Balvanera

Francisco Narla · Capítulo 6 de 7

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Balvanera

Parte 5

«¡Oh, libertad, gran tesoro! Porque no hay buena

 

prisión, aunque fuese en grillos de oro».

 

Lope de Vega Carpio,

La niña de plata

La Capitanía General de Yucatán tenía esos aires de querer y no poder que brotan como cizaña en las provincias.

Al pie de un cerro, aprovechando los restos de antiguos templos que la selva se había tragado, Mérida se había levantado como tantas otras cosas en aquellas nuevas tierras al otro lado de la mar océana. Por cojones.

Y los primeros en llegar se habían llevado su pellizco. Rodeando la plaza Mayor, estaban las grandes casas de los que habían tenido la fortuna de salir enteros de la selva y reclamar las tierras. Por allí sonaban apellidos como Montejo o Bracamonte. Y por allí se había levantado la alhóndiga, la catedral, la casa del obispo, la de gobierno y el ayuntamiento.

Todo lo habían construido los indios, los mismos que vivían más allá del cerro, en un ejido de chozas de palma. Ellos habían sido quienes se dejaron los riñones hurtando las piedras que sus abuelos habían consagrado a los dioses. Pero quienes vivían allí eran los castellanos. Vivían y atendían a sus asuntos, a veces complejos y a veces sencillos, casi siempre sucios. Porque en Yucatán, allá donde Cristo perdiera las sandalias, Sevilla era solo un rumor y la ciudad de México, una esperanza para los burócratas y un sueño para los infelices.

Mérida, levantada con escombros gracias al látigo, quería ser más, pero no lo era.

La Capitanía General resultaba tosca, como hecha de remiendos, con piedras gruesas y ventanas escasas que no espantaban el calor. Además, en plena temporada de lluvias, las goteras medraban por las esquinas.

Y, con rabia, renegando entre labios fruncidos, Enrique de Esquivel, fiscal de la capitanía, se levantó para mover un balde que, hasta entonces, había visto las gotas caer a su lado sin cumplir su cometido.

No era él un hombre de acción. Más bien un apocado leguleyo que se sentía más a gusto entre escribanías y papeles que en su propia casa. Pero aquellas goteras acababan por sacarle de quicio. Más que nada, porque arruinaban los informes y estragaban las denuncias.

Con el pie, el fiscal empujó el balde, un antiguo cubo de fregar cubiertas que a saber cómo diantres había terminado allí, y esperó a que cayese la siguiente gota para comprobar que, a partir de entonces, en lugar de empapar el suelo, amenazando con que cualquiera se rompiera la crisma de un resbalón, el agua quedaba recogida.

Cuando se dio por satisfecho, regresó a su asiento para continuar con la declaración. El gobernador Céspedes estaba por llegar, y no le cabía duda de que el capitán Argáiz lo acompañaría. La detención no se merecía menos. Nunca antes se había tratado asunto de semejante calado en la humilde capitanía de la más remota de las provincias. Y el fiscal sabía que debía tener listo el papeleo si quería tener la esperanza de que algún día le concedieran otro destino que no fuera aquella ciudad a medio hacer en el corazón de la selva. Era su oportunidad para que le concedieran patente en Acapulco, en Veracruz o en la misma México. Y no pensaba desaprovecharla.

Se repasó el jubón, como si por levantarse se hubiera podido arruinar, y tomó asiento tras su mesa con la postura más digna que pudo apañar.

Antes de reanudar su trabajo, miró por la gran ventana. La lluvia no se aburría. Chistó entre dientes, sabedor de que, en breve, tendría que vaciar el dichoso balde. También dedicó un fugaz pensamiento a que, con suerte, no volvería a dedicar esfuerzos a esas tareas impropias. Fue entonces, espoleado por sus sueños, cuando mojó el cálamo en el tintero, carraspeó y se retrepó en el asiento, dispuesto a continuar con la mayor de las diligencias.

—Bien, ¿por dónde íbamos?

Pero no le dio tiempo a su interlocutor a responder, porque el fiscal se contestó a sí mismo:

—Ah, cierto, el huracán. —Repasó lo escrito hasta el momento—. Y la recompensa, por supuesto, no nos olvidemos de la recompensa.

Garabateó algo en sus papeles y luego alzó el rostro.

—Lo recuerdo bien. Yo mismo llevé la petición del señor de Mora al gobernador Céspedes, y yo mismo envié copia al virrey…

Calló al comprender que no venía a cuento hablar de burocracia. Volvió a carraspear para disimular.

—Continuad —dijo, reconduciendo el asunto—, por favor, continuad.

Y los guardias que custodiaban al declarante, en pie, uno a cada lado del prisionero, se cruzaron una sonrisa. Podían haber estado fuera, haciendo turno bajo la lluvia, pero estaban allí, disfrutando de un relato que tendrían ocasión de contar esa misma noche en la taberna que había tras el «convento grande» y por el que, con toda seguridad, conseguirían más de una copa de balde.

El asunto ya había empezado de la forma más peculiar, cuando el prisionero, desarmado, se había plantado en la plaza Mayor y, sin resistencia, se había dejado arrestar. Pero aquello había sido solo un aperitivo. La historia prometía mucho más.

El prisionero asintió.

Y los grillos que llevaba en las muñecas tintinearon cuando alzó las manos para echarse en la boca una de aquellas bolas de chicle que tanto gustaban a los indios.

Con voz calma y segura, sin un solo titubeo, continuó con su narración, confesando con desparpajo todos y cada uno de sus delitos.

El fiscal no dejaba de asombrarse, porque los años de oficio lo habían acostumbrado a las mentiras, pero aquel hombre peculiar no se refugiaba en el engaño.

En la Capitanía General todo se registraba y anotaba. Al abandonar su cargo, desde el alcabalero del puerto más humilde al mismísimo gobernador, todos tenían que dar cuenta de lo hecho. Todo hijo de vecino, si quería volver a Sevilla con la cabeza alta, debía ser juzgado por sus actos. Esa era la norma. Pero las intenciones servían de poco, y más de un cabrón con pintas se salía con la suya sin importar las barrabasadas hechas.

La mayoría mentía, unos pocos no se atrevían a tanto y simplemente ocultaban la verdad. Sin embargo, el fiscal Enrique de Esquivel, mientras escuchaba, tuvo el pálpito de que cuanto estaba oyendo era, para bien o para mal, la simple, llana y testaruda verdad. Por increíble que sonase.

—Esa es una acusación muy grave —interrumpió de pronto—. El quinto real no es asunto para chuflas. Y el señor Pedrarias lleva años cumpliendo fielmente con la Real Hacienda. Además, de maese Fragoso jamás ha habido queja, ni siquiera con las marcas en las pipas de vino…

Escuchó lo que le decían y, al darse cuenta de la expresión de los guardias, los miró con el ceño fruncido de intenciones. Aquellas risitas no resultaban apropiadas.

—¡Y lo mismo del capitán Alcalá! ¡Eso es un disparate! Mentís como un bellaco, ¡no puede ser cierto! Son hombres de honor.

Los grillos volvieron a tintinear cuando el prisionero se encogió de hombros, como dejando claro que a él le daba lo mismo que lo creyesen o no.

—La calumnia también se castiga —reconvino el fiscal con el gesto serio —. Os recuerdo que la palabra de ese herrero que asegura haber hecho copia de las llaves del almacén de la casa de Mora es más que cuestionable…

El tintineo fue similar. Y esta vez se prolongó, porque el prisionero se llevó las manos a la cabeza y, en balde, intentó recolocar las desordenadas guedejas.

—Está bien, ya dilucidaremos ese particular más adelante. Continuad.

El balde se iba llenando de agua y, para deleite de los guardas y escándalo del fiscal, el relato del cautivo iba engordando.

—¿Cuatro qué?

Mientras le contestaban, aprovechó para echar algo de secante.

—Ah, cuatro narices. Muy bien, proseguid.

La pluma iba y venía del papel al tintero, del tintero al papel. Y era tal el frenesí del fiscal por registrar hasta la última palabra que no se dio cuenta de que uno de los guardas junto al prisionero tosía con disimulo. No oyó las pisadas ni el murmullo de saludos a su paso. No fue hasta que el gobernador Céspedes entró con pompa y boato en la sala que el fiscal se dio cuenta de que las autoridades habían llegado al fin.

Se les había dado aviso en cuanto aquel mentecato se había presentado en la plaza Mayor para ponerse a disposición de la guardia. Pero, como donde manda patrón no lo hace marinero, mientras el patrón está en la taberna, el marinero friega la cubierta.

Enrique de Esquivel se puso en pie, como movido por un resorte, y lamentó de inmediato que el gesto dejara un borrón en el pliego donde había estado escribiendo.

—¡Excelencia! —exclamó, inclinando la cabeza—. ¡Capitán! —repitió el respetuoso saludo.

El gobernador Céspedes tenía aires de tocinillo a punto para la fritura. Era bajo y revenido, con el apetito de un oso y apenas fuerza de voluntad con la que resistirse a la gula. Cuesta abajo, bastaba con un puntapié en salva sea la parte para echarlo a rodar como una pelota.

Cada uno de los guardias metió una mano bajo el sobaco que tenía más cerca y obligó al prisionero a levantarse, y los grillos volvieron a tintinear.

El capitán Argáiz era la imagen opuesta. La del militar de carrera y nacimiento. Vestía impoluto y caminaba con aplomo envidiable. Y todo lo miraba como si fuera poco para él y su apellido.

—¿Es este? —preguntó el gobernador con desgana, mirando al prisionero con recelo.

—Este es —afirmó el fiscal—. Fue capturado de buena mañana en la plaza Mayor —añadió, sin aclarar que el hombre se había entregado por voluntad propia.

—¿Y hacía falta sacarme de la cama para este asunto? —cuestionó Céspedes con disgusto.

El fiscal dudó un instante, sin saber qué contestar. Y no tuvo oportunidad de hacerlo, porque, sin que nadie le hubiera dado venia, ya lo hizo el prisionero.

—Excelencia, me temo que sí —dijo resuelto—. Comprendo que os resulte inconveniente, pero necesitábamos que tanto vuestra merced —señaló al gobernador—, como vuestra escolta personal —continuó, señalando ahora a los seis guardias que se habían quedado detrás—, os ausentaseis. De haberos quedado en casa, qué se yo, zampando un tercer desayuno, no hubiera sido posible.

El gobernador, el capitán, los guardias, los escoltas y el fiscal reaccionaron cada cual a su manera ante tamaño descaro.

El gobernador Céspedes terminó por hinchar los mofletes y bufar en tanto las mejillas se le ponían coloradas.

—¿Cómo os atrevéis…? —se le quedó en el aire la queja indignada.

El fiscal acudió en su ayuda de inmediato.

—Isidoro Bernal María de la Santísima Merced de la Visitación y Brochero, ese es su nombre…

—¿Cómo os atrevéis, Isidoro Bernal, a semejante desfachatez? ¡No sabéis quién soy ni de lo que soy capaz!

Y dio la impresión de que iba a hacer una señal a sus escoltas para que ejecutasen allí mismo al prisionero. Pero este soltó una carcajada franca que volvió a despistar a los presentes e incluso, por la sorpresa, la mano de los hombres que lo flanqueaban aflojó.

—Excelencia —dijo con recochineo—, en realidad podéis llamarme Camacho. —Miró fijamente al gobernador y al capitán—. Camacho, el hijo de la Camacha, eso es suficiente.

Y, en cuanto cerró la boca, se desembarazó de los guardias y saltó a la mesa del fiscal.

—¡Atrapadlo! —ordenó el capitán Argáiz sin dudarlo.

Pero los había pillados a todos desprevenidos y ya corría hacia la ventana. No intentó huir hacia las escaleras, aquel camino estaba bloqueado por los guardias, por el capitán, por el gobernador y sus escoltas. Saltó por el otro lado de la mesa, derramando la tinta, que se vertió en la esforzada declaración que el fiscal había tomado. Empujó al funcionario, que se sentó con mucha menos dignidad que antes, y pasó como un suspiro en dirección hacia la ventana con la clara intención de estamparse contra los cristales.

—¡Que no escape!

Los hombres de armas se pusieron en marcha.

Pero no llegaron a tiempo.

Camacho alzó los brazos. Los grilletes fueron lo primero que golpeó el cristal. La ventana se hizo añicos al instante, y él pasó por el hueco, encogido, sin más que unos cuantos rasguños; llevaba puesta una capa recia y un coleto de cuero, de los que aliviaban las cuchilladas.

Lo lógico era que, de no matarse, se hubiera al menos descalabrado, porque del primer piso de la Capitanía a los adoquines de la plaza Mayor había al menos siete buenas varas castellanas.

Pero no pasó ni una cosa ni la otra, porque tanto él como los cristales rotos cayeron en un carro lleno de paja que lo esperaba al pie de la ventana.

En el pescante, una figura embozada sujetaba firmemente las riendas del tiro para que el espanto no lo desbocase. Cuando se volvió, la capucha se escurrió lo suficiente para ver relampaguear unos ojos verdes.

Camacho miró hacia arriba y descubrió las expresiones cariacontecidas de los guardias, que no supieron qué hacer hasta que, tras ellos, tronó la voz del capitán Argáiz, gritándoles que se apurasen escaleras abajo.

—¡Vamos! —urgió Camacho.

Y Catalina sacudió las riendas. Y los caballos se echaron al trote. Y las riendas restallaron de nuevo, y los caballos se echaron al galope.

Dando tumbos por los adoquines, esquivando a los que por allí pasaban y maldecían a aquel insensato conductor, el carro desapareció por un costado de la catedral.

Los guardias, resollando, llegaron a la plaza a tiempo de verlo doblar la esquina.

—¿Y los demás? —preguntó Camacho, pasando de la trasera al pescante.

—En el cerro —contestó Catalina, atenta a guiar al tiro para evitar atropellar a dos que cargaban con unos tablones.

Escuchaba, pero no la miraba. Estaba ocupado. Había sacado una ganzúa de la bocamanga e intentaba acertar con la cerradura de los grilletes.

—¿Os ha dado tiempo? —preguntó, frotándose las muñecas.

Los grillos cayeron con un cascabeleo, y un chiquillo se apresuró a llevárselos para sus juegos.

—Sí —contestó ella—, tenías razón. Guardaba al menos medio millón…

Se sonrieron. Y, aunque era una locura desatender el tiro, pese a que podían descalabrarse de un momento a otro, Catalina se volvió hacia él. Lo miró, radiante, con el rostro sembrado de alegría. Los ojos, vivos, muy abiertos, lagrimeaban, el aire le alborotaba el cabello.

—Me debéis algo, caballero, aunque solo sea por haber perdido aquella prenda que os regalé…

Los caballos tomaban más decisiones que las riendas. Podían desgraciarse en cualquier momento. Pero ella estaba borracha de libertad. Feliz.

Camacho no entendió.

Volvieron a mirarse.

Los labios jugaron a decidirse.

Y entonces él comprendió.

Y también lo hizo Catalina.

Aquellos ojos azules no eran ya los del chiquillo soñador que robara un caballo para pasear a su doncella. Ya no eran los de un amanuense labrándose un futuro mejor. Pero sí eran la única herencia de su padre.

Fue presa de las dudas.

Camacho estaba a punto de inclinarse hacia ella, más que dispuesto a pagar por la prenda.

Pero Catalina no se dio cuenta. De pronto, todo se le antojó evidente. La única herencia de su padre. Se echó hacia atrás, y el beso quedó huérfano. Uno más.

Desconcertado, envainando aquella intención en sus labios, él preguntó:

—¿Qué sucede?

Ninguno de los dos prestaba atención al alocado galopar de los caballos, guiados únicamente por su instinto. Para evitar a un anciano que desfilaba el día sentado junto al portal, entre relinchos, viraron brusco, obligando a que en el pescante tuvieran que echar las manos al asiento.

—¡Nos engañaste! —reprochó—. Lo habías planeado todo desde el principio, desde antes de… —Calló un segundo—. Era todo mentira. Siempre supiste que había sido Mora… Lo que contaste, aquella parrafada del cura bajo la ceiba, lo has sabido desde entonces, ¿verdad? Nunca pretendiste ganarte la vida honradamente, nunca…

Se le abrió la boca con asombro. Se había dado cuenta de algo más.

—¡Me abandonaste! Podías habérmelo dicho…

Los caballos galopaban. El carro traqueteaba, amenazando con escupir hasta el último clavo. Desde las calles les llovían insultos y maldiciones.

Le pareció más bella que nunca. Camacho la miraba fijamente. No dijo una sola palabra. Sus ojos azules brillaban con picardía.

—Será mejor que agarres las riendas. Ahí delante hay una tapia…

Ella no lo hizo. Él, tampoco. Ya se encargarían los caballos.

Las miradas estaban fijas.

Él volvió a inclinarse. Sonreía.

Ella quiso resistirse. Volvió a echarse hacia atrás.

Él se inclinó más.

Ya no había tempestades. Ya no había marejadas.

Ella intentó protestar, pero perdió el rumbo en aquel mar azul profundo. Él se inclinó aún más, y su sonrisa se ensanchó. Quedaron sus rostros el uno junto al otro. Las miradas, trabadas. El ansia en el aliento.

Catalina negó con fuerza, pero sus brazos, con voluntad propia, rodearon el cuello de Camacho.

Él miró sus ojos verdes.

Ella no vio la verdad en su rostro, pero le importó un carajo cuál fuese la verdad.

Los caballos cayeron al trote. La tapia se acercaba.

Lentamente, cobrándose revancha por las ocasiones perdidas, con timidez que se convirtió en ansia, sus labios se abrazaron.

Y tejieron un beso.

FIN