Chronic City

Jonathan Lethem · Capítulo 1 de 30

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Chronic City

Capítulo 1

Jonathan Lethem

ePub r1.0

Banshee & Castroponce 21.08.13

Título original: Chronic City

Jonathan Lethem, 2009

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

Diseño de portada: Miriam Rosenbloom

Editor digital: Banshee

ePub base r1.0

Para Amy y Everett

1

 

Conocí a Perkus Tooth en una oficina. No en una oficina donde él trabajara, aunque entonces yo estuviera equivocado al respecto. (Una situación nada insólita en mí).

Fue en las oficinas centrales de Criterion Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida, una tarde entre semana a finales de verano. Yo había ido a grabar una serie de voces en off para una de las lujosas reediciones en DVD de Criterion, un film noir «perdido» de los años cincuenta titulado La ciudad es un laberinto. Mi papel consistía en interpretar la voz del director de dicha película, el difunto realizador emigrado Von Tropen Zollner. Leería varias declaraciones seleccionadas de las entrevistas y artículos de Zollner como parte del documental complementario que estaban preparando los genios conservadores de Criterion, una pareja a la que había conocido en una cena. Al involucrarme en el proyecto me habían suministrado una muestra de los materiales de investigación, que yo había revisado muy por encima, así como una versión provisional de su reconstrucción de la película para que dedujera a qué venía tanto entusiasmo. Era la primera vez que oía hablar de Zollner, de modo que no se trataba de un encargo que acometiera con pasión. Pero el entusiasmo de los cinéfilos es contagioso y la película me gustó. Yo ya no me consideraba un actor en activo. Ahora solo hacía cosas así, aprovecharme de los ecos de mi antigua y menguante fama en la gris mediana edad de un niño prodigio. Un favor excéntrico, en realidad. Y sentía curiosidad por conocer los entresijos del tinglado de Criterion. Era la primera semana de septiembre: el ambiente de vuelta al cole de la ciudad siempre me inspiraba a ocupar en algo mis ociosas manos. En esa época, con Janice lejos, vivía demasiado en la superficie de las cosas, fiestas, cotilleos, citas en las que era el alcahuete o el amigo del amigo. Los lugares de trabajo me fascinaban, las zonas donde el barniz de Manhattan dejaba paso al mundo práctico.

Grabé las palabras de Zollner en una sala insonorizada del ala técnica de las atestadas y desastradas oficinas de Criterion. En la habitación de enfrente de la sala, desde donde el técnico de sonido me daba pie a través de unos auriculares, había también un restaurador con la vista clavada en una pantalla que iba moviendo un cursor con el ratón, borrando diligentemente arañazos y manchas, un fotograma digital tras otro, de los cuerpos desnudos de unos hippies retozando en el barro. Me dijeron que estaba restaurando Soy curioso (Amarillo). Después pasó a recogerme la productora que me había contratado, Susan Elder. Había conocido a Susan y su colega en una cena, eran gente amigable y abierta, apasionada por las minucias cinematográficas, que me despertaron un afecto instantáneo. Susan me condujo a su despacho, una caverna con un mísero ventanuco y estanterías repletas de cintas de VHS: más películas suplicando el rescate de Criterion. Por lo visto, compartía el despacho. No con el colega de la fiesta, sino con otra persona. Se sentó debajo de las cargadas estanterías libreta en mano, con la mirada perdida. El despacho parecía demasiado pequeño para compartirlo. El glamour de la marca Criterion no casaba con las escenas de ahorro e improvisación que había atisbado entre bambalinas, pero ¿por qué tendría que hacerlo? En cuanto Susan me presentó a Perkus Tooth y me pidió que firmara un formulario, tuvo que salir a atender alguna consulta.

Esa primera vez, encontré a Perkus Tooth sumido en uno de esos estados de ánimo que yo pronto aprendería a llamar «elipsistas». El propio Perkus Tooth aportaría más tarde esa palabra tan descriptiva: elipsista, derivada de elipsis. Una especie de intervalo vacío, una cabezada o fuga en la que no estaba ni deprimido ni todo lo contrario, ni luchando por concluir un pensamiento ni tratando de comenzar otro. Simplemente, en medio. Con el botón de pausa apretado. Desde luego, me quedé mirándole. Por su postura de tortuga y la distensión total de su ser, las entradas marcadas y su estilo anticuado de vestir —traje de corte estrecho, seda ferozmente arrugada de brillo desvaído y mohosas zapatillas de tenis—, podría haberlo tomado por un anciano. Cuando se movió, cuando su mano rozó la página abierta de la libreta como si tomara nota al dictado con un bolígrafo invisible, y examiné sus rasgos pálidos, adolescentes, calculé que tendría cincuenta y tantos… Todavía me equivocaba por una década, aunque Perkus Tooth había pasado una temporada fuera de circulación. Tenía cuarenta y pocos años, apenas alguno más que yo. Me había parecido viejo porque le había tomado por alguien importante. Entonces levantó la vista y vi un indisciplinado ojo castaño extraviarse hacia la nariz bajo un párpado de ternero. Aquel ojo quería bizquear, desacreditar el aura de sobriedad de Perkus Tooth con una broma de tebeo. El otro ojo hizo caso omiso de semejante estrategia y se posó en mí.

—Eres el actor.

—Sí —dije yo.

—Bueno, estoy redactando los textos de la cubierta. Para La ciudad es un laberinto.

—Ah, bien.

—Hago muchos. Preludio a cierta medianoche… Mujeres recalcitrantes… La ciudad impura… Ecolalia…

—¿Siempre cine negro?

—Uf, no, por Dios. ¿Nunca has visto Ecolalia de Herzog?

—No.

—Bueno, he escrito los textos de cubierta, pero todavía no la han publicado. Aún estoy intentando convencer a Elder…

Perkus Tooth, según descubriría después, llamaba a todo el mundo por su apellido. Como si fueran famosos, o reos. El paisaje de su mente era épico, estaba salpicado de figuras imponentes como las cabezas de la isla de Pascua. En ese instante Elder —Susan— regresó al despacho.

—A ver —le dijo Perkus Tooth—, ¿tienes la cinta esa de Ecolalia por aquí? — Dirigió los ojos, el ojo izquierdo bueno y el derecho errante, hacia las estanterías de Susan, a la cacofonía de títulos garabateados en etiquetas—. Quiero que la vea.

Susan enarcó las cejas y él se encogió.

—No sé dónde está —contestó Susan.

—Da igual.

—¿Has estado acosando a mi invitado, Perkus?

—¿Qué quieres decir?

Susan Elder se volvió hacia mí, recogió la carta de libertad firmada y nos despedimos. Luego, mientras entraba en el ascensor, Perkus se coló apresuradamente entre las puertas deslizantes aplastándose el viejo sombrero de fieltro contra la coronilla. El ascensor, como tantos otros escondidos en edificios del centro, era pequeño y una carraca, poco más que un montaplatos con ínfulas: imposible fingir que no acabábamos de estar juntos en el mismo despacho. Con el ojo malo en ligera migración, Perkus Tooth me lanzó una mirada lunar, ni hostil ni contrita. Pese al traje anticuado, no era ningún pulcro fetichista retro. Llevaba el cuello de la camisa sucio y arrugado. Las zapatillas de color gris verdoso parecían esponjas momificadas dentro del cubo de un conserje.

—A ver —repitió. Ese «a ver» de Perkus, su costumbre de introducir un tema como si reanudara una conversación anterior, no resultaba en absoluto coercitivo. Era más bien como si Perkus se hubiera despertado de golpe de una ensoñación, como si hubiera oído en su cabeza una voz que lo azuzaba y la hubiera confundido con la tuya —. A ver, te prestaré mi copia de Ecolalia, a pesar de que nunca dejo nada. Porque considero que deberías verla.

—Claro.

—Es una especie de película de arte y ensayo. Herzog la filmó durante el rodaje de Ni por asomo de Morrison Groom. Groom nunca terminó esa película, ¿sabes? Ecolalia documenta los intentos de Herzog de entrevistar a Marlon Brando en el plató de Groom. Brando no quiere conceder la entrevista, y cada vez que Herzog lo acorrala se limita a repetir como un loro lo que dice Herzog… Pues eso, ecolalia…

—Sí —dije, desconcertado, como en el futuro me dejarían a menudo los torrentes de detalles de Tooth.

—Pero también es la única manera de ver algo de Ni por asomo. Morrison Groom destruyó todo el metraje, de modo que las escenas reproducidas en Ecolalia son, irónicamente, lo único que queda de la película…

¿Por qué «irónicamente»? Dudé de poder intercalar la pregunta.

—Parece increíble.

—Por supuesto, ya sabes que probablemente el suicidio de Morrison Groom fue fingido.

Mi asentimiento fue una mentira. Se abrieron las puertas y salimos juntos a la calle, chocándonos en cada umbral. «Tú primero…». «Vaya…». «Detrás de ti…». «Perdona». Quedamos frente a frente, convertidos en islas por los ríos de gente en pleno miércoles en Manhattan. Perkus se volvió más sucinto y formal, tal vez deseoso, aunque con retraso, de demostrar que no estaba acosándome.

—Bueno, me voy.

—Encantado de verte.

Dejé de emplear la palabra «conocerte» hace tiempo y la reemplacé por ese equívoco nebuloso, escarmentado por las miles de veces que alguien me había replicado que en realidad ya nos conocíamos.

—A ver… —Se encalló, expectante.

—¿Sí?

—Si quieres pasarte a recoger la cinta…

Quizá estuviera poniéndome a prueba, no estaba seguro. Perkus Tooth manejaba datos ocultos y medía con calibradores secretos. Yo nunca sabría cuándo había cruzado una frontera invisible, pero que Perkus distinguía en el aire que nos separaba.

—¿Quieres darme una tarjeta?

Frunció el entrecejo.

—Elder sabe dónde encontrarme.

Se interpuso el orgullo, y Perkus se marchó.

Para una llamada tan trascendental como la mía a Susan Elder debería haber tenido una buena razón. Y, sin embargo, allí estaba yo, marcando el número de Criterion esa misma tarde, preguntando primero por Perkus Tooth y luego, cuando la recepcionista aseguró no conocer ese nombre, por Susan Elder, espoleado tan solo por un cóctel en el que había dos partes de capricho y una de culpa. Un voluntario de Manhattan, ese soy yo, y además estoy dispuesto a admitirlo. ¿Me despertaban la curiosidad Ecolalia, el falso suicidio de Morrison Groom, las intensidades y las calmas de Perkus Tooth o los patinazos de su ojo derecho? La única respuesta era todo y nada. Quizá ya adorase a Perkus Tooth e intuyera que su amistad era lo que necesitaba para marcar el comienzo de una nueva y extraña fase de mi existencia. Para zafarme del Curioso remolino hacia el que había ido derivando. Lo pronto que empecé a adorar y necesitar a Perkus después de nuestro primer encuentro dificulta de un modo espantoso determinar en qué medida tales sentimientos, inexplicablemente, existían ya en el despacho de Susan Elder o en el ascensor.

—Tu compañero de despacho —le dije a Susan—. En recepción no le conocen. Quizá haya entendido mal el nombre…

—¿Perkus? —Susan se rió—. No trabaja aquí.

—Pues a mí me ha dicho que te redacta los textos de cubierta.

—Ha escrito un par, sí. Pero no trabaja aquí. De vez en cuando viene y ocupa sitio. Soy algo así como su niñera. A veces ni me doy cuenta de que está… Ya has visto cómo es. Espero que no te haya molestado.

—No… No. En realidad, confiaba en contactar con él.

Susan Elder me dio el teléfono de Perkus, y luego hizo una pausa.

—Supongo que has reconocido su nombre…

—No.

—Bueno, de hecho es un crítico bastante bueno. Cuando iba a la universidad, mis amigos y yo lo idolatrábamos. La primera vez que tuve ocasión de contratarlo para que me redactara algo estaba bastante cohibida. Me impresionó que fuera tan joven, tenía la sensación de haber crecido viendo sus carteles y sus cosas.

—¿Carteles?

—Antes solía escribir sus diatribas en carteles que colgaba por todo Manhattan, críticas brillantes de cosas varias, acontecimientos de actualidad, rumores de los medios de comunicación, arte. Supongo que eran una forma de arte público. A todo el mundo le parecían muy misteriosos e importantes. Luego lo contrataron en Rolling Stone. Le dieron una columna larguísima, era una especie de… no sé, Hunter Thompson más Pauline Kael, aunque duró cinco minutos. No sé si me explico.

—Claro.

—En fin, la cuestión es que más o menos agotó la paciencia de un montón de gente con sus… paranoias. Yo no lo entendí de verdad hasta que empecé a trabajar con él. O sea, a mí Perkus me cae muy bien. Solo que no quiero que pienses que estoy haciéndote perder el tiempo ni metiéndote en… confabulaciones.

La gente puede mostrarse protectora hasta el absurdo, como si las horas de un actor retirado fueran preciosas. Se trataba, supongo, de afecto de segunda mano, una filtración de las agendas extraterrestres de Janice. De todos era sabido que yo estaba enamorado de una mujer que no tenía tiempo que perder, ni siquiera para respirar, puesto que moraba en un lugar más allá del tiempo y fuera del alcance de cualquier agenda de contactos, donde cada respiración se medía en tanques de aire reciclado. Si una astronauta me hacía un hueco en su programa, mis prerrogativas debían ser tan cruciales como las de ella. La verdad era justo lo contrario.

—Gracias —dije—. Procuraré no enredarme.

Resultó que Perkus Tooth era vecino mío. Su piso estaba en la Ochenta y cuatro Este, a seis manzanas del mío, en una de esas madrigueras anónimas escondidas detrás de escaparates inocuos y edificios sin vestíbulo, no digamos ya portero. El establecimiento de abajo, el Piano Bar Brandy’s, era un local nocturno de aspecto cursi, por delante del cual podría haber pasado mil veces sin darme cuenta. Un pequeño cartel en la entrada rogaba «¡CLIENTES DEL BRANDY’S, RESPETAD A LOS VECINOS, POR FAVOR!», lo que sugería un largo historial de quejas a la policía, ruidos y humos. Vivir en Manhattan es asombrarse constantemente ante los mundos que se cobijan unos dentro de otros, el caos intrincado con el que se intercalan los reinos, como esos cables de la televisión y las tuberías de agua corriente y calefacción y aguas residuales y tendido telefónico y todo lo que sea capaz de cohabitar en los mismos agujeros intestinales que los obreros destruye-pavimentos abren regularmente exponiéndolos a la luz del día y a nuestras fugaces e impresionadas miradas. Solo fingimos vivir en algo tan ordenado como una cuadrícula. Mientras esperaba a que sonara el timbre de Perkus Tooth y me dejaran pasar, noté que mi mapa interior se expandía para dar cabida a la realidad de aquel lugar, al disparejo mosaico de damero del pasillo, al empalagoso olor cítrico del desinfectante del conserje, a la hilera de buzones de latón mellado y a los gañidos de un perro detrás de una puerta, más arriba, alertado por el timbre y el ruido de los talones de mis botas. Me cuesta creer en la existencia de algo hasta que lo conozco físicamente.

Perkus Tooth vivía en el primero derecha, subiendo media planta, al fondo del edificio. Abrió la puerta lo justo para dejarme pasar directamente a la cocina. Perkus, aunque iba descalzo, vestía otro traje de aspecto anticuado, esta vez de pana verde, el único elemento formal que detecté al entrar. El piso era una gruta bohemia; la cocina solo era tal en el sentido de que tenía un fregadero y unos fogones empotrados además de una nevera empapelada de pegatinas encajonada en un nicho junto a la puerta del baño. Los libros atestaban los armarios abiertos de encima del fregadero. La encimera estaba ocupada por un reproductor de música y cientos de cedés, dentro y fuera de sus estuches, muchos de ellos identificados con rotulador. Una tubería de agua caliente silbaba. Más allá, las otras habitaciones del piso permanecían en penumbra en pleno mediodía, con las ventanas cubiertas. De todas formas, probablemente solo daban a tiros de ventilación o callejones adoquinados.

Allí estaban las diatribas descritas por Susan Elder. Sin enmarcar, clavados con chinchetas en todas las paredes libres de estanterías, en la cocina y en las habitaciones a oscuras, estaban los famosos carteles de Perkus Tooth, de papel amarillento, caracteres a medio camino entre una caligrafía estilizada de grafitero o dibujante de tebeos y el garabato obsesivo de un artista marginal, o las páginas de un esquizofrénico reproducidas en la monografía de su médico. Los reconocí. Los recordaba. Una década antes habían estado por todo el centro, en los tablones de las obras, y sobre los anuncios del metro, un elemento más de la cacofonía gráfica de la ciudad que uno capta por el rabillo del ojo sin poder evitarlo.

Perkus se retiró para dejarme espacio y poder cerrar la puerta. Varado en el centro de la habitación, en traje y descalzo, con las manos abiertas a la defensiva como si esperara que le lanzaran algo desagradable, Perkus me recordó a un cuadro de Edvard Munch que había visto una vez, un autorretrato del pintor con los ojos como platos y sin afeitar, empequeñecido dentro de la ropa. Lo que equivale a decir, una vez más, que Perkus Tooth aparentaba más edad de la que tenía. (Nunca he visto a Perkus sin una pieza de un traje, aunque solo fueran los pantalones rematados por una mugrienta camiseta blanca. Nunca llevaba vaqueros).

—Te traeré la cinta —me dijo como si le hubiera retado.

—Estupendo.

—Espera que la encuentre. Siéntate… —Apartó una silla de una mesa pequeña y forrada de linóleo como las de una cafetería de carretera. La silla iba a juego con la mesa: era un conjunto de comedor, una pieza de coleccionista. Si algo era Perkus Tooth, era coleccionista—. Ten.

Cogió un porro perfectamente liado del borde de un cenicero, se lo llevó a los labios y lo encendió, luego me lo pasó sin preguntar. Dios los cría y ellos se juntan. Le di una calada mientras Perkus Tooth desaparecía en la habitación de al lado. Cuando regresó —con una cinta de vídeo, sus zapatillas deportivas y un par de calcetines blancos ovillados— aceptó el porro que le tendía y se fumó un par de centímetros con ganas.

—¿Te apetece ir a comer algo? No he salido en todo el día.

Se ató las zapatillas de caña alta.

—Claro.

Estaba empezando a comprender que para Perkus Tooth «salir» no implicaba ir muy lejos. Le gustaba alimentarse en una reluciente hamburguesería de la esquina de la Segunda Avenida llamada Jackson Hole, un antro de flamante cromo y versiones falsas y más nuevas de la mesa de linóleo de su cocina encajadas en mullidos reservados de vinilo rojo. A las cuatro de la tarde estábamos prácticamente solos y la máquina de discos cubría con éxitos a todo volumen nuestra conversación desconcertada, ofuscada. Yo llevaba un tiempo sin fumar hierba; todo me parecía extraño, recibía las señales a través de una atmósfera revuelta por las dudas, el universo entero vagaba a la deriva, sueltos los amarres, como el globo ocular errante de Perkus Tooth. La camarera parecía conocerle, pero Perkus no la saludó y ni siquiera tocó la carta. Le pidió una hamburguesa Deluxe con queso y una Coca-Cola. Yo, impotente, pedí lo mismo. Perkus parecía habitar aquel lugar igual que ocupaba las oficinas de Criterion, con indiferencia, de forma indirecta, como si hubiera nacido allí y todavía no se hubiera fijado en el lugar.

En plena comida, Perkus interrumpió un sermón sobre Werner Herzog o Marlon Brando o Morrison Groom para anunciar lo que pensaba de mí hasta el momento.

—De modo que has llegado hasta aquí porque eres mono, ¿no, Chase?

Sus dedos arácnidos, con los codos apoyados en el linóleo, sostenían en alto la grasienta y sanguinolenta hamburguesa del Jackson Hole ocultando su expresión, y lo bastante alejada del regazo para proteger el pulcro hilo de sus pantalones. Perkus clavó un ojo en mí mientras el otro se arrastraba como un escalpelo operándome la cara.

—No has cambiado, eres como un niño soñador, ese es el secreto de tu atractivo. Pero te quieren. Te miran como si todavía salieras por la tele.

—¿Quiénes?

—Los ricos. La gente de Manhattan… Ya me entiendes.

—Sí.

—Se supone que eres el hombre más triste de Manhattan. Por la astronauta que no puede regresar a casa.

De modo que, para sorpresa de nadie, Perkus también me conocía por ser el novio de Janice Trumbull. La aflicción de mi corazón era pasto diario de la prensa. Sí, amaba a Janice Trumbull, la astronauta estadounidense atrapada en órbita con los rusos, la astronauta que no podía regresar a casa. Eso, además de mi infancia como estrella de la televisión, era lo que todo el mundo sabía de mí, aunque algunos, como Susan Elder, eran demasiado educados para mencionarlo.

—Por eso te adora todo el mundo.

—Supongo.

—Pero yo conozco tu secreto.

Me sobresalté. ¿Yo tenía un secreto? En caso de tenerlo, era una de las cosas que había traspapelado en los últimos años. No lograba recordar cómo había llegado hasta donde estaba ahora, cómo había tomado decisiones que me habían conducido desde el estrellato infantil a la fama inofensivamente disoluta de Manhattan, ni tampoco por qué merecía el amor de la valiente astronauta. Me costaba recordar a Janice con claridad, lo que explicaba parte de mi aflicción. El día que Janice había despegado de la estación espacial debí de comprometerme a dejar de pensar en ella, incluso mientras prometía velar por mi prometida desde aquí, en la Tierra. Nunca había osado confesárselo a nadie. Por tanto, si tenía algún secreto, era que había conspirado para olvidar mi secreto.

Perkus me miraba con expresión astuta. Quizá tuviera por política soltar el mismo comentario a cualquiera que acabase de conocer, para ver qué ocurría.

—Mantén los ojos y los oídos bien abiertos —me dijo—. Tienes la ocasión de aprender cosas.

¿Qué cosas? Antes de que pudiera preguntárselo, se había arrancado de nuevo. La perorata de Perkus abordó temas como Monte Hellman, la cultura Semina, Rastros de carmín de Greil Marcus, el chantaje de la mafia a J. Edgar Hoover por secretos eróticos (que condujo a la amplificación falseada del miedo de la guerra fría y, por ende, afectó al panorama contemporáneo en su conjunto), Vladimir Maiakovski y los futuristas, Chet Baker, el nadaísmo, la ruina a la que la administración Giuliani había abocado a la miseria sagrada de Times Square, la genialidad de Los Pequeñecos, Frederick Exley, la película de doce horas imposible de ver de Jacques Rivette Out 1, la corrupción de las artes por el comercio en general, las opiniones de Slavoj Zizek sobre Hitchcock, de Franz Marplot sobre G. K. Chesterton, de Norman Mailer sobre Muhammad Ali, de Norman Mailer sobre los grafitis y el programa espacial, Brando como icono disidente, Brando como santo sexual y Brando como Napoleón en el exilio. Nombres que conocía y nombres que desconocía. Otros que había oído alguna vez y nunca me había molestado en investigar. Mailer una y otra vez, y Brando todavía más a menudo; por lo visto, los ídolos primarios de Perkus Tooth eran ese robusto y peligroso par, lo que solo servía para que, por contraste, él pareciera más débil e inofensivo, sin lastre en su traje de pantalones de pitillo. Tal vez comiera hamburguesas del Jackson Hole para echar un poco de carne, buscando ensancharse con la esperanza de llamar la atención de Norman y Marlon, a los que había elegido como sus pares.

También le pidió a la camarera otro vaso extragrande de Coca-Cola y luego, al tiempo que nuestra tarde se convertía en noche, lo ayudó a bajar todo con café. En nuestra conversación, la confusión de la marihuana dejó paso a arrebatos cafeinados, como un banco de nubes atravesado por ruidosos aviones Fokker. ¿Había leído el New Yorker? La pregunta sonó peligrosamente apremiante. No le preocupaba ningún escritor ni artículo en concreto, sino la fuente. El significado grabado a nivel preconsciente por el aspecto de la revista; el sello, en sus palabras, que la tipografía y la maquetación imprimía en el pensamiento dialéctico. En opinión de Perkus, leer el New Yorker era descubrir que siempre estabas de acuerdo, no con el New Yorker, sino lo que era mucho peor, contigo mismo. Me esforcé en entenderlo. Por lo visto, había aflorado la paranoia contra la que me había prevenido Susan Elder: la fuente del New Yorker controlaba, tal vez asediaba, la mente de Perkus Tooth. Para defenderse, Perkus a menudo volvía a mecanografiar e imprimir los artículos en simple Courier, en un intento de desmontar el contexto opresivo de la revista. Una vez entré en su piso y lo encontré sentado en la alfombra con unas tijeras, cortando y reorganizando frenéticamente un ejemplar de la revista, intentando destruir el hechizo que proyectaba sobre su cerebro. «A ver —me dijo en una ocasión sin venir a cuento de nada—, ¿cómo se convierte un escritor neoyorquino en un escritor New Yorker?». La falsa despreocupación del «a ver» enmascaraba pura ansiedad. La pregunta no tenía respuesta.

Pero seguro que me equivoco al recordarlo. ¿Es posible que habláramos tanto en el primer encuentro? Del New Yorker, seguro. De Giuliani subastando la calle Cuarenta y dos a Disney. De Mailer calificando a la NASA de burocracia que ahoga los sueños. De J. Edgar Hoover esclavizado por la mafia, exagerando sobre los rojos e infundiendo el miedo en la Mente Americana. Pero en medio de todas estas variaciones, siempre retomaba el tema de forma ingeniosa y emocionante. En pocas palabras: alguna libertad humana había sido relegada del nivel mismo de la conciencia mediante alguna opresión. Se había limitado, filtrado, «amnesiado» la libertad. Perkus Tooth empleaba esa palabra sin previa explicación, como lo habría hecho la mafia: para referirse a machacar, a eliminar. Todo lo importante era víctima de ese complot destinado a asesinar la percepción. Más aún: todo el mundo era culpable; a la hora de detener a los sospechosos, había que empezar por uno mismo. Perkus Tooth solo creía sin ningún atisbo de duda en la complicidad, la suya incluida. Lo peor era estar seguro de que sabías lo que sabías, el error al que inducía la fuente del New Yorker. El horizonte de la vida cotidiana era un ensueño masivo: por debajo de él quedaba todo lo que importaba. Para entonces ya habíamos pagado las cuatro hamburguesas y habíamos vuelto a su piso. Nos sentamos a la mesa de comedor y Perkus extendió un poco de hierba para buscar semillas, luego lió otro porro. Guardaba la maría en una cajita de plástico con una etiqueta donde se leía «CHRONIC» escrito en los colores del arco iris por una impresora láser, como si fuera el nombre de una marca. Fumamos sin descanso hasta la boquilla y seguimos charlando, con Perkus gesticulando libremente como no lo había hecho en el Jackson Hole. No obstante, nunca con demasiadas florituras, jamás, pese a la agitación, la hiperventilación o a morderse la lengua como un epiléptico. Pronunciaba sus febriles palabras con una frialdad despiadada. Como el corte de su traje, por arrugado que estuviera. Y como las letras obsesivamente pulcras de la cinta de vídeo y de los cedés. Puede que Perkus Tooth tuviera un ojo loco, pero casi servía de advertencia para que no subestimaras sus escrúpulos, la atención con que se mantenía en el lado bueno del escepticismo del oyente, realizando esos ajustes minuciosos que constituyen la firma de la cordura: la realpolitik interpersonal de la persuasión. El ojo estaba loco y el resto de él era casi acerado.

Perkus rebuscó entre los cedés un disco que quería ponerme, uno que yo no conocía: «Something Else (Is Working Harder)» de Peter Blegvad. El tema me pareció un blues incoherente y furioso, preñado de resentimiento hacia los que «se salen con la suya». Luego, como irritado por la música, Perkus se volvió y me dijo de muy malos modos:

—A ver, que yo no soy crítico de rock, ¿vale?

—Vale.

En ese asunto me pareció fácil darle la razón.

—La gente te dirá que lo soy porque trabajaba para Rolling Stone, pero casi nunca escribo sobre música.

De hecho, los carteles que colgaban de sus paredes estaban llenos de referencias a canciones pop, pero no me atreví a señalar semejante contradicción.

Por lo visto, me leyó la mente.

—Incluso cuando lo hago, no empleo ese lenguaje.

—Oh.

—Esa gente, los críticos musicales, o sea… ¿Quieres saber cómo son de verdad?

—Sí, claro… ¿Cómo son?

—Autistas superhiperfuncionales. Bueno, no quiero decir que los hayan diagnosticado ni nada de eso. Pero yo los diagnostico como tales. Sufren el síndrome de Asperger. Es decir, en el mismo sentido en que lo tienen David Byrne o Al Gore. Son brillantes, pero inadaptados sociales.

—Ya, y ¿cómo lo sabes?

Yo nunca había conocido a nadie con el síndrome de Asperger ni, para el caso, a ningún crítico de rock. (Aunque una vez había visto a David Byrne en una fiesta). Sin embargo, había escuchado lo suficiente para que me extrañara que Perkus Tooth acusara a otros de inadaptados.

—Por el modo de hablar. —Se inclinó hacia mí y demostró su argumento al contestar enfáticamente—: Aspiran las vocales más cerca de la parte delantera de la boca.

—Vaya.

—Y cuando los ves hablando en grupos todavía lo exageran más. Para reafirmarse. Los críticos de rock se reúnen con el propósito de consolarse mutuamente, aunque nunca lo admitirían. Se creen expertos. —Perkus, lo supiera o no, continuó aspirando las vocales cerca de la parte frontal de la boca mientras seguía argumentando su teoría—. Los árboles no les dejan ver el bosque.

—Eespeertoos en reeaafiirmaarse —dije, probando a ver qué tal—. Loos áárboolees noo lees deejaan veer eel boosquee.

Tengo un instinto de imitador muy arraigado. En cualquier caso, en la mesa que nos separaba había un vídeo con la etiqueta «ECOLALIA».

—Eso es —contestó Perkus, en serio—. Algunos hasta silban al hablar.

—¿Siilbaan?

—Exacto.

—Gracias a Dios que no somos críticos de rock.

—Y que lo digas. —Lamió la goma de otro porro que había estado liando, y luego, para valorar si merecía la pena fumárselo, se lo pasó por debajo del ojo raro como si fuera un lector de códigos de barras. Satisfecho, lo encendió—. A ver, yo me automedico. Fumo hierba para el dolor de cabeza.

—¿Migrañas?

—Cefaleas en racimo. Es una variante de la migraña. Duele solo un lado de la cabeza. —Se tocó el cráneo con dos dedos; por supuesto, el lado derecho: los dolores de cabeza gravitaban hacia el ojo anómalo—. Se llaman cefaleas en racimo porque aparecen en brotes, a diario durante una o dos semanas y siempre a la misma hora. Como un reloj, como el canto del gallo.

—De locos.

—Ya. Además se produce un efecto visual… Queda un punto ciego en un lado… —Volvió a gesticular con la mano derecha—. Como un punto en el centro del campo visual.

Una adivinanza: ¿qué resulta de mezclar un punto ciego con un ojo estrábico? Pero no mencionamos el ojo ni una sola vez, de modo que me contuve. En su defecto, pregunté:

—¿La maría ayuda?

—Lo que pasa con las migrañas es que se parecen a estar vivo a medias. Te sientes paseando por un mundo sepulcral, todo te parece lejano, apagado y como muerto. Fumar me trae de regreso al mundo, me devuelve el apetito, de comida, de sexo, de conversar.

Bien, tenía pruebas sobre la comida y la conversación; por el momento, los apetitos sexuales de Perkus Tooth seguirían siendo un misterio. Todavía era la primera de las innumerables tardes y noches que sucumbiría a la mesa de la cocina de Perkus, a su cenicero humeante y su café requemado, a su reproductor de cedés prehistórico que gemía de forma audible al leer el silencio entre canciones, a nuestro reservado a la vuelta de la esquina en el Jackson Hole cuando nos asaltaba un ansia feroz de hamburguesas y Coca-Cola, cosa que ocurría a menudo. Pronto todos esos días se confundieron alegremente, puesto que en el desconsolado año que Janice pasó fuera de órbita, probablemente Perkus Tooth fue mi mejor amigo. Supongo que Perkus era la curiosidad y yo el curioso, pero no cabe duda de que él me añadió a su colección igual que yo hice con él.

Sí, vi Ecolalia. La forma en que Brando atormentaba a su aspirante a entrevistador resultaba divertida, pero se me escapaba la profundidad del conjunto. Supongo que no estaba familiarizado con el contexto. Se lo dije a Perkus al devolvérsela y él frunció el entrecejo.

—¿Has visto El naciente?

—No.

—¿Has visto Todo lo que se esconde?

—No, tampoco.

—¿Has visto alguna película de Morrison Groom, Chase?

—No que yo sepa.

—¿Cómo sigues vivo? —preguntó Perkus, sin mala intención—. ¿Cómo te las apañas en el mundo sin entender lo que ocurre a tu alrededor?

—Para eso te tengo a ti. Tú eres mi cerebro.

—Ah, con tu atractivo y mi cerebro, llegaremos lejos —bromeó imitando la voz de Bogart.

—Exacto.

Algo se iluminó dentro de él y Perkus se subió descalzo a la silla e interpretó un bailecito simiesco mientras improvisaba una canción: «Si soy tu cerebro, tienes un montón de problemas… ¡Has elegido un mal cerebro!». El cuerpo menudo y nervudo de Perkus y su cabeza afilada, casi salvaje, con sus dignas entradas picudas y sus delicados rasgos, poseían cierta belleza. «Tienes el cerebro drogado, el cerebro en llamas…».

Pese a su lunática advertencia, Perkus se ocupó de lo que consideraba mi educación, me cargó de vídeos y DVD y me pasó visionados esenciales. El piso de Perkus era un lugar para consumir maravillas archivísticas, ya fuera en la mesa de la cocina o en las butacas hundidas de delante del televisor de pantalla plana: grabaciones piratas inéditas del panteón musical de Tooth, de gente como Chet Baker, Nina Simone o Neil Young, y vídeos con mucho grano de raros films noirs grabados de la televisión a altas horas de la noche. Entre sus tesoros se contaba un vídeo de un episodio de noventa minutos de la serie Colombo de 1981, dirigido por Paul Mazursky y protagonizado por John Cassavetes en el papel de un director de orquesta que asesinaba a su mujer, el complemento ideal para el famoso detective desaliñado encarnado por Peter Falk. También aparecíamos, interpretando a los dos hijos adolescentes malcriados de Cassavetes, Molly Ringwald y un servidor. Mazursky había rodado el telefilme por la época en que estaba dirigiendo La tempestad, un largometraje en el que trabajaron Cassavetes y Ringwald pero, lástima, yo no. Lo cual resume bastante acertadamente mi suerte como actor, el techo contra el que siempre me había estampado: televisión, sí, pero nunca la gran pantalla.

Cassavetes era uno de los héroes sagrados de Perkus, por eso había grabado aquel episodio, sacado de alguna reposición de madrugada. La cinta estaba intacta, incluía anuncios antiguos de mediados de los ochenta, con O. J. Simpson corriendo por aeropuertos y demás. Yo no había visto el episodio de Colombo desde su primera emisión, y me produjo una mareante sensación de familiaridad. No es que Mazursky, Falk, Cassavetes y Ringwald fueran como una familia para mí —apenas los conocía —, pero de todas formas me sentí como si viera una película casera. Me dio la curiosa sensación de que llevaba viviendo allí, en el piso de Perkus, desde veinte años antes de conocerle. Sus conocimientos culturales y las conexiones extrañamente sinestésicas que establecía entre ellos conseguían que pareciera que aquel momento de ver juntos la cinta estaba predestinado. De hecho, parecía como si mi actuación de hacía doce años en aquel programa de televisión olvidable y olvidado junto a John Cassavetes fuese una forma de comunión privada con mi futuro amigo Perkus Tooth.

Perkus apenas prestaba atención a los niños enfurruñados que tiraban de las mangas de Cassavetes: a él le interesaban las escenas entre el gran director y Peter Falk y repasaba el episodio en busca de cualquier atisbo de genialidad que recordara a sus estupendas colaboraciones en las películas de Cassavetes o en Mikey y Nicky, de Elaine May. Recitaba con reverencia detalles en los que yo jamás habría reparado, ni entonces, de niño en el plató, ni ahora, como espectador. También catalogaba conexiones especulativas entre la galaxia de elementos culturales de su interés.

Por ejemplo:

—Esta triste peliculilla para la tele incluye una de las últimas apariciones de Myrna Loy. Conoces a Myrna Loy, ¿no? ¿La cena de los acusados? También trabajó en montones de películas mudas de los años veinte. —Mi silencio le permitió suponer que seguía sus profundas prospecciones—. También sale en Corazones solitarios, de 1958, con Montgomery Clift y Robert Ryan.

—Ah.

—Basada en una novela de Nathanael West.

—Ah.

—Claro que no es muy buena.

—Hum.

Miré a la vieja dama que compartía escena con Falk, esperando sentir lo mismo que Perkus.

—Montgomery Clift está enterrado en el cementerio cuáquero de Prospect Park, en Brooklyn. Muy poca gente lo sabe, ni siquiera saben que en Prospect Park hay un cementerio. De adolescentes, un amigo y yo nos colamos allí una noche, trepamos por la valla y echamos un vistazo, pero no dimos con su tumba, solo encontramos un montón de cabezas de pollo para hacer vudú y otras ofrendas quemadas.

—Vaya.

Mientras le escuchaba solo a medias, seguí mirando fijamente a mi yo infantil, un fantasma disfrazado de niño de doce años que rondaba por los pasillos de la mansión propiedad del personaje interpretado por Cassavetes, el malvado director de orquesta. Por lo visto, la colección de Perkus era un lugar donde uno podía toparse consigo mismo a la vuelta de la esquina, una conspiración que también era un espejo.

Perkus prosiguió con su exposición:

—Peter Falk también apareció en Los Pequeñecos, más o menos por las mismas fechas.

—¿De veras?

—Sí. Y Marlon Brando.

¡Bingo! ¡Otro punto conectado en la Perkusfera!

 

Al principio me provocó cierta perplejidad, quizá celos, descubrir que otros seres también podían penetrar en el sanctasanctórum de la calle Ochenta y cuatro. Primero fue el camello de Perkus, que le proveía de las cajitas de plástico transparente de Chronic. Se llamaba Foster Watt. Watt, joven y suspicaz, con el pelo peinado hacia delante en pinchos, vestido con una cazadora de vinilo rojo y vaqueros negros, llevaba un busca y solo devolvía las llamadas a los clientes conocidos (para entrar en su lista tenías que haberle conocido en persona, o si no no te cogía el teléfono). Perkus le garantizó que yo «molaba», le explicó que estaba de visita por casualidad, que no era candidato a las listas de Watt. Cualquier interés comercial de Watt en mi persona se esfumó de inmediato. El Chronic era solo una de sus mercancías: Watt presumía de un amplio menú de tipos de marihuana, cada una con su fértil ramita expuesta tras un panel de plástico etiquetado «SILVER HAZE», «FUNKY MONKEY», «BLUEBERRY KUSH», «MACK DADDY» o, lo que me pareció inquietante, «HIELO». Puede que hubiera una docena más. Perkus eligió entre los tipos con entusiasmo aleatorio, renovando su provisión de Chronic, pero añadiendo también diversas variantes nuevas (que yo me fumaría con Perkus sin lograr detectar la menor diferencia entre ellas: todos los tipos de Watt me provocaban un colocón devastador). Consumado el trato, Watt se largó.

Más importante, aunque en realidad nunca entró en el piso, era Biller. Me enteré de su existencia por un traqueteo en la ventana de Perkus, la ventana del conducto de ventilación en la parte trasera del edificio. Primero oí un ruido intrusivo —yo acababa de subir y Perkus estaba empezando su exposición, desplegando las alas— y no le hice caso. Luego Perkus, sin mediar explicación, se distrajo, se calló. No se dirigió a la ventana de inmediato, sino que recogió varios objetos de la mesa de linóleo, objetos que, entonces me fijé, estaban dispuestos, preparados. Un bagel, relleno de queso de untar y salmón ahumado y envuelto en papel parafinado: un desayuno olvidado, había supuesto yo erróneamente. Una edición antigua de bolsillo de Adiós, muñeca de Raymond Chandler con una cubierta preciosa, como las que Perkus guardaba en bolsas de plástico en la librería. Un porro que Perkus había liado y apartado y que entonces metió en una minúscula bolsita con autocierre. Y un fajo de dólares, billetes de cinco y de uno, arrugados como si los hubieran sacado de un bolsillo y los hubieran tirado de cualquier modo. Todo acabó en una bolsa de papel blanco, reciclada quizá del envoltorio original del bagel. Luego Perkus abrió la ventana y saludó a alguien de más abajo. Dada la altura del umbral desde el patio de cemento desnudo, Biller tenía que haber llamado a la ventana lanzando una piedrecita o golpeándola con un palo o una percha de alambre. Estirándose, llegó justo para coger la bolsa blanca que Perkus le tendía. Yo me incliné en mi asiento para ver mejor y atisbé sus dedos, marrones y resecos, tanteando en busca de los presentes. Luego me levanté y lo vi al completo.

Estábamos a principios de octubre, eran las seis o las siete de la tarde y apenas había oscurecido, casi no hacía frío. Sin embargo, Biller iba cubierto por una profusión de chaquetas y abrigos. Algunas prendas parecían del revés. Antes de descubrir su cara oscura vi un gólem de ropa, todo forros de cuadros escoceses arrugados y secciones tubulares rellenas de plumón y manchadas. Sus manos grandes y nudosas empujaron la bolsa blanca que Perkus le había entregado por debajo de una capa al interior de una bolsa bandolera serigrafiada «BARNES & NOBLE» que colgaba por debajo del abrigo exterior. Entonces distinguí el rostro de Biller en la penumbra. Aunque unos pelos de barba enquistados imposibles de afeitar agravaban el estado de mejillas y cuello y la melena rizada se veía grasienta y dispareja, con tendencia a formar rastas, enmarcados en dicho conjunto, sus bonitos ojos transmitían un rechazo amable. Sentí que los había traicionado a los dos, fisgoneando en la caridad de Perkus. Volví a sentarme y esperé.

—¿Quién es? —La voz del hombre sonó suave y cuerda.

—No te preocupes —contestó Perkus—. Es amigo mío.

—Me suena. Puede que sea del bloque.

—No es del bloque. Puede que lo conozcas de otro sitio.

Jugueteé con un platillo de galletas italianas que había servido Perkus mientras ellos hablaban de mí y yo les escuchaba. El café se filtró con un gorgoteo irregular: Perkus acababa de llenar la cafetera cuando habían llamado a la ventana.

—No quería sorprenderte con un invitado —continuó Perkus—. Creí que vendrías antes.

—Ha sido el tigre —dijo Biller—. Prácticamente han tenido que cerrar la Segunda Avenida. No podía cruzar.

Aquella fue la primera vez que oí hablar del tigre gigantesco que se había escapado y estaba arrasando el East Side. O si ya lo había oído, lo había olvidado. En cualquier caso, no tenía ninguna razón para no suponer que se trataba de alguna fantasía de Biller. Para un hombre sin hogar, pensé, un tigre podía simbolizarlos terrores que lo acechaban. Era normal que necesitara tantos abrigos.

Perkus respondió en tono neutro.

—No importa. ¿Puedes regresar?

—Me voy al centro.

Para ser alguien que pescaba bagels de ventanas traseras, Biller parecía particularmente resuelto. La Segunda Avenida, el centro… ¿Cuánto abarcaba su órbita?

—Vale. Hasta mañana.

—Creía que se habría marchado antes de que llegaras —me dijo Perkus después de bajar la ventana y darme el nombre del aparcido—. Prefiere que no le vean. Antes me esperaba delante, luego unos capullos del edificio llamaron a la policía tres veces seguidas. De modo que le enseñé a venir por detrás, por donde sacan la basura los del Brandy’s.

—¿Dónde vive?

Perkus se encogió de hombros.

—No creo que viva en ningún lugar en particular, Chase. A veces duerme debajo de unos billares de la calle Orchard, dice que la mafia gobierna esa manzana y por eso nadie desconfía de él ni le molesta. Creo que muchas veces simplemente duerme en algún vagón del metro de camino para allá.

—Pero… ¿por qué… va para allá… o viene para acá?

—Nunca se lo he preguntado.

Perkus sirvió dos tazas de café. Lió otro porro con la hierba suelta desperdigada sobre el linóleo para reponer el que había incluido en el paquete de asistencia de Biller. Era Silver Haze. Compartirla con Biller parecía a la vez una suerte de comunión, descendida desde lo alto a sus manos suplicantes, y un gesto de camaradería igualitaria: yo me automedico, ¿por qué no ibas a hacerlo tú? Y la novela de Chandler con la portada vintage… ¿Tenía Perkus dos ejemplares o iba abasteciendo gradualmente la calle con su preciosa colección a través de Biller? Por lo visto, para Perkus los libros eran bocadillos que había que devorar.

Perkus era consciente de mi fascinación.

—Os presentaré —dijo—. De entrada es algo tímido.

Puede que la marihuana fuera una constante, pero el café era la musa de Perkus. Con su ojo perplejo, Perkus parecía estar contemplando su preciosa taza mientras me observaba. Quizá no fuera un defecto, sino un sistema de seguridad, una defensa evolutiva para evitar que le robaran el café. Una vez, a solas por un momento en su casa, encontré entre el batiburrillo de papeles un trozo de una letra de canción, el único escrito de Perkus que había visto que no era ninguna clase de exégesis crítica. Una oda incompleta, descartada, que decía: «¡Oh, cafeína! / demonio pantalla contemporánea / en tu cara he visto / en mi cara / a través de mi cara…». Y sí, el papel lucía múltiples marcas en forma de cerco de la taza de café.

Imaginé la fuga que desembocó en la interrupción de la escritura por un ataque de migraña, el bolígrafo cayendo de la mano de Perkus al sucumbir este a una de sus cefaleas en racimo. Era imposible no imaginarlo así debido al día en que al entrar me lo había encontrado presa de un nuevo brote. Me había telefoneado para invitarme a pasar por su casa y luego le había sobrevenido el dolor. La puerta no estaba cerrada, y Perkus me indicó que pasara desde el sofá donde yacía vestido con los pantalones del traje y una camiseta amarilla y con un paño frío cubriéndole los ojos. Me pidió que me sentara y no me preocupara, pero su voz sonó débil, ahogada en el interior de su pecho escuálido. Al instante me convencí de que me hablaba desde esa media vida, esa tierra de los muertos que con tanta precisión había evocado en sus primeras descripciones de la cefalea en racimo.

—Es de las malas —me dijo—. El primer día siempre es el peor. No soporto la luz.

—¿Sabes cuándo se avecina una?

—Una o dos horas antes veo una especie de aura de aviso —me explicó con voz ronca—. El mundo empieza a encogerse…

Me dirigí al cuarto de baño.

—No entres ahí. He vomitado.

Admito que lo que hice no es propio de mí: entré y limpié el vómito de Perkus. Es más, mientras buscaba una esponja en el fregadero de la cocina me encontré con otro estropicio, un cuenco de cereales medio lleno de Cheerios y varias tazas con café que al evaporarse iba dejando una película de restos circulares. Mientras Perkus yacía en el sofá respirando con dificultades a través de la toalla, yo arreglé en silencio la cocina y ordené las cosas, no quería que acabara trastornado y enfermo durante lo que de pronto yo consideraba mi guardia: se le veía tan incapacitado que podía imaginármelo sin moverse de aquel sofá durante días. Sin contar a Biller, que se había mantenido del otro lado de la ventana, no había visto ni un alma en el piso de Perkus, solo al traficante de maría. Encima de la mesa del comedor había esparcida marihuana, la mitad embutida en un colador metálico y la otra todavía en cogollos con semillas. La barrí toda a una caja de plástico con la etiqueta «FUNKY MONKEY» y metí los porros que Perkus había acabado de liar en la lata de Altoids que tenía a tal efecto. Luego, cada vez más compulsivo (mi piso está limpio, pero antes nunca me había molestado el caos del de Perkus), empecé a reorganizar los cedés desperdigados, metiendo cada disco en su funda correspondiente. Esa clase de actividad quizá me sirviera para tranquilizarme, como otra forma de automedicación. Desde luego, toparme con el dolor de cabeza de Perkus me había hecho sentirme cohibido y meditabundo, pero no podía marcharme. No intenté disimular mis actividades y Perkus no comentó nada, más allá de algún leve gemido. Pero cuando ya llevaba un rato trasteando con los cedés, me dijo:

—Busca a Sandy Bull.

—¿Qué?

—Sandy Bull… Es un guitarrista… De canciones larguísimas… En este estado solo lo tolero a él… Así tengo algo que escuchar aparte de este palpitar…

Encontré el disco y lo puse en el reproductor. La música me pareció un zumbido insufrible, psicodelia en tono menor, más adecuada para un harén que para una enfermería. Pero claro, por otro lado, yo no sé nada sobre música ni dolores de cabeza.

—Puedes irte… —dijo Perkus—. Estaré bien.

—¿Necesitas comida?

—No… Cuando estoy así no puedo comer…

Bueno, Perkus no podía comerse una de las hamburguesas grandes del Jackson Hole, eso seguro. Me preguntaba si no le convendría más un plato de verduras o un cuenco de sopa, pero no iba a hacerle de madre. De modo que me marché, aunque primero bajé las luces y dejé aquella música espeluznante bien alta, tal como Perkus quería. Después, con mis horas libres, me sentí extrañamente despojado de algo. Me había acostumbrado a contar con las tardes en compañía de Perkus y en que se convirtieran en noches. La luz de fuera no era la adecuada. Comprendí que no recordaba ni una sola ocasión en que no hubiera salido de su vestíbulo, con el cerebro en una placentera nube, y no me hubiera encontrado con un montón de clientes del Piano Bar Brandy’s haciendo caso omiso del cartel y fumando y charlando en la acera mientras del interior del bar llegaban hasta la calle notas de piano y erráticos cantos a coro. Ahora reinaba el silencio y los taburetes descansaban del revés sobre las mesas del Brandy’s. Y yo solo podía pensar en Perkus, inmóvil en el sofá, con los párpados hinchados bajo la toalla.

Cuando volví a ver a Perkus cometí el error de preguntarle si su tendencia a la elipsis estaba relacionada de algún modo con las migrañas en racimo. La semana anterior Perkus había estado alardeando de su capacidad para pasar a un estado tipo satori; de cómo, cuando se aventuraba por esos derroteros, atisbaba dimensiones adicionales, mundos dentro del mundo. La mayoría de sus escritos más sobresalientes, me había explicado, nacían de un atisbo de «conocimiento elipsista».

—No tienen nada que ver —me dijo, sentados en nuestro reservado del Jackson Hole, con el ojo-rueca protuberante—. El racimo es un estado mortal, donde se anulan todas las posibilidades… No estoy ni yo… No soy nadie. La elipsis es mía, Chase.

—Solo me preguntaba si de algún modo no serían las dos caras de una misma moneda…

O dos formas de mirar desde el mismo cráneo, pensé, aunque no lo dije.

—No sabría explicártelo. Es completamente distinto.

—Lo siento —me disculpé espontáneamente, deseando calmarlo.

—¿El qué?

Con la furia de la respuesta, había escupido un trozo de hamburguesa.

—No, nada.

—La elipsis es como una ventana que se abre, Chase. O como… el arte. Detiene el tiempo.

—Sí, ya me lo has dicho.

El coágulo de ternera masticada aterrizó junto a su servilleta, solo yo me di cuenta.

—El racimo, en cambio… Los racimos son enemigos.

—Sí.

Me había convencido. No le había costado mucho. Ahora yo quería convencerlo a él de que visitara a un curandero oriental que conocía, a un maestro de medicina china que, desde su consulta de Chelsea y con una lista de espera de seis meses o más, atendía a los ricos y famosos de Manhattan, eliminando sus ornados estreses y decadentes males con encanto y acupuntura. Me prometí a mí mismo intentarlo más tarde, cuando a Perkus se le pasara el enfado. Ansiaba de verdad que tuviera su elipsis, que la tuviera completa y sin reservas, quería que la tuviera sin racimo… por mucho que sospechara que uno era el precio de la otra. Entonces caí en la cuenta de que lo deseaba de un modo egoísta porque Perkus —su conversación, su piso, el espacio que había abierto desde que, primero, lo había conocido en Criterion y, luego, le había llamado por teléfono— era mi elipsis. Quizá no me fuera innata, pero de todas formas la había descubierto en él. Con sus peroratas, sus entusiasmos, en sus apartes abruptos e improbables, Perkus me llevaba al mundo dentro del mundo. No le quería asfixiado en el mundo sepulcral de la migraña. Perkus era lo contrario a mi lejana prometida astronauta: cuidarle era importante, para el día a día.