Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 3 de 4 · parte 1/3

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Asmera

Acostumbrada a vislumbrar mensajes de eternidad entre…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Acostumbrada a vislumbrar mensajes de eternidad entre la programación de los canales del satélite, no le costó asumir que la voz de aquel ser desconocido era en realidad la de su heredero –o un reflejo de ella.

Tomando por cierta aquella premisa, la mujer disfrutó de sus repercusiones.

Dio por sentado que era verdad que su primogénito se hubiese hecho con los papeles del divorcio -porque allí estaba escrito- y, por la misma regla de tres, dilucidó que su nieto había decidido quedarse con su madre definitivamente. No lo culpaba. Era natural que quisiese huir de las turbulentas obsesiones familiares y vivir como una persona normal.

A Carmela le gustaba aquella forma indirecta de enterarse de las cosas.

Podía comprender lo que le pasaba por la cabeza a su hijo sin que él tuviera que remover las aguas de sus infortunios. Encontró el sistema de tal interés que se le marcharon como vinieron las intenciones divinas de frenar los relojes y se concentró en convertir el tablón de anuncios de su laboratorio del tiempo en un lugar de consulta de su pasado reciente. Estaba convencida de que si lo hacía, aquel señor que era la voz de su vástago tendría la oportunidad de leerlo.

A la fugada no le apasionó la idea de que una señora de dudosa estabilidad mental asumiese las premisas que ella se resistía a aceptar; porque Elena no pretendía encontrar nada detrás de los píxeles de su televisión ni consideraba su retrete el punto donde se destruía toda la materia orgánica del mundo. El hecho de que una viuda loca de atar disfrutase del polimorfismo envenenado de las historias de Asmera no era buena señal. Mientras la mística alegre de Carmela tuviese factores

comunes con el terror cuántico que le producían a ella los pseudónimos y las vidas invisibles, no podría respirar tranquila. Se dio la estancia de Clara bajo su techo como periodo acotado de interactuación; su despedida, la fecha límite para despejar las incógnitas conspiratorias que le lanzaba la comunidad del desnudo. Fuera cual fuese el estado de sus figuraciones para entonces, la fugada se prometió a sí misma que daría de baja el blog y no volvería a entrar en la comunidad del desnudo. Su mente no estaba para orgías. La complejidad simétrica y los valores clónicos entre el mundo virtual y el que podía tocar con sus manos la estaban desgastando más de lo que hubiese podido predecir. Casi necesitaba volver a los fluorescentes y festejar la umbría mediocridad de los días de oficina. Daría cualquier cosa por regresar a las discusiones con Carlos –o como quiera que se llamase en realidad- y a los descansos del mediodía para compartir sándwiches con la portuguesa. El timbre de los teléfonos le sonaría a canto de ángeles después enfrentarse al oscurantismo de aquellos seres camuflados que se habían propuesto condicionarle la vida.

Para dar un poco de intimidad a Clara, se llevó su ordenador del cuarto de vivir y lo aposentó en su mesilla de noche. A partir de entonces, empezó a leer desde la cama, recostada contra el cabecero y con el portátil sentado sobre su regazo. Los tres habitantes de la casa se repartían las tareas equitativamente, lo cual dejaba a la fugada en condiciones para dedicar diez horas diarias a la investigación de las redes cristalinas de Internet. Daniel, que la veía día y noche –entonces más que antes- navegando entre palabras, optó por no decir nada y continuar con el despliegue de indiferencia al que acostumbraba. Nunca se cansaría Elena de sentirse como una hábil marionetista que hacía pasar desapercibidos los hilos, imbuida de una cinética capaz de controlar sin ser controlada. Se había acostumbrado a ser la reina de la casa, a mandar sobre sus territorios y a actuar sin tener que dar explicaciones. En ocasiones se preguntaba qué le pasaba por la cabeza a Fernando, si no tendría curiosidad por saber a qué prestaba su atención mientras no dormía o atendía la casa. Por mucho que ella le dijese que estaba buscando trabajo, cualquier otra persona se habría revuelto contra la falta de información y la hubiese atacado frontalmente por incumplimiento de noviazgo.

Daniel, por el contrario, no se guardaba nada: toda carta -todo objeto-acababa a disposición de la fugada porque el hombre llevaba a gala dejarlo todo a la vista. Ella se detestaba a veces por jugar a los secretos con sujetos invisibles y no voltear las cartas para su pareja; pero terminaba por concluir que era mejor así, no había razón para que la inmadurez de su mundo interior saliese a arruinar las cosas. Además, la exhibición no sería su leitmotiv de allí en adelante. Seguiría actualizando su espacio, pero se cuidaría de no hacerlo con material susceptible de sufrir los agujeros de gusano de Asmera.

Fue al tercer o cuarto día de la llegada de Clara a la habitación de las filigranas de yeso laminado, que la adolescente comenzó a cerrar la puerta con pestillo. Le chocó a Elena que la chica prefiriese pasar las tardes en la soledad de los chaflanes de Pladur que tirar de la madeja de las ocurrencias propias y las desgracias de los demás. No creía que en su carácter de embaucadora cupiese darse por vencida y se preguntaba cuándo volvería a novelizar las indiscreciones de su blog delante de Daniel hasta que le sonsacase la autoría del reflejo internauta.

Al principio tomó la introspección de la chica como uno de esos desajustes de la edad e identificó su solipsismo recurrente con el sprint escolar y las presiones hormonales. Su sobrina estaba, a causa de los cuatro años de adelanto, en su último año de instituto; tenía a la vista la irrupción de la Selectividad y la elección de carrera. Para colmo de males, su madre había decidido irse a París justo cuando la candencia de la pubertad y los chicos de dieciocho años se le arrejuntaban en las esquinas de los ojos. Pero más allá de las obviedades, la avezada conciencia de Clara y la serenidad de anciana con que se relacionaba con el mundo le hacían sospechar implicaciones más periféricas y ejes menos meridianos. Se dio cuenta de que la inteligencia improbable de la chica la blindaba sobremanera y, desde la ingenua familiaridad que daban los cuatro de convivencia, no había quien le adivinase el porvenir –ni el presente.

Cuando al final las dudas salieron de la pupa metamórfica, lo hicieron para crear nuevas dudas, y otra vez las inexactitudes cogieron mal pertrechada a la fugada. Durante días había leído historias ajenas sin que le sugiriesen relación con las métricas telúricas que la habían amedrentado en

el pasado reciente. Casi había empezado a desconfiar de las redondeces pseudónimas y del concilio de los vientos capicúa, cuando se dio de bruces con un nuevo ingreso en la organización.

La neonata se llamaba Rosario.

Contuvo la respiración como la había contenido durante la noche de la vigilia, al descubrir los desvaríos de Ramón y el peloteo que se traía con Ana a cuenta de Leo. En detrimento de su corazón taquicárdico, la fugada leyó el perfil de aquella nueva agregada. La susodicha vivía en Montmartre, a dos pasos de Pigalle, y era una madrileña de mundo que actuaba en un vodevil de estreno en París. Tenía un niño pequeño, de ocho años, que había dejado al cuidado de su hermana en la capital de España, con la esperanza de triunfar como actriz natural y zafarse de los años de formación.

A la fugada le salió un hilillo musical de la garganta, un grito ahogado que superó el llanto y se convirtió en carcajada. Se rio con un susurro furioso, hasta que la enajenaron sus propias risotadas. Tan denodadamente celebró el temor al absurdo, que se cayó de la cama abrazada al portátil, tratando en vano de matar las agujetas ventrales. Quedó en el suelo, convulsionándose, hasta que el diafragma le dolió más que la denuncia de su cerebro.

Elena, precavida y quizás egocéntrica, sólo se permitía a sí misma lucir nombre de carnet de identidad en las oscuridades de la Red. Obviamente su hermanano se llamaba Rosario. Aquel nombre era el apodo asmérico que le había adjudicado, como lo había hecho con Daniel y con Clara. Y ahora alguien había tomado su descripción pseudónima para convertirla en otra réplica invisible.

Quince minutos de lectura le valieron para discernir que no se trataba de una broma burda y que detrás de aquello había un individuo informado.

Más informado que ella.

Como venía siendo usual, sus suposiciones sólo alcanzaron grado tentativo –había comprendido ya que la verdad tras las puertas del mundo físico estaba hecha de gradientes. En aquel momento, las sospechas porcentuales apuntaban hacia las tardes en soledad de su sobrina y las cerraduras con llave del cuarto de vivir. Ella era la única que podría relacionar una Elena con la otra, aunque sólo estableciese el vínculo de forma fraccionaria –como todos, víctima de la relatividad. Quizás Clara también necesitase dar valor a las variables infaustas de los inversos, los

opuestos y las equivalencias de Asmera. En el caso de que fuera su sobrina la que escribiese –y no encontraba otra solución lógica a la ecuación-, el cariz había ascendido a tragedia de situación o comedia griega: dos personas que vivían en la misma casa trataban de descubrirse entre los aciagos filtros de la exhibición, en vez de salir al pasillo a hacerse preguntas sin rodeos. El desnudismo retocado había llegado a su casa para violar los status quo y mearse en las normas de la convivencia.

Si Elena era buena con los pigmentos de microscopio, Clara sería mejor.

Había practicado la exageración coral durante años. Los habitantes de Asmera se parecían a los niños que compadeció en sus años preescolares, porque aquellas criaturas acababan de despertar a un idioma del que ella era académica.

Rosario decía ser una fugitiva –la tendencia a huir de la familia traspasaba las fronteras pseudónimas de Asmera. Sabía que su viaje a París era temporal y que, antes de que pudiese contar hasta mil, estaría de vuelta en Madrid interpretando su personaje ordinario. Permitirse una locura suicida como aquella bien pasados los treinta la devolvía a los rumores de deserción de la década previa. Aunque viajar sin descanso por el mundo le había llenado las alforjas de destrezas exóticas, la ofuscación escapista le dejó un sabor agridulce en los labios. Quien la conocía bien aseguraba que no dejaba rastro tras de sí, sino que iba levantando un muro etéreo que le prohibía volver sobre sus pasos. Rosario se comparaba irónicamente con un perro que emitía sonidos ultrasónicos, condenada a correr en una dirección opuesta a sí misma, impidiéndola establecerse en ningún lugar o reclamar sus pertenencias pasadas. Se regocijaba la fugitiva en su peregrinaje de comecocos; gozaba de los avances desiguales de la improvisación viviendo a salto de mata. Ella, que solía echar la culpa a los demás, sostenía que aquella forma de vivir le había caído en gracia el día que sus padres murieron en un accidente de tráfico.

De pequeña, vio a un mago sacarse un clavo del pecho a base de moverse a toda velocidad por el escenario, persuadiendo a toda su audiencia infantil de que se trataba de una variante del truco de los cordones y los nudos. Si aquel individuo había conseguido sacárselo a base de tirar de sí mismo, ella también podría hacerlo aunque eso significase abrirse la tapa de los sesos para sacudir directamente la memoria.

Su madre Claudia llevaba el coche aquella noche en la que se estrellaron y, aunque los análisis sanguíneos revelaron una concentración de alcohol en sangre mayor a la permitida, a Rosario no le importaron las pruebas ni el informe del forense: sabía que en última instancia fue la maldita fatiga lo que la mató. Encontró lógica la explicación de que al final se le cerrasen los ojos de tanto tenerlos abiertos.

Estaba casada con un marido inquieto, un seductor Mañara poco dado a conformarse con las flechas hospitalarias del amor comprometido. Su esposo Adolfo había contraído una enfermedad de estirpe por la que todos los hombres de la familia hacían sufrir a sus mujeres. Un gen donjuanesco se había apoderado de ellos y la herencia caótica de una entrepierna ágil le hizo continuar la leyenda crápula de sus antepasados. No importó que fuese indiscutiblemente feo, porque los ácidos de sus cromosomas estaban destinados a vencer cualquier barrera física o psicológica para asegurar su multiplicación. Aunque no entendía de ideas y no hubiera podido defender ni a sus propias hijas llegado el caso, sabía cómo hacerse la víctima y atacar las defensas de cualquier dama en la brevedad de una sola frase.

Su historia de amor era de género, porque para él todas las mujeres eran la misma, y cuando hablaba con orgullo de sus episodios románticos daba la impresión de referirse a una sola fémina formada por el recuerdo de todas.

Adolfo desoyó los consejos de su padre –consciente pero no arrepentido de su promiscuidad de semental-, que le recomendaba quedarse soltero para no condenar a nadie a sufrir de por vida la mutación del linaje y sus desasosiegos viscerales.

El género opuesto, por su parte, trataba de evitar sus rasgos inquietantes de individuo cejijunto y articulaba excusas para distanciarse de su piel cerúlea. Lograban cortar por lo sano y olvidar la calvicie pecosa de su calavera cuando no le dejaban hablar, cuando ponían tierra de por medio antes de que él las confundiera con sus palabras de cazador y el virus troyano de sus antepasados desvelase la sapiencia acumulada de la saga.

Pero si conseguía intercalar una frase en las despedidas que le dedicaban antes de conocerlo, la imagen de animal herido con don de gentes descomponía a sus interlocutoras.

Claudia se había resistido como ninguna otra. Todo el peso de su educación conservadora se opuso a que un hombre tan feo le desarmara orgullo y prejuicio con dos frases mal construidas. El pudor a tener que

reconocerlo como simple pretendiente le causaba un sarpullido inmaterial que no podía sino aliviarse con uñas y dientes. Sólo de imaginárselo a un palmo de distancia se le comprimía el paladar con un espasmo primo al de las arcadas.

Como ocurría con el resto de las conquistas, la madre de Rosario nunca supo explicar a sus hijas qué le hizo ir de un extremo al otro y enamorarse de él con la misma incondicionalidad con que antes lo despreciaba. Pero la misma fuerza que la frenaba antes del cambio de paradigma, la llevó a acelerar los trámites de la unión y casarse por lo civil un año antes de celebrar la boda religiosa, para consumar cuanto antes el matrimonio.

Adolfo fue fiel a su esposa durante dos años, hasta que nació Rosario, para luego ser fiel a sus principios de mujeriego insaciable. Cuando Claudia lo pilló por primera vez lo amenazó con el divorcio, pero él se defendió diciendo que era el único hombre en el mundo con el pene armado por estructura ósea. Según él, era un órgano con vida propia, que atendía a las mecánicas del celo y que, como en la mayoría de los mamíferos, funcionaba sin mediación volitiva.

Su mujer ignoró el sinsentido fálico y recordó las advertencias que su suegra le dedicase días antes de la boda. Cuando la señora le confió que, por una mutación genética, todos los varones de la familia acababan perdiendo la cabeza, ella pensó que se referiría a una enfermedad degenerativa que les llegaba de viejos. Pero a la luz de los cuernos sucesivos comprendió que se trataba de una maldición que se les atravesaba en la pubertad.

Incapaz de dejar de querer a Adolfo, aún cautivada por las palabras misteriosas que la convencieron a ella y a otras tantas, trató de ocultar su vergüenza a la vista pasajera de familiares y amigos. En el fondo, se sentía culpable por haber fracasado como mujer; y ni siquiera la contrariedad insalvable del espíritu de la saga le calmó el gusto biliar de compartir a su marido.

El nacimiento de Elena coincidió con el cuarenta cumpleaños de Adolfo y la predeterminación de la enfermedad hizo que se redoblaran sus impulsos carnívoros. Cuando el padre de Rosario se hizo consciente de su envejecimiento y el virus se enfrentó a su propia mortalidad, el gen actuó de oficio con obstinación de bacteria y trató de salvar su posteridad empujando al hombre montaña abajo. Para cuando su segunda hija cumplió tres años, él

tenía tantas amantes que no le cabían en un mes de calendario. En épocas de vacas flacas, cuando no encontraba quien cubriese el ritmo inmensurable de sus prioridades, acaba visitando prostitutas y se ausentaba del hogar durante semanas.

Lo que más le preocupaba a Claudia no eran las hieles de la infidelidad.

Seis años después de la primera, el callo de la traición había construido diques y su resolución de madre se concentró en mantener a las hijas alejadas de la ignorancia sintomática de su padre. Las convenció de que sus entradas y salidas tenían explicaciones plausibles: el trabajo lo levantaba a horas intempestivas de la noche y él se marchaba diligente por lo que apreciaba la seguridad de su familia. Las niñas salvaron la infancia en la creencia de que Adolfo era un gregario sometido a la voluntad de sus jefes y que la responsabilidad lo mataba. Lo creyeron de veras hasta que Rosario cumplió trece años y sus propias experiencias iniciáticas la convencieron de que había gato encerrado. No ayudó que un día, en ausencia de su mujer y con los niveles de necesidad por las nubes, su padre llevase a uno de sus confundidos ligues al calor de la casa y lo metiese en el dormitorio. Cuando por la mañana -dormidos uno sobre el otro- recibieron la visita de Elena, la niña se echó a llorar a falta de protocolo que seguir. Sólo tenía cinco años, y con toda seguridad el sistema encefálico adulto reduciría la evocación de aquel recuerdo a un bucle inmemorable. Tras el sollozo de incomprensión de la fugada llegó Rosario, que mandó a su hermana a la cocina y se encargó de enfrentarse a la situación. Abroncó a su padre y llamó “furcia” a la amante, que sólo fue capaz de enfundarse los pantalones y el sujetador ante la presión física y verbal de la hija mayor, mientras la echaba a empujones de la casa. Cuando consiguió que la descamisada saliese por la puerta, volvió a por Adolfo y le aseguró que nunca volvería a considerarle su padre.

Cuando Claudia regresó, Rosario se guardó cualquier comentario que hubiese pensado hacerle porque creyó evidente que aquella no era la primera vez que su padre tomaba el primer desvío de la nacional. Tan segura estaba de la frecuencia, que tomó la reiteración de la falta como un claro signo de dejación marital por parte de su madre. Poco después de ver a una desconocida reposar desnuda sobre el cuerpo peludo de su padre, comenzó a dudar de quién era el verdadero culpable de la situación y,

saliéndose por la tangente, vejaba a sus padres de la misma manera cuando quiera que tuviese la posibilidad.

La madre, desbordada por la repentina reacción de Rosario, infirió que no solamente era una malograda esposa, sino una madre vencida también, y se dijo que era cuestión de tiempo que Elena se volviese contra ella.

Aunque nunca se enteró del incidente, Claudia asumió que su hija mayor era suficientemente adulta para reconocer un matrimonio fallido y la ecuación de los polvos y los lodos le tapó el último resquicio de optimismo con el que veía el futuro de la familia. Hasta entonces, se había dejado seducir por sus propias convicciones: creyó que cuando la pitopausia alcanzase a su marido en los néctares de un nido ajeno, se desplomaría en el propio y se comportaría como un padre practicante –quizás también como un abuelo respetable. Se pensaba que su calma de lustros la compensaría, como si se hubiese encargado de cualquier otro tipo de enfermo; y que cuando su marido se recuperase, tendría una familia como las que le habían enseñado a formar en el colegio de monjas.

Pero en vez de eso, Rosario la estaría culpando para toda la vida por algo que no había elegido.

En la última de las escapadas de Adolfo, que duró diez días, su hija le dijo que aquella no era forma de estar casada y que se figuraba que, si su padre se iba a buscar compañía fuera, era porque ella no sabía satisfacerlo.

Apremiada por la insistencia e incapaz de adueñarse de su matriarcado omnipresente, cogió el coche y tomó la determinación de ir de burdel en burdel hasta encontrarlo.

Cuando lo hizo, dos días más tarde, se mentalizó para llevarlo a casa y atarlo a la pata de la cama si hiciese falta para volver a una normalidad que no había experimentado desde el primer año de matrimonio.

Lamentablemente, su arrojo era humano y en el camino de vuelta cayó en la cuenta de que llevaba cincuenta horas sin dormir. Su último pensamiento fue que debía parar a descansar en el primer desvío de la autopista.

La fugada se despegó del portátil. Empezó a andar de un extremo al otro de la habitación, víctima de un pinzamiento estomacal de antaño y de unas ganas de llorar paralelas a las de la pequeña hermana de Rosario. Aunque su madre no había muerto en ningún accidente de coche, sino consumida por el cáncer, y su padre había desaparecido del mapa poco después, a

Elena se le agarró la parábola a las entrañas más dolorosamente que si se hubiese encontrado de frente con su biografía. Como por arte de magia, la imagen de una mujer que no era su madre descansando sin ropa sobre el cuerpo velludo de su padre se le había formado en la mente con claridad fotográfica. La escena se le antojaba más real que sus paseos en el dormitorio y que las formaciones de yeso al otro lado de la pared. Su padre no era feo, más bien todo lo contrario, y desconocía hasta qué punto su trayectoria de infidelidades se acercaba a la de Adolfo, pero la repentina llegada de un flashback de tiro forzado le subió al consciente el arañazo de un recuerdo nefasto.

Los remordimientos de la otra parte contratante se le anudaron a la garganta y, durante un rato, se olvidó de los misterios de la autoría y se vio a sí misma angustiada por los pecados ajenos. De repente, asumió que la codificación errante de la vida fugitiva de Rosario y sus propias impulsiones de fugada estaban hechas de la misma pasta que aquella deformación espuria de su infancia.

Si era Clara la que estaba hiperbolizando sus recuerdos desde el otro lado de los anaqueles de Pladur, la chica sabía más sobre Elena de lo que ella misma podía recordar. La posibilidad de que Rosario le hubiese servido en bandeja el mapa de sentimientos de su tía le pareció improbable y los recodos de la duda razonable la enviaron de vuelta a la incertidumbre.

Quizás fuese su hermana la que, después de todo, había construido un avatar a su imagen y semejanza para barrer de los anales de la evocación todas la inquietudes que la obligaban a huir. Contra esa posibilidad, no obstante, se erigía jactanciosa la barrera de la ficción. Porque no veía a su hermana capaz de hacer y deshacer en las corrientes de los hechos hasta conformar ilusiones con significado.

La tercera opción, más descorazonadora que todas las demás, era que todo se debiese a la incomprensible actuación del pensamiento cuántico, que tan pronto veía las palabras inofensivas como se enmarañaba en el proceso de comprensión y acababa viendo sus chispazos neuronales desde fuera. Si así fuese, Elena estaría detectando réplicas de sus propios sismos en epicentros de otros terremotos.

Consciente de que el avance de sus suspicacias tenía visos de proceso degenerativo, continuó la lectura en un intento de afrontar la crisis de forma

desprejuiciada, tratando de disfrutar de la pérdida control como si estuviese bajo los efectos implacables de un alucinógeno.

La Rosario adolecente se culpó por el percance. Tras descubrir que su familia era una farsa había deseado que sus padres muriesen –si ella iba a tomar el papel de maestra de ceremonias en la casa, aquellos dos no pintaban nada. Y cuando a su madre le venció el cansancio después de verse derrotada por todo lo demás, no encontró lógica alguna que la librara de su acusación y veredicto.

La fugitiva se fue con Elena al caserón de la abuela paterna en Cercedilla y durante más de cinco años se dedicó a sacarla adelante como si fuese su propia hija. Fue allí cuando la madre de Adolfo le habló por primera vez del virus faldero que convertía a sus portadores en atorrantes sin remedio y, desde aquel preciso momento, se empecinó en no hablar con ningún hombre a no ser que se mantuviese a una distancia prudencial, creyendo que el desajuste hormonal era más una epidemia de género que una injusticia de estirpe.

Tan responsable se sentía de haber dejado huérfana a su hermana, que abandonó los estudios para darle unos a ella. No contenta con trabajar y cuidar de todos menos de sí misma en aquella casa de Bernarda Alba, se quitó el luto de las manos para que Elena no creciese con más pecados originales de los necesarios y convirtió las esquinas lúgubres de la mole rural en un homenaje a la luz.

Un día de verano, Rosario entró por la puerta con un regalo envuelto.

Era una caja enorme en la que retumbaba el ronquido disonante de miles de piezas sueltas y engarzadas. Cuando la pequeña se abrió paso entre el papel de flores y desmembró las articulaciones de celo a arañazos, puso al descubierto un puzle de cinco mil piezas. Era un poster mural en el que los dibujos animados más famosos de todos los tiempos construían laboriosamente un rascacielos. Sobre una imagen neoyorquina en blanco y negro, se habían superpuesto personajes tan definidos que nunca llegaban a comulgar con los trucos perspectivos del fotomontaje y parecían flotar entre forjados expuestos. Contra el grano grueso -ligeramente sepia- de la foto de época, sobresalían como implantes las pigmentaciones sin escala y la nitidez invariable de cada extremidad, de cada accesorio. Elena no dio importancia a las fuerzas que parecían sacarlos del rompecabezas, ni que

los tonos monocromos del fondo quisiesen deshacerse de sus invasores grafiados. La niña comenzó a construirlo aquel mismo día. Rosario resolvió que la niña usase el cuarto donde el abuelo había dormido solo sus cinco últimos años de vida para pagar a plazos los perjuicios de su mal de saga.

Entre las dos retiraron la cama en la que el hombre había dejado sus últimos sudores –en las sábanas aún se podía oler la estanqueidad de los humores sin compartir- y enrollaron la alfombra que cubría toda la habitación con vocación de moqueta. Barrieron y fregaron la ausencia de muebles hasta que dejaron las caras del cubículo sin el polvo de las horas ermitañas del abuelo. Con la ausencia del peso histórico, el receptáculo se convirtió en el lugar perfecto para los juegos de Elena. Como no había mesa que pudiera absorber la extensión insumisa del mural, las hermanas tomaron la madera del parquet como centro de operaciones. Tardaron todo un fin de semana en batear las piezas en busca de los extremos lineales del contorno, y al menos otro en unirlos para establecer los límites del proyecto. Bajo la dirección de Rosario, la niña se dedicó a concretizar en grupos tonales la inmensidad restante. En diez días, separó la monocromía de las preexistencias neoyorquinas de los rojos y amarillos, de los azules y los complementarios.

Eventualmente, instalaron una tabla sobre dos borriquetes para que la niña pudiera trabajar en partes separadas del puzle sin tener que gatear por el suelo. Se admiró la fugitiva de la clasificación metódica de su hermana pequeña, que iba más allá de la vulgar disciplina que pretendía imponerle.

Elena tomó los grandes taxones y los subdividió en montones donde dominaba un color o una textura, hasta que se quedó con un puñado de piezas dudosas, demasiado complejas para ser clasificadas. Un mes más tarde la montaña insondable se había convertido en decenas de montículos temáticos que distinguían factores de predominancia cromática y graduación de gama. Ensimismada en abordar las imprecisiones de un ejercicio que no dominaba –y al que no se había enfrentado en fases de dificultad ascendente-, se le olvidaron las añoranzas parentales. Abandonó la morriña como sólo podían hacerlo los mocosos que no levantaban tres palmos del suelo y, aunque había sufrido más que nadie el repentón de las desapariciones, pronto los vacíos sin nombre se nominalizaron con las novedades de la casa de la sierra. Rosario consoló sus urticarias de culpabilidad con la seguridad de que al menos una de las tres crecería con paz de espíritu; y con esa clarividencia, se las apañó para llevar un sueldo a

casa, cocinar tres comidas al día y encontrar tiempo para colaborar en la construcción del puzle.

En vez de armarlo todo a la vez, decidieron atacar la nitidez de los personajes a partir de la especificidad de los montones. Siguiendo la imagen impresa sobre la tapa del rompecabezas, empezaron a definir las manchas de color continuo para luego pasar al territorio fronterizo de las piezas de transición –que de tan definitorias carecían de vocación propia. Cuando lograban formar una figura con suficiente descripción de borde y una resolución interior que permitía la identificación del dibujo, las hermanas lo transportaban sobre papel y deslizaban la estructura parcheada sobre el parquet hasta el punto relativo que consideraban debía ocupar en el rectángulo. Cuando Rosario volvía del trabajo, se encontraba con nuevos individuos recortados contra las láminas de madera, denunciando la independencia de personajes y fondo antes de que Nueva York hubiese hecho aparición. Con el paso de los días el crecimiento espontáneo de islotes de color se confirmó en una dominancia de archipiélago. La suma mestiza de partes sentó las bases de un sistema de boyas que ayudaría a referenciar la inmensidad de la ciudad de los rascacielos. La disposición sobre el suelo de la red de color sitió los grises del fondo y articuló el puzle en una coyuntura amorfa de rompecabezas más pequeños. Sin embargo, la monocromía del edificio en construcción, sus grúas y la asociada disociación de texturas urbanas rompió las estrategias. La estructuración de las guerrillas pigmentarias dio paso al tedio de las probaturas. Todas las piezas restantes –en torno a las dos mil- compartían la misma composición de trazas plomizas y opacaban aún más las oscuridades a las que pertenecían. Con condiciones adversas, el ritmo de producción cayó en picado. De repente, las curvas particulares del diseño de cada ficha cobraron importancia en medio de una turbiedad sin cualidades y, en cierta medida, la tecnología de los bordes le facilitó la creación de nuevas conexiones.

Rosario, que vio en la instrucción rigurosa de Elena una herramienta para fortalecer su determinación e inmunizarla contra las debilidades antónimas de la tragedia familiar, trató de avivar las llamas de la disciplina.

Cada noche entraba en el cuarto del mural mientras todos dormían y retiraba varias piezas del puzle para devolverlas a los montones.

Convertida en una absurda Penélope de seis años, parte de las puntadas que daba por el día se le deshilaban mágicamente por la noche. Como en las indeterminaciones grisáceas del fondo todos los gatos eran pardos, la chica no se dio cuenta del truco nocturno y redobló los rigores de su entrega. A veces notaba cambios en la superficie cicatrizante del rompecabezas, pero supuso que se debería al mismo catalizador que alteraba las distancias en las pantallas de cine. Cuando en una persecución de película parecía que el villano estaba a punto de alcanzar al héroe, la métrica del celuloide lo devolvía a una separación moral de cincuenta metros. Y vuelta a empezar.

Las manipulaciones de Rosario hicieron que Elena convirtiese el tesón libertino de la familia en una constancia de método. Sin embargo, aunque el trabajo extra motivó la dedicación de la chica, la descompensación entre esfuerzo y recompensa introdujo una variable neurótica e impulsiva que ayudaría a convertirla “en la fugada que es ahora”.

El salto mortal al presente tomó por sorpresa a la lectora que, si bien se había habituado a la vocación de oráculo del blog de Rosario, no esperaba un vínculo tan obvio con los pseudónimos de su propio espacio.

Obviamente, Elena nunca había vivido en un caserón -ni en Cercedilla ni en ningún otro lugar- y los recuerdos que tenía de su abuela materna eran difusos cuando no de segunda mano. Pero sí recordaba el puzle. La anécdota real era más insignificante y menos coral; su padre fue el que llevó a casa aquel rompecabezas de ratones, perros y conejos famosos que construían un titán de entreguerras. Rosario renunció al regalo en cuanto Elena desveló las mil piezas que lo componían. La fugada –que en realidad era sólo dos años más pequeña- se tomó el juego con devoción religiosa.

Aunque la enormidad de la tarea tenía cuatro mil preocupaciones menos, siguió un orden clasificatorio parecido al descrito en los renglones anónimos de Asmera; y al igual que en la recreación paralela, llegada a cierto punto, se estancó entre las manchas pardas de la ciudad. Ineficaz para cerrar los vacíos grises casi negros, acusó sin pruebas a su hermana de estar deshaciendo por la noche el trabajo que ella hacía durante el día. Y el padre mandó a Rosario a la cama sin cenar.

No era la distorsión lo que acobardaba a la fugada, sino la intimidad de salón a la que los seres invisibles tenían acceso. Si podían llegar a la

cotidianeidad accesoria de los días de la infancia, sus temores tendrían más fundación, y menos intervención casuística o cuántica cerebral.

Su hermana era una mujer compleja e impetuosa; pero no era del tipo de personas que iban desconcertando a los demás en bufonadas públicas. No se la imaginaba reinventando su propia existencia desde alguna topera de París, ni la veía dedicando la última de sus huidas a apropiarse de nomenclaturas foráneas que aturdiesen las certezas más inmediatas.

Instigada por la seguridad de la deducción reincidente, buscó entre sus cajones la llave del pestillo del cuarto de vivir. Hacía dos horas que Clara se había encerrado en la habitación de las estanterías y, según sus cálculos, estaría lanzando más morralla deconstruida al portal de los símiles y los seguros azares. Salió al pasillo con relativo sigilo y se plantó delante de la puerta que, paradójicamente, había pasado de guardar sus secretos a contener los de su sobrina. Esperaba encontrársela tecleando uniformemente, ligeramente encorvada y con la barbilla remetida hacia el esternón en gesto de concentración. Sin embargo, cuando abrió la puerta se topó con Clara sentada delante de un espejo, sin camiseta y con el sujetador ahuecado, dibujando con el índice círculos mínimos en torno a sus pezones.

-Tía, ¿no te han enseñado a llamar a la puerta? – lo dijo como si la estuviese esperando.

Elena blandió una mueca de disculpa, se agarró al marco de la puerta -

sin saber si irse o quedarse- y no supo dictaminar quién había pillado a quién in fraganti.

Para cuando Elena acabó el puzle interminable, ya había acuñado en la misma moneda la rigurosa disciplina y la angustia vital que la llevarían a dejar Territorio Político para exponer metódicamente sus contradicciones.

Poco después de armar a su hermana con aquel cuchillo de doble filo, Rosario trató de aplicarse la misma medicina de empeño y concentración, con la esperanza de superponer la carta de ajuste a las persistentes imágenes del depósito de cadáveres. La enorme efectividad con la que se hizo cargo del caserón de la sierra no dejó indiferente a nadie en la vecindad. La fugitiva se deshizo de los cortinones de otro siglo que habían oscurecido la vida de sus antepasados durante décadas e hizo agrandar las ventanas miserables de los muros portantes hasta convertirlas en cuadrados abstractos que iban de suelo a techo. Ordenó a los operarios apuntalar los

dinteles según se iban deshaciendo de la fachada y reforzar los cargaderos con viguetas de hormigón incrustadas en la piedra granítica de los muros.

Con sus propias manos desahució el olor a pasado de las habitaciones y desterró el moho de la descripción de los arcones. Echó a escobazos los últimos vestigios de la libido patógena que había desaparecido con su padre, pero que aún se agarraba al mundo en las vetas de los muebles.

Rosario dispuso unas zancas de madera que atornilló con angulares al entresuelo de la escalera, sobre las que hacer deslizar los pesados enseres.

Cada vez que escurrían cómodas y aparadores hasta la planta baja, los ataban con un arnés casero hecho de tres cuerdas: dos en los extremos, anudadas entre sí en un remedo de cruz de San Andrés, y una central que simplemente daba una vuelta a la sección del objeto. Elena y la abuela se situaban a los lados, tratando de igualar la descompensación de los extremos, mientras la fugitiva sujetaba y liberaba la maroma media. La repetición del proceso liberó la casa de los arcaísmos del tiempo e introdujo un minimalismo involuntario que purificó el aire rancio de los altillos. La intuición de Rosario dio con la ventilación cruzada, que consiguió disipar los cinco tipos de toses que la matriarca octogenaria almacenaba en los pulmones.

Cuando todos los fantasmas de madera y sus pesadillas talladas quedaron contenidos en el porche sin coches que sobresalía del volumen de la vivienda, la fugitiva decidió sacar beneficio de la quema de brujas y vender los muebles al público. En ratos perdidos, reparó los desperfectos causados por la fricción con las zancas, lijó las superficies sin destruir los grabados ni los detalles labrados en la madera y protegió las heridas con lacas y barnices. Encargó a la copistería local quinientas octavillas con el anuncio de un mercadillo dominical de antigüedades y repartió los impresos casa por casa en un radio de tres kilómetros a la redonda.

Rosario, que en el anonimato de la vida privada era un paradigma de introversión y sólo hablaba lo necesario para que las cosas funcionasen, desarrolló un heterónimo empresarial capaz de gritar desde las calles para que la gente se asomase a las ventanas. La chica interiorizó sin grandes dificultades el paciente apresuramiento de la dialéctica interesada. Adoptó naturalmente la camaradería condicional y la generosidad expectante del vendedor hasta tal extremo, que casi no se le notaba la afectación del cálculo cuando sonreía ni delataba intranquilidad contra la indiferencia.

Llegado el domingo, inauguró la Primera Feria del Mueble Antiguo de la Sierra en tres movimientos: tiró de la puerta metálica del garaje, dejó a Elena al cargo de la limonada y situó a la abuela detrás del cajón que hacía las veces de caja registradora.

Aunque la primera venta no llegó hasta pasadas las diez de la mañana y eran sobre todo curiosos los que subían al caserón, la fugitiva desarrolló un sexto sentido para leer en el lenguaje corporal quiénes de los que entraban al porche lo hacían con ánimo de compra.

Se hizo con una dulce testarudez para salvar los regateos de los hombres y simuló estar del lado de las mujeres ofreciéndoles mejores precios que a sus maridos.

La profesionalidad innata de Rosario mantuvo constante la entrada de dinero en caja, hasta que a media tarde hubo que vaciar el cajón registrador en una bolsa de piel. Para cuando anocheció, no creyó necesario encender los halógenos que tenía previstos; porque sólo quedaban dos sillas viejas que habían habitado el porche desde antes de que Rosario pusiese pie en la sierra.

La fugitiva las sacó al frescor parrao de rebeca y, ofreciéndole una a la abuela, se sentó en la otra. Mientras se desprendía de los zapatos, que estaban matando sus pies de adolescente, hizo un signo a la fugada para que se apoyase sobre sus rodillas. Cuando Elena saltó literalmente al regazo de su hermana, a la octogenaria se le escapó una sonrisa de satisfacción almodovariana y anunció: “Ya me puedo morir tranquila. Está claro que no necesitamos a los hombres.”

La señora debió sentir una laxitud inmensurable, porque comenzó a decaer de alegría. En menos de una semana, emancipada de la dependencia gris que la había condenado a ver tres generaciones de hombres enfermos, aflojó la válvula de las precauciones hasta que se debilitó sin solución. En cinco días dejó de comer, presa de un nirvana sin meditación que le surgía de los poros de la piel y de las papilas gustativas. Hasta que el acceso de paz interior la mató de felicidad.

Elena y Rosario enterraron el cadáver escuchimizado de su abuela.

Sufridoras como eran de la herencia descastada de una saga de cerdos, dudaron durante días si debían llorar o celebrar la muerte de la señora.

Como no llegaron a alcanzar un acuerdo, las hermanas se repartieron los papeles. La mayor, acostumbrada a soportar el peso moral de los dolores guadañiles y a cazar al vuelo las balas nostálgicas para proteger a la fugada, volvió a tomar el rol incómodo de los vacíos y las burocracias. Mientras tanto, la niña despachaba a sus vecinos las cronologías milagrosas de emancipación póstuma de la matriarca. Hubo quien sugirió proponer su beatificación al Vaticano, pero incluso la ingenuidad de una Elena de seis años juzgó el movimiento innecesario. Si la abuela había aguantado las perrerías de los hombres sin una religión conocida, no era cosa de ingresarla en una a todo correr ahora que por fin estaba descansando.

La fugada había perdido el hilo de la metáfora. No acababa de entender cómo encajaban las reformas del caserón o la muerte de una abuela ficticia en las coordenadas de los parentescos asméricos. Sin embargo, la desviación de la crónica melliza hacia terrenos de incomprensible interpretación había aliviado la tensión de los últimos descubrimientos.

La única muerte que Elena había compartido con su hermana fue la de su verdadera madre, y su recuerdo no dejaba espacio para felicidades paliativas. Quizás Clara, Rosario o los seres invisibles de la organización del desnudo se dedicasen a crear espejos borrosos en donde los escritores viesen la imagen cauterizada de su exposición. Aunque jugueteó con aquel pensamiento durante unos segundos, se distanció de él tan pronto como las consecuencias de la identificación pública se le añusgaron en la garganta.

Mientras que todo permaneciese en el laberinto de las trampillas pseudónimas, no había de qué preocuparse; pero si la semántica de los personajes inmateriales resolvía denunciar las conexiones con nombre y apellidos, la plácida desnudez del exhibicionismo dejaría paso a la desplumadura de los colchones y el desgarramiento de las redes de seguridad.

A Elena le imponía la ficción. Dejando a un lado la firma del allanamiento testimonial, la suplantación de unas efemérides por otras -

inventadas- destruiría toda la potencia de sus verdades de mesa camilla. En comparación con las enfermedades genéticas y las muertes felices del blog de Rosario, las limitaciones sinceras de su crónica despuntaban banales. No podía competir la fugada con la leyenda aurea y los formatos hagiográficos de las concavidades de Asmera.

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