Cerebro
Capítulo 6
retina, algo extraño se produjo en su cerebro. Sintió una sensación peculiar, un leve mareo, seguido por un olor detestable. No pudo identificarlo, pero le pareció extrañamente familiar.
Con una extraña sensación de malos presagios, trató de no prestar atención a los síntomas y siguió caminando por el corredor atestado de gente. Tenía que salir del hospital. Pero el mareo iba en aumento. El corredor empezó a girar. Ella se aferró del marco de una puerta, en busca de apoyo, y cerró los ojos. El vértigo cesó. Al principio tuvo miedo de volver a mirar, temiendo que los síntomas se repitieran, pero lo hizo gradualmente.
Por suerte, el mareo no volvió a presentarse, y en pocos segundos pudo soltar el marco de la puerta.
Antes de que pudiera dar un paso, una mano la tomó por el antebrazo, haciéndola retroceder, asustada. Fue un alivio descubrir que se trataba del doctor Harper.
–¿Se siente bien? – preguntó él.
–Sí, perfectamente -respondió Kristin, avergonzada de admitir sus síntomas.
–¿Seguro?
Kristin asintió y, para dar paso a su respuesta, retiró el brazo que Harper le sujetaba.
–Perdone si la molesté -se disculpó el médico, y se alejó por el vestíbulo.
Kristin lo observó mezclarse con la multitud. Después tomó aliento y echó a andar hacia los ascensores, con las piernas inseguras.
6
Martin salió de la sala de angiografía en cuanto estuvo seguro de que el interno lo tenía todo bajo control y que el catéter había salido de la arteria.
Mientras se aproximaba a su oficina, apretando el paso, rogó que Helen hubiera salido a almorzar; pero en cuanto dio vuelta al último recodo ella lo divisó y fue a entregarle su omnipresente manojo de mensajes urgentes. No se trataba de que Philips no quisiera verla, pero sabía que ella le traería toda clase de malas noticias.
–La segunda sala de angiografía está nuevamente fuera de servicio -
dijo, en cuanto él le prestó atención-. No es el aparato de rayos X en sí, sino la máquina que mueve la película; no funciona.
Philips, asintiendo, colgó su delantal de plomo. Ya estaba enterado del problema y confiaba en que Helen hubiera llamado a la compañía que se encargaba de las reparaciones. Echó un vistazo al aparato instalado en su mesa de trabajo, donde se veía toda una página de notas escritas por computadora.
–También tenemos problemas con Claire O'Brian y Joseph Abbodanza -
dijo Helen.
Claire y Joseph eran dos técnicos de neurorradiología que ellos habían adiestrado durante años.
–¿Qué clase de problema? – preguntó Philips.
–Han decidido casarse.
–Bueno -exclamó él, riendo-, ¿y han estado haciendo cosas feas en el cuarto oscuro?
–¡No! – saltó Helen-. Pero están decididos a casarse en junio y tomarse todo el verano para hacer un viaje por Europa.
–¡Todo el verano! – gritó Philips-. ¡No nos pueden hacer eso! Ya va a ser bastante difícil dejar que se tomen las dos semanas de vacaciones al mismo tiempo. Supongo que usted se lo habrá dicho.
–Por supuesto -afirmó Helen-. Pero contestaron que no les importaba.
Piensan hacerlo de todos modos, aunque los despidan.
–Caramba -protestó él, dándose una palmada en la cabeza.
Sabía que Claire y Joseph, dado el adiestramiento con que contaban, podían conseguir trabajo en cualquier centro médico de importancia.
–Además -continuó la secretaria-, el decano de la facultad llamó para decir que, en una reunión de la semana pasada, se decidió doblar el número de estudiantes para los turnos de Neurorradiología. Dijo que los estudiantes del año pasado votaron este servicio como uno de los mejores para la materia optativa.
Philips cerró los ojos y se masajeó las sienes. ¡Más estudiantes! Sólo eso le faltaba, por todos los diablos.
–Y por último -prosiguió Helen, ya caminando hacia la puerta-, el señor Michael Ferguson llamó desde Administración para decir que debemos desocupar el cuarto que estamos utilizando para almacén de materiales. Lo necesitan para servicio social.
–¿Y tendría a bien decirme qué se propone que hagamos con los materiales?