Cerebro
Gracias. Por Favor, Suministre Síntomas.
la voz, pidió a Helen, a través de la puerta, que se encargara de avisar a la sala de Angiografía que iría en seguida. Luego fue a su mesa de trabajo.
Dejó caer el delantal de plomo en una silla y se quedó mirando fijamente el prototipo computado, preguntándose si en verdad funcionaría.
Después puso la radiografía de Lisa Marino contra la luz que surgía de los visores. No le interesaban las siluetas de los electrodos, de modo que su mente las eliminó. Lo que le intrigaba era lo que la computadora podía decir de la craneotomía. Philips sabía que ese procedimiento no estaba incluido en el programa.
Movió la llave del procesador central; cuando se encendió la luz roja, insertó lentamente la cassette. No la había introducido en sus tres cuartas partes cuando la máquina se la tragó como un perro hambriento. De inmediato, la máquina de escribir conectada cobró vida. Philips cambió de posición para leer lo que escribía.
¡HOLA! SOY RADIOINTERP, CRÁNEO I. POR FAVOR,
SUMINISTRE NOMBRE PACIENTE.
Philips pulsó «Lisa Marino» con los índices y lo hizo ingresar.
GRACIAS. POR FAVOR,
SUMINISTRE SÍNTOMAS.
El escribió: «Ataques».
GRACIAS. POR FAVOR, SUMINISTRE INFORMACIÓN CLÍNICA RELACIONADA.
«Sexo femenino -escribió Martin-; edad 21 años, un año padeciendo epilepsia del lóbulo temporal».
GRACIAS. POR FAVOR, INSERTE PLACA EN VISOR LÁSER.
Philips vio que los rodillos que cerraban por dentro la ranura de inserción ya estaban en movimiento. Introdujo cuidadosamente la placa, con la emulsión hacia abajo, y el aparato la tomó para arrastrarla hacia dentro, mientras se activaba la máquina de escribir. Decía: GRACIAS. TOME UNA TAZA DE
CAFÉ.
OceanofPDF.com
El radiólogo sonrió. El sentido del humor de Michaels aparecía cuando menos se lo esperaba.
Se produjo un ligero zumbido eléctrico, pero la máquina de escribir permaneció inactiva. Philips tomó su delantal de plomo y salió de la oficina.
El quirófano 21 permanecía en silencio total, a medida que Mannerheim iba retirando lentamente el lóbulo temporal derecho de Lisa. Unas venas pequeñas ligaban el espécimen a los senos venosos. Newman las coaguló hábilmente para cortarlas. Cuando al fin quedó libre, el neurocirujano retiró el trozo de cerebro del cráneo y lo depositó en una bandeja de acero inoxidable que le tendía Darlene Cooper. Mannerheim miró la hora; iba bien. A medida que avanzaba la operación, su humor había vuelto a cambiar. Se sentía eufórico y justamente complacido con su actuación: había cumplido con todo el procedimiento en la mitad del tiempo habitual, y estaba seguro de llegar a su oficina antes del mediodía.
–Todavía no hemos terminado -dijo, tomando el succionador metálico en la mano izquierda y los fórceps en la derecha.
Con cuidado, trabajó en el sitio donde había estado el lóbulo temporal, absorbiendo más tejido cerebral. Estaba eliminando lo que se denomina núcleo gris profundo. Era, probablemente, la parte más peligrosa de la operación, pero la que más le gustaba. Con suprema confianza, manejó el succionador esquivando las estructuras vitales.
En cierto punto, un gran lóbulo de tejido cerebral bloqueó momentáneamente la boca del aparato. Se oyó un ligero silbido antes de que el fragmento desapareciera por el tubo.
–Ahí van las lecciones de música -dijo Mannerheim.
Era un chiste común entre los neurocirujanos, pero resultaba más gracioso que de costumbre por provenir de Mannerheim, después de tanta tensión como había provocado. Todo el mundo lo festejó, hasta los dos médicos japoneses.
En cuanto Mannerheim hubo terminado de retirar el tejido, Ranade aminoró el ritmo de ventilación de la paciente. Quería que la presión sanguínea de Lisa ascendiera un poco mientras Mannerheim inspeccionaba la cavidad, en busca de pérdidas de sangre. Después de una meticulosa verificación, el cirujano quedó convencido de que la zona operada estaba seca. Entonces tomó una aguja para cerrar la duramadre, esa gruesa
cobertura del cerebro. En ese momento el médico indio empezó a aligerar cautelosamente la anestesia de Lisa. Quería estar en condiciones de retirar el tubo de su tráquea, al terminar la operación, sin que ella tosiera ni se pusiera tensa, y eso requería una delicada orquestación de todas las drogas que había estado empleando. Era imperativo que la presión sanguínea no subiera.
El cierre de la corteza se llevó a cabo con prontitud; con una diestra rotación de muñeca, colocó el último punto interrumpido. El cerebro de Lisa estaba nuevamente cubierto, aunque la duramadre se veía algo hundida y más oscura allí donde faltaba el lóbulo temporal. Mannerheim inclinó la cabeza a un costado para admirar su obra de arte; después, dando un paso atrás, se quitó los guantes de goma. El chasquido resonó en todo el quirófano.
–Bien -dijo-. Ciérrenla, pero no tarden toda la vida para ello.
Y salió de la habitación, indicando con un gesto a los dos médicos japoneses que lo siguieran.
Newman tomó su puesto a la cabecera de la mesa.
–Bueno, Lowry -indicó, imitando a su jefe-, a ver si puedes ayudarme en vez de molestarme.
Con un par de pinzas quirúrgicas, tomó el borde de la herida y la volvió parcialmente hacia fuera. Después hundió profundamente la aguja en la piel del cráneo, asegurándose de pinchar también el pericráneo, y sacó la aguja dentro de la herida. Después de retirar el portaagujas de su posición original, en la parte trasera, lo usó en la punta, ajustando la sutura. Más o menos con la misma técnica, pasó el hilo por el otro lado de la herida, pasando la sutura por la mano presta del doctor Lowry, a fin de atar el punto. Repitieron el procedimiento hasta que la herida quedó cerrada con puntos negros, dando la impresión de que la cabeza tenía un gran cierre de cremallera.
Durante esa parte de la operación, el doctor Ranade seguía ventilando a Lisa por medio de una bolsa de ventilación. En cuanto echaron el último punto, planeaba suministrar a Lisa oxígeno al cien por ciento y revertir el resto del paralizante muscular que el cuerpo no hubiera metabolizado. A su debido tiempo, volvió a comprimir la bolsa de ventilación, pero en esa ocasión sus dedos experimentados detectaron un sutil cambio con respecto a la presión anterior. En los últimos minutos Lisa había empezado a hacer
esfuerzos para respirar por cuenta propia, y eso causaba cierta resistencia a la respiración artificial. Ranade, observando la vejiga respiratoria y escuchando con su estetoscopio de esófago, determinó que la muchacha había dejado de respirar. Controló el estimulante del nervio periférico; indicaba que el paralizante muscular estaba perdiendo efecto, tal como había sido programado. Entonces ¿por qué respiraba? Al anestesista se le aceleró el pulso; para él, manejar la anestesia era como estar de pie en una cornisa segura, pero estrecha, al borde de un precipicio.
Se apresuró a medir la presión sanguínea. Había ascendido a 150 sobre 90. Durante la operación se había mantenido estable a 105 sobre 60. ¡Algo andaba mal!
–Un momento -pidió el doctor Newman, mientras miraba rápidamente el monitor cardíaco.
Las pulsaciones eran regulares, pero se iban haciendo lentas, con largas pausas entre los picos.
–¿Qué pasa? – preguntó el jefe de internos, percibiendo la ansiedad en la voz.
–No sé.
El doctor Ranade consultó la presión venosa de Lisa, mientras se preparaba para inyectar una droga llamada Nitroprusside para bajar la presión sanguínea. Hasta entonces, creía que la variación en los signos vitales de la paciente eran una respuesta del cerebro, que reaccionaba contra el insulto de la cirugía. Pero en ese momento empezó a temer que se tratara de una hemorragia. Lisa podía estar sangrando, y la presión aumentaría dentro de la cabeza. Eso explicaría la secuencia de los síntomas.
Volvió a tomar la presión sanguínea: había subido a 170 sobre 100.
Inmediatamente inyectó el Nitroprusside. Al hacerlo experimentó ese desagradable vacío en el abdomen que se asocia con el terror.
–Podría ser una hemorragia -explicó, inclinándose para levantar los párpados de Lisa.
Vio lo que temía ver: las pupilas se estaban dilatando.
–¡Estoy seguro! ¡Es una hemorragia! – chilló.
Los dos internos se miraron fijamente por encima de la paciente.
Pensaban lo mismo.
–Mannerheim se va a poner furioso -dijo Newman-. Tenemos que llamarlo. – Y ordenó a Nancy Donovan-: Vaya. Dígale que es una
emergencia.
Nancy voló al intercomunicador para llamar al personal de la entrada.
–¿La volvemos a abrir? – preguntó Lowry.
–No sé -fue la nerviosa respuesta de Newman-. Si la hemorragia está en el cerebro, será mejor pedir una tomografía de emergencia. Si está en el sitio de la operación, entonces habrá que abrirla.
–La presión sanguínea sigue subiendo -observó el doctor Ranade, mirando su medidor con cara de incredulidad.
Y se preparó para darle más medicación, a fin de bajarla.
Los dos internos permanecían inmóviles.
–¡Y sigue subiendo! – les gritó el hindú-. ¡Por el amor de Dios, hagan algo!
–Tijeras -ladró Newman.
Se las plantaron en la mano. Cuando cortó los últimos puntos, la herida se abrió espontáneamente; bastó levantar el colgajo de cuero cabelludo para que el sector de hueso que había quitado la craneotomía empujara hacia ellos. Parecía palpitar.
–Tráiganme las cuatro unidades de sangre preparada -gritó Ranade.
El doctor Newman cortó las dos suturas que sostenían el trozo de hueso en su sitio: cayó a un costado antes de que pudiera retirarlo. La duramadre se abultaba, con una ominosa sombra negra. La puerta del quirófano se abrió de golpe. El doctor Mannerheim entró como un ciclón, con la bata desabrochada casi hasta abajo.
–¡Qué diablos pasa! – aulló. De inmediato vio la duramadre palpitante y abultada-. ¡ Santo Dios! ¡ Guantes, denme guantes!
Nancy Donovan empezó a abrir un par nuevo, pero el cirujano se los arrancó y se los puso sin lavarse.
En cuanto cortaron unos pocos puntos, la duramadre se abrió como si estallara y un chorro de sangre roja, brillante, saltó al pecho de Mannerheim, empapándolo, en tanto él cortaba a ciegas el resto de la sutura. Tenía que hallar la fuente de la hemorragia.
–Succionador -chilló.
La máquina, con un tosco sonido, empezó a absorber la sangre. De inmediato fue evidente que el cerebro se había movido o hinchado, porque el cirujano dio con él en seguida.
–La presión sanguínea está descendiendo -indicó Ranade.