Calígula

Pierre Lunel · Capítulo 5 de 6 · parte 2/2

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Calígula

Capítulo 34

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Cuando Salomé se enteró del proyecto de Agripa, se escandalizó. – ¡Pero si lo envías a una muerte segura! – Le he formulado una propuesta que él ha aceptado. Aparte del naufragio al que se expone todo viajero, no veo qué otro riesgo corre. Cayo le dispensará una buena acogida. Se quedará maravillado por las lenguas que habla Pedro sin haberlas estudiado.

–¿Y si lo trata como Tiberio a Simón? ¿Y si lo deja en la estacada? ¡Este hombre es un sabio y no tienes derecho a ponerlo en peligro de esa forma!

La comunidad lo necesita. Yeshua no lo eligió para que un tetrarca lo

mande a Roma a que lo maten.

Pronunciaba su título con el mismo desprecio con que su madre hablaba de Antipas. Agripa sintió que lo invadía la cólera.

–Pero ¿tú por qué te entrometes? ¡No eres miembro de su secta, que yo sepa! No voy a privarte del guapo Tobías.

–Ya te he dicho que Tobías es su portavoz. No hay nada entre nosotros; pregúntaselo a Miriam.

–¿Crees que voy a hacerle esa pregunta a una sirvienta? – Pues no te mostrabas tan altanero cuando te metías en su habitación. Más de una vez he descubierto tus jueguecitos. A mí no se me engaña tan fácilmente como a mi madre.

Esta vez, había ido demasiado lejos, y Agripa perdió la sangre fría.

–Yo, cuando me viene en gana acostarme con una mujer, no ordeno que le corten la cabeza si rehusa.

Enseguida lamentó esas palabras al ver que ella rompía a llorar.

–¡Sí, pequé! Por suerte, Pedro me ha dicho que el Bendito me perdonará el día del Juicio.

Agripa no daba crédito a sus oídos. ¿Acaso Salomé se había adherido en secreto a aquella secta de iluminados? Para averiguarlo, debía proceder con tacto.

–Te pido perdón. No debería haber sacado a colación ese triste suceso.

Además, el único culpable fue tu padrastro. Tú no eras más que una niña por aquel entonces.

–Fue culpa mía. Juan Bautista me había rechazado tildándome de ramera, y

yo me aproveché de la pasión que despertaba en mi padrastro para vengarme. Incluso lo excité bailando delante de él. Un justo murió por mi culpa, y por eso temo tanto que envíes a Pedro a la muerte.

–Te repito que no corre ningún riesgo. Tienes razón, ese Pedro es un hombre admirable.

–¡Más incluso de lo que tú crees! No he sufrido ni una sola pesadilla desde que hablé con él. Por eso me preocupo tanto por él. El emperador es capaz de todo. Tú mismo me has dicho que manda sustituir la cabeza de Zeus por la suya en las estatuas y que quería nombrar cónsul a su caballo. Si está perturbado hasta ese punto, nadie sabe cómo va a recibir a Pedro. Acuérdate de Simón.

–Pedro realiza milagros verdaderos y no trucos de magia. El puede devolver la razón a Cayo.

–Sí, puede hacerlo.

–Y Cayo me otorgará la corona de Salomón. Tú serás reina. Siempre has soñado con ello.

–Ya no. Lo único que importa es el reino de Dios y su justicia, decía Yeshua.

–Comprendo que sus amigos veneren su memoria, pero ¿cómo han llegado al extremo de olvidar que un hombre muere sólo una vez?

–Yeshua era quizás algo más que un hombre.

Al ver que los ojos de Salomé despedían el brillo característico de los fanáticos, Agripa supo que el mal estaba muy avanzado. ¡La Maldita secta!

En lugar de sembrar el desorden entre los partidarios del sumo sacerdote de Jerusalén, se dedicaba a convertir a la esposa del tetrarca de Galilea.

Roma, mayo del año 38

En un primer momento reservadas para Calígula e Incitatus, las representaciones de las caballerizas se habían abierto a un público selecto.

La célebre cortesana Piralis no había ocultado su admiración por el talento de una mujer que no tenía el amor como oficio. Pese a las consignas de guardar silencio, las historias de las proezas de Mesalina se propagaban.

Prevenidos por una amable amiga, los padres de la actriz vivían en la zozobra. Barbato le pidió que renunciase al teatro, pero ella se excusó aduciendo que actuaba por órdenes del emperador. El hombre no insistió: la vergüenza de ser el padre de una licenciosa le parecía infinitamente preferible a la enemistad del emperador y, por otra parte, estaba bastante satisfecho de ver que una persona tan ilustre como Claudio había pasado a engrosar su cofradía.

–Los Verdes callarán -aseguró para tranquilizar a su esposa-. Más les conviene.

–No están sólo los Verdes. Es que ella no pierde ocasión alguna. La otra noche, durante la cena, me fijé en que Hermógenes, el pinche de cocina, respiraba muy fuerte. Pues bien, ella se servía en el plato con la mano derecha, ¡y con la izquierda, le estaba haciendo mojar la túnica! ¡Y eso sin dejar de hablar con su marido, que no sospechaba nada, el pobre imbécil!

–Debería conducirse con más prudencia.

–¡Prudencia! ¡Si se exhibe en un espectáculo! ¡Seis aurigas a la vez! ¡Por lo visto le han puesto el mote de «la Venus verde»!

–¿Quién sabe si la obra es tan indecente como aseguran? Ni tu ni yo hemos asistido a ella.

–¡Sería el colmo!

–Tus amigas no la han visto tampoco. Quizá se trate de una alegoría en la que nuestra hija, por su belleza, representa el papel de Venus recibiendo la manzana del pastor Paris.

–¡La manzana! Y en lugar de una manzana… ¡ Ah, no me hagas decir barbaridades!

Lépida descargó su cólera propinando un puñetazo a la cama conyugal, la misma que, unos meses atrás, había prestado llena de esperanzas a su primo para que desvirgara a su hija.

–¡Cálmate, mujer!

–¡La Venus verde! Cuando él se entere, la repudiará.

–Tal vez no sea algo tan malo después de todo.

–¿Cómo puedes decir eso?

–¡Está visto que las mujeres no entienden nada de política! ¿Te crees que Calígula va a vivir mucho tiempo todavía? ¿No has reparado en que, desde la marcha de su Drusila, se lo ve con más mala cara que un esclavo de las minas de Cerdeña?

–¡Pues precisamente por eso! Si se muere, Claudio será emperador.

–No. El Senado nunca elegirá a un contrahecho. En mi opinión, escogerán a uno de entre ellos, con lo que Domicio Ahenobarbo tiene muchas posibilidades.

–¿Y eso de qué nos sirve? Tanto da que sea él o que sea otro.

Barbato aprovechó para tomarse una pequeña revancha.

–Hombre, ya sabes que nuestra hija le gustaba tanto que se pasaba el día metido en esta casa. Estaba loco por ella.

–Pero si está casado -replicó Lépida, molesta.

–¡Y qué! Repudiará a Agripina. De todas formas, no la soporta. En tiempos de Tiberio, le sacudía todas las mañanas, como a una alfombra.

–Tiene un hijo.

–Si se casa con Mesalina, en cuanto ella le procure un descendiente, le otorgará preferencia frente al hijo de una mujer que detesta. En cuanto a ti, serás la suegra del emperador.

Al contemplar esta perspectiva, Lépida se olvidó de la herida en su amor propio.

–Cierto: ella sabría hechizar a cualquier hombre para casarse con el. ¡Y

entonces, se acabarán los devaneos con aurigas, gladiadores y negros!

Ahenobarbo nunca se resignaría a ser el rey de los cornudos, como Claudio.

Discretamente, Barbato saboreó el placer de saberse por fin destronado.

Roma, mayo del año 38

El gran teatro de Marcelo estaba lleno a rebosar: resultaba peligroso no asistir a tina obra recomendada por el emperador. En el extremo de cada fila, se erguía un miembro de la guardia pretoriana armado como invitación militar a aplaudir con enfervorecido entusiasmo. A un maleducado que había osado bostezar, lo habían arrancado de su localidad y tras despertarlo con una lluvia de golpes, se lo habían llevado a un destino desconocido.

Calígula ocupaba un palco lateral que le permitía no perder de vista a los espectadores. En la primera fila, las vestales, acostumbradas a las ceremonias interminables, parecían petrificadas dentro de sus inmaculadas estolas. Tras ellas se alineaban los magistrados, cónsules y senadores en un despliegue de togas bordadas de púrpura, hasta la primera de las catorce hileras de gradas destinadas a los miembros de la clase ecuestre. Detrás de los caballeros, se apiñaba el público popular, reclutado a la fuerza en el Foro y en las calles para hacer bulto.

La acción transcurría en Egipto, y un recitante declamaba en griego rebuscados poemas. Los actores, con máscaras de chacal, león, halcón o cocodrilo, representaban el papel de dioses. Nada había más alejado de la mentalidad romana que aquella exhibición de fieras. La desventura de la hermana divina que busca los trozos del cuerpo de su hermano para reconstituirlo y devolverle la vida parecía, a orillas del Tíber, una grotesca fantasmagoría. En el palco imperial, Claudio dormía a pierna suelta, con la mano posada sobre el muslo de Mesalina. Agripina urdía sus planes sin dirigir una mirada al espectáculo. Envarado en su túnica de pliegues irreprochables, Barbato se aburría con distinción junto a Lépida, que vigilaba a su hija.

En el escenario, Cleopatra recibía la visita de un barquero que llevaba a hombros una enorme alfombra enrollada. Con un hábil gesto, éste la extendió ante el trono de la soberana y de ella surgió un hombre, cuyo pico de águila evocaba a César. Los asistentes emitieron un «¡oh!» de estupefacción ante aquella inversión de los papeles.

–Yo te saludo, reina -dijo el gran Julio con la potente voz del actor Apeles-.

¿Podrías prestarme tus soldados? Son más valerosos que los míos.

En la tercera fila sonó un rugido de indignación. – ¡Mentira! ¡Eso es una descarada mentira! – grito Macrón. Tras concluir la obra, Calígula mandó que le llevaran al espectador que se había permitido bostezar. El hombre había recibido tal tunda que apenas se tenía en pie. Consciente de que su muerte era segura, temblaba como un azogado delante del emperador.

–No temas, amigo mío, no te deseo ningún mal. Sólo querría disipar el horrible aburrimiento que esta obra te ha infligido. Necesitas distracciones más insólitas, más sorprendentes. Veamos, ¿qué podría ofrecerte? – Se rascó despacio la cabeza, saboreando el terror de su víctima-. Ya está. Vas a partir, hoy mismo, hacia el reino de Mauritania. El viaje es más largo que la obra, pero como es mucho más variado, sin duda te distraerá. Con suerte, te toparás con piratas o con un naufragio. Es preciso de todos modos que te confíe una misión. ¿Qué podrías hacer allá? Claudio, ¿tú qué opinas? –

¿Una mi… mi…? – Una misión. Veo, tío, que tienes la cabeza en otra parte.

¿ Agripina?

–Eso no me interesa lo más mínimo.

–¿Lesbia?

–Podría traer púrpura o perfumes.

–No. ¿Mesalina?

–Esclavos negros de proporciones colosales.

–Se me ocurre una idea mejor. Secretario, toma nota: «A mi amigo, el rey de Mauritania: No hagas ni bien ni mal a este hombre que te envío. Cuídate y ámame.» Nunca una persona habrá ido tan lejos en balde.

–¡No le hagas ni bien ni mal! – repitió Mnester-. ¡Qué soberbia réplica, digna de una comedia!

–La vida es una comedia. Nosotros, las gentes de teatro, lo sabemos bien.

¿No es así, Mesalina?

Después de despedir al involuntario viajero, Calígula mandó llamar al prefecto del pretorio. ¡Aquella vez, se había excedido! Para recibirlo, eligió la máscara de la solicitud irónica.

–Siento mucho que no haya sido de tu agrado la obra, mi querido Macrón.

Por lo visto, le has encontrado errores.

–Sí, César. Todo el mundo sabe que era Cleopatra quien estaba dentro de la alfombra enrollada y no Julio. Pero considero más grave aún afirmar que sus soldados eran superiores a los nuestros. Un legionario romano es capaz de hacer huir a cincuenta egipcios.

–Tienes razón. De todas formas, tanto en el teatro como en la poesía, hay que conceder cierto margen a la fantasía. Ahora que lo pienso, ¿por qué

mantenemos tres legiones en Egipto? Si lo que afirmas es cierto, con una sola bastaría para imponer respeto a esos cobardes de piel oscura.

–Sí, César. De sobra.

–Me has dado una excelente idea. Flaco ha demostrado su ineptitud en Alejandría. Se ha puesto a los judíos en contra y comete demasiadas tonterías. Estaba decidido a deshacerme de él, pero no sabía a quién nombrar en su lugar. A decir verdad, ignoraba que conocieras tan bien los asuntos egipcios.

–Pero, César…

–Prepárate para partir. Te nombro prefecto de Egipto.

Aquél era el puesto más elevado al que podía aspirar un simple caballero.

De hecho, a la prefectura de Egipto se le atribuía el mismo valor que a todos los consulados. Aun así, Macrón sabía que esta designación lo privaría del mando, y por consiguiente también de la protección, de las cohortes pretorianas. Pensó en Sejano. ¿ Qué habría sentido al enterarse de su caída en desgracia?

Roma, mayo del año 38

Sentada en un banco de piedra del jardín, Enia pasaba el tiempo sumida en la tristeza. Cada día, desde su última conversación, había esperado que Cayo la mandara llamar. El no era un criminal; todo aquello debía formar parte de una pesadilla. No obstante, intuía que nunca reviviría la esperanza que había muerto en ella. Había perdido; el hombre al que amaba no era el mejor de los emperadores.

Su marido se paseaba una y otra vez delante de ella con la regularidad de un centinela, evidenciando lo mucho que pesaba la ociosidad a aquel hombre de acción. Ella iba a acompañarlo a Egipto en cuanto llegara la orden de partida.

La presencia del portero la arrancó de sus reflexiones. Tres enviados del emperador aguardaban a ser recibidos.

–¡Por fin! ¡Ya era hora! Hazlos venir -exclamó Macrón-. Pensaba que nunca se decidiría. Pronto nos marcharemos, Enia. Estoy seguro de que Egipto te va a gustar.

Ella asintió en silencio, con un nudo de angustia en la garganta.

Cuando los tres centuriones entraron en el jardín, advirtió que su marido se ponía tenso de modo casi imperceptible y comprendió horrorizada lo que ocurría.

El oficial de más edad se quitó el casco, dejando al descubierto una corta mata de pelo blanco. Parecía incómodo.

–Somos portadores de una orden del emperador que te concierne, tribuno.

–¡Pero si nos conocemos, centurión! – Macrón le dio una palmada amistosa en el hombro-. Tú serviste conmigo en Panonia hace mucho tiempo. Creo incluso recordar que fui yo quien te nombró primipilo. Habías resuelto hábilmente una situación delicada. ¿Qué era?

–Una ciudad fortificada -farfulló el centurión.

–Eso es. Sufrimos grandes bajas. Ah, me siento afortunado. No me habría gustado recibir el mensaje que me traes de manos de un desconocido. ¿Cuál es la consigna?

–Todo debe haber acabado cuando regresemos dentro de una hora.

–Así será. Antes de que os vayáis tú y tus hombres, os ruego que aceptéis una copa de un vino que guardaba para las grandes ocasiones. Esta es una de ellas.

Enia lo contemplaba a través de una bruma de lágrimas. No había el menor tinte de afectación ni de teatralidad en su actitud.

Ella reunió la fuerza para levantarse y tomar el ánfora de las manos del esclavo para servir ella misma a los invitados. Cuando llenó la copa de su marido, leyó en sus ojos que estaba orgulloso de ella. Bebieron por las futuras victorias de Roma.

–Volved dentro de una hora. Adiós, amigos míos.

En cuanto se hubieron alejado los soldados, Macrón le dio sus últimas recomendaciones.

–Sé prudente, Enia. Va a matar a mucha gente. Vete a vivir lo más lejos posible de Roma y procura que se olviden de ti.

–Quiero morir contigo -declaró ella, fijando la vista en su rostro-. Antes, sin embargo, he de escribir una carta. Drusila debe saberlo.

Hablaba en un tono tan resuelto que él no intentó siquiera convencerla de que siguiera con vida.

Macrón esperó a que ella terminase la carta para llamar a su liberto de confianza. Se trataba de un soldado retirado de sienes grises. Éste, que ya estaba al corriente de la situación, mantenía las mandíbulas prietas esforzándose por no turbar a su amo en el cumplimiento de su última tarea.

–Lleva esta carta al lanista Graco -le indicó Enia-. Es preciso que se la entregues en persona y con la mayor discreción.

–No vamos a poder llevarte a Egipto -añadió Macrón-. Estoy satisfecho de tus servicios y no te he olvidado en mi testamento. Ahora necesito tu ayuda para emprender otro viaje.

El hombre no pestañeó.

–Siempre has sido bueno conmigo. Entregaré la carta y te ayudaré. ¿Tienes otras órdenes?

–Todavía hay tiempo para llamar a nuestro médico -dijo Macrón a Enia.

–No. Nada de veneno. Quiero morir a tus manos. Macrón se estremeció.

Ella lo miró como si lo viera por primera vez.

–Estaba equivocada. Eras tú.

En la cara de él se dibujó la radiante sonrisa del enamorado a quien la mujer largo tiempo cortejada confiesa por fin que lo ama.

Macrón se volvió hacia su asistente.

–¿Querrías traerme la espada?

La voz no le habría temblado menos si le hubiera pedido que fuera a buscarle las sandalias.

Ese mismo mes, Calígula envió a los centuriones a casa de uno de los miembros más relevantes del Senado. Marco Julio Silano Tiberio le había concedido el privilegio de hablar el primero durante los debates. Era el padre de Junia Claudia, con quien el futuro emperador se había casado en Capri y que había muerto al poco tiempo víctima de un accidente. Nada se le podía reprochar a Silano. Calígula aseguró no obstante que se había negado a acompañarlo a Pandateria cuando había ido a recuperar las cenizas de su madre. Alegó además que el senador planeaba hacerse con el poder en Roma en caso de naufragio del navío imperial.

Todo el mundo comprendió que el delito de Silano era el mismo que el de Macrón. Aquel anciano sentencioso se empeñaba en prodigar consejos. En Roma ya no había lugar para esa clase de personas.

Rodas-Roma, mayo del año 38

Drusila quedó aterrada por la carta de ultratumba. En aquellas palabras afectuosas y desoladas leía sólo su culpa. Cayo había sucumbido a aquella locura asesina a causa de ella. Debía regresar urgentemente a Roma, aunque para ello tuviese que violar su solemne juramento. Los dioses nunca le perdonarían aquel desafío. Corría hacia su perdición, pero se negaba a asumir el papel de espectadora de una tragedia que sólo ella podía evitar.

Obcecada por su ambición, Agripina no movería un dedo por su hermano.

Claudio tenía miedo hasta de su propia sombra. Los cortesanos eran serviles, los senadores estaban empavorecidos. No existía más que un medio para devolver la razón a Cayo, y ella lo conocía por haberlo aplicado.

Su marido puso a su disposición la liburna rápida de que disponía la isla.

No le formuló pregunta alguna, pues había resuelto de una vez por todas mantenerse a una distancia prudente de todo lo relativo a la familia imperial.

Durante el viaje, Drusila no salió ni una vez de su camarote, pues se había apoderado de ella un abatimiento que provocó temor entre sus sirvientes.

Experimentaba una terrible cólera contra su pusilanimidad y sus vacilaciones. ¿Acaso era ella una vestal? ¿Por qué se concedía tanta importancia a su virtud? ¿Acaso la suerte de Un imperio no justificaba ese sacrificio de su vida y su felicidad? Por otra parte, Cayo no estaba sometido a las leyes ordinarias, con lo que ella no cometía falta alguna plegándose a su voluntad.

Una vez hilado ese razonamiento, los argumentos contrarios se agolparon en su mente. En vano buscaba excusas: el incesto constituía un delito abominable. Los dioses ya la habían puesto sobre aviso privándola de la maternidad. Fedra, la hija de Minos y de Pasifae, se había perdido sólo por haberse prendado del hijo de su marido, ¡y ella misma osaba plantearse la posibilidad de convertirse en concubina de su hermano! La venganza divina sería más terrible todavía.

La verdad se le presentaba terrible y cegadora. No, ella no era una víctima.

Compartía su parte de responsabilidad en el delito. Profesaba el amor prohibido. De lo contrario, ¿por qué no había llegado a interesarle ni a

atraerle ningún otro hombre aparte de su hermano? ¿Por qué nunca había hallado el placer en otros brazos?

Al llegar a Roma, era tal su estado de ansiedad que se encerró en el apartamento de Livia, adonde no admitió más que a sus hermanas.

Calígula no la visitó sino hasta tres días más tarde. Cuando lo vio aparecer ante ella, olvidó por completo todo el discurso que había ensayado mentalmente y estalló en reproches amargos y espontáneos.

–¡Qué abominación, Cayo! ¿Cómo pudiste matar a Gemelo, que te quería tanto? ¡Es monstruoso! ¿No te das cuenta de lo que has hecho?

Notó que se ponía rígido, como el perro que se dispone a morder.

–¿Tú osas pedirme cuentas después de haberme abandonado?

–¿ Cómo pudiste provocar la muerte de mi amiga Enia -prosiguió, con la voz entrecortada de sollozos-, a quien yo había pedido que velara por ti?

–Ella misma acabó con su vida. ¿Qué necesidad tenía de irse con ese imbécil?

–Ella te quería.

–Lo fingía. Como tú. Nadie me quiere.

Durante un largo rato permanecieron en silencio, cara a cara. Ella no sabía qué decirle a ese desconocido que la fulminaba con la mirada. Todo había muerto entre ellos. La asaltó la impresión de vagar por el país de las sombras. Había descendido a los infiernos como Perséfone y ya nunca volvería a contemplar la luz del sol. Con la cabeza gacha para eludir su cólera, lo único que vislumbraba de él, bajo la toga, era dos pies calzados con sandalias ceñidas con hilos de oro, como las que llevaban las cortesanas. Se sorprendió pensando que le parecía un atuendo de un increíble mal gusto mientras contaba de modo maquinal las intersecciones

que ascendían por la peluda pierna.

No sabía cuánto tiempo llevaba esperando a que él se dignara hablarle.

¿Una hora, un día, tal vez? Entonces oyó una vocecilla vacilante.

–¿Cuándo te marchas de nuevo, Drusila?

Levantó la vista, asombrada. La máscara de odio había caído. Volvió a ver la cara de Cayo cuando era niño, con sus grandes ojos inocentes llenos de esperanza y ternura. Después la visión se disipó como un espejismo, y las tiernas comisuras de los labios se crisparon en un rictus de aborrecimiento.

Había llegado el momento de comunicarle su decisión, pero, si pronunciaba aquellas palabras, no habría vuelta atrás; tomaría una vía que la conducía a su perdición. No obstante, sólo aquellas palabras de amor podían salvar a su hermano y, ante la idea de sacrificarse por él, la recorrió una oleada de atemorizada dicha.

–He decidido vivir aquí.

–¿Vivir aquí? – repitió él.

–Sí, ya no me marcharé.

–¿No te marcharás? – prosiguió él, como un eco.

–No.

–¿Nunca más?

La esperanza vehemente que vibraba en su voz acabó de decidirla.

–No. Quiero quedarme cerca de ti. Ya nada nos separará.

–¿Muy cerca? – murmuró él tan bajo que ella, más que oír lo que decía, lo adivinó-. ¿Como cuando me curaste?

–Sí.

Recuperando su rostro de niño, la tomó en sus brazos y la estrechó tan fuerte contra sí que le hizo daño. Le besaba la frente, los ojos, la boca.

Parecía incapaz de detenerse.

–¡Si tú supieras, Drusila…!

Relajó el abrazo y, caminando de un lado a otro sin despegar los ojos de ella, le refirió en desorden las noches de insomnio, la bajeza de los senadores, las conjuras que lo amenazaban, los celos de Júpiter. De ser cierto lo que contaba, únicamente Incitatus lo había comprendido y ayudado.

Ella no buscaba sentido a sus palabras, feliz de dejarse mecer por aquella voz que creía que nunca volvería a oír. No, no todo estaba perdido. Su amor lo salvaría y los dioses no le reprocharían aquella obra pía. Cuando Cayo hizo una pausa, ella intentó sustraerlo a su delirio.

–Lesbia vino ayer. Esta vez parece seguro que va a casarse.

–Yo también lo creo -concedió él, entrando en el juego-, aunque si fuera el esposo, no me forjaría demasiadas ilusiones. Al final, acabará divorciándose otra vez. ¿Has visto a Agripina?

–Sí. Estuvo muy amable conmigo.

–¿Amable? ¡Humm! Supongo que te habló sobre todo de su hijo, ¿no?

–No me habló de otra cosa. Nerón esto, Nerón lo otro.

–No lo nombres, por favor, con tanta familiaridad. Olvidas todos sus títulos: Nerón Imperator, Gran Pontífice, Augur, revestido de la potencia tribuna.

Así es como ella quiere que lo llamemos.

Berreó con furia para imitar al bebé y después recorrió la habitación simulando que lo llevaba en los brazos con la misma solemnidad con que se portaban los Libros Sibilinos. Drusila aplaudió y juntos rieron por aquella complicidad recobrada. Para divertirla aún más, remedó uno a uno a todos los miembros de la familia imperial, ladeó la cabeza tartamudeando los

«¡bonita!» de Claudio, puso los ojos desorbitados de cólera de Ahenobarbo, caminó con pasitos cortos arreglándose los pliegues de la toga como Barbato, contoneó las caderas esbozando el mohín tenue y cautivador de Mesalina.

–¡Ella me encanta! ¡Qué temperamento! Actúa en una obra mía en la que seis aurigas de los Verdes comparten sus favores. ¡Seis a la vez! Pues bien, al bajar el telón, ella estaría más que dispuesta a empezar de nuevo.

–¿Padece ninfomanía?

–No padece nada. Simplemente, el amor le infunde fuerzas en lugar de quitárselas. No se cansaría aunque le pasara por encima una legión. Ha recibido ese don de Venus.

Acudió a sentarse en el diván junto a su hermana y le tomó la mano, que cubrió de besos.

–¡Qué alegría me das! No alcanzo a creer que te quedarás para siempre.

–Quisiera hacerte una petición.

–¿Para qué? Ya sabes que la tienes concedida de antemano. Habla, pues.

–Quiero que Roma alabe de nuevo la bondad de su emperador. ¡Sé bueno!

¡Ya sufrimos mucho con la dureza de Tiberio!

–Concedido. Aplicaré la receta del rabino.

–¿La receta del rabino?

–Ah, no lo conoces. Era un maestro judío cuyas enseñanzas se resumían en:

«Amaos los unos a los otros.» Pretendía incluso que uno presentara la mejilla izquierda tras haber recibido una bofetada en la derecha.

–No te pido tanto. Sé solamente tú mismo. Tú eres bueno.

–Yo también querría hacerte una petición.

La miró de soslayo, como el niño que observa con disimulo el efecto de pedir un juguete que sale de lo normal.

–¡Casémonos, Drusila!

–Ya sabes que eso no es posible.

–Yo soy faraón y por tanto me asiste el derecho de casarme con mi hermana.

–En Egipto, no en Roma.

–En Roma, lo puedo todo -insistió, poniendo cara larga-. Yo soy el emperador.

Drusila buscó una escapatoria.

–Es verdad, pero ¿sabes? Esta boda haría sonreír a mis amigas. Me pondrían el sobrenombre de «la nueva Cleopatra». No quiero que se burlen de mí.

–¡Que se atrevan!

–De todas maneras, no tenemos necesidad de una ceremonia. Seré tu esposa sin que se sepa. En eso consistirá nuestro secreto.

–De acuerdo, pero es preciso de todos modos que tú te cases.

–Ya estoy casada.

–No -replicó él con gesto de impaciencia-. Tiberio te impuso a ese hombre.

¡Te divorciarás cuanto antes de ese maldito Casio Longino!

–Se casó conmigo cumpliendo órdenes, y me trató bien.

–No soporto la idea de que haya osado… ¡El muy impúdico! ¡Qué atrevimiento!

–Júrame que no te vengarás de él. Me has prometido ser bueno.

–Lo seré, pero lo quiero fuera de mi vista. ¡Que se quede en Rodas, si lo desea, hasta el fin de sus días! Le prohibo aparecer en Roma. Me encargaré de que tu próximo marido no te roce siquiera la mano.

–¿Con quién quieres que me case?

–¿Qué opinas de Emilio Lépido?

–¿Por qué él?

–No está casado, lo que simplifica las cosas, y goza de gran aprecio entre los carcamales del Senado a los que elogia sin perder ocasión. Ellos lo consideran un joven brillante. Se sentirán halagados con esta unión. No tienes nada que temer de él. Hará todo lo que yo le diga. Es más asustadizo que una liebre.

–De acuerdo. Me casaré con Emilio Lépido.

–Ni siquiera te rozará la mano.

La miró con un deseo tan evidente que ella se ruborizó.

Durante las horas posteriores, Drusila aguardó su llegada con una mezcla de vergüenza e impaciencia.

Al caer la noche, él subió con el corazón palpitante la escalera secreta que había construido Augusto para reunirse con Livia. De madrugada, se echó a temblar con tanta violencia que a Drusila le dio miedo. En realidad, temblaba de felicidad. Era tanto su contento que no se avenía a separarse de ella. Le anunció que había recibido en sueños la advertencia de que debía acallar a Zeus. El rey de los dioses se estaba propasando.

–Mandaré instalar en el tejado del Palatino una máquina que hablará más fuerte que él.

Drusila escuchó aquel desatino sin dejar entrever la menor sorpresa. Estaba muy enfermo, pero ella lo curaría.

–¿No temes que ese ruido nos moleste?

–Para nada. Será armonioso. – A continuación se extendió en explicaciones.

En el teatro se conseguía, con ayuda de valvas marinas, ese tipo de efecto.

Bastaría con colocar sobre el techo una trompa en la que penetrase el viento. Ella tuvo que pedirle varias veces que se vistiera para acudir a la salutatio donde lo aguardaba desde hacía largo rato la clientela imperial.

En el transcurso de la mañana, Drusila visitó a Claudio. Cuando éste se secó los labios en su mejilla, reconoció con placer aquel pequeño sinsabor afectuoso de su infancia. A continuación le presentó a su esposa. Por las descripciones de Cayo, Drusila esperaba encontrarse con una desvergonzada. En cambio, descubrió con asombro a una guapa muchacha apenas salida de la infancia que, con las manos cruzadas encima de la estola en ademán juicioso, posaba en su marido una mirada admirativa, cándida y respetuosa. Como una colegiala aplicada, se humedecía de vez en cuando los labios con la punta de la lengua. ¿Se trataba de la misma lúbrica actriz que actuaba con seis parejas? Tras dispensarle unas cuantas palabras de bienvenida, Mesalina se levantó para dejar a solas a su marido con la recién llegada. Tras dedicarle la reverencia con genuflexión que las madres recomendaban a las niñas cuando se dirigieran a un alto personaje, se encaminó a la puerta con un liviano paso de bailarina.

Claudio resplandecía de orgullo.

–¿Qué te parece?

–Es muy joven, muy hermosa y muy bien educada. Sin duda eres un hombre feliz, tío.

–Más de lo que crees. Posee todas las cualidades deseables menos una.

–¿Cuál?

–No es ahorradora. Aunque no me importa; merece que uno se arruine por ella. ¡Pone tanto interés en complacerme! ¡Es tan atenta, tan divertida!

¡Fíjate, me llama su Bibendum! Dice que bebo un poco más de la cuenta y cree que bibendum es el supino del verbo bibere. ¡Confundir un gerundio con un supino! ¿No es adorable? Y además es muy respetuosa con los usos, muy piadosa. Profesa un culto especial por Venus. ¡Hay que reconocer que Venus fue pródiga con ella! Si supieras… -Se detuvo al borde de las confidencias de alcoba y cambió de tema-. Tu llegada supone un acontecimiento doblemente feliz, para la familia y para Roma. Desde tu marcha, todo ha ido de mal en peor. Cayo te echaba mucho de menos.

Por su incomodidad patente, ella dedujo que juzgaba el incesto como una abominación. Nadie en la familia imperial ignoraba hasta dónde había llegado el afecto entre hermano y hermana.

–Sólo tú -continuó- ejerces cierto ascendiente sobre él. Se comporta de una forma que nos inquieta a todos. A veces tiene ideas raras.

–Lo sé. Llevo poco tiempo aquí y ya me ha hablado de ahogar la voz de Júpiter con una máquina y de nombrar cónsul a su caballo. Sinceramente, tío, ¿crees que ha perdido la razón?

–No, no es eso, no está loco. Como dice Mesalina, la personificación del sentido común, es un artista. Cree que todo el mundo está en el teatro.

¡Imagínate: la hace salir a escena, a ella que es tan tímida! Según él, ella rebosa talento. Hay que reconocer que Cayo la quiere mucho, pero ¿quién no querría a Mesalina? Es tan…

Drusila lo interrumpió. Había cuestiones más importantes de que hablar.

–¿Qué piensan de él en Roma? ¿Qué comentan en el Senado?

–Que está mal de la cabeza, pero eso no demuestra nada. Los senadores tienen una cuenta pendiente con el régimen. Ya trataban de loco a Tiberio, que no se entregaba a ninguna extravagancia.

–Pero veamos, ¿por qué ordenó la muerte del pobre Gemelo?

Drusila advirtió la sombra del miedo en el ancho rostro colorado.

–La política. La razón de Estado. ¡ Ay, es bien triste!

–¿Y Macrón? ¿Había algún motivo para mandarle a los centuriones?

–¡La política, la política! Pero, volviendo a tu pregunta, Cayo está en su sano juicio. Le gusta la provocación. Obliga a los senadores a correr detrás de su litera. Tu hermano quiere divertirse, Drusila. No es consciente de que, habida cuenta de la posición que ocupa, sus bromas resultan peligrosas. Si asevera que su caballo va a ser cónsul, es para ridiculizar al Senado que nombra a los cónsules. La máquina para imitar la voz de Zeus constituye una burla de la manera de entender la religión de los romanos. Entre nosotros, no le falta razón; nuestros flámines y nuestros augures a menudo mueven a risa, pero forma parte de nuestro culto.

–De niño, él sólo rezaba a Isis.

–Sí, prefiere los dioses de Oriente. Quiere cambiarlo todo. Me ha anunciado que quería proclamar parilia el día del aniversario de su advenimiento, llamarlo por el nombre que conmemora la fundación de la ciudad.

¡Cualquiera diría que pretende erigir Roma de nuevo! En eso se equivoca.

Roma es un edificio muy viejo, que se debe tocar con precaución. Hay que mostrar un gran respeto por las magistraturas. Tiberio se levantaba al paso de los cónsules, recibía siempre con talante amistoso a los senadores, después de ordenar que los registraran por su temor a los atentados. El Senado se torna tanto más peligroso cuanto peor trato recibe.

–Habla con él, tío. Valorará mucho tus consejos.

–¡ Ah, yo no me ocupo de la política! – declinó Claudio, levantando los brazos-. ¡A cada uno su oficio! Además, Cayo ya sabe todo eso. Es muy inteligente y el mejor orador de Roma.

–Yo creía que ese honor correspondía a Séneca.

–Tienes razón, Séneca era el mejor orador, pero no pronuncia discursos desde hace tiempo. Tu hermano estaba un poco… ¿cómo decirlo? No celoso, pero sí susceptible. No le gusta que lo aventajen en algo.

–Se habrá granjeado muchas enemistades, ¿no?

–Demasiadas. Olvida que los romanos no poseen una inteligencia como la suya. El romano es valiente como un león, y resistente como un mulo, pero en cuanto le mencionan una novedad, se vuelve más necio que un asno.

Satisfecho de su símil, repitió dos veces aquel stultior asino que todos los escolares romanos aprendían para practicar el comparativo.

–Todo se arreglará, ahora que estás aquí -prosiguió-. Me alegro de que Mesalina te haya causado una buena impresión. Seguro que seréis grandes amigas.

Drusila soportó de nuevo su beso húmedo. Aunque no cabía esperar mucha ayuda de él, su conversación la había reconfortado.

La empresa en la que se había embarcado se erguía ante ella como una muralla.

Roma-Chipre, junio del año 38

A fin de que todos compartieran su felicidad, Calígula se había vuelto a convertir en el dechado de bondad que había sido durante los primeros meses de su reinado. De nuevo se indultó a los condenados a muerte. Los juicios se suspendieron, para infundir un ánimo festivo a los acusados. Un edicto prohibió llevar luto para no entristecer a los viandantes, y se suprimió el periodo de celibato para las viudas con objeto de facilitar los nuevos casamientos.

La boda de Drusila fue suntuosa. La noche de bodas, el esposo oficial se puso en camino hacia su villa de Campania, regocijándose de la enorme suma con que el emperador había pagado su compromiso de no acercarse jamás a su mujer. A partir del día siguiente, ésta pasaba todos los días unas horas en su domicilio romano para honrar a sus nuevos lares, recibir a sus amigas y guardar las apariencias. Por la noche, se reunía con su hermano en el apartamento de Livia. Cayo, feliz, no albergaba la menor sospecha del conflicto que la desgarraba. Cada noche, el violento placer que hallaba en sus brazos la reafirmaba en su certidumbre de ser una criminal.

El anuncio de la partida del emperador hacia Oriente no sorprendió a nadie; de hecho ésta ya debería haberse producido. Tras su subida al trono, Augusto y Tiberio se habían apresurado a ir a recibir el homenaje de los reinos vasallos, pero Egipto, provincia rocana, no entraba en esa categoría.

Calígula mantenía en secreto sus intenciones. Al abandonar Chipre, que está próxima a Alejandría, había previsto que su embarcación se separase de la flota para realizar un crucero del que hablaba con exaltación a Drusila, sin advertir que ella fingía su entusiasmo y estaba cada día un poco más cansada.

El inicio del viaje fue deslumbrante. Seis navíos de guerra escoltaban el bajel imperial, obra maestra de un ingeniero naval de Miseno. Aparte de ofrecer las más refinadas comodidades a los pasajeros, éste iba equipado con una novedosa clase de aparejo que le imprimía impulso al menor soplo de viento. Los rubios brutos de la guardia germana no se vestían con la

casaca roja de los remeros más que en los puertos, por la belleza del espectáculo.

Calígula bromeaba con los marineros, que lo adoraban con la devoción que sentía el pueblo llano romano por el hijo de Germánico. Trabajaba en compañía de sus colaboradores próximos pues se enfrentaba a una tarea sobrehumana. El Imperio era una yuxtaposición de colonias romanas, de ciudades libres, aliadas o tributarias y de territorios dependientes de un monarca local, del pueblo romano o de la casa imperial. Desde que, un siglo atrás, Pompeya se había apoderado de Siria y había reorganizado Anatolia, no se había modificado ese mosaico cuyos contornos era ya hora de precisar. En la oficina imperial flotante, se oían constantemente sonoros nombres: principados de Tracia, reinos de Ponto, Capadocia, Teucria, Cilicia, Comana, Emesa, Comagene, tetrarquías de Abilene o de Galilea.

Por la noche, antes de reunirse con Drusila en su camarote de paredes revestidas de maderas nobles, Calígula subía al puente para mantener su coloquio con los astros. Había elegido a Castor y Pólux, los divinos hermanos de Helena, como protectores del viaje. Siempre que hacían una escala, los ciudadanos lo aclamaban y se referían a él por sus rimbombantes títulos de estratega, estefanóforo o hiparca. Para oír los discursos de bienvenida, instalaban a la derecha de su trono un asiento ligeramente menos suntuoso. Drusila se sentaba en él, cada vez más callada, hierática y remota, como esforzándose por perfeccionar su metamorfosis en una de las diosas cuyas estatuas esculpían los artistas a su semejanza por orden de Calígula.

En cada una de las escalas, el emperador desgranaba un rosario de favores.

Ordenó reconstruir Samos, asolada por un terremoto. Enriqueció la herencia del rey Cotis de Tracia antes de dividirla entre los tres hijos de éste, descendientes de Marco Antonio por línea materna. Asimismo, mandó entregar cien millones de sestercios al rey Antíoco de Comagene, de cuyo tesoro se había apoderado Tiberio.

La flota puso por fin rumbo a la isla de Afrodita, adonde Calígula había convocado a los reyes, príncipes y jerarcas de Oriente.

Por la noche, exponía su gran designio a su hermana. Su unión divina, sublime hierogamia, iba a reparar la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en Actium. El amor de ambos volvería a encender la llama de Oriente que Augusto, romano mezquino corto de ideas, había apagado. De este modo, la Roma refundada presidiría el oecumenos, la gran reconciliación del universo.

Acurrucada contra él, Drusila lo escuchaba deslumbrada. El se dormía por fin, y ella contaba las horas. Con cada una de ellas se aproximaba más la venganza de los dioses.

Tiberíades-Salamina, junio del año 38

Pedro entró en el palacio después del anochecer, por la portezuela reservada para los proveedores. En el seno de la comunidad, Santiago le hacía la vida imposible a raíz de su negativa a obligar a circuncidar a los gentiles que ingresaban en la secta. Al pescador no le interesaba en absoluto que lo tomasen por un informador del tetrarca amigo de los romanos.

–Debo ir a Chipre; el César me ha convocado allí -le comunicó Agripa-. Si aún deseas conocerlo, no será necesario que emprendas el largo viaje hasta Roma. Roma acude a nosotros.

–En Chipre o en otra parte, tanto da. Te acompañaré, pero nadie debe saberlo.

–Tranquilízate, que no te pido que compartas las comidas ni el camarote conmigo. Serás un pasajero como los demás.

Embarcaron dos días más tarde en Cesárea. Pedro pasó la travesía en el entrepuente. Allí logró convencer a un tintorero judío de Sidón de que Yeshua era el Mesías anunciado por los profetas. Un sirio de Palmira, que escoltaba un cargamento de sedas de Seres, condicionó su ingreso en la secta al desenlace de la controversia sobre la circuncisión de los gentiles,

pues era reacio a cumplir con aquella formalidad.

Agripa afrontaba con aprensión la primera entrevista con su antiguo alumno. ¿Cómo lo recibiría éste? ¿Habría hecho bien en ir acompañado del sucesor de Yeshua? Se sintió aliviado cuando en la gran sala del palacio, Calígula acudió a su encuentro con los brazos abiertos.

–Sé bienvenido, oh mi venerado maestro. ¿Los amigos de Yeshua han socavado el poder del sumo sacerdote?

–Lo harán, pero se precisa más tiempo.

–Sabes que no me gusta esperar. ¿Podrás instalar mi estatua en el templo, sí o no?

–Es aún pronto para eso. Recuerda lo que sucedió cuando Pilatos quiso introducir algunas banderas en el recinto del templo: los sacerdotes ocasionaron un baño de sangre en el país.

–¡Nada de sangre! Yo quiero reinar por medio de la bondad. ¿En qué impide mi estatua a esos malditos judíos adorar a su dios único? No hay pueblo con más remilgos en todo el Imperio. ¡Qué fanatismo!

–Por eso mismo hay que bajarles los humos a esos beatos obtusos e intolerantes. Los nuevos judíos son diferentes. El gusano roe ya el fruto.

–¿Su secta acepta los dioses de los demás?

–No exactamente, pero sigue la vía de la tolerancia. Sostiene que su maestro era dios e hijo de dios. Eso suma dos dioses. Es un avance.

–¿Son numerosos?

–No, integran una pequeña comunidad, pero todos son muy activos. A bordo de mi barco, he visto a su jefe, Pedro. Sin duda viene a propagar su doctrina en Chipre. Es un hombre sorprendente. Habla latín y griego sin que

nadie le enseñase tales lenguas.

–No te consideraba tan crédulo, príncipe.

–He sido testigo de dicho prodigio.

–¡No me vengas con eso, vamos!

–Lo oí hablar yo mismo, en persona.

–Debía de tener un amigo cerca, y el hombre se limitaba a mover los labios.

–Te aseguro que no. Ese Pedro es una persona asombrosa. No digo que sea el salvador del mundo que buscaba Tiberio, pues ambos sabemos que ese ser extraordinario no existe.

Calígula esbozó una sonrisa.

–Quizá no lo buscas allí donde está. Una cosa es segura, que no se revelará ante ti. ¡ Ah, tú ya no eres un oriental, príncipe! Te has vuelto más romano que los romanos. Siento curiosidad por conocer a un hombre que habla lenguas sin haberlas estudiado. Tráeme sin tardanza a esa rara ave.

Agripa no había dudado de su éxito. Conocía la afición por lo maravilloso de su imperial amigo. Antaño, lo había hecho memorizar los versos de las Geórgicas en los que Virgilio enumera los prodigios que siguieron a la muerte de Julio César, cuando los bueyes tomaron la palabra. El poeta no especificaba en qué idioma se habían expresado.

Al día siguiente, el príncipe y Pedro se presentaron por separado en el palacio. Cuando el viejo pescador compareció ante él, Calígula lo apostrofó en griego.

–¿Ya estás aquí, terror de los peces? ¿Qué vienes a venderme? ¿Qué llevas en el cesto? ¿Un mero? ¿Una merluza? ¿Una anguila? A mí me gusta el

pescado fresco, y seguro que el tuyo es del día.

–Has de saber que nunca he vendido pescado del día anterior -respondió el hombre en un griego intachable-. No obstante, abandoné ese oficio desde que camino por la senda del Señor.

Agripa advirtió que la estupefacción asomaba al semblante del emperador, que formuló la pregunta siguiente en latín.

–¿Dónde aprendiste el griego, amigo?

–No lo aprendí. La llama del Espíritu descendió sobre mí y mis hermanos.

Su latín era como el que hablaba el pueblo llano de Roma.

–¡Es increíble! – exclamó Calígula, incapaz de disimular su estupor-. No me engañabas, príncipe. Veamos, Pedro, tú que sabes lenguas sin haberlas aprendido, instrúyeme un poco. ¿Quién era Yeshua?

–El hijo del Dios vivo que padeció y murió en la cruz a fin de redimir nuestros pecados. El tercer día, resucitó de entre los muertos y descendió a los infiernos antes de subir a los cielos.

–Como Orfeo. ¿Buscaba a su Eurídice?

–No, César.

–¿Era él mismo un dios?

–Tú lo has dicho.

–¿Y su padre lo dejó morir víctima del mismo suplicio que los esclavos?

Vuestro dios es más cruel que Saturno, que devoró a sus hijos. ¿Tenéis entonces dos dioses?

–Adoramos al Único. Está encarnado en la persona del Bendito.

–Zeus hacía eso a menudo para gozar de una mortal. No para dejarse martirizar.

–Yeshua expió nuestros pecados.

–Debéis de ser unos grandes criminales. ¿Es cierto que admitís a los no circuncidados?

–Sí, César. La buena nueva está destinada a todos los hombres.

–¿Por qué rechazáis los dioses de los otros pueblos?

–Porque observamos la ley de Moisés.

–¿Qué haréis tú y tus amigos si coloco mi estatua en el templo de Jerusalén?

–Me desgarraré las vestiduras y me rociaré de ceniza la cabeza -contestó Pedro, sin perder un ápice de placidez. – ¿Eso es todo? – ¿Qué otra cosa podría hacer?

–¿No te alzarás en armas contra los romanos? ¿No capitanearás una revuelta?

–No. El Bendito nos ordenó dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. También nos dijo, poco antes de morir, que quien desenvainara la espada, por la espada moriría. – ¿Cuál es, según tú, la principal lección de Yeshua? – «Amaos los unos a los otros.» -¿Y cómo aplicáis este bello precepto? – Nos amamos con ternura. La nueva ley de amor dicta que el hermano ame a la hermana.

El emperador manifestó de repente un interés repentino por un interrogatorio que, hasta ese instante, había conducido con irónico distanciamiento.

–¿El hermano debe amar a su hermana?

–Yeshua nos dejó ese precepto.

–Es un precepto admirable. ¿Tu maestro no había viajado a Egipto?

–Cuentan que pasó tres años a la orilla del Nilo para aprender la sabiduría, pero yo nunca oí tal cosa de su boca.

–Esas cosas se mantienen en secreto.

Agripa se felicitó para sus adentros de que la conversación se desarrollara en latín. En griego, lengua que distingue el eros sensual del ágape espiritual, el malentendido se habría disipado enseguida.

–Si quieres instruirte en la doctrina de Yeshua, César, estoy a tu servicio.

–Por hoy ya he aprendido bastante. Tu secta me parece digna de encomio.

–Rezaré para que te sea concedida la luz.

En cuanto el pescador hubo franqueado la puerta, Calígula se dirigió a Agripa.

–Tenías razón, este hombre está dotado de poderes asombrosos. ¡Qué lástima que sea un inculto! ¡La cultura, amigo mío, la cultura! ¡Y él pretendía instruirme a mí! Su Yeshua estaba iniciado en los misterios de Isis. Es una pena que ese Sócrates no haya tenido un Platón y sus discípulos iletrados hayan interpretado al pie de la letra sus enseñanzas. ¡Mira qué idea, hacer partícipe de los misterios de Egipto a un pescador! Ese pobre hombre se imagina que su maestro es el hijo de un dios que se desdobló con el solo propósito de dejarse crucificar en Jerusalén.

–Sí, todos creen esa patraña.

–Da igual. De todas maneras son judíos a los que conviene prestar apoyo,

puesto que nunca combatirán a los romanos. Has hecho bien en apostar por esta secta, tienes buen olfato político. Que un día esta cualidad te reporte una corona.

Aun cuando todavía no se trataba de una promesa, Agripa se marchó lleno de esperanza.

Chipre-Roma, mayo-junio del año 38

Los festejos celebrados en Salamina se prolongaron durante quince días en Pafos, principal ciudad de la isla. Había que recibir a todos y cada uno de los reyezuelos y gerifaltes que acudían en calidad de vecinos a presentar sus respetos al emperador y procurar no herir su quisquillosa susceptibilidad.

Fue una agotadora ronda de fiestas y de discursos a la que asistía Drusila para no entristecer a su hermano, pese a que estaba aquejada de un infinito cansancio y de una palidez extrema que el maquillaje compensaba, devolviéndole todo el esplendor de su belleza. Calígula estaba más eufórico que nunca. Durante un festín, mientras sus anfitriones exaltaban la nobleza de sus origines, exclamó, citando a Hornero: «¡No tengamos más que un solo jefe, un solo rey!» Para entonces sostenía, incluso delante de los romanos, que su madre había sido fecundada por una serpiente divina, al igual que la de Alejandro Magno.

Drusila tenía la certeza de que si proseguía aquel viaje, no volvería a ver Roma. De regreso de la última recepción, una vez que las sirvientas la hubieron desvestido y desmaquillado, se resignó a desvelarle la verdad a su hermano.

–Estoy al límite de mis fuerzas, Cayo. Esta noche, he creído que iba a desmayarme.

El la miró y, de golpe, al descubrir la mortal palidez que disimulaba el colorete, la delgadez, las profundas ojeras, un profundo espanto se apoderó de él.

–Estás enferma -alcanzó a articular, con la boca seca. – Seguro que no es grave, pero me parece que más valdrá esperar al año próximo para el descenso del Nilo -señaló ella con una triste sonrisa de disculpa.

–Partiremos hacia Roma mañana mismo. Cayo salió, en plena noche, a impartir las órdenes. Cuando volvió, llevaba puesta, para tranquilizarla, la máscara de la despreocupación, pero ella sabía que lo torturaba la angustia.

No se hacía ilusiones; había llegado la hora de pagar su deuda con los dioses.

El viaje fue para ambos una cruel representación. Ella aparentaba encontrarse mejor y él fingía creerla. Por la noche, en el puente, Cayo invocaba a Isis rogando por su curación y prometía sacrificios a Neptuno para que abriera la ruta al navío. Luego regresaba junto a ella, presa de un terror que nunca antes había experimentado ni siquiera bajo la mirada de ojos saltones de Tiberio.

Cuando llegaron por fin a Roma, trasladaron a la enferma al apartamento de Livia y pareció que el retorno a aquel marco familiar le devolvía un poco las fuerzas. Calígula no se apartaba de su cama, escrutando su demacrado rostro en busca del menor signo favorable. Sólo se permitió la entrada a los familiares próximos. Emilio Lépido no franqueaba la puerta, pero acudía todos los días a informarse del estado de su esposa y mostraba la aflicción pertinente. Lesbia estaba tan afectada que no lograba cruzar el umbral de la habitación. Tras besarla con ternura, Calígula le ordenó que se quedara en su casa, pues sus lágrimas lo dejaban sin ánimos. Afectada por una pena sincera, como si se arrepintiera de haber querido tan poco a la moribunda, Agripina buscaba una vía de escape en una actividad frenética, atosigando a Jenofonte, a quien pretendía dictar la cura. Su hermano le llamaba constantemente la atención.

Drusila se esforzaba por mostrarse convencida de que no corría peligro de muerte, pero la noche del décimo día se quitó la máscara. – Tengo una última cosa que pedirte, Cayo -dijo-. Prométeme que cuando yo me haya ido, te casarás y tendrás un hijo. El se estremeció de horror. – Pero ¿qué dices? Te vas a reponer. Ella sonrió con languidez.

–Si me haces esa promesa, me ayudarás a curarme. – Te lo juro.

Poco después, entró en agonía. En el último momento, inclinado sobre ella, él la oyó murmurar.

–Cayo… en las estrellas.

Al ver cómo su mirada se petrificaba, el mundo se vino abajo alrededor de él. Tal como en otro tiempo ella había hecho por él, se arrancó la ropa y se acostó a su lado, estrechando aquel cuerpo adorado que ya comenzaba a perder el calor. Jamás había creído que un hombre fuese capaz de sufrir tanto. Era Prometeo en la roca, con el hígado desgarrado por los buitres. Era el esclavo jadeante en la cruz, con las manos y pies traspasados. Padecía todos los suplicios, todos los dolores. Sobre él planeaba una terrible maldición. Estaba solo.

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