Búsqueda estelar
Capítulo 10
10
Ross tardaba bastante tiempo en aprenderse una lección, pero después ya no la olvidaba. Esta vez, se prometió a sí mismo, «nada de aeropuerto espacial».
Penetraron en el sistema solar que contenía a la fabulosa Tierra por la parte más alejada de la elíptica, donde era menor la posibilidad de ser captados por el radar, y llegaron a un punto relativamente muerto a millones de millas del planeta; entonces escudriñaron cautelosamente todo el espacio circundante con su propio radar.
No parecía haber astronaves en el espacio. El sistema solar de la Tierra no era de gran importancia, sólo cinco planetas, y en conjunto una media docena de lunas. Ninguno de los planetas, excepto la Tierra, parecía habitable.
—¡Cogeos fuerte! —les advirtió Ross a sus compañeros de expedición—. Aún no conozco muy bien esta clase de navegación.
Con todo cuidado aplicó la fuerza a un solo vector; la astronave dio un salto y cabeceó. Corrigió la potencia vectorial y el distante sol fue creciendo sobre la pantalla con increíble rapidez. Los pitidos de la señal de alarma comenzaron a sonar, y el interruptor automático neutralizó todos los mandos. Ross, sudoroso, se levantó del suelo y se tambaleó hacia los mandos.
—Lo has hecho muy bien, Ross —le elogió Helena—, pero si me dejases coger los mandos a mí por un minuto…
Ross se tragó el amor propio y se apartó del cuadro de mandos. Después de una mirada estupefacta —¡Helena ni siquiera había calculado nada!—, asió las anillas, cerró los ojos y esperó la muerte. Sintió una sacudida y abrió los párpados. Helena le estaba mirando como disculpándose.
—Tú lo habrías hecho mejor, claro —mintió—, pero estamos descendiendo.
—Claro que lo hubiera hecho mejor —se ufanó Ross—, pero me gusta que hayas cogido práctica. ¿Dónde… eh… dónde estamos?
Helena, silenciosamente, le señaló la pantalla del radar. La Tierra, al parecer, poseía varios continentes; casi todos se hallaban situados en el hemisferio Norte. Al otro lado era de noche, y a sólo una docena de millas se alzaba una enorme ciudad.
—¡Bueno! —exclamó Ross fatigadamente—. El equipo de aterrizaje entra en acción. Helena, quédate aquí, mientras Bernie y yo…
—No —dijo sencillamente la joven. Ross la miró fijamente un instante y luego se encogió de hombros.
—Bueno. Entonces, Bernie se quedará mientras…
—¡No! —tronó el aludido.
—¿Quién es aquí el capitán? —preguntó Ross airado.
—Tú —le aseguró Helena—. Mientras yo no tenga que quedarme sola aquí.
—Sí —corroboró Bernie.
—¡Oh! —exclamó Ross. Meditó unos momentos y luego decidió—: Bien, bajaremos todos.
Sus oyentes aprobaron la idea.
La Tierra no era un planeta muy fuera de lo corriente: arena verde y vegetación púrpura. O el mapa celeste estaba equivocado, o el medidor de la gravedad no funcionaba correctamente. El primero, cosa extraña, daba 1.000.000 como gravedad de la Tierra, y el segundo sólo 0,8952, o sea un diez por ciento de discrepancia. Además, el principal gas inerte de la atmósfera terrestre era, según el mismo mapa celeste, el nitrógeno; y según los instrumentos de la astronave era el neón. Todo estaba envuelto en una magnífica y aterradora aurora polar, hacia el polo Norte.
Pero las diferencias existentes entre el mapa celeste y los hechos no preocupaban a Ross de modo particular, en tanto iban acercándose a la Tierra. O el mapa estaba equivocado, o las cosas habían cambiado. Este era —según Flarney por boca de Whitker— el lugar donde la gente conocía la fórmula, donde sus preguntas quedarían contestadas. Después, pensó alegremente, regresaría a su planeta Halsey, y en el futuro sería reverenciado como el salvador de la humanidad. Y Helena, pensó sentimentalmente…
Volvió el rostro para dirigirle una sonrisa y vio que ella y Bernie estaban riéndose a carcajadas.
—¡Escuchad los dos! —exclamó el capitán Ross—. ¿Todavía no lo habéis aprendido? ¿De qué nos servirá nuestra exploración, si no estamos muy atentos a lo que hacemos? ¿No os dais cuenta de que este planeta puede ser tan peligroso como Azor… o peor?
—Ross… —comenzó a decir Helena.
—¡No me interrumpas! Lo que nuestro equipo necesita es disciplina. Ambos debéis aceptar vuestras responsabilidades. ¡Manteneos alerta! Cualquier cosa fuera de lo corriente puede ser una trampa mortal. Vigilad y…
Helena no estaba mirando a Ross, sino más allá de él. Bernie hacía unos ruidos estrangulados con la garganta y estaba señalando en cierta dirección.
Ross dio media vuelta. Detrás suyo divisó un monstruo mecánico vagamente parecido a un camión pesadamente armado, con el motor rugiendo débilmente. Un hombre se asomaba por la cabina y los atravesó con un poderoso foco. La voz les llegó desde más allá del círculo luminoso.
—Pensé que eran dos mujeres y un hombre, pero ya veo que no. ¡Oh, vaya caras! Vamos, entrad. ¡De prisa!
La luz se extinguió. Cuando sus ojos se hubieron vuelto a acostumbrar a la débil iluminación de las estrellas y la aurora boreal, divisaron una portezuela abierta en el camión. Al mismo tiempo, un cañón de una de las múltiples armas de que parecía estar bien provisto el aparato, les apuntó cubriéndoles a los tres.
Ross, de manera estúpida, deletreó en voz alta el cartelón que exhibía el camión.
—«Compañía de Enlosados Jones. Las mejores losetas son las Jones. Especialidad pared a pared Alfombras de buen estilo en Jones.»
—Sí —asintió el hombre—, sí, sí. Pero ahora no os vendo nada. ¡Entrad, por todos los diablos! De haber sabido que sois tan idiotas, no hubiera aceptado este trabajo ni por un millón de Jones. ¡Entrad! —su voz era casi histérica y el cañón seguía cubriéndoles ostentosamente—. Si esto es una añagaza… —comenzó a vociferar.
—Entremos —les ordenó Ross a sus compañeros. Así lo hicieron, y la portezuela golpeó violenta y automáticamente. Helena empezó a sollozar y Bernie comenzó a soltar una retahíla de juramentos y maldiciones por haber sido tan imbécil de enredarse en una aventura tan incongruente y carente de sentido.
En el camión había ventanillas, y Ross fue mirando de una a otra. Vio los cañones asomando por unas arandelas gruesas en la cabina telescópica, las arandelas apoyadas en los soportes, y éstos fundidos con las paredes de metal. Vio cómo el conductor maldecía en tanto manipulaba una docena de palancas cuando el vehículo comenzó a deslizarse sobre la arena verdosa, salpicada de vegetación purpúrea. Por fin, por la ventanilla posterior, vio tres figuras que corrían por la arena, agitando los brazos, y que rápidamente fueron quedando detrás. Lo único que pudo distinguir es que parecían dos mujeres y un hombre.
Helena estaba gimiendo quedamente.
—… yo no soy fea, y sólo que seamos jóvenes y extranjeros no creo que sea motivo para ir por todas partes insultando a la gente…
—… imbécil, bruto, animal, tonto… —seguía mascullando insultos Bernie.
—Callaros. Callaros —repito Ross, de mal talante— antes de que os rompa el cráneo.
Ambos le contemplaron boquiabiertos.
—Gracias. Tenemos que meditar. ¿En dónde estamos? ¿Qué podemos hacer? No hemos entrado en contacto con la Tierra por medio de ningún radar, y ese tipo nos ha recogido por equivocación. He visto a dos mujeres y a un hombre… —¿recordáis lo que dijo?— que intentaban subir al camión. Por lo visto, ese conductor es un criminal. De no ser así, ¿por qué el camión está camuflado como un carro de combate? ¿Por qué anuncia un comercio, pero «no vende nada»? Y Jones parece ser el nombre de la subdivisión política local, el nombre de la deidad local y del dinero. Esto es importante. Apunta hacia la dictadura de un individuo rígido… Jones, claro está, o su dinastía. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo tenemos que obrar? ¿Qué opinas, Helena?
—Que no debió llamarnos feos —gimió—. ¿No es eso importante?
—¡Mujeres! —dijo Ross con desdén—. Si te dignases momentáneamente olvidar esta afrenta a tu vanidad tal vez podríamos planear algo.
—¡Pero no debió decirlo! —repitió Helena, con obstinación—. No somos feos. ¿Y si se lo ha parecido sólo porque ellos son distintos a nosotros?
Ross estuvo a punto de ahogarse. Tras una larga pausa, durante la cual intentó calmarse, dijo lentamente:
—Gracias, Helena. Estás equivocada, claro está, pero has contribuido algo con tu idea. No, no es posible edificar una teoría con hechos tan pequeños — su voz comenzaba a denotar de nuevo la cólera que le embargaba—. No es razonable, ni ayuda en absoluto. En realidad, el tuyo es el razonamiento más necio y estúpido que he oído en toda mi vida.
—¡Una ciudad! —indicó Bernie emocionadamente. La accidentada carretera se había transformado en suave, y más allá de las ventanillas se divisaban edificios de piedra y calles iluminadas.
—¡Estupendo! —exclamó Ross con amargura—. Hemos tenido unos minutos para reflexionar y los hemos desperdiciado por culpa de la imbécil disertación de una mujer y mi razonable intento de hacerle comprender lo erróneo de su forma de pensar —hundió la cabeza entre sus manos e ignoró a los otros dos, tratando de razonar con claridad. Pero el camión dio un par de saltos y se paró.
Se abrió la portezuela y la voz del conductor exclamó, también desde detrás de un círculo luminoso:
—¡Salid! ¡Id andando delante de mí!
Obedecieron, hallándose dentro de una estancia de medidas más que regulares donde se hallaban ocho personas que los contemplaban con estupor. Los ocho eran de la misma estatura: seis pies. Todos tenían el pelo rojizo, del mismo tono, y lucían el mismo peinado. Y todos eran delgados, pero anchos de espaldas. Los dieciséis ojos eran del mismo tono azul, bajo dieciséis cejas exactamente iguales. De la cabeza a los pies eran unos tipos duplicados. Uno de ellos habló… con la misma voz que ti conductor del camión.
—¿Conque deseáis ser joneses vosotros?
—Absolutamente imposible.
—Pero aceptamos su dinero.
—Devolvédselo. Cambios razonables, sí, pero contempladles.
—No podemos devolvérselo. Hemos gastado ya gran parte. Además, Sam… —a Ross le pareció que era Sam la palabra—, mira el trabajo que llevamos ya hecho. Tú puedes hacerlo. Dudo que pueda hacerlo nadie más, pero tú sí.
Ross levantó la vista, tratando de decidir qué Jones estaba hablando a otro. Incluso las ropas eran idénticas: pantalones purpúreos, chaqueta escarlata, calcetines negros, zapatos negros. Luego observó que el tercer Jones, a contar por la izquierda —el que parecía llamarse Sam—, llevaba una camisa blanca bajo la chaqueta escarlata. Sólo un pequeño reborde sobresalía por el escote y la nuca; los demás también llevaban camisa, pero de tonos rojos o verdes.
—No conozco a nadie más que pueda hacerlo —replicó Sam con frialdad —. ¡A nadie más! ¿Quién más hay?
Uno de los Jones frunció los labios.
—Bueno —contestó pensativamente—, hay Northside Tim Jones…
—¡Northside Tim Jones! —se burló Sam—. Ocho de sus obras se hallan ahora almacenadas. ¡Parafina, os digo! ¡Todavía usa parafina para moldear las caras!
—Lo sé, Sam, pero al fin y al cabo esta gente necesita ayuda. Si tú no se la das, ¿quién tiene que hacerlo?
Sam se encogió de hombros.
—Bien… —luego meneó la cabeza, suspiró, y avanzó para estudiar a los recién llegados. Con una expresión de revulsión exclamó—: ¡Desnudaos! Ross vaciló.
—¡Quieta! —le gritó a Helena, que ya se estaba quitando el mono—. Caballero, creo que aquí hay una equivocación. ¿Le importaría explicarnos qué se propone hacer?
—Lo de siempre —contestó Sam, irritado—. Arreglaros el pelo, elevaros la estatura, y nivelaros en todo al estilo Jones. Lo de costumbre. Aunque debo advertiros —añadió con repugnancia que jamás he visto unos tipos menos prometedores en toda mi vida.
Ross se humedeció los labios.
—¿Quiere decir que aspiran a convertirnos en sus iguales, caballeros?
—¡Lo quiero! —exclamó Sam, indignado. Y por encima del hombro preguntó—: Ben, ¿qué clase de idiotas me has traído?
—Jones sagrados, Sam —contestó Ben, con aspecto de preocupación—. No lo entiendo. Fue un trato completamente normal. Ese tipo vino a verme y cerramos el trato. Llevaba la pasta consigo. Seiscientos jones. Y no eran falsos —su expresión se obscureció—. O al menos, así lo creo, aunque dijo que serían dos mujeres y un hombre. Pero Paul Jones los recogió en el lugar exacto de la cita, por lo que tienen que ser ellos, sin duda.
Contempló suspicazmente a Ross y sus compañeros.
—Aunque pensándolo bien, tal vez no —añadió—. Te diré una cosa, Sam. Aguarda aquí unos veinte minutos —y se precipitó fuera de la estancia.
—Sentaos —dijo uno de los restantes Jones con amabilidad.
Ross, Bernie y Helena cogieron unas sillas alineadas contra el muro y se sentaron. Otro Jones comenzó a revisar un montón de periódicos que había sobre una mesa. Entregó uno a cada uno de los tres.
—Descansad —les aconsejó. Obedientemente, los tres viajeros del espacio abrieron las revistas que acababan de serles entregadas. Luego, tras una conferencia mantenida en voz susurrante, la mayoría de los Jones se marcharon. El que quedó dijo:
—No habléis. Si hemos cometido un error, lo lamentamos. Mientras tanto, haced lo que se os diga. Ross vio que su revista se llamaba «Por Jones»; parecía ser una publicación dedicada a noticias y chismorreos deportivos, de modas y cultura. Repasó un artículo cuyo titular rezaba: «¡Alégrate de que la Policía del Pueblo te esté Vigilando!», pero lo demás tenía muy poco sentido. Trató de reflexionar, pero le resultó difícil captar una idea definida entre la masa confusa que le daba vueltas al cerebro. Nada parecía tener sentido, y Ross, de pronto, se dio cuenta de que se hallaba sumamente fatigado. Puso el cerebro en blanco y aguardó. Transcurrieron veinte minutos y algunos más. Luego se abrió la puerta y entraron media docena de Jones. A primera vista, Ross vio que tres de ellos eran nuevos. En primer lugar, dos eran mujeres, y el tercero, aunque pelirrojo, alto y delgado, poseía una nariz un centímetro más corta que las de los demás, y su pelo estaba encrespado y ondulado.
—Bien —dijo uno de los Jones—, ya podéis comenzar a hablar… y deprisita, monadas.
Fue Helena la que tomó la palabra. Estaba hablando antes de que Ross pudiera impedirlo, pero poco después no tuvo motivos para lamentarlo.
Tuvo que admitir que el auditorio estaba aturdido y ensimismado. Mucho antes de terminar su relato, todos los Jones habían apartado de sí los revólveres. Helena contó cómo había conocido a Ross, sus penalidades en los tanques del tinte, la huida de Azor, la fuga desde el «Minerva», y el vuelo a la Tierra.
—Y entonces —concluyó—, vimos el camión, y ese individuo nos recogió. Y nos encontramos en la Tierra. Y juro que ésta es toda la verdad.
Hubo un silencio mientras los Jones se contemplaban mutuamente. Luego el Jones que lo sabía todo referente a la cirugía plástica, Sam, se adelantó.
—Bien, querida, mantente quieta —Helena obedeció, en tanto Sam parecía rebuscar algo por entre las raíces de su cabellera, estudiaba sus pupilas y expertamente trazaba la configuración de sus costillas.
Retrocedió luego, estremecido.
—Una cosa es segura —les dijo a los otros—. No son Pepises. Imposible con estos huesos. No hay nada a hacer.
Ben Jones se golpeó la frente y vociferó:
—¿Cómo hemos podido cometer tamaño error?
—No esperábamos una cosa así —gritó indignada una de las mujeres—. Nosotros somos Jones decentes y…
—¡A callar! —ordenó Ben con un gruñido—. ¿Y los otros dos, Sam?
—Oh, Ben… —exclamó Sam, enojado—. Mírales, ¿quieres? ¿Piensas que la policía admitiría una desviación de estatura de cinco pulgadas como ésta —señaló a Bernie—, o un gusano medio calvo como aquél?
Ross, molesto, estuvo a punto de abrir la boca para protestar, pero no lo hizo. Nadie le prestaba la menor atención, salvo como Modelo A.
—¿Entonces, qué haremos? —preguntó Ben.
Sam se encogió de hombros.
—Lo primero será cuidarnos de los cuatro clientes —paseó la mirada por los otros Jones—. Si vosotros tres queréis venir por aquí, terminaremos la labor y podréis regresar a vuestra casa. No necesito recordaros, claro, que si se os ocurre mencionar a un Pepise algo de lo que esta noche habéis visto aquí… —su voz quedó extinguida al cerrarse la puerta, antes de que Ross pudiese escuchar la amenaza que debía seguir a aquellas palabras.
Ben Jones no se marchó.
—¿Tenéis jones?
—¿Te refieres a dinero? —quiso saber Helena—. En absoluto. —A Ross le hubiera gustado pegarle un puntapié.
—¡Siempre me ocurre lo mismo! —gruñó Ben Jones. Luego añadió en son lastimero—. ¡Todavía tendré que daros de comer!
—Bueno —Helena se asió a aquella esperanza—, llevamos mucho tiempo sin comer y…
Ben Jones juró por su nombre, que era Jones, pero se acercó a la puerta y pidió de comer. Cuando llegó la bandeja tenía muy buen aspecto, y los tres, pese a sus diversas procedencias planetarias, la hallaron deliciosa. Mientras comían, Ben Jones se sentó contemplándoles atentamente, y tomando un sorbo de vez en cuando de un frasco que contenía un líquido verdoso. Le ofreció un trago a Ross, y a éste le pareció que le ardía la garganta cuando lo aceptó.
Ben Jones rió a carcajadas hasta que se le humedecieron los ojos.
—Es la primera vez que pruebas el Jugo de Jones, ¿eh? ¿Calienta, no? — se frotó los ojos y continuó—: Creo que tenéis razón —admitió—. No sé qué haré con vosotros. No puedo llevaros a la Tierra ni puedo teneros aquí. Tampoco puedo arrojaros a la calle… Los Pepises os almacenarían a los diez minutos.
—¿No estamos en la Tierra? —preguntó Ross, con sobresalto.
—No —repuso Jones con repugnancia—. ¿No me has oído? Estáis en Jones, a la mitad de distancia entre Fork Jones y Jonesgrad. Pero estáis muy cerca. La Tierra se halla a cincuenta millas del Pico Jones, más allá de Jonesgrad, a la derecha de Jonesboro Menor.
—¿El planeta Tierra se halla a cincuenta millas del Pico? —volvió a preguntar Ross, aturdido.
—No es un planeta —replicó Ben Jones—. Es una antigua ciudad. Nadie vive ahora allí; los Pepises no lo permiten. Jamás he puesto allí los pies, pero afirman que es algo muy diferente. Algunos edificios tienen quince, veinte pisos de altura, y los muros no siempre son verdes. Disculpadme —añadió, mirando a Helena.
—Está bien —dijo Sam Jones, volviendo a entrar—. Todo terminado. Alteraciones triviales. Tal vez hubiesen podido pasar el resto de sus vidas con pelucas y rellenos… ¿pero esto no se lo diremos, verdad? Además, ahora ya no tienen por qué estar preocupados. Healy Jones, el viejo, por ejemplo. Buena persona, pero parece estar trabajando como un aprendiz de herrero. Temeroso de la prueba del maestro, temeroso de cambiar su estilo de trabajo… Podría ser observado e interrogado —exhaló un tremendo suspiro y se sirvió una considerable ración de líquido verdoso. Ben Jones le dirigió a Ross un cínico guiño y se encogió de hombros.
—¡Mira mi mano! —estalló el cirujano. Estaba temblando. Se bebió el Jugo Jones y se sirvió otro—. No es nada físico. Es neurótico. El subconsciente fríamente va contando mis crímenes y fríamente impone y ejecuta las sentencias. Soy cirujano y me tiemblan las manos —bebió—. Jones no ha sido burlado. ¡No, Jones no ha sido burlado! ¿Crees que serán felices esos tres? ¿Crees que serán admitidos en el seno de Jones sólo porque son Jones en lo externo? No. Vigílales cinco años, diez. Tal vez se condenarán a sí mismos a ser unos piojos odiosos y se preguntarán por qué nadie los ama. Tal vez se condenarán a servidumbre penal y se preguntarán por qué se les empuja, por qué no tienen valor para devolver los golpes… ¡Pero Jones no ha sido burlado! —le dijo a su vaso de líquido verdoso, sin hacer caso de los demás. Apuró el vaso.
—Vamos —les conminó Ben Jones a Ross y sus compañeros, y los condujo a una estancia contigua provista de literas de campaña. Entonces dijo, en tono de disculpa—. El doctor tiene esta noche los nervios excitados. Lo malo es que es un Jones excesivamente timorato. Yo, puedo tomarlo o dejarlo —su risa demostraba su bravura—. En lo mejor de nosotros siempre hay un poco de negación de Jones, siempre lo digo, pero no al doctor. Y menos cuando le da latigazos al Jugo Jones —se encogió de hombros con cinismo y agregó—: ¿Qué diablos? L sub T es a L sub cero como T menor es a dos N.
Ross le asió con violencia por la camisa.
—¡Repítelo!
Ben Jones se zafó del joven y se apartó.
—¿Qué te pasa, muchacho?
—Lo… lo siento. ¿Pero quieres repetir la fórmula? ¿Qué has dicho? —se corrigió cuando vio que la palabra «fórmula» no había sido entendida.
Ben Jones repitió la fórmula distraídamente.
—¿Qué significa? —preguntó Ross, con ansiedad—. He estado intentando descifrar su significado por diversas galaxias.
—Bueno —replicó Ben—, significa lo que he dicho, naturalmente. Es bien claro, ¿no? —estudió el rostro de Ross y añadió con inseguridad—: ¿No?
—¿Qué significa para ti, Ben? —quiso saber Ross.
—Pues lo que significa para todo el mundo, amigo. La razón es la razón, y el error es el error. Jones está en su Cielo, conforme o no… Significa moralidad, hombre. ¿Qué otra cosa podría significar? Entonces Ross se comportó de manera inusitada para él. Asaeteó a Ben a preguntas, sin dejarle apenas respirar. Ignoró las protestas de Ben, según las cuales no era Jonesólogo, y cuando Ben Jones estalló, salió de estampida y los encerró por el resto de la noche, Ross había aclarado lo siguiente:
Todo el mundo conocía la fórmula; la aprendían en el regazo materno. Se recitaba como una oración antes y después de las reuniones de los Jones. Ben sabía que ellos tenían razón, naturalmente, y que algún día vivirían de acuerdo con la creencia Jones, aunque aún no, porque si no hacía dinero con la prótesis otros lo harían. La fórmula estaba por todas partes: en los umbrales de los edificios públicos, colgando en las aulas, y en las paredes de los dormitorios de la mayoría de las recatadas damas Jones, donde pueden vislumbrar este mensaje confortador al acostarse y de nuevo al despertarse.
¿De un libro? Bien, sí, así lo suponía. Seguro que estaba en el Libro de los Jones, ¿pero quién podía decir si fue allí donde se originó? La mayoría de la gente pensaba que había sido Descendida. O dada durante la guerra… ¿qué guerra? ¡La guerra de los Jones, claro! Además, en la guerra no se había destruido la última resistencia contra la fórmula. No, no sabía nada de la guerra. No, no había tenido lugar ni en tiempos de su abuelo ni de su tatarabuelo. La guerra había terminado mucho antes. Tal vez estaría en los archivos del antiguo museo de la Tierra. ¡La ciudad, naturalmente, no aquel condenado y viejo planeta!
Después de haber pegado Ben Jones un violento portazo, dejando la sala a obscuras, Helena y Bernie intercambiaron unas frases confortadoras a través de sus contiguas literas, ante el enojo de Ross. Los tres no tardaron en dormirse, dándole vueltas el joven al problema.
Cuando se despertó vio que el doctor, Sam Jones, había entrado en la sala durante la noche, y se había tumbado en la litera más cercana a la suya. El reborde blanco estaba verdoso y tieso, producto de las manchas del Jugo Jones. Helena y Bernie aún dormían. Se levantó, se acercó a la puerta y probó el picaporte.
Estaba cerrada, pero pudo percibir un rumor de voces al otro lado. Aplicó el oído al frío acero. El fruto de su curiosidad fue magnífico, aunque alarmante.
—… matarles en cualquier sitio.—… sin embargo, el sistema de la prótesis jamás ha matado a nadie.
—¿… queréis matarles porque sí o porque estáis asustados de los Pepises?
Luego, aparentemente, los Jones se alejaron de la puerta. Ross sintió que un sudor frío le perlaba la frente, y en la boca del estómago había un vacío que ningún desayuno podía hacer desaparecer.
Dio media vuelta cuando oyó la voz de Sam Jones preguntar penosamente:
—¿Has oído algo agradable, forastero? El cirujano, con aspecto miserable, se había incorporado y lo contemplaba con ojos inyectados en sangre.
—Están hablando de matarnos —fue la concisa respuesta.
—No son muy inteligentes —observó Sam Jones—. Lo son sólo hasta el punto de obligarme a que trabaje para ellos, tentándome con copiosas libaciones de ese maldito licor verde, que yo no sé usar con moderación.
—¿Te gustaría apartarte de ellos? —intentó averiguar Ross.
Sam Jones, sin contestar, extendió su mano. Temblaba como una hoja de árbol.
—Por su inescrutable razón, Jones me concede la seguridad de mi mano durante una operación destinada a frustrar su gran designio. Entonces me arrolla con una poderosa sed, para que olvide mi vergüenza.
—No hay designio —replicó Ross—. O si lo hay, por fortuna este planeta no es más que una mínima parte del mismo. En mi vida he escuchado tantas frases arrogantes. Vosotros, que no sois más que unos mosquitos perdidos en un rincón de una simple galaxia, pensáis que todo el Universo se ha edificado para vuestro esplendor, y de acuerdo con la pauta de vuestra existencia. ¡Estáis equivocados! Yo he visto la vida en muchos sitios y sé que no es así.
El doctor se pasó una temblorosa mano por los ojos.
—Jones no ha sido burlado —dijo—. L sub Tes al sub cero como T menor es a dos N. No puedes refutar eso, forastero. No puedes refutarlo.
Ross comprendió que detrás de su temblorosa mano el cirujano estaba sollozando.
—No hay que refutar nada —contestó, con más suavidad—. Es algo que se debe comprender —le contó entonces a Sam Jones las dos ocasiones en que había escuchado la misma fórmula anteriormente. El doctor levantó la mirada, lleno de estupor—. ¿Y ahora, no le gustaría liberarse, doctor? ¿Liberarse de sus temblorosas manos, liberarse de su culpa, liberarse de sus asesinos? ¿No le gustaría conocer la verdad?
—Si me atreviera… —fue la débil respuesta.
—El museo de la ciudad Tierra —le apremió Ross—. Consígame archivos, datos, hechos, lo que sea de la Guerra de los Jones. Si la fórmula tiene algún significado, tiene que estar ahí. Debió haber una batalla respecto a su interpretación y ya sabemos quiénes ganaron. Averigüemos qué afirmaba el otro bando. Lléveme allí —pensaba en la desdichada contienda del fanatismo que había ensangrentado a su propio planeta. La débil mandíbula del doctor se estaba afirmando, aunque sus ojos aún seguían acobardados—. ¡Líbrese de sus amigos asesinos, doctor! —le urgió Ross—. Dígales que va a utilizarnos para sus experimentos por el coste de la operación. Esto los atraerá a su alrededor. Entonces, los encerraremos. Nos libraremos de ellos. ¡Y marcharemos rápidamente en busca de los datos!
—Ser libre… —murmuró el doctor, pensativamente. Añadió, tras una pausa—: Lo intentaré, pero…
En la puerta de acero se produjeron una serie de llamadas en clave.