Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 2 de 4 · parte 1/3

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En la calma chicha del retiro, se…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

En la calma chicha del retiro, se olvidó de crear coartadas porque no había nadie a quien dar explicaciones. A los tres años de llegar a Nueva York, comenzó a recitar sus propios monólogos y a registrar la repetición de sus ritos en un diario. Junto a las variaciones sobre un mismo tema de sus días, Ramón comenzó a incorporar los datos inacabados de su historia. Si Elena pretendía abrir sus heridas y cauterizarlas, como Millás, a él no le importaría pasar el resto de su vida cerrándolas. Había aprendido a encontrar una cierta satisfacción en la forma en la que los días se enroscaban unos con otros en un mosaico de símiles y la vida de extranjero daba vía libre a sus propósitos.

Con el tiempo se hizo relativamente famoso en el Village y en ciertos circuitos alternativos de Los Ángeles. Nunca llegó a triunfar o llegar al gran público, pero el gremio le respetaba y le reconocía –irónicamente- como una suerte de maestro de maestros: “un torbellino creativo demasiado torturado para el entretenimiento”.

Casi una década más tarde, su madre lo llamó al móvil tras años de silencio. Antes de que lo saludase con la voz enfermiza anterior a los tiempos bíblicos, Ramón entendió que su padre había muerto y lo enmudeció no saber cómo responder a la noticia. Se entristeció primero por no poder arrojar un recuerdo filial sobre aquella máquina de inaugurar colegios y luego, para su sorpresa, se sintió arrobado por la mortalidad, como si el simple hecho de que alguien como su padre también muriese facilitara las cosas. Para cuando lo enterró en Madrid junto a su madre comprendió que había sido un estúpido durante mucho tiempo. Cada palada de tierra que echaban sobre el féretro desdramatizaba más y más las circunstancias de su vida, reduciéndolas a simples males, a bromas de cómico que habían durado más de cuarenta años. Allí, con su madre a la derecha y una multitud de desconocidos de todas las nacionalidades, Ramón tuvo que morderse los labios para no reír, para no morir de la risa.

La herencia incalculable de los bienes de su padre le aseguró una independencia económica insultante. No sólo viviría a todo tren durante el resto de sus días, sino que podría garantizar la misma tranquilidad a sus hijos, si alguna vez los tenía. Dudaba Ramón de tal eventualidad, como

dudaba de su propia virilidad tras los años de castración psicológica a los que la había sometido, y cuando por las noches soñaba encuentros fortuitos con mujeres desconocidas se levantaba con sudores fríos y ganas de llorar porque incluso en las regiones oníricas temía muerta su masculinidad.

Alquiló un piso en Arguelles, decidido a quedarse en Madrid porque se había cansado de sentirse extranjero. Viendo más clara que nunca la interpretación de su existencia y abrumado por todo el tiempo perdido, trató de esquematizar la historia de sus errores para que nadie más tuviese “que vivir la vida desde paisajes tan miserables”.

Siguiendo costumbres norteamericanas, cocinó el único postre que conocía –tarta de calabaza- y llamó a la puerta del otro lado de la escalera.

Ana apareció así en su vida, salida del otro extremo del rellano. Su vecina era una madre soltera que había dado dos veces la vuelta al mundo; una mujer vivaracha, al borde de los cuarenta, que a pesar de no saber expresarse con demasiada fluidez demostraba en cada sílaba una perspicacia omnipresente, como la de una catedrática de la razón que hubiera descabalado el lenguaje por desprecio a sus límites. Ana creía sobrevalorado el sexo; y no quería -o no podía- evitar hablar de sus múltiples amantes para respaldar su teoría. Para ella las caricias eran la forma suprema de contacto y se había prometido no acostarse con nadie que fuese incapaz de hacerla temblar sólo con las yemas de los dedos.

Ramón probó suerte después de tres horas de conversación y la almibarada réplica de uno de sus monólogos neoyorquinos. Cuando se fueron a despedir en la puerta, Ana sintió la mano del cómico tirar de la suya y, arremangándole la camisa, deslizó los dedos sobre sus muñecas. El tacto extremo de Ramón la cogió de improviso y la línea que separaba mano y antebrazo se le reveló como un terreno de placer más allá de la mediocridad adulta, como un descubrimiento adolescente que no esperaba a estas alturas. Ana exhaló un gemido de ternura y aquel simple descuido inconsciente abrió en él la caja de los truenos. Ella lo había seducido sin querer en un intervalo instantáneo y la pasión cegó en su memoria la historia de su vida y lo redujo a la simplicidad cardinal de un chimpancé.

Ramón se dio de bruces con un ímpetu enfurecido a fuerza de años de hibernación. Ana no esperaba un adolescente de cuarenta y cinco años, pero la ansiedad descomunal de años de fermentación la pilló desprevenida y él tomo su estupor por deseo en el trasiego de los apretujones. La sangre no le

llegó al cerebro esta vez para denunciar la imperfección de piernas y brazos en movimiento, la limitación metódica de la carne o el obstáculo de su propia inexperiencia, sino que bombeaba desconsolada su vientre y le acercaba a una taquicardia liberadora.

Ana no sabía de dónde salía aquella desesperación sempiterna, aquel grito que de tan cálido sólo podía venir de la madre de todas las soledades, y se sintió primeriza a pesar de sus más de cien amantes. Aunque sabía que su hijo estaría a punto de volver de la escuela, la fuerza convulsa de sus propios sentimientos y la imposibilidad de frenar a aquel hombre sentado a horcajadas sobre ella le hicieron abandonarse al calor insoportable de aquel gélido día de invierno.

Cuando el peso de todas las ausencias de desató en ambos al mismo tiempo y Ramón rodó hasta los confines del otro lado de la cama, Ana llamó a una amiga para que le hiciera el favor de interceptar a su hijo de camino a casa y lo llevase al cine durante el resto de la tarde.

Los amantes retozaron entre réplicas del terremoto primordial que lo había empezado todo. Por primera vez, Ramón amó la repetición de las caricias cíclicas y perdió la vergüenza contra del cuerpo desnudo de Ana.

Ella estaba recostada sobre él entre sudores maratonianos, subyugada a la seguridad de su propio ritmo.

Cinco horas más tarde, cuando su amiga llamó para avisar de que tras tres películas y un sinfín de partidas de billar y juegos de dardos no sabía qué mas hacer con el niño, Ana accedió a que éste volviese a casa. Sacudió de la cama a Ramón, recuperando algo de la seguridad conseguida en sus dos vueltas al mundo, y trató de aparentar que nada de aquello había significado demasiado para ella. El cómico, incapaz de reconocerse a sí mismo y sonriendo sin sorna y sin sombra del distanciamiento amargo que lo persiguió toda su vida, soltó:

-Tú y yo nos casamos cuanto antes.

-¿Qué estás diciendo? ¿Te vas casando con todos los polvos que te metes entre pecho y espalda?

El desdén de Ana escondía un temor infantil agasajado por la obstinación de Ramón, por el olor a sobresalto de las decisiones salvajes, por la prontitud de la propuesta -que ni siquiera le formuló como pregunta sino como enunciado irrevocable- y por un miedo cabal a hacer cosas irreflexivas que ser madre soltera había marcado a fuego en ella.

-Estoy diciendo que nunca he pensado más claramente en mi vida, que si hoy no me dices que sí te lo volveré a proponer mañana y así indefinidamente hasta que te cases conmigo o te mudes de barrio. ¿Qué te parece?

-Me parece que estás loco, que algo no funciona bien en esa cabeza tuya de animal. Deberían meterte en una jaula porque ese valor de bruto es demasiado empaque para cualquier mujer. ¿Dónde has estado todo este tiempo? No me puedes agarrar de los pelos y llevarme a tu cueva, que te estoy viendo en la mirada la intención oscura de atarme a la cama para siempre.

A Ramón le sobrevino de repente algo del temor de antaño y con miedo a volver a la esclavitud ingrata de los tiempos sin mujer admitió la soberanía de Ana y reconoció en su poder de decisión la única llave de todas las incertidumbres.

Aunque no se casaron, Ana y Ramón vivieron uno de los matrimonios más apacibles conocidos por los hombres, separados por el rellano de la escalera mientras uno no necesitase del otro. Pronto el hueco del ascensor y el terrazo inhóspito del descansillo se incorporaron a aquella casa que eran dos y a aquel trasiego en el que Ramón andaba en calzoncillos por áreas comunes del edificio.

Revivido por una nueva felicidad, el cómico perdió sus habilidades cáusticas y, cuando intentaba ser mordaz o irónico, su voz le devolvía un acento bonachón, irremediablemente amable. Ramón olvidó el peso estúpido de todos los presagios, inmerso en una calma trascendental, y compró una Biblia en letra grande para su madre. La señora agradeció el gesto y, con una sonrisa misteriosa, le prometió que a partir de ahora sólo buscaría en los evangelios porque estaba cansada de traer tanta desgracia sobre su casa.

Con tanto entrar y salir de la casa de su novia, el cómico inhábil no pudo menos que notar la presencia del hijo de Ana. Ramón, decidido a formar una familia en la que se sintiese a gusto por primera vez, empezó a interesarse por el pequeño, Leo. Trató de enseñarle inglés y francés sin introducciones, simplemente dirigiéndose a él en cualquiera de los idiomas cada vez que le veía corretear por la casa. Aunque durante un mes el niño lo miró extasiado, como si dudase de la capacidad de aquel hombre de

articular frases coherentes, pronto adquirió los principios básicos de la gramática inconsciente en ambos.

Ramón entendió que Leo no era un niño normal cuando a los ocho meses de enseñanza ocasional terminó por hablarlos con una fluidez inaudita. Tenía el chaval una mirada de adulto, como si llevase en la memoria el recuerdo de sus vidas pasadas y se enfrentase al mundo con una cadencia incrédula, con el compungimiento descreído de quien sabe a lo que se va a ocurrir. Ramón vio renovada su angustia de antaño, rodeado de inteligencias inimaginables para la eternidad, amenazado por un hijo que ni siquiera era suyo después de reír durante meses la muerte de su padre.

Trató el cómico por todos los medios de controlar la envidia amarga que le salía de la vesícula dispuesta a envenenarle el corazón. Volvió a hablar castellano con Leo, arrepentido de armar a aquel guerrero neuronal de nuevas vías de expresión, progresivamente temeroso de verse atrapado en mitad de un sándwich de genialidad. Le enfurecía quedarse sin argumentos cuando discutía, en cualquier idioma, con aquel individuo que no levantaba cuatro pies del suelo. Fue en aquellos primeros días de dificultad que Ramón escribió en su blog de Asmera: “Leo parece un enviado de mi padre que viene a recordarme lo mediocre que soy. (…) Este niño es su venganza por mi renuncia al mundo de los conceptos”.

Aturdido por su propio infantilismo, Ramón se abrazó al amor de Ana, que era una purga diaria de sus aprensiones y un antídoto para su envidia tuberculosa. Durante mucho tiempo, estar cerca de ella le ayudó a bloquear el ensimismamiento crónico que arrastraba desde la adolescencia y que amenazaba con salir, renovado en la precaria sombra de un renacuajo.

Un día de primavera, de los que amanecían para quitarle protagonismo al verano, Ana se acercó a Ramón por la espalda y bordeándole con los brazos le susurró: “Estoy embarazada”.

Al cómico le embargaron la alegría y el temor, pero las palmas de las manos de su compañera le transmitieron una tranquilidad eléctrica y la certeza del amor que circulaba por ellas calmó todas sus inquietudes.

No fue mucho después de descubrir el embarazo que Ramón acabó por obsesionarse con la invisible amenaza de aquel niño precoz que había llegado antes que el suyo -e incluso antes que él mismo- a la vida de Ana.

Durante mucho tiempo pensó en los leones, y en cómo cuando tomaban la hembra de otro mataban a todos los cachorros, uno por uno. De repente

entendió a las criaturas salvajes y se dijo que cada vez que mirase a Leo vería la imagen de otro hombre reflejada en sus facciones, atestiguando permanentemente el deseo que hubo entre aquel desconocido y Ana.

Desde el primer día había asumido la presencia oculta de sus más de cien amantes, pero todos le resonaban la cabeza como un número inofensivo, como una circunstancia que se perdía en la cola de cometa del pasado. Sin embargo, enfrentado al producto vivo de uno de ellos, toda la inocencia matemática de las cifras se tornaba candente y los hierros de la evidencia se revolvían en su contra. Lo sorprendió, en cierto modo, que no se hubiese percatado de la arremetida de su naturaleza entre tanto amor, abandonado como estaba a la cicatrización de las ironías de su historia.

Convencido de que aquel ronroneo recurrente iba a destrozar su relación con Ana, decidió adelantarse a los acontecimientos en un movimiento suicida propio de los adultos inexpertos que han aprendido a serlo en soledad.

-Vas a tener que abortar, Ana –le soltó un día Ramón.

La pobre mujer no sabía de dónde venía esa monstruosidad inesperada, recién salidos ambos de una intimidad de caricias profundas que la satisficieron más que ningún otro acto repetitivo.

-¿Qué dices? ¿Es algún tipo de broma tuya de esas que no hacían gracia ni a los otros payasos? Dime que no sabes por qué lo has dicho y yo lo olvido, yo hago como que no lo he escuchado.

-Mira Ana –continuó Ramón-, te quiero tanto que a veces desearía poseerte de alguna forma más, desconocida para los hombres. Pero no puedo ver a tu hijo sin imaginarte con otro, sudando los ardores que ahora sudas conmigo. Mientras él siga viviendo en esta casa no podré venir a verte. Y si no vamos a vernos más no quiero que des a luz mi hijo. Bastante tienes ya con ser madre de uno.

-¿Pero te das cuenta ahora? ¡Cabrón! Me vas a joder la vida otra vez.

¡Me vas a joder la vida otra vez!

Ana se retorció de dolor y a voz en grito le ordenó que se marchase para nunca más volver a poner los pies al otro lado del rellano. Ramón se quedó allí de pie, como inmovilizado por el propio daño que había causado hasta que enfurecida, ella lo sacó a empujones y a manotazos.

Cuando consiguió cerrar la puerta, Ana se hundió en un llanto airado que hacía temblar las paredes, ahogándose entre estertores y gritos que sólo

los niños pequeños se permitían.

Elena se rio de la intensidad de sus fantasías con Keith, que sintió leves y ridículas en comparación con las recapitulaciones de Ramón. O aquel señor invisible era amigo de exagerar o sus pasiones duales serían el hazmerreír de aquella comunidad de guardianes de la sinceridad. Eran ya las ocho y media de la mañana. Sólo quedaban quince minutos para que el reloj de Daniel –o Fernando- lo devolviese al mundo de los vivos. La fugada volvió de puntillas al dormitorio y, en contra de su centro de gravedad y de los pesos concretos de su propio cuerpo, rodó sobre la cama y se hizo un ovillo junto a su novio.

No le costó dormirse y los quince minutos de sueño se le antojaron horas. Su hermana, Rosario, a quien no veía desde hacía cuatro años, había dado una vuelta al mundo y era madre de un niño que se llamaba David. No vivía en Argüelles sino en Fuenlabrada, pero el paralelo de la imagen era demasiado plausible para no estremecerla en sueños. En un cuarto de hora se concentró la intensidad de una noche de imágenes y soñó con ella compartiendo pasiones con aquel cómico impredecible. Experimentó por primera vez las dificultades de temer a los seres invisibles y los delirios del inconsciente le hicieron abrazarse a Daniel; quizás para sentirse protegida de las cosas que no podía ver.

Durante los días que estuvieron separados, Ramón no supo entender cuál de los factores había pesado más, si la inteligencia apresurada de Leo o el mal leonino heredado de los documentales de la televisión. A su pesar asumió que, cualquiera que fuera el problema que lo había disparado todo, la causa última era su orgullo testarudo; y se dijo que si había aprendido a odiar a sus padres para protegerlo, no había nada que pudiese hacer para evitar que actuase de nuevo.

Ramón estaba dispuesto a volver a ser el hombre que fue y casi se felicitó por recuperar sus maneras torpes y el humor huraño que contrajo en los tiempos misántropos de su infancia. Pasaba las horas en blanco, viendo la televisión sin descanso hasta que todos los programas se hicieron uno y los hilos argumentales se solaparon entre las cadenas al ritmo inconsciente de su zapping. Las compras on-line le permitían comer sin moverse de casa

y sólo sus tablas inventadas de ejercicios físicos lo sacaban de la dejadez mórbida y de su horizontalidad.

Los años de estanqueidad le habían provisto de una dureza emocional que esterilizaba los sentimientos de raíz. Aunque echaba de menos la piel aceitunada de Ana y la sensación de formar parte de algo más allá de sí mismo, Ramón se conformaba con el recuerdo. La memoria no sólo golpeaba las mismas regiones cerebrales que lo recordado, sino que además añadía una pátina de inexactitud que lo mejoraba todo.

Afincado en aquella quietud de ciénaga, fue Ana la que acabó por llamar a su puerta, presa de las tribulaciones ancestrales de las personas con sentimiento. Tras tres meses de chirriar de dientes y de suplicar a Dios un súbito desenamoramiento, sintió el bebé que llevaba en sus entrañas agarrársele al vientre, como si la criatura hubiese escuchado las conversaciones de sus padres y estuviese determinado a vivir a fuerza de matarlos a culpabilidad.

Ana y él hablaron abiertamente de las amenazas leoninas y de la reaparición de la brillantez insultante reencarnada en Leo. “No estoy dispuesto a vivir humillado otra vez ahora que a mi padre se lo están comiendo los gusanos”, le soltó el cómico.

Incapaz de tomar una decisión que la vinculase o la desvinculase de Ramón para siempre, ella le prometió que mandaría a su hijo un tiempo fuera, a un internado, quizás a otro país, para intentar reflotar su relación y probar las mieles de una familia al uso.

En lo que era la última entrada del blog, publicada la misma noche que mantuvo a Elena en vela, Ramón describió los términos de aquel encuentro.

Aquella historia produjo más revuelo en su página que ninguna durante sus siete años de exposición pública.

Decenas de madres escaldadas por la situación, ofendidas por la falta de sensibilidad de la pareja e incapaces de entender como Ana podía prescindir de su hijo, poblaron el blog de comentarios desaprobatorios cuando no insultos sin más, sin turno de réplica.

Carla25 escribió: “Con gente como tu parienta me siento avergonzada de ser mujer. Dile de mi parte que no hay nada como el amor incondicional que se le tiene a un hijo. Lo demás, follar con cerdos anormales como tú, no

tiene ningún valor. ¿Cómo te atreves si quiera a dejar que una madre se separe así de su niño? Tú ni tienes corazón ni tienes nada. Primero que aborte y ahora que mande al chico por ahí. A ti no hay por dónde cogerte.

¡Cómo se nota que no te han hecho caso ni los perros abandonados!

Perdita_encontrada escribió: “¡Asesino! Cabrón. ¡Mala persona!

Carrie-d_ away escribió: “Tú no tienes de vergüenza. Explícame tú a mí cómo haces que tu enamorada deje un niño por tu amor a veces. Hace mucha diferencia que gente como tú viva, porque vida es más difícil para el resto.”

Elena se despertó pasada la hora de comer, alienada por las horas perdidas y temiendo que los días se confundiesen con las noches. Tenía que encontrar un nuevo trabajo si quería mantenerse cuerda. Si no, con toda probabilidad, las vigilias del morbo acabarían con ella o la convertirían en Ramón, en un chupasangre; y se dijo que tendría que ponerle diques a las sombras, al avance de lo invisible.

La fugada amaba el voyerismo casi tanto como la exhibición. Pero si algo había aprendido como estudiante, era que necesitaba dotarse de reglas para no dejarse llevar. Al fin y al cabo, las redes interpersonales de Asmera aliviaban su arte de la fuga porque erosionaban la base de su rutina. De sólo dedicarse a fisgonear y a exponer la vida propia, llegaría un momento en el que no tendría nada que contar y su historia se convertiría en un bucle de erosión monumental. No encontraría sentido a las sombras si no viniesen a comer terreno a la luz. Tenía que trabajar, distraerse con nimiedades diarias, discutir con jefes y obviar los lados del espejo. Tenía que dotarse de propiedad, tenía que comprar nuevos libros para que su compañera de escuela los arrugase con aquellas manos torpes que le daban un placer inexplicable.

La fugada entró en su propio espacio dispuesta a hablar sobre Ramón porque, a la sazón, conocerle era lo único que le había ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Sin embargo, al entrar en la cuenta entendió que su índice de popularidad había subido varios enteros. Asmera parecía ser una plataforma más que conocida para internautas y vampiros dedicados a la vida de los demás. El conjunto de todos sus textos había recibido cinco mil visitas en sólo diecinueve horas colgado en el servidor y los mensajes se multiplicaban en todas direcciones, generando un mapa de reacciones casi

imposible de asimilar. Aparte de la respuesta del público, que dejaba un rastro parecido al de los miles de moscas en el cubo de los movimientos de enjambre, Elena se encontró con mensajes de bienvenida de otros bloggers, de otros escritores sin rostro que le agradecían su retrato dicotómico de fantasía y realidad.

Se sintió la fugada digna, por primera vez en mucho tiempo, en un grupo que la aceptaba como socia. Algunos de ellos habían empezado a recomendarla desde sus propios espacios, estableciendo hipervínculos y alabando su habilidad iliteraria.

A Elena se le heló la sangre cuando encontró entre los comentarios uno de Ramón. En negrita y sin preámbulos o presentaciones, el cómico había escrito: “En la vida hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que quieres y la otra es conseguirlo”. Recordó la cita; era de Oscar Wilde, pero ni siquiera aparecía entre comillas, como si aquel individuo invisible se la atribuyese, como si se burlase del copyright moral de las palabras.

Reconoció, sin embargo, la habilidad de Ramón para unir con una sola frase sus dos mundos tan distintos. El paralelo hizo que se le acelerase el pulso cardiaco hasta presiones de riesgo, y supuso que había alcanzado nuevas fronteras de exposición e interacción, que había encontrado un mundo subterráneo de lazos por descubrir y géiseres por destapar.

Intuyó que la tragedia “de no conseguir lo que quieres” era, en su caso, la presencia inconsciente de Keith, que por mucho tiempo había sobrevivido en las tibias grutas del recuerdo para venir a complicarle -o a facilitarle- la vida sexual. Y la tragedia “de conseguirlo” era la amenaza de realizar la fantasía y gastar para siempre el maná de su energía. Con el cumplimiento de los deseos inconscientes, la retroalimentación de ficción y realidad se volteaba irreparablemente. En el otro extremo se encontraría con Carlos, remolcado por un individuo calvo y apasionado que tiraba de él hacia la inversión del espejo.

La fugada comprendió que para Ramón aquella afirmación iba más lejos de la fraseología. Hablaba con gran probabilidad de las ganas de perder a su padre de vista y la desazón de descubrir a su muerte que todos los fantasmas habían sido en vano y que todo se reducía a una pérdida imperdonable de tiempo. También podía referirse a la ansiedad por encontrar la virilidad dormida y a la receptora final de todas sus desdichas; y cómo conseguirlo le había devuelto a los tiempos primitivos de la

conciencia de sus propios límites y a la sombra capicúa del padre reencarnado en el churumbel de Ana.

Se le nubló la vista dando vueltas a la teoría de la conspiración que les había unido y a la réplica del mismo fenómeno de tragedias antagónicas que les había llevado a ambos hasta donde se encontraban, interconectados por los nudos invisibles de la comunidad virtual de Asmera. Retozando con aquellos pensamientos se encontraba cuando sonó el teléfono, anunciando con politono de canción pop la llamada que vendría a cambiarlo todo.

Le sorprendió escuchar a su hermana Rosario al otro lado del móvil.

Elena sospechaba que habría perdido su número en uno de sus múltiples viajes. Durante los últimos seis meses la imagen de su hermana ni siquiera había cruzado su mente, obsesionada con los primeros flirteos laborales y la exhibición de las dualidades de su espíritu.

Tardó en hablar Rosario y sólo tras preguntar por tercera vez quién era escuchó el titubeo de su hermana, que le sonaba extranjero, desposeído de toda familiaridad.

-Soy yo, Elena –aunque era la misma voz de cuando eran niñas, blandía un acento irreconocible, como si su estriada tilde madrileña se hubiera disipado, se hubiese ahogado en alguna isla del Pacífico.

Pasó por lo menos un minuto sin que nadie rompiese el silencio, porque ambas eran del tipo de personas que podía permitirse el silencio.

-¿Sigues ahí Rosario?- preguntó Elena.

-Sí –confirmó su hermana en lo que parecía el pie de otro parche de silencio, pero entonces Rosario comenzó su rutina insólita y con ella la historia tangente que la fugada había temido en sus quince minutos de sueño-. Mira, Elena. Voy a ser lo más sincera que pueda. Sabes que nunca te he pedido nada y también sabes que he pasado de ti hasta límites insospechados durante los últimos nueve años. Te he escrito cuatro correos en todo este tiempo y tú sólo me has respondido a dos, pero entiendo que sabes que tengo un hijo y que tu sobrino se llama David, como papá. No le ha faltado de nada en estos ocho años de vida y es un niño la mar de espabilado. Sus profesores dicen que va a llegar lejos y eso que sólo es un renacuajo. Tiene una de esas miradas de hombre hecho y derecho a las que no sabes cómo responder, pero también sabe ser dulce el jodío. Lo he llevado de un lado para otro todos estos años y ya ha vivido en más sitios de

los que mucha gente visita en toda su vida. Y si por mi fuera se vendría conmigo a Francia esta vez también, pero no quiero tenerle con el culo en columpio, así con lo pequeño que es, ahora que parece haber hecho amigos en el colegio. Tengo que irme a París un tiempo, a trabajar, porque sigo sin ser nada en particular. Ya sabes, hago algo durante un tiempo y luego voy como una tonta y decido que no me gusta. Esta vez tiene pinta de cataclismo total. Tengo un papel en una obra de teatro. En fin, un francés que conocí en Holanda, que se ha puesto a dirigir teatro y dice que soy la mar de indicada para una de las protagonistas. Figúrate tú; con lo mal que hablo francés se van a descojonar de mí. Pero chica, ¿y si doy la campanada? Ya sé que parece una tontería, pero cosas más raras han pasado. El tema es que, claro, había pensado en dejar al niño con unos amigos, pero no sé cuánto tiempo me llevará la obra. Es una cosa pequeña, una producción ridícula, pero estas cosas son impredecibles. Igual acaba siendo para un mes, quizás dos. Y no sé, no se me ocurre nadie más de quien pueda fiarme como me fío de ti.

- A ver si lo he entendido bien –soltó Elena irritada por la naturalidad con que Rosario volvía a aparecer en su vida tal y como se fue, crecientemente temerosa de la redondez del círculo, de la simetría del mundo real con el mundo de los seres invisibles-. No me has llamado en casi dos lustros y de repente quieres que me haga cargo de tu hijo. ¿A ti te parece normal?

- Escucha, sé lo que te estará pasando por la cabeza y si te quieres desahogar y llamarme cabra loca estás en tu derecho. Puedes llamarme cosas peores. Licencia familiar.

- Vamos a ver, Rosarito. Me siento terriblemente engañada y no hay nada que me siente peor. Ya lo sabes. ¿Tú desde cuando actúas? Si ni siquiera te cogían en el colegio para las obras de Navidad. Esto no puede ser verdad, pero sigue mintiendo, que igual me convences de que eres actriz.

- No seas paranoica, Elena. ¿De qué me serviría mentirte? Si quiero que te quedes con mi niño, más me vale que estés al corriente de todo. Mira, si la cosa sale bien, te doy un par de entradas para que vengas a verme. ¿Qué te parece? Te traes a quien quieras. Una escapada con tu novio a París.

Tienes pareja, ¿no? –Rosario trató de desviar la atención.

- Sí, sí que la tengo. Estoy viviendo con él, de hecho. Se llama Daniel –

la fugada lo decía con falsa modestia, con soterrado orgullo por no ser aquella vez la hermana desafortunada en amores.

- Así me gusta, hermanita. Ya sabía yo que se te daría bien la vida en pareja –Rosario acentuó maliciosamente “vida en pareja”, implicando que Elena era un animal de costumbres, más estático y menos errante que ella.

Sabía que podía explotar si se la llamaba conformista y predecible, pero también sabía que tenía que arriesgar para avivar la familiaridad dormida.

-Bueno, ¿y tú qué? ¿Cómo te va la vida? ¿Has encontrado un padre para David? Ay chica, ¡qué preguntas hago! Supongo que si lo tuvieras, no me habrías llamado.

Elena movía los pies sin parar, temiendo encontrar más flecos que corroborasen el paralelo y deseando recibir datos que desmintiesen la sorda influencia del mundo de los seres invisibles, de las segundas vidas sobre las primeras. En su mente palpitaba la historia de Ramón y las caricias sobre la muñeca le presionaban las sienes a cada impulso cardiaco. Si Daniel podía ser Fernando en Asmera, no había razón para que Rosario no fuese Ana o David no fuera Leo. Las identidades convertidas en espejos le hacían poca gracia a la fugada cuando abrían agujeros negros de aquella envergadura.

-No, todavía no. Ahora sólo nos tenemos el uno al otro. Va a ser difícil separarme de él.

-Ya veo. ¿Por dónde paras ahora? ¿Sigues alquilando el apartamento en Fuenlabrada? –Elena trataba de encontrar datos que la alejasen del símil oscuro que se había yuxtapuesto delante de sus narices.

-Sí, seguimos por aquí. No hay quien pague un alquiler en el centro.

Que te voy a contar que no sepas.

El tono determinadamente doméstico de Rosario calmó por un momento los desasosiegos de la fugada. Quizás sólo era una coincidencia extremadamente deformada por los estragos de la noche en vela. Había demasiados detalles no convergentes. Por ejemplo, Ramón vivía en Argüelles, no en Fuenlabrada. Y aunque todo podía encubrirse en aquella comunidad de la sinceridad que rehuía los datos para salvaguardar su esencia, a Rosario no le tembló la voz al confirmar su independencia amorosa. Tal vez fuese verdad, o tal vez fuese una buena actriz después de todo. Ambos casos respaldarían un pedazo distinto de la historia, como en esas dicotomías informáticas en las que las máquinas no pueden actuar y

afirmar la existencia de la acción al mismo tiempo, como en el principio de indeterminación de la onda-electrón o cómo en la percepción bipolar de figura y fondo. Una variable eliminaba la otra, dependiendo de la opción del observador, pero no por eso era más verdadera. Ambos extremos, como dos caras de la misma moneda, estaban condenados a amarse en relatividad para siempre.

-Rosario, eres mi hermana. Y aunque pasases de mí durante veinte años te ayudaría en lo que pudiera cuando necesitases algo. Pero piénsalo fríamente. Me he mudado con mi novio hace muy poco tiempo y aún estamos viendo si funcionamos como pareja. A ver cómo meto yo en casa a un niño que Daniel no sabe ni que existe.

- La verdad es que suena complicado –admitió Rosario-. De todas formas, antes de que te dieses cuenta, yo estaría de vuelta en España con mi futuro de actriz abortado. Y mientras que te quedes con el niño te daría algo de dinero para gastos. Ochocientos euros al mes, ¿qué te parece?

-Me parece que me estás contratando como chacha y no sé si me gusta el plan. Yo ya tengo trabajo –mintió Elena.

-No, mujer, no te lo tomes así. Es una ayuda, para que se te haga más llevadera la carga y puedas permitirte algún capricho con Daniel. Mira, David es un niño la mar de tranquilo. Tu le dejas con sus libros y con conexión a Internet y parece que no estuviera. Tiene un mundo propio el enano. En serio, tienes que conocerle. En cuanto que veas al chico, me lo vas a quitar de las manos.

-Pues no sé, Rosarito. ¿Por qué no le dejas con una nurse? Además casi te saldría más rentable. Coges a una extranjera y que le enseñe idiomas, que de pequeño entran mejor esas cosas.

-¡Ay, hermana! No me digas eso. Cómo voy a dejar a David con alguien que no conozco. ¿No ves los telediarios? Hay mucho tarado por ahí.

Además, con tanto viaje para aquí y viaje para allá, el niño habla inglés y francés mejor que yo. Lo que necesita es un poco de cariño mientras yo no estoy.

A la fugada volvió a darle un vuelco el corazón. No ganaba para sustos entre tanta palabra que pretendía hacerse carne. Las longitudes de onda de la historia de Ramón y la de Rosario jugaban a juntarse más de lo previsto para ser anécdotas independientes. Se separaban para coincidir otra vez cinco frases más tarde, y el romance distanciado que se traían enervaba a la

fugada. David, como Leo, era políglota y, a pesar de ser a costa de hacer maletas y no de enseñanza doméstica, la caricia obscena que ambos relatos se dedicaban despertaba la guardia de la fugada. Le incomodaba no saber a qué atenerse entre tanta segura inseguridad.

Precisamente fue el vaivén trémulo de las coincidencias lo que le hizo acceder a tomarse un café con Rosario y su hijo David al día siguiente.

Pretendía tirar de los hilos de los relatos para poder acotar mínimamente la realidad, manejarse de alguna manera entre los impases anónimos de los personajes invisibles.

Mientras esperaba al día siguiente, se esforzó por no contar nada a Daniel -o Fernando-, ni a Marta, que pasó brevemente por la casa de la fugada. Elena reconoció en la portuguesa ciertas dotes maternales que hasta aquel momento le habían pasado desapercibidas. Hablaba siempre con la ternura que se dedica a los churumbeles e iba inyectando sobredosis de amor a cualquiera con quien se cruzaba. “Debe estar muy sola”, reflexionó Elena en su blog de Asmera aquella misma tarde. Después de una siesta reparadora que vino a refrenar sus temores, el descanso hizo que relativizase todas sus incertidumbres hasta el punto de que la llamada de su hermana parecía haber ocurrido años antes y la intuición de sus paralelos con lo invisible le parecía una posibilidad inofensiva. Si acaso, lo que había quedado de la inquietud incoherente de la vigilia era una curiosidad morbosa por ver hasta qué punto las longitudes de onda coincidían en aquel ejercicio de azar o determinismo -según se percibiese figura o fondo.

Después de comer a horas intempestivas, la fugada se dedicó a escribir una nueva entrada en el blog. De repente tenía algo que contar, pero trató por todos los medios de no desvelar sus ansiedades ni mentar a Ramón para no incrementar el nivel de contradicciones convexas y mantener los paralelos en la más estricta de las distancias constantes.

A pesar de sus reticencias, Elena se quedó pensando aquella noche en su hermana y en aquel sobrino sabelotodo al que aún no conocía. Si sumaba los quinientos euros de Asmera a los ochocientos de su hermana tendría un sueldo razonable, y compartiendo economía con Daniel todo podría equilibrarse razonablemente para acoger a David.

En cierta medida, la fugada deseaba que el chico fuese Leo, para sentirse conocedora de intimidades fuera del alcance de los patios y los cotilleos de escalera. Le excitaba la posibilidad de que Ana fuese el avatar

virtual de Rosario, creado a sus espaldas, como el de Fernando para Daniel.

Le conmovería saber que después de decenas de amantes, un señor inexperto y ajeno a los sentimientos humanos la había conquistado con un distraído silabeo táctil en la muñeca. Y que prácticamente sin querer ella había despedazado todas las soledades mestizas de ese individuo sombrío, devolviéndolo a posturas erguidas después de tanto tiempo de arrastrarse.

El recuerdo ajeno de la brutalidad del primer encuentro de Ramón y Ana le hizo rodar hasta Daniel en busca de alivio para los deseos exógenos.

Se dio cuenta, mientras se subía levemente el camisón y el ardor ajeno precipitaba en su sangre como propio, de que Keith se había evaporado de la trastienda de sus motivaciones y sonrió misteriosamente en la oscuridad.

Rosario estaba muy cambiada. Se había teñido el pelo de un rojo antinatural, casi chillón, y tenía unas ojeras desmesuradas cruzadas por sendas arrugas precoces. Elena la abrazó con los ojos cerrados, como si pensase que sólo el olor y la tenacidad del pulso cardiaco le ayudarían a reconocerla. Cuando ni siquiera pudo encontrar el perfume natural que recordaba de los tiempos en los que compartían ropa, la fugada abrió los ojos y vio al chico observándolas despreocupadamente. “Tú debes ser David, ¿verdad?”. El niño se tomó su tiempo –había heredado la complicidad familiar con el silencio. “Sí, y tú debes ser la tía Elena.” La fugada lo besó en el carrillo derecho apretándole ligeramente contra su cara y el chaval afrontó el cariño sin inmutarse. Entraron en el primer café que encontraron en Alberto Aguilera y prácticamente reanudaron la conversación del día anterior, continuando sin pies ni preámbulos el goteo de información-desinformación que habían dejado por falta de saldo.

- ¿De qué vives ahora, Rosario? ¿De dónde sacas el dinero? –preguntó Elena sin preocuparse de la presencia de David. El chico parecía estar muy lejos de allí, preocupado por cosas intangibles, entelequias abstractas. Elena no le quitaba ojo, intrigada por cómo sería el mundo interior de un niño de ocho años, tratando de recordar si ella tuvo uno a esa edad o fue más bien una bifurcación adolescente donde enviar las ilusiones cercenadas.

- Ya sabes cómo soy yo. Nunca he tenido problemas para salir adelante.

Hace dos años, cuando volví a Madrid, abrí un salón de belleza. Tenía cinco chicas trabajando conmigo, pero de repente empezaron a venir mal dadas.

El interés del crédito subió y subió hasta que no pude pagarlo. Eché el cierre y las dejé a las pobres en la calle. Pero bueno, ahora estoy currando de camarera. Y entre eso y que revendí el local de la peluquería, estaré tranquila por un tiempo. Ya ves que me puedo permitir hasta perder dos meses en París. O dedicarlos a hacer el maula, como prefieras.

- ¿Y tú qué dices, David? ¿Qué te parece a ti que tu madre vaya a ser actriz? –la fugada guiñó un ojo al chico, pero él continuó sin hablar, víctima de un autismo voluntario, entregado a un voto de silencio que Elena tomó por una chiquillada. Era de esperar, se dijo, que el niño reaccionase de alguna forma a los esfuerzos de su madre por quitárselo un tiempo de encima. Durante más de media hora, escuchó a Rosario atentamente sin perder de vista el temple contestatario de David, que decía más callado de lo que mucha gente quisiese expresar con palabras. Entendió por la perfección con que cada circunstancia coincidía con la anterior y la estanqueidad pastosa que unía las anécdotas del relato extremadamente vivo de su hermana, que sólo sacaría algo en claro de aquello si conseguía hablar con el chico. La oportunidad no llegaría hasta que Rosario se disculpó para ir al cuarto de baño y los dejó solos sentados frente a frente sobre la mesa de metacrilato.

-¿No vas a hablarle a la tía Elena? –la fugada seguía obstinada en emplear un lenguaje infantil y armar las frases con una estúpida cadencia melódica, en parte porque era así como se dirigía a los niños de ocho años y en parte para enervarle, para herir su orgullo de presunto crío precoz y hacerle salir de su silencio antes de que la madre volviese del aseo.

- A ver, señorita, ¿usted de verdad se cree que mi madre se va a ir a Francia a actuar? Lo primero, mi madre en francés no sabe ni decir los buenos días; y lo segundo, sí estoy callado es porque ella me ha dicho que lo estuviese – a la fugada le heló la sangre la dicción de político con el que David hilvanaba las frases. Ni siquiera las palabras eran las que confundían a Elena, sino la intención que destilaban, como si el niño tuviese un plan más elaborado que su madre y no estuviese dispuesto a ejecutarlo sino en pequeñas dosis, cuidando de no decir más de lo que debía hasta que llegase el momento apropiado-. Entonces, ¿qué? ¿Se va a quedar usted conmigo o me vais a dejar en la calle entre unos y otros?

De nuevo le volvieron las punzadas en el estómago recordando la impotencia de Ramón, que se las veía y se las deseaba para afrontar el

verbo improbable de Leo, incapaz de decidir el registro que debería utilizar para enfrentarse a semejante inteligencia. Asediada por la inminente vuelta de Rosario y sintiendo como los hilos del mundo invisible tiraban de sus cuerdas vocales, soltó casi traicionándose a sí misma y a las reglas de equidistancia que sostenían las realidades paralelas: “Es todo cosa de Ramón, ¿verdad?”

David pareció volver al estado catatónico del que acababa de salir, como si alguien hubiese hecho retroceder el tiempo un minuto y el chico siguiese condenado al voto de silencio.

No supo Elena sacar conclusiones de aquella repentina vuelta al ensimismamiento sordo de las cavilaciones. Le dejó reflexionar a gusto, como si le acabase de hacer una pregunta por valor de medio millón de euros y el chaval se pudiese permitir toda la duración de un programa de televisión para responderla. El chico se giró para comprobar que su madre volvía a paso ligero de los servicios. In extremis, midiendo la distancia que le separaba de Rosario y sabiéndola incapaz de escucharle, David respondió:

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