Bye bye Tenochtitlan

Armando Ramírez · Capítulo 20 de 25

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Bye bye Tenochtitlan

Agapito Rosales, La Gaviota de Garibaldi

El corrido es un género épico-lírico-narrativo, en cuartetas de rima variable, ya asonante o consonante en los versos pares, y forma literaria sobre la que se apoya a una frase musical compuesta generalmente de cuatro miembros, que relata aquellos sucesos que hieren poderosamente la sensibilidad de las multitudes; por lo que tiene de épico deriva del romance castellano y mantiene normalmente la forma general de éste, conservando su carácter narrativo de hazañas guerreras y combates, creando entonces una historia por y para el pueblo. Por lo que encierra de lírico, deriva de la copla y el cantar, así como la jácara, y engloba igualmente relatos sentimentales propios para ser cantados, principalmente amorosos, poniendo las bases de la lírica popular sustentada en coplas aisladas o en series.

Vicente T. Mendoza

 

Vivo sin vivir en mí

y de tal manera espero,

que muero porque no muero.

San Juan de la Cruz

 

El Corrido de Agapito Rosales, mejor conocido por los cuates como La Gaviota de

Garibaldi

AGAPITO ROSALES, alias La Gaviota, es lechuga del reducto mariachil; señor del vaivén que va del mercado de San Camilito a la calle Honduras, del eje vial de Rayón a la vieja calle de Perú. Usted, si alguna vez se atrevió a llegar por estos confines de la trompeta y el guitarrón, sintió su sombra, la de cuando el borracho guacarea el ratón aparece. Vénganos a tu reino, señor, que todo lo sabe y todo lo calla. Con La Gaviota revoloteando a su lado sintió el temor al desconocido, pero la música del grupo de mariachis lo cobijó. Y ya al calor del ponche de granada y al grito vernáculo se le olvidó el temor, mas La Gaviota ya hasta lo había abrazado, le palpó (La Gaviota) discretamente los bolsillos del pantalón y luego los del saco. La Gaviota, con ser todo lo que se dice, todavía lo acompañó a que se subiera a un taxi y lo mandó sano y salvo a su casa, claro que la cartera se quedó en buenas manos.

La Gaviota nunca falla, Agapito Rosales está hecho a imagen y semejanza de la Plaza de Garibaldi. No por nada treinta y cinco de sus cuarenta y dos años se los ha pasado acá, en el rancho alegre; El Tenampa, el Guadalajara de Noche, el Plaza Santa Cecilia, son las cuentas del rosario, los misterios que la vida se ha encargado de descubrirle.

Señorita, usted, tenga la amabilidad de no molestarse con su presencia, cargada de rencor y violencia reprimida. Bien se sabe que usted, desde su puesto de secretaria ejecutiva, está brincando el charco social. La Gaviota Rosales, con su presencia, se encarga de recordarle todo eso que quiere olvidar, y que a su jefe le gusta recordárselo. Pero no se fije, La Gaviota es como el camaleón, sabe de las mil formas de cambiar su piel, según vengan los tiempos, según se vea el enemigo. Porque usted, ya en este momento, es su contrincante, y no crea que él ha leído a Marx, no, lo que pasa es que usted está ya en terreno apache. En los territorios del gran jefe Agapito Rosales.

Suena la trompeta y el gandul con la garlopa debajo de los sobacos deja escurrir su ladinez por los poros. La Gaviota es más cabrón que bonito; a la vida se le han enfrentado, si usted quiere, de tres cuartos de perfil, pero, al fin y al cabo se le ha enfrentado.

A La Gaviota, pues, nadie le va a contar, de esto que llamamos vida. Aterrizó hace cuarenta y dos años en Ciudad Nezahualcóyotl, cuando aquello no tenía nombre, apenas se comenzaba a poblar; de allá vino para Garibaldi como hijo putativo de la calle 7, cerca del rastro de San Juan Pantitlán. Eso sucedió cuando usted, mi lic, se comenzaba a criar allá en Ciudad Satélite. Allá (entre ustedes los casi ricos también lloran) Ciudad Satélite. Acá (entre Pepe el Tonto y nosotros los pobres) Ciudad Nezahualcóyotl. La Gaviota no aguantó el salitre y el lodazal y piró para Garibaldi. Rey de la Plaza José Alfredo Jiménez, hacedor del ambiente almizclero, derrumbador del mercado de San Camilito, sepultador de las carpas (donde en sus primeros días de vida mariachi, compartió el pan y sal con los del santísimo en la punta de la lengua), admirador hasta la infamia de don Mario Moreno Cantinflas, es, esta Gaviota, El Tedevoro Doro y Tevomito Tito, Mundoinmundo te echo de carnaza, esto es la carroña y el escarnio ninguno y los otros que son diez mil. Gaviota Rosales bien que lo sabe, uno no es ninguno. Hunde la mano en ese saco caliginoso y extrae lo que no hay. Nezahualcóyotl es la nube preñada; Garibaldi, las sumas y las restas de la vida cotidiana.

Agapito Rosales, alias La Gaviota, es la verdad. ¡La neta, don Tobías! Pues con esos trastes se defiende: apaleó a los visitantes, cortó orejas, combatió a brazo partido largas horas de silencio al ras. Crujir de dientes, huesos rotos, un miembro menos, uno de más, en suma, un juego. Así logro tener los ojos bien abiertos y la cabeza fría. ¡Doña Cleofas! Pero no hay que mostrar demasiada habilidad (mi buen), una superioridad manifiesta los desanima. Se te resbala el garlito, hijito, abusadito. Y tampoco excesiva confianza; podría aprovecharse, y entonces ¿quién responde de las consecuencias? Sí, pues, Paz pas pas pas pas sas saz zaz zas, sácate eso, Gavito Rosales.

Muerto de vida La Gaviota se jalonea con la noche, lucha contra las sombras, baila con la fea, sujeta la desgracia, grita su tristeza, susurra su dolor con una sonrisa ladina. ¿Qué me ves, cachafaz? No ladres que la vida me hizo pecador lic, mi lic, no se espante, total, la Gaviota sólo es rey en la plaza del Guitarrón y la Trompeta. Y eso del atardecer al amanecer, cuando la mugre se descascara.

 

Enclavada en la última esquina de la parte vieja de la ciudad de México, la Plaza de Garibaldi queda exactamente entre el ábside que construyera el padre Pedro de Gante y los tianguis de La Lagunilla (lugar donde justamente se encontraba una lagunilla, que como toda riqueza de este país se ha ido evaporando). Garibaldi, como saben todos los que pueden leer, es el nombre del guerrillero y revolucionario italiano, pero acá la gente común y corriente ni idea tiene de quién era ese Garibaldi. La Gaviota sólo sabe que esta plaza le dio cobijo y subsistencia. Nada sabe Agapito Rosales de si los mariachis son un conjunto musical que usa trompeta para darle brillantez al fandango, o si antes sólo usaban guitarrón, violines y guitarra, contimás ha entrado en la discusión de si la palabra mariachi viene de la palabra francesa marriage. Cuando los franceses se arrejuntaron con chavas de Cocula y demás lugares de Jalisco, los conjuntos típicos que amenizaban con su música las bodas comenzaron a recibir el nombre de «mariach» luego nada más se le agrego la i, al terminar la palabra en «chi» ya la mexicanizábamos. Recordemos, en apoyo de esta versión, todas las groserías que terminan, empiezan o llevan en alguna parte la partícula «chi». ¡Qué pasó mi Gaviota, no sea Mariachi! Eso, por supuesto, si La Gaviota lo supiera, nada mas soltaría una palabrota y argumentaría que por muchas causas y cosas que aquí no vienen al caso, la palabra mariachi es más mexicana que la palabra México. Voooy, qué mariachis se están viendo.

El día propiamente dicho comienza alrededor de las siete de la noche, y La Gaviota es, justamente, como no son las lagartijas, las sombras son su mundo y los gritos existenciales sus atributos. Cansado de guacarear su vida está dispuesto a morirse en el momento del atraco en despoblado, cuando el borracho va en picada y la cartera o, la pistola lo esperan. A más de tres los ha visto morir antes de alcanzar el objetivo. A más de tres los recuerda descansando de esta vida. Porque él sabe que el atraco en despoblado es el encuentro con el destino que le ha sido labrado. Por eso, cuando no le late el individuo, lo deja ir con la desesperación de que a lo mejor ése era el bueno, el que por ese día lo sacaría de los apuros para comer y repartir para seguir en libertad.

Garibaldi da para todo, bien lo sabe Agapito; lo mismo para salir del lupanar a través del arte popular (Cantinflas es su máximo sueño, quién como él para llegar a ser millonario, de muerto de hambre en las carpas —como el Agapito o cualquier otra lacra— a milloneta del celuloide y amigo de los gabachos, cuate de presidentes gringos y aconsejador para que ya no haya guerra) pero, La Gaviota no se engaña, no quiere ser agachón. Bien sabe que Garibaldi da para todo, contimás para seguir muriéndose de hambre. A él no le van a contar que Javier Solís salió de aquí para cantar hasta en la Argentina con Atahualpa Yupanqui, ni que Gloria Marín o Agustín Lara también la hicieron, él aprendió bien la lección, él sabe que no es uno de los elegidos de los dioses, él sabe bien a bien qué es la masa jodida y sin chance, él es uno de los diez mil.

La Plaza de Garibaldi se le entrega tal cual, sin la Polaroid ni el guía de turistas, él se esconde durante el día en los cuartos oscuros y fríos de las casas derruidas, con teporochos y drogadictos, con prostitutas y mariachis con dolor y risas. Él, al amanecer, cuando el gallo canta y el mariachi calla, guacarea por última vez en el día (digo, para que descanse el animal). El sol lo ofende y los puestos de migas y pancita son puestos de socorro antes de hacer la mona. El sol que se enseñorea con su resolana sobre las banquetas es el sol que de ganas no tiene La Gaviota. Una Gaviota no hace verano, por eso él cruza la explanada rumbo a las vecindades que se ocultan en la escenografía blanquiazul de la folclórica plaza.

 

Pero Agapito Gaviota Rosales es multifacético, a gandul no cualquiera le gana. Faltaba más, la única gracia que Dios le dio no la iba a desaprovechar. Por eso Garibaldi no nada más son los mariachis, estirándole se llega a la calle del embarque, Honduras, pleno barrio de La Lagunilla, altar de las ilusiones, engatusador de las damas de buen ver, y regodeo de las suegras altaneras, y todito eso lo sabe con largueza castigadora Agapito Rosales, mejor conocido en el mundo del dos de bastos como La Gaviota Texcocana.

Agapito, sin remordimiento, se brinca el famoso templo de Santa Catarina, la admiración se la deja a los turistas. Total, un leve descuido y les desliza nada más dos dedos, los efectivos, los del sentimiento, justo en el vaivén de la respiración, sin susto para el que está en la suerte, como los grandes, con las de la ley, no por nada nunca de los nuncas, y no hay necesidad de besar la señal de la santa cruz, lo han cinchado en el momento de su arpegio. Sí, en la jodidez de la vida no todo es ahí se va. Hay espíritu, espíritu de reto, de brincar el estigma, o de valorarse en este pinche pedazo de universo, si cáete cadáver ya estás, pues por qué no cotorrearte un ratito con la existencia, la propia y la del todo. Total, si los angelitos y las novias se visten de blanco, que Agapito Rosales cuando se vaya al infierno no llegue vestido a las de acá, pura purificación, puras ínfulas, puras ínsulas, puras llegar justo en donde está, acá en el octavo círculo y sexto mandamiento de la ley de Jonás: entre más cuesta mejor te casarás; orlas, encajes, brocados, crinolinas, velos, rosarios, arras, y la inmaculada blancura del adorno ante el altar, y ahí no se azota La Gaviota, ¿usted cree que alguna vez ha tenido la ocurrencia de pensar en casarse de blanco?, digo, él de traje oscuro, de pura parafina, y su peor es la soledad de blanco, naaaaaaaaaranjas, ¿con qué ojos mi rey? (y aquí el rey no es tuerto, es total y absolutamente invidente). Por eso, tajante, griten, lloren, estrujen su corazón, laméntense, muéranse de tristeza, Agapito no perdona cuando la tiene puesta, la suerte, bolsa descuidada, monedero tentación, fajo de billetes a la vista del mundo, y si el mundo los ve Agapito se los birla, y si alguien sospecha, para eso es ratón, conejo, liebre de la calle, madriguera, hoyo, zaguán, vecindad, hotel, callejón o multitud, son el paisaje que le hace el paro, el quite, la defensa a su subsistencia; claro que como buen jodido tendrá que dar parte (del hurto) a los ínfimos representantes del Estado Corruptor, ¿o a poco creen que todo es para el vencedor? Noooooo, si Agapito puede trabajar de obrero, por eso tiene dos manos, dos piernas, una cabeza, dos ojos, una boca, una lengua, dos oídos, un cerebro, y una nariz, pero también intuye que se la puede cotorrear mejor en el susto, en el brinco y en el agasajo de la jodidez, aunque luego le llamen sordidez. Total, el obrero tuberculoso, jorobado y muerto de hambre, y yo, el Agapito enfermo de los nervios y en cualquier momento el encontrón con patas de catre, naaaaaaada de nada, por eso el cortón con la family, con los que lo conocieron de chavito, con todo lo que es Neza, la pringués y la conformidad con el lodo y la sed. Aquí, en un chico rato, sin dar lástimas o sufrimiento, se pesca para la comida y el reventón. Y los sufrimientos son de uno solito, y las lástimas de uno solito, y la jodidez de uno solito, pero no se ve la de los demás. Aquí se oye hablar de otra manera, de otros deseos, en otros idiomas, se ven otros ojos, otras miradas, otros colores, y zzzzzúummmbale, ni que se den cuenta, como un piquete tan delgado que entra en los agujeros de la piel sin hacer hoyos, así se les da gane a las personas con su dinerito. Los majes van a la cárcel, para qué tantos brincos estando la corrupción tan pareja. Algún día vendrán y se lo llevaran, pero él ya lo tiene hecho, se va a pirar pero forever.

 

Agapito, cuando llega a la esquina de Honduras con República de Chile, estira el cuello y huele a la gente, la gente que lo empuja, que lo pisotea que ni se da cuanta que existe, y él se pega a la vieja pared, nada más respirando el ritmo de la gente, nada más capizcando al cliente, nada más conteniendo la angustia de la acción, ahí donde muere y resucita, instantes donde el universo y sus alrededores son él y su cuerpo respondiendo, por entre sus miedos, sus dedos sin sentir el cuerpo del otro, ahí está la magia, si lo siente lo sienten, por eso es su cuerpo, sus dedos y la cartera, sus dedos y los billetes, nada más es un diálogo en sus fibras sensibles y un objeto inanimado. ¿La gente? La gente no mira, no ve, no oye, eso no importa, ni la ley, ésa vive porque yo vivo.

Agapito se interna entre vestidos de novia y vestidos para señoritas que van a cumplir quince años o niñas que van hacer su primera comunión, o ajuares que van a engalanar el álbum de los recuerdos de estas mujeres que están a punto (si Gaviota mediante lo permite) de cumplir alguna de sus ilusiones o deseos.

Agapito mira revirando, y adivina intuyendo; si no hay rol entonces se brinca hacia el lado del mercado, total, no siempre las aspirantes a novias llevan lo necesario para darse a merecer.

Y ahí en el mercado los muebles corrientes de madera falsificada son buen punto para los que arriban con sus ahorritos: recién casados o matrimonios que por fin se les hizo el comedor o la sala, o…

Agapito, cansado de pergeñar, fiscaliza los bazares de los judíos o los españoles, y uno que otro mexicano abusado; de ahí salen muchos ricos, pero ésos nunca traen dinero, puras chingadas tarjetas de crédito. Camina por la calle de Allende, como quien va para la ex Cámara de Diputados, pero en la esquina del Banco, es decir con Honduras, revira para Garibaldi…

Agapito es rey acá, y como tal entra por la azotehuela, del lado de los hoteles, allí donde se apretujan los centroamericanos que llegan de excursión en camiones guajoloteros: salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, costarricenses, panameños y uno que otro colombiano. Agapito revisa que en las calles no anden agentes del gobierno (que también le hacen la competencia a la hora del atraco con los hermanos de más abajo) si los ve cargados de ropa y mercancía viniendo de los almacenes del centro de la ciudad, ni le busca, si se los encuentra con sus lentes de turista y su andar tanteando, entonces se dice, éstos son católicos y creen en el Papa, van a misa los domingos y no deben de estar muertos de hambre, ni tienen ideas exóticas, así es que en estas circunstancias mide la distancia y cuando lo cree conveniente, se dice para sus adentros, vénganos tu reino. Y ya amacizados los dólares ningún hijo de militar gorilesco se va a dar cuenta que Agapito, Gaviota Rosales, le dio la bienvenida. Total, si no es él son los agentes.

Pero, no los sigue más allá de la calle de Perú; el centro de la ciudad es terreno ignoto para él, le llega por Perú hacia el eje de Lázaro Cárdenas o San Juan de Letrán, para toparse con la mariachiza y el fandango, y el jolgorito, y los turistas rubios, y las prostitutas gonorrientas, y el bullicio, y los cafés de chinos. Entonces, para Agapito todo vuelve a ser familiar. La Plaza de Garibaldi lo recibe a punta de trompetazos y eructos alcohólicos. Ha vuelto al útero, vuelve a ser feto, vuelve a cobijarse en su mundo de cuatro cuadras a la redonda. Respira con tranquilidad, el arriesgue le valió algunas carteras y algunos dólares.

Ahora sólo queda esperar las horas del amanecer para esperar al bueno, mi lic. Quién quite y usted se deje caer para conseguir mariachiza para la amante, o la casa chica, para la jefecita o la esposa, y entonces quede en la suerte de La Gaviota Rosales, mariachi cuando nació, pero charro cuando se acerca al final de su existencia. Y Gaviota reculando contra la estatua al mariachi lo sabe, entre brumas. Como si estuviera a medios chiles, pero está cierto. Por eso luego le da por reflexionar, por darse un respiro y llegarle a las tres de la mañana a la librería de Santa María la Redonda, primero comenzó con libros pornográficos y ya luego con los de escándalos políticos y después hasta alguno de Jean Paul Sartre y Herman Hesse y Han Hansum y los libros de monitos de Rius y hasta de ese cuate que es muy cotorro (luego no le entiende muy bien), que le lanza netas que lo descuajeringan todito, se llama algo así como: Monsijais, o Monsiguais, o Monsi y vas, o Monsipaz; es un nombre así, como de protestante, y habla como de los Nazis de la Portales, unos batos echadores pero sóstenes, ya chingaron a su madre, como todo el que anda en este rol, más tarde o más temprano, pero todos nos vamos alcanzando, y se pone profundo La Gaviota porque anda de una chingada tristeza que es cuando se pone sádico con los occisos y ya luego se instala en unos rollos más profundos que los del mar Muerto, y ni la canción esa que dice que viene la muerte vistiendo mil llamativos colores, en qué quedamos pelonas me llevas o no me llevas… Es la canción que le gusta cantar cuando se pone como trompo chillador, y es cuando le da por subirse a la azotea del Guadalajara de Noche y tirarse en el techo y mirar la oscuridad del cielo de esta ciudad, donde no se ve ni madre, ni padre, ni hijos, ni abuelos, ni tías, ni primos, ni hermanos, ni novias, ni compadres, ni cuñados, ni esposa, ni amantes, ni una estrella, pura oscuridad, como una boca de negro; es cuando su cutis se frunce y se comienza a ir, como un pedazo de tierra que comienza a girar, primero lentamente y poco a poco va tomando velocidad, hasta irse hundiendo en el ojo de un remolino que se aleja en el fin del mundo, donde termina todo y es cuando está mojado en su miedo, no el miedo a la policía, no, ése no, el otro que le nace de no sabe dónde. Todos los ruidos se le apagan, llora con rabia y golpea con sus manos cerradas la bardita de la azotea, hasta que ya no le duelen los golpes y se queda tirado, mientras la Plaza de Garibaldi amanece y los locales cierran y la gente se va a dormir, y él se baja tembloroso, como el conde Drácula cuando ve los primeros rayos del sol. Y se hunde en su cuarto oscuro y maloliente del callejón de San Camilito. Se acurruca y descansa para esperar la noche, las noches de Garibaldi. ¡Pum!