Ciencia griega
Capítulo II
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
2) que la apariencia de una revolución cotidiana de los cielos sobre la Tierra podría
explicarse igualmente bien suponiendo una rotación diaria de la Tierra sobre su eje.
Estas dos sugestiones eran sumamente perturbadoras, pues conmovían los
fundamentos del universo en dos formas, primero, erigiendo al Sol en un segundo
centro, y segundo, imprimiendo rotación al viejo centro fijo, la Tierra.
Éstas eran concesiones muy difíciles que debían hacerse a la ciencia de la
observación. Los lectores deben recordar que la concepción matemático-religiosa del
universo, fundada en las propiedades del círculo y de la esfera, había librado una dura
batalla, para poder afirmarse, contra una teoría rival. Los atomistas creían que
infinidad de mundos se formaban y se desintegraban en un espacio ilimitado. Los
pitagóricos y los platónicos creían en la singularidad, la eternidad y la finitud de
nuestro universo. Las innovaciones de Heráclides parecían peligrosas concesiones a la hipótesis atomista. Tal era el estado de la ciencia astronómica cuando iniciaron su
labor los astrónomos alejadrinos.
Heráclides del Ponto vivía en Atenas. El primero de los grandes astrónomos
alejandrinos fue Aristarco de Samos, alumno de Estratón de Lampsaco. Vivió
probablemente entre 310 y 230, con lo que tendría unos setenta y cinco años menos
que Heráclides y veinticinco más que Arquímedes, y su recuerdo será imperecedero
por haber sido el primero en proponer la hipótesis heliocéntrica. Copérnico, en el
siglo XVI, sabía que estaba resucitando la teoría de Aristarco. Aunque el tratado en el
cual Aristarco desarrolló su hipótesis se ha perdido, tenemos el más fidedigno
testimonio de su existencia. Arquímedes, su contemporáneo, aunque algo más joven,
en aquella interesante obra a la cual nos hemos referido tantas veces, el Arenario, nos
dice que Aristarco publicó un libro que contenía diversas hipótesis, entre las cuales se
hallaba la siguiente: las estrellas y el Sol permanecen inmóviles, pero la Tierra gira
en torno al Sol en la circunferencia de un círculo, manteniéndose el Sol en el centro
de la órbita. Aunque Aristarco seguía creyendo en el movimiento circular, y aunque
es improbable que su sugestión tuviera otro alcance que el de una hipótesis
matemática, tenemos pruebas de la conmoción que ella causó. Cleantes, jefe de la
escuela estoica de Atenas, hombre muy devoto del culto de las estrellas, y que fuera
casi exactamente contemporáneo de Aristarco (ambos murieron ancianos, y con sólo
un año de diferencia), expresó su opinión de que los griegos debían procesar a
Aristarco por impiedad. Estas amenazas de las escuelas filosóficas (Cleantes no hacía
sino retomar el argumento de Platón en las Leyes) parecen haber involucrado un
peligro real para el hombre de ciencia. Tal es la opinión de historiadores tan
responsables como Paul Tannéry y Pierre Duhem (DUHEM, Système du monde, t. I,
pág. 425). En toda la antigüedad sólo hubo otro astrónomo que apoyara su hipótesis,
a saber, el babilonio Seleuco, quien vivió unos cien años después de Aristarco. En
verdad, Seleuco fue más allá, y al parecer aseveró su creencia en ella no sólo como
una hipótesis matemática, sino también como un hecho físico. Pero una golondrina
no hace verano. La concepción de un universo heliocéntrico permaneció todavía
nonata.
El tratado en el cual Aristarco desarrolló esta hipótesis, como hemos dicho, se ha
perdido. Pero en cambio ha sobrevivido otro de sus escritos: Sobre los tamaños y las
distancias del Sol y la Luna. Se cree que es de composición anterior, por cuanto no
contiene alusión alguna a la hipótesis heliocéntrica, y funda parte de sus argumentos
en un cálculo muy defectuoso del ángulo subtendido al ojo por el globo solar, cálculo
que el propio Aristarco corrige en otra obra. Pero ese mismo libro nos ofrece un
ejemplo tan admirable y típico de ciencia alejandrina que nos mueve a dar de él una
breve descripción. La edición que de este texto ha hecho T. L. Heath en su Aristarco
de Samos es uno de los libros clásicos modernos de la historia de la ciencia.
El libro comienza ordenadamente, como se acostumbra en Alejandría, con una
lista de seis hipótesis que forman la base de todo su argumento.
1. Que la Luna recibe su luz del Sol.
2. Que la Tierra está en la relación de un punto y de un centro con la esfera en la
cual se mueve la Luna.
3. Que cuando la Luna sólo nos muestra la mitad de su superficie, el gran círculo
que divide las partes obscura e iluminada de la Luna está en la dirección de nuestro
ojo. (O sea que los centros del Sol, la Tierra y la Luna forman un triángulo rectángulo
cuyo ángulo recto tiene por vértice el centro de la Luna).
4. Que cuando sólo se nos muestra da mitad de la Luna, su distancia del Sol es
menor de un cuadrante en 1/30 de cuadrante. (Este cálculo de la distancia angular
entre la Luna y el Sol, 87 grados, está muy equivocado. El verdadero ángulo es
superior a 89 grados).
5. Que el ancho de la sombra de la Tierra es el doble del ancho de la Luna.
6. Que la Luna subtiende una décimoquinta parte de un signo del zodíaco. (Esto
también es erróneo. Como ya hemos visto, Arquímedes reproduce un cálculo
posterior, y sumamente exacto, del mismo Aristarco, reduciendo su previa estimación
de dos grados a medio grado).
Aristarco procede luego a establecer dieciocho proposiciones, de las cuales las
más importantes son las siguientes:
1. La distancia entre el Sol y la Tierra es más de dieciocho veces, pero menos de
veinte veces, la distancia entre la Luna y la Tierra.
2. El diámetro del Sol es más de dieciocho veces, pero menos de veinte veces, el
diámetro de la Luna.
3. El diámetro del Sol tiene con respecto al de la Tierra una relación mayor que
19:3, pero menor que 43:6.
Aristarco había intentado únicamente comparaciones entre los tamaños del Sol, la
Luna y la Tierra. Todavía no se habían hecho mediciones en unidades de medida
usuales, o bien, si alguna se había hecho, no era adecuada. Este vacío vino a llenarlo
el siguiente gran astrónomo y geógrafo alejandrino, Eratóstenes (hacia 284-192),
quien observó que en Siena (la moderna Asuán), durante el solsticio de invierno, el
Sol se halla directamente en el ccnit, mientras que en Alejandría, aproximadamente a
5.000 estadios de distancia, y casi en el mismo meridiano, el reloj de sol indicaba que
el Sol estaba a una distancia del cenit de 1/50 del círculo del meridiano. Esto indica
una longitud de 250.000 estadios para la circunferencia de la Tierra, y si fallamos en
favor de Eratóstenes la duda que pudiera existir sobre qué tipo de estadio utilizó en
sus cálculos, su diámetro polar terrestre resulta menor sólo en cincuenta millas que el
determinado por nuestro cálculo moderno.
GEÓGRAFOS
Con Eratóstenes se constituye la ciencia de la geografía matemática y astronómica. En su ascenso a partir de sus humildes orígenes, la geografía había participado de la
rapidez que caracteriza el desarrollo de otras ciencias griegas. Sin duda, mucho
trabajo preparatorio había sido ejecutado por investigadores anónimos, en muchos
lugares del mundo griego. La astronomía misma había adelantado en esta forma. En
una obra sobre Signos del tiempo, Teofrasto escribe lo siguiente: «Debe prestarse
buena atención a las condiciones locales de la región en donde uno se halla, pero es
también posible hallar un observador local, y los signos comunicados por tales
personas son los más fidedignos. Así es como se han hallado buenos astrónomos en
diversas partes; por ejemplo, Matricetas observó en Metimma los solsticios, desde el
Monte Lepetimnos; Cleóstrato, en Tenedos, desde el Monte Ida; Feinos en Atenas,
desde el Monte Licabeto. Metón, autor del ciclo calendario de diecinueve años, fue
alumno del último de los nombrados. Feinos era un extranjero residente en Atenas.
Podrían darse otros ejemplos de astrónomos locales».[6] De manera parecida, los
puertos y costas del Mediterráneo deben haber sido descritos y cartografiados en
forma imperfecta y aproximada por generaciones de marinos, antes de comenzar la
labor científica. Anaximandro, como ya hemos visto oportunamente, fue el primero
en trazar un mapa del mundo. Es muy probable que haya sido el primero en hacer un
mapa de un puerto o de una extensión costera. En épocas posteriores los geógrafos
griegos se refieren con más frecuencia a documentos llamados Puertos y Viajes
costeros (limenes y periploi). Richard Udhen (Imago Mundi, vol. I, págs. 2 y 3)
sostiene con fundamento que no se trataba de libros, sino de mapas.
Sea como fuere, y por muy temprano que pueda haberse iniciado esa preparación
local de mapas, sabemos que a partir de la época de Anaximandro la geografía tiene
una distinguida historia de rápido desarrollo. Hecateo, contemporáneo, aunque algo
más joven, y conciudadano de Anaximandro, escribió una Descripción del mundo. La
Historia de Herodoto está llena de información geográfica. Eudoxo escribió una
segunda Descripción del mundo. La Meteorología de Aristóteles contiene muchos
elementos de interés geográfico, y su alumno Dicearco se hizo famoso por su mapa
del mundo habitado y por sus razonables cálculos de las alturas de las montañas.
De toda esta actividad fue emergiendo gradualmente la imagen de un globo
geográfico, con polos, ecuador, eclíptica, trópicos, meridianos de longitud y paralelos
de latitud. Se determinaron cinco zonas: zonas frígidas en los polos, una zona tórrida
a ambos lados del ecuador, y dos zonas templadas, aunque la extensión de todas ellas
fue en un principio variable, determinándose más por datos meteorológicos que por
indicaciones astronómicas. El progreso de la geografía astronómica fue fomentado
por la invención de instrumentos astronómicos —a Aristarco se atribuye, por
ejemplo, el perfeccionamiento del reloj de sol— y, al menos en un ejemplo famoso,
por el viaje de un marino que unía su entusiasmo científico a su interés comercial.
Entre los años 310 y 306, cuando los cartagineses, que normalmente dominaban el
extremo occidental del Mediterráneo, estaban trabados en lucha a muerte con los
griegos de Sicilia, Piteas, marino heleno procedente de Marsella, atravesó las Columnas de Hércules y puso proa a Cornualles para investigar las posibilidades del
comercio del estaño. Es probable que su viaje se haya prolongado hasta Noruega y el
Báltico, y que haya aprovechado la oportunidad para calcular numerosas nuevas
latitudes. No hay duda de que esta hazaña tuvo su efecto en la ciencia geográfica de
Eratóstenes.
A partir de aquel entonces, la instrucción de todo ciudadano requirió también un
conocimiento general de la geografía astronómica, y la ciencia geográfica en sus dos
principales divisiones —descriptiva y matemática— se hizo necesaria para la buena
administración de los Estados. El mejor tratado antiguo de geografía que poseemos, o
sea el de Estrabón (ocho volúmenes en la Biblioteca Loeb), fue compuesto entre los
años 9 y 5 a. C., probablemente en interés de Pitodoris, reina del Ponto. Una
permanencia anterior de alrededor de cuatro o cinco años en Alejandría le había dado
acceso a las mejores fuentes documentales, de las cuales (doquiera las haya leído)
hace abundantes citas. Luego de explicar que su obra será principalmente descriptiva,
Estrabón se expresa en la siguiente forma: «Sin embargo, el lector no deberá ser tan
inculto ni tan ocioso como para no haber estudiado nunca un globo y sus círculos,
unos paralelos, otros perpendiculares a éstos, y otros oblicuos. Deberá conocer la
posición de los trópicos, del ecuador y del zodíaco. Con un conocimiento básico de
tales cosas —los horizontes, los círculos árticos, etc.— será capaz de entender el
libro. Pero si no sabe siquiera lo que es una línea recta, o una curva, o un círculo, si
no conoce la diferencia entre una superficie esférica y una plana, y ni siquiera puede
señalar las siete estrellas de la Osa en el cielo de la noche, mi libro no le servirá para
nada, o de muy poco. Deberá familiarizarse primero con los estudios preparatorios
para el conocimiento de la geografía. Es también esta falta de un aprendizaje
preliminar la que hace incompleta la obra de los autores de los llamados Puertos y
Viajes costeros. No alcanzan a suministrar los detalles matemáticos y astronómicos
necesarios.» (I, 1, 21).
OTRA VEZ LA ASTRONOMÍA
Debemos ahora dejar de lado la contribución de la astronomía a la geografía y volver
a la astronomía misma. No sólo es la más grande conquista científica de la era
alejandrina, sino que la especial forma de su desarrollo es lo que mejor revela la
influencia de la filosofía predominante sobre la ciencia de la época. Hemos visto
cómo los astrónomos ignoraban, aunque no por cierto tranquilamente, las
irregularidades de los movimientos de los cuerpos celestes que no podían explicar.
Pero su situación era todavía más difícil de lo que hasta ahora hemos descrito. No
sólo había fenómenos aún sin explicación, sino que los había que no podían encajar
en sus hipótesis. El hecho bruto es que la hipótesis homocéntrica era, en su principio
fundamental, inaceptable, y que las razones de su inaceptabilidad eran generalmente conocidas por quienes, a pesar de ello, trabajaban para perfeccionarla.
Si el sistema homocéntrico fuera verdadero, implicaría que cada uno de los astros
mantiene una distancia invariable con respecto a la Tierra. Se mueven en torno a ésta,
pero ni se le aproximan ni se alejan. Pero la distancia entre los planetas y la Tierra se
modifica en realidad cotidianamente, como bien se comprueba a simple vista con los
cambios en la luminosidad de Venus y de Marte. La distancia de la Luna varía, como
se ve a través de las variaciones medibles de su diámetro aparente. Tales variaciones
también quedan probadas por el hecho de que los eclipses de Sol son a veces anulares
(cuando la Luna está demasiado lejos de la Tierra para poder cubrir al Sol
completamente) y a veces totales (cuando la Luna está más cerca de la Tierra). Tales
variaciones se deducen también de las variaciones en la velocidad de los astros. Si la
velocidad angular de un astro se modifica, es porque no lo estamos observando desde
el centro en torno al cual gira.
¿Cuán antiguo es el conocimiento de estos hechos? Oigamos lo que al respecto
dice un astrónomo, Sosígenes, del siglo II d. C., quien leyó los viejos libros, perdidos
para nosotros: «Las esferas de los partidarios de Eudoxo no explican los fenómenos.
No sólo no explican los fenómenos que han sido descubiertos después de ellos, sino
que tampoco explican los que ya eran conocidos antes de ellos, y que ellos mismos
consideraban verdaderos. ¿Puede decirse que Eudoxo o Calipo hayan tenido buen
éxito? Hay por lo menos una cosa que salta a la vista y que ninguno de ellos pudo
deducir de sus hipótesis. Me refiero al hecho de que ciertos astros se aproximan a
veces a nosotros, y otras se alejan. Esto puede verse en los casos de Venus y de
Marte, que parecen mucho mayores en la parte media de su trayectoria retrógrada,
hasta el punto que en noches sin luna Venus llega a arrojar sombras. Iguales
variaciones pueden observarse en la Luna si la comparamos con objetos invariables
en tamaño. Los que emplean instrumentos confirman esta observación. A una misma
distancia del observador, es necesario emplear a veces un disco de once dedos de
ancho para cubrir la Luna, y a veces uno de doce. Las observaciones de los eclipses
de sol confirman esta circunstancia. A veces el Sol se mantiene por algún tiempo
cubierto por la Luna; otras veces la Luna no llega a cubrir al Sol por completo. Igual
conclusión se desprende de las variaciones diarias en las velocidades aparentes de los
cuerpos celestes. Pues bien: los partidarios de Eudoxo no han podido explicar estas
apariencias. Ni siquiera han tratado las variaciones de velocidad, aunque éste es un
problema que merece atención. No puede decirse que no conocieron las variaciones
en la distancia de la misma estrella. Polemarco de Cícico supo de estas variaciones,
pero las desechó como asunto sin importancia, porque abrigaba un prejuicio en
favor del sistema que dispone a todas las esferas concéntricamente en torno al centro
del universo. También es evidente que Aristóteles, en sus Problemas físicos, ponía en
duda las hipótesis de los astrónomos, porque el tamaño de los planetas no permanece
siempre idéntico».
Tal es el resumen de Sosígenes, que refleja una crisis del pensamiento a fines del siglo IV, en la Academia y en el Liceo de Atenas. El relato de Sosígenes está basado,
al menos en parte, en la historia de la astronomía escrita por Eudemo, discípulo de
Aristóteles, y a este mismo período pertenecen los hombres que menciona como
habiendo discutido o eludido el problema: Eudoxo, Calipo, Polemarco, Aristóteles y
otros cuyos nombres hemos omitido en nuestra versión abreviada. Fue precisamente
al finalizar esta controversia con el establecimiento del sistema homocéntrico sobre la
base de ignorar los hechos que no convenían cuando los sistemas de Heráclides y
Aristarco rompieron con el punto de vista ortodoxo, y al afirmar que algunos planetas
giraban alrededor del Sol, o que la Tierra misma lo hacía, intentaron explicar por lo
menos algunos de esos enigmáticos fenómenos. Pero, como hemos visto, el miedo a
desalojar a la Tierra del centro del universo era demasiado grande. Ese esfuerzo
fracasó, y el sistema heliocéntrico fue finalmente abandonado, por lo que respecta al
mundo antiguo.
Si examinamos este asunto más de cerca, encontraremos abundantes razones para
maravillarnos. La falsedad del sistema de esferas homocéntricas era ya conocida
cuando Eudoxo y Calipo lo estaban constituyendo. Sin embargo, mantuvo su reinado,
si no libre de desafíos, al menos inconmovible, por espacio de unos dos mil años.
¿Cuál es la explicación? Ésta reside en las concepciones filosóficas más generales,
dentro de cuya estructura tuvo que encajar a la fuerza la astronomía. Aristóteles había
escrito un libro Sobre el cielo. No se trata de una obra de astronomía, sino de un
tratado de física, en el mismo sentido en que lo es el Timeo de Platón. O sea, de
carácter teológico y deductivo. En dicha obra, Aristóteles sostiene que siendo la
actividad de Dios vida eterna, y siendo los cielos divinos, su movimiento debe ser
eterno, y, en consecuencia, el firmamento debe ser una esfera rotatoria. Además,
como el centro de un cuerpo en rotación se halla en reposo, la Tierra debe hallarse
inmóvil en el centro del universo. La Tierra, reino del cambio, está compuesta por los
cuatro elementos, a saber, Tierra, Aire, Fuego y Agua, pero los cuerpos celestes, que
son eternos, están constituidos por un quinto elemento, libre del cambio, de la
generación y de la composición, que no se mueve, como los elementos terrestres, en
línea recta, sino en círculo.
Tal era la naturaleza del universo en las concepciones pitagórica, platónica,
aristotélica primitiva y estoica. El cielo estrellado era la imagen visible de la
divinidad. Como tal, compartió la suerte de los dioses, y pasó a juristicción de los
teólogos. Tenía que desempeñar un papel muy especial: el de revelar al hombre la
voluntad divina, y así desempeñó una función múltiple en el gobierno de ciudades e
imperios. La estabilidad de la antigua sociedad oligárquica estaba ligada con una
concepción particular de la astronomía. Sostener otros concepciones distintas no era
un error científico, sino una herejía. La astronomía era en la antigüedad asunto tan
espinoso como la crítica bíblica en tiempos modernos. La observación astronómica
estaba sujeta a un ansioso escrutinio y a un manejo sumamente cauteloso. Se requería
una indiscreción de un Colenso o la terquedad de un Loisy para ignorar la convención. Los derroteros errantes de los planetas, las variaciones en la duración de
las estaciones, los cambios de distancia entre los astros y la Tierra eran asuntos tan
arduos como los milagros, las supercherías o las persecuciones. Los astrónomos
mismos se debatían a menudo entre dos lealtades, como los modernos historiadores
de la religión. No carecían de conciencia científica, pero sabían que estaban
invadiendo un campo en el cual las opiniones involucraban consecuencias políticas y
sociales. Con frecuencia, sus convicciones religiosas personales estaban en conflicto
con los datos de la observación. La creencia en la divinidad de los astros era
sostenida con violencia y pasión por muchas mentes exaltadas.
Por tales razones, no puede sorprendernos que los esfuerzos por alterar las
concepciones astronómicas de acuerdo con una ciencia fundada en la observación,
cuya autoridad no estaba aún asentada firmemente sino en rarísimas mentes, hallaran
una violenta resistencia no sólo por parte de sacerdotes, filósofos y reyes, sino hasta
de algunos astrónomos. «Los obstáculos que en el siglo XVII ofrecieron el
protestantismo y luego la iglesia católica —escribe Duhem— al progreso de la
doctrina de Copérnico sólo pueden darnos una pálida idea de las acusaciones de
impiedad que el paganismo antiguo hubiera lanzado contra el audaz mortal que se
hubiera atrevido a conmover la perpetua inmovilidad de la Tierra, el Hogar de los
Dioses, y a asimilar el ser incorruptible y divino de las estrellas con el de la Tierra
subalterno dominio de la generación y de la muerte.» (Ob. cit., I, 425). Sólo los
epicúreos mantuvieron y expresaron consistentemente tales opiniones blasfematorias,
insistiendo en que ios cielos habían tenido comienzo, eran masas de materia muerta.
Y se vieron en dificultades para tranquilizar a sus partidarios, asegurándoles que
quienes propusieran tales teorías no estaban en peligro de ser condenados por causas
de ellas (Lucrecio, V, 110-25). Justamente por razones como ésta la astronomía
antigua rechazó las aberraciones de Heráclides y de Aristarco, y retornó a la
concepción de un universo geocéntrico.
Esto provocó un retardo en la formación de opiniones más verdaderas sobre la
forma y el tamaño del universo, y frenó la especulación mecánica y química acerca
del movimiento y la sustancia de los astros. No interrumpió, en cambio, la
prosecución de la astronomía posicional ni el perfeccionamiento del calendario. De
aquí bien puede llegarse, como el poeta Rossetti, a la convicción de que «a nadie
puede preocupar en lo más mínimo si la Tierra gira alrededor del Sol, o si el Sol gira
alrededor de la Tierra». En esta última hipótesis se fundó la obra del gran astrónomo
Hiparco, en opinión de muchos el más grande de la antigüedad, acuyo sistema nos
referiremos a continuación.
La teoría de las excéntricas y de los epiciclos, que constituye la base no sólo del
sistema de Hiparco (fallecido hacia el año 125 a. C.) sino también del de Tolomeo
(muerto después del año 161 d. C.), fue probablemente invención de las escuelas
pitagóricas del sur de Italia, de donde hubo de pasar a Alejandría. Los nuevos
principios pueden ser fácilmente entendidos en sus formas más simples, aunque su elaboración completa en la Syntaxis de Tolomeo implica un formidable estudio. Si
nos atenemos a la hipótesis de que el Sol se mueve en un círculo perfecto, a velocidad
uniforme, la única explicación de las variaciones que observamos en su velocidad
angular es que nosotros no estamos situados en el centro del círculo en el cual gira.
El círculo del Sol es excéntrico con relación a la Tierra. Esta teoría involucra la
necesidad de suponer que un cuerpo como el Sol puede girar en torno a un punto
geométrico, concepción difícil para el astrónomo antiguo, pero que se convirtió en la
explicación aceptada. La teoría del epiciclo es un poco más compleja. Considérense
los movimientos del planeta Venus. Son dos los que requieren explicación: la
revolución sinódica, cuando Venus retorna a una misma posición con respecto al Sol
y a la Tierra, y la revolución zodiacal. La suposición de que Venus gira en un círculo
en torno a un punto que a su vez gira en torno a la Tierra sirve para explicar a un
tiempo esos dos movimientos. El primero de los círculos es el epiciclo. Vemos
completa su revolución en este ciclo en el período de la revolución sinódica. El
círculo mayor, descrito por el centro del epiciclo en tomo al centro de la Tierra, es el
deferente. El centro del epiciclo cumple esta revolución en el período de la revolución
zodiacal del planeta. Un radio procedente del centro de la Tierra y que llegue hasta el
centro del Sol pasa por el centro del epiciclo. El radio del epiciclo es dado por la
distancia máxima que llega a interponerse entre Venus y el Sol.
Un esquema similar se aplicaría al planeta Mercurio, que también se mueve en la
cercanía del Sol. En el caso de los planetas que están alejados del Sol ya no es posible
suponer que un radio de la Tierra que pase por el centro del epiciclo ha de pasar
siempre por el centro del Sol, pues esos planetas tienen todos períodos zodiacales
más prolongados que el del sol, a saber: Saturno, treinta años; Júpiter, doce años, y
Marte, dos años, según los cómputos que Eudoxo conocía. Pero la hipótesis puede
generalizarse en la siguiente forma para todos los planetas: a todo planeta
corresponde un círculo deferente, que está en el mismo plano de la eclíptica, y que
tiene por centro el centro de la Tierra. Este círculo deferente es trazado por un punto
que no es sino el centro del epiciclo en el cual se mueve el planeta. El tiempo
invertido en el trazado del deferente es el período zodiacal. El tiempo invertido en el
trazado del epiciclo es el período sinódico.
La astronomía alejandrina tuvo también su aspecto más práctico. En la actualidad
el calendario nos parece cosa muy natural costó mucho perfeccionarlo, si podemos
llamar perfecto a algo que un importante movimiento de opinión está pidiendo que se
reforme. El astrónomo griego Gemino (quien escribió, según se supone, hacia el año
70 a. C.) define el problema de fondo cuando dice: «Los antiguos tenían ante sí el
problema de contar los meses por la Luna, y los años, en cambio, por el Sol». Esta
conciliación del método primitivo de calcular el tiempo por la Luna, con el método
posterior de utilizar el Sol para tal fin, estableciendo así un calendario lunisolar, es
una de las más grandes proezas de la civilización antigua, cuyo mérito corresponde
en parte a los griegos, aunque algunos sostengan que éstos no hicieron más que servir el eslabón entre las conquistas científicas de Babilonia y las necesidades civiles del
imperio romano. Como sabemos, el año solar tiene aproximadamente 365 días y
cuarto, mientras que el mes tiene unos 29 días y medio, de modo que no puede
dividirse el año en un número redondo de meses. Por ejemplo, si hacemos el año de
doce meses, sólo tendrá 354 días, faltando 11 para completar el año solar. Todavía
hoy los árboles del desierto se las arreglan muy bien con este sistema, y el hecho de
que hayan ganado ya cerca de cuarenta años desde la fecha de la Héjira (622) no tiene
para ellos importancia práctica alguna. Pero ya en épocas muy antiguas hubo en las
civilizaciones del Cercano Oriente quienes se esforzaron por determinar un ciclo de
años en el cual coincidieran el año lunar y el solar. En el siglo VIII los griegos
tomaron de los babilonios el ciclo de ocho años. Trescientos años más tarde, en 432 a.
C., el astrónomo Metón puso en conocimiento de los atenienses un ciclo de
diecinueve años, que probablemente se haya originado también en Babilonia. Se trata
de un sistema muy eficiente, que mantiene de acuerdo el calendario lunar con el solar
durante más de doscientos años antes de que sea necesario ajustarlo siquiera en un
solo día. Pero hoy tenemos pruebas de que los atenienses, en la práctica, no lo
observaron; otro síntoma de que la administración de los antiguos era menos eficiente
que la actual. Cien años después Calipo ideó un ciclo de setenta y seis años. Al cabo
de otros dos siglos Hiparco propuso un ciclo de 34 años. Estos refinamientos tenían
más interés para los astrónomos —quizá para los astrólogos— que para los
organizadores del calendario civil, pero debe tenerse en cuenta que cuando Juilio
César se propuso reformar el calendario oficial romano mandó llamar a un
especialista alejandrino que hizo al respecto un excelente trabajo.
Casi todos los escritos de Hiparco se han perdido, pero sabemos, por las pruebas
que nos ha dejado Tolomeo, que tres de ellos se referían al calendario o a los
problemas suscitados por su perfeccionamiento, a saber: Meses y días intercalares,
Sobre la duración del año, Sobre el movimiento de los puntos solsticiales y
equinocciales. En su esfuerzo por determinar con la mayor exactitud posible la
duración del año, Hiparco descubrió la diferencia entre el año tropical y el año
sidéreo, y así halló, y por cierto que también midió con asombrosa exactitud, el
fenómeno de la precesión de los equinoccios. La astronomía moderna nos dice que,
debido al abultamiento de la Tierra en el ecuador, el planeta oscila ligeramente
durante su revolución sobre su propio eje. El efecto de esta oscilación es que el polo
de la Tierra no se mantiene inmóvil, sino que se mueve en un círculo, completando su
revolución en un período de 26.000 años. El efecto de esta oscilación es producir una
ligera alteración en la posición del Sol y de los planetas, observados desde la Tierra,
sobre el fondo de las estrellas fijas, alteración que fue descubierta por Hiparco. Esté
astrónomo determinó el año tropical, o sea el intervalo del tiempo que transcurre
entre dos pasos sucesivos del Sol por un mismo punto equinoccial, y también el año
sideral, o sea el tiempo que tarda el Sol en volver a una misma estrella. Comparando
sus descubrimientos con los registros de los astrónomos anteriores, notó que un mismo punto equinoccial no mantiene a través de los siglos la misma posición con
respecto a una estrella fija dada, sino que avanza lentamente por el zodíaco de Este a
Oeste: de aquí el nombre de precesión de los equinoccios. En su libro sobre la
duración del año dice Hiparco que la precesión no es menor de un grado por siglo. En
su obra posterior sobre el mismo asunto llega a una determinación más precisa, dada
por Tannéry como 1 grado, 23 minutos, 20 segundos. El cálculo moderno es de sólo
10 segundos más.
Se supone que Hiparco, para llegar a estos resultados, tuvo que trabajar con
registros anteriores tanto babilonios como griegos. Sin embargo, sean cuales fueren
las ventajas de que disfrutó, alcanzó resultados que nos inspiran profundo respeto y
que sentaron normas tales para el trabajo científico que hasta las remotas
generaciones del futuro podrán recordarlas con orgullo. Tan sensible era Hiparco a su
deuda para con sus predecesores, tan presente tenía el hecho de que sólo los registros
mantenidos a lo largo de generaciones hacían posible una conclusión tan refinada
como la de la precesión de los equinoccios, que él mismo se propuso endeudar a la
posteridad para consigo, y se puso a calcular las posiciones de unas 850 estrellas
fijas, junto con algunas circunstancias de sus apariciones, para que los astrónomos
futuros pudieran descubrir cualquier cambio. «Hizo de los cielos nuestra común
herencia —comenta Plinio el Mayor—, suponiendo que aparezca alguno lo bastante
grande como para poder entrar en posesión de ese legado.» (Historia Natural, II, 26,
95).
Es lamentable que el único tratado de Hiparco que ha llegado hasta nosotros no se
cuente entre las más importantes e interesantes de sus obras. Pese a ello, nos dice algo
con respecto a la época, y lo describiremos brevemente. Hacia el año 270 a. C., un
versificador muy hábil, llamado Arato, había compuesto un poema didáctico sobre la
astronomía, que siguió gozando de gran popularidad durante toda la época clásica.
Un joven amigo escribió a Hiparco para informarse del grado de exactitud de ese
poema tan influyente. Hiparco, al contestarle, luego de felicitarlo por su consecuente
interés por la ciencia, empieza por sentar como punto general que el poeta Arato
había tomado sus datos del astrónomo Eudoxo. Luego pasa a criticar a Eudoxo a la
luz de conocimientos posteriores, lo cual no carece de interés, como se verá en el
siguiente ejemplo: «Eudoxo demuestra su ignorancia sobre el Polo Norte en el
siguiente pasaje: “Hay una estrella que permanece siempre inmóvil. Esta estrella es el
polo del mundo”. En realidad, no hay estrella alguna en el polo, sino un espacio vacío
cerca del cual hay tres estrellas, las cuales, unidas con el punto solar, forman un
cuadrilátero irregular, como nos dice Piteas de Marsella». (Comentario sobre Arato,
I, iv, i.)
LA ORGANIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO
La mención de este comentario sobre un poema que había sido escrito
aproximadamente ciento treinta años antes sirve para recordarnos una función del
Museo que de ningún modo debe ser omitida en la presente exposición. Hemos
hablado de que la biblioteca anexa al Museo contenía aproximadamente medio millón
de rollos. Esto bien podría conducirnos a una noción exagerada sobre la extensión de
la literatura mundial en aquellos tiempos. Debe recordarse que las obras de Homero,
que ahora pueden apretarse en un pequeño volumen de bolsillo, no ocuparían
entonces menos de cincuenta rollos. No obstante, aunque exista el peligro de exagerar
el número de los libros que entonces existían, no hay riesgo alguno de exagerar el
papel del Museo en la creación de toda la técnica, aparato y tradición del estudio
erudito. Un célebre estudioso moderno, Boeckh, describió el ideal de lo que los
alemanes llaman filología como «el conocimiento sistemático de lo que se ha
conocido» —Erkenntnis des Erkannten, cogniti cognitio. Esta labor de erudición, que
es de importancia inapreciable para la especie humana, como fundamento
indispensable del conocimiento histórico, fue adecuadamente encarada, por primera
vez, en el Museo. El público británico de la actualidad está probablemente mucho
mejor preparado para entender la importancia de las ciencias naturales que la de las
históricas. Está más dotado para entender el significado de la ciencia que el de la
erudición. Muchos son los que han sentido en sus propias mentes el poder
transformador de las concepciones científicas, y de una actitud científica frente a la
vida. Saben por experiencia propia que quien ha aprendido la técnica de la
investigación científica ha ganado un nuevo poder mental. Pero son muchos menos
los que han llegado a asumir una actitud similar con respecto a la erudición, los que
han llegado a creer que el conocimiento sistemático de lo que se ha conocido no es
una cosa muerta, sino la más viva de todas, por elevar la conciencia humana, podría
decirse, a una nueva dimensión. El problema consiste en que tan pocos entre los
mismos eruditos hayan llegado a comprender esta verdad. Collingwood no hablaba
en balde cuando decía (Autobiography, ed. Pelican, pág. 61): «En los últimos treinta
o cuarenta años el pensamiento histórico había venido alcanzando una aceleración en
la velocidad de su progreso y una ampliación de su perspectiva comparables a las que
la ciencia natural había alcanzado a comienzos del siglo XVII. Yo tenía por seguro, en
la medida en que puede serlo una cosa futura, que el pensamiento histórico, cuya
importancia cada vez mayor había sido una de las características más sobresalientes
del siglo XIX, continuaría aumentando mucho más rápidamente su influencia durante
el siglo XX; y que podríamos muy bien encontrarnos en el umbral de una era en la
cual la historia sería tan importante para el mundo como la ciencia natural lo había
sido entre 1600 y 1900». Una extensión del alcance del pensamiento humano tal
como la que Collingwood prevé en este pasaje no podría haber sido siquiera atisbada
si el Museo no la hubiera preparado a distancia, inventando la técnica de la
conservación, la crítica y la transmisión exacta de los textos.
GRAMÁTICA
De este cuidado por el registro escrito del pasado surgió una gran realización de la
ciencia alejandrina, la gramática. Los complicados fenómenos del lenguaje no son
cosa fácil de analizar y finalmente, la aparición de una ciencia de la gramática había
sido preparada por generaciones de investigación curiosa y esfuerzo práctico. La
dificultad de estas etapas oscuras escapa a la mirada superficial. Aceptando la
maravilla de la invención fenicia de un alfabeto fonético, tenemos todavía que
averiguar cómo los griegos encararon el problema de adoptar esa escritura y adaptarla
a sus propias necesidades. Eduardo Schwyzer[7] opina que la fonética práctica
implícita en el recitado de los himnos del culto y de los poemas homéricos constituía
la preparación necesaria para la aplicación de un alfabeto extranjero a la escritura del
idioma griego. Sea como fuere, tenemos pruebas de que en el siglo VI los griegos de
la Jonia eran ya gramáticos conscientes. Habían comenzado por prestar atención a la
declinación de los sustantivos, y tenían una teoría de los casos. Los filósofos del
siglo V dedicaron mucha atención a los problemas lingüísticos. Todos los fenómenos
del lenguaje habían entrado ya para entonces en la esfera de la conciencia. Así es
como se ocuparon de letras, sílabas, palabras, ritmo, estilo, etcétera. Las opiniones
están divididas en cuanto a la tremenda cuestión de si los idiomas son establecidos
naturalmente o por convención. Platón, en su Cratilo, discutió el asunto con
característica amplitud y sutileza. Y con característica perversidad, también, debemos
añadir, pues introdujo la extravagante teoría, agudamente criticada por Lucrecio
(libro V, 104 y sigts.) de que las palabras fueron ¡inventadas por un Legislador y
aprobadas, como adecuadas para el uso corriente, por un Metafísico! Aristóteles, los
estoicos y los epicúreos continuaron la tarea del análisis lingüístico. Y en éste, como
en otros sectores del conocimiento, correspondió a los alejandrinos dar a la materia
forma sistemática.
El más antiguo texto de gramática que ha llegado hasta nosotros es el de un tal
Dionisio de Tracia (o Dionysius Thrax, para darle su nombre latino). Muestra todo el
genio de la época en su clara definición de la gramática como «conocimiento práctico
del uso de los escritores en verso o prosa». Es evidente, por las principales divisiones
del libro, que ha recibido su forma de su función. La literatura griega, cuando
Dionisio escribió su gramática, tenía ya seis siglos de antigüedad. El idioma había
cambiado con el paso del tiempo. La literatura había ido formándose en medio de una
considerable variedad de dialectos, y en ese momento estaba siendo estudiada por
pueblos no griegos de todo el mundo mediterráneo, para lo cual se necesitaba una
ayuda, y ésta vino a aparecer bajo la forma de la gramática de Dionisio. Era su objeto
suministrar un conocimiento práctico del uso correcto, y trataba de la corrección en la
lectura, la explicación de las figuras del lenguaje, exposición de palabras y temas raros, etimología, doctrina de las formas gramaticales regulares y, finalmente, crítica
de la poesía, que es descrita como «la parte más noble de todas». Reproducimos a
continuación dos muestras de su contenido. 1) Las partes de la oración son definidas
como: nombre, verbo, participio, artículo, pronombre, preposición, adverbio y
conjunción. 2) Se define la lectura como «la expresión sin tropiezos de poesía o de
prosa». Continúan luego las instrucciones: «Al leer en voz alta deben cuidarse la
expresión, la acentuación y la puntuación. La expresión indica el carácter de la obra;
la acentuación, la habilidad con que fue compuesta; la puntuación, el pensamiento en
ella contenido. Nuestro fin debe ser leer la tragedia en forma heroica, la comedia en
estilo familiar, la elegía plañideramente, la epopeya con firmeza, la lírica
musicalmente, las endechas con tono lacrimoso y lastimero. Si no se observan estas
reglas, se frustra la intención del poeta y se pone en ridículo el arte del lector». ¡Cuán
admirable gramática ésta! Segura en el gusto, firme en la doctrina, concisa en la
presentación, clara en su objetivo, se mantuvo durante unos trece siglos como un
monumento tanto del elevado carácter literario de la civilización griega como del
dominio que tenían los alejandrinos en el difícil arte del libro de texto. Esta obra data
del año 100 a. C., aproximadamente.
Estamos aproximándonos al final del primer período de la ciencia alejandrina, y
el momento es apropiado para echarle un vistazo general. Hacia fines del siglo III
d. C. un obispo cristiano, Anatolio de Laodicea, se entregó a la tarea de formular
algunas generalidades muy amplias sobre la ciencia griega, cuya consideración habrá
de sernos útil. Hace notar que en la época de los pitagóricos —en la cual debemos
interpretar que incluye a Platón y su escuela— los filósofos creían que sólo debían
ocuparse de la realidad eterna e inmutable, libre de toda mixtura. Pero en época más
reciente —continúa— los matemáticos han modificado sus opiniones y han
comenzado a tratar no sólo de lo incorpóreo e ideal, sino también de lo corpóreo y
sensible. «En una palabra —escribe—, el matemático debe ser ahora experto en la
teoría del movimiento de los astros, sus velocidades, sus tamaños, sus constelaciones,
sus distancias. Además, debe instruirse con respecto a las diversas modificaciones de
la visión. Debe conocer las razones por las cuales los objetos no parecen a cualquier
distancia lo que son en realidad; porque, aunque mantengan sus relaciones recíprocas,
producen apariencias ilusorias en cuanto a sus posiciones y a su orden, ya sea en el
cielo o en el aire, o en espejos y en otras superficies pulidas, o bien a través de
medios transparentes. Asimismo, se opina ahora que el matemático debe ser
ingeniero y entender de geodesia y cálculo, y ocuparse de la combinación de los
sonidos para formar melodías agradables».
Los temas aquí subrayados —astronomía, óptica, mecánica, geodesia, aritmética
aplicada, armonía— nos hacen recordar los aspectos prácticos que la ciencia había
asumido en su viaje desde la Academia de Platón, a través del Liceo de Aristóteles,
hasta el Museo de Ctesibio y Arquímedes. Indican también que había una importante
omisión en la lista de las ciencias que hasta ahora veníamos describiendo, a saber, la óptica.
Esta materia tan importante, tratada muchas veces por los científicos alejandrinos,
desde Euclides hasta Tolomeo, estaba dividida en cuatro partes principales: Óptica
propiamente dicha, catóptrica, dióptrica y escenografía. La primera trataba de lo que
ahora llamaríamos perspectiva, o sea los efectos visuales producidos por la
observación de los objetos desde diferentes distancias y ángulos. La catóptrica
trataba de los efectos producidos en los rayos de luz al refractarse en medios
transparentes, o sea la reflexión en los espejos, formación del arcoiris, visión a través
del prisma, espejos ustorios, etc. Podremos entender mejor lo que se incluía en la
dióptrica mediante un examen del tratado de Herón de Alejandría sobre el
instrumento de agrimensura llamado dioptra, que hacía entre los antiguos las veces de
nuestros teodolitos. Se ocupa de problemas tales como: determinar la diferencia de
nivel entre dos puntos dados; perforar un túnel a través de una montaña, comenzando
por ambos extremos; construir un puerto sobre el modelo de un determinado
segmento de círculo, dados los dos extremos. La cuarta sección, escenografía, es la
aplicación de la perspectiva, sea a la arquitectura real o a los decorados escénicos.
Trata de todo aquel tema fascinante en el cual nos introducen las palabras de un
escritor del siglo VIII: «El objeto que el arquitecto se propone es producir una obra
que esté bien proporcionada en apariencia, y, en la medida de lo posible, imaginar
correcciones para las ilusiones ópticas, fijándose como objetivo la simetría y la
proporción, no en realidad, sino según son juzgadas por la vista». Como es bien
sabido, esta corrección de las ilusiones ópticas fue práctica de los arquitectos griegos
y secreto de los maravillosos resultados que ellos obtenían. Sin duda, esta práctica
tradicional fue sistematizada en un tratado en Alejandría, pero éste no ha llegado
hasta nosotros.
Hemos dicho que los primeros doscientos años de la existencia del Museo fueron
los más importantes. En realidad, antes de cumplirse ese plazo desde la fundación de
Alejandría misma en 330, el Museo fue conmovido por una crisis con cuya
descripción cerraremos este largo capítulo. El noveno de los Tolomeos, que se daba a
sí mismo el nombre de Euergetes (o Benefactor) II, pero a quien los griegos de
Alejandría llamaban el Malefactor o el Panzón, tuvo un largo y misterioso reinado,
desde 146 hasta 117. De los monumentos que sobreviven se desprendería que hizo
mucho bien a Egipto en su prolongado gobierno, pero su carrera ha sugerido al
historiador que en realidad su falta consistió en que prefería gastar el dinero en
fomentar las instituciones egipcias, en lugar de financiar a profesores extranjeros. El
historiador Polibio, que visitó a Alejandría durante este reinado, manifiesta su
disgusto por la situación que presentaba. Traza líneas divisorias bien definidas entre
los tres elementos de la población: los egipcios, la clase gobernante griega, ya
mestizada, y los soldados mercenarios extranjeros. Polibio dice que los egipcios
nativos constituían una raza inteligente y civilizada. Afirma que los soldados
mercenarios estaban desmandados y que habían olvidado la obediencia. Del tercer elemento de la población dice que, estando compuesto originariamente por griegos,
había retenido alguna memoria de los principios helénicos, pero se había corrompido
como consecuencia de su posición privilegiada en relación con los nativos. Añade a
renglón seguido que el Panzón casi los había exterminado.
Esta persecución contra el elemento griego en Alejandría parece confirmada por
informaciones de otras fuentes (Ateneo, IV, 83), según las cuales hubo un gran
resurgimiento del saber en otras regiones griegas durante el gobierno de este
monarca, pues no sólo exterminó a muchos alejandrinos, sino que exiló a muchos
más. «Como resultado de esto, todas las ciudades y las islas se llenaron de
gramáticos, filósofos, geómetras, músicos, pintores, gimnastas, médicos y otros
artistas que viéndose obligados por la pobreza a convertirse en profesores produjeron
muchos discípulos famosos». Viene al caso señalar que el gran gramático Dionisio
parece haber escrito su gramática no en Alejandría, sino en Rodas, por lo cual
probablemente deba considerárselo como uno de esos exiliados involuntarios. Pero
no hay que suponer, pese a lo antedicho, que el Museo dejara de existir en aquel
entonces. Hay pruebas, en efecto, de que sean cuales fueren las proporciones y las
causas de su persecución contra los griegos, Tolomeo IX fue un protector del saber y
de la literatura. No obstante, su reino marca un importante cambio. No sólo sucedió
que hombres de ciencia, eruditos y artistas hubieron de dispersarse por muchas y muy
distantes zonas, sino que Egipto y el conjunto del Mediterráneo oriental cayeron
entonces bajo la influencia del poder romano. Roma misma se hallaba desde hacía
cosa de un siglo tratando de producir su propia literatura. Los romanos todavía no
habían producido ninguna gran obra científica, ni estaban destinados, por otra parte, a
producir muchas en momento alguno. Pero sus gobernantes eran ahora hombres
cultivados, que comenzaban a interesarse por el idioma griego, y habían tenido
oportunidad de divertirse en su país con la comedia nativa de Plauto y de Terencio.
Estos dos comediógrafos, así como el poeta épico-didáctico Ennio, ya habían vertido
al latín mucho de la sutileza del espíritu griego. De aquí en adelante ya no nos
ocuparemos de un mundo simplemente griego, sino grecorromano.
Y no sólo grecorromano. Cuando el poder político de Roma precipitó en su órbita
a todo el mundo mediterráneo, de todos los pueblos que subyugó sólo hubo dos, y
nada más que dos, poseedores de literaturas que estaban destinadas a sobrevivir y a
influir sobre las mentes y los corazones de los hombres, a saber: el pueblo griego y el
pueblo judío. Ahora bien: fue en Alejandría donde comenzó la penetración de la
mentalidad europea por las escrituras de los hebreos. Allí se cumplió una tarca que
hasta entonces no había tenido paralelo en la historia: la traducción de la literatura de
una civilización al idioma de otra. Algunos opinan que la iniciativa en la traducción
al griego de las escrituras hebreas partió de los Tolomeos y del Museo. La opinión
más probable es que los judíos alejandrinos, que estaban olvidándose de su propio
idioma, hayan efectuado ellos mismos la traducción para su propio empleo en las
sinagogas. Sea como fuere, primero la Ley y luego los Profetas hicieron su aparición en idioma griego.
En tiempos de Tolomeo Fiscón (el Panzón), ya se había traducido todo el canon, y
existía ya la Biblia Griega, o sea la versión de los Setenta. No es éste asunto de
nuestro libro; pero, contemplado desde el punto de vista de su influencia mundial, es
un producto tan grande y tan típico de los primeros doscientos años de la existencia
de Alejandría como pueda serlo ciencia de Arquímedes o de Hiparco. La mezcla de
ideas griegas y hebreas en Alejandría preparó el ambiente del cual surgiría la
Cristiandad. Los Setenta suministraron el idioma en el cual se escribirían sus libros
sagrados. Así, la Cristiandad fue preparada en Alejandría, conquistó Roma y llegó a
fundar Constantinopla. Tendremos oportunidad, antes de terminar este trabajo, de
referirnos nuevamente a esta importantísima creación alejandrina, la Biblia Griega.
NOTA BIBLIOGRÁFICA
Para la historia general del Museo, véase SANDYS, History of Classical Scholarship,
vol. I. Para la ciencia de la época, son indispensables las dos obras maestras de T. L.
HEATH, History of Greek Mathematics y Aristarchiis of Sainos. También es
indispensable la obra de DUHEM, Systéme du Monde, vols. I y II. El libro de A. DE
ROCHAS, La Science des Philosophes et l’Art des Thaumaturges es inteligente y claro,
y rico en material poco común, pero ni tan erudito ni tan solvente como las obras de
Heath o de Duhem. El artículo de JOTHAM JOHNSON, «Calendars of Antiquity»
(Journal of Calendar Reform, Dic. 1936), bueno en sí mismo, contiene valiosas
indicaciones bibliográficas. La mejor edición de la Gramática de Dionisio de Tracia
es la de G. Uhlig, 1883. S. SAMBURSKY, The Physical World of the Greeks (1956),
Physics of the Stoics (1759) (Routledge and Kegan Paul), expone brillantemente la
teoría del continuo que con sorpresa el atomismo de la escuela epicúrea. Su tercer
volumen, The Physical World of Late Antiquity (1962) [versión castellana: «El mundo
físico a fines de la antigüedad», Eudeba, Buenos Aires, 1970] trata la historia de la
física griega del siglo VIII d. C. y descubre en los trabajos de hombres como Simplicio
y Juan Filópono un grado de agudeza y originalidad no reconocidos hasta el
momento.