Balvanera
Parte 1
Durante el siglo XVI, las casas reales, los nobles,
los más ricos comerciantes del viejo continente
vestían de negro.
De todas las mercancías que llegaban desde las
Indias, la más valiosa, la más codiciada, era el
palo de tinte.
Mi madre era puta.
Mi padre, inglés.
A punto estuve de quedarme sin padrino.
No había cristiano que se ofreciese. Con el agua bendecida, se brindó un trujillano que bebía los vientos por mi madre; un segundón al que se comieron los tiburones en el canal de la Mona cuando naufragó su tartana. Lo único que no se tragaron los bichos fue su nombre; ese me lo dejó a mí: Isidoro Bernal María de la Santísima Merced de la Visitación y Brochero.
Mi madre quiso darme con la seguidilla lo que no tenía por linaje, pero sirvió de poco. De nada, más bien.
De crío fui «el chico de la Camacha» y, con los años, por más que porfié en contra, Camacho.
La verdad es testaruda.
Mi padre navegaba con ese par de bellacos de Juan Achines y Francisco Draque. Fue uno de los que atacaron San Juan de Ulúa. Y también uno de los que huyó como una rata cuando los cañones del capitán Luján escupieron fuego.
Y mi madre… Mi madre no tenía otra herencia que la escondida bajo la falda.
Había abandonado tierra de Plasencia al descubrirle un amorío con un novicio del monasterio de Guadalupe. La vergüenza espoleó sus ansias de cruzar la mar océana. Nunca hablaba de su vida antes de embarcar.
A la pobre la desbarató la golpiza de un cabrón con pintas, un boquifino con agarraderas en la Audiencia de los Confines. Lo que pasó en Yucatán, en Yucatán se olvidó. Ni siquiera multa pagó.
Me quedé solo, con mi nacimiento por condena. Ni hijodalgo ni gentilhombre. Ni tierras ni cargo del que mamar. Ni sangre de cristiano viejo ni título ni ditado. Ni siquiera podía presumir de no tener raza de judío. Menos aún de moro.
Me sobraban nombres y me faltaba pan. Mi único patrimonio era el hambre.
Podía haber pedido limosna, pero el orgullo me cerraba la mano. Y, por puta que fuera, siempre he creído que mi madre deseaba algo de más enjundia para mí.
No quería ser el hijo de la Camacha. Quería ser el señor Bernal.
Intenté labrarme una reputación limpia como confesión de fraile. Me ofrecí de recadero, de mozo o de mulero. Acarreé piedras, cargué con los estibadores, cepillé tablones en las atarazanas. Por un real. O por la comida.
Al cabo, la fortuna, que es la más puta de las putas, me sonrió con un requiebro: le salvé el pellejo a un piloto gallego al que las deudas de naipes habían metido en aprietos.
Yo buscaba algo que echar al gaznate entre los desperdicios de El lagarto cuando apareció un matasietes de chambergo roñoso para meterle el palmo de una vizcaína por la riñonada. Grité, y el fulano se evitó visitar los infiernos. Y me tomó como grumete.
Los que tienen posibles buscan recado de escribir y dejan últimas voluntades. Yo me sorbí los mocos, aprendí a rezar el paternóster y me encomendé a los tres dedos de grueso de la tablazón de Nuestra Señora del Rosario.
Ni derecho a cofre que dejar en cubierta tenía. Y cada noche me ataba el calzón con siete nudos, para que no me encularan los desviados.
Me acostumbré a ablandar en vino el bizcocho infestado de gorgojos, a roer el pan de cazabe, al hedor de las sentinas, a la picazón del vinagre cuando se baldeaba. No me acostumbré jamás a la sed. Aún hoy, a veces me asalta un regüeldo con el sabor de aquella agua corrompida en el fondo de los toneles que, apenas zarpados, no podía beberse sin enredar el triperío.
Aprendí a cumplir y a obedecer. Aprendí las cuatro reglas, a escribir de ocho renglones, a contar para las guardias, a hacer los nudos de los aparejos. Y también aprendí de las mercaderías en bodega. Los vicios y virtudes de la grana cochinilla, la cera, el nopal, los cueros, la miel y cuanto se llevaba a La Habana para la partida de la flota.
Para cuando me afeitaba, entré de aprendiz en el almacén de un mercader que hacía fortuna con el palo de tinte.
Y me descorné por hacer las cosas como era debido. Iba a misa los días de Nuestro Señor, guardaba la cuaresma. Hasta inclinaba la cabeza cuando pasaba algún jerónimo murmurando jaculatorias. Y jamás robé. Ni una blanca. Nunca.
Poco importó. Todo se fue al carajo.
Desde el día que me parieron tenía andado el camino, y poco podía hacer por apartarme. Al final, cuajó lo que tenía que cuajar. Una vida entera lustrando reputación quedó ahogada en agua de borrajas.
La primera piedra cayó al volver a los almacenes con el último cargamento. De ahí en adelante rodé cuesta abajo.
Ahora echo reojos por encima del hombro, igual que Guillermo, el de Orange. Ese hereje no dobla esquina sin mirar si le espera la boca de una pistola. Hasta dicen que duerme con sus perros.
Y yo voy con el corazón en un puño, temiendo que en cualquier callejón aparezca una toledana que me eche el bofe al aire.
Ahora, la única familia que he tenido podría estar muerta. Ahora, no sé qué ha sido de ella.
Eso sí, mi nombre, entero, de la primera a la última letra, se conoce de la especiería a las Indias. Hasta en la corte.
Y mi madre no estaría orgullosa.
El mismísimo rey Felipe ha puesto precio a mi cabeza.