Búsqueda estelar

Frederik Pohl · Capítulo 2 de 14

Páginas del PDF

Búsqueda estelar

Capítulo 2

2

 

 

Todos estaban desnudos. ¿Por qué no? No hay clima en una nave espacial. Todos se rieron cuando Ross y Marconi pasaron por el portón, excepto el bebé, que estaba siendo amamantado por una bonita joven. Aquellas risas fueron las que atrajeron inmediatamente a Ross. Era simpática aquella risa general. Como los gozosos ladridos de unos cachorros jugando con un hueso de goma.

Luego sintió como una puñalada al tiempo que el placer de aquella sencilla felicidad se trocó en recuerdo y reconocimiento. Su esposa diez años antes… Ross los estudió asombrado, esperando hallar los rasgos de ella en aquellos rasgos, su expresión en la de ellos. Y fracasó. Sin embargo, le recordaban inexorablemente el desdichado pasado al lado de aquella mujer a medias, si bien físicamente no eran de su clase. Se trataba de risas alegres, que él sabía eran menos que humanas.

Las alegres risas dejaron al descubierto en todas las bocas unos dientes muy manchados. ¿Por qué no? Si se pone calcio y flúor en un sistema cerrado, no se desvanecen.

La vieja se adelantó riendo y le espetó a Marconi:

—Queremos ver al representante de Haarland…

—Sí, lo sé. Yo soy el representante de la Corporación Comercial Haarland. Bienvenidos al planeta Halsey. ¿Puedo preguntarle su nombre, señora?

—Ma —contestó ella, graciosamente.

—Encantado de conocerla, Ma. Yo me llamo Marconi.

—Dijo usted que era el representante de la Corporación Haarland… — exclamó Ma, extrañada.

—Sí, Ma, exacto. Bien, digamos que Marconi es mi otro nombre. Dos nombres, ¿entiende?

Ella se rió ante la idea de dos nombres para una sola persona.

—¿Cuál es el nombre de este caballero? —inquirió entonces Marconi.

—No es caballero. Es Sonny.

Sonny tenía unos cien años.

—Encantado de conocerle, Sonny. ¿Y su nombre, señor?

—Sonny —contestó un pelirrojo de unos ochenta años.

Las mellizas se llamaban Las Chicas. El bebé se llamaba El. Y el resto se llamaba Joven, Ma o Sonny. Después de las presentaciones, Ross observó que el bebé había sido traspasado a otra Ma que estaba plácidamente amamantándolo. La mujer tenía leche encima, una leche que surgía lentamente de la boca del bebé.

—¿No hay ningún otro bebé en la nave? —preguntó Ross con alarma.

Todos volvieron a reír, y la Ma que estaba amamantando al bebé respondió:

—Había una, pero murió. La mayoría mueren poco después de ponerle en la caja. Esta Ma tuvo suerte. Su El no murió.

—¿Ponerle en la caja? ¿Qué caja? ¿Por qué?

Marconi le pegó un codazo en las costillas. Pero Ross le ignoró.

Los otros se echaron a reír nuevamente ante esta ignorancia y le explicaron que la caja era la caja y que a los recién nacidos los ponían en ella porque a los recién nacidos hay que ponerles en ella. En el interior de la nave resonó un sonido penetrante.

—Ahora tenemos que regresar —dijo Ma—, representante de la Corporación Comercial Haarland Marconi.

—¿Por qué?

—A intervalos regulares, indicados por un tono de seiscientos ciclos y una disminución intermitente de las luces de la nave, desde la iluminación normal a una frecuencia señalizadora de cuatrocientos veinte milimicrones, el personal de operaciones de la nave toma posiciones en los controles para la computación de los medidores y demás instrumentos contra las baterías de gobierno normal. Bien, tenemos que regresar.

Todos se atropellaron hacia la escotilla, dejando a Ross y a Marconi contemplándose mutuamente en el tanque de descontaminación.

—Bueno —dijo Ross lentamente—, al final sé por qué los Departamentos Transespaciales guardan sus pequeños secretos. «La caja». Yo diría que es asesinato.

—Sé razonable —replicó Marconi…, aunque su propio rostro se hallaba blanco bajo la luz de las relucientes lámparas germicidales—. No pueden aumentar sin límite o morirían todos. Y antes de morir se llegaría al canibalismo. ¿Qué prefieres?

—Permitir que nazcan niños y luego matarles si un calculador decide que no pertenecen al sexo apropiado, por ejemplo, es inhumano.

—No es que me guste, Ross, pero sirve.

—¡También las píldoras!

—Las píldoras son un asunto particular. Una persona en privado puede decidir no tomarlas. La caja es un asunto público y el grupo se sobrepone a una madre que decida no utilizarla. Ahí tienes contestada tu pregunta de la efectividad, pero aún hay otro punto. Esta gente está cuerda, Ross. Es completamente ingenua, pero cuerda. Están más cuerdos que las mujeres sin hijos y que los solterones, que a fuerza de no querer a nadie, sólo se quieren a sí mismos. Éstos están cuerdos. En parte porque las mujeres sufren un periódico cambio bioquímico llamado embarazo con el que nivelan su equilibrio. En parte porque los hombres hallan ternura y protección en sí mismos hacia las mujeres embarazadas. Y principalmente porque… es algo en qué ocuparse.

—¿Te imaginas la existencia monótona en una nave? El trabajo es siempre el mismo, una eterna repetición. No pueden leer ni contemplar cintas en una pantalla. Han nacido en la nave, y los libros y las cintas no tienen para ellos significado alguno porque no saben nada con que puedan hacer comparaciones. El único cambio que ven es en sí mismos o en los demás, envejeciendo paulatinamente. Los frecuentes embarazos son una bendición para ellos. Los comparan y los discuten; se preguntan quiénes serán los padres; apuestan con las raciones; los hombres se jactan y llevan la cuenta. Se hacen bromas… Se especula con la posibilidad de mellizos… Incluso el temor los mantiene cuerdos.

—Y luego —le recordó Ross— la caja.

—Sí, la caja —repitió Marconi mirando directamente hacia el portón de la nave—. Si hubiese otro medio… pero no lo hay.

 

Su joven jefe no se mostró complacido con la información de Ross.

—¡Preguntar por Haarland! —repetía incrédulamente—. ¡Esos mamarrachos no sabían de dónde venían ni adónde iban, pero sabían que tenían que preguntar por Haarland! —golpeó la mesa de su despacho y gritó iracundo—. ¡Maldición!

—¡Señor Oldham! —protestó Ross, sobrecogido de pánico. No tenía precedentes que un superior perdiera su calma.

—¡Y que sean también malditos los modales! —tronó Oldham—. ¿Qué sabe usted del estado de nuestros libros? ¿Qué sabe usted de la cuenta de gastos generales que heredé de mi querido padre? ¿Qué diablos sabe usted de la curva descendente de nuestras ventas?

—Estas fluctuaciones… —comenzó a decir Ross.

—¡Malditas sean las fluctuaciones! Conozco una fluctuación cuando la veo, y conozco un descenso a largo término cuando se presenta. Y le aseguro, amigo, que estamos corriendo a la bancarrota. Y ahora estos condenados monos llegan de no sé dónde con una consignación exclusiva para Haarland… No comprendo por qué no me desembarazo de este estúpido negocio y me voy a vivir a una cabaña del Gran Lago Azul y dejo que este planeta se pudra y se destroce.

El horror de Ross ante aquel estallido de cólera quedó eclipsado por su interés al observar que él y Oldham estaban pensando lo mismo.

—Señor —aventurose a decir—, he estado pensando en algo que…

—Eso puede esperar —le cortó Oldham, conteniéndose con visible esfuerzo, con lo cual Ross perdió su oportunidad de renunciar a su empleo—. ¿Qué hay de las aduanas? Sé que Haarland no tiene bastante efectivo para hacerles frente. ¿Quién tiene el dinero?

—Se harán los usuales arreglos, señor —contestó Ross tristemente—. Se concederá un veinticinco por ciento de la mercancía a la autoridad portuaria para la subasta y los recibos quedarán exentos de la tasa de importación. Y supongo que hallarán buenas ofertas. No pierdan el tiempo. La subasta es esta noche a las veintiuna.

—Asista usted —le ordenó Oldham—. Pero no puje sobre los cien mil escudos. Diversifique las compras lo más posible. Y procure obtener alguna información por anticipado de esos monos, por si tiene usted alguna oportunidad.

—Sí, señor —prometió Ross. Al marcharse vio a Oldham cogiendo un frasco de plástico de una alacena.

Y ésta, pensaba Ross mientras se dirigía al Puerto Franco, era la primera grieta que había visto en el decidido optimismo del jefe de la firma. Todos los altos cargos se mostraban siempre optimistas e idealistas, al menos así lo proclamaban. El comercio interplanetario era una causa y una misión; los comerciantes mantenían viva la llama del comercio. Tal, siguió pensando Ross, habían seguido mostrando aquel idealismo hipócrita sólo en tanto una población en aumento les iba asegurando la expansión de su mercado. Tal vez ahora decrecían los nacimientos… alguien pronunciaría la palabra «declinar», y todos se habían ya quitado la careta del optimismo, exhibiendo en cambio las garras y los colmillos de la competencia por lograr y atraerse los favores del disminuido grupo de consumidores.

Y este era el camino que él mismo seguiría si se quedaba: comerciante menor, comerciante mayor, comerciante de primera, cada año más suspicaz con respecto a sus competidores, menos escrupuloso en la consecución de los escudos…

Pero, claro está, iba a dejarlo. Le esperaba la litera del sobrecargo, y quizás entonces las temerosas depresiones le abandonarían. Pensó en todos los grandes comerciantes que había conocido: Oldham, nunca demasiado feliz en su heredado negocio; Leverett, siempre gordinflón, con su inesperada ganancia gracias a la nave de Sirio IV quince años atrás; Haarland, el jefe de Marconi… Haarland rompió la línea de sus ideas. No era posible pensar en Haarland roído por el temor y la avaricia. Era el más viejo de todos, pero había en él más celo y más movimiento en su apergaminado cuerpo que en el resto de todos los demás.

En el salón de subastas, Ross halló un asiento cerca de las cortinas de terciopelo. Uno de los licitadores profesionales, apoyado en un muro, le hizo una señal imperceptible, a la que Ross contestó con otra. Sí, era lo mejor. Aquel individuo era muy bueno y pujaría por él. Aunque se conocían, no eran íntimos y nadie sospecharía que iban de mutuo acuerdo.

Marconi, sentado a una mesa desnuda, trabajaba con un montón de papeles con uno de los Sonnys de la nave. Éste llevaba un mono de trabajo, la primera prenda de ropa que había vestido en su vida, si bien por lo visto no habían logrado convencerle para que se calzase.

¿A quién más conocía? El capitán Delafield estaba sentado con aspecto sombrío en primer término; Win Fraley, el más terrible subastador del Aeropuerto, estaba estudiando una lista, moviendo los labios. Estaban representadas todas las firmas comerciales; los dirigentes de las pequeñas empresas se hallaban en persona, no atreviéndose a delegar a nadie. Había casi todo el personal del aeropuerto, ya que se trataba de la primera nave interestelar en quince años.

—Los productos se hallaban dentro de cajas y cajones cerrados, apilados contra la pared del fondo, como de costumbre. Ross pudo observar que algunas se hallaban perforadas, por lo que debían contener animales. Sólo se hallaba presente aquel Sonny del personal de la nave; los demás debían estar en aquélla. No podría cumplir las órdenes de Oldham respecto a enterarse por anticipado cuáles eran los artículos en subasta. ¡Al diablo con tal subasta!, pensó. Seguía estando de malhumor.

La subasta era una especie de traición. Mucho ajetreo concentrado bajo aquella bóveda con cortinajes, que contrastaban desagradablemente con las largas y desiertas filas de asientos polvorientos a lo largo de las paredes, hacia el fondo de la sala. Quizá dos siglos antes Ross habría disfrutado más en aquella subasta. Pero ahora todo ello le recordaba su malhumor, el lento vaciarse del planeta, la…

Descomposición.

Pero como de costumbre, nadie más parecía darse cuenta ni importarle.

El capitán Delafield consultó su reloj y se puso de pie. Golpeó sobre la mesa.

—De acuerdo con las reglas de la Comisión de Comercio y los apropiados estatutos gubernamentales —comenzó a anunciar—, ciertas mercancías van a ser colocadas para subasta pública. La Corporación de Comercio Haarland consigna, consiente y accede a separarse de las mercancías de la Consignación 97-W, cuyo precio ha sido calculado por las autoridades aduaneras como el veinticinco por ciento del valor total de las mercancías. Todos los recibos de esta subasta serán sentados como impuestos por gastos de aduana pagados para la consignación de dichas mercancías, constituyendo tales recibos el pago de todos los impuestos para la consignación 97-W. El secretario lo transcribirá; si cualquier persona aquí presente desea oponer alguna objeción, que lo haga —consultó una hoja de papel que tenía en la mano—. Se me pide les informe que la Corporación Comercial Haarland ha concertado con el secretario una puja protectora de cinco mil escudos sobre cada artículo —hubo un fuerte murmullo en la sala. Cinco mil escudos era mucho dinero—. Ahora el subastador, Win Fraley —y el capitán Delafield se acomodó en la primera fila de asientos.

El subastador se bebió un trago de agua, brillantes los ojos al posarse en el auditorio. Le entregó el vaso a un ayudante, con ademán teatral, cruzó las manos y sonrió.

—Bien —comenzó con originalidad—, no tengo que decirles, caballeros, que alguien se enriquecerá esta noche. Quién sabe… alguno de ustedes. Pero nadie puede ganar dinero sin gastarlo, por lo que, una vez establecido esto, comenzaremos la subasta. Tengo aquí —pegó un golpe de maza— la Partida Número Uno. Bien, ustedes no saben ni lo sé yo qué contiene la Partida Número Uno, pero les diré algo: no la habrían enviado a doscientos treinta y un años-luz de distancia si pensasen que no tiene valor.

—Además, cuanto más gasten ustedes aquí, menos tendrán que pagar de impuestos —se echó a reír—. ¿Listos? Aquí están los informes. Partida Número Uno —su ayudante pegó un cartón al extremo izquierdo de la cuerda — pesa doscientos quince gramos, neto; quince centímetros cúbicos; va incluido un rollo de microfilm. Me recuerda —añadió— una partida del mismo tamaño del cargamento de Sirio IV. Resultó ser una serie de semillas de Maryjane, y no creo tener que recordarles lo que el señor Leverett obtuvo de las Maryjanes; seguro que todos nosotros hemos fumado sus hojas. ¿Qué dice, señor Leverett? La última vez lo hizo usted muy bien. ¿Digamos, pues, diez mil como primera oferta para la Partida Número Uno? ¿Nueve mil…? ¿Qué dicen? Uno de los comerciantes menores, que trabajaba sin licitador profesional, ni había delegado la tarea a un meritorio, pujó a siete mil quinientos escudos. Como los licitadores de otros grandes comerciantes se mantuvo quieto en su asiento durante las primeras pujas. Las grandes empresas sabían hasta la fracción de escudo, la cantidad exacta que las pequeñas podían gastar en una compra a ciegas, y el modo mejor de ganarles por la mano era permitir que adquiriesen antes las mercancías. Naturalmente, los pequeños comerciantes también lo sabían, y su estrategia, cuando conseguían imponerla, era esperar el mayor tiempo posible. Era más un asunto de emoción que de coste; de conocer en qué fracción de segundo un compañero se decidiría a adquirir una partida, de saber cuándo se llegaba al límite de la puja, para que el competidor se la quedase a un precio ruinoso. Era un arte, y Ross, que lo despreciaba, sabía que él lo dominaba por completo. Bostezó y pretendió hojear una revista mientras quedaban colocadas las seis primeras partidas. Los pequeños comerciantes parecían estar desesperados, con afán de subir los precios sin ayuda. Pujó en la Partida Siete para apretar a un comerciante de poca categoría, y en parte para probar su conexión con el licitante profesional que le ayudaba. Fue perfecto; el otro captó su señal —una cuidadosa inspección de sus uñas— mientras parecía estar contemplando al agente de Leverett.

Ross dejó pasar las otras dos y luego adquirió tres partidas en rápida sucesión. La fiebre ya se había extendido a la mayoría de licitadores, los cuales empezaban a subir por los diez mil escudos. Uno o dos de los pequeños comerciantes habían ya agotado su presupuesto y se marchaban, pareciendo estrujados… que era tal como estaban. Ross le hizo una seña a su profesional para que se quedase con «cinco» y salió en busca de una taza de café.

Al volver se detuvo un instante fuera de la sala para contemplar las estrellas y respirar. Había las constelaciones familiares: el Segador, la Flota de Cohetes, Marilyn Monroe… Se quedó fumando un cigarrillo y mirando las estrellas hasta que alguien se movió a su lado en la obscuridad.

—Una noche excelente, Ross —dijo la sombra.

Era el capitán Delafield.

—Oh, hola, señor —le saludó Ross, descendiendo a su alrededor de nuevo el mundo como un cortinaje demasiado sustancial—. ¿Respirando un poco?

—Sí —asintió el capitán. Luego gruñó—: Diez minutos más en ese lugar infecto y me habría muerto. ¡Malditos traficantes ávidos de dinero! Sin ofensa, Ross; no entiendo cómo puede seguir en esto. Con el tiempo parece ir de mal en peor. Mucho peor. El pez grande siempre comiéndose al chico. No me gusta esto. No hay que ayudarle a un hombre a que se ahogue. No, no entiendo cómo puede usted resistirlo.

—No lo resisto —le confesó Ross, calmosamente—. Capitán Delafield, usted no lo sabe, pero estoy más que asqueado de la vida que llevo y del trabajo que hago, y haría cualquier cosa por marcharme de aquí. El señor Fallon me ha ofrecido el cargo de sobrecargo, y lo estoy meditando con toda seriedad.

—¿Sobrecargo? Un trabajo muy sucio. No hay que hacer nada, salvo cuando se está en el puerto, y entonces siempre se está tan ocupado que no se puede visitar nada del planeta. No se lo recomiendo, Ross.

El aludido gruñó, dándole las gracias al capitán. Si la plaza de sobrecargo no era su medio de salida, ¿entonces, qué? Sesenta años más de espera, hasta que llegase una nave espacial del exterior y planear los beneficios que de la misma podría obtener, ¿no era eso? Sesenta años más de contemplar la Ciudad Fantasma creciendo a costa de la Ciudad Halsey, viendo a los comerciantes batallando constantemente para robarse entre sí la cada vez menor ola de consumidores, contemplando obscenas comedias como la de Lurline de los antiguos terratenientes consintiendo en casarse con Marconi, de los nuevos don nadie…

—¿Entonces qué debo hacer capitán? ¿Pudrirme aquí con el resto del planeta?

Delafield se encogió de hombros y contestó con sorprendente amabilidad:

—¿También siente usted lo mismo, Ross? Me gusta oírselo decir. Gracias a Dios no soy sensible, pero sé lo que dicen de mí. Que abandoné la flota espacial tan pronto como pude conseguir el mando del aeropuerto. Y tienen razón. Lo hice. Porque estaba asustado.

—¿Usted asustado? —las cintitas de Delafield, recompensa a una docena de empresas heroicas, relucieron con la luz que salía de la sala.

—Seguro, Ross —miró sus cintitas—. Cada una de ellas significa que yo y mis hombres sacamos a alguien de un aprieto en el que se hallaba a causa de la maldita estupidez de otro, o a reflejos lentos o a falta de memoria. No; esto ya pasó. Los «thetis» se hundieron por un fallo mecánico, pero todos los demás fueron errores humanos. Demasiados para mí; quiero gozar de mi vejez.

—¿Dispuesto a enfrentarse con esto si se convierte usted en sobrecargo? Puedo asegurarle que si aquí no es feliz, tampoco lo será en Sunward ni en las lunas. Y de modo particular, no le agradará el empleo de sobrecargo. Es lo mismo que hace ahora, pero con menos sueldo, y no le ofrecerá ningún porvenir. Y ahora, si me lo permite, volveré adentro. Esta charla me ha encantado.

Ross siguió tristemente al capitán. Dentro, nada había cambiado; Ross se detuvo en el umbral, buscando con la vista a su licitador. Marconi había salido de la valla. Ross miró en torno hasta ver a su amigo en agitada conversación con un individuo al que no reconoció, al fondo de la sala. Ross se dirigió hacia allá. En las filas delanteras se giraron varias cabezas. Al llegar junto a los dos interlocutores pudo escuchar un par de frases:

—… en la nave. El señor Haarland preguntó especialmente por usted. Por favor, señor Marconi…

—¡Oh, al diablo! —supuso Marconi, enfadado—. Bien, dígale que iré. ¿Pero cómo espera que me encargue de esto…? —se calló al divisar a Ross.

—¿Ocurre algo? —se interesó el recién llegado.

—No exactamente. ¡Al diablo con ello! —Marconi contempló al subastador con indecisión. Luego añadió obscuramente—: No tiene bastante con chupar la vida de uno; quiere más. Y yo había deseado ver esta noche a Lurline. Discúlpeme, Ross. Tengo que ir a la nave. —Y se alejó.

Ross le vio marchar, captó la mirada de su licitador y se dispuso a trabajar. Cuando hubo concluido la subasta y el alba apuntaba por occidente, Oldham había comprado nueve lotes de mercancías: el mejor un rollo de microfilms. Ross se llevó los papeles al despacho donde le aguardaba Charles Oldham.

—¿Cuánto? —le preguntó Oldham. Evidentemente, ambos hombres estaban dispuestos a no recordar el momento de histerismo de la noche anterior.

—Cincuenta y siete mil —respondió Ross, dubitativamente.

—¿Por nueve lotes? ¡Cuernos! Con un poco de suerte… —Oldham continuó hablando incansablemente. Deseaba que Ross se quedase y visionase la proyección del microfilm, y que luego asistiese a los informes de un botánico y un zoólogo respecto a las adquisiciones vivientes. Ross alegó cansancio y Oldham se mostró comprensivo, recordando la ganga que el licitador elegido por el joven le había conseguido Ross salió del edificio, alquiló un taxi y se marchó a su casa. Lentamente se desnudó, encendió un cigarrillo y meditó. Bien, esto era lo que había estado esperando desde que no era más que un aprendiz. Llegaría la nave interestelar, tendría los precios extranjeros en sus manos y comprendería que eran iguales que las bagatelas que cada semana se exportaban de Sunward.

Miró por la ventana, por encima de la Ciudad Fantasma, al Campo. El sol ya estaba alto sobre las montañas cercanas; pensó que podía distinguir el resplandor de la nave espacial, una docena de millas lejos. Marconi, al menos había podido estudiar la nave. Tal vez ahora estuviera allí; cuando Ross le vio por última vez se encaminaba en aquella dirección. Y evidentemente, no le agradaba mucho tal perspectiva. Ross se preguntó vagamente si realmente a alguien le gustaba alguna cosa. Aplastó el cigarrillo.

Se quedó dormido recordando lo que Delafield le había contado de los aeropuertos de las lunas y el planeta. Soñó en ciudades de otros planetas, y todas ellas estaban pobladas por desanimados Delafields y avariciosos Oldhams.