Barcelona, una discusión entrañable
Prefacio
Después de las aventuras gerundenses que forman el contenido de Girona, un llibre de records fui a Barcelona para estudiar la carrera en la Universidad.
En otro lugar[1] he dicho qué carrera me habría gustado estudiar y por qué tristes razones estudié otra distinta. Si la memoria no me engaña, llegué a Barcelona en otoño de 1913.
En Barcelona pasé seis años —mejor dicho, seis cursos, es decir, seis medios años aproximadamente, porque los cursos eran irrisoriamente cortos. Las vacaciones oficiales y las vacaciones forzadas organizadas por los hijos de papá mediante jaleos, huelgas y demás excesos los acortaban en gran medida. El cierre de la Universidad, ocasionado por la epidemia de gripe de 1918, limitó aún más la estancia a causa del terrible evento.
Estudiar por aquel entonces una carrera era una auténtica bicoca que se permitían, por el mero hecho de existir, los hijos de papá. El esfuerzo que había que hacer para conseguir el título era insignificante, mínimo. Implicaba encontrar diariamente la forma de eliminar hasta las más remotas posibilidades de atención y de fatiga, simulando (más o menos) el cumplimiento de unas obligaciones sin peso. No me gusta generalizar: sólo hablo de lo que conozco. Para las familias que tenían dinero, este sistema era intrascendente. Para las que tenían menos o poco —y éste era mi caso— no resultaba muy edificante. Era un sistema destinado simplemente a demostrar que confiar en los sentimientos positivos innatos en la juventud es, hablando en general, una pura ilusión del espíritu.
Los estudios eran tan absurdos y livianos, creaban tal cantidad de horas negativas que, si se hubiese podido disponer de algún dinero para llenarlas, la vida habría sido una vidorra óptima y sin sentido. Pero el dinero escaseaba, era de una precariedad manifiesta, y en los servicios de los demás nunca había modo de encontrar la más leve efusión de romanticismo. Traté de apañármelas haciendo de oficial de secretaría de la Sociedad Deportiva Pompeya y dando clases a niños distraídos, regordetes y bobalicones. Me hice más sabio que rico. De este modo, durante aquel período pasé gran cantidad de horas muertas errando por las calles de Barcelona, divagando por la ciudad sin objeto ni fin, contemplando las panorámicas que se ven desde lo alto de la montaña de Montjuïc. Aquella extraña y vacía forma de vivir duró hasta que entré como socio de paso en el Ateneu Barcelonés de la calle Canuda. Un rasgo de sinceridad me obliga a declarar que crucé el portal del establecimiento menos impulsado por el afán de cultura que por la necesidad de combatir, con la calefacción central de la docta corporación, el frío que imperaba en la casa de huéspedes. Había probado antes resguardarme en la biblioteca del Colegio de Abogados, que entonces estaba en la Casa del Ardiaca, un buen edificio. Pero como a aquella biblioteca acudía tan poca gente, no valía la pena hacerla acogedora. Era un impresionante frigorífico de volúmenes importantes y aburridísimos. El calorcillo del Ateneu avivó, en cambio, mi curiosidad. Allí leí cosas provechosas e instructivas e intenté escribir con mucha dificultad. Mis vagabundeos por Barcelona fueron largos, pero monótonos. Por razones que no podría explicar, se produjeron siempre por los mismos lugares. Nunca viví en la parte vieja de la ciudad. Para un hombre como Josep Carner, barcelonés, esta parte es un barrio como otro, habitual. Yo, que soy forastero, he de verlo principalmente como un conjunto monumental. No puede ser de otra manera.
Mis sucesivos domicilios los tuve, pues, en diversas calles del Eixample. Las cuadrículas fueron mi ambiente. Si me sentí atraído por la ciudad vieja fue, como ya he dicho, por su monumentalidad. Hay muchos lugares —más o menos fuera del centro de Barcelona— donde nunca puse los pies. No tengo ni la más mínima idea de Sants ni Hostafrancs, de Horta ni del Guinardó… Nunca he subido al Tibidabo. Es incomprensible… Conozco muy vagamente la Barceloneta. Si alguna vez subí a Sarrià y a Pedralbes, lo hice un domingo por la tarde, y me sentí desplazado y ajeno. Estos pueblos los conocí mucho más tarde, y creo que hasta viví en Sarrià por allá el año 1930. No era un lugar para mí. Estaba demasiado lejos. El viaje en el puntualísimo ferrocarril me hacía llegar a casa con una falta de puntualidad permanente. Así pues, mis conocimientos de Barcelona son fragmentarios y carecen de una falta absoluta de método. Sin embargo, leí bastantes cosas sobre la ciudad y su historia, memorias y documentos que encontré en las bibliotecas, e incluso un día mantuve una conversación, en un rincón del Ateneu, con un personaje fantástico y divertido, el señor Sanpere i Miquel, autor de una Historia de Barcelona olvidada de todos, pero que en los tiempos de los que hablo no era tan desdeñable. Desde entonces hacia acá se ha avanzado mucho.
Mucho me temo que este libro tenga los mismos defectos que mi estancia en Barcelona. Es incierto e incompleto como la adolescencia y responde a un vagabundeo desmesurado. De todos modos, no pretende ser una guía. Es un documento elemental, candoroso, donde se reflejan reacciones de juventud — al que se le nota la barba incipiente. Si no estuviese convencido de la importancia que para nosotros tiene Barcelona, no lo habría escrito. Yo querría que Barcelona fuera, de punta a punta, una ciudad adorable y magnífica.
Palafrugell, Mas Pla, primavera de 1956