Chronic City
Capítulo 4
El único papel que he interpretado a gusto de todos ha sido el de Warren, en Martyr & Pesty. Parece ser que, para mí y para los demás, como joven aprendiz idealista y soñador de Gordon Pesty, el fulminante abogado extraordinario, personificaba… algo. La serie en sí era objetivamente «tonta» y todos (guionistas y actores, la cadena, la crítica y el público) nos flagelábamos en aquel entonces por nuestra complicidad en su éxito continuado; pero yo, la excepción, estaba inexplicablemente «conmovedor». O no yo, sino Warren Zoom, nacido en el lado equivocado de las vías, hijo único de una viuda sofisticada y en perpetua búsqueda de un mentor paternal en la figura del airado y desarmado Pesty. El tal Warren Zoom impactaba al espectador (o al menos a una masa crítica de chicas adolescentes y a un buen número de sus madres) porque poseía cierta vida fuera de la fría pantalla, más allá de los rígidos límites de las sombras chinescas que podían engarzarse en ese marco de media hora durante el habitual intento de aplacar, entretener y vender lo que hubiera que vender. Rápidamente Ballantine Books encargó varias novelas cortas orientadas a las adolescentes (y escritas, imagino, por los equivalentes a Oona Laszlo de los años ochenta), decoradas con mi cara y distribuidas en colmados y supermercados: mercaderías nuevas derivadas de las viejas, el gran sueño. Recuerdo que en algún momento ocupé las portadas de TV Guide y People la misma semana. ¡Todo el mundo quería ser Warren Zoom o conocerle! ¡Y yo lo era! Todo eso se evaporó (bastante) rápido.
Ahora Warren Zoom y yo hemos roto para siempre. Cada uno sigue su camino; él, atrapado en sus reposiciones, eternamente joven, cada vez más hundido en los círculos del infierno de la televisión por cable (donde de vez en cuando me lo encuentro de casualidad y, rápidamente, me alejo de él). Yo, envejeciendo, aunque no demasiado mal, interpretando otros papeles en mi vida, aquí, en Manhattan, costeados por Warren, en un elegante acuerdo de indiferencia y apoyo mutuos. O no, no es verdad. En la actualidad no apoyo en nada a Warren Zoom. Diría que me lo debe todo, pero no estoy seguro de que él estuviera de acuerdo.
Ya no actúo, es decir, siempre que no se entienda cada momento de vigilia como una interpretación. Aparte de encargos de buen gusto, como las voces en off de Criterion para Susan Eldred, no me tienta nada. Para ser sincero, últimamente muy pocos han intentado tentarme. Hace un año mantuve una extraña reunión con un par de productores, unos tipos jóvenes con la labia optimista de los espías o los agentes secretos recién reclutados. Hasta se vestían raro, los dos llevaban sendos trajes negros gemelos que pedían a gritos un sastre. En el curso de una cara comida me presentaron su propuesta con esa confianza fácil únicamente al alcance, me pareció a mí, de quienes no solo no habían conocido nunca el fracaso, sino que además estaban gastándose el dinero de otro. Me esbozaron someramente «el papel de mi vida». Ya no recuerdo los detalles del discurso, ni del contexto… La verdad, no estaba prestando atención. Intenté explicarles que ya no me presentaba a audiciones, que ni siquiera mantenía contacto con un agente. Mi fama infantil había hecho imposible que me eligieran para ningún papel y me había liberado del peso de la ambición. Me había reincorporado a la vida civil, bromeé. Ellos, por su parte, argumentaron que era mi carrera residual y mi vida de callejero por Manhattan lo que me hacía perfecto para el papel en cuestión. Derrotado, les dije que leería encantado el guión. Prometieron mandármelo enseguida.
No volví a saber de ellos. Aquel encuentro me desconcertó.
Vivo en la capital del capital, pero animo en contra del Dow Jones. Los días que se desploma, me recorre un estremecimiento instintivo. Sé que debería sentir que todos estamos en el mismo barco, en especial desde que la niebla gris se extiende por la parte baja de la isla. Debería compadecer a los hombres del dinero, de aspecto ceniciento y apagado, olvidadizos, aletargados, tan distintos de lo que eran, como Reggie Spencer. Sin embargo, si soy sincero, me gustaría verlos despojados incluso de sus trajes gris niebla, vestidos con un tonel con tirantes, liberados por fin de tanto sufrimiento. A veces esta animadversión mía hacia el Dow me parece el peor secreto que podría revelar. Me callo.
Aunque convivo bien con la gente del dinero, ese hecho carece de importancia a la hora de explicar lo que me gusta del Upper East Side y el motivo por el que rara vez voy a alguna otra parte. El secreto de este lugar es la cuarentena que impera con respecto a las idas y venidas de las tendencias y las modas de Manhattan. Quizá algún día, si los rumores son ciertos, construirán una línea de metro en la Segunda Avenida y todo esto cambiará. De momento, se mantiene atrincherado e inmutable. Las señoras con el carrito de la compra y las damas con pieles y las chicas con vestidos de cóctel negros, los rapaces socios comanditarios de veintitrés años con la corbata aflojada, los policías fuera de servicio mezclándose con los ricos, ninguno de ellos necesita mirar a los demás y preguntarse si este lugar les pertenece con toda razón a ellos o a cualquier otro. Aquí las capas y las resonancias son misteriosas sin dejarse impresionar demasiado por ellas mismas. (Si quieres que machaquen tu autocompasión sin aspavientos, algunas de las mujeres del carrito todavía se arremangarán la blusa para mostrarte los desvaídos números azulados del campo de concentración). El dinero lleva tanto tiempo aquí que está algo decrépito. Si una de las leyes del dinero establece que este no puede comprar el buen gusto, aquí es donde fue a parar tras fracasar en el intento y esto es lo que compró en su lugar. Detrás de lo que se presupone sobre el East Side sé esconde mucho más, incluso aunque lo que se presuponga sea cierto. Hay más cosas aparte de las verdaderas y conocidas. La calle Ochenta y cuatro Este, la entrada junto al Piano Bar Brandy’s, sus habitantes… No solo Perkus Tooth, aunque él sea un buen ejemplo.
También Biller. El hombre sin hogar vive allí, al menos en ocasiones, siempre que no se considere más correcto decir que vive en otro mundo.
Cada vez duermo más de día. Esta tendencia, inaugurada antes de trabar amistad con Perkus Tooth, sin duda empeoró al conocerle. El ángulo de la luz en mi piso lo hace espantosamente fácil: cuando el sol por fin supera el borde de la torre Dorffl, entra una especie de «alba» vespertina. (La junta de vecinos luchó arduamente para impedir la construcción de la Dorffl o modificarla y perdió. Yo no voy nunca a las reuniones). Cual trabajador de restaurante, habito la vida de Manhattan mientras la isla se sacia con los placeres del anochecer, mientras cena y fuma y bebe, y luego me arropo para dormir y sigo adelante. Lo que sirven con los cócteles —un puñado de anacardos, un supurante queso sin pasteurizar comprado en el mercado negro— acostumbra a servirme de almuerzo, si no de desayuno. En esta isla desnaturalizada, si me muero de ganas por un «desayuno», en la cafetería Gracie Mews me servirán gustosos dos huevos escalfados con beicon y patatas fritas caseras con relucientes trocitos de cebolla y pimiento verde a las cuatro de la mañana, antes de acostarme. Eso cuando me muero de ganas, si es que pasa.
Sobresalgo únicamente por mi obligada cortesía. Una agotadora compulsión de complacer cualquier necesidad social que detecte. No me refiero solo a mí mismo; con frecuencia se hace evidente que mi encanto agota y apabulla a otros, incluso aunque cuenten con él para rellenar las grietas de la fachada social: para ocupar asientos vacíos, ventilar silencios sofocantes, endulzar momentos incómodos. (Soy como el dulce de leche. O tal vez como el chicle). Pero si bajo el encanto subyace el agotamiento, bajo el agotamiento subyace cierta rabia. Detecto errores por doquier. Dentro y Fuera, que decía la canción. Podría inducir a error decir que por dentro estoy gritando, porque si así fuera, no tardaría en encontrar la manera de gritar en voz alta. Más bien la cortesía infesta una capa entre yo y yo mismo, y el nombre de esos errores no solo no se expresa, sino que se desconoce. Solo se intuye. Olvidado, quizá. Perkus lo llamaría «embrionario». Sin buena intención.
En ese margen de cielo que la torre Dorffl concede a mi piso se ve otra torre, la aguja de una iglesia a unas tres o cuatro manzanas de distancia, una construcción del siglo XIX. No sé cómo se llama, pese a lo fácil que resultaría averiguarlo. Bastaría con preguntarle a un vecino. O acercarme a visitarla. No sé nada de arquitectura, pero creo que podría ser de estilo gótico. Para confirmarlo me bastaría con sacar la Guía arquitectónica de Manhattan de White y Willensky de donde la tengo localizada, en la fila inferior de la estantería del salón de Perkus Tooth. Nunca lo he hecho.
Lo que pasa con la aguja de la iglesia es que todos los días, al despertarme, dedico un momento a contemplarla para ver si están los pájaros. Es una bandada de… algo —¿gaviotas?, ¿golondrinas?— con plumas blancas por arriba y más oscuras por abajo, pájaros que giran y aceleran en patrones cambiantes por encima y por debajo de la aguja durante sesiones que normalmente duran quince minutos y, a veces, hasta media hora. Yo intento contarlos y me paro en once, doce o trece. Caen en picado, dibujan ochos en el cielo, la densidad de la bandada crece o disminuye con cada giro. Salen disparados por la izquierda de la aguja, inclinados, como si quisieran abandonarla, para luego rotar abruptamente, con los lomos blancos cambiando al plumaje gris de debajo, como por un clic de ratón, y recuperar su órbita. A veces, pocas, un único pájaro gira hacia el lado equivocado, se aleja del grupo y tiene que virar en una operación fantasma hasta que la bandada vuelve a integrarlo en una barrida. Es extraordinariamente fácil parpadear o apartar la vista y perderse el final sin ceremonias, sea cual sea el motivo por el que deciden acabar. Simplemente se ladean y se alejan de la aguja y de mi pedazo de cielo.
Mi ignorancia de la historia natural me impide alcanzar un mejor entendimiento sobre los enigmas que conllevan los pájaros en sí (¿Por qué ese número? ¿Por qué no ocho o quince? ¿Viven juntos día y noche o se reúnen solo para esas misiones? ¿Qué hacen los días que no visitan la torre? ¿Se han alimentado alguna vez las águilas de Richard Abneg de esa bandada?), de modo que me dejo arrastrar hacia preguntas que de verdad no tienen respuesta. ¿La iglesia ya atraía a los pájaros cuando se construyó? ¿Sabían los constructores que así sería? ¿Tal era su intención? La relación entre esos pájaros y la torre se me antoja a la vez profunda e imposible. Cuanto más la miras, más parece corroborar la existencia de un misterio la persistencia de esa aguja vagamente medieval en el cielo de la Segunda Avenida. Si lograra dilucidarlo, quizá empezara a comprender por qué vivo en este lugar y en qué consiste. En cambio, lo más que me acerco es a esos pájaros. Sin embargo, ellos están libres de preocupaciones y yo no.
Algunos días, mientras contemplo a la bandada volar alrededor de la aguja, un avión pasa por las alturas, por encima del marco de mi ventana, y deja una tenue estela. (Así fue la mañana después del funeral de Emil Junrow, cuando Oona Laszlo abandonó sigilosamente mi lecho y me dejó durmiendo). Un avión cargado de pasajeros en ruta entre un lugar y otro, con tan poco que ver con pájaros o torres como los pájaros y las torres entre ellos. Yo soy el único testigo de su conjunción. El privilegio de verlo queda reducido a ese hecho: no entiendo nada más. Supongo que si en algún punto de la lejana estratosfera pudiera verse la irrecuperable estación espacial de Janice Trumbull orbitando, tendría la misma poca conciencia, la misma poca relación con el avión, los pájaros y la torre que el avión, los pájaros y la torre unos con otros. O, de existir la relación, yo no la comprendo.
4 de noviembre
Querido Chase:
Intento «sentir» noviembre, el tuyo y el mío. Construiré un diorama
imaginario, algo como del colegio, un intento de ganar una secreta feria científica del corazón: el noviembre de Janice y Chase. Un ojo de la mente en miniatura al que poder asomarme. (No mencionaré este proyecto al capitán ni a los rusos, a nadie. Aquí arriba todos sabemos demasiado sobre los pequeños proyectos de los demás). ¿Ya hace frío? ¿Manhattan está bonito? ¿Han montado ya el árbol de Navidad o es demasiado pronto? (Sé que detestas el Rockefeller Center). ¿Vas alguna vez al Jardín Chino del Met con la minúscula cascada borboteante dónde fuimos una vez y nos quedamos dormidos juntos con la cabeza apoyada en una piedra? (No sé si quiero saber si vas sin mí o no, de modo que no contestes a la pregunta). ¿Parezco idiota? Perdóname, últimamente se me va un poco la cabeza aquí arriba. Desde el escape de anticongelante —una explosión, en realidad— las cosas no marchan bien. Debería poner en orden mis pensamientos. Siempre ayuda volver a ordenar los sentimientos, escribirte. Estoy segura de que Control de la Misión habrá intentado reducir el pánico al mínimo, por formación y, sobre todo, por naturaleza. (¡Hola, Ted! ¿Cómo estás, Arun? ¿Tomándote un té de Ceilán mientras lees esto?). Hasta nosotros seis hemos dejado de hablar del incidente: hay que pensar en las tareas de cada nuevo día. Pero lo cierto es que casi perdemos las dos cosas, el Cubil y el Invernadero. Y sin el Invernadero, no hay comida. Ni aire. Ni nosotros. La Aurora boreal solo sería un sofisticado museo, o quizá un laboratorio flotante para experimentar la momificación en gravedad cero.
Mstislav, el jardinero más dedicado de los seis ahora que Sledge apenas sale
del Desván, ha estado jugueteando con el equilibrio del dióxido de carbono, un deporte peligroso pero crucial. A seiscientas o setecientas partes por millón, aquí dentro el aire resulta espantoso pero te mantiene con vida. Es necesario manipular regularmente las funciones orgánicas para evitar que dicha proporción suba a niveles mortales. En resumen, tras una lectura alarmantemente alta, Mstislav descubrió un montón de hojas de mangle en putrefacción bajo una loma aparentemente sana de pasto de trigo: una pesadilla de abono venenoso camuflada. Aquí arriba algo tan sencillo, tan tonto, podría significar el final de la partida. Todo el mundo, incluso el Capitán y Sledge, tuvo que coger una horca y participar en una campaña de emergencia encaminada a retirar la masa en fermentación a sacos de basura que posteriormente debían eliminarse rápidamente de nuestro espacio aéreo. Pues bien, Keldysh ha estado acumulando desperdicios en uno de los módulos de emergencia desde hace meses, una solución razonablemente ingeniosa, con la idea de que con el tiempo terminaremos poniendo a prueba nuestra capacidad para lanzar el módulo y descargar su contenido al borde del campo difuso chino. Tal vez nuestra basura,
en lenta deriva hacia la gravedad terrestre, podría incluso eliminar alguna de las minas chinas que nos tienen atrapados aquí. Quizá sea solo una fantasía. Tendríamos que eliminar centenares de ellas para que Control se planteara siquiera la posibilidad de mandarnos un transbordador. Pero soñamos, ¿por qué no? Si el plan de Keldysh se queda corto, lo peor que podría pasarnos es ver cómo se destruye un módulo repleto de basura al atravesar el campo difuso. Tenemos otros dos módulos.
Bueno, pues el exceso de sacos rebosantes de mantillo nos obligó a actuar
precipitadamente, antes de que Keldysh tuviera ocasión de trazar un plan de lanzamiento. Zamyatin se enfadó con él por intentar un lanzamiento tan pronto, pero todos alentamos a Keldysh, Zamyatin incluido. Y la verdad, estábamos todos agotados tras doce horas de lo que Mstislav llamó entre risas «una basura de trabajo», una de las pocas bromas de los rusos que hasta Sledge y yo entendimos. Y fue la última vez desde hacía tiempo que nos reíamos. Keldysh estrelló el módulo. Rebotó en el panel solar V, partió una antena y luego chocó con consecuencias desastrosas contra las baldosas exteriores del Cubil. Pegados a la señal de vídeo como adolescentes ante una película de terror, vimos el módulo girar sin control entre, sí, las minas chinas. Luego llameó y se desvaneció. (Sinceramente, creo que para entonces Keldysh se aferraba la cabeza entre las manos y podría haber redirigido la trayectoria de no haberse descorazonado tanto ante los primeros impactos. Control de la Misión borrará este paréntesis antes de publicar la carta. ¡Hola otra vez, colegas!). Adiós al abono sobrante, los desechos plásticos imposibles de reciclar, los pañales inevitablemente vergonzantes y al módulo en sí mismo. El tubo de fuego mudo era otra advertencia, por si la necesitábamos, de que teníamos que recalibrar el declive orbital a diario. Como pasarse el hilo dental. (Bromeo para captar tu atención durante los áridos pasajes técnicos, mi querido y disperso Chase). No creo que a nadie se le pasara por la cabeza buscar posibles desperfectos en el interior del Cubil hasta que olimos el anticongelante, una peste a mofeta que se fue expandiendo por la minúscula atmósfera de la Aurora boreal.
Fue Mstislav quien tuvo la previsión de sellar por control remoto el Cubil y
luego insistió en que nos pusiéramos las máscaras de oxígeno para investigar lo sucedido. Olvídate por el momento de posibles daños en el interior: estábamos predispuestos a preocuparnos por el casco de la nave espacial, ¡la preocupación de todo astronauta! Para cuando llegamos al Cubil habíamos perdido a Sledge, pero los cinco restantes entramos con las máscaras puestas y descubrimos la tubería de anticongelante rota que escupía gotas turquesas que flotaban en el aire e iban estallando hasta pintar toda la superficie interior del Cubil. Mstislav y Zamyatin detuvieron la fuga. Luego, liberados de nuestra basura de trabajo en
el Invernadero y convertidos en bedeles espaciales, nos pusimos a frotar, secar y escurrir el pringue azul dentro de contenedores, una tarea parecida al propósito del oobleck del Dr. Seuss. (Todavía quiero tener hijos contigo, Chase). Acabamos con los uniformes empapados. Mstislav, el héroe de este episodio, observó con gran razón que cualquier gotita de contaminante que exportáramos del Cubil iba destinada a circular libremente y, en última instancia, acabar en nuestras membranas mucosas. En nuestros torrentes sanguíneos. De modo que nos desnudamos y tiramos la ropa a la basura. Imagínate, cinco nudistas flotantes con máscaras de oxígeno, destrozados por la fatiga y las impresiones fuertes, escurriéndonos las últimas perlas de anticongelante del pelo. (No te pongas celoso. Ya me habían visto desnuda. Y de todos modos, dada la dieta actual, me he quedado en los tristes huesos de una niña de diez años, nada que despierte admiración. También he dejado de menstruar. Y sí, una vez más: todavía quiero tener hijos contigo, Chase). Por fin, obviando varios moretones y arañazos que según los protocolos de primeros auxilios deberíamos habernos curado inmediatamente, todos nos escabullimos hacia nuestros escondrijos para sujetarnos a una pared y echar ese sueño que tanto necesitábamos. Famélicos como estábamos, creo que nadie emergió durante diez horas ó más.
No te contaré en qué ocupó Sledge el intervalo durante el que nosotros
limpiamos el Cubil. Estoy demasiado cansada.
Incluso con esa omisión, no me imagino, ahora que lo he puesto por escrito,
que Control de la Misión publique gran parte de este informe. No obstante, cuando aparece nuestro paquete con el resumen de los medios de prensa (hay siempre tanta demanda para nuestro escuálido ancho de banda, tantas transmisiones técnicas por delante de las cuestiones personales, que el paquete suele retrasarse una o dos semanas), me sorprende comprobar cuántas columnas nos dedican. ¿Tan fascinantes somos? Pronto nos olvidarán. Hasta nosotros casi nos hemos olvidado. Por eso dependo de ti, Chase, para creer en mí. Mientras floto a la deriva, tú me anclas a la realidad. A la Tierra. A Manhattan, donde estás sentado leyendo esto, quizá en esa cafetería francesa de imitación (¿de verdad se llama Savoir Faire?) con esos increíbles cruasanes de almendra que finges permitirte solo una o dos veces al mes pero de los que en realidad devoras al menos dos por semana. Ahí es donde te imagino, Chase. Con azúcar en polvo en los dedos mientras abres el sobre de Control de la Misión. Con azúcar en los labios, los dedos y posiblemente también en la nariz: ese polvo dulce soy yo, tu astronauta, tu astroperdida, tu Janice.