Bye bye Tenochtitlan
De las de huitlacoche es el amor
DESDE ANTES de los recuerdos ella ya estaba allí; es un constante permanecer diferente, memoria escrita en la palabra oral, es a la vez santo y seña, y doctora corazón de la cuadra, de mi calle, la Salvador Novo, perenne e inmaculada.
Dicen, no me consta pero lo puedo afirmar, que llegó a la colonia junto con la revolución; que desde los años veinte cohabita con la masa y la manteca; vino del estado menos benigno del país, Tlaxcala; de allá la trajeron las fuerzas carrancistas, entre la fuerza y voy-porque-me-llevan. ¿O no es así, doña Xóchitl?
Xóchitl se llama y se apellida Guerrero. Ella, más que indígena, parece cartomanciana, con sus largas y pesadas enaguas; con sus ojos grandes y oscuros (ojos tapatíos) escudriña al cliente, sus diestras manos preparan la masa para los sopes, espolvorean el queso; con su voz de guacamaya revolotea en la noche decembrina, y el paciente oído al acecho del chisme; libre acceso a la intimidad de la barriada, ella es el libro abierto que nunca se ha escrito. ¿Y quién se atreve a negar que al influjo de un rico sope, en la serena noche, oyó un sabroso chisme, en labios de la señora que vende sopes y quesadillas? ¿Cuántos deslices y cuántas cornamentas célebres habrán llegado a la popularidad por boca de la señora que vende garnachas?
La chismosa que me tocó a mí se llama Xóchitl Guerrero; ochenta y dos años de andar sobre la faz de la tierra, dentadura perfecta y surcos de tierra labran su rostro (su padre, campesino de nacimiento, zapatista de corazón y acción, murió a la edad de ciento cinco años); vive en unión libre con su tercer hombre.
El primero fue teniente constitucionalista, cuando Carranza se iba para Veracruz; ella prefirió esconderse, a seguir lavando ropa y hacer tortillas entre muertos y balas. El segundo (el de a de veras) y por derecho propio, el único que anidó en su corazón, fue zapatero de la United y la llevó a vivir al barrio, le enseñó la verdad del pulque y el modo de sobrevivir en una ciudad que se conformaba por medio de la transa y el cuento: «Ay amor no me llores/no me llores más…». El tercero, y ella lo asegura, es el del estribo, albañil cuando hay obra y cuando no, su hombre, el de las noches sin vela.
Y aunque usted no lo crea y Ripley se haya muerto, nada más tiene dos hijos, grandes, casados: uno vive en Estados Unidos, en Chicago, y la otra vive en el Oro, Estado de México; no pide ni da cuartel.
Ella sale a vender a eso de las siete y media de la noche, después de que terminó el rosario en la parroquia; es la crónica viva de lugar urbano, con ella no hay inhibiciones, todo cabe en el jarrito de sus recuerdos, sabiéndolos acomodar, antiguo buzón sentimental de entrega inmediata. Virgen del Buen Consejo y de la Adivinanza Popular, con ella no hay pierde, es todo oídos, argolla de los desamparados, emergente de San Antonio de Padua, ella da y recibe; doña Xóchitl, como su nombre lo refiere, es flor que abre sus pétalos.
La calle, que, como diría Borges, enemigo del fútbol, «es una herida en el cielo», y el cubo del zaguán de la vecindad, son el confesionario de esta ilustre reverenda: Tell me more, tell me more, tell me more… El sueño, para ella, empieza como una leyenda que teje y desteje, cada noche, cual Penélope de la Revolución Mexicana, vértice de un danzón bailado en un ladrillo: «Doña Xóchitl, buenas noches…». «Me da cinco sopes y tres quesadillas de huitlacoche… Pero le quería decir… este… bueno… es…». «Bu-e-n-pus a’i le va, total, es cierto que mi esposo… ¿Quesque es cierto que mi esposo anda con otra?». «Vamos hija, vamos, dime más, dime más, dime más…». «Doña Xóchitl, que mi esposo anda con otra bububu y que le compró una lavadora último modelo, snif snif snif…». «Sí hija, anda con otra, pero todavía no le ha comprado una lavadora, ni tan siquiera usada…».
Fiel a sus consejos y perfectas enseñanzas, se atreve con la palabra, y nadie mejor que ella para eso del chisme caliente; es gente indispensable en fiesta, pachanga o reunión social en la vecindad. Perfecta Bernal Díaz del Castillo de la Calle: «Y enton’s, como a eso de las once de la noche que sale don Emiliano, fúrico, echando pestes, yo me dije: ¡ay!, diosito santo, ora sí la mata, qué va’ser de doña Eufemia, embarazada de otro y sin familia en la ciudá, pero toda ensangrentada y más patadas le daba don Emiliano, así de viejo como lo ven, se ayudaba requetebién con su bastón (paqueaprendasaportartebién, mala mujer). Y doña Eufemia estuvo en el patio de la vecindad llore y llore como hasta las cinco de la madrugada, en que llegó Genovevo y se la llevó para su vivienda; yo creo que el chilpayate ha de ser de él porque Eufemita no ha vuelto con don Emiliano, y Geno está pagando lo del doctor y le van a apellidar Guajardo. Anoche dio su primer berrido, yo digo que es escuincle porque se oyó el chillido como de hombre… ¿don Emiliano?, ah caray, tiene como ocho días que no sale ni a tomar el sol, ni l’agua de la pileta, yo digo que se va a dar mastuerzo él solito. Yo por si las dudas le arrimo, todas las noches, un plato de sopes y un jarrito de atole, y cuando me voy a acostar le rezo tres aves marías…».
Samaritana a más no poder, pura buena voluntad, tiene un perro negro que le cuida en las noches, ladra quedito y donde muerde arranca el pedazo. Sin ella no se explica el zaguán de la vecindad, sin ella los vecinos se sienten vacíos, la odian y la aman, es un amor malsano, repugna y atrae, construye y destruye. Para ella, su máximo artista es Agustín Lara, y Farolito que alumbras, su canción-tema, y el café con piquete su especialidad. Es demócrata, no hace distingos de clase, para ella todos son sus clientes, todos coludos o todos rabones, sostiene ideas exóticas y es la réferi perfecta: «Yo no me meto ni para bien ni para mal, yo nomás digo…».
Conciencia política de la vecindad: «El kilo de masa, pus que otra vez va a subir, y que el jitomate, pus igual, y que los huevos… y ¿usté cómo ve, que no la suban más o que no la dejen ir…?».
Buen ejemplo del folclor del campo hecho necesidad urbana. Y si encontrases en tu camino una razón para quererme o para olvidarme, pide cariño, pide ternura… Y ella, como una elegante figura de cemento, sigue erguida en la fría noche, avivando el fuego del carbón y haciendo que el comal murmure sus vivencias hechas razón. Ora sí, doña Xóchitl, ya se la llevó la que la trajo, es usted todo un personaje de esta ciudad, ya valió, ahora es un personaje más de la galería de esta monstruópolis.
Las hileras de quesadillas chorreantes de aceite brilloso se van acumulando en la orilla del comal, la mano diestra y morena, callosa y tozuda, va de aquí para allá, en una continua comunión. Ella no se deja engatuzar, esgrime la mano y recibe las monedas, enciclopedia del antojito mexicano y a que le tiras mexicano: «A comerme tres de sesos, una de flor de calabaza, una de papa, ese pambazo con chorizo y un refresco familiar».
Aquí, en este puesto, que con su foco chinguiñoso se asoma tímidamente a la calle, surge el amor furtivo, y los rozones de los cuerpos son el preludio de la cita romántica que ha de llegar acompañada con aquella canción: «A que no le cuentas, a que no le dices, que tienes una amante». Y si usted no quiere creer lo que dice Ednita Nazario, entonces pregúnteselo a doña Xóchitl, que para eso está: afirmar, reafirmar, confirmar y desafirmar el rumor, vulgo: chisme. Si usted no se atreve a convivir por medio de un sope o de una quesadilla, no sabe la realidad de su calle.
Ella, doña Xóchitl, es fascinante, con sus arracadas y sus velos, sus idas a misa y sus regaños, sus gritos de guacamaya vieja regañando a los niños en el patio y su soledad a pesar de su hombre, y su saber empírico, y su existencia hecha de palabras, y su orgullo de hacer los mejores sopes y quesadillas del rumbo, y la gente que viene en coche de lugares distantes para comprar sus garnachas, como muy elegantemente dicen.
Por todo esto, por los recuerdos infantiles, y porque estoy seguro de que cada uno de los habitantes de este urbano lugar guarda en los recuerdos de su infancia la imagen mágica de aquella señora que vendía sopes, y que se llama Xóchitl para mí, para otros Crucita, para usted tal vez Mariquita, o Cholita, o qué sé yo, porque está alrededor nuestro y vive porque a fuerzas se hace sentir (porque ya está muy vieja), y a veces sale a vender y otras no, y la calle vacía lo resiente y el zaguán a oscuras espera que alguien se compadezca de él y lo alumbre, y porque a ella, si llega a leer este texto, le daría mucho gusto existir por medio de la palabra —esa palabra que tanto estima, ese verbo que como ella dice: «Mira hijo, con el verbo lo consigues todo…»— es por eso que escribo su imagen flotante, su imagen que con su aventador sopla al bracero y da fuego a la calle del barrio. Y porque es un personaje vivo a pesar de que se muera, porque rencarnará en otra calle, en otro barrio, en otra vecindad, en otro zaguán, con otro nombre, con otro cuerpo, con otro rostro, con otra edad, pero con la misma validez de ser, de estar ahí, en el lugar urbano para ejercer su crónica diaria, su derecho a usar la palabra para hacer del chisme el arte diario, recortar a la gente para su bien y bienestar, a pesar de los pesares, y de los sinpesares, o como diría la canción: «Es la ley de la vida…».