Bye bye Tenochtitlan

Armando Ramírez · Capítulo 18 de 25

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Bye bye Tenochtitlan

El paseo de La Trucha Vagabunda por la Alameda Central

Los galanes de la ciudad van a divertirse todos los días sobre las cuatro de la tarde, unos a caballo y otros en coche, a un paseo delicioso que llaman la Alameda, donde hay muchas calles de árboles que no penetran los rayos del sol…

Tomás Gage. Fraile inglés, año 1625

 

De cómo La Trucha Vagabunda, en sus días de flojera, penetró en las entrañas de la

ciudad y fue devorado por el Leviatán.

EL DOMINGO ES el día de la cachondez. Y la Alameda Central se presta abierta y bulliciosa. En bolita van cayendo al atardecer las parejitas furtivas. Las bancas frías y alcahuetas no hacen otra cosa que esperar. La Chela, la Concha, la Pelancha, la Mari y la Lupita, con sus enaguas hechas faldas a la Christian Dior y con el colorido que no es propio para refrendar el orgullo nacional saben que los ojos de luz propia del Pancho, el Güicho, el Beto, el Lupillo y el Chinto ya las divisaron en la horizontalidad de la tarde.

La Alameda Central tiñe sus hojas con el brillo del sol poniente, y las estatuas desnudas de pudor enseñan las partes nobles, para indiferencia del transeúnte.

Un tiburón ronda la tarde y una sirena quiere que la atrapen. Las veredas de la Alameda se tienden como puentes para penetrar en la espesura de la gente. La Trucha Vagabunda gira alrededor de la Alameda: Avenida Juárez, Doctor Mora, Avenida Hidalgo, Ángela Peralta y enfrentito, caballeros, el Palacio de las Bellas Artes, pero, a la Trucha Vagabunda ni el mármol de su construcción llama su atención. La Trucha es ducha para otras sensaciones, por ejemplo, ligar de volón pin pon, al quite o al desquite, su chiste es ése, pues, para él, la Alameda es el recinto donde resguarda su soledad. Y no es que no haya otros lugares más a modo para olvidar sus nostalgias, para cabulear ayeres terrenales, pero éste le late en su existencia o, mejor dicho, con este jardín se dio el primer encontrón en esta ciudad y, ni pedo, el primero es lo primero.

Allá, la Chela con el Pancho, la Concha con el Güicho, la Pelancha con el Beto, la Mari con el Lupillo, y la Lupita con el Chinto, compañeros del mismo jardín dominical.

Moscas sobre el lupanar, amapolas para el vicio, hiedras en la noche, lagartijas de la ciudad. Infinitas sensaciones en este cuadrante urbano con sus fuentes y sus estatuas con figuras mitológicas de la bella Hélade, como corresponde a toda época influida por el afrancesamiento: dime qué formas vegetales tienes y te diré si fuiste erigida en las fiestas del centenario de nuestra Independencia.

El mesié Porfirio Díaz es otro de los tipos de nuestra historia que le dio rostro a nuestra ciudad del artificio y el oropel, del art nouveau y el barroco, del clásico y el art decó, del tezontle y las estructuras de vidrio y acero, pero eso al mesié Trucha Vagabunda le tiene sin cuidado, eso de que Carlota le dio belleza al lugar y de que antes aquí estaba bardeado y se prepararon mesas para dar de comer a la gente en épocas de don Francisco I. Madero es cosa que a La Trucha Vagabunda no le pasa por la cabeza y mucho menos le preocupa, él, mesié, nada más sabe que la vida se da cada día y si no la pesca (la existencia) ya valió un punto menos con la Chela, la Pelancha, el Lupillo, o con quien conviva en ese preciso momento.

Pues para eso está la Alameda, ¡cómo que pa qué!, pues para eso… Cinco, seis, o siete mil personas yendo de aquí para allá y luego de allá para cá y va de nuez, verdad Inés, y eso que no es la de Nepantla, sino la de Papantla, en el meritito Veracrú. Y ya lo dijo el músico poeta, y si no lo dijo lo dio a entender y en los cabarets por sabido no se dice, es: sólo Veracrú es bello y más con mujeres como Inés…

La Trucha Vagabunda ya la vio en el sopor de su histeria y es que así como lo ve girito, revoloteando de aquí para allá y toda esa faramalla, trae la cosa esa que antes de venir de su pueblo no traía; es cuando le entran las ansiedades domingueras y decide pronto jalar para la Alameda, ahí están todos para lo que gusten mandar, no llega desde la mañanita porque es pescadero, es decir vende mojarritas, sierras, cazón, robalo, bolsas de camarón o frascos con ostiones en una pescadería que naturalmente no es suya, él es el encargado; y no llega después de la hora de la comida pues porque el olor que se bota cuando sale del trabajo lo hace irse a los baños públicos para enjabonarse y dejar resbalar con el agua los humores de la fauna del mar. Así es que aquí en la Alameda puro Varón Dandy, lociones a mí. Verlo llegar al parque central (¡hey mamey!) es verlo emerger de las entrañas de la tierra después de un viaje jules et jim en metro, desde el centro mismo de la pobreza: ¿Ciudad Nezahualcóyotl, La Villa, Iztapalapa o La Merced? Mejor dicho, cualquier colonia que albergue a los que llegaron del campo en recientes años de desarrollo urbano.

La Trucha Vagabunda sube el contenido de su humanidad sobre el borde de la fuente central, y como buen descendiente de Rodrigo de Triana busca tierra a la vista. A su memoria llegan los recuerdos de cuando el virrey, el segundo de la Nueva España, don Luis de Velasco, mandó construir una alameda que tuviera puros álamos, el 14 de enero de 1592, alrededor de las dos y media de la tarde. Trucha Vagabunda, de mente avispa, olvidó rápidamente el dato histórico y lo cambió por el dato emocional. A lo largo descubrió el kiosco de la Alameda y los saltimbanquis lo hicieron sonreír: Camacho entre los machos, de Altamira Tamaulipas traigo esta vieja canción, pa las mujeres bonitas que son de mi adoración. En el caminar sobre el gris mar, mientras esquivaba las tentaciones que vaporosas y multicolores se ofrecían, pensó o más bien recordó cuando asomó por primera vez las puntas de sus zapatos brillosos como su rostro en la vereda que tiene su punta en la esquina de Doctor Mora y Avenida Juárez, de ésta su dominguera Alameda.

Y no porque lo vean vestido de tiburón vayan a creer que es camaleón. A La Trucha Vagabunda esa primera vez en que conoció la Alameda Central le pareció como muchas veces más grande que el jardín de su pueblo, y tuvo miedo porque pensó que el bosque de fresnos y sauces se abría lleno de aterradoras sorpresas, como sucede en los cuentos europeos; el pie derecho le tembló y el izquierdo no le quiso obedecer, pero cuando la Mari, la Pelancha y la Lupita se adivinaron con sus vestidos de color grosella, verde y piña, como los preparados que le echan a los raspados, se dijo: por la lejana montaña va cabalgando una jineta, viaja solita y su alma, entonces lo rebasaron el Beto, el Lupillo y el Chinto, entonces la Alameda se le convirtió en una feria de colores y sonidos, los olores no los podía distinguir bien a bien, eran más que su pobre nariz acostumbrada al aire húmedo de Veracrú, y ya no se inquietó, supo en ese ratito que su primer paseo dominical por la gran ciudad era el cotorreo que todos jugamos.

Allí, entonces, entre veredas, aprendió el cachondeo al caminar, la camisa doblada a tres cuartos de los brazos, cinturas dejando caer el estómago para levantar la nalga y la sonrisa estilo mazorca de un buen tiempo en el granero y los ojos como dos capulines japoneses, raya en el pelo a la Benito Juárez, casquete desvanecido el corte y vaselina sólida para que se aplaque el agresivo cabello, metió sus manos en los bolsillos y se cachondeó al andar. En este momento en que arriba al kiosco central, no se percató que éste fue cambiado por uno de estilo morisco y que en cuanto al cercado que hace siglos resguardó a estos jardines nadie piensa que existió; tampoco supo que había puertas para entrar, cuatro, para precisar los recuerdos que anidan genéticamente en el bueno de La Trucha Vagabunda, que vuelve a atrapar imágenes que le maravillaron cuando alguna vez quiso dominguear entre semana y la nostalgia llenó su alma infantil. Esa vez entró por la puerta grande, por donde llegan los reyes y los marqueses, arrojado del zócalo, partiendo del semáforo que está en la esquina del eje Lázaro Cárdenas y la calle de Madero, al pie del edificio de la torre latinoamericana, cruzó con el inconmensurable anonimato de que es capaz de dar esta ciudad. Decenas de gentes lo envolvieron hasta dejarlo en la esquina de la Alameda y ahí el mundo se abrió fantasioso y rubicundo, con chillidos y silbatos, con algodones de color rosa oaxaqueño y hot cakes de cajeta, sintió cosquillitas en el estómago y sus manos se ocultaron en las bolsas de su pantalón. Todos los papás y todos los niños iban en montoncitos, cautivados por el fragor de los días navideños, pagó un hot cake con su prieta mano, lleno de asombro y soledad urbana, mordió con todo el ánimo refundido en las puntas de sus calcetines, apretujó su cuerpo contra todas las partes de su cuerpo y dispuso la caminata para ir descubriendo una Alameda Central repleta de reyes magos, santa closes, venados, camellos, elefantes y caballos de cartón, con una marabunta de vendedores ambulantes que habían tomado por asalto la vía pública; él siguió por esa vía pública sin dar tregua a su nostalgia, en cada rostro de padre feliz viendo el rostro de su padre moribundo, dibujado a base de surcos de tierra reseca y agónica; masticó más fuertemente el kekis y se encontró de lleno con la gigantesca figura de Benito Juárez, con los leones a sus lados y la gente descansando entre las columnas de su monumento. El Hemiciclo en ese momento era como una pesada base de mármol que hubieran bajado los santos Reyes Magos desde el cielo y se quisiera hundir en el fangoso suelo de esta ciudad. Hundió su alma en la noche cuando a sus oídos vinieron las voces de los anunciadores con altavoces alertando a los niños malcriados con la mujer lagarto, que fuera convertida en ese horripilante animal a causa de una maldición de su madre:

—Díganos por qué está así.

—Por una maldición de mi madre.

—Cómo, ¿una maldición de su madre?

—Por levantarle la mano.

—¿Se portó mal?

—Sí, y Dios me castigó.

—¿Y está arrepentida?

—Sí, mucho.

La Trucha Vagabunda admiró el viejo camión disfrazado de teatro portátil y pintado con los dibujos y la pintura más desgastada que jamás hubiera visto en Veracrú querido. Las masas compactas de cuerpos humanos lo rebotaban en la fantasmagoría de esa noche que descubrió una Alameda rica y brillante, pintarrajeada y alegre, místicamente carnavalesca. Entonces tomó la decisión de penetrar en la densidad del corazón de la Alameda, agarró la diagonal que conducía a la fuente de Neptuno; eso ahora lo sabe porque mil veces ha caminado cachondeándose por ella, pero esa noche la incógnita de la ignorancia lo arrimó a las entrañas de los iniciados en los paseos de la Alameda Central.

Con sus palmeras borrachas de sol seguramente Veracrú es bello. Pero La Trucha Vagabunda en el instante conjugatorio de la atracción sexual descubrió que la Inés también de Veracrú está a través de las calles; la luna de cal alumbra el círculo exacto de la de Papantla avecindada en la colonia Del Valle, en la calle mágica: Gabriel Mancera y Félix Cuevas. Pero ella, la de los muslos con olor a musgo cuando se instala en el verdor de la Alameda no quiere saber más que del ligue dominguero o de la caminata pizpireta del jueves en la noche.

Por supuesto, esto no lo sabía La Trucha Vagabunda que apenas comenzaba a ponerse trucha. Maniobró sus emociones cuando sintió la mirada reglamentaria de la buena de Inés, se dijo que después de todo esta ciudad se abría en su Alameda. La Trucha Vagabunda salió de sus recuerdos y deslizó su pie izquierdo con la mano derecha oculta en la bolsa de su pantalón, miró a la banda, los que se agrupan en la bolita delante de la fuente principal tibiritiando de frente al kiosco donde Los Gatos Negros sueltan la música tropiloca para beneplácito de la banda de La Trucha Vagabunda donde la Pelancha, la Mari, la Concha, la Chela y la Lupita revolotean de mano en mano chancleteando.

La Trucha Vagabunda flashbackseó justo en el cuerpo de la buena de Inés (¡qué comes que así te ves!). La Trucha se puso trucha, divisó en las alturas el reloj electrónico de la Torre Latinoamericana y se dijo, de tal manera que eran puros ánimos: las siete van a dar. Inés, como que presintió que la escapada desde la casa de sus amos, en la Del Valle había valido la pena, el ese chavo con cara de jarocho todavía no se veía maleado y una bailadita estaría que ni mandada hacer para esta noche jupiteriana, bien había elegido, en lugar de ir al salón de baile de la colonia venir a la Alameda Central: pasear por sus veredas, torear a los galanes, bordear las nueve fuentes y de repente pararse en el cruce de las veredas para ver hacia donde van los cantantes.

La Trucha no sabía esto de la vieja Inés, como no sabía que allá enfrente, en el Hotel Del Prado, Diego Rivera, un pintor, había creado un mural con alameda, como pretexto para hablar de las condiciones sociales de la época de la revolución, y no tenía por qué saberlo, si ese hotel era como si no existiera para él, era un mundo aparte que ni siquiera se tomó la molestia de registrarlo en su mente; él no sabía, pero había sido educado, formado, condicionado de tal manera que daba por hecho que la ciudad de México estaba construida sobre diferentes dimensiones, y la que él usaba en la Alameda Central y la que tenía el Hotel Del Prado no estaban en la misma frecuencia. A la Inés misma nunca se le ocurrió saltar el arroyo para llegar a la acera de la Avenida Juárez y entrar al Museo de las Artesanías y Artes Populares, siempre pensó que era una tienda para turistas y que para entrar allí se necesitaba hablar inglés, y la mera verdad, meterse a esas casas antiguas y al edificio del Hotel Alameda con pisos tan relucientes y empleados uniformados con gruesos abrigos de botonadura de oro era como para dar pena. Por eso en el cruce de esas veredas, a las siete de la noche, cuando la Alameda se abre, era inevitable que La Trucha Vagabunda y la bella Inés se conocieran, la ubicación de su onda estaba en la misma sintonía: «Qué me miras pajaritos».

En el reversón que dio La Trucha Vagabunda a su caminar conquistó a la atribulada Inés, quien se quebró todita como jarrito de Tlaquepaque; ahí en ese resquebrajamiento la Inés se entregó convicta y confesa a la gandallez de La Trucha, que entonces descubrió que la ciudad tenía sus lugares secretos y cabalísticos: la Alameda con sus sauces, sus fresnos y álamos se le entregó como sólo a un provinciano que viene a conquistar la ciudad se le puede entregar: sin tregua, sin cuartel, desnuda e hipócrita. Ya vas, galán, son de queso las quesadillas y de huitlacoche los tacos, tú escoge o chiras pelas. La Inés le sonrió, ocultando su rostro en las ganas infinitas de guardar sus ardores.

—Aquí, nomas viendo.

—Yo también pasaba y me dije: se ve retebonita la Alameda…

Esa alameda que nada más descubría al ardor de su verdor los anchos secretos de la golfería citadina. La Trucha Vagabunda se puso espléndida y se rifó con un perro caliente para la bella Inés, que pidió que la salchicha llevara la suficiente mostaza y una coca cola para el deglutido; mientras, la tropa del Ejército de Salvación llegó con su música. A La Trucha le pareció como si estuviera viendo una película americana; esos hombres, con sus uniformes azul marino y vivos rojos y gorrita de elevadorista, con sus instrumentos musicales y sus bastones llevando el ritmo a base de golpecitos en el suelo, le hacían sentirse como extranjero y fue entonces cuando se animó a pedir un hot dog él también. Los turistas rubios de cámaras Instamatic arribaban al interior de la Alameda y prestos quisieron retratar al bello Trucha Vagabunda y a la hermosa Inés, pero éstos por pena dieron la espalda y se reían agachando la cabeza y abrazándose ladinamente. Los turistas también se rieron y se largaron con sus cámaras a otra vereda.

La Trucha nuevamente tomó distancia y midió al oponente; mientras su espíritu cristiano fue removido desde el fondo de la iglesia de su pueblo, una voz comenzó a resonar en su cerebro, una voz como si fuera guardián del infierno; reviró por puro instinto y se encontró un semicírculo de hombres cabizbajos rezando mientras un líder los latigaba con citas bíblicas. Entonces La Trucha revisó el cuerpo de la Inés y echaron a caminar para el lado de la calle de Hidalgo, envidiando a las parejitas que cachondas se abrazaban acostadas en el pastito inglés.

La Trucha fue sacado de sus nostálgicos pensamientos y se transformó en el amo y conocedor de estos prados y veredas; le pareció que Los Gatos Negros estaban tocando desganadamente; no era posible que escuchara su ritmo y su cuerpo no se moviera con cadencia, o era su estado de ánimo, pensó, pues vio a la Mari y a la Pelancha sacándole lustre al pavimento de la Alameda. La Trucha se echó hacia atrás para sentarse en el borde de la fuente, teniendo cuidado de no mojarse el pantalón. Allá enfrente, pasando la Avenida Hidalgo, la construcción que tiene la entrada por Valerio Trujano le trajo malos recuerdos.

Nuevamente se vio la agresiva de doña Inés que qué cara traes que no te ves ni al derecho ni al revés, entons La Trucha se sintió un pez nada más de ver a la Inés con esa feis. Y es que como apenas estaba haciendo méritos, La Trucha no se atrevió a decirle: que jeta trais, manita.

Pero La Trucha se regresó nuevamente al instante donde estaba sentado sobre el borde de la fuente y la pandilla lo espera revoloteando con la música de los Gatos Negros que tocan en el kiosco. La Trucha, al sonreírles a sus cuates, volvió a dirigir su mirada a la vieja casona de Valerio Trujano, ánimas Trujano, ánimas estrujando, ánimas de vida, ánimas de la ignorancia y es que el miedo se le había anidado fuertemente en los testículos: cómo olvidar el violento puño sobre su estómago, y sus pelos jalados por la mano troglodita y los gritos como espantos a la media noche. Y tú eres, dónde está el dinero… ahí esta el pasamontañas, y luego las puntas de las agujas hundidas en las hendiduras de las uñas y los dedos y los gritos que le nacían desde sus temblorosas corvas, y luego la otra figura que dijo: ya déjalo, ya está el bueno. Y éste te dije que era un chundo nada más… Pues si se parecía… ya bótalo aquí… El auto abrió la portezuela, cierto, no quiso verlos, no quiso saber quién abría o cerraba la portezuela, ni cómo era el auto cuando arrancó, sólo se vio los dedos, que tenían pequeños puntitos de sangre en las hendiduras de las uñas. Cruzó la calle de Hidalgo y en la banca primera con que tropezó se sentó: lloró durísimo, gimiendo, doliéndose, la gente caminaba rápido, se dobló con impotencia, vio la iglesia de la Santa Veracruz, cruzó nuevamente la calle de Hidalgo, le ardía el alma, lloró rezando en la oscuridad de la nave, la ciudad le festejaba su primer mes, sacó el sobre de la raya, arrugado, le habían dejado un billete de cincuenta pesos, estaba tan pesada su cabeza que no podía recordar cómo, allá en Naucalpan, en la esquina de la fábrica, esperando el camión, lo habían subido al auto. Seguía rezando, pero, en su mente, las imágenes eran los golpes de los hombres en el sopor del auto; se levantó y salió de la iglesia, las viejecitas a la salida del atrio le tendieron sus manos, las manos secas y pellejosas lo asustaron, eran como trancas afiladas, regresó a la Alameda…

Ese día, bien lo recuerda, la noche puso bella a la Alameda. La gente, con el calor, salió a pasear y él bordeó la Alameda, viendo cómo las filas interminables de autos llenaban de puntitos luminosos la noche. Deseó conocer a la gente, platicarle, contarle lo que le había pasado, pero los hombres de traje y corbata no se detenían en la Alameda y las mujeres con ropas de secretarias se metían a las cafeterías y a los restaurantes; fue cuando se dio el encontrón con el bueno de Lupillo, estaba sentado de espaldas a la escultura de una mujer desnuda, a gatas. La Trucha Vagabunda se sentó en la orilla contraria de la banca donde se encontraba el Lupillo, se miraron de reojo y no se hablaron. Al rato llegó el Chinto con el Güicho, llegaron riéndose y aventándose:

—Qué transa.

—Ninguna transa, el Chinto se robó un disco de los que venden por el monumento de Beethoven; es de música folclórica, estaba acá en el gua gua gua y le di gane. Llegaron unos ñorses a hablar en contra del gobierno y como todos estaban lelos, que se los jala por la espalda, ni cuenta se dieron, andaban reparte y reparte volantes.

De pronto La Trucha Vagabunda sintió la mirada de los cábulas y se escudó en una mirada agresiva, los reyes de la Alameda no lo pelaron, La Trucha vio más montoncitos de jóvenes dispersos por toda la Alameda; ahí fue donde cayó en la cuenta de que muchos jóvenes venían a cotorrear a este jardín. La gente, fuera de la Alameda, compraba en las tiendas, en las joyerías, entraba a los hoteles de lujo y los turistas en bola iban con sus gafetes cruzando esquinas y sonriendo como niños obedientes de una escuela primaria… La Trucha se paró y miró al fotógrafo de pajaritos, a la vendedora de globos, a los hijos de los vendedores que andaban pidiendo limosna, a los novios que se recargaban contra los árboles, a los merolicos que hacían su bolita, a los mimos que imitaban a la gente que caminaba de prisa y distraída.

Como ahora, en esta noche en que se levanta del borde de la fuente y va en busca de la compañía de la pandilla, año y medio después de que aterrizó en esta ciudad, un año después de que encontró trabajo en el mercado de mariscos y pescados de La Viga y dejó la fábrica de bicicletas, diez meses después de que se hizo novio de la agraciada Inés, a quien ve todos los domingos al atardecer, siete meses después de que logró saber de la golfería de esta benemérita Alameda Central y seis después de que su cuate el Cachuchas, el bolero más viejo de este entorno le platicara que sobre la calle Ángela Peralta hubo unas librerías llamadas de Cristal y que arriba había conferencias y exposiciones, que eran unas construcciones como si fueran pequeñas estaciones de ferrocarril antiguo, a donde nunca entró porque le daba pena y temía que le ganara la tos y es que cuando uno tose llama la atención y como ahí entraba pura gente de dinero que se veía que sabía mucho, pues con más razón, siempre las vio por afuera, y arriba de las librerías, en las galerías, ni soñar, pura gente de pipa y guante.

Trucha supo por esa época cómo la ciudad era muchas ciudades y que la Alameda Central le pertenecía por ser quien es, para tomarla por la fuerza de la costumbre cada vez que hubiera días de descanso o de fiesta o cuando su reverenda flojera le impidiera ir a trabajar, y entonces, él, la más famosa de todas las truchas, se engalanaba en su ánima y se cachondeaba por las veredas que llevan a las nueve fuentes de la Alameda; puso su cerco y cortó con la otra ciudad, la de la gente que va a los bares y centros nocturnos que hay alrededor. Fue tal su dominio de la situación que decidió ese domingo que unos lentes polarizados le vendrían bien para darle una apantalladita a su Inés. No vean la entrada triunfal que hizo ante los cuates y el cachondeo que se dio cuando llevó los lentes puestos y el suéter amarillo que hacía resaltar su piel morena y hacía juego con su pantalón verde mar, sus calcetines blancos y sus mocasines con hebillas doradas y su corte de pelo que tímidamente comenzaba a ser punk y, para no ser menos, la atrevida de la Inés se puso unos pantalones abombados, color violeta y una blusa con orlas sobre los hombros, color rojo bugambilia y su pelo tasajeado y teñido como si fuera un campo a la hora de recoger la cosecha; la María, que alguna vez se había teñido el pelo con el color de las hebras de los elotes, se murió de envidia, de cómo la Inés se había atrevido antes que ella.

Veracruz, el Estado de México, Hidalgo, etcétera, iban quedando muy lejanos de esta Alameda Central. La Trucha así lo entendió, pues, pensativo ante la Pinacoteca Virreinal, sin saber lo que era ese edificio. Decidió que tenía que ahorrar para poner un puesto de tacos y dejar el mercado de La Viga, que lo tenía frito porque siempre andaba oliendo a pescado.

La Trucha, como amo y señor de esta Alameda, dejó por fin el borde de la fuente y agarró ambiente con los cuates y las chavas, con los cinco o seis mil seres que los domingos tomaban por asalto el lugar y se repartían por todos lados para disfrutarla, mientras los policías a caballo pastoreaban a la gente. A La Trucha eso no le importaba; reía, reía de verdad, con las ganas que dan los domingos en las noches; vio a su Inés, le tendió la mano al ritmo de la música de Los Gatos Negros y los buñuelos aparecieron en su memoria con un vaso desechable lleno de atole blanco y el ruidazo de la noche del quince de septiembre y luego la del dieciséis, con las bolitas de jóvenes rompiendo cascarones de huevo rellenos, sobre la cabeza de la gente. El final de la pieza de Los Gatos Negros lo sacó de sus cavilaciones, siguió, tomando de la mano a la graciosa Inés, y pescó de refilón al Beto, que llegó con unos walkman. La Trucha se los pidió, y se puso los audífonos sobre su cabeza, hizo dos o tres pasitos de música torpemente. Pero eso era más que suficiente para saber que La Trucha caminaba ya por esta ciudad y sus aposentos de la Alameda Central; a lo mejor quedarían, animándose a cruzar la Avenida Juárez, en la discoteca que está en los bajos del Hotel Bamer. La Trucha Vagabunda ya estaba aprendiendo a rolar por esta ciudad.