerta se abriría sólo después de escuchar cerrarse la primera para completar el intercambio. Rosario había estudiado el chisteo de las aperturas suficientemente como para creer en su propia maquinación y la aparición de la consola remató su archivo mental de enseres funcionales.

Agobiada por vivir en la réplica transgénica de un hogar que mantenía sus agravios en cuarentena, cambió la orientación de la cama en un intento por alterar el equilibrio. Llenó su casa de pósters violentos en los que mujeres del celuloide amedrentaban al personal con armas blancas y heridas sangrantes, con la intención de que el colorismo agresivo de las escenas le arrancase de la mente las sonatas beethovenianas que le llegaban del piso de abajo. Sabedora de sus inclinaciones prófugas, decidió combatir la sensiblería adyacente con hombres –por ser la única forma de diferenciarse que conocía-, para no caer en nostalgias estúpidas después de tanto tiempo.

En plena fase de desaceleración, mantuvo a raya su piratería emocional y consiguió –exceptuando recaídas puntuales- construir sus propias redes sentimentales para no tener que romper las de los demás. Se aficionó a visitar discotecas de madrugada, sin más compañía que la que fuese a

encontrar allí, y a alimentarse de extraños para aliviar su mal entrometido.

Cuando volvía a casa con alguno, trataba de llevárselo al cuarto de estar, o a la cocina –a cualquier lugar con tal de que no fuese al dormitorio. No iba a dejar que sus rastros fueran tan previsibles como la música clásica que salía de los muelles y de los pestillos del piso de abajo. Alteró la cadena de reflejos todo cuanto pudo: comenzó a ducharse a deshora, a picar más que comer y a cambiar las horas de sueño tanto como le permitía el trabajo.

Compró un hornillo portátil para cocinar fuera de la cocina y desproveyó a las estancias de su uso. Algunas noches, tratando de huir de las reconciliaciones de sus vecinos, trasladaba el colchón al cuarto de estar; y ciertos días se llevaba la televisión al dormitorio – para estar donde se suponía debía dormir. A pesar de su política desviacionista, mantuvo el cuarto de baño firme en su propósito; no era cuestión de volver a las terapias de bacín y al éxtasis electrodoméstico sólo por librarse de la simetría.

Aunque la fugitiva entraba y salía de su casa a todas horas –por necesidad y por contradecir su propia lógica-, tardó más de un mes en conocer a la pareja. Contra todo pronóstico, la presunción de culpabilidad resultó errónea, porque se presentaron tan agradables que dudó de la certitud de su rastreo. Los dos se disculparon por no haber subido a conocerla antes, y alegaron haber estado muy ocupados durante el último mes. Rosario sabía el tipo de labor callada que les había ocupado la mitad del tiempo, tratando de evitarse en la trinchera presurizada que tenían por pasillo; pero la desarmó la amabilidad innecesaria de los guerreros del piso de abajo y aceptó entrar a tomar té segundos después de coincidir con ellos ante la puerta roja. Después de salvar los umbrales exiguos y recorrer los corredores comunes, entraron en el piso de la pareja –o en la imaginación de la fugitiva- y se establecieron en la sala de estar que quedaba debajo de la suya. Para llegar a ella, sobrepasaron la mesilla de intercambio que Rosario había deducido antes que visto en la tierra de nadie. Si bien había interiorizado la pulcritud isósceles a través de las reverberaciones, le impresionaron las paredes desiertas y el cuadro general de apocamiento.

Los héroes del silencio eran portugueses –lo cual confirmó sus apuestas foráneas- y vivían en Londres con la intención de completar un curso internacional de post-grado. Manuel y Sofía –así se llamaban- habían estudiado una carrera de nombre engañoso que conjugaba el mundo

editorial, con el periodismo y la administración de empresas. Sin una vocación clara, habían llegado allí con el propósito de aprender inglés y cambiar de aires antes de ponerse a trabajar para el resto de sus vidas.

La fugitiva los había supuesto una pareja madura y le irritó el error de cálculo. Ella, que había recreado la consola y las trincheras, pasó por alto la juventud de los pasos y la agilidad de los movimientos. Le había cegado la previsibilidad sentimental, de pareja asentada; y la rutina de los silencios terminó por convencerla de la remisión juvenil y la renuencia impulsiva.

Aunque al principio desconfió de las excentricidades rituales de los guerreros callados, acabó trabando amistad con Sofía. Si bien tenía a su novio al otro lado de la cama, llevaba la sombra de la soledad en la caída de los párpados y en la papada breve que le salía al sonreír. Rosario encontró entrañable la praxis ordenada de sus manías y la forma en que trataba de emborronar su personaje. La portuguesa pretendía hacerle creer que era una mujer impredecible y soberana, una hembra aguerrida que huiría el día menos pensado, aunque la fugitiva ya había descifrado su heterónimo a la luz de la liviandad muraría.

Poco a poco, las visitas al apartamento inferior completaron el estudio orográfico de la vivienda y trajeron las últimas claves conductivas a su arca del comportamiento. Sabía dónde buscar las pistas y la comprobación de sus presentimientos completó el aprendizaje autónomo de la psicología objetual.

Poco antes de que todo se pusiese patas arriba y llegase el electroshock determinista de las señales -la imposición de las cosas sobre el carácter-, la fugitiva sintió el presagio del final de la desaceleración y el relevo paradigmático de las épocas interpretativas. Sofía subió una tarde las escaleras hasta el piso superior y llamó a la puerta con un timbre de celeridad. La urgencia le hizo aporrear los escalones en su ascensión, descabalando el adagio vital que la caracterizaba. A pesar del silabeo apresurado con el que la portuguesa expuso la situación, Rosario infirió que sus padres habían llegado a Londres sin avisar e iban a bordo de un taxi, camino de Kentish Town. La fugitiva no entendió el conflicto de la visita hasta que Sofía no le leyó la letra pequeña del contrato: su familia la creía independiente, desparejada. Y la sola idea de que Manuel estuviese allí cuando llegasen, le hacía dar saltos de un lado para otro, contradiciendo la dinámica de sus ruidos y la de perpetuación de su rastro.

Con el tiempo corriendo en su contra en un taxi londinense, las dos mujeres decidieron intercambiar posiciones. Rosario ocupó el lugar de la portuguesa en la vivienda de los silencios, para corroborar los acuerdos familiares de su vecina.

No tenía claro si se debía al seccionamiento del chalet o a la ridiculez retórica de los tabiques –que no podían negar que aquella casa era una e indivisible-, pero la filtración de los sonidos y sus silencios de negra daba a los extraños intimidad de familia. Si la fugitiva podía desentrañar con escalpelo la presurización de los pasillos y presentir la posición de los objetos a través de las acciones, los portugueses debían escucharla mover el colchón de un cuarto a otro en mitad de la noche -o intimar con sus amantes fuera del dormitorio. Probablemente no interpretasen la compulsión imprevisible de Rosario como política de inversos; pero sintiéndola oponerse a su calma disciplinada, la reconocieron como a una hermana díscola. La descripción tautológica de la fugitiva, que se configuraba a base de reaccionar contra los demás y descartar parecidos, llegó al otro lado de las escuchas; porque los teléfonos estaban pinchados por defecto y las paredes de cartón los obligaban a escucharse mutuamente.

Así pues, cuando Rosario se mudó al piso de abajo y Sofía subió a fingir sus soledades al piso de arriba, todo quedó en familia. A los padres de la portuguesa les extrañó que el sofá hubiese acabado en el dormitorio y el colchón en el cuarto de estar, pero cualquier malentendido intendente era preferible a la realidad. Intercambiaron miradas de preocupación al ver el desfile de heroínas violentas, desnudos frontales y colores chillones que colgaba de las paredes. Todo su lenguaje corporal se preguntaba de qué habían servido las clases de piano y los zapatos de ballet, si la niña renunciaría al orden de los pentagramas para poner las cosas donde le saliera de la clave de sol. Sobreentendieron que su hija cocinaba con útiles de camping en el cuarto de estar y comía tumbada en la cama; el televisor -

apoyado sobre la vitrocerámica- refrescaba indefinidamente la niebla de un canal sin señal, y cojines de todos los tamaños habían invadido la casa sin entrar en el dormitorio.

Los padres de la chica se instalaron en un hostal al otro lado de la calle, porque el descontrol de los objetos les había puesto en alerta y necesitaban ver de cerca pruebas del sosiego clásico de la portuguesa. El juego de espías a tres bandas complicó la temporalidad de la mudanza y Sofía se enfrentó

con resignación a la comedia de equívocos. Tuvo que alterar la matemática de sus rutinas para acudir a las clases del máster, atender correctamente a la visita y habitar el fárrago de regiones mullidas que había heredado de Rosario. Confiando en la brevedad de las hostilidades parentales, decidió respetar el desbarajuste y adoptar las costumbres preexistentes –no iba a imponer orden cuando la fugitiva le estaba haciendo un favor.

Al poco tiempo de afincarse en el apartamento de las violencias cinéfilas y los suelos acolchados, comenzó a apreciar las virtudes de la anarquía. Cuando se despertaba en el cuarto de estar entre almohadas amorfas y sacos de arena, ni siquiera tenía que levantarse para desayunar porque alcanzaba a sacar la leche del microondas con estirar el brazo. Le asombró la autosuficiencia de todas las estancias, en las que podía permanecer durante días sin necesitar del resto de la casa. Aclimatada al confort caótico de los cojines, se concentró sin saber por qué en el repiqueteo de las puertas y en los crujidos de la madera que llegaban del piso de abajo, hasta que la potencia de las resonancias y la música inclasificable que venía de su propio apartamento le volvió suspicaz. La portuguesa pegaba la oreja al suelo cada vez que escuchaba rumor de conversación y el estallido ocasional de carcajadas le hacía bajar las escaleras para conjurar el ataque de celos. Para colmo, sus padres continuaron presentándose de improviso en la cueva del alboroto con la esperanza de descubrir -al menos- el mismo desbarajuste, y confirmar que la extravagancia de su niña no era degenerativa. Les veía arquear los ojos al entrar, como si temiesen ver la casa llena de gatos o el cuarto de baño repleto de basura.

Con la presión del espionaje parental, se conformó con mantener los oídos bien abiertos durante la noche, para cerciorarse de que los pájaros del piso de abajo no compartían dormitorio.

A pesar de los desvelos de la portuguesa, Rosario aborrecía los ejes cartesianos de la presurización, porque le recordaban a otro escenario de puertas cerradas. Aunque no tuviese que soportar humillaciones de orinal, ni le retuviese fuerza mayor alguna, la fugitiva no dejaba de preguntarse cómo había acabado allí conociendo las veleidades de su historial. Por si eso fuera poco, el mal pirata regresó en el peor de los momentos con su último síndrome de abstinencia; y el recuerdo de las clonaciones resurgió para acecharla por las noches. Rosario combatió la tentación con su labia de

vendedora e intentó convencerse a sí misma de los beneficios de la autenticidad. Decidida a conjurar el encanto de la réplica, resolvió que nunca encontraría atractivo a ningún héroe del silencio, pero las evidencias meridianas –suficientes para el resto del mundo- carecían de valor argumentativo contra el recalentamiento hacker de sus instintos. Rosario acentuó el tono de urgencia y procuró recuperar su apartamento por activa y por pasiva, pero Sofía siempre contraatacaba con la marcha inminente de sus padres.

A la portuguesa le reconfortó la intensidad de la súplica y juzgó aquel apremio por abandonar los pasillos presurizados como prueba inequívoca de desinterés sexual.

Para cuando los celos amainaron, descubrió que estaba sola entre cojines y estimó el relieve mullido de aquel mundo que se arrastraba por la casa. La vida se veía distinta desde el suelo; allí abajo no había ni rastro de la disciplina o el sacrificio; y aunque recuperaba el tesón del estudio y los años de piano con el erguimiento, perdía el horizonte cada vez que se acurrucaba sobre los pufs. Bajo la mirada de las heroínas armadas y el colorido de artes marciales que forraba las paredes, nada le permitía relajarse; porque la precariedad del uso convertía su descanso en deriva situacionista. Abrazada a las almohadas y los cojines, el silencio le parecía una herramienta preescolar y la mesilla de los intercambios un recurso de humorista.

Atormentada por su carácter latitudinal, Sofía resolvió permanecer con la cabeza tan alta como pudiese durante el día y sólo serpentear de noche, para limitar en lo posible la atracción de los sacos de arena.

Rosario, por su parte, se las veía y se las deseaba para controlar su espíritu saqueador. Pecar sólo de pensamiento la trajo por el camino de la amargura, porque se resistía a liberar el último estertor de la desaceleración sobre la única amiga que había hecho durante la huida. Para amortiguar la independencia de sus obsesiones, rememoró el dolor de las tristezas crónicas con la misma intensidad con la que las había enterrado. Si bien la vocación roedora de los gusanos de la memoria había reventado las cámaras del recuerdo, la narrativa confusa del pasado contuvo a duras penas el deseo pirata de la fugitiva. De repente comprendió los desasosiegos varoniles de la saga, segura de haber contraído una mutación del virus. No había reparado en la similitud de los impulsos sino entonces, cuando todo el

cuerpo le pedía traicionar a la portuguesa y ni la afasia del pasillo frenaba sus inquietudes. Se apoderó de ella la certeza de que la trampa genética que había destrozado la familia no había muerto, sino que se había transformado para sobrevivir en el género opuesto. Las fiebres corsarias no eran muy distintas al aturullamiento prostibulario de su padre, y ella sería tan miserable como él si permitía que las hormonas le coagulasen la sangre en el cerebro. Aunque había previsto una última descarga que acabase con la herencia patógena de los arrebatos, vaciar el último cargador sobre el nombre de la amistad sería aún peor que seguir viviendo de la suplantación.

Tras luchar contra los mamelucos durante días y presenciar los fusilamientos de sus propias prevenciones, salió una noche de su cuarto para grabar la última copia de seguridad de su historial de amores reflejos.

Mentalmente agotada por la lucha interna, ni siquiera tomó precauciones sonoras al hacer girar los picaportes y cerrar las puertas.

Rosario buscó a Manuel en la oscuridad del dormitorio, como se lo había escuchado hacer a Sofía desde que llegó al chalet de Kentish Town.

La fidelidad de la réplica fue tal, que el héroe del silencio tardó un rato en comprender quién se había metido en su cama; y para entonces, la métrica del riesgo y la familiaridad de los movimientos lo conmovieron sin solución. Aún sometida a los esfuerzos miméticos, la fugitiva besó al portugués con desmesura, rezando para que las bocas neutralizasen los quejidos y el escobilleo de las intimidades se quedase en la habitación.

Al acabar, sintió el apagón final del entremetimiento pirata e intuyó con absoluta seguridad que aquella noche se cumpliría el tercer aniversario de la fiesta de la estanqueidad. Desde que olvidase el rostro de su primer amante, el alcohol y el solado de obra programaron su mutación vírica para que arramblase con todo. El hambre impersonal de la bacteria sólo terminó de desacelerar aquella noche, cuando la fugitiva comprendió que el portador era la mayor de las víctimas; e irónicamente, la certidumbre la asaltó plagiando a Sofía en el cuarto que había intentado evitar desde que pusiese pie en la dualidad transgénica de la vivienda.

La portuguesa se mantuvo tan erguida como pudo, observando con recelo las cavidades arenosas de los pufs y las montañas de cojinetes.

Prefería mirar a los personajes de las paredes frente a frente, compartir altura con sus catanas y sus machetes –porque desde el suelo la estética de

Burger King y el colorismo sangrante de los pósters trastornaban su educación de pianista. Sin embargo, sobre todas las presencias, le impacientaba el rumor endémico de las intimidades, que llegaba de esquina a esquina del apartamento sin pasar por el dormitorio. La evaporación superficial salía de los tejidos de los cojines y las fundas de las almohadas; y al contrario que los gases, las trazas amatorias tendían a quedarse donde estaban –pululando entre las telas de sábanas y las plumas de los cojines.

Por respeto a la trascendencia de los objetos, trató de permanecer en casa lo menos posible, porque el desorden autosuficiente de las cosas la invitaba a reptar. Y desde ahí abajo, comprendía tanto a Rosario que dudaba de sí misma.

Empleó las tardes en ir de un lado a otro con sus padres para compensar así el disgusto anárquico que les había empujado a espiarla dese el otro lado de la calle. Sofía les hizo cruzar Londres de norte a sur y seguir las revueltas del Támesis desde Greenwich hasta Putney Bridge, con la esperanza de que el cansancio espantase a los observadores. Les llevó de museo en museo, de catedral en iglesia, hasta que no quedó biblioteca ni auditorio con el que mantenerlos en pie.

La portuguesa comprendió que, de seguir expuesta a las reglas del caos, la dinámica de intimidades cruzadas la dejaría al borde del abismo reptil; y decidió parar la farsa solitaria antes de que el piso de Rosario la desordenase a ella. Fue cuando aclaraba la garganta para cantar que el comité de inspección anunció su marcha en un plazo de tres días; y ella abortó la delación in extremis.

Con el olor a normalidad en las pituitarias, Sofía se dejó absorber por la cola del cometa. Utilizó sus horas contadas para disfrutar de las atracciones del apartamento alfombrado. Anduvo descalza por toda la casa, sintiendo la textura de los sacos de arena dar paso a la pluma de las mullidas esquineras.

La portuguesa bajó a las latitudes de los rastros íntimos, decidida a quemar la tentación con empacho. Arrebujó sábanas y almohadas de forma que pudiese cruzar el piso sin tocar la moqueta original, y sólo dejó de arrastrarse para entrar al cuarto de baño, que no compartía las reglas del desbarajuste reptil.

Se estableció en el cuarto de estar, por ser –a su juicio- la más autosuficiente de todas las habitaciones-estado. La estancia tenía una mini-nevera junto a la cocina portátil, y una ventana de tiro inferior hacía las

veces de campana; pero, a pesar de las precauciones, la inmigración de las sartenes había asalmonado el ambiente. Entre las salvajadas cinéfilas, los parches de pared supervivientes se cuarteaban con cada cocción y sus fisuras adoptaban color de freiduría. El augurio de un espacio así hubiese aterrorizado a Sofía mientras repetía ejercicios de barra en clase de ballet, pero en aquel momento su naturaleza escrupulosa no tenía importancia; porque el campo electromagnético de los cojines le impedía recordar las formaciones clásicas y la soledad le sonreía sensual. Acunada por la pereza del arrastre, sucumbió al sueño de los holgazanes y cerró los ojos sin cansancio. Perdía la consciencia para recuperarla al minuto y la tabarra del ciclo la metió en un constante estribillo que no le dejaba ver el resto de la canción. Sofía se rindió al duermevela, como quien acepta una droga que no piensa volver a tomar, y en los desfallecimientos segunderos recreó las más incongruentes tramoyas. Un pasadizo de superficies enguatadas comunicaba el London Bridge con Trafalgar Square, y en la oscuridad del túnel se multiplicaban las habitaciones autosuficientes. En la lobreguez subterránea de los cuchitriles, los mismos hombres sin rostro que escuchase perseguir a Rosario de habitación en habitación la esperaban a ella; y aunque todo estaba en silencio, no era un silencio reglamentado, sino uno ensordecedor.

Cuando se despertaba con intención de despabilarse – y no de volverse a dormir-, gateaba hasta el dormitorio, que se mantenía libre de efluvios amatorios, para certificar que el control de los espacios estaba en manos de la realidad. Desde allí, recomponía el pensamiento lúcido y organizaba la reentrada en las fauces eróticas del cuarto de estar. Aunque la rigidez de las clases de piano le recomendaba mantenerse alejada del corredor onírico y sus gargantas autosuficientes, cada vez que cerraba los ojos se permitía un nuevo atrevimiento. En la segunda incursión, asomó la cabeza al interior de las estancias; en la tercera, entornó los ojos para columbrar a sus pretendientes. Como la densidad del aire y la indefinición de los rostros no le dejaban distinguirlos, tuvo que acercarse –temblorosa- para reconstruirlos a través del tacto.

Durante un día y medio, Sofía intuyó con las manos lo que se resistía a poseer con el cuerpo. Desconocía qué enfermedad se había apoderado de ella, pero la sudaría hasta el final; porque la vuelta a las convenciones silenciosas y a las mesillas de intercambio no estaba tan lejos.

Fue a una hora indeterminada de la penúltima noche, mientras las infidelidades sin nombre la tentaban desde el subsuelo de Londres, que escuchó ruidos familiares en el piso de abajo.

Siguiendo la geometría de las resonancias, se arrastró hasta el dormitorio, donde pegó la oreja a la moqueta para aprovecharse de las vibraciones sólidas de la madera.

A la portuguesa le desconcertó escucharse a sí misma. Reconoció las paradas y los arranques de su habilidad íntima, las treguas y las caricias; los chupetones. Identificó el ritmo de su respiración, la cadencia de las fricciones y los ascensos climáticos. Por alguna razón los suspiros le llegaban velados, disparados con silenciador, bajados de volumen; pero la evidencia periférica de los silbidos de las sábanas y la terquedad de los empujes sugerían traición por todos los poros. Para su propia sorpresa, Sofía no se sintió engañada, ni dolida; simplemente encontró aburrida la escenificación de sus rituales, mediocre la ejecución y previsible el orden de las sacudidas. Una semana antes, habría bajado armada a las familiaridades del piso de abajo; pero en aquel momento sólo se le ocurrió predecir lo que pasaría a continuación, porque ya lo había vivido. Si Rosario pretendía imitarla, tendría que disculparse para ir al lavabo en cuanto que todo hubiese terminado. Luego volvería para sentarse sobre la almohada –donde la respiración de Manuel arremetería contra su nalga- y palmearía con suavidad el pecho de su novio hasta que se quedase dormido.

Cuando se consumó el vaticinio, la portuguesa salió del dormitorio con la seguridad de que aquella intimidad no le pertenecía; y si los hábitos reincidentes la habían satisfecho hasta la fecha era porque se había equivocado de altitud. Andando de puntillas, para no importunar el post-operatorio de la réplica, regresó al cuarto de estar con ánimo perpetrador y con ganas de dormir –sin sueño.

Después de un día y medio de descansar a golpes de minutero, no encontró la forma de reivindicar su libertad, porque el silencio ensordecedor de sus sueños había cerrado por vacaciones. Sofía sufrió para conciliar el descanso y reconoció trabajoso adormilarse conscientemente. Intentó relajar todo su cuerpo, conceder tal independencia a sus músculos que los huesos pesasen toneladas y le costase enviar señales espinales para reiniciarlos.

Trató de empezar la correspondencia subliminal con la imaginación, recrear el pasillo y proceder al levantamiento de los cuartuchos. Primero, produjo la

sucesión de habitaciones y el enguatado de las paredes que la había esperado sesión tras sesión; y luego –para hacer tiempo- trató de calcular bajo qué punto de la ciudad estaría cada celda. La memoria consciente deshizo el encanto, porque dedujo que cualquier línea recta entre el London Bridge y Trafalgar Square cruzaría el Támesis. Resolvió entonces que el pasadizo no era recto, sino alabeado; y bordeaba el río vía Embankment. Al percibir la estación de Blackfriars en la superficie, sintió la compañía de su cuerpo; y juzgó que había conseguido su propósito cuando consiguió asomarse a una de las habitaciones autosuficientes.

La portuguesa heredó sin querer el virus procaz, que antes de abandonar para siempre a Rosario había dejado larvas en Sofía. No contento con haber desgraciado una saga y corrompido la huida de la fugitiva con sus camelos tramposos, se coló entre las pelusas de los cojines y mató a los demás parásitos para asegurar el contagio. El muy cabrón mutaba a voluntad, se transformaba para atacar las coordenadas débiles de sus víctimas; y así prolongar el reguero de tropelías. La bacteria, el microorganismo, se instalaba en las entrañas y redoblaba la producción de hormonas hasta nublar los sentimientos. Conforme el individuo se desensibilizaba, él crecía y cogía fuerza para una nueva mitosis –o un nuevo destierro.

Los hombres no tenían solución. Si nacían con él, tendrían que morir matando, porque no disponían de herramientas de renovación. Nada podría surgir de ellos a excepción de la bilis patógena y un riachuelo de desilusión que atribularía a sus mujeres. Sin embargo, las hembras eran capaces de proscribirlo, de hostigarlo vena por vena hasta dializarlo – porque ni siquiera las mujeres enfermas podían vivir sin sentimientos.

El proceso había abierto en Rosario la desaceleración y el microbio acabó por desprenderse de sus entrañas cuando una nueva habitante vino a ocuparlas.

Los dos gametos que se agarraban a la pared uterina de Rosario tenían nombre de mujer; y esa mujer se llamaría Clara. El primer éxito de la niña fue deshacerse del mal vírico que había hecho de su madre la amante pirata de infinidad de hombres. Incluso antes de desarrollar su inteligencia desmesurada, fue capaz de cortar las raíces del microbio con toda la fuerza de sus dos células sexuales. La concepción de la chica partió en dos la patología de las réplicas y concluyó con su llegada la época de las actuaciones. Si bien el embarazo acabó con el mal de estirpe, el

engendramiento llegó con el último arrebato copista del virus y dejó sangre portuguesa en las arterias de Clara. Mientras Sofía -privada de su salud- se dejaba escandalizar por la vulgaridad de sus relaciones sexuales, su reflejo aprovechaba la maravillosa regeneración del género para curarse.

La fugitiva sintió la liberación con el fin fisiológico de los apretujones, pero el restablecimiento repentino la golpeó con el puño cerrado. Todos los sentimientos contenidos desde la noche de las estanqueidades, en la que el frío de los suelos y la narcosis alcohólica facilitasen la infección, le cayeron en cascada al corazón y sólo la dejaron con fuerzas para continuar en silencio la estudiada dramatización de las intimidades. Se excusó para ir al cuarto de baño, tomó una ducha breve –porque los ingleses no veían de utilidad los bidés- y a los tres minutos regresó para recostarse contra el cabecero de la cama. Esperó a que Manuel se durmiese, sorprendida de que la culpabilidad no lo torturase a él también; porque a ella la evocación irreparable del amancebamiento pirata le trajo una angustia similar a la del orinal de Carmela. El silencio, se dijo, que lo debía poder todo.

La aflicción la encerró en el cuarto de estar, y la fugitiva volvió a evitar las inmediaciones del dormitorio. Permaneció allí, martirizada por la arbitrariedad de los bacilos y brutalmente consciente de su incapacidad para luchar contra ellos. Echó de menos las irregularidades arenosas de su diseño del descanso –y del placer- cuando se vio condenada al espesor mínimo de la moqueta. Se sentía incapaz de comer, dormir o mover ningún músculo, porque la fulminante sensibilización de sus voluntades le atacó las fibras con unas agujetas desmedidas.

Horas más tarde –la fugitiva había visto anochecer dos veces-, sonó un teléfono a su espalda. A pesar de la lactosa estéril que encharcaba sus músculos, descolgó a tiempo para identificar la voz de Sofía al otro lado del teléfono. “Pásamelo”, dijo la portuguesa. Rosario comprendió que ella también era susceptible a los tiempos de silencio; porque para evitar encontrarse con Manuel, dejó el auricular en la mesilla de los intercambios.

El instrumento patético y el atavismo presurizado del corredor se le revelaron fundamentales y el ruido capicúa de las puertas abriéndose y cerrándose se disipó de nuevo en las fracturas de la vivienda.

La portuguesa se despidió de su novio sin reproches, porque el virus se había apropiado ya de sus reflejos y no encontraba forma de sentir con ningún órgano. Por primera vez desde que la fugitiva llegase a Kentish

Town, presenció un berrinche compuesto de palabras y no de calma chicha.

Era demasiado tarde; porque mientras el portugués gritaba al teléfono, Sofía había dejado de escuchar.

La familiaridad de la vivienda estalló en todas direcciones. Ni la compartimentación de los tabiques pudo contener los reflejos transversales y cada cual tuvo que aprender a imitar las conductas de los demás en otro lugar. La portuguesa salió escopetada del chalet y no se molestó en recuperar sus pertenencias. Se marchó con lo puesto, dispuesta a tirar de tarjeta bancaria allí donde fuese. Rosario no tardó en huir de nuevo. Dos días después de que Sofía llamase por teléfono para anunciar que había salido para no volver, la fugitiva hizo las maletas. Voló a Boston, porque hasta allí la empujó la onda expansiva. A las tres semanas de llegar, se despertó con la inminencia de los vómitos; y un malestar reactivo que era incapaz de identificar se apoderó de ella. Atribuyó el desajuste a la explosión y supuso que las ascuas aún le ardían en el estómago.

Fue al alba de los primeros síntomas del embarazo que Rosario se cruzó con la portuguesa. Pasó por su lado en el mercado de Quincy y sonrió sin mirarla. La fugitiva consideró la coincidencia como un golpe de suerte, o de mala suerte; pero cuando se la volvió a encontrar en New Orleans y en San Francisco, temió que Sofía estuviese jugando a las cuatro esquinas con ella.

En Chicago perdió la paciencia y trató de abordarla. La agarró del hombro y le preguntó por qué la seguía. La chica adoptó ademanes autistas y arrugó la frente como si no comprendiese el idioma. La estaba confundiendo con otra persona; eso le dijo. Aunque no podía haber un doble más exacto, a Rosario le embargó la duda, porque a la portuguesa le había cambiado la expresión.

Aún tenía el aire inofensivo de siempre y las maneras escolásticas; todavía se movía pidiendo perdón por hacerlo, como si no le correspondiese el derecho a circular. Pero como buena moneda de curso legal, tenía otra cara guardada en la recámara; y el doble fondo estaba plagado de pústulas emocionales. La fugitiva reconoció la enfermedad que la poseía, porque también a ella se le había empastado la mirada con renuencia sentimental; y se preguntó cómo y cuándo se habría contagiado. Desconocía los mecanismos miméticos del virus y ni mucho menos sospechaba que hubiese aprendido a sobrevivir en la psicología de los objetos –no parecía aquel un lugar demasiado cálido para un bacilo.

Se preparó para darse de bruces con Sofía en cada nueva ciudad y, para colmo, empezó a escuchar historias que corroboraban la doblez vírica de su antigua vecina. Un día, en la cola del Starbucks, una señora le contaba a otra sus penas. Al parecer, una extranjera sin vergüenza había llamado a su puerta para ofrecerle la salvación espiritual. Y ella, que temía cada mañana su propia muerte y reconocía por las noches la inminencia del descanso eterno, la dejó entrar con las instrucciones impresas para resucitar en carne y espíritu. Le hizo todo tipo de preguntas: inquirió sobre el alma de los animales, porque ella podía prescindir de su marido en el reino de los cielos, pero no podría disfrutar del banquete sin su perro Perky. La acribilló a consultas y le rogó aclaraciones sobre las fases intermedias. Quería saber si sufriría dolor después de inconsciente y si la salvación era inmediata o requería de examen. La extranjera, muy metida en su papel de telepredicadora felicitó a la señora por su curiosidad y le aseguró que Dios se sentía ya orgulloso de ella. La americana, que nunca había escuchado un acento tan extranjero como el de la enviada, dio por sentado que aquella foránea de rostro inofensivo había aprendido a hablar el lenguaje divino antes que el humano. Agradecida por la respuesta a sus interpelaciones, la señora sacó a su marido de donde quiera que estuviese y le ordenó que la atendiese mientras ella se dirigía a los ultramarinos para comprar pastas de té. Al volver, encontró las instrucciones salvadoras desperdigadas por el suelo y prefirió esperar en el jardín a que su marido diese por terminadas las atenciones. Le dolió menos la infidelidad que la crisis de fe y decidió que en lo sucesivo no trataría con profetas ambulantes, porque las nuevas hornadas mesiánicas anunciaban el reino de Dios con tanta vehemencia que olvidaban los preceptos más básicos.

Por allá por donde iba la fugitiva, le llovían las parejas rotas por una extranjera misteriosa. Si bien la descripción física variaba y los rumores no se ponían de acuerdo sobre si era rubia o morena, alta o baja, la fugitiva vio en el furor suplantador de su avance un recordatorio de de sus antiguas ansiedades. La perpetuación del mal le aturdió la razón, y la rareza de los sentimientos encontrados se conjugó con la de los meses sin menstruación.

Aceptó al tercer mes que estaba embarazada, aunque se negó a comprobarlo a través de la orina, porque desde el día en que su madre viajase por los prostíbulos en busca de su destino no podía aguantar el suspense. Aunque ignoró las fases de crecimiento y trató de no pensar en el ser humano que

llevaba dentro, compró ropa dos tallas por encima. Le complacía inexplicablemente la forma en que su tripa rellenaba poco a poco las costuras de sus nuevos pantalones, y medía cada mañana la tela sobrante en torno a las caderas.

Clara se nutrió de los remordimientos de su madre –quizás por eso sobrepasó los cinco kilos al nacer-, que revivía a cada paso que daba las consecuencias de su etapa de calco y de su descontrol pirata. Allí por donde pasaba la fugitiva, llegaba a sus oídos el escozor de los ramalazos adúlteros que la portuguesa provocaba. No encontró palabra alguna para acotar la culpa cardiaca que le hervía la sangre. Al principio la estableció como medida de todas las cosas y buscó su reflejo en el resto de los sentimientos para estudiar los parámetros de su alcance. Con el paso del tiempo, el dolor se hizo crónico; y la decrepitud del miocardio a tan corta edad le hizo relativizar las coces del pasado. Dedujo que no había forma de vivir la vida decentemente porque a cada cual le tocaba su propio microbio; y no era cuestión de juzgar el suyo más maligno que el de los demás. Se esforzó en poner su vida en perspectiva, sacando las afecciones víricas de los procesos históricos. Y entonces se dio cuenta de que, una vez extraídas las bacterias, no le quedaba nada. Los gérmenes habían diseñado su existencia como en un arcade de comecocos; y ella los había sufrido con estoicismo.

Rosario observó los coletazos de su propia enfermedad en el reguero de despropósitos que escuchaba de estado en estado, desde Iowa a Delaware y de Alaska hasta Louisiana. Nunca entendió quién perseguía a quién. A veces se cruzaba con la portuguesa cuando estaba a punto de huir a otra ciudad, y otras se encontraba sin quererlo con la fama latente de las ingratitudes de Sofía. El mal lujurioso que la obligaba a capturar maridos y a doblegar voluntades se extendió por Estados Unidos. A medida que el proceso se repetía a lo largo y ancho de la geografía norteamericana, varias denuncias llegaron a los periódicos -a falta de tribunal que penase los delitos de la carne. Se la conocía en las publicaciones locales como la amante en serie, y la notoriedad huidiza de su personaje inspiró una miniserie para la HBO. El patrón de corte que llegó a la prensa primero, y a la pequeña pantalla después, la retrataba como a una esquizofrénica que esgrimía ternuras infantiles con las mujeres y una libido incólume con los hombres. Lo que los reportajes y los guiones desconocían es que la portuguesa era en realidad una chica pusilánime y miedosa, cuyas únicas

armas de asalto eran la diplomacia y la disciplina. Sin embargo el virus, hambriento de día y de noche, sajaba sus virtudes de bailarina y le descomponía el deseo en vectores traicioneros y trayectorias adúlteras. Las mujeres la tomaban por una célibe irredenta, un caso flagrante de despiste hormonal; y lo era en cierta medida, porque cuando el bacilo iniciaba sus reyertas microscópicas Sofía dejaba de ser Sofía. Se convertía en el recuerdo genético del virus y le podía el historial de sus conquistas sin sentimientos.

Para disgusto de Rosario, el mito de los amores infiltrados la persiguió por allá a donde fue; y a los seis meses de la última huida –y de embarazo-la fugitiva comprendió que la portuguesa la seguiría hasta el fin del mundo.

El germen de las desdichas se había propuesto acosarla, recordarle la posesión pretérita en venganza por deshacerse de él con la trampa de los gametos. No fue aquella una gestación ejemplar. Sitiada por las debilidades pasadas, la fugitiva infirió que Clara sería una criatura inquieta; porque con cada eventualidad vírica el diafragma se le subía a la tráquea y el corazón se le apretujaba contra las costillas. En las últimas semanas, confundió varias veces las contracciones torácicas con los retortijones del parto; por lo que cuando por fin rompió aguas, esperó con descrédito a que las punzadas ventrales aumentaran en intensidad y frecuencia para llamar a un taxi. La niña, sin embargo, no le devolvió nunca la tensión de sus arrepentimientos con una mísera patada, sino que se la guardó toda dentro y esperó a sobrepasar los cuatro pies para reembolsar al mundo los traumas de su gestación. Clara nació en el asiento trasero del coche, con el taxímetro prediciendo en milímetros la dilatación cervical de Rosario. Fue tal el esfuerzo en desproveer a la chica de su placenta, que según le cortaron el cordón umbilical en la misma puerta de urgencias, la fugitiva perdió la consciencia para no recuperarla en varios días. Los médicos reconocieron en su descanso comatoso una insensibilidad equivalente a la de cinco inyecciones epidurales.

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