Chronic City
Capítulo 3
Me bastó llegar quince minutos pronto un día a la calle Ochenta y cuatro Este para descubrir que Oona Laszlo existía. Perkus abrió el portero automático y al entrar me los encontré allí, enfrente de sus sillas junto a la mesa de la cocina, moviéndose como si los hubiera pillado en pleno crimen. Era, casi la una de la tarde, pero había interrumpido una escena de desayuno con café, deditos de queso danés sobre una grasienta bolsa blanca y un porro fino a medio fumar en el borde de un cenicero tirando a limpio. Había además un par de cajetillas de Lucky con la etiqueta «WHITE RHINO», uno de los tipos de maría de Watt. Un The New York Times, que Perkus nunca leía. (Deduje que pertenecía a la invitada). Un libro que Perkus había estado leyendo en mi última visita, un novelón titulado La bruma indistinta. Y también, de forma incongruente, Guía de campo de las aves de presa de Norteamérica, un voluminoso libro de bolsillo azul colocado del revés, abierto. Hice cuanto pude por disimular mi sorpresa ante la presencia de la mujer. El tráfico peatonal en el piso de Perkus era algo más denso de lo que había supuesto anteriormente. Quizá nos citara de uno en uno, quizá su vida secreta fuera un hervidero de visitantes y su solitario vestíbulo una puerta giratoria.
Huelga decir que lo primero que pensé fue que Oona Laszlo era la amante de Perkus. Me equivocaba. Sin embargo este error, la tierna actuación especial que evocó en el ojo de mi mente, extrañamente sigue siendo un lugar al que puedo retirarme con el recuerdo y pensar: «Quizá habría sido mejor. Podría haber sido bonito». Todavía los veo allí a los dos, enmarcados por mi suposición errónea, y me siento emocionado y aliviado por Perkus, quien, al vivir en ese marco imaginario, se conserva igual que la primera vez que lo vi.
Los dos encajaban, e invitaban al error. Si no amantes, podrían ser hermano y hermana. Oona compartía con él su aspecto de marioneta, una cabeza grande conectada a un cuerpo minúsculo que parecía arrastrar tras él unas extremidades nerviosas. Vestía de negro (otra pista, pensé, de que pasaban las noches juntos: parecía llevar la ropa de la noche anterior), lo que le daba aire de garabato, de silueta en movimiento espasmódico dentro de una cocina atiborrada. Además era ropa cara (me fijé automáticamente). Al menos, cara para la cocina de Perkus. Llevaba el pelo, también negro, en una media melena con flequillo. Si Perkus hubiera derramado una cafetera en el suelo y el café hubiera cobrado vida en forma de mujer justo antes de que yo abriera la puerta, la imagen resultante explicaría perfectamente a Oona. Solo su boca delataba madurez femenina, parecía aludir a curvas secretas que su silueta no revelaba. Sus colmillos mordieron el labio inferior en cuanto nuestras miradas se cruzaron, arrastrándolo a una expresión vagamente lasciva y seca. O quizá las puntas de aquellos dientes tendieran a engancharse allí. Podría tratarse de su aspecto por defecto, quizá fueran demasiados dientes para que los labios los contuvieran. Los ojos de Oona revoloteaban por encima de esa expresión calculando la distancia hasta la salida. Sin embargo Oona, sinónimo femenino de Perkus, era más joven que él y, debo admitirlo, seductora. Si eran hermanos, ella era la guapa. Si eran amantes, pensé, él había tenido suerte.
Perkus no parecía precisamente aturullado. Más bien exasperado. Su ojo independiente intentó seguir a Oona mientras el resto de Perkus se volvía hacia mí.
—Chase, Oona. Oona, Chase.
Perkus cumplió con la formalidad de rigor y luego dejó caer las manos, asqueado de tanta obediencia.
—Hola.
Oona se quedó mirándome con una sonrisa torcida. Yo no era ajeno a esa mirada anonadada ante la presencia de una estrella, pero normalmente a la gente de Manhattan se le daba mejor disimularla, en especial a los que vestían de negro.
—Perdona —dijo Oona. En lugar de tenderme la mano, cruzó los brazos y encajó sus pechos de ciruela encima—. Más o menos siempre he querido conocerte. Pero claro, también todo lo contrario, más o menos.
—Vale —dije, con toda la generosidad de que fui capaz dadas las circunstancias.
La gente podía dialogar mentalmente con desconocidos famosos o semifamosos. Yo prefería considerar una norma mínima fundamental el hecho de que se lo callaran. Nada en la actitud de Oona Laszlo traslucía el menor reproche hacia sí misma. Me examinó como un retratista buscando captar mejor el juego de luces en los planos de mi cara.
—Eres de un sitio rarísimo, ¿verdad? —me preguntó. Se contestó sola, sin darme tiempo a responder—: Indiana.
—Sí.
Si no lo pensaba, a menudo me olvidaba. Mi hogar quedaba muy lejos, si es que era mi hogar.
Perkus había vuelto a desplomarse en la silla. Volvió a encender el porro y rebuscó entre un montón de cedés sueltos, luego metió uno en el reproductor.
—A ver —dijo. Desmoronado bajo el puente que formaban sus manos unidas, aspiró el porro colocado en el centro de sus labios hasta hacerlo crujir, luego se lo sacó de la boca y lo ondeó—. Me han enviado una versión doblada de Queimada de Gillo Pontecorvo, tiene dieciocho minutos más que la copia que se estrenó en cines, algo así como un montaje anterior, tal vez deberíamos verlo…
Perkus hablaba como si se dirigiera únicamente a uno de nosotros, solo que yo no tenía claro a quién. ¿Estaba retomando su conversación con Oona o iniciando una conmigo? Toda conversación era una reanudación. Yo no recordaba quién era Pontecorvo, aunque sabía que debería recordarlo.
Perkus se abalanzó, como siempre, sobre mi inseguridad.
—Pontecorvo. Autor de La batalla de Argel. Ya sabes, Queimada, con Brando.
—Ah, sí.
—Sí, más o menos tal cual lo imaginaba —apuntó Oona Laszlo. Recogió un suéter, también negro, del respaldo de su silla—. Sois los dos un encanto y yo tengo que irme.
—¿Qué encanto? —pregunté—. ¿Qué tenemos de encantadores?
—Bueno, eso, lo de ver juntos películas de Brando por la tarde y luego, de postre, reconstruir el universo. Parece que estés ayudando a Perkus con los deberes.
—Hasta luego —se despidió Perkus.
Comprendí que estaba deseando que Oona se marchara para no tenernos a los dos juntos en su casa. Lo que me dio ganas de lo contrario. Gracias a la pullita que Oona Laszlo le había lanzado a Perkus deduje que no eran amantes, al menos ya no. Oona y yo compartíamos un impulso protector hacia Perkus. También, aunque no guardara relación, había empezado a encontrarla atractiva, pese a su mirada estúpida. Y, ahora que lo había mencionado, la verdad era que allí reinaba un ambiente algo infantil. Ella podía ser la cura.
—¿Por qué no te quedas a ver la peli con nosotros?
—Me quedaría, pero acabo de verla, y Perkus detesta que recite los diálogos justo antes que los actores.
—¿Sí?
—Era broma. Perdona. Encontrarte aquí de casualidad me hace farfullar.
—No seas tímida.
—No, de verdad, lo soy. Soy de esa gente que es lo que parece, así que debería irme.
Entonces me sorprendió: cogió una de las cajitas de White Rhino y se la metió en el bolso. Y se marchó. Perkus apenas la miró.
—Se ha llevado la hierba.
—Era suya —contestó Perkus, sin mirar tampoco a la mesa—. Se la he pillado como favor. No le gusta tratar con Watt.
Se puso a inventarse tareas como barrer migas imaginarias hacia la palma de la mano, toquetear el volumen o levantarse a aclarar un vaso, buscando, con todo su cuerpo, exorcizar el tema obvio. No se lo permití.
—¿Una vieja novia?
Perkus negó con la cabeza.
—Solo amiga.
—Curiosa. ¿Cómo la conociste?
—Oona es estupenda, cuando estás de humor para aguantarla. Era una especie de interina mía, sí, supongo que sería eso. Contestó a un anuncio que colgué en la New School; me ayudaba a pegar carteles…
Su voz se perdió, incluso mientras su globo desublimado volaba hacia las paredes del salón, rotando frenéticamente para apuntar hacia los manifiestos enmarcados y no enmarcados de su juventud.
—¡Tu encoladora!
—Algo así. Mi aprendiz.
—Todo científico loco necesita un aprendiz.
—Vete a la mierda.
—Supongo que ella quería cambiar el mundo. O ¿cómo ha dicho? Reconstruir el universo.
—Había un editor de Viking Penguin… esto… Paul nosequé. Le propuso preparar una recopilación de los carteles y nos sacaba de copas por ahí. A mí el libro me daba igual, pero Oona acabó trabajando en el mundo editorial. Intentaba labrarse una carrera como escritora, e imagino que le pareció la manera de entrar en el mundillo.
—¿Por qué no hicisteis el libro?
—No coincidíamos en… el contexto.
—¿Te consideraba un crítico de rock?
Perkus asintió.
—¿Así que trabaja en una editorial?
—¿Oona? —preguntó, como si hubiéramos cambiado de tema hacía horas. Se levantó y me dio la espalda, jugueteando con la cafetera—. No, trabaja por su cuenta. Es una escritorzuela de poca monta, como ella misma admite.
—Me interesan los asuntos de poca monta, Perkus, yo mismo lo soy. ¿Qué escribe?
—Nada con su nombre. Hace de negro. Autobiografías de gente que no sabe escribir. Una vez me trajo una… Ten.
Sirvió dos cafés recién hechos. Los dejó sobre la mesa junto con un par de cucharillas y luego pasó al salón para coger una pila de libros variados de los pies de la estantería.
El libro en cartoné que depositó en mis manos me sorprendió por chabacano y desastroso: Cruzar la línea de tiros libres, de Rose Arbogast, las memorias de una pívot de 2,13 metros de la liga nacional que cuando era una estrella del instituto había sido secuestrada y torturada por una banda adolescente y luego rescatada por un agente federal con el que había acabado casándose diez años después.
—Menuda mierda —solté.
—Lee la dedicatoria.
—¿Qué?
—En la portadilla.
Alguien, Oona Laszlo, había escrito con precisión estenográfica: «Para Perkus Tooth, que me enseñó a buscarme problemas, en lugar de pasar desapercibida, R. O. / O. L.».
—Se ha especializado en atletas traumatizados, alpinistas congelados que tienen que llevar nariz de plástico, etcétera. Un campo reducido que ella domina. A la perfección. Cómo lo aguanta ya es harina de otro costal.
—Igual que tú —sugerí—. White Rhino.
Señalé con la cabeza el envase que quedaba.
Perkus pasó de mí. Esa noche no descubrí nada más sobre Oona Laszlo; Perkus y yo tampoco conseguimos ver el montaje temprano de Queimada de Pontecorvo, aunque la cinta permaneció ante nosotros como un talismán toda la tarde y toda la noche. Porque últimamente, con la adición de Richard Abneg, mis tardes con Perkus se habían dilatado hasta devenir noches con Perkus y Richard. Yo había empezado a dejar marchitar otras prioridades en favor de esos encuentros de miseria épica. Era fácil abandonar mi existencia sin rumbo. El piso de la calle Ochenta y cuatro era más grande por dentro que por fuera y los días en él parecían comprender treinta o cuarenta horas, sin embargo cada vez más a menudo regresaba a casa al amanecer tambaleándome, por una Segunda Avenida prácticamente vacía donde el flujo de taxis desocupados viraba para llamarme con el claxon hasta que yo los despedía mientras se repartían hogazas italianas, panecillos con semillas de amapola y fajos de periódicos… al fin y al cabo, fuera no se habían detenido los relojes. Richard Abneg era el único de nosotros con un despacho, una agenda matutina encadenada a esos relojes imparables y, no obstante, nos conducía como un loco a través de la noche, hacia el alba, tanto o más que Perkus (o su cafetera, o su provisión de mana) o yo mismo.
La tarde que Oona apareció por primera vez, ¿era la tercera o la cuarta que compartíamos Perkus, Richard y yo? ¿O la que hacía cien? No sabría decirlo. En el pantano de la memoria solo alcanzo a fijar con seguridad la ocasión de las águilas de Richard Abneg, y solo gracias al ejemplar de Guía de campo de las aves de presa de Norteamérica que había abierto sobre la mesa de la que Oona cogió su alijo antes de esfumarse. Era siempre una tontería pasar por alto la más mínima prueba que hubiera en la mesa de la cocina de Perkus, puesto que en ella lo que parecía limitarse a ocupar espacio siempre estaba destinado a colonizar mi cerebro más pronto que tarde. (Supongo que podría decir lo mismo de Oona. Pronto. Proonta).
Richard Abneg llegó encolerizado por culpa de las águilas. Le gustaba llegar encolerizado por algo. ¿Acaso no había leído yo la primera plana de la sección Metro? La respuesta era no. A Richard le pareció increíble. Mi indiferencia hacia los titulares era prácticamente tan atroz como las propias aves. Richard estuvo a punto de tirar al suelo la botella de vino, un Rioja que llevaba dentro de una bolsa de papel. Siempre llegaba con una bajo el brazo. No era un regalo, puesto que Perkus no tocaba el vino tinto porque, según él, le provocaba migrañas en racimo. Richard y yo nos la beberíamos más tarde, de madrugada. De momento, se quedó donde estaba.
Perkus me tiró la sección en cuestión al regazo y siguió liando un porro con el que recibir y serenar a Richard, en la medida en que este podía serenarse. Richard golpeó con el dedo una fotografía del diario para que no me dispersara. Un par de enormes aves estaban posadas sobre el impresionante dintel de la entrada de un edificio de antes de la guerra, cada una con una rama en el pico. Entre las dos descansaba el objeto de sus atenciones, una estructura cónica de ramitas y hojas, «REGRESA AL APAREAMIENTO A LA CALLE SETENTA Y OCHO».
—Vale —dije.
—Vale no —replicó Richard, golpeando más fuerte el diario en mi regazo—. Eso es mi ventana, joder.
—¿Vives ahí? —pregunté, tratando de seguirle el hilo.
—La cabecera de mi cama se apoya en esa pared. Justo encima de esos demonios quejicas y tragones que no paran de arañar. No suenan como uno esperaría de unas águilas, Chase. Suenan a vampiros. A vampiros en un bufet libre de roedores moribundos.
Se me ocurrió un chiste.
—Bueno, ya sabes lo que dicen: te acuestas con el Halconero y te despiertas con las águilas.
Habían transcurrido tres semanas desde que el destino nos presentara en el dúplex de los Woodrow en Park Avenue, y Richard Abneg me había sorprendido, y quizá también se hubiera sorprendido a sí mismo, persistiendo en su relación con Georgina Hawkmanaji, la heredera turca. Él, irascible, la llamaba Georgie Hawkman, Jorge Halconero. O el Halconero o el Halcón. La complicidad entre nosotros, al haber presenciado cómo violaba por primera vez la rectitud de Georgina, formó el telón de fondo de nuestra nueva amistad, nos sirvió de anécdota común a la que poder aludir. Si Richard aparentaba irritarse cuando yo mencionaba a Georgina, era solo parte de un ritual. Le encantaba que le recordara que estaba al corriente de su nueva conquista. Perkus era quien le provocaba de verdad al mencionar al Halconero. Ciertamente Perkus era un amigo posesivo. Pero también se sobrecogía al ver mis evoluciones, o las de Richard, por un medio que él consideraba corrupto.
Richard estaba al rojo vivo.
—No tiene gracia. He pasado varias noches en casa del Halconero solo para poder dormir. Cree que nunca me canso de ella.
—Si la ventana es tuya, ¿no podrías mandar retirar el nido?
—Realmente vives en las nubes, ¿verdad?
Perkus había terminado de pegar un nuevo porro y le pasó el resultado a Richard.
—A ver, hará unas seis semanas Richard abrió la ventana y empujó esa cosa a la calle. Las águilas iniciaron el duelo, se pusieron a volar en círculos chillando y aparecieron en todas las cadenas de televisión. Después se marcharon a Central Park, supongo. Parecía, que todo había acabado, pero entonces los demás vecinos se reunieron y convocaron una conferencia de prensa para afirmar que adoraban a las águilas, que un arrojador solitario no representaba los deseos de toda la comunidad. Colgaron a Richard a secarse en público. Lo llamaron así: arrojador solitario.
—Por suerte el presidente de la junta de propietarios no dio mi nombre. Pero me he pasado semanas entrando y saliendo del edificio a hurtadillas. El Post publicó una foto de móvil mía en ropa interior. Y ahora esos monstruos plumíferos han comenzado otra vez el nido y todos están emocionadísimos. Estoy atrapado. Además, hay una estrella de la tele aburrida que vive en la octava planta y ha convertido a las águilas en su única razón de ser.
—¿Qué estrella de la tele?
Tuve una sensación extraña que ya conocía.
—Esa… ¿cómo coño se llamaba?
Richard sorbió el humo de alrededor de la punta del porro y agitó una mano.
—Sandra Saunders Eppling —apuntó Perkus—. Estuvo casada un tiempo con el senador Eppling. Fue la portavoz de la conferencia de prensa.
—Sandra Saunders interpretaba a mi madre en Martyr & Pesty —dije.
Sentí, como me ocurre a menudo en las raras ocasiones en que decido hablar de mi estrellato infantil, que estaba aburriendo a mis interlocutores con datos demasiado conocidos para mencionarlos y no obstante, evocando también un lejano reino de bolsillo imposible de imaginar para ningún ser humano. En cualquier caso, sentía que me seguían la corriente. Posiblemente vivía en las nubes.
—Apareció en una película de Elvis —dijo Perkus, mirándome con el entrecejo fruncido porque no había mencionado el dato más destacado.
Yo me había percatado, quizá en esa ocasión por primera vez, de que Perkus no intimidaba a Richard Abneg a cuenta de su analfabetismo cultural. Para eso ya me tenía a mí.
—Exacto, esa —dijo Richard, indiferente a todo lo que no fuera su nido. Me quitó la sección del periódico—. En la actualidad es una especie de vegetariana fundamentalista defensora de las águilas. Para mí es una desgracia terrible que no tenga una carrera de verdad que la mantenga ocupada. Mi edificio está repleto de mediocres y nombres del pasado.
—La isla entera está igual —añadió Perkus con amabilidad.
—Sí, pero tu dormitorio no apesta a maleza mohosa y no lo llenan los gritos moribundos de ardillas, palomas y ratas de cloaca. Mirad esto. —Me pasó el porro humeante y levantó el periódico para que los demás lo mirásemos, doblado por la fotografía de las águilas y su construcción de tamaño impresionante—. Es obsceno. Es prácticamente… púbico.
—Sí —admitió Perkus—. Está claro que a tu bloque le han puesto un felpudo.
—Me parece una forma demasiado educada de explicarlo.
Richard se acarició la barba, realizando una asociación tal vez inconsciente.
—No creo que «felpudo» pueda considerarse un término educado —dije—. Es más específico que…
—Léemelo —me interrumpió Richard. Perkus había cogido el libro, la Guía de campo. Vi entonces que estaba abierto por la entrada dedicada a las águilas, en cuyo estudio había ahondado Perkus por encargo de Richard—. Tengo que encontrar alguna manera de erradicarlas que no conduzca hasta mí…
—Imagino que si tuvieses perro les ladraría —fue mi triste aportación mientras Perkus estudiaba las páginas con el libro inclinado hacia el ojo disciplinado.
—No, no puede ocurrir dentro de mi piso, tiene que ser algo que trepe por la fachada del edificio. Además, odio a los perros. —Nos habíamos metido hasta el fondo en un melodrama criminal, una travesura, y Richard y Perkus colaboraban en el asesinato perfecto interespecies—. También voy a necesitar una coartada. No puedo estar cerca cuando las águilas desaparezcan. El edificio entero está dispuesto a perseguirme con antorchas y horcas.
—A ver, ya lo tengo. —Perkus levantó un dedo que proclamaba «¡Eureka!». Siempre andaba descubriendo la clave, destilando las esencias—. «Majestuosa en su privilegio» —leyó de la Guía de campo—, «el águila norteamericana de cabeza blanca no conoce otro enemigo natural que el hombre».
—Vaya montón de mierda —sentenció Richard.
—¿Por qué?
—¡Es una locura decir que un puto asesino en serie psicótico no tiene ningún enemigo natural! Lo que quieren decir es que sus enemigos naturales no tienen ninguna oportunidad de imponerse. Todos esos ratones y ardillas y palomas se definirían gustosos como enemigos justo antes de que las garras les atraviesen el corazón, podéis creerme.
—Creo que en la naturaleza una cosa no puede calificarse de tu enemigo si no puede enfrentarse a ti —repliqué—. Es solo una víctima.
—Quizá podrías reunir un puñado de ratones, ardillas y palomas —sugirió Perkus —. Si todos se juntaran a la vez en la fachada del edificio cuando las águilas estuvieran dormidas…
Hojeó ansiosamente las primeras páginas de la Guía, quizá repasando el índice en busca de algún precedente.
—No. —Richard se inclinó hacia delante y me cogió el porro de la mano. Le dio una calada y movió la greñuda cabeza—. No funcionará. —Su tono grave indicaba una deliberación auténtica—. Una presa es una presa, siento tener que desencantaros, soñadores. Comunistas. Si las hubierais oído gimotear y morir como me ha pasado a mí lo entenderíais. Ni un millón de ratones lo conseguirían.
—¿Los ratones no habían matado a los dinosaurios? —preguntó Perkus.
Richard negó con la cabeza.
—Los dinosaurios eran tontos, estaban en las últimas. De todas formas, los ratones tuvieron ayuda, necesitaron cometas y glaciares y toda clase de cosas. Estoy bastante seguro de que se limitaron a apuntarse al final y administrar el golpe de gracia. Luego se llevaron todo el mérito.
—Necesitamos un predador —dijo Perkus.
—Exacto.
—Deberíamos subir nosotros, los tres —sugirió Perkus—. Ahora no, más tarde, cuando haya anochecido y estén durmiendo.
Perkus Tooth, Richard Abneg y yo siempre estábamos al borde de una expedición espectacular, como vikingos desplegando cartas náuticas en una mesa marcada de navajazos, exponiendo planes de saqueo. ¡Ah, cómo anhelaban las gentes de Manhattan nuestra intervención de expertos! Sin embargo, nunca nos movíamos de la cocina, salvo para calmar la tos con un poco de aire fresco o para dar la vuelta a la esquina y amontonarnos en un reservado del Jackson Hole con unas hamburguesas con queso y unas Coca-Colas.
—Lo que pasa con los animales —continuó Perkus—, lo recuerdo perfectamente, es que cuando importas, no sé, canguros para echar a los monos, por ejemplo, acabas teniendo problemas con los canguros. Entonces traes cebras para que echen a los canguros y acabas infestado de cebras, y así todo el rato.
—Lo aprendiste con el Dr. Seuss, ¿verdad? —dijo Richard.
—¿Y el tigre? —pregunté—. ¿Y si el tigre entrara en la ecuación?
Perkus lanzó una mirada de impotencia horrorizada a Richard que parecía decir al mismo tiempo «A mí no me eches la culpa; no se me ha ocurrido a mí» y «Bueno, ¿por qué no?».
Richard ahogó una risa.
—¿El tigre?
—Claro.
—Claro, justo lo que necesita mi casa, Chase. La semana pasada ese tigre destruyó uno de los principales suministros de agua de la ciudad. Me refiero a que destrozó por completo varias capas de hormigón y ladrillos que resistían desde el siglo diecinueve y vamos a tardar meses en repararlas.
—Vale. Bueno, pues quizá el tigre podría… cargar con la culpa.
Richard soltó humo por la nariz.
—¿Quieres decir cuando yo me cargue a las águilas?
—Pues claro.
—Genial. —Y le dio un ataque de risillas que contagió a Perkus Tooth. Y pronto también a mí—. ¡Echémosle la culpa al tigre!
Sirva como ejemplo de una noche típica de los tres. No las recuerdo todas con tanto detalle.
Volví a coincidir con Oona en un funeral, el funeral de un hombre al que no conocía, un supuesto gran hombre. Yo había cruzado el parque para asistir —el oficio se celebraba en la Sociedad de Cultura Ética, en Central Park Oeste— y cuando vi la cantidad de gente congregada me sentí tonto por haberme molestado en ir. Emil Junrow era un escritor de ciencia ficción famoso de la década de 1940, con una carrera modesta que subió de categoría por el hecho de ser además un científico reconocido (aunque mediocre) y un humanista famoso que manifestó muy temprano sus dudas acerca de la guerra fría, una especie de Einstein sin teorías. Después se había convertido en un implacable proselitista de la exploración pacífica del espacio que habló en numerosas ocasiones ante el Congreso y en foros públicos, una figura marchita y tirando a enana con corbata de bolo y melena al viento (lo descubrí por los homenajes que le rindieron durante la larga presentación, que incluyó vídeos gracias a los cuales caí en la cuenta de que le había visto en la tele pero no me había quedado con su nombre).
Había sido interpretando ese último papel cuando Emil Junrow se había fotografiado un par de veces en compañía de Janice Trumbull, exploradora espacial. Sin embargo, no recibí la invitación por ningún motivo personal, como quedó patente nada más entrar. Algún publicista, conocedor de las cavernosas dimensiones del salón social, había volcado su agenda en la lista de invitados. Al alcance de mi vista se encontraban Salman Rushdie, Charlie Rose y Lou Reed. Seguro que había muchos más famosos que no reconocí. Pese a ser yo mismo una semicelebridad de bajo nivel, se me da fatal descubrir a cualquiera que no sea asquerosamente famoso. Me sentí como un idiota, de punta en blanco, solo e invisible en las oscuras filas del fondo mientras las grandes figuras hablaban una tras otra desde el lejano estrado. Había acudido por una lástima absurda, imaginando a un pobre hombre que había exagerado su relación con Janice, y por tanto conmigo, y sin adivinar ni siquiera remotamente que el fallecimiento de Emil Junrow constituía todo un acontecimiento cultural y que, dada la enjundia y sofisticación de quienes habían acudido a presentar sus respetos, nadie se molestaría en reparar en mi presencia. Solo me quedé por un poco de curiosidad, y por discreción. Nadie se escabulle de un funeral.
Oona me encontró justo al terminar el maratón de tres horas de homenajes, cuando el gentío degeneró en una masa de murmullos y aún no me había dado tiempo a salir pitando. Tal vez me hubiera visto antes. En cualquier caso, parecía que estaba sola.
—¿Qué te ha parecido? —me preguntó.
—De lo más impresionante.
—A mí solo me ha gustado una frase de todo el espectáculo —dijo Oona, ajena al riesgo de que la oyeran.
—¿Cuál?
—Sobre el nacimiento de Emil Junrow, en el hospital, cuando se lo entregaron a su madre y ella dijo: «Parece que recuerde tiempos mejores».
Esas palabras habían sido pronunciadas por uno de los pocos familiares que hablaron entre el desfile de luminarias, una prima vieja y cascarrabias, una mujer tan apergaminada y temible como Junrow. Al oír el comentario costaba no imaginarse al recién nacido con las patillas de hacha de Junrow, su entrecejo arrugado y su mirada intimidante.
—A veces con una buena frase basta —dije.
—Desde luego, no era una queja. La mamá de Junrow va a pasar a los anales de la historia por ese comentario.
Mientras nos dirigíamos al vestíbulo apareció un camarero con una bandeja de copas de vino, la mitad de vino blanco y la mitad de vino tinto. Oona y yo cogimos cada uno una copa de vino blanco.
—¿Conocías a Junrow? —pregunté.
Una elección estúpida, puesto que a mí no me habría gustado que me lo preguntaran. Daba palos de ciego. Notaba la lengua de cartón. Sin embargo, otras partes de mí estaban inexplicablemente despiertas, todas a la vez, pese a los efectos soporíferos de las tres horas pasadas en aquel auditorio de color whisky y la sobria y correcta procesión de homenajes.
—Escribí sus dos últimos libros —contestó, clavándome la misma mirada firme y afectuosamente sardónica que en casa de Perkus.
—Ah. Entonces sabes mucho de ciencia, ¿no?
—Casi nada. Yo escribía sus libros más amables y divertidos. Normas Junrow para aficionados y No puedo creerme que haya dicho eso, doctor Junrow.
—Pues habréis pasado mucho tiempo juntos. Me sorprende que no te hayan invitado a hablar en su honor.
—Mi existencia debe mantenerse en secreto —contestó, sin preocuparse por guardar el secreto—. No he llegado hasta aquí hablando en funerales.
—¿Te caía bien?
—Piensa en esas viejas caricaturas del New Yorker de un anciano persiguiendo a su secretaria alrededor de la mesa. Por suerte, no corría mucho.
—La otra noche me leí Cruzar la línea de tiros libres… Una parte claro.
—Supongo que el ejemplar de Perkus Tooth.
—No está mal, la verdad.
—Dios, si es que os veo a los dos: Perkus colocándose y tú leyendo en voz alta y partiéndote de risa hasta que las palabras dejaron de tener sentido literal. ¿Me equivoco?
Menos de lo que yo quería admitir.
—¿Pusisteis voces, tipo Pato Donald, Greta Garbo y demás? No pasa nada, hasta yo lo hago alguna vez mientras escribo.
—Me gustaría escucharte —contesté; no quería empezar una pelea.
—¿No se te dará bien imitar a Marlon Brando? A Perkus le encantaría.
¿Estaba Oona Laszlo burlándose de Perkus? En medio de aquella multitud, el hecho de que compartiéramos en secreto el piso de la calle Ochenta y cuatro Este resultaba de una intimidad casi desagradable. Intenté beber un sorbo de vino y descubrí que tenía la copa vacía.
—¿Te apetece ir a algún sitio a beber algo? —dije sin pensar.
No tenía ni idea de cómo moverme por el West Side, pero estábamos cerca del Lincoln Center… algo tenía que haber.
—Aquí hay bebida de sobra, y gratis. Si jugamos bien nuestras cartas, creo que hasta podrían sacarnos algo de sushi o salchichas de cóctel.
Las burlas de Oona Laszlo me desafiaban a perseverar. Era un duendecillo del sarcasmo, incluso su torso meditabundo, sus pequeños pechos ocultos en su silueta negra, parecían bromear. Durante tres horas había sido inmune a la vergonzosa lujuria del superviviente que a veces se apodera de mí en los funerales, la percepción vertiginosa y culpable de la afortunada libertad de uno para seguir engullendo, follando y defecando, para malgastar horas cambiando de canal viendo fragmentos de películas o resolviendo a medias los crucigramas en bolígrafo para luego dejarlos de lado, para hacer prácticamente cualquier cosa menos sentarse a honrar la memoria de otro al que se le ha acabado esa afortunada libertad. Pero ahora, por fin, tres horas de dicha lujuria parecieron aflorar en mí de golpe, en retrospectiva. Seguro que Oona y yo no éramos los más jóvenes de aquel salón atestado por quinientas o seiscientas personas, muchas de las cuales desfilaban ahora hacia el vestíbulo, donde les entregaban su primera copa de vino blanco o tinto. Pero en ese momento me parecía que éramos adolescentes que se habían puesto elegantes para colarse en la reunión.
—Pagaría con gusto las copas o incluso las salchichas a cambio de un poco de intimidad —le dije.
—¿No quieres que te vean conmigo?
—Me gustaría que te vieran conmigo en otra parte.
—No te creo. Tienes miedo de que alguien intente pedirte un autógrafo o que poses para una foto con el brazo sobre los hombros de Salman Rushdie y yo aproveche para escaparme. Cosa que haría. Saldría pitando de aquí.
—Yo…
—Podemos ir al cine —propuso, para mi sorpresa—. O simplemente buscar un portal y darnos el lote torpemente, luego no nos llamaríamos más, o sí, pero no tendríamos nada que decirnos.
—Vamos —dije, apoyando la palma de la mano al final de su espalda para sacarla de la recepción.
Justo allí, el vestido se abría en un círculo desconcertante, de modo que la toqué con los dedos fríos y ella se sobresaltó. Luego volvió a sonreírme, mordiéndose el labio con los colmillos.
—¿Adónde?
—A cualquier lado.
Solo pretendía insistir en salir donde no oyéramos a los dolientes y los oficiantes, aunque mi comentario tuvo el efecto de dar a entender que aprobaba su charla alocada como un buen plan. Y como si insinuara que entre aquel gentío me tomaba en serio el asunto de mi fama, tal y como ella había apuntado en broma. La verdad, dudo que le importara a alguien. Pero a mí sí. Me correspondía a mí alimentar la lastimosa llamita de que debía comportarme debidamente como significante de Janice Trumbull en los lugares públicos, al menos en los funerales. Era el novio trofeo que colgaba del brazo fantasma de Janice, poco más. Y la diferencia entre aquel entorno y el piso de Perkus, o incluso la casa de Maud y Thatcher Woodrow, me resultaba muy real.
Nos paramos a recoger los abrigos del guardarropía, luego salimos afuera, a una calle vacía bajo una tormenta que ahogaba las alcantarillas y un cielo negro que parecía casi líquido, con los taxis lentos como caracoles abrazándose a la cresta reluciente de la avenida para salvarse. Me las apaño para que el tiempo siempre me sorprenda. Nadie más había abandonado el salón y, cuando las pesadas puertas se cerraron a nuestra espalda, me pareció que todo el calor y la luz se quedaban al otro lado, en el oasis de la recepción al que nosotros habíamos renunciado tontamente. Oona Laszlo no estaba sorprendida. Sacó un paraguas negro del bolsillo de la gabardina y los dos intentamos cobijarnos debajo de él hasta dejar atrás a Emil Junrow y la Cultura Ética. El viento arremolinado convirtió nuestro intento en pura comedia y no tardamos en encontrar otro umbral, justo como Oona había predicho. Supongo que estaba al corriente de la previsión meteorológica. Varias placas de bronce identificaban nuestro escondite como la entrada a un conciliábulo de dentistas. Por todo Central Park Oeste los árboles se batían como una isla en un tifón.
Tenía los hombros del traje empapados, la camisa de debajo pegada a la espalda y los pantalones a los tobillos. Oona había salido mejor parada, centrada bajo el paraguas hecho trizas. Con todo, estaba lo bastante mojada y fría para tiritar. Lo noté cuando se acurrucó contra mí. El dintel de la entrada hacía las veces de un Niágara minúsculo, las gotas formaban una cortina de ruido blanco corrida frente a la ciudad y la tormenta.
—Esto tiene que ser un secreto —dije.
—Se me dan de miedo los secretos. Exigencia profesional.
—Como personaje público no tengo muchos. Se me conoce solo por una cosa: mi fidelidad a Janice.
—Huy, sí, gritas fidelidad por los cuatro costados.
—Mira, es lo único que tengo.
—Cierto. Eres un personaje muy unidimensional.
Su mirada voló tímidamente de la riada de la calle a mi camisa y mi corbata empapadas, a cualquier sitio menos a mis ojos. Su manita, afilada y ratonil, se deslizó entre mi chaqueta y mi camisa, en pos de las costillas. Parecía que yo estuviera esperando a entender algo. El West Side se encontraba a una distancia misteriosa del East Side, el parque inhóspito se interponía entre nosotros y el hogar. No había nada para protegernos de nosotros mismos. Nunca lo hubo. Sin venir a cuento pensé en el tigre. Me ocurre demasiado a menudo: mis pensamientos migran, precisamente cuando debería prestar atención. Me quedo mirando una cara y empiezo a recordar los pormenores de otra conversación. Richard Abneg había mencionado que el tigre se movía por el East Side. En tal caso, quizá estuviéramos más seguros aquí. Pero entonces se me ocurrieron mil preguntas que deseé haber sido lo bastante listo para haber planteado. ¿Adónde iba el tigre cuando llovía? ¿Por qué no se instalaba en el parque?
Esa noche quizá fuera justo pensar que esas divagaciones eran el lugar donde me resguardaba de una tormenta de culpabilidad. Quizá no recordase muy bien a Janice, pero ¿acaso no se suponía que la amaba? Allí, en aquel umbral, jugué con la idea de romper la relación a mayor larga distancia de la historia del cosmos. O al menos la más distante.
—Creo que no me gustarías —susurró Oona Laszlo, con un atisbo de devastadora ternura hacia los dos.
Las pequeñas grietas en la dura fachada de aquella mujer me fascinaban tanto como la delicada tracería del barniz cuarteado de un retrato renacentista, vulnerable por todas partes, aunque el rostro que mirase desde debajo te retase a atreverte a malgastar tu compasión en él.
Me faltaban las palabras más de lo habitual. Dejé que mis manos jugaran con el pelo y la ropa de Oona, con su perímetro, sin sumergirse.
—¿Deberíamos ir a tu casa? —pregunté.
—Nunca te invitaré a mi casa, Chase. No vuelvas a proponerlo, por favor.
—Vale.
Me sentí un tanto embelesado y turbado, pero también el rey del mal gusto. Oona parecía exigirlo, era el precio de la entrada. Yo debía obviar el barniz resquebrajado.
—¿Ya te he insultado?
—Es difícil insultarme, por lo mismo que a ti se te dan bien los secretos.
—Eres demasiado delicado, Chase. Bésame, joder.