Balvanera

Francisco Narla · Capítulo 4 de 7 · parte 1/10

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Balvanera

Parte 3

Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.

«Trajeron el dinero en reales de a ocho

 

segovianos nuevos y me rogaron los tomase, que

no se hallaba oro. Dije al patrón que los tomase y

contase, y parecíale que tanto dinero nuevo y tan

lejos de donde se hace no hubiese alguna

tramoya. Vino a mí, díjomelo, mandele cortase

uno y eran el centro de cobre y el borde de

plata…».

 

Alonso Contreras,

Memorias del Capitán Contreras

Los cortes tejían una tupida red sobre el cepo. Estaba tan sobado que daba cumplida muestra de haberse usado durante años. Y, sobre el tocho de madera, las manos arrugadas, cobrizas y avejentadas del indio inspiraban la misma sensación. Los dedos se esculpían con huesos marcados y articulaciones que el reuma había tenido tiempo de hinchar.

Barajaban las hojas de tabaco; elegían las mejores.

Tenía el rostro cansado y el alma apagada. Trabajaba con eficiencia, pero con evidente resignación.

En una esquina no lejos de la iglesia de San Román, a tiro de piedra de los muelles de Campeche, el viejo Ramón, como lo habían bautizado, se ganaba el pan con algo que le había enseñado su abuelo cuando el nombre de Castilla no era más que un rumor en aquellas tierras.

Elaboraba cigarros. Allí, en los soportales frente a la abacería de Fadrique, la única en toda la villa que presumía de contar siempre con los suministros de más alta calidad de la flota. Un comercio en el que solo podían gastarse unos dineros que no eran suyos los lacayos de las casas de los comerciantes, los hombres del cabildo y unos pocos más.

Y era la primera vez que Urdaneta se molestaba en acercarse, que nunca antes había tenido fondos para tales lujos. Hoy, por primera vez, tras unos días de ajetreo, Roa le había dado permiso para concederse el capricho. Y esperaba pacientemente, apoyado en una columna, mientras el viejo indio Ramón liaba para él dos docenas de cigarros con el mejor tabaco que se podía comprar en el Yucatán, y bien podía ser que en toda Nueva España.

El indio elegía unas pocas de aquellas hojas prietas y fermentadas, del color sereno de la pimienta. Las estiraba, peinándolas como una melena, y despuntaba las nervaduras con pellizcos ágiles. Una vez satisfecho, las arroyaba sobre el cepo y luego, escogiendo una última hoja impecable, las envolvía. Usaba una afilada cuchilla en forma de media luna para dar algún corte, y goma de tragacanto para sellar la capa final y reluciente con la que remataba cada cigarro.

Y, en tanto veía trabajar a Fadrique, Urdaneta ya se imaginaba el placer de encender una de aquellas maravillas. Le había pagado nada más llegar y ahora, como un padre primerizo aguardando nuevas del parto, esperaba a que el concienzudo artesano terminase.

Cansado de estar apoyado contra la columna mientras la pila de su encargo crecía, empezó a pasear arriba y abajo, al abrigo de los soportales, donde había una soguería desde la que llegaban los gemidos de esfuerzo de los hombres que retorcían sisal en los ganchos amarrados a las paredes. Había también un albardero que preparaba guarniciones para caballos y mulas, y un zapatero que tenía fama de haber hecho pantuflas bermejas por encargo del Vaticano.

Y allí no le hubiera extrañado ver casi cualquier cosa. Casi cualquier cosa, lo que fuera.

Menos a un muerto caminando.

Se le cayó la barbilla al suelo.

Al otro lado de la calle, tras un carro cargado, pasó cabizbajo el hijo de la Camacha.

Algo atávico obligó a Urdaneta a esconderse tras las columnas de los soportales, hasta convencerse de que no era aquella una aparición salida de las entrañas llameantes del infierno para obligarlo a rendir cuentas por sus pecados contra el quinto mandamiento.

Se frotó los ojos y, a regañadientes, admitió que, por más que le costase creerlo, allí estaba aquel bobo redicho.

Deshizo sus pasos a toda prisa.

—¿Cuánto te falta para terminar?

El indio miró el atado que tenía en la mesa y contó con penosa lentitud.

—Faltan cuatro, señor.

—Pues dame lo que tengas, y el resto te los quedas de propina —apremió el guipuzcoano, ansioso.

La sonrisa que apareció en el rostro de Ramón fue de yeso resquebrajándose en una pared.

—¡Sí, señor!

Camacho no se dio cuenta de lo que sucedía a su espalda.

Caminaba a paso lento, deteniéndose en buena parte de los puestos. No para comprar, aunque aparentaba interesarse en las mercaderías. Meditaba sus argumentos para convencer a Bacheli.

Algo más allá hizo un alto en una casa modesta con la tablazón de la puerta ahumada. En la acera contraria a las porticadas de San Román.

En la parte superior de la jamba había un remate de madera que parecía una reparación, un encastre en algún nudo del madero. Pero Camacho sabía que, si usaba una gubia y lo levantaba, encontraría un tubo de plata con un papel dentro.

Llamó a la puerta y, al poco, abrió solícito un hombre menudo de larga nariz y frente prominente. Rizos negros como resortes peleaban por echar a volar el sombrerete que vestía, encajado en la abundante pelambrera por arte de magia.

En cuanto vio al hijo del inglés, el asombro le pintó el rostro y, de inmediato, la alegría lo embargó.

—¡Querido amigo! Me habían dicho que… Había oído…

Y, como no supo qué otra cosa decir, se alzó de puntillas para abrazar a Camacho.

Vestía una camisola blanca con puños de delicados encajes y, bajo el chaleco, asomaban en la cintura unos curiosos cordoncillos.

—Deberías haberte puesto el jubón encima, podía haber sido alguien con malas intenciones…

El hombre se separó, miró sus prendas y se encogió de hombros.

—Es un secreto a voces, pero de momento el brazo de la Inquisición no llega a Campeche… Además, todas las semanas compramos algo de cerdo y vamos a San Román las fiestas de guardar. No te preocupes por mí. Me las apaño —concluyó, desdeñando el tema y pasando a asuntos más urgentes—. Me alegro de verte de una pieza —dijo con una amplia sonrisa. Enseguida frunció el ceño, al reparar en las magulladuras en el rostro de su visitante—. ¿Necesitas algo?, ¿quieres aceite de rosas para eso? También tengo árnica en algún sitio…

Entonces se palmeó la frente.

—Pero, qué desconsiderado, por favor, pasa. Miriam ha de tener algo al fuego, pasa. Mi casa es la tuya —aseguró.

—No, gracias, llevo prisa. Solo venía a pedirte un favor.

El hombre advirtió el tono serio y abandonó la insistencia que sus hospitalarias costumbres exigían.

—Tú dirás —dijo dispuesto a escuchar.

Camacho agachó la mirada con vergüenza.

—Me han surgido algunos inconvenientes… Me temo que no puedo asegurarte cuándo ni cómo tendré medios para pagar, pero quería pedirte, por favor, que si el chico de Julián necesita ayuda…

El dueño de la casa dio un paso atrás y abrió los brazos.

—¡Ni se te ocurra dudarlo! Tranquilo, me ocuparé de él… —Al momento, la expresión de felicidad, la misma que hacía resaltar aún más la gran nariz, se desvaneció—. ¿Necesitas algo?, ¿quieres dinero?

Fue Camacho el que dio ahora un paso atrás, escandalizado.

—¡No!, ¡no! Me las apañaré…

Tenía los ojos tan oscuros que casi parecían negros, y los paseó de arriba abajo antes de adentrarse en la casa.

—Espera un momento —le dijo a Camacho, dándole ya la espalda.

Cuando volvió, traía una bolsa con unos cuantos duros y, antes de que su huésped protestase, habló:

—Es poco. No intentes negarte, he sido considerado con tu orgullo — aclaró, tomando una de las manos de Camacho y depositando los dineros encima—. Sé que me los devolverás, tranquilo.

Hubo un intento de apartar la bolsa y dejarla en manos de su legítimo dueño.

—No seas así. Harás que Miriam se enfade. ¿Qué crees que me haría si se entera de que no te he ayudado? Quédatelo —insistió, empujando la bolsa con fuerza hacia el pecho de Camacho—. Y ahora ya no tienes prisa; pasa, por favor —se hizo a un lado—, creo que quedan unos dulces de la cena de anoche…

Abochornado, el hijo del inglés aceptó la bolsa con toda la dignidad que pudo y negó de nuevo.

—No puedo, he de hacer una visita… —Miró con cariño a su benefactor —. Gracias, muchas gracias, Samuel, te lo devolveré en cuanto cobre el próximo salario. Gracias…

Y, como la vergüenza lo espoleaba, se marchó con un tímido adiós.

Samuel ha-Leví Abulafia, judío toledano, se quedó pensativo.

Pellizcándose el puente de la nariz, tardó en decidirse. Al cabo, entró en la casa y llamó a su esposa para contarle lo sucedido.

Camacho siguió caminando.

Urdaneta corría.

Poco después, no sin dolores y con demasiadas puntadas en el jubón, reconfortado por el consuelo de la modesta bolsa, Camacho aguardaba a ser llamado.

Si el jubón no tenía el mejor aspecto, menos aún su rostro. Era consciente de ello y, erguido, se repasaba compulsivamente los pliegues de la golilla y los puños de la camisa. Pero sus esfuerzos eran en vano. Un vistazo bastaba para darse cuenta de que le había buscado las cosquillas a alguien poco recomendable.

Las campanas de San Román tocaron las once. Nervioso, se retrepó en el asiento.

Llevaba dos horas esperando. Mala señal.

Pero no desesperó. Decidió ocuparse con lo que sabía del comerciante y repasar su discurso.

Como su casa, y aquella antesala suponía una buena muestra, Francisco María Bacheli era hombre de excesos.

Camacho estaba sentado en una silla de nogal con patas rematadas en fina marquetería, y tanto el asiento como el respaldo se habían forrado en vivo terciopelo rojo decorado con pasamanerías en hilo de oro y fijado con tachuelas de bronce. Y la silla era solo una muestra. A su derecha, había otras dos vacías. Y, frente a él, un llamativo bargueño con incrustaciones de marfil y taraceado en todos los costados. Incluso el recado de escribir que desvelaba la tapa abierta era de plata fina.

En unos palmos, el hijo de la Camacha tenía a su alcance más de lo que había ganado en toda una vida de trabajo honrado.

De Francisco María Bacheli se contaban ciertas cosas, pero se decían otras. Al parecer, por puro deseo de ampliar los negocios familiares, había desembarcado en las Indias buscando abrir una sucursal del emporio que los suyos ostentaban en la ciudad fortificada desde los tiempos de los Sforza, de quienes el propio Bacheli se decía descendiente. Sin embargo, bajo capa terciada al hombro, se rumoreaba que había abandonado la Lombardía pies en polvorosa cuando se descubrió que se dedicaba a contrabandear. Corría por los mentideros que robaba suministros a las tropas reunidas en el alfoz del ducado, listas para tirar camino hasta Flandes y luchar contra los herejes. Y que lo robado, mosquetes, botas e incluso quesos manchegos, acababa en manos de los orangistas.

Cierto o no, desde su llegada al Yucatán había dado motivos para las habladurías, porque no había negocio, por turbio que fuese, en el que el lombardo no metiese el hocico.

Por eso mismo, Camacho sabía que, si alguien se atrevería a contratarlo, sería él.

Y más le valía. Porque necesitaba darle en las narices a Catalina. No podía sacarse de la cabeza lo que había sucedido el día anterior.

—Robarlo —había repetido ella.

E incluso el indio mudo había dejado escapar un reniego.

—Ah, no, no y no —había respondido de inmediato el franciscano—. Si me voy a la selva a predicar, puedo tener alguna oportunidad, no muchas, pero alguna. Sin embargo, meterse con la flota es harina de otro costal — resopló—. Le tengo demasiado aprecio al pellejo, no tengo ningún interés en que me desuellen a latigazos. A escamotear una nao de la flota no se atreven ni los garduños…

Catalina, airada, no se había amilanado.

—No hay que robar todo el barco ni toda la carga, basta una parte — aseguró convencida—. Algo habrá que podamos conseguir. Son diez millones de maravedíes, ¡diez! Vamos… ¡Merece la pena!

Los miró a todos de hito en hito.

—Tú conoces las mercancías —continuó al cabo, señalando a Camacho —. Sabes lo que valen y también cómo o a quién venderlas. Vos, padre —se dirigió al franciscano—, habéis confesado o sermoneado a la mitad de los implicados, y yo —cambió la posición de la mano para señalarse el pecho— he visto pasar por la casa de la Brava a la otra mitad.

Gundemaro sacudió todas las grasas de sus papadas para señalar al indio con el mentón.

—Seguro que conoce a los esclavos negros o a los indios de las encomiendas. Hablará su lengua —dijo ella según se le ocurrió—. Puede ayudarnos…

Y, como el llamado Pedro asintió sin dejar de rumiar su chicle, Catalina cobró fuerzas.

—¿Lo veis? —preguntó a los otros dos—. Por las manzanas del Edén, ¡escuchad! Entre todos podemos encontrar el modo de sacar pellizco del mayor envío de la historia de esta condenada ratonera. Está ahí delante, al alcance de los dedos, solo tenemos que estirarnos y agarrarlo —se percibía el entusiasmo en su voz—. Con una décima parte, podríamos empezar una vida lejos, muy lejos… ¡En México!, ¡en Manila! Donde sea, donde nadie nos conozca. Merece la pena —repitió por tercera vez.

—Has perdido el norte…

Como una gata, Catalina se revolvió hacia Camacho para recriminarle su objeción.

—No, el norte, no, pero sí todo lo demás. Lo único que tengo es lo puesto y unas pocas monedas. Y no conozco otro oficio que el de puta. Jamás tuve oportunidad de hacer algo distinto…, hasta ahora.

—Yo tampoco —repuso el hijo de la Camacha—, pero abrí mi camino…

No lo dejó terminar.

—Y mira cómo te ha ido: de culo y cuesta arriba. Robemos la Balvanera y consigamos una nueva vida. Si sacamos lo suficiente, podemos pasar por un hidalgo y su séquito; bien sabe el Señor que más de uno de los cantamañanas que desembarcan cada temporada entre tafetanes y brocados es un impostor. Esta es la tierra de las nuevas oportunidades. Lo único que tienen esas oportunidades es que son caras…, rematadamente caras.

Camacho buscó ayuda en los otros dos, agradeciendo en el alma que Malaquías estuviera en la selva buscando hierbajos. Pero no encontró el apoyo que esperaba. En el rostro de Gundemaro calaba ya la sospecha de que podían intentarlo, y en los almendrados ojos claros del indio se veía claramente que haría lo que él decidiese.

Solo ante aquel huracán que soplaba con fuerza, Camacho hizo lo posible por mantener la calma.

—Todo el mundo sabe que el cargamento es valioso, especialmente valioso. Pedrarias también, y el alguacil. Se ha redoblado la guardia. Hay corchetes de continuo en los muelles —comentó en tono pausado—. Deberías saberlo. La flota es la niña bonita de la Corona. Se navega en conserva, entre naves de guerra, nunca falta la pólvora, y envían con más soltura soldados a guardar lo que carga la flota que lo que se conquista en Flandes.

Eso no pareció arredrar a nadie, y Camacho se pasó la mano por el rostro, tirándose de las mejillas.

—Todo ha sido anotado, hay un manifiesto de carga —siguió con paciencia—. Y robar un cargamento declarado supone robar también el quinto de la Corona, ¿o piensas dejar en las bodegas el pago a la Real Hacienda?

Aquello era harina de otro costal.

—Ninguno de nosotros tiene apellido para salir bien librado si tose en una blanca de la Corona —advirtió muy serio—. No serán galeras, ni destierro ni prisión… No somos hijosdalgo para contar con la clemencia de un degüello rápido… —Los miró uno a uno y suspiró—. Nos espera el patíbulo, ¡la horca!

Camacho se fijó en la reacción del franciscano; se masajeaba el cuello, como si ya sintiera el abrazo del dogal. Sin embargo, como tenía la sensación de que su mensaje no calaba, decidió ahondar en las pegas.

—Y no contamos a los marinos. No sé cuántos hombres lleva la Balvanera, supongo que unos cien… ¿Eres consciente de que al menos cuarenta serán soldados? No hacen falta tantas manos para arriar velas o hacer nudos. En cada tripulación de cada nao de la flota, buena parte de la dotación está ahí para cuidarse de piratas, filibusteros, corsarios o simplemente de mentecatos cabeza hueca —terminó, refiriéndose claramente a Catalina—. Y créeme, yo he pasado la mitad de mi vida embarcado: son hombres cuajados, ni pestañearían por rajar las tripas a cualquiera que se acercase sin permiso a la carga —aseguró—. Es una locura de la que solo se puede salir con los pies por delante.

El taconazo en el suelo demostró su frustración y, como no se le ocurrió otra cosa que decir, Catalina protestó.

—¡Por los clavos de Cristo!, ¡por las santas llagas!, ¡por las…! —se quedó en blanco—. Pues podéis iros todos al infierno a encalar los cuescos al mismísimo Lucifer.

Los miró con ojos encendidos y, resoplando, se marchó airada.

Catalina no apareció hasta noche prieta. Necesitó todo el día para asumir que no le quedaba otra opción que aceptar lo propuesto por Camacho.

Y no volvió a abrir la boca.

Guardó silencio mientras, como almas en pena, abandonaron el convento de San Francisco al abrigo de la noche. Calló en tanto callejearon por la barriada de Guadalupe y llegaron hasta donde vivía Camacho. No dijo una palabra cuando el indio y el fraile ayudaron al dueño a recomponer los muebles y poner orden. No rogó a un solo santo en toda la madrugada. La pasó desvelada, sentada en una esquina, con el ceño fruncido. Y ni siquiera abrió la boca cuando Camacho se despidió, antes de marcharse, mientras Gundemaro miraba con pena las pobres tortas de maíz que Pedro había preparado como único y magro almuerzo.

—Ya podéis pasar —anunció un sirviente al que no había oído llegar—. El señor os espera.

Camacho se pasó la mano por el pelo. Y, por un instante, cada guedeja se quedó donde debía. En cuanto se levantó, volvieron a su desorden habitual.

—Vos diréis —repuso complaciente, dispuesto a seguir al lacayo.

Si la antesala le había parecido un apabullante derroche de lujos, lo que vio entonces de la casa no se quedó atrás.

Caminó tras el sirviente por un corredor donde pedestales labrados exponían calderos de cobre, obras de fundición y un enorme jarrón de porcelana china con imbricados dibujos azules que, de tan minuciosos, parecían capaces de cobrar vida. Pasaron después por un zaguán donde colgaba un tapiz en que se celebraba la victoria de Bicoca. Y a continuación salieron a un atrio espacioso convertido en patio de armas. Allí los hombres de confianza de Bacheli se dedicaban a la esgrima.

Cuando cruzaron por uno de los pórticos, al tudesco que lideraba a los guardas, hasta entonces atento, se le despistó el combate que vigilaba y miró al visitante con el ceño fruncido. En la sombra de aquella adusta expresión, Camacho adivinó que un gesto indebido bastaría para que aquel tipo lo despellejase sin mediar pregunta.

Dejaron atrás el repicar de las toledanas y ascendieron por escaleras iluminadas gracias a los brazos de una lámpara de forja decorada con hojas de parra.

Sin embargo, aún no había visto nada. El despacho en el que aguardaba el comerciante era un exceso mayor que el del mismísimo Real Alcázar de Madrid.

Amplios ventanales miraban al mar. Enmarcados en nogal, divididos con barrotillo de plomo, decenas de pequeños cristales de impecable factura recortaban olas lejanas. Se veían las canoas de los pescadores nativos, y también gamelas que daban servicio a los asuntos del muelle. Más aún, se veía a la Balvanera atracada y al hormiguero que la rodeaba. Incluso se distinguía a los guardas de la nao, a los marinos y a los estibadores.

Desde allí, Bacheli domeñaba el puerto sin más que volver la cabeza.

En una de las paredes colgaban dos pequeños óleos flamencos sobre lienzo, ambos enmarcados en gruesas molduras de palisandro talladas con volutas. Y a Camacho le impactaron. No estaba acostumbrado a ver pinturas en las que no desfilasen santos.

Era tal la profusión de detalles que daba la sensación de tener que echar la mano para evitar que una brillante manzana bermeja cayese de un frutero a rebosar. Era un plácido bodegón, sobre una mesa donde las arrugas del mantel escondían las migas de una hogaza recién cortada. En el otro, se veía un retrato del propio Bacheli, y en las pinceladas podían contarse todos y cada uno de los pelos de la barba cana que se dejaba crecer el mercader.

En la otra pared había un enorme aparador lleno de pequeñas gavetas y recovecos, todos a rebosar de papelajos, entre los que destacaban los aparatosos sellos de lacre y plomo que colgaban de algunos de ellos. Allí estaban la contaduría y los archivos del lombardo. Y sobre él, ordenados en pulcra fila, como si hicieran cola para caerse por uno de los costados, una montonera de libros como jamás Camacho había visto.

Una enorme mesa navegaba entre las paredes en el centro de la estancia. Con tanta madera de nogal como para armar una balandra, el exquisito trabajo de marquetería que abarrotaba hasta el último rincón no solo contaba la historia de que a Bacheli le gustaba lo más caro, sino también presumir de que podía permitírselo.

Tras aquella enormidad, donde había recado de escribir, legajos sueltos y un enorme cuenco de plata lleno de altramuces, estaba sentada la sonrisa dicharachera del mercader.

Lo recibió sin levantarse, con grandes aspavientos de manos impolutas y puños cuajados de encajes ingleses. Quizá la coquetería había impedido que el pintor las reflejase en el retrato, pero lo primero que llamaba la atención en el lombardo eran las caras antiparras, enmarcadas en concha de tortuga.

—No imaginaba que hoy me visitaría un fantasma —bromeó en cuanto el lacayo cerró la puerta a espaldas de Camacho.

—Buenos días. Gracias por recibirme —soltó este, sin pensar siquiera en lo que había oído, preocupado por aliviar cuanto antes lo preparado.

El mercader lo miró torciendo el rostro y rio con ganas. Tanto que tuvo que recolocarse las antiparras, empecinadas en despeñarse por su nariz.

—Buenos días —respondió divertido—. Esto es mejor que una buena comedia… —Y, de inmediato, con ojos soñadores, añadió algo más, pellizcándose una de sus patillas—: Echo de menos esos lujos. Aquí se hace dinero, pero se añora la corte. ¿Sabes hace cuánto tiempo que no consigo comer unas frutas de sartén decentes? Y no puedes imaginarte el ridículo precio que he tenido que pagar por una copia del Florindo —protestó, señalando los libros sobre el aparador—. Si no se trata de breviarios o vocabularios, los franciscanos de ciudad de México no parecen interesados en imprimirlo. Ese ha venido desde Zaragoza, ¿puedes creerlo?

Suspiró con melancolía.

—Y este calor pegajoso…

Volvió a suspirar.

—¿Sabes? Lo que llevo buscando desde hace años, y qué fácil sería conseguirlo en Alcalá de Henares o en Zaragoza… Lo que busco desde hace años son unas impresiones decentes de la saga de Palmerín. Pero, por un motivo o por otro, llegan las naos de la flota y nunca traen mi encargo… Una desdicha la mía, una auténtica desdicha. Ya está —dijo en voz más alta, sorprendiendo a su invitado—, creo que voy a ordenar que me hagan el equipaje. Me voy de regreso en la Balvanera. En Sevilla podré agasajarme de caprichos y vivir de las rentas.

El vivaracho y voluble mercader, de rostro almendrado y cuerpo enjuto, miraba el mundo desde unos peculiares ojos grises. Llevaba encima, entre anillos, broches y sellos, más oro que el rescate de Cajamarca; todo colocado con pulcritud, sin que una pulgada de sus vestimentas y adornos quedase fuera de lugar.

Camacho lo conocía, aunque nunca antes había hablado con él a solas.

—Con la venia…

Arrollador, el mercader no lo dejó terminar:

—Oh, ¡qué descortés! ¿Ordeno que traigan algún refrigerio?, ¿unos altramuces?

No dejó que respondiese. Se hizo con un abanico que sacó de un cajón de la mesa y, tras apenas dos sacudidas, cambió de tema.

—Es cierto. Últimamente he estado pensando en cambiar de aires —dijo, como quien comparte una intimidad—. Supongo que no tienes idea, pero hay un jesuita italiano que lleva tiempo instalado en la corte de los Ming y ha abierto las puertas a un interesante ir y venir de jarrones y otras delicias. ¿Lo sabías? Claro que sí —respondió en tono adulador—, conoces que buena parte de la plata de Zacatecas acaba en manos chinescas. Eso lo sabes. Aunque puede que no sepas —añadió bajando la voz, en confidencia— que hace tiempo que en esas tierras el pago de impuestos solo se puede realizar en plata…

Quedó callado un instante.

—¿Quieres beber algo?

De nuevo, no esperó respuesta. Y la impaciencia roía ya los nervios de Camacho, aunque no se atrevió a interrumpir. No era momento para resultar descortés.

—La verdad es que su excelsa majestad, allá en ese convento que se ha construido en los montes, no sabe la suerte que tiene. Esas correrías suyas por Flandes y todo ese fervor religioso lo pagan los chinos, ¿qué te parece?, ¿quién lo iba a decir? En los últimos tiempos, en la China, la plata puede valer más que el oro. Alguien avispado podría hacer una fortuna con eso… No se le saca todo el partido que se debiera al galeón de Manila. Tendría que considerar seriamente mudarme a Acapulco —concluyó pensativo, inmerso en sus propias ideas.

Como el silencio se alargó, Camacho se atrevió a hablar:

—Si me permitís —comenzó apocado—, yo tan solo venía a preguntarle si ya ha cerrado todo el papeleo del envío de palo de tinte directamente a Sevilla, como hace falta patente de la corte…

Uno de los ojos del comerciante se entrecerró.

—Oh, no, no hablemos de negocios. Eso me aburre —repuso con fastidio —. El rey no sabe ni a qué huele el cojín donde asienta las posaderas… ¡Dudo que sepa dónde tiene las posaderas, a no ser que le escriban un informe al respecto! —añadió con una sonrisa ladeada—. Mientras los ingleses y los flamencos están dispuestos a pagar fortunas por el palo, aquí se ahoga el comercio con impuestos. Es una imbecilidad. No —negó con fastidio—, eso me aburre. En los últimos tiempos prefiero centrarme en materiales menos vulgares. Creo que voy a dedicar todos mis esfuerzos a las especias. Quizá debería mudarme a Veracruz.

Camacho no perdió pie y continuó hablando:

—Pues tenía entendido que Pedrarias selló y anotó quinientas corachas con el cordón amarillo de la casa Bacheli.

Aquello logró que los ojos del comerciante, tras las lentes, lo miraran fijo.

—Bueno, hubo una oportunidad, y me pareció sano no meter todos los huevos en la misma cesta. También envío añil. Pero creo que a partir de ahora me voy a centrar en las especias. Son más rentables. ¿Tienes idea de a cómo se está pagando la libra de pimienta de tabasco a orillas del Guadalquivir?

Camacho se frotó los antebrazos y cambió el peso de un pie al otro.

—Recién desembarcada, se debe pagar, como mucho, a cien maravedíes, más supone dejarse engañar —hizo una pausa—. También conozco el añil. Y el nopal. Y la plata. Y las demás especias. He trabajado durante años con todo lo que se envía en la flota. Además, tengo contactos en Sevilla, en Jerez y en Carmona.

Tras aquella declaración, el mercader dejó que el aburrimiento se apoderase de su rostro y empezó a juguetear con el cálamo que había en la mesa.

—Puedo sacar partido a cualquier envío —aseguró Camacho, dándose cuenta—. Sea cual sea la mercancía. Los mejores precios…

Apareció un brillo vivaracho en los ojos del mercader.

—No lo dudo —concedió—. Cualquiera que lleve unos años en estos asuntos ha oído tu nombre revolotear. —Acompañó sus palabras con unas florituras de los dedos en el aire—: Camacho…

Los ojos grises quedaron entornados, y el hijo de la Camacha no corrigió al mercader, se limitó a tragarse el orgullo.

—Pero no sé a qué vienen tantas explicaciones… Imagino que vendrás a tratar algún asunto relacionado con ese desabrido sin modales de Mora. ¿Sigue aún enfadado por no aceptar su comisión para aquel envío? Ya le dejé claro que no iba a poner un cuartillo más.

Pese a las quejas, en todos los mentideros de Campeche se sabía que aquel trato se había cerrado de forma ventajosa para el lombardo.

—Desafortunadamente, nuestras relaciones comerciales se han visto interrumpidas. Ya no trabajo para la casa de Mora…

En rápida carrerilla, Bacheli peló y se comió media docena de altramuces con aire meditabundo.

—Sí, eso he oído —confirmó, cuando los nervios de Camacho estaban a punto de saltar en pedazos—. Que robaste buena parte de su cargamento.

La mejilla le tembló ligeramente. No hubo ninguna otra señal que advirtiese al mercader de la opinión que merecía al aludido su comentario.

—Si eso fuera cierto, no estaría aquí rogándoos que me ofrecierais un empleo…

—¿Empleo? ¡Esto sí que es divertido! ¡Mejor que un buen imbroglio en una comedia…! ¿Camacho, no habrás venido a venderme lo que le robaste a ese… a ese cabrero?

El mercader sonrió lleno de ironía, disfrutando de sus propias palabras. Camacho se pellizcó el puente de la nariz antes de contestar.

—Empleo, sí —logró decir sin enojarse—. Y sois sin duda el más indicado, porque en todo Campeche sois uno de los pocos que sabéis con certeza segura que yo no he robado nada…

Las cejas del comerciante se alzaron en una danza peculiar.

—¿Yo?

—Sí, vos. Porque el ladrón no soy yo…

Cayeron más altramuces.

—Sois vos…

El mercader no se molestó en fingir escándalo. Parecía más bien divertido, y se dedicó a atusarse las barbas.

—¿Te crees el paladín Roldán? —No esperó respuesta—. Nos falta un gigante, alguna bruja y, a ser posible, una sierpe, porque ya tenemos mancillado el honor del caballero… Ah, y también algún páramo salvaje en algún país perdido de la mano de Dios… Cilicia podría servir…

—Sabéis que digo la verdad. —Camacho dejó escapar un suspiro.

—Yo sería incapaz de robar nada, eso supone demasiado trabajo — declaró con hastío.

—Esta temporada, al ir a los cortaderos, no me topé jamás con vuestras cuadrillas. Y nada se había oído de que preparaseis envío. Sin embargo, hace unas semanas, cuando yo cerré el trato para ahorrar los maravedíes del flete directamente con la Casa de Contratación, empezó a circular el rumor de que preparabais unas corachas…

Sin abandonar su pregón, Camacho se acercó a la mesa con aires de náufrago, obligando al mercader a mirar hacia arriba.

—… Y hasta los rederos del puerto sabían que Mora preparaba un envío gigantesco gracias al nuevo precio. Más de mil quintales. Y, qué casualidad —añadió como lamentando una coincidencia—, justo cuando Pedrarias va a sellar las corachas, la mercancía ha sido cortada y falta un cuarto…

Dio otro paso más, obligando al mercader a alzar aún más el rostro.

—Entonces se oye que la casa Bacheli va a enviar quinientas corachas a Sevilla, algo que no se había hecho nunca antes… Hasta que yo conseguí un mediador con la corte.

Divertido, el mercader reaccionó con una sonrisa.

—Pero un cuarto de mil daría para doscientas cincuenta corachas, no para quinientas.

Camacho no se arredró.

—Yo no sé mucho de números. Los aprendí haciendo guardias cuando estaba embarcado; no tuve ocasión de pisar las aulas de Salamanca… Pero las cuentas cuadran… Quinientas cuadran si a la mercancía robada se le añade otro tanto de cualquier desecho, artimaña a la que acostumbran las casas de ciertos mercaderes…

La sonrisa del lombardo se ensanchó.

—La vida está llena de casualidades sorprendentes.

Camacho respiró hondo y habló en tono firme. Ya no rogaba.

—Claro, sorprendentes… Como que Roa, a sueldo de la casa de Mora — puntualizó, remarcando cada palabra—, me propusiese cortar el palo unos días antes.

Si había esperado alguna reacción, Camacho quedó decepcionado. El comerciante se dedicaba a sus altramuces. Ni tan siquiera alzó una ceja.

—Vos le pagasteis por el palo y vos lo vais a vender en Sevilla. Roa no hubiera tenido los medios para hacerlo, no sabe cómo.

El cuenco ya estaba mediado, y las cosas no marchaban como había esperado. Camacho respiró profundamente.

—Yo no he robado nada. Y el precio por mi silencio es un empleo. Lo único que quiero es volver a empezar…

Bacheli se levantó. Se dirigió al aparador donde tenía sus papeles, dándole la espalda. Se quitó los anteojos para plegarlos y abandonarlos en uno de los estantes.

La respuesta no fue la esperada.

—No puedo contratar a un muerto.

Bacheli se volvió y miró fijamente al joven.

—Aunque fuera cierto lo que dices, que no lo es —dijo con intención, susurrando bajo una sonrisa pícara—. Roa no es de los que dejan flecos sueltos.

Para aquello, Camacho sí tenía argumentos.

—No he hablado con el alguacil, y menos con el capitán Alcalá. No quiero más contratiempos —aseguró con vehemencia—. Y, si me dais empleo, estaré bajo vuestra protección. Roa no se atreverá a armar más escándalo. No le merece la pena enfrentarse a vuestros hombres. Ese tudesco sabe caer de pie.

Ahora fue Bacheli el que se aproximó. Dio un paso. Y otro. Mirando fijamente a Camacho. Y otro más. Hasta que su invitado reculó.

—Sin duda, mi buen Carlos se las apaña —concedió con calma—. Y puede que Roa se atreviese, como también puede que no —añadió, enigmático—. Tienen entre ambos sus propias cuentas pendientes. Sin embargo, ese es un lío en el que no me interesa meter los hocicos. No compensa averiguar la respuesta a esas preguntas.

Camacho alzó el mentón.

—Entonces no me queda otro remedio que soltar la lengua, y creo que también sería buena idea escribir una carta al gobernador Céspedes. Conozco a su secretario, hemos tratado asuntos antes…

Bacheli rumió lo escuchado y, con parsimonia, después de toquetear algunos papeles del aparador, regresó a su asiento y volvió a prestar atención a los altramuces.

—¡Qué pena! Con lo divertido que estaba siendo todo esto, y ya me vuelvo a aburrir.

Peló unos cuantos y se los dejó en la mano, para ir comiendo uno a uno.

—Mira, hijo: esa es una partida que no voy a jugar. La verdad, lamento lo que te ha sucedido —afirmó, pareciendo sincero—, pero yo solo intento hacer negocios ¡y divertirme! No estoy dispuesto a contratarte e iniciar una guerra con Mora. Es un mal bicho al que enfrentarse… —Arrugó la nariz, divertido, fingiendo captar el mal aliento de su rival—. Además, está Roa; si te quedas a mi servicio, puede tomárselo a mal, y está tan loco que es capaz de buscarme las cosquillas con un palmo de acero. Con franqueza, a excepción de Carlos, el resto de mis hombres no están a la altura… No, en esa ratonera no me voy a meter. Todo el mundo en los muelles sabe que eres bueno en lo que haces, pero ese jardín tiene demasiado barro.

La decepción estrujó el rostro de Camacho.

—Y por mí puedes escribir al mismísimo rey Felipe si te place. Pero no olvides que su secretario para asuntos italianos es íntimo amigo de mi familia; ya lo era su padre, Diego de Vargas. Y tampoco que al gobernador Céspedes, cuando viene a Campeche, soy yo quien le paga las noches en las que prefiere hospedarse en casa de la Brava a dormir en su caserón.

Se acabó los altramuces que había pelado y tomó otros cuantos del cuenco.

—No te interesa hacerte otro enemigo…

Dejó la afirmación en el aire antes de continuar.

—Además, me temo que Roa, antes o después, acabará su trabajo. —Por el tono dio a entender que se decantaba porque sería pronto—. La verdad, no sé cómo has podido juntar los redaños de venir hasta aquí a plena luz del día. Yo, en tu caso, hubiera puesto pies en polvorosa.

Desarmado, Camacho apenas logró balbucear:

—Yo esperaba…

Bacheli no lo dejó terminar.

—Ya lo sé, lo has dicho. Esperabas que yo te diese un trabajo y te protegiese. Sin embargo, y ya te lo he dicho, ese es un jardín con demasiado barro. Lo siento…

Se miraron, hasta que el hijo de la Camacha humilló el rostro. Bacheli bostezó entonces y, como si hubiera sido una invitación a marcharse, Camacho se volvió, tentativo. Pero se arrepintió de inmediato.

—Solo decidme una cosa.

El lombardo alzó las cejas, como dando permiso.

—No enviasteis el palo a San Juan de Ulúa. ¿Cómo supisteis lo del flete a Sevilla?

El rostro de Bacheli se iluminó.

—Eso sí es divertido. ¿Quieres saber la verdad?

Camacho se limitó a asentir.

—No lo sabía —reconoció el italiano, riendo—. No tenía ni idea, pero la temporada pasada, cuando… —titubeó un instante—, cuando mi gente me hizo llegar el rumor de que Mora no iba a enviar el palo, imaginé algo.

—Todo se llevó bajo mano, es imposible —protestó Camacho sin terminar de volverse.

Antes de contestar, Bacheli miró a través del ventanal. Los estibadores se afanaban en el muelle.

—Se te da bien esto, pero no te olvides de que yo llevo haciéndolo desde antes de que tú nacieras. Hay que abrir bien los oídos y estar dispuesto a arriesgarse cuando se husmea un rastro prometedor… Podría decirse que tomé una ruta más larga, pero que llegué al mismo puerto. —Señaló fuera con una risilla melodiosa—. Yo contaba con hombres de confianza en la tripulación del Buenaventura, y me bastó hacer correr la voz de que pagaría medio escudo si, al llegar a Sevilla, alguien seguía a ese atolondrado de Gutiérrez…

—¿Sabíais lo de Gutiérrez?

La sonrisa del lombardo dejó ver dientes impolutos.

—Sí, claro que sí. No había muchas más opciones como correo. Conozco a la tripulación del Buenaventura. El año pasado fue su cuarto viaje a Campeche. Gutiérrez es de los pocos que no abusa de los espiritosos y además suele cumplir lo que promete.

—Entiendo…

—Siguieron a Gutiérrez y, cuando llegó a destino, mis hombres tenían permiso para ofrecer el mismo trato que Mora —carraspeó—, que tú —aclaró con intención— ofrecieras, aunque mejorando un quinto y, después de regatear, aceptar un cuarto. Como es lógico, la respuesta que recibí fue la misma que recibió Mora… La misma que tú recibiste.

—Comprendo —admitió Camacho sin ocultar su decepción.

Cayó de nuevo el silencio entre ellos y, en un arranque altruista, Bacheli añadió algo más:

—Siento que haya terminado así.

Pareció sincero, aunque a Camacho le sirvió de poco consuelo.

—Los negocios solo tienen un amigo: el dinero.

El hijo del inglés asintió sin convencimiento, y el lombardo se apiadó de él.

—Te voy a dar un consejo.

Devolvió al cuenco los últimos altramuces que tenía en la mano, se sacudió las migas y se enderezó.

—Estás vivo. No sé cómo, y tampoco quiero saberlo. Pero aprovéchalo, ve a Acapulco, a Veracruz o a Sevilla, embárcate en la Balvanera. Lo que mejor te cuadre. Pero márchate antes de que Roa o alguno de sus perros se entere de que aún caminas…

Por una vez en su vida, Camacho tuvo suerte.

Tantos nudos tenía Mora en las tripas después de lo sucedido que había ordenado a Roa no despegarse de la carga de palo. El mercader, que roía su palillo día y noche, incluso había mandado que hubiera siempre dos hombres en el almacén y otro par junto a las pasarelas de la Balvanera. No se fiaba del piloto, el maese ni la tripulación. No se fiaba ni de su sombra.

Y en esas, el soldado llevaba días cerrando los ojos apenas unas horas, y de buena madrugada.

De sol a sol, iba y volvía del muelle a los almacenes para supervisar el trabajo de los estibadores y evitar que ninguna de las corachas con el cordel morado se extraviase, rompiese o cayese al agua. Y, de la anochecida al ocaso, organizaba a los suyos en turnos tan leoninos que había llegado a temer una rebelión.

Ni siquiera había podido dedicar tiempo a los naipes para gastarse el sobrante tras saldar deudas con el Rubio. Tanto él como sus hombres estaban deseando que la Balvanera zarpase de una maldita vez.

Por eso, cuando Urdaneta llegó al muelle con su atado de cigarros bajo el brazo, Roa no tuvo opciones.

—¡No puede ser! —dijo, conteniéndose para no atraer oídos indiscretos.

Miró a todos lados. Nervioso.

Con la estiba, los muelles eran un hervidero. Y Roa sabía que incluso los que parecían ocupados prestaban atención a asuntos ajenos. Siempre cabía la posibilidad de enterarse de algún apaño de última hora con el que sacarse unos duros. Además, se rumoreaba que la Corona tenía espías en todos los puertos, desde Nueva Segovia hasta Sevilla, no fuera a ser que el quinto real se escamotease.

Los estibadores pasaban con su carga hacia las pasarelas. Unos marinos repasaban gruesos calabrotes buscando defectos en la trama. El piloto de la nao inspeccionaba cómo se doblaba un paño de repuesto para la mesana. Algún hombre había de los que obedecían al capitán Alcalá. Y por todas partes, con aire de perros de presa, se movía la soldadesca de la Balvanera, atenta a que a nadie se le ocurriera la desafortunada idea de robar la carga.

Con brusquedad, Roa tiró del brazo del guipuzcoano para apartarse a una esquina.

—¿Estás seguro? —bajó el tono al preguntar—. ¿Camacho?

A su alrededor, el ajetreo continuaba con indiferencia, pero los ojos del veterano se clavaban en cualquier fulano de los alrededores a fin de adivinarle las intenciones.

—No hay duda. Era él —respondió Urdaneta con vehemencia.

—Me cago en la leche que mamé. No puede ser, ¡imposible!

—Pues no creo que fuera una aparición…

Roa escupió bajo el colmillo. Lucas Dos Pasos lo llamó para atender a la carga, pero contestó de mala gana que se esperase o que se encargaría de encontrar a dos negrazos que se le holgasen en las posaderas.

Al cabo, mientras la cabeza del soldado bullía, para empeorar las cosas apareció Mora. Peripuesto e impecable, se presentaba para inspeccionar sus asuntos, con cara de pocos amigos y muchos enemigos. En otros años y otras circunstancias, Mora ya habría regresado a Mérida, pero no ahora.

Como habían hecho con Urdaneta, los guardas de la nao le dieron el alto, y Roa vio que el mercader respondía airado. Desde donde estaba, advirtió su cara de desprecio al verse obligado a explicar quién era y qué hacía rondando la Balvanera. Una vez le franquearon el paso, Roa lo vio llamar al toledano, que aprovechaba su corpulencia para ayudar a los estibadores.

Supo que el patrón preguntaba por él.

—Pase lo que pase, que el enano no se entere —dijo a Urdaneta en cuanto Mora siguió el dedo estirado del gigantón toledano, que apuntaba hacia la esquina—. Todos aquí como si nada hubiera pasado. ¿Quién está descansando ahora?

Muy a su pesar, Roa tuvo que encargar el asunto a los dos hermanos gaditanos.

Apenas unas horas antes, después de que la pareja se hubiese tragado la guardia nocturna frente a la Balvanera, el mismo veterano los había mandado a dormir. Y ahora ordenó a Urdaneta que los despertase a puntapiés y que volviesen a toda prisa a los muelles.

Y Camacho tuvo una pizca de fortuna.

Urdaneta no se hubiese atrevido a perder tiempo; hubiera sacado partido a la espada y a la daga. El cacereño paticorto hubiera preferido usar pólvora y plomo para rematar el asunto de un plumazo. El toledano, grande como un buey, era de los que preferían a los grumetes. Pero los hermanos no podían dejar pasar una ocasión de apuntarse a una juerga.

Los dos gaditanos pensaron que podrían obligar a Catalina a entretenerlos un rato antes de finiquitar el trabajo.

No fue mucha su fortuna, pero sí suficiente.

Tras abandonar la casa de Bacheli, no solo sus planes se habían ido al traste, sino que sabía que también su vida corría peligro.

Y Camacho había corrido tanto como le permitieron sus piernas.

Tenía que cruzar toda la villa hasta llegar a la barriada de Guadalupe. Lo hizo más rápido de lo que jamás lo había hecho.

Pasó junto al convento de San Francisco como una exhalación.

No llamó a la puerta de su propio hogar. Entró en tromba. Y se topó con una escena que, de inmediato, rescató de su memoria un nombre: Gabaa.

Y entre labios fruncidos recitó el versículo del Genésis que hablaba de la esposa del levita.

—Abusaron de ella toda la noche hasta la mañana…

Todo el empeño puesto en recomponer sus humildes pertenencias se había ido al traste. Lo que no aparecía volcado, estaba roto. De su magra vajilla solo quedaban pedazos.

En el suelo, con la cabeza abierta, sobre un charco de sangre, yacía el indio Pedro. El hijo de la Camacha no supo si su samaritano estaba muerto o vivo.

El corpachón de Gundemaro no se veía por parte alguna.

Y, sobre el camastro, que tenía las patas rotas y había caído hasta el suelo entre astillas, estaban los tres.

Siempre se confundía y no recordaba cuál de ellos era Juan y cuál Antón. Uno, en la cabecera, intentaba sujetar las manos de Catalina. Las apretaba contra los hombros de ella. El otro, a horcajadas, hacía lo posible para llevarle las rodillas al pecho con una mano mientras, con la otra, rebuscaba entre las faldas con ansia.

Catalina peleaba como una gata. Daban fe de ello los arañazos frescos que cruzaban la mejilla de uno de los gaditanos.

—Hijos de mala madre, ¡soltadme! Os arrepentiréis.

Pataleaba, escupía, maldecía. Se resistía.

El de la cabecera, Camacho creía que era Antón, se giró entonces y lo vio.

—Mira quién ha llegado, el mismísimo Lázaro —dijo con sorna—. ¡Sujétala! Yo lo despacho.

Se apartó de la cama y desenvainó la espada. El hierro salió con un siseo tan ominoso como el de la cuatro narices.

Catalina requería toda la atención del otro gaditano. Se enfrentaría a solo uno de ellos.

Y hasta ahí llegó su pizca de fortuna.

Ahora eran un soldado curtido, armado con una toledana, contra un aspirante a mercader cuya única experiencia en asuntos de guerra se limitaba a las riñas a bordo en sus tiempos de marinero.

El gaditano, más que baqueteado en lides semejantes, dejó el hierro bajo, con la palma mirando al techo. Danzando en las puntas de los pies, empezó a rodear a Camacho para tentarlo. No cometió el error de embestirlo como un toro en festejos.

El otro hermano sacudió una bofetada a Catalina para que se estuviera quieta, y la retahíla de blasfemias que siguieron hubieran abochornado a un marino con los tres aretes de oro en la oreja.

Pero Camacho no la oyó. Tenía miedo.

Miró a todos lados. Buscó con desesperación algo que hacer.

Y tuvo una idea.

El gaditano y la espada se movían hacia su izquierda; él se movió hacia la derecha. Ambos giraron como jovenzuelas alrededor de un mayo chantado en la plaza del pueblo.

—No te servirá de mucho —rio el andaluz cuando Camacho se agachó para coger un tarugo que había sido una de las patas del camastro.

Y, disfrutando de jugar con un rival al que menospreciaba, tras una risa hueca, dio un paso al frente. Estrechó el círculo, cortó el aire con dos rápidas sacudidas de muñeca. La hoja dejó entre los hombres un tajo y una estocada; y llevaban el nombre completo del hijo de la Camacha, con sus largos apellidos.

Este no se arredró pese al silbar del acero. No dio un paso atrás. Siguió girando.

Solo dejó de prestar atención a su adversario para asegurarse de que Catalina mantenía al otro demasiado ocupado como para temer un ataque por la espalda.

El que debía ser Juan, para calmar a la fiera que tenía entre manos, había decidido desenvainar una estrambótica cinquedea que tenía toda la pinta de ser el botín de algún lugar no lejos de Pavía. El ancho acero descansaba sobre el cuello de Catalina, y la joven por fin callaba; solo jadeaba con fuerza.

A distancia segura, Camacho pasó frente a los del camastro. Temió que el que debía ser Antón diese otro paso al frente y acortase la distancia. Con un paso más bastaría para abrir carnes. De improviso, Camacho se apuró para volver a agacharse.

El ceño del gaditano se frunció.

—¿Me vas a ofrecer un trago?

Había cogido una de las pocas cantarillas que no se había roto. En casa de cualquier hijo de vecino, allí se guardarían unos cuartillos de vino, pero la sed de sus tiempos embarcado había hecho de Camacho poco amigo del vino. Prefería tener cerca agua fresca que no recordase a la corrompida que se servía a bordo.

Y quizás en algún tiempo había contenido vino. Camacho la había comprado de segunda mano a un alcarreño que se había mudado ligero a Maní en pos de rumores.

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