Chronic City

Jonathan Lethem · Capítulo 2 de 30

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Chronic City

Capítulo 2

 

Perkus Tooth tenía razón. Mejor me sería reconocer que ejerzo de adorno para cenas. Tengo algo agradable. Patino sobre cojinetes de encanto sin fricciones, emano un carisma mediocre que no amenaza a nadie. Como actor retirado, recuerdo las artes, si bien no revisto ninguna aura inquietante de descontento, afán o necesidad. Cualquiera capta en un solo concepto —derechos de redifusión— de dónde procede mi dinero y que tengo suficiente. La gente con dinero no quiere preguntarse en sus veladas privadas si sus amigos artistas tienen suficiente (o peor, estar seguros de que no es así). Fue durante una de esas veladas de lo más típicas, revoloteando entre caras que habría olvidado a la mañana siguiente, cuando me presentaron a Richard Abneg.

El dúplex de Maud y Thatcher Woodrow tenía la desconcertante forma de una casita unifamiliar que se hubiera desplazado hasta un monolítico bloque de apartamentos característico de Park Avenue y hubiera sido absorbida y escondida en su interior. Al entrar por el vestíbulo, después de dejar atrás la portería, el visitante giraba a la izquierda, esquivando los bruñidos ascensores con interior de palisandro que conducían a los pisos de diez millones de dólares, hacia una pequeña escalinata interior, seis escalones de mármol que iban estrechándose hacia una puerta recargada donde le recibía otro portero espabilado, mejor y más escrupuloso que el anterior, exclusivo del hogar de los Woodrow, que conocía el nombre de cualquier invitado antes de que se lo dieran, incluso en la primera visita. Esta casa dentro de un edificio cumplía la función de enunciar a los inquilinos de los pisos, peones de ascensor que imaginaban haber alcanzado una de las estaciones más elevadas de la vida: «Tu interior es nuestro exterior, tal es la relación exponencial entre nosotros». En Park costaba distinguirse de la simple riqueza inconsciente, pero los Woodrow habían comprado un poco de esa distinción. Si para ello se exigía una floritura surrealista, era bienvenida. Dentro de la vivienda nada indicaba que la morada de los Woodrow no fuera una casa estupenda e histórica reformada en un estilo moderno, con las paredes cubiertas de fotografías en marcos negros y cuadros tan nuevos como ellas detrás de cristales impolutos y con una escalera interior de caracol que como proscenio para las entradas no tenía nada que envidiar a la de El cuarto mandamiento. No obstante, la casa no se veía desde la calle. No tenía nada que enunciar a la calle.

Las reuniones seguían siempre el mismo guión. En los cócteles yo no hablaba de mi astroprometida, atrapada tras su piel de acero y baldosas en el insondable y doliente vacío. No, ese material me lo reservaba. Llegaría un momento de la cena, después de divertirnos un rato, consumidos dos tercios de las velas, recién rellenadas las copas, cuando alguien a mi derecha o a mi izquierda me formulase la consabida pregunta, como si por acuerdo previo se descartaran otras conversaciones, para que todos los comensales como uno solo escucharan mi triste historia. El drama de Janice Trumbull, al que yo iba adscrito, no iba a dejar de mencionarse y difícilmente podía considerarse un secreto: al fin y al cabo, todos estaban al tanto de su destino por la prensa. De modo que, con el corazón en un puño, los invitados se inclinarían desvergonzadamente para oír mejor mi versión, tal vez «la verdadera historia». Y para mugir su lastima, igual que el público muestra su aprobación en un recital de poesía.

Los cócteles eran para charlas más intrascendentes. Nos habíamos juntado en el lujoso salón ocho o nueve personas, contando a Maud y Thatcher, nuestros anfitriones, mientras el servicio serpenteaba entre nosotros cosechando encargos y sembrando canapés. Naomi Kandel, la galerista lesbiana, inclinó su copa a modo de saludo al verme llegar y me dejé llevar hacia ella. Robusta y atractiva con su vestido de noche, con la mirada amodorrada por la ironía congénita, Naomi prometía conmiseración inexpresiva. Aunque todos habíamos elegido aceptar la invitación, teníamos que conseguir sentirnos mejor con dicha decisión imaginándonos esclavizados. Naomi estaba con otra mujer, una escultural cuarentona de la alta sociedad que llevaba un vestido brillante de color anaranjado. Las dos contemplaban un dibujo enmarcado, quizá una nueva adquisición de los Woodrow, una fría representación de estilo arquitectónico de un pozo oscuro visto desde arriba que se hundía entre dos edificios de oficinas de Manhattan. También había representadas figuras minúsculas que se asomaban a las profundidades del pozo desde la acera.

—¿Conoces a Sharon? —preguntó Naomi.

—No tengo el placer.

—Sharon Spencer, Chase Insteadman.

—Soy una gran admiradora de tu trabajo —dijo Sharon Spencer.

Me estrechó la mano durante un instante de más. Me pregunté a qué trabajo se referiría. ¿Admiraba Martyr & Pesty? Pocos se jactaban de ello. Y Sharon, pese a todo su atractivo, parecía demasiado mayor para haber conocido el momento de apogeo de esa serie. Decidí que estaba siendo educada, o coqueta. Yo también me puse a contemplar el dibujo.

—Laird Noteless —dijo Naomi refiriéndose al nombre del artista—. Es un estudio para Edificio suprimido.

—¿Lo llevas tú? —le pregunté a Naomi.

Dijo que no encogiéndose de hombros.

—No hay nada con lo que negociar. Noteless no suele desprenderse de los bocetos. Le gusta acumular o destruir las pruebas y dejar solo las grandes obras. Creo que Maud y Thatcher le están ayudando a conseguir que el Ayuntamiento apruebe Edificio suprimido.

—¿Todavía no está construido? —preguntó Sharon Spencer, sorprendida.

—Aún no.

Sharon Spencer negó con la cabeza.

—Es ridícula la cantidad de impedimentos que ponen.

—A propósito, ¿dónde está tu marido? —inquirió en tono seco Naomi, sin disimular el aburrimiento y quizá deseando aplastar cualquier intento de coqueteo.

—Reggie llegará tarde —suspiró Sharon Spencer—. Está atrapado en el trabajo. El centro está imposible.

Reggie, deduje, era uno de esos que mueven el dinero intentando multiplicarlo. Todos ellos merecían nuestra compasión, estaba claro. Los hombres del dinero, esforzados y exhaustos, se deslomaban entre la niebla gris. Comparados con sus mujeres, eran simples peones.

A continuación Maud Woodrow me encontró y me apartó de Naomi y Sharon Spencer para presentarme a Harriet Welk, una editora de Knopf. Maud y Harriet se habían conocido cuando un fotógrafo necesitó permiso para reproducir parte de la colección de la primera en un libro ilustrado sobre la joyería del siglo XIX. Harriet, tal vez la intérprete más joven en aquel intimidante escenario, era dominante y entusiasta, e invitaba a querer agradarle. Había sido ella la que había traído a Richard Abneg. Este seguía en el extremo opuesto del salón, acorralado por Thatcher Woodrow. Ningún varón que entrara en el círculo de los Woodrow se libraba de ser marcado preventivamente con el aroma de Thatcher. Cuando Maud se alejó a atender otros deberes, Harriet detalló algunos datos sobre Richard, al que llamaba «cita secular».

—Creo que quieres decir «platónica».

—Platónica, secular, viejos amigos. Imposible imaginar nada entre nosotros.

Señaló a Abneg, un tipo bajito y fornido que, en aquella compañía, parecía un comunista de tebeo con su traje carbonilla de pata ancha, camisa a cuadros desabrochada y una barba negra que le invadía las mejillas, hundidas, y los fieros ojos. Estaba de pie, cara a cara con Thatcher, agarrando el cuello de un martini como si fuera el mango de un hacha con la que pensara abrirse paso si Thatcher no dejaba de fanfarronear.

—Salta a la vista —dije—. Vais los dos por vuestra cuenta. Sois lobos solitarios.

Harriet me explicó que se conocían de la secundaria, desde los pasillos y las fuentes y los apuros sexuales del Instituto Horace Mann.

—¿Sabes cuando conoces a alguien desde hace tanto tiempo que estás al corriente de todos los personajes en los que se ha reinventado?

—Al menos se ha tomado la molestia de reinventarse.

Richard Abneg había comenzado siendo un radical, un anarquista. Su acontecimiento formativo habían sido los disturbios de Tompkins Square Park, cuando la policía aplastó el espíritu rebelde del Lower East Side. (Yo recordaba vagamente los hechos, otra versión del Pecado Original de la ciudad). Abneg había encabezado la ocupación de un famoso edificio de la Novena con la C, un preciado último puesto de resistencia, un pie atrancado en la puerta del progreso. De ahí había derivado una carrera como abogado en temas arrendatarios, en negociaciones a cara de perro en nombre de los que eran marginados por el desfile del aburguesamiento. Ahora, en el colmo de la ironía, Abneg trabajaba para el alcalde Arnheim gestionando la ruina del programa de estabilización de alquileres. Harriet Welk me informó de que se había convertido en un gran villano para ciertas personas que le recordaban de sus primeros tiempos. Sin embargo, Abneg se aferraba a su sentido del deber, siempre recordaba que todo podría ser mucho peor sin su intervención y exigía, con la mandíbula tensa, un mayor realismo. Sus íntimos, como Harriet, se daban cuenta del precio que había pagado por acabar en esa encrucijada, por pactar con el diablo. Así que, muy amablemente, pasaban por alto las ironías. Lo que Richard Abneg había mantenido siempre, de algún modo, era cierto sentido de su lugar crucial en la vida de la isla. Nunca se había desentendido. Y la barba, la barba también era innegociable, otra constante. Se la había dejado cuando tenía quince años y leía a Charles Bukowski, Howard Zinn y Emmett Grogan. Me empapé de la descripción de Harriet y me preparé. Lo que no me advirtió Harriet fue que Abneg me caería bien.

Richard Abneg se encaminó hacia nosotros. Me tendió una mano callosa para que se la estrechara, pero mientras le saludaba él habló con Harriet Welk.

—¿La has visto?

—¿A quién?

—No mires, no mires. La mujer-avestruz.

Se refería a Georgina Hawkmanaji. Yo la había visto llegar. Dados el cabello recogido en una alta construcción plumífera, el cuello largo y pálido, los hombros estrechos y el exuberante trasero, «mujer-avestruz» resumía bastante bien su aspecto. Valorada en unos veinte millones de rapiña armenia heredada, educada en Zúrich y Oxford, sí, pero avestruz por talla y, quizá, por espíritu. Le sacaba treinta centímetros a Abneg.

—Perdón —se disculpó Abneg en tono abrupto. Se presentó y liberó mis claustrofóbicos dedos—. No te equivoques: voy a irme a casa con ella.

—Te daré ventaja —le dije—. Vive en este edificio, en el ático.

—Bueno, pues estoy captando señales clarísimas de luz verde.

—La mujer-avestruz te da luz verde.

—Sí, eso mismo.

—No la pases por alto.

—Nunca lo haría.

Cuando llegó la hora de cenar, Richard Abneg y yo nos sentamos cada uno a un lado de Georgina Hawkmanaji. Su estrategia, que visto lo decidido de su ataque debía de ser instintiva, consistía más o menos en rehuir a Georgina por completo y al mismo tiempo ocupar físicamente su regazo como parte de una ostensible campaña encaminada a impresionarme. Según mi experiencia, conversar con Georgina podía resultar una tarea más propia de Sísifo: no era tonta, al contrario, era astuta prácticamente en cualquier tema, pero sus maneras formales y reflexivas eran como el bochorno. De modo que admiré la proeza. Abneg utilizó a Georgina para triangular. Ella no tenía que seguir el hilo, bastaba con que periódicamente ratificara algún comentario particularmente enfático de Abneg. Eso y que soportara la saliva que le escupía en la pechera de su vestido de seda de cuello alto, minúsculas gotitas que iban acumulándose como una nueva constelación en el cielo nocturno.

A Richard Abneg le gustaba dinamitar su propio ego con anécdotas de tratos cerrados en oficinas donde te contabas los dedos después de estrechar una mano y descubrías que te faltaban varios, donde creer que habías ganado significaba que no habías entendido lo que estaba en juego. Entre bromas, le oí racionalizar una trayectoria vital de insoportable compromiso. Se pintó como un especialista en proteger idealismos de castillo de arena frente a la resaca de la fuerza de cambio de la ciudad, una fuerza más caracterizada por la indiferencia de las mareas que por el cinismo. En época de rapiña privatizadora, soltar la mejor parte de lo que habías jurado proteger podía ser un intento de no perderlo todo.

La voz de Abneg era insinuante y sarcástica, la voz de un bravucón, aunque solo se intimidaba a sí mismo. En cierto momento el medidor interno de testosterona de Thatcher Woodrow saltó y este se inclinó hacia nuestro extremo de la mesa.

—¿De verdad conoces al alcalde Arnheim?

Abneg acababa de sacar un muslo entero de pato de su arroz, dejando que una grasienta mancha blanca de espárragos rellenara el hueco. Parecía deleitarse en participar de estampas atávicas, por lo que se entretuvo un poco más arrancando la carne centelleante con los dientes mientras Thatcher aguardaba su respuesta.

—Trabajo para él —contestó Abneg, tragando—. No he dicho que le conozca. Desde luego, hemos coincidido una docena de veces, la mitad en público, por lo que difícilmente podrían considerarse reuniones. Mira, Arnheim tiene cincuenta tipos como yo sudando la gota gorda todos los días. No me hago ilusiones de que quiera que le vean conmigo.

—Solíamos jugar al póquer durante toda la noche, antes de que lo entronizaran — dijo Thatcher—. Él y yo y Ted Koppel y Ahmet Ertegun, y George Soros, cuando estaba en la ciudad. Implacables, todos. No estoy seguro de que encaje con la imagen que la gente tiene de su alcalde, pero él era el peor de todos. Yo no soy manco, pero en aquella mesa me veía obligado a luchar por mi vida.

Si le conocía bien, antes de acabar Thatcher buscaría la oportunidad de revelarnos el coste de entrar en la partida. Las apuestas mínimas, las apuestas más altas y más bajas y todo lo demás. Pero Richard Abneg lo evitó de forma cortante y hábil.

—Sobre todo trabajo con una asesora del alcalde con la que probablemente no juegas al póquer. Se llama Claire Carter. Una tipa dura también, pero de otra clase. Cuando salimos a comer insiste siempre en pagar cada uno lo suyo.

Me reí: me gustó cómo Abneg le bajó los humos a Thatcher. Georgina también se rió. Quizá al final Abneg acabara cazando a la mujer-avestruz.

A la hora convenida, la mesa de los Woodrow enfocó sus reflectores hacia mi desgracia. Yo interpreté mi papel en una especie de kabuki. En realidad no había ninguna novedad: como el resto de la ciudad, los comensales habían devorado ya las famosas epístolas de Janice desde el espacio exterior. Solo querían saborear la suerte de poder tratar al glamouroso futuro marido de la astronauta. Janice estaba allá arriba y yo aquí abajo. Era una congoja jeroglífica, un infortunio que hasta un perro podría analizar. Los Woodrow y sus invitados querían que confesara algo, pero no pensaba revelarles mi único secreto: que mis emociones, en tanto que interpretadas en un escenario como aquel, eran falsas. Sí, puede que amase a Janice, pero lo que le mostraba a esa gente era un simulacro, una representación de mí mismo.

Harriet Welk me preguntó lo de siempre.

—Publican las cartas que te escribe, pero ¿tú las contestas?

—Antes sí —musité, avergonzado—. Pero Control de la Misión necesitaba el tiempo de comunicación para… otras cosas. Llegó un punto en que me pidieron que no me molestara en escribir.

La entrada del demacrado Reggie Spencer, marido de Sharon, el gestor de fondos que se había retrasado en el centro, me salvó del trance de dar las pinceladas finales a mi cuadro. Me pareció entrever jirones de niebla gris colgando todavía de su arrugado traje tres piezas de raya diplomática, de sus blandos mocasines castaños. Desde luego, la niebla gris seguía reflejándose en sus ojos mientras Reggie Spencer los ponía en blanco y simulaba una sonrisa al tiempo que ocupaba el asiento que le habían reservado entre Naomi Kandel y Harriet Welk. Había algo trágico en los hombres que trabajaban en el centro de la ciudad, sobre todo cuando se les esperaba para que reafirmaran valientemente su papel como animadores de damas en las fiestas o como alegres sustitutos de las niñeras los fines de semana en Central Park con objeto de recordar a sus hijos quiénes eran o habían sido sus padres.

—Perdón a todos —se disculpó Reggie Spencer—. No tenéis ni idea… —A juzgar por la expresión de su mujer, no podía ser más sincero. El servicio estaba recogiendo las ruinas que habíamos dejado y sirviendo café en un juego de plata—. La línea F se ha parado y me he quedado tirado en el Rockefeller Center. Al final me he bajado y he cogido un taxi, aunque no sé si ha sido un error. El tráfico era de pesadilla. No sé qué me ha dicho el taxista de que el tigre ese anda suelto otra vez por Lexington Avenue.

—No paran de hablar de ese… tigre —dijo Georgina Hawkmanaji—. Se supone que es de un tamaño espectacular.

Hablaba como si el tigre supusiera una provocación personal de la que poder aislarse con el escepticismo suficiente. Me compadecí. Para entonces yo ya había oído mencionar al animal tres o cuatro veces y, no obstante, me costaba contemplarlo como un problema real, actual, algo capaz de arruinar el tráfico de Lexington. Culpa mía. Hacía demasiado que no leía el periódico.

—Deberían dejarnos perseguir a la criatura a unos cuantos que sabemos lo que nos hacemos —dijo Thatcher Woodrow—. Debería llamar a Arnheim y proponérselo. No entiendo por qué tardan tanto en cazar al pobre vejestorio.

Alzó las manos y guiñó un ojo como un niño de cinco años simulando cobrarse un objetivo móvil con un trabuco o un rifle de caza mayor, en referencia, supongo, a los datos que se suponía que debíamos haber asimilado durante la cena previa relativos al récord de hazañas de Thatcher en la caza mayor. Me pareció recordar algo hemingwayesco en su pasado y, quizá, sabe Dios, una sala repleta de pieles y cabezas en algún lugar del dúplex, puestas en cuarentena por Maud para priorizar las fotografías de Diane Arbus y Gregory Crewdson y los bocetos de esculturas de Laird Noteless.

—No es esa clase de tigre —dijo Richard Abneg.

Lo dijo en tono desdeñoso. Comprendí que aquel par, Thatcher y Abneg, iban a pasarse toda la noche igual. Encontrarían temas de discusión en el desierto y a lo largo de toda la ronda de habanos que Thatcher adoraba repartir personalmente y de las copas de brandy y Armagnac que ofrecería de manera aparentemente espontánea tras los puros con el propósito de dilatar la velada hasta hundirnos en una bruma abotargada y satisfecha mientras daba las últimas instrucciones al servicio a fin de que recogiera, para disgusto de Maud, ya por la mañana. (De todas formas, ella era la auténtica enemistad de Thatcher. Las prerrogativas conversacionales de Maud reinaban mientras era posible mantener una conversación, de modo que Thatcher trabajaba sin descanso para adormecernos la lengua con estimulantes, hasta que ya solo emitíamos los gruñidos, los zumbidos y las miradas en código morse que él prefería).

—Y eso ¿qué se supone que significa? —preguntó, no Thatcher, sino Naomi Kandel.

—Solo que no es de esa clase de tigres, de los que puedes matar con un buen tiro entre ceja y ceja o así.

—Tengo entendido que es bastante… grande —murmuró Georgina aliándose con Abneg.

—Sí, un gran tigre. Un gran problema, eso es lo que es. No tenéis ni idea.

¿Insinuaba Richard Abneg que en calidad de asesor del alcalde tenía información privilegiada sobre el tigre que no se publicaba en el Times? Sus miradas intencionadas parecían decir: «Sí, exacto». Se ajustó el cuello de la camisa, dibujando una mueca sudorosa, como queriendo añadir: «Y tengo marcas de zarpazos en la espalda que escuecen una barbaridad». Thatcher Woodrow pareció interpretarlo como una señal para levantarse y, sin mediar explicación, dirigirse al lavabo o quizá al humidor a envenenar el puro de Abneg.

 

Por supuesto, los puros de Thatcher no contenían veneno. O solo la clase de veneno que nos gustaba. Pasada una hora, alejados todos de la mesa de Maud y desplomados en sus sofás blancos con las copas de coñac planeando a la altura de nuestras cabezas, las hostilidades se habían olvidado. O ahogado. Thatcher, con su absurda americana granate con el emblema de su universidad, era nuestro paladín, mantenía las copas llenas de coloridos brebajes con propiedades mágicas. Siempre tenía otra botella exótica que pedía a gritos ser catada, siempre con un nombre que yo olvidaba al instante y que sustituía por Funky Monkey, Blueberry Kush o Chronic.

Ahora todos nos queríamos hasta la muerte. O, lo que era lo mismo, hasta el final de la velada. No podríamos estar en ninguna otra parte, era inimaginable no flotar boca arriba en aquel océano de lujo como un archipiélago de personalidades lanzando comentarios ingeniosos de una playa a otra. Solo que últimamente mi disolución era menos decidida. Al contemplar el cielo azul desde mi isla había empezado a preguntarme a qué distancia estaba. A preguntarme si el cielo era algún techo, quizá un tejido que pudiera desgarrar con la punta de los dedos si intentaba tocarlo.

Georgina Hawkmanaji y Richard Abneg estaban sentados codo con codo en el centro del sofá más grande y más blanco, formando una especie de eje alrededor del cual nos disponíamos con deferencia los demás: Maud y Sharon Spencer y yo, amontonados en una punta del sofá de enfrente con Reggie Spencer dormido boca abajo en la otra, con las rodillas dobladas clavándosele en una mejilla cetrina; Thatcher yendo y viniendo de su chaise longue, su espectacular trono de cuero color caramelo, y Harriet Welk en otra tumbona más pequeña, con Naomi Kandel acampada a sus pies, en la alfombra. Descubrí a Naomi acariciando despreocupadamente la pantorrilla enfundada en medias transparentes de Harriet para enfatizar algo que estaba diciendo, pero aquel gesto no iba a ninguna parte, sencillamente Harriet lo toleraba. (Para ser sincero, Sharon Spencer me molestaba a mí de igual modo y a mí me importaba igual de poco).

Allí la acción principal giraba en torno al acercamiento entre Georgina y Abneg, un espectáculo que todos consentimos ver ralentizado hasta un mero arrastrarse por los elegantes nervios de Georgina y la propensión a distraerse de Abneg. También ralentizaba el avance del espectáculo, pese a patrocinarlo, el flujo de brandys de Thatcher. Nuestro deleite en la exhibición no era cruel. Sencillamente era un verdadero placer contemplar cómo el tosco y ardiente deseo de Richard Abneg descorchaba a Georgina. Por momentos, entre arengas sobre uno u otro tema, cuando parecía no prestarle la menor atención a Georgina, se diría que Abneg no acababa de creerse la suerte que tenía. Cualquiera habría pensado que la dulce colisión de aquel par era obra de Maud —yo la imaginaba aceptando el mérito a regañadientes—, solo que estaba claro que Maud no podía haber sabido con quién acudiría a la cena su nueva amiga Harriet Welk.

De algún modo Abneg había sacado a colación una visita que había hecho, tiempo atrás, a Stonehenge.

—Aparcas en un pequeño espacio al otro lado de la carretera y compras una entrada, solo para que te permitan cruzar la calle. Hay un túnel subterráneo por el que pasamos todos como ovejas. Y no hay nada que hacer, solo dar vueltas caminando a la cosa esa. Te meten en una especie de pista separada de Stonehenge. No puedes acercarte a las rocas. Y ya está. Las rodeas en fila india y parecen mucho más pequeñas y menos misteriosas de lo que esperabas. Luego regresas por el túnel y si quieres te paras en la tienda a comprar un recuerdo o pasas por el servicio antes de volver al coche.

—Nada destacable —gruñó Thatcher.

—Por supuesto —dijo Abneg—. Nada de nada. Quería sentirme como uno de los monos de la peli esa, 2001, de comosellame, Kubrick, ya sabes, arrodillarme asustado ante una losa mientras me fríen el cerebro.

—No he visto 2001 —dijo Harriet—. ¿Va de monos?

—Hombres-mono —apuntó Thatcher, servicial.

—Deberían cambiarle el título —comentó Sharon Spencer, a mi lado—. Ya que 2001 resultó completamente distinto.

—Escuchad —dijo Abneg, exasperado porque no habíamos captado su verdadera intención—. Estoy intentando hablaros de los lavabos de Stonehenge. Tenía que mear, de modo que fui al servicio, y era un lavabo de hombres de lo más moderno, con una larga hilera de urinarios de cerámica. Ni siquiera se les había ocurrido colocarlos en círculo, pero el parecido era evidente. Y mientras todo el mundo parloteaba y daba vueltas al monumento y todas las mamás negociaban con los quejicas de sus hijos, en el lavabo los hombres permanecían en silencio y evitaban mirarse a los ojos. Estábamos todos de pie ante un urinario o esperando turno y de pronto caí en la cuenta de una verdad profunda, una sensación mucho más intensa que cualquier cosa que pudiera encontrar fuera, al otro lado de la carretera, a saber: que todos los presentes habían hecho exactamente lo mismo que yo.

—¿Que era…? —preguntó Naomi Kandel.

—Mirar Stonehenge. Y luego mear y luego regresar al coche.

Intenté comprenderlo, y casi lo consigo, pero luego me descubrí preguntándome si Abneg no estaría enfatizando tanto la palabra «mear» para obligar a Georgina a visualizar la existencia de su pene. En cualquier caso, a mí estaba obligándome a imaginármelo.

—No… es… muy… profundo —concluyó Naomi Kandel.

Thatcher, el mayor fan de Abneg, parecía entenderlo.

—En Australia tienen un lugar así, Ayers Rock, solo que se supone que debes llamarlo de otro modo. Es la roca más grande del mundo, tardas un par de horas en rodearla a pie. Impresionante, eso sí. Hay un camino que da toda la vuelta. Está en el centro del país, no hay nada en miles de kilómetros a la redonda, ninguna otra razón para detenerse allí. La roca esa tiene hasta aeropuerto propio.

Abneg se emocionó, aunque a mí me parecía que, si su intervención hubiese tenido algún sentido, Thatcher se lo había apropiado con su desdén imperial.

—¡Fantástico! O sea que, en esencia, ese aeropuerto es el mayor ejemplo de «lavabo de Stonehenge» del mundo.

Thatcher brindó por ello, algo titubeante, alzando su copa.

—Dentro de mil años —continuó Richard Abneg— probablemente organizarán visitas alrededor del perímetro del aeropuerto en ruinas.

—Hum —musitó Thatcher, cada vez menos seguro.

—Sería una visita de lo más decepcionante —apuntó Georgina Hawkmanaji, con una tímida sonrisa para hacernos saber que nos seguía el juego.

Abneg, que en algún momento había deslizado un antebrazo densamente peludo alrededor de la minúscula cintura de Georgina, se la acercó un poco más, orgulloso de que lo hubiera comprendido. Su gesto arrancó un arrullo de Georgina.

—Muy poca gente lo sabe —me oí decir—, pero, aunque parezca increíble, una vez Stanley Kubrick intentó hacer una película con los Pequeñecos.

Llevaba tanto tiempo borracho y en silencio que mi voz me sobresaltó, pero por esa misma razón parecía exigírseme alguna aportación que demostrara que había estado escuchando. Estúpidamente, había repescado esa anécdota de segunda mano demasiado tarde, una vez terminado el interludio sobre Kubrick, y todos me miraron con cara de bobo.

—¡Puaj, odio a los Pequeñecos! —dijo Sharon Spencer.

Formó figuras torturadas con las manos y les gruñó hasta que no pudimos evitar saborear su ferviente repulsión.

—Claro —dije, y luego lancé un salvavidas tras el comentario de mi hundimiento —. Pero imagináoslo… Una película de Kubrick… con Pequeñecos… Podría ser, no sé, increíble…

—Me recuerdas a alguien que conozco —comentó Richard Abneg—. Tengo un amigo que siempre está intentando que imagines películas que no existen. —Me miró con los ojos entornados, como si me viera por primera vez. Tal vez le devolví una mirada similar—. De hecho, justo el otro día me comentó lo de la peli de Kubrick con los Pequeñecos.

Pillado. Había repetido como un loro las palabras de Perkus Tooth. Abneg le conocía, cómo no. Mientras los vasos volvían a su sitio, comprendí que el tono de la anécdota de Abneg sobre Stonehenge me había recordado inconscientemente a Perkus y me había empujado a colarle en la conversación para impresionar, o quizá para probar, a Richard Abneg.

Entonces Abneg me dejó de piedra. Mirándome a los ojos, se llevó un pulgar y un índice a los labios como si apurara la colilla húmeda de un porro. La marihuana no era tabú en aquella casa. La impresión vino por la manera tan despreocupada con que aquel gesto reventó la burbuja de armonía que, en contra de todas las probabilidades, se había creado entre nosotros. En su desprecio por nuestra cordialidad, Abneg también me mostró cómo en cierto modo yo seguía considerándola sagrada. Cómo me dedicaba al negocio de proteger, de adular las vanidades de los Woodrow. Me sentí como si Abneg se hubiera bajado la bragueta y se hubiera meado en la alfombra de nuestros anfitriones.

Su mensaje para mí, si no era excesivo interpretar así un único gesto, parecía ser el siguiente: «Nos vemos luego, en casa de Perkus. Lejos de estos ricachos de los cojones». O quizá esto último me lo inventara yo, movido por mi deseo de que Abneg detectara mi punto de rebeldía o mala fe en semejante compañía. En cualquier caso, nuestro instante de colisión había pasado. Como si, tras una señal convenida, Abneg saltara al ruedo a rematar lo que parecía que no iba a retomar nunca: levantar a Georgina Hawkmanaji de aquel sofá y sacarla del dúplex, presumiblemente escaleras arriba, hacia el ático de ella, para demostrarle de una vez por todas la existencia de su pene, o para que se lo demostrara ella. Todos seguimos sentados fingiendo no estar fascinados por la habilidad con que Abneg protegía a Georgina de su propia timidez ante la idea de ser apartada de nuestra soñolienta reunión. Admitiré que Georgina se me reveló (demasiado tarde) (y sin importancia) como un ser erótico, y nunca lo había sido hasta que había visto a Abneg rozarle la nuca con los dedos peludos y guiarla con la cadera, cual virtuoso recolocando el violonchelo. Así aprendí que Richard Abneg, igual que Perkus Tooth, era alguien capaz de descubrir lo que se esconde a la vista de todos.