Bye bye Tenochtitlan
El amigo de Catarino Vélez regresa al lugar de los hechos…
El amigo de Catarino Vélez regresa al lugar de los
hechos…
Represéntase la brevedad de lo que se vive
y cuán nada parece lo que se vivió.
«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La fortuna mis tiempos ha mordido;
Las horas mi locura las esconde.
Quevedo
PANCHO BETANCURT, para eso de andar en la calle, algún día se las supo de todas todas; ahora, ya no es igual. Aunque, después de todo, las mañanas en la amplia avenida son la hamaca donde mecen sus sueños los vencidos.
Por donde los veas, Panchito, no hay pierde, ahí mismo donde te ubicaste estuviste anteriormente, pero ésa es la chispa que alegraba la vida. ¿Hace doce años? Yo qué te voy a contar a ti, si tú mismo has de llevar la cuenta, de lo que llamas tu mala suerte, tu falta de habilidad para brincar la reata.
Hoy, el monumento, llamado El Salto del Agua, enfrente del mercado de San Juan te permite recapturar, de ahí hacia el norte, la tira asfáltica que ves y no ves con su raya blanca en medio y que se prolonga hasta los edificios de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, ese arroyo en el que cotorreaste, ese cauce de la vieja San Juan de Letrán, laberinto por donde se llega a todas las sucursales de las academias Vázquez…
Éste es el eje vial Lázaro Cárdenas, y como bien dices Panchito, no hay fijón si en la desfloración se perdió el nombre, que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. No hay tos, zafanor, Pancho Betancurt para los cuates, ésta es tu calle y éste es tu santo (San Juan al que le cortaron la cabeza), por donde le tupas soy un fue y un será y un es cansado. Uno es alguno, ¡a veces! Y más si es el mañanero (de esos agasajos de cinco de la mañana y canta el gallo) y terminando te quedas jetón ¡sansón! Cumpliste en la cama y descumpliste en el reloj-checador. Ora que, uno, a veces, es ninguno, Jeremías de mis días. Cierto, diez años son diez años y más en el casamiento. Por eso se entiende lo del «san lunes», además, que es un requisito natural para pasear como debe de ser por este tu benemérito eje vial Lázaro Cárdenas.
Ya se sabe, pero no por sabido se calla, eres chambeador como el mejor camello del desierto, aunque, tampoco te van a contar del regocijo de faltar al trabajo. En sus buenos tiempos, cuando era joven y rozagante (porque han de saber que a sus treinta años el bueno de Panchito ya se siente viejito) no había quien le diera batería (ahora, él lo dice, ya está cáete cadáver). La chinga en el trabajo ha sido dura, diez años llegándole a la fundición, de ocho de la mañana a cuatro y media de la tarde, además de que cada día ha ido dejando de querer a su vieja (y eso es como para derretir al espíritu más alebrestado). Hoy, Panchito Betancurt reclama a los cuatro vientos que la fábrica, sus jefes, los representantes del sindicato, su vieja y sus cinco hijos y lo que venga, se vayan por un tubo. Ésta es la calle y éste es su peatón, juntos hasta que la muerte del día los reclame. Así, la vieja San Juan de Letrán exige para sí el «san lunes» del hijo pródigo. Panchito Betancurt, con harto donaire, bolea las puntas de sus zapatos. Tope donde tope, pegue donde pegue, resbale donde resbale, hoy, aquí, todo le vale: no todos los días se pierde, ¡y se gana de lo perdido!
Niño Perdido, Aquiles Serdán, Santa María la Redonda o San Juan de Letrán lo hacían bolas desde chiquito. Nunca acertaba a saber cuál era San Juan de Letrán y cuáles eran las otras, ya que todas le parecían la misma calle, pues aunque de nombre diferente, eran las mismas cuadras que nacían allá por la Colonia de los Periodistas y terminaba en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco; sólo el eje vial Lázaro Cárdenas fue capaz de hacer sentir que era una misma calle, aunque para él San Juan de Letrán es el tramo que comienza en la fuente y la iglesia del Salto del Agua, en Arcos de Belén (aunque ya no hay arcos ni se llama Belén) termina donde comienza el teatro Blanquita y estuvo el Salón México.
Por eso Panchito Betancurt, esposo de Vanesa (nombre que le pusieron en honor de la heroína de la telenovela que estaba de moda, en la época en que ella nació), padre de cuatro niños (una mujer y tres varones) y primera vez que falta a su trabajo, por flojera, desde que se casó hace diez años (tenía veinte años de edad y ella dieciocho, y se casó es un decir, lo casaron por andarse comiendo el pastel antes de tiempo, comenta a sus íntimos). Por eso, como decíamos, en el tiempo de sus recuerdos y ahora, en este día, ese tramo sigue siendo el paseo de San Juan de Letrán, donde sus cuates y él se hicieron de la vida y de los días, en la adolescencia. Pues la primera vez que supo de San Juan de Letrán fue cuando Catarino Vélez quiso ser boxeador y le dijo que lo acompañara a los baños Jordán; ahí entrenaban el Huitlacoche José Medel y el Mantequilla Nápoles, el Ultiminio Ramos y el Babe Vázquez. Tú no lo desanimaste, te dijiste para tus adentros, a lo mejor se me hace tener un amigo campeón del mundo; luego luego te viste en el Madison Square Garden de su second y viste esa calle tan amplia que se abría en la esquina en donde estaban los baños Jordán, repleta de fanáticos a cada lado de las aceras, gritándoles vivas cuando regresaran con el campeonato del mundo.
Bueno, Catarino Vélez (a pesar de que tenía nombre de boxeador) ni tan siquiera llegó a debutar en los Guantes de Oro, lo retiraron al segundo día que fue a entrenar, se fracturó una mano al pegarle con todas sus ganas a la tabla que servía de base a la pera loca. Así Catarino se retiró, pero tú conociste el comienzo de la bella San Juan, con su mercado de comestibles, a donde van todos los cubanos, árabes y chinos a comprar los ingredientes para sus comidas tradicionales.
Te divertía perseguir a las cubanitas que movían el bote igualito como dice la canción; por supuesto, tú nunca has sabido que eran hijas de los cubanos que se vinieron a México cuando Fidel Castro bajó de la sierra, ni que los chinos de la calle de Dolores formaban comités de apoyo a la China de Mao Tse-tung; tú nada más sabías que había muchos chinos y cubanitas que les encantaba hablar de todo menos de ellas, ni de su familia y que cuando veían a sus familias se escondían para que no los vieran juntos, por eso te caían mal los cubanos, eran muy celosos y más los del círculo de boxeadores que se hospedaban en el hotel Virreyes, el que está enfrente de la fuente del Salto del Agua.
Y, ahí, en esos días, fuiste tú Panchito, el que se inauguró en el Siglo Veinte y en Casablanca, noches que te parecían la vida misma. Pero cuando te ponías jacarandoso te salía el taxista que todo lo sabía y el señor que creía haberlo vivido todo; decían que ésas no eran noches, pues para noches las de principios de los cincuenta y finales de los cuarenta (vamos, cuando era presidente Miguel Alemán y Pérez Prado el rey de la música), que San Juan de Letrán era una calle que vivía de día y de noche, que los cabarets no cerraban y las chavas del talón era fáciles de encontrar a cualquier hora (como ahora, nada más que sin disfraz).
Ahí, por primera vez, en los cabarets Siglo Veinte y Casablanca conociste los senos y las caderas de las mujeres (caídas y gordas, pero las conociste) y entre los viejos obreros adquiriste rango de igualdad, poderse hablar de tú a ti.
Pero para Panchito Betancurt, la calle de San Juan de Letrán, hoy eje vial Lázaro Cárdenas, es todavía mucho más que un bautizo, es la confirmación y la primera comunión. Y como testigo de calidad está la plaza de Las Vizcaínas y el colegio de lo mismo, en su oscuridad y en su leyenda, que no vivió, pero que le contaron.
«¡Ésta y la otra tanda por un solo boleto! ¡Pásenle, damas y caballeros!». Y los rucos del año de 1934 se dieron vuelo viendo en la carpa teatro Salón Lírico, que estaba en la plaza de Las Vizcaínas, por donde estaba el teatro Politeama, a Ana María González, Carlos López el Chaflán, Agustín Isunza, Fernando Soto Mantequilla, Amelia Wilhelmy y el rey del teatro de revista era don Roberto Soto, y Cantinflas andaba levantándose en la carpa Mayab para pasar al Follies.
Pero todo esto, como bien lo ignora Panchito Betancurt, nada más sirve para establecer la prosapia de la calle. Calle en la que comenzó su vagabundeo porque entendió, al calor de las cervezas, las canciones de Javier Solís, entre mordidas de sopes y atragantadas de los caldos de pollo de Zenón; de la rockola salían las canciones esparciendo la voz del rey del bolero ranchero.
Y Catarino Vélez le volvió a poner el ejemplo a Pancho Betancurt, le sugirió que estudiaran inglés en alguna de las academias de idiomas que se anunciaban en las ventanas de los edificios viejos del eje Lázaro Cárdenas, el Pancho (acuérdate bien Panchito, sí, tú le dijiste) contesto: «Ya vas, Barrabás, pero ¿con qué gestas?». Catarino Vélez, que nunca perdía la galanura que le era congénita, le solucionó el problema: «Pedimos limosna». Panchito Betancurt, que no creía estar viendo a San Francisco de Asís en persona le espetó: «Hermano güey, ¿cómo le hacemos para ser mendigos?». Catarino Vélez no contestó, puso manos a la construcción de la caridad cristiana: «Señito, una limosna para este pobre hijo que tiene a su mamá enferma y a su padre ciego, una limosna para comprar las medicinas». Y diciendo y estirando la mano; muchos no lo pelaban, pero algunos, por si las dudas, le daban el peso, los dos pesos; Panchito, asombrado, estiró su mano y se la puso sobre la espalda a Catarino y se hizo el ciego. Después de dos horas tenían cien pesos y comían unas tortas de jamón y una coca cola bien fría.
Naturalmente, en los tres meses que estuvieron estudiando en las academias de idiomas no aprendieron más que a conjugar el verbo to have y el verbo to be, a repetir los días de la semana, a contar hasta cien, a decir sus nombres (Frank y Caty, según su maestro) y a decir, por supuesto, father y mother. Enfrente estaba el edificio del cine Teresa, y ahora, a la distancia, Panchito Treintañero se mete la mano derecha a la bolsa del pantalón y se rasca de pura nostalgia.
En aquella época, como todavía ahora, las colegialas subían y bajaban corriendo las escaleras del cine, envueltas en los chiflidos de los púberes estudiantes. Pancho Betancurt mira los cartelones de las películas que exhiben, mira rápidamente el latón y los vidrios de las puertas del cine y pasa a ver los comercios de ropa y quiere que sus pensamientos estén en el origen de la fuente del Salto del Agua. En la época prehispánica traían el agua desde Churubusco o Chapultepec, por medio de acueductos y atarjeas; esa lección la tomó el virrey don Juan de Mendoza, que ordenó la construcción de un acueducto que trajera agua dulce desde los manantiales de Chapultepec, esos que todavía proveen de agua al lago… El 20 de marzo de 1779, siendo virrey de estos lares don Antonio de Bucareli y Ursúa se estrenó la hermosa fuente donde terminaba el acueducto; a dicha fuente se le llamó del Salto del Agua, pues de esa manera caía del acueducto a la fuente que contenía hermosos trabajos de cantería; en gran relieve estaba el escudo de la ciudad, con un águila que tenía las alas abiertas y una cruz en el pecho; entre sus alas colgaban unos estandartes españoles y de las garras se escurrían unas macanas mexicanas; con la guerra de Independencia el tal escudo fue borrado, pues, además, tenía unas hojas de nopal con la corona imperial.
Bueno, todo esto no supo explicárselo Panchito Betancurt, ni mucho menos entender cómo se acordó de esa cantidad de datos que nunca leyó, y tampoco se fijó en la fuente del Salto del Agua, a él el monumento nada más le servía como referencia para navegar por la ciudad. Así es que en tal estado de confusión decidió olvidar esa iluminación que de repente le venía, o a lo mejor era el espíritu de Catarino Vélez, su cuate del alma, que trabajaba de yerbero en el mercado de Sonora. Y por olvidarse de eso se tuvo que acordar de que es casado y que faltó por primera vez en diez años a su trabajo, y se lamentó de haberse casado tan joven, y como no puede regresar al pasado apechuga en silencio, anidando sus impulsos en el callo que día tras día le crece… mientras la chamarra que tiene seis meses deseando, en la tienda de ropa le guiña el ojo; tal vez cuando ahorre podrá comprarla, aunque en el fondo sabe que se está engañando, que nada más se hace maje, pues su única posibilidad de cambiar su chamarra vieja de mezclilla por esa de gabardina es sacarla en abonos, o que algún día se haga rico… Entonces, a lo mejor este recorrido que hace por su amada calle de San Juan de Letrán no es nada más que amor del malo, puras frustraciones, puros ya mérito, puros a lo mejor algún día…
La calle lo hizo sentir Eddie Eddie, el de Angélica María, pero Pancho se negó a caminar como Eddie, sintió cómo la calle le ofrecía la infinidad de tiendas, como multitud de ofertas que nunca aprovecha, tiendas de ropa que visten a todos los habitantes de acá de este lado de la ciudad, con imitaciones mal cortadas y telas que se decoloran a la segunda lavada, copias de la ropa que venden a los grandes almacenes del sur de la ciudad, y entonces él escupe de pura amargura, pues a lo único que puede aspirar es a vestirse igualitito a Rigoberto Tovar, ídolo de las masas que comen un kilo de tortillas con ochenta gramos de carne, un buen plato de frijoles caldudos y una enorme coca cola familiar. Pero ni en cuenta, Panchito Betancurt no se desavalorina, sabe de las cuentas largas y de la calle inmensa que se le ofrece con sus enormes cartelones como copetes de los edificios, anunciando lo que desea comprar. Ábranse piedras del campo, grítenme tiendas de ropa que éste es su Panchito muchos aires, el que sabe del coqueteo con las vendedoras y del agandalle con los empleados; fríos testigos de su arte para vivir son los edificios art decó: firmes y cansados se estiran hacia el cielo para darle personalidad a este tramo del eje vial Lázaro Cárdenas. Esas bombas de agua para los bomberos, lustrosas por el cromo, son testigos de cómo el trasero de Panchito los usó para descansar la fatiga del vagabundeo.
Y su condición de obrero se vio reconfortada cuando llegó a la calle de República del Salvador; las tiendas que venden herramientas estaban ahí para seguir alentando sus sueños de que a lo mejor algún día se independiza y pone su propio negocio. Pancho Betancurt, señoras y señores, tiene sus sueños muy concretos: ahorrar algún día dinero y poner un taller, una pequeña fundición, donde puede hacerle trabajos a las empresas del gobierno, un taller donde él sea el dueño, el jefe, el que paga y dice a qué hora entran los obreros, pero, además, tiene sus ideas sobre cómo fundir metales, hacer aleaciones y descubrir metales más dúctiles, más maleables, más fuertes, más resistentes y a lo mejor hasta se construye sus propios futbolitos con muñecos de plomo y varillas de acero. Ahí, en ese momento, fue cuando se dio cuenta de que la luz de los focos le iluminaba de lleno sus ojos y no le dejaba ver bien las herramientas, giró hacia su derecha y vio a tres cuates igual que él de pránganas viendo con ojos soñadores las herramientas y las máquinas; viró hacia el otro lado y también vio a los mismos pránganas embelesados con una máquina soldadora.
Ni pedo, dijo Alfredo. Se brincó para las tiendas de accesorios y aparatos electrónicos; aquí, la envidia sí lo dejó chato, esto estaba más duraznos y naranjas, ni jícamas ni limones que pudiera tener su televisión a colores o una videocasetera. Una vez su viejecita, la bella Vanesa, le dio realmente con ganas al costal de sus traumas, Panchito le confió sus sueños secretos, le dijo que deseaba un aparato estéreo para oír sus viejos discos de Los Monkees y de César Costa, que guardaba desde hacía catorce o doce años; le dijo que lo quería con cuatro bocinas y tocacintas, y la hermosa Vanesa, con una praxis contundente le reclama: «Mejor cómprate calzones y después a mí y más después a los niños, y…». Panchito nunca más le volvió a comunicar sus sueños. Por eso ahora quiere masturbarse un buen rato ante estos aparadores, e imaginarse que tiene un Walkman Sony para oír la Consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky, mientras lee, en un cómodo sillón, la novela del mismo nombre, del cubano-francés Alejo Carpentier.
Eh, ¿qué dijeron, este Panchito es uno de los obreros que están afiliados al PSEM y asiste religiosamente a los festivales que organiza el partido, en el Palacio de los Deportes…? Cierto, él ha ido al Palacio de los Deportes, pero cuando luchó el Santo y los Hermanos Espanto, y a lo más que ha llegado es a leer diez páginas de las Memorias de una pulga y ya poniéndose melómano de corazón, ha escuchado con verdadera devoción la música genial de Frank Pourcel y a veces la del Paul Muriat, aunque es incapaz de soportar a Richard Clayderman; ahí es cuando comienza a tener sueño… Pero basta de sueños, Pancho, y vayamos a la calle de Ayuntamiento para que recuerdes el día que te dieron una lección acerca de la música tropical.
La historia de la XEW sólo la alcanzaste cuando todo mundo hablaba que había sido «la voz de la América Latina desde México» y que Agustín Lara tuvo su programa de radio y todos los cantantes y compositores que te nombraban te parecían pasados de moda, como ahora seguramente les ha de parecer a los chavos que les hables de los Rolling Stones, Angélica María, Benny Ibarra y Los Monkees, pero mejor acuérdate de los reventones que se daban con la música tropical, fue por eso que decidiste abordar la vida de San Juan de Letrán, pero en sus entrañas, la calle de Ayuntamiento y todo lo que representaba, en decadencia, como el café San José, reducto de un cubano que decían (así te lo dijeron los parroquianos de esas mesas de café con leche y tortas de jamón y chiles jalapeños curados) que era la pura pistola para la música cubana (y conste que lo decían antiguos músicos cubanos); todo mundo se quedaba a oír a ese cubano de inmensas manos y cuerpo que imponía (campeón de ciclismo en Cuba y luego músico reconocido en el Líbano y en Francia). Tú, Pancho, tuviste que aguantar el regaño sin decir yo no fui, pues sólo dijiste que te gustaba la música tropical, y este su tocayo, de nuestro héroe, se levantó, y se le subieron los estrellados a Betancurt, Pancho Cataneo (que así se llama el cubano) dijo: Usted no sabe, eso que usted dice que le gusta se llama música afroantillana. Y se largó un rollo que dejó apantallado al taciturno Betancurt, su espíritu se hizo como si no hubiera sido sanforizado, sentía que había caído en una trampa en plena jungla, y que el brujo mayor con lanza en ristre lo tenía cogido por los cabellos, y lo arrastraba al perol de agua hirviendo, los demás músicos negros se le afiguraban que eran miembros de alguna terrible tribu que practicaba la brujería y reducía las cabezas para luego vendérselas a los gringos que llegaban hasta sus confines; afortunadamente para Betancurt todo resultó, hasta cierto grado, para alucinación, pues la dulce voz de la mesera mexicana le dijo que no se preocupara tanto, pues está en la calle de Ayuntamiento, y el lugar no era la jungla sino el café San José, rodeado no de watusis, sino de cubanos radicados en México, que se dedicaban a hacer sobrevivir la música cubana, en la ciudad donde alguna vez fueron los reyes del ambiente de la farándula, y ahora se dedicaban a ver pasar las tardes mientras había algún valiente que quisiera oír música afroantillana en su boda o fiesta de quince años. El rollo de Cataneo defendiendo por qué la música tropical se debería llamar música afroantillana maravilló a Pancho Betancurt, aunque nada más hubiera alcanzado a entender que era música afroantillana porque los africanos traídos por los conquistadores del continente americano como esclavos habían hecho una cultura en Cuba y demás lugares de las Antillas, y que si a eso agregáramos que se tenía influencia árabe (ahí Panchito se quedó clavado en esa idea, se dijo que a lo mejor por eso los árabes tenían los ojos igualitos que los guadalajareños). Y tal vez por eso no volvió a merodear por esos lares, se dijo, te dijiste, ahora lo recuerdas: está muy difícil ser músico.
Pero bien que le sirvió para ligarse, sea dicho con el respeto que merece la mujer que ahora es su esposa; nada más fue cosa que Vanesa al salir de la tienda de discos donde trabajaba le enseñara un disco sencillo del Trío Matamoros de Miguel Matamoros, para que le dijeras, en plena avenida San Juan de Letrán (que entonces sí se llamaba así) que la música tropical no se llama así, sino música afroantillana.
—A… ¿qué?
—Afro-antillana… bla bla bla…
—Híjole, sabes retiarto…
Y después todos ustedes se encargaron de decirle a las demás gentes, cada vez que estaban en una fiesta, que lo que bailaban no era música tropical, sino música afroantillana, y mencionaban que un cubano se los había dicho, y un cubano en esto de la música tropical es la biblia, aunque los vecinos te arquean a tus espaldas las cejas y torcieran la lengua, ellos en el fondo sabían que ustedes eran mucha pieza (gracias a Panchito Cataneo).
Pero Pancho Betancurt de todos modos se muere de tristeza, tantos años de ser un correcto trabajador y no se ha podido hacer rico; durante diez años ha llegado puntual al reloj checador, nunca ha contestado a sus jefes, ni ha promovido alguna huelga, mucho menos exigido un gran sueldo, sí en cambio no ha dejado de ser un obrero especializado en la fundición y no gana más que un poquito más del sueldo mínimo, ya cree que su vida se acabó, aunque ganas no le faltan para mandar todo a volar, pero sabe que no se decidirá, ya está cansado, se siente viejo, y por eso quiere recuperar la juventud que se le fue sin que él entendiera que se estaba enterrando, claro que ahora tampoco lo entiende, pero en el fondo te decidiste a dar un descanso con tu nostalgia, con la época de tu vida que más te ha gustado, cuando la cotorreaste por la bella San Juan de Letrán. Panchito Betancurt, como si fuera el segundo de Catarino Vélez que se murió, aquí en el arroyo, cuando salía de comprar unos churros del Moro.
Panchito volvió la vista hacia la Torre Latinoamericana, pero ante su vista reapareció el edificio de la Procuraduría General de la República. ¿Y quiénes son esos que ni de lejos pueden ver a Panchito, que luego luego lo agandallan, que más de dos veces lo han subido a sus autos, justo cuando ha salido de cobrar su raya en la fábrica? Vamos, Panchito, que no le tiemblen las rodillas, si ya sabes que eres el preso número cien, y en tu paseo de «san lunes» no ibas a estar exento del apañe, estás señalado por el dedo de Dios, no tienes padres influyentes, parientes que las puedan, ni vives en el sur de la ciudad, y mucho menos hijo del presidente, así es que, ni aunque saques tu credencial del PRI y de afiliación a la CTM, esas nada más sirven para hacer bola. Y hablando de bolas es mejor que te envuelvas en la bola de gente que en este momento va a pasar frente a la procuraduría, para que, en montón, no te reconozcan los agentes de la policía y sepan que eres obrero, de los que viven por las faldas del cerro de la Villa de Guadalupe. No la armes de pedo ni mires mal la policía siempre vigila. Así es que no te sientas Milán Kundera en Checoslovaquia, o Sajarov en la URSS o Walesa en Polonia, ni Juan Carlos Onetti en Uruguay; aquí, Panchito Betancurt, obrero de profesión, treinta años de edad, diez de casado, cuatro hijos y un mundo de tristeza de generación en generación, pues nunca en su vida ha tenido un momento para sentir que vivía a todo dar, y las veces que casi lo logró fue porque caminó por esta calle, en este país libre, donde todos tienen libertad de tránsito, de pensamiento, de expresión, de cambio de dólares, de leer lo que se quiera y comer todo lo que se vende, viajar al extranjero y creer en Dios, por todo eso, Panchito Betancurt, tú bien lo sabes, yo qué te voy a contar a ti, tienes que andar a salto de mata, cuando veas a los agentes de la policía, te tocó nacer de este lado de la cerca.
Éntrale en el corazón de la masa, no te dejes ver, deja que te cobije, entra en el anonimato, que no sepan que eres ignorante, ni que no tienes dinero, ni que tus familiares se pondrán a llorar y a suplicar en las cárceles en vez de echar el telefonazo influyente y sepan con quién se están metiendo. ¡Buuuzo, Panchito!, el carro de tiras camina lentamente, por esta congestionada calle de San Juan de Letrán, bríncales, bríncales, sumiendo tu cabeza hasta el fondo de tu chamarra y camina pegado ahora a la pared, para que el agente que siempre vigila a los pobres, a los de este lado de la ciudad, no te pesque con la mirada, sésgale, sésgale por la pared, eso, ni modo, los churros del Moro y el chocolate a la francesa tendrán que esperar, Catarino Vélez pagó caro sus churros y su chocolate a la española, desapareció dentro de un auto sin placas sin haber hecho más que vivir en Ciudad Nezahualcóyotl y cargar su morral donde llevaba sus herramientas de albañil.
Pero tú, Pancho Betancurt, por esta vez la libraste, a la vista está la Torre Latinoamericana. Atrás quedó el paso subterráneo para peatones que está en la esquina del eje Lázaro Cárdenas y 16 de Septiembre, ese paso a desnivel que hizo sentirse a tu padre orgulloso por unos años, ya que ahora sí íbamos a vivir igual que en las ciudades de Estados Unidos, ahora, tú lo sabes, los habitantes de esta ciudad no lo usan, sólo los turistas de provincia. También atrás quedó el Pasaje Savoy, donde las máquinas de video y las hamburguesas dan y prestan a los habitantes de las colonias populares de esta ciudad que vienen a comprar a la panadería La Ideal sus pasteles de quince años, bodas y bautizos, pasteles que —no lo niegues— te hacen alucinar, porque más de una vez te has endrogado pidiendo prestado a todo mundo para hacerle su fiestecita de cumpleaños a tus hijos… como ése que le compraste al Jacinto cuando cumplió un año: era una cancha de fútbol con los once jugadores del equipo de fútbol Guadalajara y los once del América… Todos en la colonia se quedaron apantallados por el pastel que entre sorbo y sorbo de coca cola desaparecía. Pero esa noche medio se te fue la amargura, la impotencia de que no la hacías en esta vida, pero te quedaba la tristeza, la que hace nudo en la garganta nada más de pensar lo que debías, pero ni pedo dijo Alfredo, seguiste en esta vida camellando sin parar…, hasta ahora que le quieres brincar a la Torre Latinoamericana.
Torre de David, Torre de Marfil, Torre de Panchito Betancurt que despacito pero seguro avanzó en la cola para comprar sus monedas y subir a la torre. En el elevador, en medio de turistas de la provincia y extranjeros, se apretujó contra una señora que iba con su esposo, cuidó de que no sospechara el señor, pero luego se arrepintió, se quedó como el santo niño de Atocha, como una antorcha. El elevadorista trató al personal con desdén, pues sabía que muchos de los asistentes eran de las colonias populares que se iban a dar el lujo de subir a la Torre Latinoamericana para ver la ciudad. La clase de la cultura de la tuna y el nopal que se tiene los delató, porque a partir de ese momento no tuvieron más remedio que agachar la cabeza ante la mirada inquisidora del elevadorista, que sólo sonrió a los güeritos de ojos azules y a los señores de esta ciudad bien trajeados y encorbatados. Llegaron al piso donde se cambia de elevador. El elevador, más pequeño que el otro, los hizo que se apretujaran todavía más, ahí sí no perdonó a la señora, le dio un arrimón más que cachondo travieso, el esposo lo miraba, él lo miró con una sonrisa ladina, el esposo le sonrió, se sonrieron, llegaron a la fuente de sodas. Entonces Panchito Betancurt se sintió galán de las alturas y suspiró por el banana split, el tres marías y las alcahuetas fresas con crema, se acordó de cuando no era capado y suspiró por su colección de novias a las cuales sedujo en las alturas de la ciudad de México. Sonrió. Subió al mirador, se vio enredado entre estructuras de acero y vidrio, se arrimó a la barda envidriada y vio hacia los bajos; adivinó por sus edificios el sur, por sus cerros el norte, por las tolvaneras el oriente, por el humo el poniente; bajó más la mirada y sintió a sus pies el cuadrante verdoso de la Alameda Central, vio a los chundos, como les decían a los que llegaban de provincia y se iban los domingos a divertir a la Alameda y demás parques grandes de la ciudad, vio a un chundo papar moscas, se rió, para sus adentros, cuando se acordó que les gritaba cuando iban en bolita, que venían de arriar chivos a balazos y que los habían bajado del cerro a tamborazos.
Para los que siempre habían sido jodidos en esta ciudad estaban las esquinas, las calles de los barrios o las más populosas, para los que tenían poco tiempo en la ciudad eran los jardines, los parques como el bosque de Chapultepec o la Alameda Central, se decía que a lo mejor estaban buscando el jardín dominical de su pueblo. Hasta en esto había clases, los chilangos del norte, el oriente y puntos oscuros del sur de la ciudad, que habían ido a las escuelas oficiales, se sentían menos jodidos que los que llegaban de provincia.
Bajó más su vista y entonces se topó con el Palacio de las Bellas Artes, tan bonito y tan poco que le importaba; sentía que el edificio era para los ricos y para los turistas extranjeros, para los que no tenían pena entrar a sus interiores y recorrer sus pasillos y que no les diera vergüenza ver tantos cuadros colgados de las paredes, y que no sintiera las miradas de los policías que los estuvieran vigilando. Se estiró para ver mejor las águilas que estaban en los techos del palacio y entonces recordó que sí había entrado una vez al teatro de las Bellas Artes, iban marchando desde la escuela oficial donde había estudiado escoltando una bandera y entraban al palacio y los subían hasta donde seguramente anidaban las cucarachas, porque lo único que recuerda claramente es que en el escenario se veían unas figuras del tamaño de las chinches, entonces se entretuvo mirando a los alumnos de otras escuelas que llevaban uniformes bonitos y los colocaban en el piso de abajo y cerca del escenario. Entonces, tú, Panchito, te dedicaste a jugar entre las butacas con los demás niños y armaron un reverendo relajo que subieron los maestros de las escuelas privadas a protestar y a escandalizarse por lo majaderos que eran ustedes.
Se bajó con tristeza de la Torre Latinoamericana. La bella San Juan lo volvió a recibir en su seno. Era la tarde y él todavía no se daba cuenta. Cruzó Madero, el edificio Guardiola, art decó, el pasaje de La Condesa, la Casa de los Azulejos. Félix Maldonado, sintiéndose culpable, iba acompañado de un judío, salió del Sanborns de la Casa de los Azulejos; Pancho Betancurt los vio con envidia, llevaban sus trajes bien cortados y hablaban en inglés, y además se creían mucho, ni siquiera lo miraron; pensaste que a lo mejor eran licenciados del gobierno, porque caminaban creyéndose los reyes de México; cruzaste 5 de Mayo para llegar a la acera del edificio del correo… Los olvidaste.
La gente, al atardecer, salía corriendo tras los camiones y peseros; viste el café de chales de Alicia, no se te antojó, quisiste entrar al cine Mariscala para ver la última película de Vicente Fernández, mejor te seguiste derecho, te acordaste que ahí por la calle de Pensador Mexicano los viejos que conocieron esta avenida te contaron del Salón México que estuvo ahí, pero te llamó más la atención, Pancho, el teatro Blanquita, que anunciaba a Carmen Salinas y a la Sonora Santanera, viste a los revendedores, esto comenzaba a cambiar de ambiente y comenzaba a oler a alcohol, a prostitutas y a mariachis.
Pancho, no te decidías si encarar la botella de vino o tomar tu camión para llegar con tu esposa La Vanesa; la tarde del «san lunes» estaba llegando a su fin, y la noche te abría el otro mundo, el de Garibaldi.
Pancho llegó a la esquina del eje y República del Perú. Toda la amargura, la tristeza, el rencor acumulado en los años de su existencia se le agolparon en la cara. La gente corría a los camiones que los llevarían a sus casas, él también quería correr y no sabía. Adelante estaba Garibaldi. El amigo de Catarino Vélez no sabía en ese momento si seguir de largo o irse a su casa, o…