Balvanera
Cuadernillo de notas
Hace un par de años, asistiendo a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en mi querido México, tuve el enorme honor de conocer al nieto del ilustre Miguel León Portillo. Aquel joven inquisitivo se presentó en la mesa donde yo firmaba ejemplares de Fierro a los lectores que se acercaban a conocerme.
Fue una charla agradable que no pudo ir más allá de unos minutos, pues había otros lectores esperando. Pero para mí se convirtió en un regalo.
Así descubrí Visión de los vencidos, una lectura más que recomendable que debería ser tan conocida a este lado del Atlántico como lo es en tierras americanas. Mi buen amigo Juan Meneses, del Grupo Madre Editorial (quienes distribuyen mis novelas en tierras mexicanas), se hizo con una copia de la obra de Portillo en la misma feria y me la regaló apenas el nieto del autor se alejaba con su ejemplar firmado.
Aquella noche, en el hotel, tras una cena en la que no faltaron gusanos de maguey y buen tequila, abrí la primera página…
En cuanto regresé a Galicia, me hice con una copia de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo.
Y pronto quedé inmerso en un viaje iniciático en el que los rumores, los ecos de los estudios de mi infancia y los muchos pellizcos de Historia que uno va atrapando a lo largo de su vida se iban entremezclando para espantar mi ignorancia. Pronto me percaté de que había un cuento ahí escondido.
Sin embargo, contar con un decorado atractivo o una premisa no construye un argumento; lo único que hace es dar un motivo para pensar.
Y, pese a que mi admirado Stephen King suele decir que no merece la pena estropear una buena novela por culpa del argumento, yo soy un escritor metódico. Necesito ideas claras antes de mecanografiar. Y seguí leyendo, investigando, hasta que encontré la chispa que tanta falta me hacía; vino al escuchar a mi admirado Lorenzo Caprile (tan admirado que sus intervenciones televisas han terminado conmigo cosiendo vestidos para las muñecas de mis hijas) hablando de cómo aquella España de los Austrias se vistió de negro para presumir de lo que se había encontrado en las Indias.
Los comentarios del brillante modisto me enseñaron el camino, y leer los completísimos trabajos de la doctora Manuela Cristina García Bernal sobre el comercio del Yucatán y la importancia del misterioso palo de tinte me permitieron seguirlo sin perder el rastro.
A partir de ahí, la Camacha cervantina me sirvió en bandeja todo lo demás que podía necesitar.
Así nació esta novela…
Y, como todas las novelas con un trasfondo histórico, ha sido necesario buscar un equilibrio entre el rigor histórico y las obligaciones narrativas. En ese aspecto, como en todos mis trabajos anteriores, he procurado hacerlo lo mejor posible, pero seguro que habré cometido errores por los que, de antemano, pido disculpas, y alego, sin pudor, que mi prioridad ha sido la acción narrativa. En cualquier caso, a continuación doy algunas pinceladas sobre algunos de esos asuntos, con el fin de satisfacer curiosidades y alimentar el deseo de los curiosos.
Por último, antes de brindar esas pinceladas, una consideración que afecta a toda la novela. No creo que aquellos que abogan, consciente o inconscientemente, por las llamadas «leyenda negra» o «leyenda rosa» tengan razón. En primer lugar, me parece prácticamente imposible juzgar hechos de hace siglos desde el presente, y, en segundo, la inevitable comparativa resultará siempre torticera. En mi opinión, dejando a un lado las innegables barrabasadas de ciertos individuos, el conjunto general de las acciones de la llamada «conquista» son razonables para su tiempo y momento; es más, adelantadas en algunos casos, que no debe olvidarse la creación de hospitales y universidades, así como la pronta incorporación de los locales y mestizos a las élites. Hoy en día se puede pasear por cualquier ciudad del centro y sur de América y seguir encontrando rastros de historia precolombina y conocer a sus gentes, en tanto que no es habitual cruzarse con un apache en Nueva York o Texas. Creo sinceramente que se tiende a penalizar en demasía lo que allí sucedió y cómo sucedió, y que se pierde la perspectiva histórica.
El púrpura de Tiro lo fue para la antigua Roma; el estatus de los miembros más destacados de su sociedad se refrendaba con apenas una cenefa de color en el borde de sus túnicas. El mismo púrpura señalaba a los poderosos en el imperio bizantino, y de aquellas trazas quedó como herencia para las altas jerarquías de la Iglesia; aún hoy en día el diccionario recoge «purpurado» como cardenal de la Iglesia romana. Y, no hace tanto tiempo, las virtudes innegables del añil natural para conseguir un profundo azul seguían en boca de las gentes de a pie. Los tintes, su valor y su exclusividad han marcado profundamente la historia y las civilizaciones. Eso mismo sucedió con el palo de tinte cuando, por primera vez en la historia, podía lograrse un negro profundo y único que garantizaba exclusividad a quien pudiera pagarlo. Así, desde poco después de su descubrimiento (los nativos amerindios lo habían empleado desde tiempos inmemoriales), los europeos empezaron a comerciar con el palo de tinte, y las cortes y casas más pudientes de todo el viejo continente presumían de dineros vistiendo de riguroso luto. Por primera vez era posible conseguir un negro profundo, lustroso y estable que permanecía en la tela inalterado pese al uso y los lavados. Desgraciadamente, sobre el comercio de palo de tinte de finales del siglo XVI no existen tantos estudios como a mí me hubiera gustado. Yucatán, como la menos importante de las provincias en términos económicos y de explotación de materias primas, no fue el centro de atención en aquellos tiempos, ni lo es ahora para quienes bucean en los registros. Aun así, se pueden ofrecer algunos datos. En realidad, pese a que en la novela se usan cantidades diferentes para simplificar el argumento, hubo años de ese período en que el total de los envíos anuales pudo superar los tres mil quintales. Y curioso resulta que la Corona española se las ingeniase para acabar arruinando un mercado tan provechoso. Media Europa quería comprar palo de tinte, la otra media estaba dispuesta a robarlo si era necesario, y el único país que tenía derechos legítimos sobre el producto terminó por ahogar el comercio a base de limitaciones, impuestos y burocracia. Una triste historia para una materia prima que llegó a alcanzar, ocasionalmente, precios más altos que el oro o la plata.
A la sazón, cabe mencionar que el palo supuso una auténtica revolución que cambió la moda del viejo mundo, de las tendencias italianas de los años anteriores, vivas en el color y barrocas en el gusto. Ese novísimo y profundo negro que puso de moda la corte de los Austrias causó tal furor que, como algunos han afirmado, todo el continente se vistió «a la española». De hecho, podría decirse que fue uno de los elementos de lo que algunos han calificado primera globalización, ya que el poderío marítimo español, que unió Occidente con Oriente, se conjugó con la novedosa normativa fiscal china que exigía el pago de impuestos en plata, una plata que en buena parte salía, precisamente, de las posesiones españolas en las Indias y que acabó instaurando el real de a ocho como primera moneda del comercio mundial, tanto como para resultar, siglos después, base para el dólar estadounidense.
Con los nombres, topónimos y antropónimos, como siempre sucede al enmarcarse de forma aislada un período histórico, surgen dudas e imprecisiones. De modo que tomé la decisión consciente de inclinarme por las versiones que ya aparecen en las crónicas de antiguo, como la de Díaz del Castillo, la de las Casas o la de Gómara. Me pareció lo más razonable, pues los dos personajes principales son castellanos de aquel tiempo que hubieran pronunciado y pensado esas palabras de ese modo. Así, sin darle importancia a si el origen del término estaba en el náhuatl, el inglés o el francés, se cortaron todos por el mismo patrón (salvo algunas excepciones mayas) y se disfruta de curiosidades como la de escribir Guatarral por Walter Raleigh.
Del antiguo urbanismo de Campeche hay pocos datos firmes. Entre otros motivos porque, tal y como se refleja en la novela, las obras de fortificación se eternizaron durante prácticamente dos siglos. Además, casi todos los monumentos históricos presentes hoy en la preciosa villa de Campeche son posteriores o bien han sufrido transformaciones. Pese a todo, he intentado reconstruir la ciudad lo mejor posible gracias a esas pinceladas deslavazadas. Aunque debo admitir que, allá donde los datos escaseaban, dejé volar la imaginación sin pudor alguno.
El transporte y el sellado de las corachas tal y como se muestra en estas páginas es un tema controvertido. No he encontrado evidencias fehacientes de que se hiciera del modo en que se describe. Es cierto que las marcas en las pipas de vino y en otros envíos sí aparecen a menudo referenciadas en las crónicas, y también que los sellos en variadas formas eran de uso extendido; sin embargo, consideré que era un planteamiento verosímil. De hecho, aún hoy en día, los sacos de harina castellana siguen viniendo con cuño de plomo (como las bulas papales), o al menos así era en aquellos años de mi juventud en los que trabajé en una panadería.
Nota curiosa al hilo de las marcas y cuños de las mercancías resulta el hecho de que en multitud de crónicas se encuentren referencias a variaciones en las marcas hechas en las pipas de vino o aceite. Tanto que, incluso en los juicios en los que distintos comerciantes litigan por problemas con la carga o diferencias en los pagos, se menciona a menudo este particular en los testimonios. Y parece razonable afirmar que, en aquellos días y aquellos puertos, por lo general, el que no corría, volaba.
Mucho antes de que Farinelli cantase para curar las depresiones de Felipe V, en la España de hace varios siglos se apreció ese particular canto de los castrati, esos varones sopranos que el vulgo llamaba a menudo «capones». Y no siempre era bien visto, tal y como se refleja en la novela, pues parece ser que muchos sufrían dicha castración y el asunto se envolvía en un supuesto accidente. En el entorno de este tema no puedo dejar de recomendar la novela de mi buen amigo José de Cora La navaja inglesa.
Aunque no es este el foro para entrar en detalles, hay que aclarar que la cultura maya, en parte porque la materia prima no estaba especialmente disponible en la zona, no se caracterizó por la orfebrería de metales preciosos. Hoy en día ha alcanzado fama internacional, pero, no es una herencia de los tiempos precolombinos.
En toda la península del Yucatán hay una abundancia abrumadora de antiguas construcciones mayas de diversas tipologías y épocas. En la que yo me inspiré para el periplo de los protagonistas es en la de Edzna, que, si bien no correspondería exactamente desde el punto de vista geográfico, servía para ilustrar la magnífica cultura local.
En las crónicas hay abundantes referencias a esclavos cimarrones y a indios rebeldes refugiados en la selva intentando escapar del yugo de los nuevos pobladores. Me pareció necesario mostrarlo y, además, debo reconocer que en el poblado que aparece en estas páginas hay una clara inspiración en la actitud de los indios en la magnífica obra de Ermilo Abreu González, La doctrina. Parafraseo las palabras de su protagonista Canek, de cuyo nombre también me apoderé.
En sentido similar, la obra de Abreu fue una de las muchas de las que bebí preparando este cuento, y no la única de la que me he aprovechado con descaro. Una de las más evidentes fue, sin duda, El guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, a la que algunos califican de auténtica primera novela moderna, por delante de las aventuras del famoso hidalgo. De sus brillantes páginas y de las crónicas que hablan de la brutal epidemia de peste que asoló aquella Castilla del siglo XVI surgió la frase: «unos escapando de la peste que bajaba de Castilla, otros del hambre que subía desde Andalucía».
La realidad del tequila como bebida pudo ser bien distinta a la que se muestra en estas páginas, pero resultó agradable dar pábulo a la historia, no confirmada, de que fueron los franciscanos de Santiago de Tequila los que supieron enseñar a los locales cómo sacar un partido adicional a las golosinas que cortaban de las hojas de agave.
El papa Urbano VII prohibió efectivamente el tabaco en suelo sagrado, y no mucho después lo haría también Felipe III. Y al hilo de este asunto merece la pena comentar que, en 1565, el médico sevillano Nicolás Monardes publicó Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, en la que describe la planta del tabaco, el uso que hacían de la misma los indígenas americanos y sus empleos terapéuticos. Además, siguiendo con estas menciones científicas, entre 1571 y 1577, el médico y botánico español Francisco Hernández de Boncalo fue elegido por la Corona española para dirigir una expedición a América focalizada en el territorio de Nueva España. Y, gracias a ella, nació Historia natural de la Nueva España, donde se da una de las primeras descripciones sobre el tabaco y sus propiedades: «Es el yetl una hierba de raíz corta, delgada y fibrosa de donde nacen tallos de cinco o más palmos de largo, vellosos, desordenados, estriados y lisos; hojas anchas, oblongas y hasta cierto punto parecidas a las del lampazo; flores semejantes a las del beleño que dejan, cuando caen, cápsulas llenas de…». Como colofón a este respecto, puede mencionarse que el nombre de «tabaco» parece ser heredero de los haitianos y, de hecho, es en la isla de La Española (actualmente dividida entre República Dominicana y Haití) donde ya en 1530 empieza a cultivarse con intereses comerciales.
En cuanto al Santo Oficio, gracias a la tesis del profesor Carlos Roberto Gutiérrez Peraza, pude encontrar referencias al auténtico Hernando de Sopuerta (que no Socuéllamos), franciscano inquisidor de Yucatán para Mérida, Izamal y Maní. En la novela se presenta como dominico para no tener una duplicidad con el personaje de Gundemaro y para, a su vez, hablar de las tensiones entre las dos órdenes, representativas entonces y hoy de la idiosincrasia de cada una. Gracias al trabajo de Gutiérrez Peraza y otros similares, conocí las jerarquías y los procedimientos que se plantean en la novela, y, aunque estas páginas no eran lugar para extenderse en explicaciones, a cualquier interesado le recomiendo encarecidamente la lectura de este tipo de trabajos. Asimismo, por terrible que fuera esa institución que ha pasado a la historia como la Inquisición, lo cierto es que en estas páginas la uso más por su sombra (de la que me aprovecho con descaro) que por su figura. Sin desmerecer las muchas barbaridades que se cometieron a fin de salvaguardar la fe, lo cierto es que basta un vistazo a cualquier estudio competente para caer en la cuenta de que, tanto en el territorio peninsular como en el de ultramar, el Santo Oficio español fue mucho más benévolo que sus coetáneos de cualquier otro rincón de Europa. También cabe aclarar que, según parece, buena parte de los procesos en los territorios americanos tuvieron que ver con la bigamia o los judaizantes y no con artes brujeriles.
Lo más probable es que la Garduña, como sociedad de crimen organizado a la que incluso pueda considerarse como germen de la camorra napolitana, sea, en realidad, una falacia. Las menciones literarias y los rumores, e incluso que el diccionario recoja la palabra «garduño» como sinónimo de ratero, no son más que pruebas circunstanciales. Sin duda, como nos muestran el maravilloso Buscón de Quevedo y otras obras de aquellos años, no hay lugar a dudas de que hubo sociedades de crimen organizado que pudieron parecerse a las cofradías religiosas, pero es dudoso que llegasen a la catadura de la supuesta Garduña. En cualquier caso, y con fines únicamente literarios, servía para expresar un concepto fácil y rápido al que se sumaba un entorno atractivo desde el punto de vista de la narración.
Alonso Contreras, el Rubio, es el nombre de un capitán de aquella España de los Tercios que dejó una entretenida biografía que merece la pena leer. En ella queda retratado como un auténtico lobo de mar que pirateó el Mediterráneo contra el turco, y muestra mucho de la vida, uso y costumbres de su momento. Además, supuestamente, es una de las obras que sirvió de inspiración para el famosísimo Alatriste, personaje icónico de mi admirado Pérez-Reverte.
La bandera pirata es un tema controvertido y complejo. Es probable que a finales del siglo XVI no se usasen los estandartes del mismo modo, pero sí he encontrado algunas referencias a que Drake utilizaba banderas o pendones negros, sin más. Y he de reconocer que era un elemento visual que aportaba peso al ataque pirata al refrendarse en los tópicos instalados en el imginario colectivo. Así que puede ser cierto que a finales del siglo XVI algunos piratas usasen estandartes negros que quizá supusieran el germen de las banderas más elaboradas que surgieron después y que tienen por elemento más representativo la conocida como Jolly Rogers; aunque quepa señalar que, por ejemplo, los germanos tendían más a banderas con fondo rojo.
Que Campeche fue un lugar que asistió una y otra vez al ataque de los piratas queda fuera de toda duda, y merece la pena visitar la fortaleza que rodeaba la antigua ciudad y que tan bien se ha adaptado como espacio museístico. Ahora bien, no hay ninguna referencia a, como se muestra en la novela, un ataque que resultase una artimaña sin más que terminase en agua de borrajas. Sin embargo, la inspiración para este episodio surgió al leer cómo la enciclopedia Yucatán en el Tiempo narra los acontecimientos protagonizados por el pirata inglés Parker en 1597 cuando atacó la población con la clara intención de saquearla:
William Parker (Guillermo Parque, como lo llamaban los
cronistas españoles), asaltó la villa de San Francisco de Campeche.
Un día apareció en el puerto una flota compuesta por tres navíos que
se mantuvieron a una cierta distancia de la costa, sin visos de atacar.
Los confiados vecinos se retiraron a sus domicilios sin pensar que la
presencia de los piratas pasase de cierta amenaza. Bien entrada la
noche, con la complicidad de un vecino llamado Juan Venturate,
desembarcaron en la playa de San Román y atacaron la villa.
Sorprendidos los campechanos abandonaron sus viviendas; pero ya
repuestos se reunieron en el templo de San Francisco y desde ahí,
bajo las órdenes de sus alcaldes, Pedro de Interián y Francisco
Sánchez, organizaron el contraataque, entrado el día siguiente. Tras
horas de lucha, Parker ordenó la retirada, pero en su precipitada
fuga abandonaron parte del botín, a algunos prisioneros y a
Venturate, a quien, al conocerse su complicidad, se le condenó a
muerte en juicio sumario y fue ejecutado…
… En el contraataque participó otro barco amigo que venía de
Yucatán con el propósito de auxiliar a la población y que uniéndose a
otras embarcaciones campechanas prosiguieron la persecución de
Parker, a quien dieron alcance, logrando capturar a uno de sus
barcos piratas con todo y la tripulación. Durante diecisiete días
Parker volteó en torno al puerto con la esperanza de recuperar el
navío perdido, sin lograrlo. Finalmente desistió de su propósito y
enfiló hacia otros rumbos…
El sistema de las encomiendas y los posteriores repartimientos merece quizá más estudios y documentación, y no es este tampoco el foro apropiado, pero resulta interesante destacar que las llamadas encomiendas no solo fueron concedidas a los conquistadores, también a aliados nativos, como el caso de la famosa doña Isabel, hija de Moctezuma; asunto espinoso por otras vertientes, pues Cortés se amancebó con ella para luego casarla con prisa con uno de sus oficiales. En cualquier caso, el trato a los amerindios desde las instituciones españolas ha sido malinterpretado en muchas ocasiones, y basta con bucear en las crónicas para darse cuenta del papel fundamental del llamado «imperio español» en los debates morales que llevarán al desarrollo de lo que hoy entendemos como derechos humanos. La actitud de la no siempre entendida Isabel la Católica, o el sonoro debate de Valladolid en 1550, son más que prueba de ello y contrapunto de peso indiscutible cuando se tiene en cuenta, por ejemplo, que los aborígenes australianos, en términos legales, fueron considerados animales hasta que la Ley Electoral de la Commonwealth del Gobierno de Menzies de 1962 confirmó el voto para todos ellos, otorgándoles la categoría de humanos como tal. Lo que a su vez hunde sus raíces en un jardín fangoso que lleva hasta la diferente concepción de la esclavitud por Aristóteles y Platón y la herencia que las ideas de ambos filósofos dejaron.
He de reconocer que tuve que reprimirme para no incluir en estas páginas más detalles sobre esa eterna confrontación entre dominicos y franciscanos; he dejado pinceladas a través de los diálogos, pero no pudo irse más allá a fin de salvaguardar la acción narrativa. Sin embargo, es un estudio apasionante el de las diferencias filosóficas con las que las dos órdenes se enfrentaban a su labor evangelizadora. Entre ellas, la validez de esos bautismos masivos que favorecían los franciscanos, y esa conversión meditada, aupada en la razón, por la que abogaban los dominicos.
Por todo lo demás, estoy seguro de que algo se me habrá quedado en el tintero y que habré cometido más de un error, pero quedo a su disposición a través de las redes sociales o del correo electrónico:
francisconarla@francisconarla.com
Gracias, muchas gracias por haberle dado una oportunidad a mi cuento.
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