Búsqueda estelar
Capítulo 1
1 - PODRIDO…
Ross estaba en la rampa de los negociantes, que dominaba los Astilleros, y el adjetivo se había aferrado a su mente.
Podrido…
Todo el Planeta Halsey olía imperceptiblemente a podrido. El amplio, magnífico, atareado y eficiente puerto espacial sólo servía para destacar aquella sensación. Desde lo alto de la rampa, donde se hallaba Ross, podía divisar los Astilleros, las cúpulas de la ciudad de Halsey a diez kilómetros de distancia… con los grises acres de la Ciudad Fantasma en medio.
Ross arrugó la nariz. No era un individuo dado a preocuparse, pero el olor a descomposición habíale saturado el olfato aquella mañana. Toda la noche había estado batallando consigo mismo hasta llegar a una decisión. Y se había levantado temprano, tan temprano que la única cosa que tenía sentido era dirigirse al trabajo.
Lo cual significaba tener que pasar por la Ciudad Fantasma, cosa que no había hecho en largo tiempo, desde su primera juventud. La Ciudad Fantasma era un lugar maravilloso para jugar. «El marro», «Seguir al Caudillo», «Senadores y Presidentes»… todos los juegos antiguos cobraban una nueva vida cuando los chiquillos correteaban y se ocultaban por entre las ruinas, cuando corrían por los herbosos senderos, o galopaban por entre las bamboleantes chozas de las que a veces podía verse surgir un inesperado anacoreta.
Pero estaba claro que en los quince años transcurridos entre la época de los juegos infantiles y el camino de un hombre que va al trabajo, la Ciudad Fantasma había crecido.
¡Todo el mundo lo sabía! No había más que preguntarles a los especialistas y éstos contestarían de qué modo y con qué rapidez. Un acre al año, una casa en un mes, un bloque cada semana… Los especialistas os convencerían de que el acre, la calle y el bloque se hallaban bajo control, puesto que ellos podían medirlos.
Si se les preguntaba a los especialistas, éstos dirían por qué ello era así. Una respuesta por especialista, con la garantía de que las respuestas no chocarían entre sí.
—Un fenómeno puramente psicológico, Ross. Una vibración del péndulo hacia una mayor densidad municipal, un reconocimiento confuso, madurado, de los hechos de la mutua dependencia, básicamente un paso adelante…
—Un fenómeno puramente biológico, Ross. Un descenso en los nacimientos, debido a la deficiencia bioquímica del rastro de elementos importantes en nuestra dieta planetaria. Por fortuna, la situación ha sido atajada a tiempo, y mi ley ante la Cámara proporcionará…
—Un problema puramente técnico, Ross. El mantenimiento de una ciudad esparcida es inevitablemente menos eficaz que el de una unidad compacta. Por ello se ha producido un retroceso hacia las zonas centrales, con el emplazamiento de los pasos con aire acondicionado, las plazas hibernizadas…
Sí. Era un problema puramente psicotécnico-educativo-biológico-demográfico, y era, básicamente, un paso adelante.
Ross ignoraba cuántas Ciudades Fantasmas existían en la superficie del planeta Halsey. Descomposición, pensó. Podredumbre.
Pero esto no tenía nada que ver con su propio problema, el problema que le había mantenido despierto toda la noche, el problema que le ocultaba ahora la visión.
La campana había sonado. Empezaba la jornada de labor.
Para Ross podía ser el última día de trabajo en los Astilleros.
Anduvo lentamente desde la rampa a las oficinas de la Oldham Trading Corporation.
—Buenos días, Ross, muchacho —le saludó su joven jefe con afecto. El padre de Charles Oldham IV siempre había demostrado una actitud paternal hacia sus empleados, y Charles Oldham IV no deseaba alterar absolutamente las normas de su padre. Le estrechó la mano a Ross a la puerta de los despachos y se excusó por no haber podido todavía encontrarle una secretaria. Llevaban ya dos semanas buscándola, pero las tres únicas solicitantes al puesto habían tenido que ser rechazadas.
—Es esa maldita Cámara —Charles Oldham IV hizo un gesto de impotencia para demostrar cuán indefensos se hallaban los hombres de negocios ante la interferencia gubernamental—. Esta maldita falta de trabajo es sólo una crisis artificial de escasez. Papá lo vio así, y sabía lo que iba a suceder.
Ross estuvo a punto de decirle que se despedía, pero se contuvo. Tal vez lo hizo porque no deseaba estropearle la jornada a Oldham con malas noticias, en el momento de entrar al trabajo. O quizá porque, a pesar de la noche de insomnio, aún no estaba completamente decidido.
La tarea matinal le ayudó a estar seguro. Era el mismo trabajo pesado y monótono.
Tres mercantes habían llegado al amanecer, procedentes de la tercera luna de Halsey, pero ninguno de ellos era asunto suyo. Había un embarque de joyas y relojes que atender, pero la nave no despegaría hasta dentro de una semana. No era un trabajo clasificado como urgente. Ross trabajó en los manifiestos durante un par de horas, miró hacia fuera por el ventanal durante otra, y por fin llegó la hora del almuerzo.
El pequeño Marconi se colocó a su lado cuando Ross pasó por el salón de los comerciantes.
De todos los aspirantes de la Lonja, Marconi era quien le resultaba más simpático a Ross. Era delgado y moreno, en tanto Ross era más recio y rubio; además, se hallaba cuatro grados por encima de Ross. Pero como éste trabajaba para Oldham, y Marconi para Haarland, la diferencia quedaba nivelada en el intercambio social.
Ross sospechaba que para Marconi, lo mismo que para él, aquella labor no era más que un simple trabajo, monótono y aborrecido, y no un motivo de orgullo. Y sabía que las lecturas de Marconi no se limitaban a las boletas de embarque.
—¿Almuerzo? —le preguntó Marconi.
—Seguro —asintió Ross. Y comprendió que con toda seguridad le confiaría su secreto al hombrecillo de Haarland.
El cenador estaba atestado… comparativamente. Las ocho mesas de costumbre estaban ocupadas, pero se abrieron paso hasta los ventanales, y hallaron una mesa que daba a los Astilleros. Marconi quitó unas motas de polvo de su silla.
—Hace tiempo que no la han usado —comentó—. ¿Un trago?
Enarcó las cejas al ver que Ross asentía; usualmente era Marconi quien bebía durante el almuerzo, y en cambio Ross se mostraba siempre abstemio.
Cuando llegaron las bebidas, ambos dijeron a la vez:
—Tengo algo que decirte.
Los dos se contemplaron sobresaltados… y se echaron a reír.
—Adelante —le animó Ross.
Marconi no arguyó. Rápidamente extrajo una foto de su bolsillo.
«¡Caramba —pensó Ross—, otra vez Lurline!» Estudió la foto con cierto interés.
—¿Un nuevo retrato? —preguntó vivamente—. Linda chica… —entonces vio la dedicatoria: «A mi prometido, con todo amor»—. ¡Vaya! —exclamó—. ¿Prometido? ¡Felicidades, Marconi!
El joven estaba embebido contemplando la foto con arrebato.
—El mes que viene —dijo, feliz—. Una gran, magnífica boda. ¡Para siempre, Ross… para siempre! ¡Con hijos!
Ross compuso una expresión de sorpresa.
—¡No me digas! —se burló.
—Ella está de acuerdo en tener dos hijos en los cinco años primeros; no se trata de una cláusula sino de una garantía. Con quinientos anuales de pensión por crío. ¿Y sabes una cosa, Ross? Su abogado le aconsejó delante de mí que debía solicitar tres mil, y ella replicó: «No, señor Turek. Estoy enamorada». ¿Qué te parece, Ross?
—Una entre un millón —alabó Ross, débilmente. Interiormente opinaba que Marconi había sido engatusado, lisa y llanamente. Lurline pertenecía a los Antiguos Terratenientes, que no poseían más que tierras, y Marconi era un don nadie que ganaba un buen sueldo. Claro que ella estaba enamorada. Era lo mejor que podía hacer. Naturalmente, la promesa de tener hijos parecía especial; pero los diarios todos los días insertaban noticias parecidas. Marconi podía contar con un simulacro de felicidad. Le prometería a su novia el desayuno en la cama cada tercer fin de semana, o la doncella que posiblemente no podría encontrar en la bolsa del trabajo, y el tribunal redactaría las promesas por ambas partes como un asunto de simple igualdad Y el matrimonio prosperaría, de acuerdo.
Marconi exhaló un último suspiro y devolvió la foto a su bolsillo.
—¿Y ahora —preguntó animosamente, mirando por si venía el camarero —, cuáles son tus noticias?
Ross sorbió su bebida, contemplando los mercantes en sus rampas hemisféricas.
—Puedo hallarme a bordo de uno de ésos la semana próxima —declaró bruscamente—. Fallon tiene un empleo de sobrecargo.
Marconi esperó a que el camarero se alejase y luego soltó un gruñido.
—¿Despido?
—¡Tengo que hacer algo! —estalló Ross—. ¡Todo resulta tan fácil y cargante que estoy a punto de reventar! ¡Tengo que hacer algo! —repitió—. ¡No hago nada de provecho! Sólo cojo papeles y vuelvo a dejarlos en el mismo sitio. Sé muy bien todo lo que puede ocurrirme en la oficina. Ablandarme y engordar. En lugar de cerebro acabaré por tener un libro de contabilidad. Y cuando se llega a esto, uno está acabado. ¡Es lo mismo que estar muerto!
—¡Pero, Ross…!
—¡Al diablo! —los ojos de Ross centellearon—. Marconi, creo que a mí me ocurre algo. Por ejemplo, fíjate en la Ciudad Fantasma. ¿Te has preguntado alguna vez por qué nadie vive allí, excepto unos cuantos ermitaños?
—Bueno, porque es la Ciudad Fantasma —contestó Marconi—, y está abandonada.
—¿Y por qué está abandonada? ¿Qué le pasó a la gente que la habitaba?
Marconi sacudió la cabeza tristemente.
—Amigo mío, necesitas un descanso —le dijo con simpatía—. Esto ocurrió hace mucho tiempo. Tal vez centenares de años.
—¿Pero adónde fue la gente? —insistió Ross con desesperación—. La ciudad estaba habitada hace cientos de años, de acuerdo, y la ciudad era dos veces mayor que ahora. ¿Qué ocurrió?
—No lo sé —respondió Marconi, encogiéndose de hombros.
—¡No lo sé! ¡No lo sé! —gritó Ross—. Tú no lo sabes, yo no lo sé, nadie lo sabe… Pero a mí me preocupa. Soy curioso. Marconi…, me siento de mal humor. Deprimido. Empiezo a preocuparme por insensateces. Una de ellas es la Ciudad Fantasma.
¿Y por qué no pueden encontrarme un secretario? ¿Es que soy distinto de los demás? Supongo que esto no significa que esté loco.
Se echó a reír.
—Ross, no eres el único —replicó Marconi con calor en sus palabras—. No pienses que estás loco. A mí mismo me ha ocurrido. Pero hallé la respuesta. Espera, Ross.
Hizo una pausa.
—¿Sí? —exclamó Ross suspicazmente.
Marconi se golpeó el bolsillo donde guardaba la foto de Lurline.
—Ella llegará.
Ross consiguió no componer una expresión de burla.
—No —negó ferozmente—. Mira, no te lo había dicho, pero estuve casado. Tenía dieciocho años. El matrimonio duró un año… y bien, se terminó. Un arreglo de dinero; tardé cinco años en devolver el préstamo, pero jamás lo lamenté.
—Incompatibilidad sexual… —empezó a decir Marconi con seriedad.
Ross le atajó con un gesto de impaciencia.
—A este respecto —aseveró—, ella era un genio. Pero…
—¿Pero?
Ross se encogió de hombros.
—Yo debí estar loco —replicó con sequedad—. Sigo pensando que estaba medio muerta, corrompiéndose como el resto del planeta Halsey. Y debo seguir estando loco, porque continúo pensando igual.
Marconi, involuntariamente, se tocó el bolsillo.
—Quizás has trabajado con exceso.
—¡Con exceso! —Ross se echó a reír, con mezcla de humor y enojo—. Bien —admitió— necesito un cambio. Quizá me iría bien enrolarme en una nave.
—¡No! —exclamó Marconi con tanta violencia que Ross dejó a medio camino el vaso que se llevaba a la boca.
—No, claro está —dijo, contemplando atentamente a su amigo—. Era sólo una manera de hablar. Pero dime una cosa, ¿quieres? —¿Decirte qué?
—Dime por qué has mostrado una reacción tan violenta ante la palabra nave, sabiendo que me refería a una nave espacial de largo trayecto. Quiero saberlo.
—Bueno, Ross —gruñó el otro—, ya sabes lo que es una nave así. Una tripulación detestable; no es para ti.
—Quiero saber más —insistió Ross—. Cuando te pregunto qué es una nave de largas distancias, qué hace la tripulación durante los dos o trescientos años de travesía, siempre cambias de tema. ¡Siempre! Quizá sepas algo que yo ignoro. Y quiero saber qué es, y esta vez no cambiarás de tema. No lo harás hasta que yo me haya enterado —tomó un sorbo del vaso y se retrepó en su asiento—. Háblame de estas naves. Jamás he visto llegar ninguna; han transcurrido unos quince años desde que llegó aquel mercante de Sirio IV, ¿verdad?
Marconi no era ya un hombre enamorado ni una de las pocas personas a las que Ross consideraba con benevolencia. Era un extraño de mirada endurecida, con una boca obstinada y una expresión poco grata. En resumen, era de nuevo un traficante, y además muy bueno.
—Te diré todo lo que sé —declaró Marconi, aunque con poca seguridad —. Pero primero atiende a ese individuo —señaló a un mensajero uniformado, cuya mirada buscaba a Ross. El hombre se abrió camino por entre las mesas, tropezando a veces, y dejó un sobre sellado junto al vaso de Ross.
—Lo siento, señor —dijo—, por interrumpirle.
Sin hablar, Ross firmó en el sobre, en el lugar señalado Urgente-Prioridad. El mensajero saludó, casi desorbitando un ojo, y se marchó, tropezando con sillas y mesas.
—Medio muerto —murmuró Ross, siguiéndole con la mirada—. ¿Cómo diablos consiguen seguir con vida?
—Estás tomando las cosas con excesiva seriedad, Ross —le recriminó Marconi, sonriente—. Admito que ese tipo es algo torpe, pero…
—Pero nada —le cortó Ross—. ¡No intentes hacerme creer que ignoras que algo anda mal! Ese tipo es un incompetente, y la mitad de su generación es como él —contempló con amargura el sobre y volvió a dejarlo sobre la mesa—. Más manifiestos. Juro que me volveré loco por completo si tengo que verificar otra factura de embarque. Bueno, no me amargues el día, Marconi. Háblame de las naves interestelares. Todavía no hemos terminado tú y yo.
Marconi señaló su vaso vacío.
—Sí, tomemos otro trago —asintió Ross—. Marconi, dime todo lo que sepas de esas naves.
—Son naves, de acuerdo —empezó diciendo su interlocutor—. Van del planeta de una estrella al planeta de otra estrella. Esto tarda mucho, porque las estrellas se hallan separadas entre sí por muchos años-luz, y los cohetes no pueden viajar tan de prisa como la luz. Esto lo proclamó Einstein… fuese quien fuese. ¿Debemos empezar con la nave de Sirio IV? Yo estaba por ahí cuando llegó. Hace quince años, y el planeta Halsey desde entonces aún goza de los beneficios que su llegada nos reportó. Y lo mismo les pasa a Leverett e Hijos, Corporativa Comercial. Pudieron criar flores con las semillas que trajo la nave, percas dulces de los huevecillos… Yo jamás las he comido. ¡Pescado crudo como postre…! Pero mucha gente se vuelve loca por las percas… a cinco escudos la ración. Bien, ahora las tienen.
—Al grano, Marconi —le recordó Ross, torvamente.
El traficante Marconi rió amistosamente.
—Lo siento. Bien, ¿qué más? Cuadros y música, pero no soy muy aficionado a tales cosas. Claro que leo y como lector digo que Dios bendiga a esa nave de Sirio IV. Nunca hemos tenido un novelista como Morris Halliday en este planeta, o un ensayista como Jay Waring. Veamos, debía haber ocho novelas de Halliday en microfilms, y creo que Leverett todavía tiene un par en sus arcas. Leverett debe estar…
—Marconi, no quiero oírte hablar de Leverett e Hijos. Ni de Morris Halliday o Waring. Quiero que hables exclusivamente de las naves interestelares.
—Estoy intentando decírtelo —replicó Marconi, frunciendo el ceño.
—No es cierto. Me estás hablando sólo de que las naves interestelares van de una a otra estrella, o de un sistema estelar a otro con mercancías. Esto ya lo sé.
—Entonces, ¿qué pretendes saber?
—No te muestres difícil, Marconi. Quiero conocer los hechos. Quiero saberlo todo con respecto a dichas naves. Todo lo que se murmura. Las cándidas explicaciones no explican nada… excepto que una nave estelar es una nave estelar. Sé que se trata de ingenios multigeneradores, de sistema cerrado; un grupo de gente penetraron en una nave de Sirio IV y sus tataranietos llegaron al planeta Halsey. Sé que cada dos generaciones tu empresa (y también la mía, si a eso vamos), construye una con grandes beneficios, y la envía, provista de semillas y microfilms y cintas grabadas, dibujos, bocetos, productos manufacturados, todo lo que puede interesar en el mercado, con la esperanza de que regrese mucho después de haberse muerto todos, con un cargamento similar que enriquezca a tu empresa y a los propietarios de la mía. Parece tonto… pero, como he dicho, da beneficios. Sé que tu firma y la mía meten en las naves, media docena de seres de cada sexo, que a bordo llegan hasta el delirium tremens, debido a tener que gastarse su maldito dinero de un modo que ellos saben. Y esto es cuanto sé. Empieza a partir de aquí, Marconi. Y procura ser claro.
Marconi se encogió de hombros con irritación.
—Esto comienza a ser fastidioso, Ross —se quejó—. ¿Qué quieres que te diga? ¿El número de tornillos que hay en el Depósito 47 de la Nave Estelar 74? ¿Cuál es la diferencia? Como dije, una nave estelar es igual a otra. Sin ellas, los sistemas solares habitados no poseerían medios de contacto ni de comercio. ¿Qué más puedo decirte?
De pronto, Ross pareció como perdido.
—No… no lo sé. ¿No sabes más, Marconi, absolutamente nada más?
Marconi titubeó y, por un instante, Ross estuvo seguro de que sí sabía algo más, algo que podía ser una respuesta a las dudas y a las necias inconsistencias que le atormentaban. Pero Marconi por fin se limitó a alzar las espaldas, consultar su reloj y ordenar otra bebida.
Pero algo iba mal. Ross creía hallarse en la situación de un médico cuyo paciente voluntariosamente se niega a decirle dónde le duele. El planeta estaba enfermo… pero no quería admitirlo. ¿Enfermo? ¡Moribundo! ¡Tal vez se hallaba por completo en un mal paso! Quizás las naves interestelares no tenían nada que ver con ello. Quizá Marconi no sabía nada que sirviera como pieza del rompecabezas y aclarase la solución… pero la Ciudad Fantasma seguía creciendo acre a acre, año a año. Y Oldham todavía no le había hallado un secretario capaz de escribir correctamente su propio nombre.
—Según los historiadores, todo encaja debidamente en su lugar —susurró Ross, dudosamente—. Afirman que nosotros llegamos a este planeta gracias a una nave de largo alcance, Marconi. Nuestros antepasados, al mando de un tipo llamado Halsey, colonizaron este lugar, hace mil cuatrocientos años. Según los navegantes procedentes de otras estrellas, sus antepasados colonizaron muchos planetas mediante unas naves procedentes de un planeta llamado Tierra. ¿Dónde se halla la Tierra, Marconi?
—Consulta un mapa estelar —le replicó Marconi sucintamente—. Está en él.
—Sí, pero…
—¡Pero, infiernos! —exclamó Marconi, enojado—. ¿Qué diablos te pasa, Ross? La Tierra es un planeta como otro cualquiera. La nave Halsey que colonizó éste era una nave interestelar como cualquier otra… sólo que mayor, según creo… Bueno, yo no estaba aquí. Al fin y al cabo, ¿qué son las naves interestelares sino naves colonizadoras? Lo que pasa, es que van a planetas que se hallan ya habitados, eso es todo. Una nave interestelar ni es nada nuevo, ni siquiera interesante, y esto empieza ya a fastidiarme y será mejor que leas tu mensaje.
Ross estaba arrepentido… sabiendo que así era como había querido verle Marconi.
—Siento haberte molestado, Marconi. Ya sabes lo que ocurre cuando uno se siente inquieto, turbado. Conozco todas estas historias…, pero resultan tan endiabladamente difíciles de creer… ¡Las famosas naves colonizadoras! Deben haber sido absolutamente gigantescas para llevar a cierto número de seres a una travesía multigeneradora, de circuito cerrado. ¡Ahora no podríamos construirlas tan enormes!
—No hay motivo para construirlas. —Pero aunque lo hubiera, no podríamos. Imagínate disparar tales ingenios por toda la galaxia. ¿Cuántos planetas habitados hay en el mapa…? ¿Quinientos? ¿Un millar? Piensa en la técnica, Marconi. ¿Qué ha sido de ella?
—Ya no necesitamos esta clase de técnica —replicó Marconi—. Esta labor está cumplida. Ahora tenemos que concentrarnos en cosas más importantes. Aprender a vivir mutuamente. Desarrollar nuestro planeta. Incrementar nuestro entendimiento de los factores sociales y demográficos…
Ross al fin soltó una carcajada.
—Bueno, Marconi —exclamó después—. Fíjate en esto. Hemos llegado a dominar la ciencia para controlar los factores sociales. Cada año hay menos problemas. Pero muy pronto todos estaremos muertos, y entonces los problemas restantes podrán ser etiquetados como «solucionados».
Marconi también se rió, como si hubiera estado esperando la oportunidad.
—Ahora que todo está aclarado, ¿quieres leer tu mensaje?, ¿vas a almorzar algo?
El mensajero de los Astilleros volvió a aparecer, tropezando con las mesas y esta vez le entregó un sobre a Marconi. Miró el sobre sin abrir de Ross y no dijo nada. Ross, sintiéndose culpable, lo cogió y lo abrió. Se puede actuar como un crío delante de un amigo, pero no delante de un subalterno.
El mensaje procedía de su oficina.
Radar informa nave espacial gran velocidad con
autocontroles. Primera aproximación trayectoria indica origen interestelar. Probable Eta Yards 1500. Sin recibir mensajes radiados. Póngase al trabajo inmediatamente y obre de acuerdo.
Oldham.
Ross miró a Marconi, cuya expresión se había alterado.
—Creo saber lo que dice tu mensaje —le dijo con voz temblorosa.
—Seguro que sí —replicó Marconi—. La instalación de radar de Oldham en Sunward siempre ha sido mejor que la de Haarland. Mejor ubicada. ¡Vaya, ya estamos en un lío! Salgamos de aquí, y esperemos que nadie nos eche de menos.
Cogieron unos bocadillos del mostrador al salir y fueron mordisqueándolos mientras el jeep de los Astilleros los conducía a la valla. Sorteando los mercantes en sus rampas, deslizándose por entre los enormes cobertizos, contemplaron las excitadas discusiones. Dos veces les adelantaron vehículos de los astilleros que se dirigían hacia la zona de aterrizaje. A medio camino de la valla, oyeron las sirenas que advertían a todo el mundo que saliese de los diez acres endurecidos rodeados por los aparatos de radar de la Aproximación Controlada. Se hallaban cerca del lugar donde solían aterrizar las mayores naves.
Cuando llegaron, el lugar estaba atestado. En tal sitio eran muy corrientes las naves procedentes de cualquiera de las cinco lunas del planeta Halsey; las lunas eran en realidad las minas del planeta. Incluso las naves de pasaje y de carga semanales, de la colonia de Sunward, el planeta más próximo a Halsey, no eran más que un asunto puramente rutinario para los obreros de los astilleros. Pero para todo el mundo, una nave interestelar era una sensación, una emoción sólo vivida una o dos veces en toda una existencia.
El protocolo era inseguro. Los comerciantes discutían con respecto al primer encuentro con los forasteros y sus productos. Un tratante llamado Aalborg afirmó que el único sistema justo era darle a cada comerciante una oportunidad igual para el negocio… por orden alfabético. Todos estuvieron de acuerdo que bajo ninguna circunstancia debería permitírsele negociar al agente de Leverett e Hijos… Todos estuvieron de acuerdo, excepto el agente de Leverett e Hijos. Éste indicó que su empresa era la elección más lógica porque poseía mejor experiencia para tratar con artículos interestelares.
Por poco le matan.
No era sólo el dinero lo que enrarecía el ambiente. El hechizo del viaje a través del tiempo también les excitaba. Los tripulantes de aquella nave eran viajantes tanto del tiempo como del espacio. La tripulación que se había embarcado en la nave no era ya más que polvo. La que ahora llegaría jamás había visto un planeta. Había como una humildad entre la multitud. Algunos reflexionaban que, después de todo, no era una gran hazaña unir un cohete a una nave y lanzar ambos ingenios hacia un planeta distante unos cuantos millones de millas. Esto se hallaba eclipsado por la tremenda hazaña de que iban a ser testigos. Estos que meditaban, acabaron por encogerse de hombros y suspirar al pensar que incluso la nave interestelar que se dirigía hacia el planeta Halsey (provista de bombonas de aire y los convertidores de desgaste de alta eficiencia), no era más que un peón en la gran jugada cuya gran regla era la fórmula masa-energía del legendario Einstein: no es posible que un objeto vaya a mayor velocidad que la luz.
Un comunicado barrió el campo, dejando a los hombres estupefactos a su paso. El radar Rastro confirmó que la nave era de tipo desconocido. Acababa de fenecer toda esperanza de que pudiera tratarse de una nave estelar lanzada muchos siglos antes desde Halsey para un viaje de circunvalación. La nave era extranjera.
—¿Te imaginas lo que traerán? —le preguntó Marconi a su compañero.
—¡Comerciante! —le lanzó como un insulto Ross. Comenzaba a sentirse mejor. El peso de la depresión que le había oprimido se había aligerado, bien por su confesión o por el ambiente electrizado. «Si cada día era así», pensó vagamente.
—No nos engañemos —iba diciendo Marconi con vehemencia—. ¡Esto es todo un acontecimiento! ¿De dónde proceden? ¿Qué traen? ¿Debo adquirir todas sus mercancías? Tal vez consiga una comisión de quince mil escudos. Lurline y yo podríamos edificarnos una finca en Gran Lago Azul con ese dinero, con una planta entera para sus padres. Ross, no sabes lo que es estar enamorado. Todo cambia.
Un jeep gruñó y se detuvo. Ross parpadeó y chilló:
—¡Ahí viene!
Todos contemplaban la nave que se iba acercando con el máximo interés, ocultando la excitación con una desbordada charla.
—Ya ha entrado en acción la radio de alta potencia. —Marconi indicó una enorme antena en forma de plato que se balanceaba sobre un mástil—. Por lo visto, los platillos de potencia media no le sirven a esa nave.
—Tal vez tampoco le sirvan los de gran poder.
La nave derivó hacia occidente y centelleó sobre el horizonte.
—Alguien habrá decido que un frenazo de una elipse o dos es suficiente. ¿Y qué hay de la línea visual?
—No sudes. No pienses. Hay una fortuna en potencia a bordo de esta nave y la Administración desea su porcentaje por el servicio y la acomodación.
—¿Te imaginas lo que traerán?
—Esto ya te lo he preguntado yo, Ross.
—Sí, es cierto.
Permanecieron en silencio hasta que el cohete volvió a mostrarse, ahora por oriente, más alto y más lento. El gran disco giró sobre sí mismo bruscamente y empezó a moverse de nuevo.
—Esta vez empieza el aterrizaje. ¡Sí! Ya salen los chorros estabilizadores.
Del punto luminoso que se movía en lo alto surgió una llamarada; su aparente velocidad se redujo considerablemente. Se desvaneció un segundo cuando los chorros guías volvieron a refrenarla. Entonces, ambos amigos vieron los chorros de proa cuando llamearon para el descenso.
Fue corriente… sólo el aterrizaje de un cohete muy grande. Cuando un aterrizaje es perfecto resulta exactamente igual a cualquier otro.
Pero el torbellino que se apoderó del campo a continuación del aterrizaje no fue como los otros. Los altavoces proclamaron que todos los negociantes, mecánicos, frotadores y visitantes debían situarse detrás de la valla, sin moverse. Todo el personal altamente adiestrado del Campo iba a disponerse al despacho de la nave interestelar. Las escuadras de armamentos y descontaminación, iban a actuar inmediatamente. El capitán Delafield dictaría todas las órdenes y no permitiría que ningún comerciante las propalase. El capitán Delafield dictaría todas las órdenes.
Ross contempló con cierto asombro cómo los obreros del Campo trabajaban con suma precisión, sacando media docena de armas de cañón afilado del interior de un cobertizo de aspecto inocente y las colocaban en posición de tiro. De otro cobertizo salió un enorme tanque a presión, que fue situado frente al portón de la nave.
Delafield atravesó el espacio existente entre el complejo de departamentos del Campo y el tanque, se esfumó en su interior a través de una puerta a presión y esto fue todo. El tanque no tenía ventanas. Entre el tanque y la nave habían insertado una juntura.
—¿Qué es todo esto? —le preguntó Ross a su amigo—. El doctor Gibbons se cuida del tanque a presión, Chunk Blaney lleva un cañón que jamás había visto… ¿cuántos secretos más existen aquí que yo no conozco?
—Una vez al mes tienen instrucción de artillería, mi joven amigo, pero jamás hablan de ello. Es preciso que exista una leyenda sobre todo esto. Hay que adoptar medidas razonables, tanto clínicas como militares, aunque (y esta es la verdad) nunca haya ocurrido nada.
La conversación languideció y transcurrió una larga hora de espera. Al fin volvió a reaparecer Delafield. Un individuo de la escuadrilla de descontaminación partió en un jeep con un micrófono.
—¿Qué es esto? —preguntó Ross—. ¿Orden alfabético? ¿O que hay prisa? El anuncio llegó hasta él. —Representante de la Corporación de Comercio Haarland, por favor, preséntese al tanque de descontaminación.
El representante de la Corporación de Comercio Haarland era Marconi.
—¡Caramba! —exclamó Ross con amargura—. ¡Que tengas suerte, sean quienes sean!
Marconi meditó un momento y luego gruñó:
—Ven conmigo.
—¿De veras?
—Seguro. Eh… naturalmente, Ross, me darás tu palabra de no efectuar ofertas o preguntas comerciales sin mi permiso.
—Oh, claro está —cruzaron el campo y fueron registrados en la valla. Marconi presentó su tarjeta de identificación y respaldó a Ross.
—¿Qué está haciendo aquí, Ross? —refunfuñó el capitán Delafield—. Usted pertenece a OIdham. Creo que dije…
—Es responsabilidad mía, capitán —le interrumpió Marconi—. ¿Basta eso?
—Será cuestión suya si Haarland se entera de esto —rezongó Delafield—. En realidad, ésta es una endiablada situación. Ellos han preguntado por Haarland.
Marconi pareció asustarse e, involuntariamente, su mano se dirigió a su bolsillo. Se atragantó y preguntó:
—¿De dónde son?
—De casa —sonrió Delafield.
—¡Oh, no! —estalló Marconi.
—Es cuanto he podido sacarles. Supongo que podremos verificar su trayectoria, y que debe haber libros. Todavía no hemos entrado en la nave. Nadie puede penetrar en ninguna hasta que ha sido espolvoreada, revisada, descontaminada y revisada en todas sus partes componentes. Hay que vigilar demasiados rincones en busca de virus y bacterias.
—Seguro, capitán. ¿De casa, eh? ¿Son muy sencillos?
—Unos cerebros infantiles y felices. Son quince, de edades que oscilan entre un mes y lo que parecen ser ciento veinte años. Todo lo que saben decir es «casa» y «deseamos ver al representante de la Corporación de Comercio Haarland». Fue la vieja la que dijo esto. Luego, el que la sigue en orden — debe ser un hombre de cien años—, lo repitió. Después una pareja de mellizas idénticas, mujeres de cincuenta años, lo coreó. Y luego el resto, hasta el bebé de un mes… y estoy seguro de que también intentó decirlo. Bien, usted es el representante de la Corporación de Comercio Haarland. Adelante.