Canina
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Perdóname. No estoy enfadada, le dijo mientras le acariciaba la cabeza y se apretaba la dolorida barriga con las puntas de los dedos.
Mientras el niño se comía su desayuno de cereales secos y plátanos cortados a rodajitas, miró el móvil. Una petición de proyectos para un concurso artístico con jurado. Eliminar. Un boletín de una galería donde había hecho algo pequeño hacía mucho tiempo. Eliminar. Y luego una solicitud de amistad y una notificación de mensaje que decía: ¡¡¡JEN!!!, junto a la sonriente foto de perfil de… Jen, claro.
Aceptó la solicitud de amistad y leyó en diagonal el mensaje de la aplicación que la acompañaba mientras el niño se reía a carcajadas y tiraba los cereales al suelo. Jen arrancaba con un «¡Qué genial! ¡Verte! ¡Ayer en Biblionenes!», qué a Perra de noche le fascinó por su osadía exclamatoria a mitad de frase. Las exclamaciones daban paso a unas frases en las que abundaban LAS MAYÚSCULAS y que reiteraban que no podía perderse «la PRÓXIMA FIESTA en la que se presenta EL PACK DE DIEZ DÍAS DE EXPERIENCIAS»
y habría VINO y a la que acudirían «muchas otras mamás y representantes que compartirán sus experiencias de ÉXITO Y REALIZACIÓN en la marca».
Acababa con promesas de un ambiente AGRADABLE PARA LOS PEQUES, si tenía que llevar a su pequeño, creando así «una comunidad imparable de mamás ambiciosas y motivadas que trabajan desde casa».
Después seguía una invitación, y Perra de noche hizo clic en «Quizá», porque Jen había dicho que habría VINO, y aquella parte era la más
convincente de todas.
El tonillo empresarial optimista de Jen, su uso indiscriminado de las exclamaciones, sus promesas de realización personal y éxito trabajando en casa sumieron a Perra de noche en una oscuridad implacable, como si por debajo del alegre caparazón de aquel mensaje hubiera una vena que latía vilmente con intención aviesa y tóxica. O puede que Perra de noche solo estuviera proyectando sus emociones.
En cualquier caso, no tenía ningún interés en que la metieran en ningún chanchullo que tuviera que ver con hierbas medicinales, aunque la perspectiva de la camaradería —tenía que admitirlo— sí le parecía un poquitín tentadora, pese a haberse negado hasta entonces a tener amigas mamás. Por narices tendría que haber alguna con una vena cínica que se prestara a beber vino con ella en algún rincón y con la que bromear sobre despellejar gatos y cagarse en jardines ajenos. Una, por lo menos. Solo pedía eso. No esperaba más.
Se lo pensaría. Esperaría a ver qué pasaba, lo meditaría bien e intentaría tener una actitud más positiva y abierta con las personas que eran distintas a ella, aunque estuvieran interesadas en los remedios naturales. ¿Quizá podía hacer como que le interesaban en plan socarrón?
En el libro de Wanda White había leído algo sobre un tipo de madre que aparecía y desaparecía a voluntad. Algunas se desvanecían y reaparecían, y eran corpóreas cuando la luz o la perspectiva eran idóneas, siendo las más de las veces traslúcidas; mientras que otras adoptaban un comportamiento más parecido al de un coyote: aparecían sin venir a cuento en un rincón de una habitación o desaparecían en el preciso momento en que se las necesitaba. Se creía que esas madres, a las que White llamaba Oscilantes, prácticamente se habían extinguido, aunque todavía llegaban noticias de algún que otro posible avistamiento por el mundo. Se había notificado el caso de una madre de Búfalo, Nueva York, que se desvanecía justo después de acostar a los niños. Los pequeños aseguraban que no la veían por ninguna parte cuando se levantaban de la cama a por un vaso de agua, o que solo veían su sombra cuando iba de una habitación a otra, por delante de ellos, revoloteando de una pared a otra, siempre huidiza. La madre había mencionado que se notaba «un poco ida» por las noches, después de los
largos días transcurridos con sus cuatro hijos, cocinando y limpiando y planchando y bañándolos y cantando y bailando y yendo de paseo y correteando. «¿Podría ser tan fuerte la conexión entre mente y cuerpo como para que estas mujeres pudieran desintegrar su yo físico valiéndose del intenso hastío materno?», se planteaba White. «Por lo que a mí respecta, la respuesta es que no, puesto que el impulso motivador maternal tiende a la creación más que a la destrucción, de ahí que rete tanto al lector como a mí misma a considerar a las Oscilantes dentro de un marco transformador. De este modo seremos más capaces de llevar a cabo la profunda labor filosófica necesaria para comprender a una criatura de esta clase».
Pero, ese día, Perra de noche pensaba en otra Oscilante, una madre de Barisal, Bangladesh, de la que se decía que a veces cobraba forma de juguetona mangosta y otras, de madre. Perra de noche había estado reflexionando sobre el caso de esta mujer mágica, porque, pese a que manifestaba tendencias roedoras y no caninas, el modo que tenía de aparecer y marcharse, así como su relación con sus criaturas, le parecía de lo más interesante. Le llamó la atención en concreto que se mencionara que este animal, una bonita mangosta de pelaje sedoso y dorado que les robaba la pelota y dinamitaba sus juegos y les hacía reír a carcajadas, aparecía justo cuando los niños salían a jugar afuera. Los pequeños aseguraban que era su madre porque la mangosta respondía cuando se la llamaba «Ma»
(pronúnciese May) o « Chokkabanijjo», el nombre de pila de su madre. Y
aún más: el pelaje, decían, tenía exactamente el mismo tacto que el pelo de su madre, además del mismo color, y olía igual que ella, a salvia y a jabón.
Los dientes de la madre, en su forma materna, eran exactamente igual que los de la mangosta; extrañamente afilados y cortantes. Ah, y los críos jamás vieron a la mangosta Ma y a la madre Ma en el mismo sitio a la vez.
La madre jamás les quitó a los niños esta idea de la cabeza, ni tampoco a Wanda White; simplemente se limitó a eludir la cuestión con un brillo pícaro en los ojos. Le contó a White que Ma vigilaba a los niños cuando salían a jugar a la calle, que ella misma había enseñado al animal a hacerlo y que esa mangosta había sido suya cuando era pequeña. Y al presionarla para que dijera cuántos años tenía el animal y cómo era posible que hubiera vivido tanto tiempo para cuidar de la madre primero y luego de los hijos de
esta, Ma se encogía de hombros y ladeaba la cabeza. En un principio alegó que descendía de la pequeña mangosta india, luego que había aparecido por primera vez en su familia después de que leyeran una fábula en la que una mangosta salvaba a un niño de un tigre y, al final, que su bisabuela la había comprado en un mercado al aire libre hacía casi cien años. «La madre finalmente señaló que lo importante no era saber, sino experimentar», escribió White, «y me vino a decir que dejara de hacerle tantas preguntas».
Sí, aquello era precisamente lo que Perra de noche recordaba con más claridad, la orden de disfrutar del misterio. Dedicamos demasiada energía y preocupación a comprender, razonar y darle mil vueltas a todo. ¿No se podía ser sin más, aunque solo fuera por una tarde? A fin de cuentas estaban en el centro, a mediados de semana, y hacía un precioso día de verano. E incluso había cogido la bici para llevar al nene en su remolque azul detrás, como había imaginado que haría antes de que naciera el niño en sus fantasías más idealizadas de la maternidad.
Esta nueva línea de pensamiento le pareció de una lógica apabullante, extraordinariamente sensata y sana, del tipo de razonamiento que a buen seguro su marido apoyaría sin reservas y, en ese momento de aceptación plena de lo desconocido, sintió el impulso de jugar —pero jugar de verdad, dándolo todo— con su hijo, en el parque de al lado de la biblioteca, en las últimas horas de aquella soleada tarde de verano. Había jugado antes con él, sí, pero demasiado a menudo sus intentonas eran pobres y se quedaban a medio gas, incapaz como era de evadirse de las responsabilidades de la realidad y la vida adulta. Esa tarde, sin embargo, se las quitó de encima con la misma facilidad que si se quitara una bata de seda, y allí estaba ella, radiante a la luz del atardecer, con la sedosa melena al viento mientras corría detrás del pequeño, que gritaba encantado.
El niño le dedicó una risotada en el puentecito metálico, con la cara metida entre dos travesados, y ella arremetió contra él y le ladró con alegría.
El niño se dio la vuelta y salió corriendo. Una niña en tutú que iba bastante sucia se reía desde los escalones que llevaban a esa estructura. Otro nene pequeño los miraba boquiabierto.
¡Auu! ¡Auu! , les soltó a modo de ladriditos a cada uno —consiguiendo que la niña se pusiera a gritar y que el nene, que no tendría más de
dieciocho meses, empezara a lloriquear por lo bajo—. Y luego salió detrás de su hijo, subió por los escalones y subió, subió, subió hasta el pequeño torreón desde el que descendía precipitadamente hasta el suelo un tobogán rojo.
¡Pilla, pilla!, gritó su hijo, y ella se puso a cuatro patas y gruñó, acosándolo con movimientos comedidos y precisos.
Mamá, dijo, y era en parte pregunta y en parte puro deleite, y ella prorrumpió en una serie de ladridos y gruñidos asesinos que provocaron que el niño bajara gritando por el tobogán, tras el que fue ella, resoplante.
Y así siguió la cosa, ella correteando por la estructura de juego, su niño pasándoselo en grande, otros niños uniéndose al juego o alejándose de allí aterrorizados. Al poco tenía un rebaño entero de niños ordenándole que los persiguiera, y eso hacía ella: ir detrás de ellos, ladrándoles y dando resoplidos, y los niños, a su vez, le dedicaban alegres ladriditos, hasta que el parque entero sonó como una perrera con tanto gruñido y tanto ladrido. Los niños más pequeños se quedaban en los márgenes, en los regazos de sus progenitores o bien arropados en sus cochecitos, chupándose el dedo, porque lo que veían no tenía lógica en sus pequeñas mentes y ponía en duda su percepción de la estabilidad y el orden en el mundo.
Fue una estampa inolvidable ver a aquella madre ladrar con tanto brío y a los niños gritar de puro alborozo. La niña del tutú le llevó un palito en la boca a su desconcertado padre. Un niño pelirrojo le manchó la camisa blanca a su madre con las manos, que llevaba enfangadas, y le ladró en la cara, para gran espanto de esta.
Al ponerse el sol, el grupo se sumió en un frenesí como el que los pacientes progenitores que rodeaban la zona de juegos no habían visto jamás: una jauría de niños asilvestrados ladrando, husmeando, mordisqueando, persiguiéndose, con una madre de larga melena desaliñada y rostro desconcertante que parecía estar volviéndose más y más canino a medida que crecían las sombras orquestándolo todo.
Al poco, los demás padres comenzaron a inquietarse con el juego, o bien sus cachorros se fueron cansando a medida que se acercaba la hora de dormir o, bueno, simplemente tuvieron que marcharse a cenar. Sea como fuere, el gentío decayó y se fue dispersando hasta que solo quedaron Perra
de noche y su molido hijo, acurrucados en la casita de juegos que quedaba al abrigo de una de las plataformas de aquella estructura. Le dio algunos lengüetazos en la cabecita y él le lamió el brazo y le hociqueó la cara.
Estaba acalorada, sudada y sucia cuando el niño cerró los ojos.
Lo arropó, medio dormido, en el remolque de la bicicleta, bien envuelto en mantas, lo abrochó y se valió del poderío de sus piernas para llevarlos a ambos a casa. Pero antes, protegida por la casita de juegos infantil, captó con su visión periférica la presencia de un pajarillo que daba brincos cerca, demasiado cerca, hasta que, con un brusco giro de muñeca, alargó el brazo y lo agarró con un hábil movimiento, tan suave y líquido que su hijo ni se inmutó cuando ella se llevó al pecho el cuerpecito pequeño y palpitante y le retorció el pescuezo con un crac que casi ni se oyó.
Estaban cumpliéndola, sí, en ese mismo momento estaban a tope con la agenda de madre, con el perfeccionamiento materno por la vía rápida, por así decirlo, con Biblionenes y el parque infantil y ese día —pero ¿Cómo?
¿Que ya estaban a viernes? ¡Qué maravilla de día!—, Chiquibosque. A la semana siguiente iban a Gente menuda, en el centro comercial, y a Impro de gimnasia. ¡Y Perra de noche ya lo tenía todo bien reservadito y apuntado en el calendario! No había quien la parara; esta madre apuntaba a lo más alto.
Literalmente. El no va más en aquel momento era A volar polluelos, una experiencia en globo aerostático que animaba a superar fobias y amar las alturas.
Tenía la adrenalina materna disparada, sabedora de que estaba haciendo lo que era mejor para su hijo y concentrándose en sus necesidades. «¿Cómo puedo ser una madre más perfecta?», se decía. Se formulaba aquella pregunta y se le hacía la boca agua cuando se imaginaba siendo una mami total. Seguro que habría alguna que otra aparición perruna, claro, pero podría esconderla detrás de todo lo demás, detrás de su excelsa maternidad.
Al nene le moqueaba horrores la nariz y tenía una tos espantosa, y durante todo el viaje en coche al Chiquibosque, su encantador heredero le había estado dando pataditas por detrás a su asiento, pese a haberle pedido con toda la calma del mundo que por favor parara, que aquello no tenía
gracia ni era divertido y que si seguía se quedaba sin dibujos, una amenaza que rarísima vez cumplía porque también ella quería que el niño se entretuviera con los dibujos. Lo deseaba con todas sus fuerzas porque así ella podía quedarse en la encimera de la cocina zampándose rodajas de salami seco o galletitas de mantequilla sin pensar en nada. Porque así podía limpiarse los poros en el espejo de aumento durante un episodio entero de sus dibujos favoritos de guau guaus, o tumbarse en mitad del salón y cerrar los ojos sin la presencia amenazante de ninguna persona bajita que, en ese momento de entretenimiento audiovisual, se abalanzara sin previo aviso sobre su mullida barriga y le dañara algún órgano vital, o le propinara una patada en la cabeza, se tropezara y volviera a despanzurrarla, o que escupiera en su dirección, porque, ¿no era increíble que un cuerpo produjera sus propios líquidos? ¡Y tan fácilmente! ¡Mira, mamá, mira!
Así que el niño le iba dando pataditas en el asiento, y a ella empezaban a hinchársele las narices, y enseguida llegaron al principio del camino que llevaba al Chiquibosque. Le pidió que se calmara, que no se enfadara ni gritara y que nada de ladridos, y luego le dijo que durante la caminata no jugarían a guau guaus, a lo que el niño reaccionó llorando porque, verás, el niño había tenido la ilusión de jugar a perritos en plena naturaleza, ¡en el bosque, nada más y nada menos, donde olía a tantas cosas distintas! ¡Y
dónde había palos, y bichos! Cosas que a los perritos les encantaban.
La culpa la tenía ella y nadie más. Le había dicho al crío que podía ponerse su collar azul nuevo con una brillante placa plateada que relucía al sol y emitía un tintín la mar de agradable al chocar con las demás piezas metálicas del accesorio. Le había dado permiso para que lo llevara en el cuello cuando estuvieran dentro del coche, por diversión, y no le había explicado bien del todo que se lo tendría que quitar cuando llegaran al Chiquibosque.
Y, para más inri, también le había dicho que podía agarrar su correa extensible recién comprada y jugar con el botón de liberación rápida mientras iban en coche y, como antes, no le había advertido que solo era —
por lo menos ese día— un juguete para el coche del que tenía que deshacerse cuando entraran en contacto con otros humanos de apariencia normal.
Somos personas, le dijo al niño, que berreaba sin parar, acariciándole la cabeza. Todavía llevaba el cinturón puesto, y ella se le acercó desde la puerta, ahora abierta, para hablar con él, en un intento de poner su cuerpo como pantalla para amortiguar los alaridos de su cachorro.
Tesoro, cuando juegas y corres con los demás nenes no necesitas el collar, le dijo para que entrara en razón. Puedes ser un perrito por dentro y un niño por fuera.
¡Noooooooooooooooo!,
gritó,
negándose
a
aceptar
ningún
razonamiento posible. ¡Guau guauuuuuuuu!
Las otras madres —las madres puntuales que habían acudido con su prole obediente y desprovista de collar—, congregadas en el inicio del sendero, se volvieron hacia ella, y Perra de noche les dedicó un saludito con la mano.
Cariño, le susurró a su hijo, te lo pido por favor. Le desabrochó el cinturón de la sillita para el coche. No quiso salir por voluntad propia, de modo que tuvo que levantar su cuerpecito macizo y sacarlo por la puerta de atrás, más baja, golpeándole sin querer la cabeza al niño primero y luego golpeándosela ella. Ya fuera del coche, el nene, que se estaba haciendo el muerto, se dejó caer en un charquito de llanto en el asfalto.
Cielo, le dijo.
¡No ando!, gritó.
Vaya que si vamos a andar, le dijo resuelta, y él aulló como un cachorrillo triste, por lo que todas las madres que estaban esperando se volvieron otra vez para mirarla, y una de ellas incluso dio unos pasos hacia Perra de noche.
No, no, tranquila. Un minutito y estamos con vosotras, dijo alegremente, ahuyentándolas con la mano.
Vale, volvió a decirle al niño entre susurros, puedes llevar el collar, pero la correa no la necesitamos para nada. ¿El guau guau no quiere correr por el bosque?
Jugar a colea, le dijo, y luego se frotó las manos en el pecho como señal modificada de por favor. Porfi, mamá, le suplicó. Porfi.
Dejó de gritar y de llorar para mirarla, frotándose los ojos con los puñitos y esparciéndose luego con el dorso de la mano los mocos de una
mejilla a la otra. Estaba harto y cansado y solo quería jugar… ¿Y por qué se lo negaba ella?
¿Y qué si a las demás madres les parecía raro?
Era un juego creativo y la mar de tierno: que las follara un pez.
Aunque quería lamerle la cara para limpiársela bien, sabía que todo el mundo les estaba mirando, así que en vez de hacer eso se sacó un clínex usado del bolsillo y le limpió los mocos de las sonrosadas mejillas.
Vale, tesoro. Ya vale. Puedes ser un perrito. Pero a lo mejor a los demás nenes les parece raro.
Al niño se le iluminó la cara y soltó un guau guau y rebufó con su lengüecita rosada. Era un auténtico caso, y lo amaba. Le plantó un beso en la húmeda nariz.
Perra de noche sonrió tensa mientras el crío avanzaba delante de ella con la correa puesta por el pequeño aparcamiento justo hasta llegar adonde estaba Jen, la de Biblionenes. El niño le gruñó, esta se rio, luego se sentó a su lado y le volvió a gruñir, expectante.
Creo que quiere que lo acaricies, le dijo Perra de noche, siguiéndole la corriente y haciendo como si no supiera qué mosca le había picado, qué cosas se le ocurren, ¿verdad? Seguro que es una fase y mañana ya vuelve a dar la matraca con los trenes o los monster trucks, ya sabes cómo son las criaturas. Todo esto se lo comunicó enarcando las cejas, esbozando una sonrisa cansada, poniendo los ojos en blanco una milésima de segundo y negando con la cabeza. Era la seña materna universal para decir Te puedes creer que este psicópata me está socavando la moral día tras día, poquito a poco, y aun así siento adoración por él y haría lo que me pidiera y por si fuera poco le consiento que se crea que es un perro y lleve collar y yo lo sacaré a pasear —SÍ, PIENSO SACARLO A PASEAR— porque soy una madre maravillosa.
Bueno, bueno, pero mira a quién tenemos aquí, le dijo Jen al niño, dándole unas palmaditas en la cabeza. El resto de madres, entre las que reconoció a unas cuantas Bibliomamis, sonrieron forzadamente o prorrumpieron en una risita educada.
Quería ser un perro, dijo Perra de noche. Yo es que…
Es normal, respondió Jen. Siempre quieren ser algo.
Cuando la gente empezó a desperdigarse bajo la fresca sombra del riente follaje, las madres emprendieron la marcha en grupos de dos o de tres y se enfrascaron en conversaciones excluyentes en las que era difícil meter baza. Los chiquillos avanzaban por delante de ellas como si fueran un único organismo, cruzando el sendero de un lado a otro como una bandada de aves, pero su hijo se refrenaba y caminaba muy cumplido sujeto a la correa, y solo la extendía para perseguir a una mariposa u oler una flor.
¡Una serpiente muerta, una serpiente muerta!, gritó un niño mayor que iba a la cabeza del grupo, señalando un tronco caído.
Su hijo tiró de la correa y se giró para mirar a su madre. ¡Voy, voy!, le dijo él, señalando. Lo soltó y salió disparado hacia donde estaban los demás críos, convertido de nuevo en niño, o puede que en algún tipo de perro distinto: uno que quería ver la serpiente muerta, darle golpecitos con un palito y, si reunía el valor suficiente, tocarle la piel.
Las Bibliomamis se quedaron quietas, en grupo, sumidas en un silencio cauteloso, hasta que Jen se volvió hacia el nuevo fichaje.
Qué tal, le dijo.
Ah, hola, respondió nerviosa Perra de noche. Oye, perdona que todavía no te haya confirmado seguro lo de tu invitación. Es que no sé.
Ya, ya, dijo Jen. No pasa nada, todas tenemos mucho lío. Pero tendrías que venirte. Estas hierbas son la bomba.
Y, sin esperar respuesta, siguió diciendo:
Una para crecer y otra para menguar. Una para ser feliz y otra para dormir.
¡Me encanta la mezcla Animami!, comentó (o, mejor dicho, gritó) una mujer con una criatura amarrada al pecho. ¡Te da una energía que no veas!, dijo a viva voz con un brillo maníaco y juvenil en los ojos saltones.
¡Sí, nos consta que te gusta! Olé por ti, bien hecho, le dijo Jen a la mamá antes de volverse hacia Perra de noche. Todas nos dedicamos a venderlas, pero básicamente lo que hacemos es reunimos para darle al vino, susurró cómplice pero modulando la voz de manera que todas la oyeran. Es una manera de pasar el rato, añadió. Puede que te saques algo de dinero o puede que no, pero en cualquier caso tienes una excusa cuando tu marido vuelve a casa: le dices que tienes que irte a trabajar en tu proyecto y te sacas
unas horillas para ti. Ahora en serio, va genial para sentir que tienes algo que es solo tuyo, ¿sabes?
Ah, respondió Perra de noche, sonriendo. Quería decirle: Pero si yo me dedico al arte, no tengo tiempo para ponerme a vender hierbas, pero luego se acordó de que ya no se dedicaba al arte y de que sí, de hecho tenía tiempo para ponerse a vender hierbas, pero aun así…
Quería decirle: ¿No tienes bastante con transformarte en un golden retriever para tener algo que es solo tuyo? ¡Confiesa!
En vez de eso, procurando ser educada, le dijo: Es que, verás, creo que no es lo mío.
Pero ¡no lo decidas tan rápido, tontuela!, le respondió Jen, dándole una palmadita en el brazo. ¡Vente por lo menos a la fiesta! Te daré muestras gratuitas. Jen negó con la cabeza, como diciéndole: no tienes ni idea de lo que te conviene. Haz el favor de venir, pedazo de gilipollas.
Es que a mí esto de la belleza y los leggings y esas cosas no me va, insistió de nuevo Perra de noche. Esta mañana ni me he peinado, remató, aunque la verdad era que llevaba una semana entera sin peinarse.
¡Bueno, pero es que esto es mano de santo! ¡Te encontrarás tan bien que hasta querrás maquillarte y ponerte ropa mona!, intervino Jen.
Perdona, pero… ¿qué hierbas son? ¿De dónde han salido?, preguntó Perra de noche. El paquete de Equilibrio que Jen le había lanzado cuando había acabado tirada en el suelo, a principios de semana, en Biblionenes, seguía enterrado en las profundidades de su bolso y, al habérsele roto un poco, había recubierto el fondo de una fina capa de polvillo de hojas y palitos de olor dulzón.
Madre mía, pues a ver por dónde empiezo: De Tailandia. De Japón. Jen gesticulaba con las manos, abriendo mucho los ojos. De pura emoción, subió el tono de voz. Es la sabiduría ancestral de los mejores curanderos metida dentro de un frasquito. Bajó los brazos y acto seguido entrelazó uno con el de Perra de noche, como si fueran amigas de toda la vida. Pero ahora no nos enredemos con datos y estadísticas. Tienes que venir y punto. ¡Ah!
Y asegúrate de tener por ahí un poquitín extra de money. ¿Seiscientos o así?, le susurró. Ya verás cómo luego me lo agradeces.
Esa tarde, Perra de noche recibió otro mensaje de Jen mientras acostaba
a su hijo para que hiciera la siesta. Lo arropó junto a un patito amarillo peludo que emitía un ruidito al morderlo con una colcha que le había hecho ella, con detalles de huesos y cachorrillos, confeccionada con una tela estampada con imágenes fotorrealistas de carne. Se sentó en la cama y leyó el mensaje.
En una primera lectura, lo más destacable era que algunas frases (todo el escrito, vaya) parecían sacadas de alguna especie de plantilla de captación propia de ese tipo de panfleto satinado que anima a las mujeres a
«comunicarse» y a «sacar lo mejor de sí mismas».
«Busco a gente motivada y proactiva con la que formar equipo», empezaba Jen sin mediar saludo ni ninguna otra señal que indicara que quien escribía era un ser vivo y no alguna clase de autómata programado con el único propósito de captar y vender. «Tu red de contactos es muy extensa», seguía diciendo, para luego añadir: «Este modelo puede resultar muy atractivo para las mamás muy ocupadas». A continuación, testimonios de «médicos» desconocidos y su dudosa «credibilidad» para entregar «un producto número uno en ventas a nivel mundial». Se mencionaba también a
«amigas del instituto» que habían tenido exitosas carreras como abogadas o maestras o dermatólogas antes de ser madres, momento en que «se comprometieron» a convertirse en «mamas trabajadoras» que encajaban sus ventas en «los huecos y recovecos» de sus vidas, entre siestas y comidas, mandando correos por el móvil en el parque o en la biblioteca. «Todo es tan perfecto que parece mentira… ¡Pero no lo es!», escribía antes de concluir diciendo lo convencida que estaba de que Perra de noche tendría un «éxito espectacular» y un montón de «recomendaciones» y que no debía dejar pasar esa oportunidad para ganar «importantes ingresos pasivos en años venideros».
Se echó en la cama con su hijo dando palmaditas y riéndose a su lado mientras ella contemplaba el volteo remolón de las últimas horas de la tarde, levemente pixeladas, en las aspas del ventilador de techo. La melena con perfume de fresa de Jen, su maternidad perfecta, sus hierbas, sus incansables intentos de captarla. Una mamá abogada transmutada en ama de casa a cargo de sus hijas que vendía hierbas le parecía lo más deprimente que había oído en su vida, puede que incluso más que su propia historia. Ni
de coña esa madre tenía una vida interior rica y peculiar que le diera color a unos días monocromos con su brillo perruno. Era una abogada que hacía lo que se consideraba lógico: darles compota de manzana a sus hijas y buscarse un trabajito secundario para aportar ese poquitín extra a la economía familiar y consolidarse de verdad como amantísima madre y parte contribuyente.
¿Era esa madre feliz? ¿Se sentía plena tomándose puñados de hierbas extrañas con su café de Starbucks a la vez que mandaba mensajes por el móvil sin parar a otras madres igual de colocadas por esos hierbajos que empujaban como poseídas a sus criaturas en columpios infantiles? ¿Quizá no necesitaba lo mismo que Perra de noche para sentirse realizada? ¿Quizá sus niñas le bastaban? Perra de noche ansiaba desesperadamente que le pasara eso; que la risa delirante, las muñequitas gordezuelas, la lengua de trapo y el ceceo amoroso de su hijo aniquilaran hasta el último vestigio de ambición que quedaba en ella. ¿Por qué la crianza y la cocina y la compra y la limpieza y lavar la ropa y los Biblionenes no la colmaban de alborozo, bienestar y la sensación de llevar una vida plena? ¿Quizá necesitaba tomarse esas hierbas, ir a fiestas y participar en algo, por una vez en la vida, para conseguir sentirse satisfecha?
¡Nos lo hemos pasado pipa esta semana!, informó Perra de noche a su marido cuando este llegó a casa ese mismo día, más tarde. El hombre seguía dentro del coche, con la ventanilla bajada y el vehículo en punto muerto a la entrada de la casa. Ella llevaba en brazos a la gata mojada, envuelta en una vieja toalla de playa, en el jardín de delante, mientras el niño arrancaba hierba, luego jugaba a ser un perrito y luego olisqueaba algunas flores.
Tenía un aura totalmente distinta, le dijo su marido. Estaba radiante. Iba descalza, le habían salido pequitas en la cara y tenía las mejillas delicadamente teñidas por el sol.
Fuimos a Biblionenes, dijo, arrullando a la gata como si fuera un bebé, mientras su marido salía del coche. Acababa de limpiarle el culo al animal, otra vez más. A Perra de noche los ojos le brillaban como si dentro de ella ardiera un fuego, y la melena se le agitaba al viento. Y también hemos
jugado en el parque, ¿a que sí, tesoro?, le preguntó al nene, que respondió contento con un ¡Guau!, mientras escarbaba en su parterre con sus dos patitas. Bueno, dijo el marido descargando la maleta y cerrando de un portazo, tras lo cual la minina se sobresaltó pero no escapó del abrazo de Perra de noche.
Ah, una cosita, le dijo ella. La gata se ha cargado mis auriculares.
¿Otra vez?, preguntó él mientras le rascaba la cabeza al animal. Pero mira que es mala.
Me gustaría pegarle un buen puntapié como si fuera una pelota de fútbol, añadió ella mientras sostenía al inquieto animal en brazos.
Ya me la imagino con las patitas en el aire, dijo el marido.
De verdad que la odio a muerte, apostilló Perra de noche.
Sí, dijo el marido. Voy a liquidarte, le dijo alegremente a la gata.
Perra de noche se fijó en los grandes y vacíos ojos verdes del animal. Su naricita negra se le contrajo en un gesto muy mono pero no lo suficientemente mono, y luego echó las orejas para atrás, pegadas a la cabeza, y le soltó un bufido.
Creo que esta gata me ha pegado la toxoplasmosis, dijo ella.
¿Ah, sí?
Lo he visto en un artículo que dice que los ataques de ira y la toxoplasmosis están relacionados. No sé si hay una relación de causa y efecto, ni cuál es la causa o cuál el efecto, pero lo que sí sé es que hay una relación.
Su marido no dijo nada.
¿Crees que estoy de tan mal humor porque tengo un parásito en el cerebro?, inquirió.
A ver… podría ser, pero yo creo que estarías de mal humor igual.
Joder, cómo odio a esta gata, dijo, y esta volvió a bufarle, y esa vez sí que se escabulló para cruzar pitando el jardín delantero y esconderse debajo del porche.
Fue esa mañana de domingo cuando el niño entró a cuatro patas en la sala de estar. De la boca le colgaba un filete de carne cruda con un precioso
veteado de grasa. Dejó el cacho de carne a los pies de su padre.
¡Guau!, ladró antes de ponerse a jadear con la lengüecita colgándole de la boca abierta.
Pero, colega, ¿se puede saber qué haces?, preguntó el marido.
Yo guau guau, respondió el niño, y acto seguido le lamió la pierna.
Levantó la vista y torció la cara al pasarse la lengua por dentro de la boca.
Pelo, dijo, cogiéndose la lengua con los dedos. ¡Pelo!, gritó.
A ver, respondió el marido, déjame ver. Le examinó de arriba abajo la lengua y le quitó los pelos que se le habían metido en la boca. Mucho mejor. Pero, mi vida… la carne cruda no se pone en el suelo. Ni en la boca.
Puaj, dijo, poniendo una mueca.
El niño negó con la cabeza.
Mamá, dijo. Sí, mamá. Canne. ¡Sí!
¡Cariño!, gritó el marido en dirección al dormitorio.
Perra de noche lo oyó todo desde allí, donde, como de costumbre, estaba ordenando la ropa limpia mientras su marido seguía con su desplazamiento dactilar perpetuo por la pantalla del móvil. Pese a que había avisado al niño de que solo se jugaba a guau guaus con Mami y había intentado transmitirle que a Papi no le interesaban esas distracciones y que no debía pedirle que le pusiera agua en un bebedero de perro, por ejemplo, ni tampoco llevarle ningún palito en la boca, había estado temiendo el día en que inevitablemente el nene iniciaría al padre en los juegos con los que se entretenían cuando no estaba.
Mierda, dijo entre dientes. Joder, hostia puta.
En la cocina, el marido le quitaba la porquería al filete en el fregadero mientras el niño lloriqueaba a sus pies.
¡Ñam!, gritó. ¡Un ñam!
Puaj, repitió el marido. Hay que cocinarlo antes, mi vida.
No, gimoteó el niño que, al ver a su madre, dijo: Mamá, ñam.
Esta le dio unas palmaditas en la cabeza y con todo el aplomo que fue capaz de reunir le dijo a su marido: Le gusta la carne cruda. ¿Qué se le va a hacer?
¿Que qué?, preguntó el marido, mirándola con una mezcla de irritación, incredulidad y ese ya lo sabía yo que tan bien se le daba transmitir con un
levísimo fruncimiento de ceño, como si el cometido que ella tuviera en la vida fuera joderlo todo siempre.
El crío tiene un paladar exigente, ya ves. Le gusta el tartar de ternera, no tiene nada de malo, apuntó la madre.
Pero ¿desde cuándo nuestro hijo come carne cruda?, la interrogó. ¿De dónde se lo ha sacado?
Mmmm…, dijo Perra de noche sonriéndole al niño y luego alargando el brazo para hacerle cosquillas, haciendo que acabara desternillándose de la risa en el suelo.
Pues supongo que cuando yo estaba preparando la cena debió de robarme un trocillo de carne cruda, insinuó mientras cogía un vaso del armario.
No, dijo el niño desde el suelo. Mamá da canne. ¡Ñam! Guau guau.
Ay, tesoro…, le dijo al crío amorosamente, y luego al marido: Qué cosas se le ocurren, ¿verdad?
Mi perrito guapo, le dijo al niño mientras le acariciaba el sedoso pelo.
El pequeño cerró los ojos, encantado con los mimos.
¿Le has estado dando carne cruda?, le preguntó el marido.
Un poquito, respondió a la defensiva. No pasa nada.
¿Y qué pasa con los parásitos? A estas alturas quizá esté infestado de ellos, apuntó él.
Lo dudo bastante, la verdad, dijo señalando a la criatura, que era la viva imagen de la buena salud: tenía los rizos rubios y brillantes, los mofletes sonrosados, aquella barriguita de sus días de bebé que ella esperaba que jamás perdiera. El angelito sonrió a sus padres, que en ese momento lo observaban con plena atención, y echó la cabeza hacia atrás para soltar un guau guau claro y sonoro.
Sí que parece que está muy contento, susurró el marido esa noche, en la cama, con el crío dormido entre los dos. Como de costumbre, seguía erre que erre y no daba ningún tema por zanjado.
Lo está, le respondió ella también entre susurros.
Pero creo que tenemos que pararle los pies con lo de hacerse el perro, replicó él.
Le encantan los perros, insistió ella. Es un juego inofensivo.
La carne cruda no es inofensiva, respondió. ¿Y a santo de qué hay un transportín para perro… en mitad del salón… para jugar? No es normal. Es demasiado, concluyó, como si él tuviera la última palabra sobre el tema y hubiera llegado a una conclusión que todos tuvieran que aceptar.
Perra de noche puso los ojos en blanco en la oscuridad.
Solo come un poquito de carne, puntualizó ella. Y jugar a ser otras cosas está muy bien. Está todo controladísimo.
Si se pone malo, la culpa es solo tuya, le susurró con aspereza. Y si los otros niños lo toman por rarito, también.
Pues claro, respondió Perra de noche. La culpa siempre la tengo yo y solo yo. Enterita.
Se quedaron tumbados en silencio. Habían tenido esa discusión millones de veces. Esperó a que él dijera algo más, pero lo único que se oía era la respiración acompasada de su hijo. Se durmió imaginando a qué sabría la sangre fresca.
Lo único que Perra de noche le pedía a la vida era que se acabara el momento de acostar al nene en la camita. Era lunes, su marido se había marchado esa mañana y ella y el niño habían hecho magdalenas, jugado con trenes y con plastilina, habían ido a pasear hasta las vías del tren, habían sacado la manguera, le habían puesto el pitorro y se habían remojado un poco, habían jugado al pillapilla, a dar balonazos y a atrapar la pelota de todas las maneras posibles. Acabaron con los pies sucios y la nariz sucia y comieron sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada en los escalones del porche mientras el sol se dejaba vencer plácidamente por la noche. Los músculos les ardían y estaban cansados y contentos, y el niño tenía la mirada fija y ausente y la boca embadurnada de mermelada.
Perra de noche creyó que esa noche se irían a nonón en un santiamén,
¡qué sería pan comido! Ah, pobre infeliz. Creía que con un simple arrumaco y un abracito el nene se quedaría frito. Pese a que jamás, desde que naciera la criatura, había tenido lugar tan idílica estampa a la hora de meterse en la cainita, Perra de noche se negó a reconocer la realidad y, en vez de eso, apostó por la actitud positiva y el pensamiento productivo.
Sí, ese lunes por la noche irse a nonón sería una experiencia maravillosa, se dijo mientras lo bañaba y lo metía en el pijamita y luego metía aquel tierno fardito entre las frescas sábanas azules de su cama de matrimonio.
Pero, ah, tan pronto como se tumbó a su lado, se sintió horrorizada por lo descabellado de su optimismo: el niño se revolvió bajo las sábanas, pidió agua fría, pidió un pañito frío, pidió una zanahoria, una manzana, galletitas de animales.
No, le dijo ella. Y se lo repitió: no. Es hora de irse a dormir, no de comer. Hay que dejar que el cuerpo descanse. Hay que ser un buen guau guau y quedarse quietecito.
Al ver que toda treta para atraer la atención de su madre resultaba inútil, el niño se sentó en la cama e intentó jugar a palmas, palmitas consigo mismo, palmoteando y dándose bofetones; desvariando de puro cansancio.
La madre estaba hecha polvo. Estaba tan, pero que tan agotada, que deseó poder hundirse en la cama de viscoelástica o, en su defecto, librarse por una vez del hastío de la hora de dormir, de tener que leer los mismos libros una y otra vez, de contar un cuento, y luego otro, y luego poner una canción en el móvil, echada en la cama, esperando a que el niño se durmiera.
Era verdad que había sido ella la encargada de acostar al nene prácticamente todas las noches desde que nació. Desde luego, solo ella había conseguido que se durmiera de bebé, cuando lo único que quería era mamar hasta caer rendido y soñar con enormes almohadas carnosas y océanos de leche calentita. Entonces… ¿no le debía su marido incontables noches de irse a nonón? ¿No tendría que ser él quien desempeñara felizmente esta tarea siempre que tuviera ocasión, agradecido por las muchas noches —los muchos años— que la madre la había desempeñado?
Sí, eso sería lo justo, pero, cómo no, las cosas no funcionaban así en su hogar. Incluso cuando su marido volvía a casa después de su semana de trabajo, era ella la que se ocupaba de acostar al niño los viernes, porque el marido estaba cansado; de hecho, siempre lo estaba, y a veces le dolía la panza al pobre porque de camino a casa se había pasado tres pueblos con el café y se había zampado unos kikos, y el infeliz no entendía el porqué de aquellas náuseas… él solo quería volver a su ordenador, a sus videojuegos,
a sus carpetas, navegar, relajarse un poco, ya me entiendes, y Perra de noche no quería ponerse de los nervios, montarle un numerito ni plantarle cara, porque ya no tenía fuerzas para nada. La injusticia asociada al momento de ir a nonón era motivo de rabia para Perra de noche, que seguía tumbada en la cama mientras las libélulas titilaban al aire libre y el niño se agitaba inquieto a su lado.
Una hora, dos, con el niño hablando por los codos, partiéndose de risa, palmoteando, revolviéndose, llorando, pidiendo abracitos, rechazando abracitos porque hacía demasiado calor, pidiendo agua fría otra vez, llorando porque no se la traía y venga a dar vueltas sin parar en la cama.
Todo eso bastaba para que Perra de noche deseara morirse con todas sus fuerzas.
Me paso la vida en una habitación a oscuras, se dijo para sus adentros.
Estoy malgastando los años más productivos de mi vida en una improductiva espera sumisa.
Duérmete, por favor, le suplicó antes de empezar a sollozar muy bajito en la cama, porque estaba tan cansada que solo quería estar una hora sin el niño pegado a su lado, una hora de televisión, de estar sentada en el sofá mirando la pared; una hora nada más. Lo que fuera. Pero siguió tumbada y siguió tumbada y siguió tumbada y dieron las diez de la noche.
Había estado postergando lo de quitarle el chupete, pues qué sentido tenía complicar aún más el momento de meterlo en la camita y hacer que su vida fuera aún más fastidiosa. El chupete, en efecto, era motivo de disputas esos días y, si acababa cayéndose por descuido al suelo, al niño le entraba un buen berrinche al ver la suciedad, los restos de pinaza y corteza pegados a la tetina de plástico, y no poder metérselo ipso facto en la boca.
Y luego, claro, estaba el despertarse constantemente cuando al nene se le caía el chupete de la boca en plena noche, la búsqueda a oscuras, el pánico y luego el alivio. Ah, si pudiera dormir una noche del tirón…
Fantaseaba con esa idea, con lo bien que se encontraría físicamente a la mañana siguiente, con los sueños que tendría. ¿Quién sería si durmiera una noche entera? Otra persona completamente distinta, seguro.
Además, el niño ya era mayorcito para llevar chupete. Los niños de su edad que iban a la biblioteca ya no lo llevaban. Se lo mostraba cuando iban.
¿Lo ves? Solo bebés. Pero el niño negaba con la cabeza, bien amarrado a su chupete y succionándolo emperrado.
Yo bebé, insistía. Yo bebé.
Así que ese lunes por la noche, cuando otra vez estaba a cargo de acostar al niño, acalorada, cansada y enfadada con su marido, esa noche decidió después de llevar dos horas en la cama con él que se había acabado lo del chupete.
En otras circunstancias se habría inventado alguna historia elaboradísima sobre hadas y demás, habría envuelto el chupete en un fular y habría elegido la ramita de lila perfecta en la que colgarlo como ofrenda ceremonial a las hadas. Pero, esa noche, la sangre fluía a borbotones por las venas de Perra de noche, que le dijo al niño que jugarían a un juego de perritos y que para eso tenía que hacer de guau guau.
Son las reglas de los perritos, dijo muy seria, y el niño asintió.
Antes que nada, ¿a que los guau guaus no llevan chupete?
El niño la miró muy serio a la luz de la luna y le dio el chupete amarillo sin rechistar. Joder, por qué no se le habría ocurrido esto antes.
Vale, prosiguió. ¿Dónde duermen los guau guaus? El niño frunció el ceño y levantó sus manitas rechonchas en un gesto de duda. Espera, dijo, antes de salir de la cama rezongando y de bajar por las escaleras para luego arrastrar el enorme transportín escaleras arriba desde el salón hasta el dormitorio, donde quedó encajado a la perfección en una esquina. El niño miraba absolutamente boquiabierto cómo su madre metía un edredón de plumas en aquel habitáculo, se volvía hacia donde estaba él y, señalando el transportín, decía: ¡Tachán!
El crío señaló la caseta de tamaño infantil y dijo: ¿Eh?
¡Muy bien!, respondió Perra de noche. ¿Qué necesita un guau guau para estar cómodo en su caseta?
Sin mediar palabra, el crío recogió sus cosas: la suave mantita azul, el sobadísimo osito de peluche que había sido de la madre, su almohada de chu, chu. Se notaba que estaba muy emocionado con esta nueva aventura; con la novedad, con la aventura, con el juego de ser perrito ahora también de noche. ¿¡De verdad iba su madre a jugar con él!? ¿¡Después de haberle negado hasta un vaso de agua fría!? La madre sabía que el niño pensaba que
se había salido con la suya, y eso era precisamente lo que ella quería hacerle creer.
Lo ayudó a colocar sus suaves pertenencias en el transportín y el nene se acurrucó dentro sin decir ni mu: parecía que estuviera hecho a su medida.
¿La puerta abierta o cerrada?, preguntó ella.
Poquito abbieta, respondió, y la dejó entornada. Luego alargó la mano y le acarició la cabeza.
Se sentó de piernas cruzadas en el suelo y contó hacia atrás de cien a uno, como solía hacer, meciéndose ligeramente en la oscuridad, y al llegar a uno se levantó sin hacer ruido y fue hacia la puerta del dormitorio, esperando oír su vocecita, su llanto, en cualquier momento, pero no oyó nada.
Exhaló silenciosamente, pero luego le dio la risa; empezó como una risita que luego se tornó en un ataque tan incontrolable que tuvo que marcharse al pasillo, donde se dejó caer al suelo para sentarse y llorar y reír; agotada pero también aliviada, y lo único que quería era dormir ella también, allí tirada. Era una dulce victoria, pero ya eran las diez, demasiado tarde para ver nada en la tele, de manera que se lavó la cara y se repantingó en su cama, que tenía toda para ella, mientras su hijo soñaba en el transportín.