Barcelona, una discusión entrañable

Josep Pla · Capítulo 37 de 37

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Barcelona, una discusión entrañable

Sant Gervasi

 

Hace poco, unos amigos me invitaron a cenar a la casa que tienen en Sant Gervasi de Cassoles. No hay mucha gente que hoy sepa que el verdadero nombre de Sant Gervasi es Sant Gervasi de Cassoles, nombre verdaderamente preciso desde el punto de vista geográfico y topográfico. Sant Gervasi se extiende en la pendiente que hacen las montañas que cierran a poniente el llano de Barcelona. Dicha pendiente la entrecortan diversos barrancos y a lo largo de éstos se forman cazuelas dibujadas por márgenes abruptos. El término de Sant Gervasi es, pues, muy ondulado, en forma de cazuela. Estos accidentes geográficos se ven tanto que resulta un poco extraño que la sociedad de Barcelona no llame a Sant Gervasi San Gervasio de Cazuelas. No vamos a negar que la cosa habría sido divertidísima y que si se hubiese implantado la traducción todos nuestros quebraderos de cabeza habrían quedado resueltos en el acto. Lo cierto es que las cosas no han ido por este camino, y Sant Gervasi se ha quedado sin cazuelas, es decir, pura y simplemente en Sant Gervasi.

En la cena a la que me refiero se sirvieron excelentes alimentos, pero cuando llegaron los postres la situación quedó un poco desequilibrada y sobrecargada de confitería y de toda clase de «monadas» lácteas y azucaradas. El país es laminero, y el catalán tiene el paladar sensible al dulzor franco. Puede casi asegurarse que de cada cien indígenas, noventa prefieren los licores dulces, el champán dulce, el vino dulce y los dulces más dulces de la confitería más dulce. En un país así, el buen bebedor, el hombre capaz de apreciar la calidad y la cantidad de un líquido determinado —en fin, el borracho— nunca puede ser comprendido ni apreciado y es muy infrecuente. Sin embargo, si examinamos bien las cosas, resulta que esta presión universal de suavidades palatales y lácteas sobre la gente ha influido muy poco en las costumbres y en la forma de ser de la gente. En este país es perfectamente compatible la absorción de grandes cantidades de cosas dulces con los movimientos del malhumor más tercos y recalcitrantes. En todo caso, estoy convencido de que quienes forman parte del partido del beber seco y de las cosas ligeramente saladas pueden ser tan tratables como los del dulzor y de la abstención e incluso presentársenos sin displicencia ni arrebatadas exaltaciones.

Al salir de la casa de mis amigos me pareció que mi espíritu y mis sentimientos nadaban en un lago de confitería y licores clericales y, puesto que ya casi anochecía, decidí dar una vuelta por el barrio en el que me encontraba con la esperanza de que el aire de los minúsculos jardines saturados de las esencias de los viejos eucaliptos despeinados y de los pinos que a veces se ven en la zona de las cazuelas me aligerase el cuerpo y el alma.

 

En la época del año en que se produjo este banalísimo paseo —a finales de noviembre—, en algunos barrios de Barcelona el sol se pone muy pronto. Los barrios cobijados por las montañas del prelitoral —y Sant Gervasi es uno de ellos— tienen una tarde muy corta. Cuando me puse a andar el aire ya tenía ese color de ala de mosca, pasivo y demorado, del crepúsculo inminente. Las luces del alumbrado público estaban a punto de encenderse —ese momento de las tardes otoñales, tan tétrico y solitario, en que están a punto de encenderse las luces de las calles. Era un domingo por la tarde. Por las calles se veían algunas personas, poquísimas— y en algunas calles ni un alma. Me crucé con algunas parejas vagabundas, cansadas de no ir a ningún sitio, fatigadas de perplejidad. Al final de alguna calle vi pasar algún coche —algún taxi de color amarillo o algún coche más pulido, con las luces encendidas, sin duda para gastar un poco más. En determinados momentos el silencio fue tan profundo y de una calidad tan líquida que dentro de la calma me pareció oír, muy a lo lejos, el ruido característico que hacían los tranvías que antes serpenteaban por las calles del barrio. Eran tranvías de vía estrecha— el 16 y el 17; —subían y bajaban saltando como cabras, y cada vez que enfilaban un carril daban un golpe seco que hacía vibrar los cristales del carro y a veces los vidrios de los chalés inmediatos. En las curvas de la Plaça Molina chirriaban como si masticasen arena —un ruido que te ponía la carne de gallina… ¡Pero no! No podían ser aquellos tranvías, porque el día de mi paseo ya no existían. Fue simplemente la aparición de un recuerdo adormecido, el retorno de una reminiscencia de la época en que viví en Sant Gervasi.

Mientras tanto, el aire de la cresta de las montañas de poniente fue cargándose de un color zumo de naranja lívido, con escurriduras malvas y violetas. Por el lado de Barcelona, la atmósfera se saturó de ese color de plomo rojizo empolvado que es el que exhalan las luces de las grandes urbes. En las ramas altas de un ciprés de un verde muy oscuro que surgía de un jardín pude percibir con claridad este contraste.

A medida que la oscuridad iba acentuándose, aumentaron en las calles el silencio y la calma secreta del lugar. Recordé un verso que se atribuye a Pushkin: «La naturaleza respira el silencio del sueño». Cuando me cruzaba con alguien la soledad parecía aumentar. Casi todas las casas parecían deshabitadas. En algunas, poquísimas, se veía tan sólo un resquicio de luz en una u otra ventana. En la oscuridad los jardines parecían más profundos y más grandes de lo que son en realidad. El ambiente era, más que el de un paraje lejano, el de un lugar hermético y cerrado. Una señora mayor abrió la puerta del jardín de un chalé, entró por una portería metálica y mientras yo pasaba noté cómo daba tres o cuatro vueltas a la llave. Me parece extraño que no se haya aprovechado el ambiente de Sant Gervasi —por lo menos el del domingo por la tarde— para elaborar novelas de misterio y crímenes. La atmósfera no puede ser más adecuada. En algunos chalés en los que se veía una larga y delgada rendija de luz era imposible no imaginarse, en el despacho suntuoso y anacrónico, con una caja de caudales, a un señor o a una señora cortando cupones con unas pequeñas tijeras, muy afiladas, brillantes. O a un señor anciano y pequeño, acurrucado en su cama, mirando el techo con cara estólida, pasando la gripe. ¿Y si en alguno de estos chalés —pensé— hubiera alguna persona secuestrada? Cuando se hizo enteramente de noche, el frío se hizo más intenso —el frío húmedo. En algunos momentos me pareció que la humedad venía de la propia tierra, de dentro afuera, y que me subía piernas arriba, como si tuviera los pantalones chorreando, y sentí un escalofrío glacial. En las aceras aparecieron las manchas de humedad y las luces se empañaron de un vaho carmináceo. Pero la noche era maravillosa, las estrellas se veían borrosas; los árboles, en su inmovilidad, parecían dormidos y en el aire flotaba una calma misteriosa. Levanté el cuello de mi abrigo, y el gesto me sorprendió al ser tan suave la noche de Sant Gervasi.

 

En mi época de estudiante fui muchos domingos por la tarde a Sant Gervasi para ver al pintor Gimeno que vivía en los bajos de una casa de obreros. Era un ambiente un poco sórdido, porque el pintor era paupérrimo. Mientras el artista me leía, escritas sobre papel de estraza, sus elucubraciones bíblicas, su esposa, despeinada, alta, seca, pálida, deambulaba por la casa como un fantasma deshinchado y fláccido. Creo que aquellas lecturas, que tenían lugar en el pasillo de la casa, detrás de los cristales de la puerta de entrada, no le gustaban. Las escenas eran tan irrisorias que al recordarlas me entran ganas de querer a aquel hombre absurdo con más intensidad que cuando me leía sus delirios. Pero ya hablaré otro día de mis relaciones con Francesc Gimeno. En estos momentos, no es mi propósito.

 

Por aquel entonces, Sant Gervasi no contenía ningún vestigio industrial. Era el suburbio barcelonés con menos lirismo de desilusión. Allí no había ni fábricas ni cadáveres de fábricas, ni máquinas ni cadáveres de máquinas, ni calderas ni calderas oxidadas, ni chatarra residual, ni polvo de coque, ni ángulos desmirriados, ni chimeneas decrépitas, ni callejones sin salida ni popularismo de ningún tipo. Era el suburbio donde menos niños había por las calles. Por todas estas razones tuvo Sant Gervasi tantos apologistas. A pesar de que ya había dejado de ser, en aquellos años, lo que fue en sus inicios —el barrio de veraneo de los barceloneses ricos—, aún conservaba sus formas externas. Más que el lirismo suburbial de la desilusión tenía el punto de lirismo del comer poco y digerir bien. La transformación comenzó cuando la calle Balmes se prolongó y se produjo el ensanchamiento y la construcción de la Travessera.

La abertura de la calle Balmes derribó una parte de chalecillos adorables. Más adelante —ahora ya empieza a verse—, en el lugar que ocupaban aquellas casas de uno o dos pisos, aquellos jardincillos minúsculos, veremos terribles construcciones de ocho o nueve pisos. Dentro de unos años, la magia de piedras rosadas y blancas de Sant Gervasi, que parece pedir las formas más burguesas y razonables de la mitología, será la sombra de un sueño. Y así es. Aunque uno en este pueblo sea un forastero, lo cierto es que causa tristeza. Barcelona es constante en su caotismo crónico. Pocas veces se encuentra en esta ciudad un lugar ante el que uno pueda decir: «Es éste un sitio donde me gustaría vivir». Te echan de todas partes. Siempre hay alguna exposición universal en perspectiva. Los ayuntamientos son terriblemente renovadores. Y nunca acaban nada. El símbolo de la ciudad sigue siendo aquella Asociación Dinámica Cultural que se fundó a principios de siglo. A la Junta la llamaban el Comité Motor.

 

El contraste de Sant Gervasi con Gràcia era muy acusado. Gràcia era un barrio animado, con un griterío de niños en las calles, hacia el atardecer, que te ensordecía los oídos. En las cazuelas de Sant Gervasi todo era, en cambio, moroso y lleno de paz. Los escaparates de Gràcia eran brillantes; los de Sant Gervasi, crepusculares. Producto del comer poco y digerir bien: respondía a esta realidad. No puede decirse que fuera un barrio bonito por esta o aquella razón, pero su naturalidad era tan espontánea, de tan pocas pretensiones, era tan adecuada a las pequeñas rentas, a la prudencia que las pequeñas rentas exigen, que acababa siendo gracioso o, por lo menos, potable. Estoy hablando de una época en la que con un duro se iba al mercado.

De hecho, Gràcia y Sant Gervasi eran dos barrios de espíritu opuesto. No es necesario recordar la vieja tradición liberal del pueblo de Gràcia, el gran papel que desempeñó en las luchas por la libertad. Aún hoy palpita allí dicho espíritu, en el ambiente de la pequeña burguesía liberal que yo encuentro adorable. Sant Gervasi, en cambio, fue un pueblo de carcamales, de prudentes, de beatos y de reservados. Primero pueblo de veraneantes y luego de pequeños rentistas retirados, con esas rentas que insensiblemente se van evaporando, nunca estuvo ni para ruidos ni para imprudencias. Paz, paz y siempre paz. Es absolutamente natural que Joan Maragall, que es el conservador más inteligente y más humano que este país ha dado, viviera y estuviera enamorado de Sant Gervasi. Otro eminente conservador, Joan Mañé i Flaquer, se fue a vivir, cuando le flaquearon las fuerzas, a un pueblo que tiene las mismas reacciones que Sant Gervasi: a les Corts de Sarrià. El espíritu de Gràcia debió de parecerle, siempre, una exhalación de lo que él

llamaba las [40] saturnales de la Federal.

Ahora bien: tal vez algún conocedor de la historia moderna de Sant Gervasi alegará, en contra de las características que estoy señalando, que el general don Joan Prim i Prats se hizo construir allí un chalé con un pequeño jardín. Es verdad. La casa del general Prim está muy cerca de la que habitó y donde murió don Joan Maragall y es de estilo ligeramente mahometano un poco pasado por agua, como corresponde al gusto que debió de tener el conde de Reus después de la gloria que alcanzó en África. En el chalé de la calle de Alfonso XII, aún parece oírse la resonancia de:

A l’Àfrica, minyons,

a matar moros, a matar moros…[41]

a pesar de que la casa se construyó después de haberlos matado. Fue al regreso de sus heroicidades africanas cuando el general Prim quiso rodearse de reminiscencias islámicas, y así surgió el chalé. Prim vivió en él muy poco tiempo, obsesionado como estaba por su temperamento de conspirador bilioso, infatigable y frenético. Fue un hombre que no conoció la paz en este mundo: fue nuestro conde Arnau de la época liberal y constitucional. Pero así como fue un hombre de tan gran vibración que llegó a marear a los más exaltados, del mismo modo quiso que su familia viviera muy a resguardo y al margen de cualquier inseguridad. Por esta razón eligió Sant Gervasi, con la esperanza, además, de poderse retirar él mismo allí algún día y preocuparse de su hígado maltrecho. Todo cansa: llevar el ros un poco de lado, ser la estrella del progreso y escupir de forma displicente y nerviosa del lado izquierdo —uno de los gestos más típicos del general Prim i Prats.

Lo que nos lleva a pensar que el general habría acabado viviendo en las suavidades de Sant Gervasi es el recuerdo, impreciso de detalles pero auténtico, de las conversaciones que sostuvo en Londres, tras emigrar a esta ciudad, con don Ramon Cabrera, el gran general de la primera guerra civil y de la guerra de los Matiners, que también emigró, después de sus descomunales empresas, a la capital inglesa. Don Ramon, conocido con el hombre de «el Tigre del Maestrazgo», se retiró, tras las guerra, al país más liberal de Europa, se casó con una señora inglesa y se organizó una casa en Londres, abierta a todos sus amigos y conocidos, pensasen lo que pensasen. Cabrera vivió plácidamente en Londres, siempre un poco resfriado y bronquítico. Costó Dios y ayuda que interviniese en la guerra de los Matiners, guerra en la que desempeñó un papel secundario. Más tarde, hacerle reincidir en heroicidades de guerra civil resultó imposible.

En la época de las conspiraciones liberales del reinado de Isabel II, que el padre Claret, hoy san Antonio María Claret, anatematizó, el general Prim, que fue el alma de la vibración subterránea y secreta de aquellos años, pasó muchas temporadas en Londres, donde se hizo amiguísimo de Cabrera y asistió a diversos tés ofrecidos en los salones del general carlista. Entre ellos había una gran diferencia de edad. Representaban concepciones tan opuestas que un abismo los separaba. Sin embargo, en el terreno particular, estaban unidos por muchos vínculos. Prim adoraba a Cabrera como estratega y por su táctica militar. Lo consideraba un maestro. A Cabrera le fascinaban las condiciones congénitas de su coterráneo —uno era de Tortosa y el otro de Reus— y la mesurada resistencia de su espíritu ante la suerte o la desgracia de la vida. Cabrera veía en Prim, joven verde de bilis, de nerviosismo y de energía, lo que él mismo había sido años atrás, en Morella, en el Maestrazgo, en cualquiera de los sitios donde puso las plantas de los pies. Llegaron a ser amigos. Prim llamaba a Cabrera don Ramón, en señal de respeto por su edad y categoría. Cabrera llamaba a Prim Juanita, con un acento tortosino muy acentuado.

Un atardecer londinense de otoño, moroso y fantasmal, Cabrera y Prim examinaban, una vez más, la situación política del país. Cabrera estaba de muy malhumor, porque las presiones de que era objeto para obligarle de nuevo a encender el fuego de la guerra civil le llegaban de todas partes, incluso de los ambientes que parecían responsables. Por su parte, Prim estaba completamente hastiado, porque sin preparación, sin dinero, sin medios, a base sólo de fútiles pretextos se le incitaba a ponerse al frente de otro pronunciamiento —uno de tantos pronunciamientos. Cuando se agotó el examen de las dos posiciones, opuestas y absurdas, la conversación decayó por la propia ridiculez del problema examinado. De repente, Cabrera, sin dejar de mirar el fuego de la chimenea y como si hablase consigo mismo, dijo:

—Y pensar, Juanita, que cada día me vuelvo más liberal…

Palabras a las que Prim contestó, rápido:

—Pues yo, don Ramón, cada día me siento más reaccionario…

Por estos detalles y por otros que sospecho, el general Prim, si no hubiese sido asesinado, en la calle del Turc, por ex compañeros de conspiración, habría acabado viviendo en la dulce sinfonía doméstica de Sant Gervasi de Cassoles.

 

En otro lugar de este libro he enumerado algunos de los domicilios que tuve en Barcelona en mi época universitaria. Después, entrado ya en una forma de vida muy nómada, viví en Sant Gervasi y en Sarrià. He vivido en las calles de Madrazo y de Tavern, en Sant Gervasi, y he tenido un piso en Sarrià. Puesto que de Sarrià tengo una idea muy precisa, todos los esfuerzos que he hecho para recordar la situación de este piso y el nombre de la calle donde estaba situado han resultado infructuosos. Sarrià deambula por mi cabeza de una forma flotante y vaguísima. Cuando pienso en aquel domicilio me parece sorprendente que haya podido vivir en Barcelona tan alejado del centro. Los viajes de la plaça de Catalunya a Sarrià me parecían larguísimos. Guardo el recuerdo de un pequeño pueblo tranquilo y sosegado cuya vida giraba, en gran parte, en torno a la plaza. A los habitantes de Sarrià les gustaba pasear, endomingados, por el Passeig de la Bonanova; ver pasar los automóviles que circulaban por esta avenida; husmear en los chalés rodeados de jardín a través de las rejas que daban a la calle. El amor y la admiración que la pequeña burguesía de Sarrià sentía por la alta burguesía de la Bonanova era un fenómeno enternecedor. Cuando un señor de la Bonanova compraba un Packard o cambiaba de querida, en Sarrià se hablaba de estos acontecimientos con una minuciosidad y un detallismo abrumadores, con una admiración y un respecto decisivos. Sarrià era un pueblo antiguo, de tradición. La Bonanova era de una impersonalidad y de una modernidad de cuatro días. Sin embargo, los papeles se habían invertido, porque la riqueza lo invierte todo.

A lo largo de mi paseo nocturno por Sant Gervasi pasé por la parte alta de la Via Augusta, y así pude contemplar el recorte del jardín de la casa de la calle Tavern a causa de la abertura de la avenida. El jardín había quedado amputado y la casa como un perro bóxer después de cortarle la cola. Es una casa rabona. En cambio, la casa de la calle de Tavern ha quedado intacta. Desde su galería posterior podía contemplarse un amplísimo panorama sobre los barrios de poniente de la ciudad, las tierras del Llobregat, Montjuïc y el mar. El piso, que era alto, tenía la luminosidad y la alegría del aire libre y de la visión abierta y dilatada. Cuando hacía un poco de viento, la ropa de los terrados volaba gloriosa y reluciente bajo el cielo limpio y brillante. Barcelona siempre causa un mayor efecto vista desde una altura, de arriba abajo, que desde el plano del terreno de una calle cualquiera. De arriba abajo parece una ciudad más blanca que desde el suelo: entonces es grisácea.

En Sant Gervasi, por aquellos años, vivían muchos extranjeros, algunas familias ricas del país y muchos menestrales y artesanos. Casi todo el mundo se conocía y más o menos todos hablaban con todos. El lugar de reunión de funcionamiento más constante de la flor y nata del barrio, eran los coches de primera del ferrocarril de Sarrià. Los vagones de primera de dicho ferrocarril —de este tren de Sarrià que, digámoslo de paso, ha sido lo único que ha funcionado en serio en Barcelona durante estos últimos años— fueron el primer ambiente cosmopolita normal de la ciudad.

 

En la actualidad, Sant Gervasi produce una impresión de caos muy acentuado. Es uno de los barrios de Barcelona —que ya es decir— que se hallan en una fase urbanística de un caotismo considerable. Ésta es la impresión que saqué de mi paseo por el barrio.

Sant Gervasi se ha visto embestido por tres partes: por la parte alta de la calle Balmes y por la parte alta de la Via Augusta y por la Travessera, que las rompe perpendicularmente. Las dos primeras calles me gustan porque son curvilíneas, hecho que produce una impresión balsámica después de la obsesión de las cuadrículas del Eixample. En esta zona de Barcelona las cuadrículas tienen como límite la Diagonal.

¡Ya era el momento de terminarlas! La Via Augusta se ha construido con una noción holgada de las dimensiones, muy respetable. En cambio, la parte superior de la calle Balmes resulta ya estrecha y ahogada, y si no fuera una calle curvada, tendría la misma poca gracia que su parte baja. La parte inferior de Balmes es una de las calles más pesadas, más mecánicas y más carentes de imaginación de la ciudad. La Travessera se encuentra en plena ebullición urbanística, y ya veremos cómo quedará.

El resto del barrio está en pleno caos de construcción espontánea. Se edifica por todas sus partes y sobre las casitas anteriores —muchas de ellas de planta baja— se levantan ahora casas muy altas. Los espacios que antes fueron jardines o huertos particulares han ido día a día reduciendo su área y muchísimos han desaparecido. Llegará un día que quedarán tan pocos árboles en Sant Gervasi que el lugar se verá aún más pelado que la derecha y la izquierda del Eixample. En las aceras de estas calles aún pudieron plantarse árboles. Puesto que la caja de las de Sant Gervasi no ha sufrido modificaciones apreciables, no será posible plantar árboles en ellas.

La totalidad del suburbio se encuentra, pues, en un período de frenesí constructivo y causa una impresión de cosa a medio hacer. Pero no importa. Todo el mundo está acostumbrado, en Barcelona, a la arquitectura y al urbanismo perentorios, y lo más difícil es encontrar algo que tenga el aspecto de acabado. Así pues, es ésta una cuestión a no tener en cuenta. Lo más grave de Sant Gervasi es que ya hay elementos para poder decir cómo será el barrio cuando al final de sus calles estrechas se levanten las casas altas que se están construyendo y que se construirán en los próximos años.

No me refiero ahora al estilo de estas casas. Los sucesivos períodos de la Barcelona moderna suelen llevar la marca de un arquitecto determinado. Un día tuvimos el período bassegótico —del arquitecto Bassegoda—, como se le llamaba en las tertulias del viejo Continental. Ahora nos encontramos en el período florensiano. Los arquitectos de hoy, aparte de los que tienen luz propia o de la pequeña minoría que representa la vanguardia, cuando no saben qué hacer, imitan las soluciones que en distintos lugares de la ciudad ha dado y da el señor Florensa, con un amplio beneplácito de la propiedad urbana. No critico. Expongo una evidencia. En Sant Gervasi se han edificado y se edifican muchas casas de estilo florensiano. Ante este hecho nada puede alegarse.

No. El mal es otro y está en lo que decía: en encajonar las calles estrechas del barrio dentro de casas desmesuradas, demasiado altas. ¿Cómo quedarán estas calles? Estas viejas calles fueron, en su origen, calles con gracia; también fueron calles soleadas, aireadas y de un aspecto amable y plácido. En realidad la anchura de estas calles se había calculado para flanquearlas de casas poco elevadas. En el viejo Sant Gervasi todo era pequeño. Ahora, sobre las mismas anchuras irrisorias, se levantan casas cuatro, cinco, seis veces más altas. Las calles se están volviendo fúnebres y angostas. Para sus habitantes, el sol y el aire van desapareciendo, hecho que no deja de ser curioso en un momento en que las cosas de la urbanización caminan hacia un sentido completamente opuesto. La fiebre de la pasión del palmo cuadrado es cada día más alta.

Y así llegamos a estos resultados: en un lugar periférico de Barcelona se está construyendo un hábitat humano que resultará tan prieto como muchas calles de la Barcelona vieja, o más. En calles de menos anchura que la calle de la Princesa o la calle de Ferran VII, se han construido y se construyen casas de una altura aproximada y más altas que las que bordean las citadas calles. No sé si era ésta la urbanización que Sant Gervasi necesitaba. Si hubiese existido un plan de urbanización serio, estos últimos años habrían sido el gran momento para su transformación total. Pero, siguiendo una tradición antiquísima, el único plan que ha funcionado ha sido el de considerar sacratísimos e invulnerables los derechos de la propiedad. A los propietarios nunca se les ocurre, por el bien de sus fincas urbanas, ensanchar una calle. Indefectiblemente se les ocurrirá estrecharla y al mismo tiempo levantar casas; y, si es posible, edificar en la misma calle, en la zona vedada. ¡Qué le vamos a hacer! Así estamos hechos y el espabilarse —en el sentido malicioso que para nosotros tiene esta palabra— es la forma de inteligencia que consideramos más envidiable. ¡Cuántos propietarios hay en Barcelona que creen, como el viejo Girona, que las calles de la ciudad son demasiado anchas! Si mientras tanto el Ayuntamiento no tiene nada que objetar ni proponer y deja que las cosas sigan haciéndose con esta espontaneidad primaria, sólo puede acontecer lo que a diario vemos sin parar. Podríamos haber tenido un Sant Gervasi magnífico; ahora tendremos otro barrio cerrado y asfixiante. Estoy convencido de que se sentirá una gran añoranza y un melancólico recuerdo del barrio originario, donde todo era microscópico y minucioso, pero de escala ajustada.

Llegará un día en que ya no quedará ni uno de los jardines de antes. No causarían ningún efecto, situados entre las paredes tan altas; aun así, deberían haber conservado alguno, aunque sólo fuera por el gusto de conservar. Así pues, nos hallamos frente a un tipo de transformación puramente espontánea. Conociendo el temperamento indígena y las formas que tiene de manifestarse, no creo que sea posible hacerse ilusiones de ningún tipo. Por lo menos, las cuadrículas se han hecho respetar. Aquí ha sido la selva virgen, la jungla de la propiedad.

Creo haber escrito que no hay nadie, hoy, en este país, que tenga a Barcelona metida en la cabeza. La ciudad crece entre formas anquilosadas y formas anárquicas. Ya se sabía. Una vez más, y de modo claro e irreparable, lo he comprobado en mi paseo por Sant Gervasi.

Terminaste Barcelona, una discusión entrañable

Josep Pla

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