Búsqueda estelar

Frederik Pohl · Capítulo 5 de 14

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Búsqueda estelar

Capítulo 5

5

 

Ross tuvo suerte. El segundo planeta de su lista aún estaba habitado. Todavía no había acabado de estremecerse desde el primero, cuando le captó el radar de aproximación del segundo. El primer planeta se hallaba definido en las cartas como «Ragansworld. Población, 900.000.000; diámetro, 9400 m; órbita media, 0.8 AU», y sus coordenadas le describían como el cuarto planeta de un pequeño sol tipo G. Se habían realizado algunos cambios; las coordenadas ahora se cruzaban dentro de una nube de gas brillante y turbulento.

Por lo visto, la supresión del impulso F-T-L no había exterminado las guerras.

Pero el segundo planeta, Gemser, Ross estaba seguro, era un mundo donde no había ocurrido nada extraordinario.

Dejó la nave murmurando un nombre: «Fundación Franklin». Y fue saludado por la guardia de un grupo de hombres dignos de aspecto y vestidos ceremoniosamente; le sonrieron, le dieron la bienvenida, le estrecharon la mano y le invitaron a lo que parecía ser el local equivalente de la administración. Observó con desagrado que no parecían dispuestos a emprender los procedimientos de descontaminación que se llevaban a cabo en el planeta Halsey, pero tal vez poseían una resistencia a las enfermedades dentro de su sangre. Ciertamente, los cuatro hombres que le guiaban parecían sanos y bien conservados, aunque el más joven de ellos no tenía menos de sesenta años.

—Quisiera ponerme en contacto con la Fundación Franklin —les manifestó.

—Venga por aquí —le guió uno de los cuatro.

—No se preocupe de nada —añadió otro. Le sostuvieron la puerta abierta y penetró en un salón pequeño pero amueblado ricamente. El segundo individuo díjole—: Sólo unas cuantas preguntas. ¿De dónde es usted?

—Del planeta Halsey —repuso Ross con sencillez, y esperó.

No ocurrió nada, salvo que los cuatro tipos asintieron comprensivamente, y el inquisidor trazó una señal sobre una hoja de papel. Ross añadió:

—Cincuenta y tres años luz de distancia. Bueno… otra estrella.

—Ciertamente —concedió el otro animadamente—. ¿Nombre?

Ross se lo dijo, pero con bastante desaliento. Recordó tristemente sus propios sentimientos respecto a las naves transespaciales y a las estrellas lejanas; rememoró la agitación y la excitación de la comunidad que representaba el regreso de una nave a su planeta. Sin embargo, el planeta Halsey tal vez no fuese más que un remanso en las principales corrientes de la civilización. Era muy posible que en otro mundo —en éste por ejemplo— los viajeros interestelares fuesen cosa corriente. El campo, sin embargo, no parecía muy atareado, ni había nada parecido a una nave espacial. A menos, pensó con cierto choque súbito, que aquellos montones de chatarra que se hallaban arracimados al borde del campo hubiesen sido naves espaciales. Pero ello era altamente improbable. No se dejan enmohecer las naves espaciales.

—¿Sexo? —preguntaba el individuo—. ¿Años? ¿Educación? ¿Estado matrimonial? —las preguntas continuaron durante largo tiempo, algunas muy difíciles de contestar—. ¿Cociente tau? —por ejemplo. Ross parpadeó y repuso con cierta violencia:

—No sé qué es un cociente tau.

—Anótaselo como cero —indicó uno de los cuatro tipos, y el otro asintió contento.

—¿Promedios de trabajo con otros? —fue la siguiente pregunta.

Ross a duras penas dominó su irritación.

—Mire, no sé nada de estos promedios. ¿Quieren, por favor, indicarme alguien que pueda ponerme en contacto con la Fundación Franklin?

El individuo sentado a su lado le acarició amablemente el hombro.

—Conteste a nuestras preguntas —le aconsejó amistosamente—. Todo irá bien.

—¡Al infierno con que todo irá…! —comenzó a gritar exasperado.

Algo con pinchos electrizados le hirió en la nuca.

Ross chilló y hundió la cabeza; el tipo de su lado devolvió un bastoncito a su bolsillo. Luego le sonrió.

—No sea díscolo. Continúe y conteste nuestras preguntas.

Ross movió la cabeza, mareado. El dolor era ya mínimo, pero sentía náuseas. No recordaba un dolor igual en toda su vida. Se levantó vacilante y dijo:

—Esperen un momento, ahora…

Esta vez fue el tipo del otro lado, y el dolor fue dos veces más agudo. Ross se halló en el suelo, mirando en medio de una bruma. El hombre de su derecha conservaba el bastoncillo en la mano, y la expresión de su cara no era iracunda, sino severa.

—Mal chico —comentó con ternura—. ¿Por qué no quiere contestar a nuestras preguntas?

Ross se atragantó.

—¡Maldición! —exclamó débilmente—. ¡Lo único que quiero es ver a alguien! ¡Y mantengan sus puercas manos lejos de mí, idiotas! —lo cual fue un error, como comprendió durante los pocos instantes que transcurrieron antes de que se desmayase completamente bajo los pinchazos de los bastoncillos sujetados por hombres amables pero decididos.

Contestó a todas las preguntas, atado a una silla, con dos de los tipos a sus espaldas, cuando recobró el conocimiento. Las contestó todas. Y sólo tuvieron que pincharle dos veces.

Cuando le desataron a la mañana siguiente, Ross ya había captado bien los modos locales.

—Sígueme —le indicó el paternal individuo que le soltó, el cual permaneció detrás suyo, sonriente, pero con una mano apoyada en un bastoncillo.

—Sí, señor —contestó Ross con aprensión. Se trasladaron en un coche de tres ruedas y penetraron en un edificio parecido a un barracón. Dejaron solo a Ross junto a una cama de un dormitorio donde había cincuenta.

—Espera aquí —le ordenó el hombre, sonriendo—. El resto de tu grupo ha salido para su sesión matinal. Cuando vengan a comer podrás unirte a ellos. Te enseñarán lo que tienes que hacer.

Ross no tuvo que aguardar mucho. Pasó el tiempo en conjeturas tan confusas como infructuosas; era claro que había cometido un error, ¿pero cuál? De haber podido meditar doble tiempo tampoco habría obtenido la respuesta. Pero un rumor terminó con sus reflexiones. Miró hacia la puerta de forma curiosa, todas las puertas del planeta parecían ser rectangulares. Una joven de unos dieciocho años estaba atisbando hacia el interior.

—¡Oh! —exclamó al divisar a Ross. Luego desapareció. Se oyeron pasos y murmullos, y aparecieron más cabezas mirándole con curiosidad, para volver a desaparecer.

Ross se levantó de la cama con aprensión. De repente volvió a tener catorce años, entrando en un nuevo colegio donde los antiguos alumnos se reían y cuchicheaban respecto al novato. Maldijo en voz baja.

Apareció un nuevo rostro, escudriñando a Ross, y luego entró en la sala confiadamente. El tipo tendría unos cuarenta años; debía ser una especie de capataz en la institución… fuese ésta de la clase que fuese. Se acercó a Ross con paso lento, siendo seguido en fila india por unos cincuenta hombres y mujeres. Estaban alineados por orden de edades, desde el jefe, con cuarenta años, hasta la muchachita que antes había atisbado por la puerta, y que ahora iba la última en la procesión.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó el jefe.

—Pues… —Ross se quedó confundido; este planeta tenía una órbita anual de un cuarenta por ciento mayor longitud que Halsey; catorce años de su edad, multiplicado por diez, serían su edad local.

—Bueno, tengo diecinueve años y medio de los vuestros.

—Bien. ¿Qué sabes hacer?

—Oiga, amigo. Ya he pasado por este interrogatorio una vez. ¿Por qué no va a rogarles a esos caballeros que le repitan cuanto les he contestado? ¿Y hay alguien que pueda decirme dónde está la Fundación Franklin?

El individuo cuarentón, con aspecto ultrajado, abofeteó a Ross en plena boca. Ross le contestó con un gancho de derecha.

—¡Bravo por ti, chico! —chilló una muchacha, y saltó como una gatita salvaje sobre una dama de cabellos grises, arañándola y aporreándola. La fila se disolvió rápidamente, convirtiéndose en un barullo tremendo. Ross, sumamente ocupado en vapulear al cuarentón y a otros dos tipos, observó que la trifulca había enfrentado a los jóvenes con los de más edad.

—¿Cómo os atrevéis? —tronó una voz, y todos los luchadores se inmovilizaron.

Un viejo decrépito estaba en el umbral, rodeado por tres o cuatro ancianos un poco más flacos que él.

—¡Sopla! —murmuró una joven—. Tenía que ser el ministro.

—¿Qué significa esta contienda? —las palabras surgieron por entre los agrietados labios con un rico acento de bajo… o, mejor dicho, Ross observó que habían surgido de un plato liso perforado en su pecho. Llevaba un micrófono delante de la boca—. ¿Quién es el responsable aquí?

—Yo, señor —contestó con toda humildad el cuarentón, adversario de Ross—. Este nuevo muchacho.

—¡Modales! ¡Urbanidad! Habla cuando te pregunten.

—Sí, señor; lo siento, señor.

—¡Locos, locos! —les increpó a todos la voz de bajo—. No tomaré nota oficial de esto, puesto que sólo pasaba por aquí de casualidad. Por suerte para vosotros, no se trata de ninguna visita de inspección. Pero habéis perdido la hora del almuerzo con vuestra estúpida algarabía. Ahora volved al trabajo y procurad que jamás vuelva a enterarme de un incidente igualmente desdichado procedente de la Unidad Juvenil Veintitrés.

Y se marchó seguido de su cortejo. Ross observó que algunas jovencitas estaban llorando y que los mayores, hombres y mujeres, le contemplaban con miradas asesinas.

—¡Ya te enseñaré yo buenos modales, cachorrito! —le amenazó el capataz—. Esta tarde irás a los tanques del tinte. Y como promuevas más altercados perderás unas cuantas comidas.

—Pues procura no ponerme las manos encima, amiguito —fue la réplica de Ross.

El que parecía un capataz resplandeció de placer.

—Ya me parecía a mí que eras muy sensible. ¡Ahora, todo el mundo a la fábrica! —le hizo una seña a una joven de la edad de Ross—. Helena, aunque con cierta insolencia, trabaja en los tanques. Ella te enseñará.

La joven permaneció con los ojos bajos, A Ross le gustó su cara y le hubiese gustado examinar su tipo. Pero iba cubierta de la garganta a las rodillas por una túnica suelta. Las mujeres mayores vestían más ajustadamente al talle.

El capataz llevó la larga procesión a través de la puerta.

—Será mejor que vayas delante de mí en la fila —le indicó Helena a Ross —. A mí me toca aquí —se puso en su debido lugar y Ross comprendió algo más de lo que pasaba allí. La procesión iba por orden de edades.

Había decidido demorarse uno o dos días… aunque, por otra parte, no le quedaba otra alternativa. La Fundación Franklin, si había durado tantos años, también podía durar una semana más, en tanto él se dedicaba a explorar las asombrosas costumbres del país, buscando la manera de eludirlas y de ponerse en contacto con los poseedores de la fórmula F-T-L en el planeta. Nadie podría manejar su nave, al menos hasta que alguien les hubiese descubierto qué era el impulso Wesley.

La procesión llegó a una factoría, como Ross no había visto nunca antes. El joven poseía una clara capacidad para los procesos industriales, por lo que no tardó en comprender que se trataba de una fábrica eléctrica. ¿Pero por qué el suelo de cemento se agrietaba y estaba tan enlodado? ¿Por qué el enorme fogón esmaltado rugía y apestaba? ¿Por qué los husos rodantes de un rincón lejano no poseían guardas ni cortavapores de emergencia? ¿Por qué la luz era pobre y el aire lleno de hilazas? ¿Por qué el tanque oxidante humeaba, haciendo que los obreros tosieran constantemente? Y lo más sensible de todo, ¿por qué los tanques de tinte a los que Helena le condujo apestaban y derramaban líquido?

Por todas partes había grandes carteles, incluyendo la sala aislada donde el cordoncillo trenzado estaba teñido con los colores del código general. Un cartel, por ejemplo, decía:

 

LA EDAD ES UN PRIVILEGIO Y NO UN

DERECHO. LA EDAD DEBE GANARSE CON EL

TRABAJO. LA GRATITUD ES EL ÍNDICE DE

VUESTRO PROGRESO HACIA LA MADUREZ.

 

—Esto es Villa Apestante —le dijo Helena con humor, cogiéndole del brazo y haciéndole salir de la fila india—. Créeme, no volveré a burlarme de nuevo. Al fin y al cabo, la madurez se mide por la aceptación del ambiente, ¿verdad?

—Sí. Oye, Helena, ¿has oído hablar alguna vez de la Fundación Franklin?

—No —repuso ella—. Primero sube aquí… ¡Caramba, todavía no sé tu nombre!

—Ross.

—Está bien, Ross. Primero sube aquí y asegúrate de que el hilo corre bien sobre los rodillos; a veces se tuerce y entonces se rompe. Luego, coge uno de los termómetros de la pared y comprueba la temperatura del tanque. En el termómetro se explica la temperatura para los diferentes colores. En caso necesario, da vuelta a la espita del gas, pero no mucho. Luego comprueba los torcedores por los que sale el hilo. ¡Vigila tus dedos cuando lo hagas! El hilo sale de diferentes espesores en la misma hebra, de forma que tienes que ajustar el torcedor para que no adquiera demasiado tinte. Lo sabrás por el color; no debe ser más claro tras haber pasado por los rodillos. Pero el hilo no debe salir ni pasar a través del tinte espeso, ni caer al suelo mientras pasa a la bobina…

Había algo más, también poco complicado. Ross se ocupó de los tanques verde y amarillo, y la joven del rojo y del azul. Llevaban ya trabajando, en medio del calor y la peste inaguantables, por espacio de unas tres horas antes de que Ross terminase la comprobación de una temperatura y descendiese a ajustar una espita de gas. Halló a Helena, medio ahogada, en el suelo, oculta por los enormes tanques.

—¿Te ha abatido el calor? —le preguntó animadamente—. No, no hables. Te llevaré en hombros hacia el muro, lejos de los calentadores. Tal vez allí podremos respirar un poco de la brisa que penetra por las ventanas.

Ella asintió levemente.

La levantó sin visible esfuerzo y la llevó unas tres yardas hacia la pared, a un lugar aislado del resto de la sala. La joven poseía unas agradables curvas bajo la túnica holgada. La posó en el suelo con delicadeza, agachándose a su vez, y no apartó las manos.

Transcurrieron unos segundos… y ella estaba respondiendo a su contacto. A sabiendas o no, había una alegre sonrisa en su rostro y su cuerpo se movió ligeramente bajo sus manos, con cierto placer. Respiraba más aceleradamente.

Ross hizo lo único que cabía hacer: la besó.

¡La gatita salvaje!

Ross apartó su rostro apresuradamente, arañado por diversos sitios.

—Lo siento de veras —tartamudeó—. Por favor, acepta mis sinceras…

El ramalazo de furor terminó; ahora la joven lloraba amargamente, recostada contra la pared, proclamando entrecortadamente que nadie la había tratado así, que si alguien se enterara la harían retroceder tres años, que era una buena chica, con pleno dominio de sí misma, y que Ross no tenía derecho a tratarla de aquel modo, y que no debía ser más que un degenerado, menor de veinte años, que besaba a las chicas cuando todo el mundo sabía que esto era una locura.

Ross la calmó… a distancia. Los sollozos de Helena fueron convirtiéndose en un apagado rumor, en tanto trepaba por la escalerilla al tanque amarillo, aún las lágrimas en su rostro, y se dedicó a comprobar la temperatura.

Ross, en tanto se preguntaba si ya estaba loco por haber besado a la chica, reemprendió sus deberes mecánicamente. Pero la muchacha había respondido a su presión. ¿Cuánto tiempo llevaban trabajando? ¿Es que este turno no acababa jamás?

Todos los turnos terminaron al unísono. Pero siempre había otro turno. Después del turno de la tarde en los tanques del tinte llegó la cena… ¡caldo!, y luego hubo el turno de la noche en los tanques del tinte, y después el descanso. El capataz no era malo, sin embargo; quitó a Ross de los tanques al terminar la segunda jornada. Entonces estuvo de pinche de cocina, con dos turnos al día. Y además, mucha comida.

Pero todo esto era muy distinto, pensaba Ross con amargura, de la brillante pintura que se había imaginado de sí mismo al regresar al planeta Halsey. Ross, el explorador; Ros, el héroe; Ross, el salvador de la humanidad…

Tenía que reconocerlo: la expedición no había sido ningún éxito. No sólo estaba perfectamente demostrado que no había ya ninguna Fundación Franklin en Gemser, sino que él había malgastado el tiempo y sus esfuerzos, ya que también admitía, aunque en silencio, que se hallaba casi perdido por completo. En efecto, se hallaba preso en una cárcel de la que no podría huir en tanto no dejase atrás la maldita juventud.

Naturalmente, las implicaciones de tal estado de cosas eran que a su debido tiempo podría salir de allí. Todo lo que tenía que hacer era volverse viejo en este condenado planeta. Tal vez noventa años. Luego tendría plena libertad para volver al aeropuerto espacial, reclutar un escuadrón de jóvenes para que le izasen a la nave, y despegar…

Helena le servía de ayuda. Pero sólo de manera psicológica; era una compañera agradable, pero ni ella ni nadie más de los cuarenta y ocho jóvenes con quienes se le permitía hablar habían oído jamás el nombre de la Fundación Franklin, del viaje por F-T-L, ni de nada parecido.

—Espera la fiesta —le aconsejó Helena—. Tal vez entonces podrá decírtelo alguno de los adultos.

—¿La fiesta? —repitió Ross, rascándose la espalda contra la esquina de la cama. Helena estaba tumbada en el suelo, contemplando distraídamente una película proyectada en la pantalla situada al final del dormitorio.

—Sí. Tienes suerte, sólo faltan ocho días. Entonces, Dobermann —señaló al capataz— se gradúa; es el único este año. Y todos ascenderemos un peldaño; vendrá la nueva clase y entonces podremos hacer cuanto queramos. Bueno, casi todo —se corrigió—. No podemos hacer nada malo. Pero ya verás qué divertido resulta.

Entonces finalizó la película, y comenzó el ejercicio de gimnasia. Luego se apagaron las luces. Cuarenta y ocho hombres y mujeres, cada uno en su litera… mientras el sistema del honor parecía obrar maravillas; no había el menor síntoma de atrevimientos sexuales. Todos dormían el sueño del inocente. Mientras Ross, el número cuarenta y nueve, yacía en medio de la obscuridad, animado por cierta dosis de esperanza.

A la mañana siguiente, en la cocina, obtuvo más informes de Helena. La fiesta parecía ser un cruce entre una saturnal y la Semana de los Muchachos. Durante un día, los mayores aflojaban las riendas. Aquel día, y sólo aquel día, podía Hablarse Antes de Ser Preguntado, Interrumpir a un Mayor, incluso Salir del Cuarto sin Excusarse…

¡Vaya!, pensó Ross sombríamente. Pero, sin embargo…

El capataz, Dobermann, cuando se había aprendido a manejarle, no era mala persona. Ross, estudiando sus hábitos, aprendió la manera más eficaz para abordarle. La queja más corriente de Dobermann era la falta de responsabilidad; irresponsabilidad cuando un joven de treinta años se salía de la fila, o no iba en su debido lugar; irresponsabilidad cuando Ross se olvidaba de hacer la cama antes de tomar parte en el turno de la cocina; y fue una tremenda falta de responsabilidad cuando Helena, distraídamente, vertió agua fría en el tanque de la cocina, estando en marcha. Se produjo un silbido, un chasquido y una vaharada de vapor, y Helena se puso a llorar sobre un elemento del calentador descompuesto.

Dobermann llegó a toda prisa, y Ross vio en ello su ocasión.

—Has sido muy irresponsable, Helena —la riñó, enterado de la presencia de Dobermann a sus espaldas—. Si la Unidad Juvenil Veintitrés fuese toda tan irresponsable como tú, la culpa recaería por completo sobre el señor Dobermann. No sabes la suerte de que el señor Dobermann sea tan amable contigo.

Los sollozos de Helena se secaron instantáneamente; le dirigió a Ross una mirada furibunda y bajó los ojos ante Dobermann. Éste asintió en aprobación a Ross, al acercarse a Helena; fue una memorable parrafada, de la que Ross sólo oyó parte. Estaba contemplando el tanque de cocinar; era muy sencillo de construcción, una espiral de alambre de resistencia en torno a un núcleo de cerámica. El núcleo se había agrietado y un cabo del alambre estaba suelto; si volvía a ser conectado, la grieta del núcleo poco importaría, ya que el alambre se hallaba recubierto por un aislante. Levantó la vista y abrió la boca para decir algo, y de repente se acordó de las enseñanzas recibidas, y se quedó en actitud de respetuosa atención.

—… por lo visto quieres volver a los tanques del tinte —finalizaba su discurso el capataz—. Bien, Helena, si es esto lo que deseas, puedo complacerte. Pero esta vez estarás sola; no tendrás a Ross que te ayude cuando las cosas marchen mal. ¿Verdad, Ross?

—No, señor —se apresuró a contestar el aludido. Luego añadió—: ¿Señor…?

—¿Qué? —Dobermann lo contempló frunciendo el entrecejo.

—Creo que puedo reparar esto —dijo Ross con modestia.

Los ojos de Dobermann parecieron desorbitarse.

—¿Repararlo?

—Sí, señor. Sólo está suelto el cable. Allí de donde procedo aprendemos a reparar esta clase de cosas cuando ingresamos en la Universidad. Es sólo cuestión de…

—¡Basta, Ross! —gruñó el capataz—. Ya es bastante malo estropear una máquina, pero si resulta que eres un embustero, esto te llevará demasiado lejos. ¡Universidad…! Sabes de sobras que ni yo mismo estaré preparado para asistir a la Universidad hasta después de la fiesta. Ross, ya sabía que eras un entrometido, lo supe tan pronto te vi el primer día. ¡La Universidad…! ¡Bien, verás como te gustará la Universidad a que voy a enviarte!

Los tanques no fueron tan terribles la segunda vez. Pero el caldo estuvo frío dos días, hasta que alguien cambió el tanque de cocinar estropeado por otro también en lamentable estado.

Helena se desmayó tres veces por culpa del calor. Y cuando, la tercera vez, Ross, incapaz de contenerse, la besó de nuevo, no hubo histerismos de ninguna clase.