Ciencia griega

Benjamin Farrington · Capítulo 17 de 19 · parte 1/3

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Ciencia griega

Capítulo III

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

LA ERA GRECORROMANA

 

Mientras los primeros Tolomeos consolidaban su imperio sobre Egipto, un hecho

histórico de importancia todavía mayor se había ido concretando en Occidente. La

ciudad de Roma había conquistado y organizado Italia. Las comunidades italianas no

estaban separadas de sus conquistadores por ninguna brecha cultural ni racial

considerable, y los romanos encontraron en el robusto y populoso campesinado

italiano un vasto depósito de poderío militar. Fueron en esto más afortunados que los

Tolomeos de Alejandría, quienes se vieron en la necesidad de mantenerse en Egipto

con un ejército exclusivamente griego al principio y principalmente heleno siempre, o

que los fenicios de Cartago, cuyas ambiciones imperiales se fundaban en la base poco

segura de ejércitos mercenarios constituidos por miembros de tribus bereberes. Roma

e Italia eran capaces de un grado tal de unidad como nunca podían alcanzar

Alejandría y Egipto, por un lado, o Cartago y África por otro. Gracias a esta

circunstancia pudo Roma llegar a ser dueña del mundo.

La fuerza de la nueva potencia pronto hubo de revelarse. Pirro de Epiro, que

aspiraba a desempeñar el papel de Alejandro en el Occidente, invadió a Italia con su

ejército, en la esperanza de lograr una fácil conquista. Si hubiera podido dominar a

Roma, hubiera conducido luego a los griegos de la Magna Grecia contra Cartago.

Pero su carrera fue truncada antes de alcanzar gran impulso por la decisiva derrota

que los romanos le infligieron en 275 a. C. De este modo la hegemonía sobre los

griegos de Italia primero, y de Sicilia después, pasó a manos de Roma, dando

comienzo a la cooperación grecorromana. Antes de finalizar el siglo III Cartago había

sido abatida en dos guerras tan largas como encarnizadas. Al comenzar el siglo II los

romanos estaban avanzando hacia el Este, y antes de la mitad de dicho siglo habían

terminado con los sucesores orientales de Alejandro, a saber, los Antigónidas de

Macedonia y los Seléucidas de Siria. Las ciudades griegas, tanto del Asia Menor

como de la Península, habían pasado a reunirse con las del sur de Italia y con las de

Sicilia para adornar el mundo romano. Sólo Egipto quedaba por conquistar, y

Augusto se encargó de incorporarlo al Imperio.

Éstos fueron los acontecimientos que originaron la época cultural llamada Era

Grecorromana. Los romanos, que con soberbia destreza política efectuaron la

unificación de Italia, no eran un pueblo culto. No tenían literatura. Su idioma, que

con excepción de algunas guarniciones y colonias estaba confinado al distrito del

Lacio, en las cercanías de Roma y del Tíber, había comenzado en verdad a

convertirse en una lengua apta para las discusiones y las decisiones políticas, pero

nunca había sido empleado para la expresión de ideas filosóficas o científicas. En

cambio ahora, dueños los romanos sucesivamente de las ciudades de la Magna Grecia, de Grecia misma y de la Jonia, se encontraron hablando el idioma poco

desarrollado de un pequeño distrito de Italia, pese a ser los dominadores, en el

aspecto político, del mar Mediterráneo, que culturalmente no era sino un lago griego.

Ellos, que antes de sus contactos con los griegos no tenían literatura, se vieron amos

de un pueblo cuya literatura tenía una antigüedad de cinco o seis siglos, y se había

convertido ya en asunto de apreciación sutil y erudita. Era inevitable, pues, que sus

hijos comenzaran a ser instruidos por gramáticos griegos, y sus estadistas por

políticos griegos. Sus diversiones, sus profesiones liberales, quedaron en manos de

los griegos, y su literatura naciente se modeló sobre la de éstos. La cultura del mundo

romano tornóse bilingüe. Aprende bien los dos idiomas, aconsejaba Ovidio en su Arte

de amar, si no quieres aburrir a tu querida. Este consejo fue aceptado y seguido en

otras esferas. Todo romano que deseara llamarse culto en cierta medida tenía que

aprender griego, y todo griego que quisiera vender su cultura tenía que aprender el

idioma de sus amos, los romanos. Los griegos poseían el saber, pero el dominio

romano no era un simple hecho político, sino que tenía también su significado en la

esfera espiritual. Roma había triunfado allí donde Grecia fracasara, y la

responsabilidad del poder pesaba sobre los hombros de los romanos. La literatura

romana no es una mera imitación de la griega, sino la expresión de una nueva era.

Los romanos se formaron intelectualmente a través de sus esfuerzos por digerir una

cultura extranjera, pero se propusieron digerirla con fines propios. La cultura romana,

aunque menos original, tiene una nueva complejidad y una nueva madurez. Cicerón

imita a Platón, pero discurre acerca del gobierno real y efectivo, y no sobre la justicia

ideal. Lucrecio se instala a descansar en el Jardín de Epicuro, pero desde éste se

dirige al Senado y al Pueblo romanos. Virgilio imita a Hesíodo en su granja, pero lo

hace por sugestión del Emperador. Tácito estudia la declinación de la oratoria, pero

da lecciones sobre la historia de una revolución política. Esta nueva conciencia, que

caracteriza a la literatura de Roma, corresponde a una nueva configuración social y

política del mundo. Una vasta zona del orbe se había unificado mediante la

construcción de carreteras, el perfeccionamiento de los navíos y de los puertos, los

movimientos de los ejércitos, la invención de nuevas formas políticas y la posesión

de un idioma común. El oikoumene, el mundo habitado, era un organismo más

complicado que cualquier ciudad-estado, y los problemas de su administración

comenzaron a definirse poco a poco en las mentes de sus dueños romanos y de sus

maestros griegos. Tan aplastantes parecían esos problemas en su mayor parte, que los

hombres se resignaban al misticismo, el cinismo, el destino, las estrellas, los dioses y

el emperador. Al mismo tiempo qué progresaban las ciencias en esta época se

difundían también las religiones orientales, y las diversas filosofías degeneraban en

escuelas de resignación. Pero en los libros y en los escritores de que hablaremos a

continuación veremos algunas pruebas alentadoras de la capacidad que el hombre

tiene para tomar su destino en sus propias manos.

CULTURA BILINGÜE: EL GRAMÁTICO, EL ENCICLOPEDISTA, EL TRADUCTOR

 

La condición bilingüe del mundo grecorromano significa que desde el año 100 a. C.

aproximadamente la ciencia europea tuvo dos idiomas; sin embargo, el trabajo se

distribuía entre ambos de modo desigual. La tarea de desarrollar las ramas de la

ciencia ya entonces tradicionales continuó efectuándose en griego. En latín se efectuó

una tarea de asimilación y adaptación a las necesidades romanas, que involucró

crítica, selección y organización, y produjo algunas obras maestras de un nuevo tipo.

Una consecuencia de esta relación de la ciencia romana con la griega fue que la

gramática, que se contaba entre las últimas ciencias constituidas por los griegos,

resultó ser, en cambio, la primera que los romanos llegaron a dominar, y en ella

cumplieron una de sus mayores hazañas, pues al estudiar en griego y escribir en latín

tomaron de esta disciplina una conciencia diferente. Los griegos habían llegado a

preocuparse de la gramática por la necesidad de interpretar a sus propios escritores

antiguos en su propio idioma, mientras que los romanos se convirtieron en gramáticos

debido a la necesidad de estudiar una segunda lengua. Impulsados por su orgullo

nacional a no convertirse culturalmente en una provincia griega, y empeñados en el

esfuerzo de traducir al latín el acervo literario y científico de Grecia, comprobaron

que era precisamente la gramática la primera ciencia griega que tenían urgente

necesidad de adoptar y adaptar. Su primer gran gramático fue Lucio Aelio Estilón

(hacia 154-74 a. C.), quien estudió en Rodas cuando residía allí Dionisio Tracio,

expulsado hacía ya tiempo de Alejandría. El más grande discípulo de Estilón fue

Marco Terencio Varrón (116-27 a. C.), autor de veinticinco libros sobre el idioma

latino, de los cuales seis han llegado hasta nosotros. La nómina de los gramáticos

romanos es larga, y no tenemos por qué reproducirla aquí. Pero al llegar al fin de una

larga serie podemos mencionar dos nombres: Donato, quien vivió a mediados del

siglo IV d. C., fue tan famoso que, al igual que Euclides, dio su nombre al asunto que

estudiaba. A fines de la Edad Media se daba el nombre de «Donat» a todo libro de

gramática. Todavía más grande fue Prisciano, cuyas Institutiones Grammaticae en

dieciocho libros, aparecidas hacia el año 500 d. C., constituyen la más famosa

gramática antigua. A pesar de su formidable extensión (tanta como la de la moderna

gramática latina de Madvig) tuvo en un tiempo tal popularidad que no había

biblioteca que no tuviera de ella un ejemplar, y todavía hoy se la conserva en unos

mil manuscritos. Es inmensa la deuda de la cultura para con los gramáticos romanos.

Los fenómenos lingüísticos nunca han sido material de fácil análisis para la

ciencia. Al respecto puede ilustrarnos un ejemplo de la forma en que supieron

encararlos los gramáticos romanos. Donato, en su Arte gramático, comienza por

definir Vox, o sea la voz. «La voz es una vibración del aire, perceptible para el oído.

Toda emisión vocal es articulada, o bien confusa. Por articulada entiendo la que

puede ser expresada en letras, y por confusa, la que no puede así representarse».

Prisciano, evidentemente, cree que esta definición es justa, pero inadecuada, y ofrece al principio de su libro I un análisis más extenso. «Los filósofos definen la voz como

una pequeña cantidad de aire en vibración o como su efecto en los oídos. La primera

definición es de la sustancia; la segunda, del accidente. Pues ser oída es algo que le

ocurre a la voz. Hay cuatro clases de expresión vocal: articulada, inarticulada, letrada

e iletrada. Articulada es aquella dotada de un significado por quien la emite.

Inarticulada es la que no tiene ningún significado. Letrada es la que puede ser escrita;

iletrada, la que no puede serlo. Ejemplo de expresión articulada y letrada es: “Canto a

las armas y al hombre”. Expresiones articuladas e iletradas son los gemidos, los

silbidos y los suspiros, que tienen un cierto sentido pero no pueden ser escritos.

Expresiones inarticuladas y letradas son por ejemplo “coax” o “cra”, que pueden

escribirse, pero nada significan. Expresiones inarticuladas e iletradas, que ni tienen

sentido ni pueden ser escritas, son los cotorreos y los mugidos».

Varrón, a quien mencionáramos hace unos instantes, no es solamente el autor de

la primera gramática latina de la cual se conserva una gran parte. También es para

nosotros el prototipo del enciclopedista antiguo. Su gramática no era sino la primera

parte de una vasta obra que incluía también lógica, retórica, geometría, aritmética,

astronomía, música, medicina y arquitectura. Los romanos habían contemplado en un

principio la cultura griega con cierto recelo. Pero al llegar a Varrón, podemos decir

que se habían convencido de que era indispensable, y que se habían resuelto a

asimilarla. Es también evidente que se la asimilaron en forma realmente duradera. El

concepto que Varrón se formó de una enciclopedia del saber perduró durante toda la

Edad Media y llegó hasta los tiempos modernos: sólo en los últimos siglos se ha

vuelto anticuado, merced al desarrollo de las ciencias naturales e históricas.

 

CICERÓN Y LUCRECIO

 

Ahora bien: aunque de ningún modo puedan subestimarse los escritos de gramáticos

y enciclopedistas, ellos palidecen y se reducen a proporciones insignificantes ante la

proeza de dos hombres que, al sumar al trabajo de selección, crítica y organización el

brillo de su propio genio, hicieron más que otro alguno para convertir al idioma latino

en el introductor de la cultura griega en la Europa occidental. Cicerón y Lucrecio, tan

diferentes como pudieran ser por sus dotes espirituales y mentales, dejaron ambos

tras de sí obras maestras imperecederas que, si excluimos las comedias de Plauto y de

Terencio, son los primeros monumentos del genio latino entre los que aún ejercen una

influencia viva sobre el pensamiento y el estilo del mundo moderno. ¿Cuál es el

secreto de la influencia de estos dos hombres?

En el último siglo de la era pagana, dos escuelas griegas, la estoica y la epicúrea,

se disputaban la adhesión de aquellos romanos que alentaban aspiraciones filosóficas.

Otras sectas había fuera de estas dos, entre las cuales sobresalían las diversas escuelas

socráticas; pero como estaban mucho más cerca del Pórtico que del Jardín, bien puede decirse que la única división real era la existente entre los seguidores de

Epicuro y todos los demás. Los epicúreos, al igual que sus rivales, predicaban la

creencia en los dioses, pero limitaban la esfera de acción de éstos a lo más íntimo de

la vida personal, enseñando que los buenos entran en comunión con las sacras

deidades, mientras que los malos se obsesionan con temores imaginarios respecto a

ellas. Diferían terminantemente de las demás escuelas en cuanto excluían a los dioses

de la naturaleza y de la sociedad. Sus dioses no creaban mundos, ni los dirigían; no

habían enseñado a los hombres los rudimentos de la civilización, ni los habían guiado

en sus refinamientos; no eran los guardianes de la propiedad ni de la moral pública,

no lanzaban rayos sobre los rebeldes ni sobre los perjuros. Es de imaginar que en una

ciudad como Roma, que había sido fundada y guiada por dioses, donde no se cumplía

acto público alguno sin consultar primero la voluntad divina, donde los dioses

contribuían poderosamente al mantenimiento del orden, los epicúreos no tenían

mayor cabida en la vida pública. Por otra parte, dondequiera los hombres estudiaron a

la naturaleza, no como manifestación de una providencia benévola, sino como un

medio ambiente extrahumano, para cuyo dominio el hombre había sentado las bases

al iniciar su vida civilizada; dondequiera los hombres estudiaron la historia, no para

investigar en ella los misteriosos designios de los dioses, sino como memoria de las

empresas y fracasos de la humanidad; dondequiera la naturaleza humana fue

estudiada como base para el control racional de la vida instintiva; allí las enseñanzas

de Epicuro fueron con suma frecuencia el fundamento. Tal era la atmósfera filosófica

del mundo en el cual nacieron Cicerón y Lucrecio, y en el cual llegaron a convertirse,

respectivamente, en los campeones de puntos de vista tan opuestos.

Cicerón era un hombre público, y aunque entre sus amigos contaba muchos

epicúreos, nunca trata bien a la secta en sus escritos. Su filosofía era una mezcla de

platonismo y de estoicismo. Se inclinaba por la metafísica de Platón y por la ética de

Zenón, o mejor dicho, por las manifestaciones refinadas que de sus enseñanzas

introdujeron en dichas escuelas las generaciones posteriores. Nadie lo considera

como un pensador original, y no seré yo quien crea que sus opiniones, tomadas de

prestado, hayan sido sostenidas con tal sinceridad como para que revistan el interés

de ser el credo de un gran hombre. Ni siquiera él mismo les concedió tal valor. A

pesar de ello, merece nuestra atención y nuestra admiración. El hombre que fuera

autor, en política, de una República y unas Leyes, en las cuales las enseñanzas de

Platón son aplicadas a la historia y a los problemas del Estado romano; en metafísica,

de las Cuestiones académicas, y de las Tusculanas, en las cuales se acuñan palabras y

fórmulas para expresar en latín los problemas fundamentales de la filosofía

tradicional; en ética, de Los fines, y Los oficios, donde se hace lo mismo en el

dominio de la conducta, dio tantos ejemplos de explotación acertada de las fuentes

griegas para producir nuevas obras latinas, y de solución adecuada de los

innumerables problemas que asedian al traductor, como para merecer un lugar

elevado en la historia de la transmisión de las ideas. Por superficial que sea su pensamiento, tiene cierto encanto la ansiosa respuesta de su mente al impacto de

nuevas ideas, así como la virtuosidad con que dota a su idioma nativo, todavía poco

evolucionado, de todas las cualidades necesarias para expresar el pensamiento de un

Platón o de un Jenofonte, al igual que en la inagotable maestría con que emplea las

palabras. Fue un gran literato, al igual que un gran orador y un gran político, y el

sello de su personalidad se distingue en toda su obra. Asimismo, en aquel terreno en

el cual la filosofía se toca con la ciencia, nos ha dejado una obra de gran interés, a

saber, una versión, parte de la cual se conserva, del Timeo platónico, y una obra más o

menos original sobre La adivinación, donde escribió, una vez al menos, con

sinceridad y pasión. Constituye un tratado en dos libros y en forma dialogada. En el

primero asigna a su hermano Quinto la tarea de defender la antigua práctica de

consultar la voluntad de los dioses mediante los augurios, la aruspicina, la astrología

y todos los demás recursos empleados en la antigüedad. En el segundo, se reserva la

tarea más grata, y más difícil por cierto, de refutar semejante concepción. Lo hace

con precisión y con agudeza, sin vacilar siquiera en concluir con la expresión de su

creencia de que «rendiría un gran servicio a sí mismo y a su país si pudiera arrancar

de raíz esta superstición». Este impulso revolucionario en Cicerón, dirigido contra

instituciones probadas y establecidas, que en otros escritos había defendido por su

utilidad, es en verdad un fenómeno sorprendente.

Es el ataque contra la superstición lo que más aproxima a Cicerón, aunque sólo

sea por un momento, a su contemporáneo Lucrecio. Éste era partidario de Epicuro, o

sea miembro de aquella escuela que, casi sola en su tiempo, luchó para eliminar de la

naturaleza y de la historia la arbitraria intervención de las fuerzas sobrenaturales. Su

obra es mucho mejor ejemplo de la capacidad de los escritores romanos para asimilar

una masa de erudición griega y crear a partir de ella un nuevo conjunto orgánico. La

base de la filosofía de Epicuro fue el atomismo de Leucipo y de Demócrito. Pero esta

doctrina había sufrido los ataques de las escuelas socráticas, y la tarea de Epicuro

había sido la de restaurar la teoría atomista superando las críticas de Platón y de

Aristóteles. El atomismo, tal como Epicuro lo reconstruyera, fue la filosofía que

Lucrecio trató de exponer a su público romano; pero es indudable que no se limitó a

los trescientos rollos que dejara su maestro, sino que también realizó un estudio

independiente de los presocráticos, en especial de Heráclito, Anaxágoras y

Demócrito. Había estudiado también los escritos hipocráticos y las obras de

Tucídides, material del cual hace uso en su sexto libro, y los errores que ha cometido

en su interpretación demuestran, si tal demostración fuera necesaria, que no se trataba

de estudios fáciles. Critica directamente opiniones de Platón, aunque no menciona su

nombre. Homero, Esquilo y Eurípides también han dejado su marca en sus escritos.

Tal fue el material griego estudiado y asimilado por Lucrecio.

Pero queda otra fuente griega todavía por mencionar, a saber, el poema filosófico

Sobre la Naturaleza, del filósofo presocrático Empédocles de Agrigento. Lucrecio

siguió su ejemplo al decidirse por la expresión versificada de su asunto. Esta redacción en verso ha resultado un obstáculo para algunos estudiosos de Lucrecio.

Muchos coinciden con la protesta de Shelley: «Aborrezco el poema didáctico. Todo

lo que puede expresarse igualmente bien en prosa es tedioso y rebuscado en verso».

Ésta es una opinión superficial. La mitad de la mejor poesía clásica es justamente

didáctica. Cuando un autor tiene que exponer un gran asunto, cuya importancia siente

de modo profundo, que excita sus emociones tanto como su pensamiento, que afecta

tanto su imaginación como su intelecto, y que él anhela llevar no sólo a las mentes

sino también a los corazones de sus oyentes; la poesía tiene muchos recursos de

elocuencia para captar la atención, despertar el interés e impresionar la memoria.

Lucrecio halló estas cualidades en Empédocles y se congratuló de tomar a un poeta

por modelo, pues el idioma latino de su época se había desarrollado mucho más en

verso que en prosa. En el verso filosófico ya había tenido un predecesor latino:

Ennio. La prosa filosófica sólo estaba siendo creada en esos días, en parte por

epicúreos, cuyas obras se han perdido, pero principalmente por Cicerón.

Hubo un factor en su época que revistió al atomismo, ante los ojos de Lucrecio,

con los atributos de un evangelio. Según él, el mundo viviente de los hombres gemía

bajo la carga del temor: temor de caer en la implacable lucha por la existencia, temor

al desastre que podía sobrevenirles como castigo por el pecado, temor a la muerte,

temor al castigo en el más allá. Lucrecio trató de calmar el primero de esos temores

mediante una doctrina de anarquismo filosófico. Creía que si los hombres se

contentaran con una vida simple, habría suficiente para todos. «Una vida sobria con

un corazón tranquilo es gran riqueza, y en ella nada se echa de menos», canta, prueba

suficiente, si alguna hacía falta, de que él mismo disfrutaba de seguridad y

comodidad razonables. Mayor atención dedicó a los demás temores, los cuales,

naturales como eran en los hombres, especialmente en los ignorantes, eran también

inculcados en las masas por razones de estado. Polibio, Varrón, Cicerón, todos

abogan por el uso de la superstición para gobernar a la multitud. Habiendo citado las

opiniones de estos autores en otro lugar,[1] copiaré aquí un pasaje de otra fuente.

Estrabón, que escribía hacia el año 30 a. C., dice: «No fueron sólo los poetas quienes

pusieron los mitos en circulación. Mucho antes que los poetas, las ciudades y sus

legisladores los habían sancionado como útiles recursos. Tenían cierta penetración en

cuanto a la naturaleza emotiva del animal racional. Los hombres iletrados e incultos,

afirmaban, no son más que niños, y al igual que ellos, les agrada que les cuenten

cuentos. Cuando a través de narraciones descriptivas o de otras formas del arte

representativo saben cuán terribles son los castigos y las amenazas divinas, evitan por

temor incurrir en fechorías. Ningún filósofo, por medio de exhortaciones razonadas,

podría inducir a una muchedumbre de mujeres, o a cualquier multitud extraviada, a la

reverencia, la piedad o la fe. Tiene que recurrir también a su superstición, y esto no

puede hacerse sin mitos y milagros. De modo que los fundadores de los Estados

dieron su sanción a estas cosas como espantajos para asustar a los simples. Ésta es la

función de la mitología, y así es como ella ha llegado a tener su lugar reconocido en el antiguo plan de la sociedad civil, al igual que en las explicaciones de la naturaleza

de la realidad». ( [2] Geografía , I, 2, 8.)

El epicureismo, para Lucrecio, significaba guerra a cuchillo contra esta

concepción del plan de la sociedad civil. Al comenzar su poema proclama que la

filosofía por él ofrecida puede dar al hombre la victoria sobre la religio, o sea sobre la

mitología oficial. Advierte a quienes deseen seguirlo que su camino no estará libre de

asperezas, sino que tendrán que tropezar con la oposición de hombres a quienes llama

vates, o videntes, que explotarán sus temores de lo que puede ocurrir a dos incrédulos

después de la muerte. Una verdadera filosofía de la naturaleza es el arma con la cual

él combate esos temores. Dos veces en su poema declara que los viejos filósofos

griegos de la naturaleza, y no el oráculo de Apolo en Delfos, deben ser reverenciados

como fuente de la verdad. Tal era la situación en la cual Lucrecio se propuso influir, y

tal fue su mensaje.

Su poema quedó inconcluso, pero el plan de los seis libros que nos quedan es

amplio y claro, y poco faltó para que lo completara. Los dos primeros exponen los

principios fundamentales de la teoría atómica como explicación de la naturaleza del

mundo físico. Los dos siguientes tratan del hombre: el primero de ellos expone la

naturaleza del alma y la forma en que ésta se relaciona con el cuerpo, dando pruebas

de la mortalidad de aquélla, y tratando de conjurar el miedo a la muerte; el segundo

trata de la sensación, del pensamiento y de las funciones biológicas. El quinto libro se

refiere a nuestro mundo y a su historia, describiendo su formación, la naturaleza y

movimientos de los astros, y los comienzos de la vida y de la civilización; el sexto

libro se ocupa de los fenómenos meteorológicos, de hechos curiosos de la tierra, de

las pestes en general, y en particular de la gran peste de Atenas durante la guerra del

Peloponeso. En ninguna del mundo moderno, se registra un esfuerzo comparable por

reunir todos los fenómenos de la naturaleza y de la historia como testimonio conjunto

para lograr una visión unificada de las cosas. Este libro es una verdadera

enciclopedia, pero desde otro punto de vista no se parece a una enciclopedia en modo

alguno, pues cada elemento de información que contiene no es sino una parte de un

mismo argumento general. Una intensa excitación intelectual recorre toda la obra, y a

ella contribuye, por otra parte, la circunstancia de que se halle inconclusa. Se

experimenta la sensación de que Lucrecio debe haber muerto como Buckle,

exclamando: «¡Mi libro, mi libro!».

De la inagotable variedad de los asuntos contenidos en estas nutridas páginas, hay

un tópico —el bosquejo del origen y progreso de la civilización, contenido en la

segunda parte del libro quinto— que nos interesa aquí particularmente. Ya

subrayamos especialmente (cap. VI de la Primera Parte), como verdadera culminación

de la ciencia presocrática, un breve resumen de la civilización tomado de

Demócrito[3] y conservado para nosotros por el historiador Diodoro. Lucrecio,

contemporáneo de Diodoro, nos da en unos setecientos versos lo que parece ser una

elaboración del mismo esbozo que adoptara la escuela epicúrea. Por su eliminación de la acción de la providencia y por su búsqueda de causas inteligibles en el dominio

de la historia humana, constituye quizá la más madura contribución de la antigüedad

a la ciencia del mundo moderno, motivo por el cual lo expondremos con cierta

amplitud.

La tierra, nos dice el poeta, produjo primero la vida vegetal, y luego los seres

vivos. Los primeros de éstos fueron las aves, nacidas de huevos; luego aparecieron

los animales, nacidos de úteros arraigados en la tierra. Ésta ios alimentó, los vistió y

los proveyó de un clima adecuado. Pero con el tiempo envejeció y cesó de alumbrar,

y los seres vivientes comenzaron a propagarse por sí mismos. Sin embargo, antes de

perder su fecundidad, la tierra produjo numerosos monstruos, hoy extinguidos. En

verdad, sucumbieron todas las especies que no pudieron hallar alimento,

reproducirse, protegerse o, en última instancia, ganarse la protección del hombre en

pago de sus servicios a éste.

El hombre primitivo era más robusto que el actual, y más longevo. No producía

alimentos, sino que los recolectaba. No conocía el fuego, las ropas, ni las casas, sino

que vivía en los bosques o en las cavernas de las montañas, y se ayuntaba de manera

promiscua. Evitaba a las fieras más peligrosas, y cazaba a otras con garrotes y

piedras. La civilización comenzó cuando el hombre adquirió el fuego, llegó a vestirse

con pieles, y se construyó chozas. Entonces comenzaron a unirse en pareja duradera

el hombre y la mujer, llegando así a conocer las ternuras de la paternidad. La

sociedad civil comenzó con la amistad y los pactos entre vecinos. El lenguaje fue

producto de la sociedad. No podría haber sido inventado por un hombre e impartido

por éste a sus semejantes, sino que, así como los perros, caballos y aves expresan la

variedad de sus emociones mediante sonidos diversos, así el hombre empleó

diferentes sonidos para designar diferentes cosas, hasta que por convención llegó a

establecerse el lenguaje.

El conocimiento del fuego se originó ya sea en algún incendio causado por el

rayo o en la ignición de las ramas de los árboles que el viento frotaba entre sí. El sol

enseñó a los hombres a cocinar. Luego, gradualmente, aquellos que por su inventiva

técnica adquirieron predominio fueron surgiendo como reyes y se construyeron

ciudades, cada una con su ciudadela como baluarte y refugio del monarca. Estos

reyes distribuyeron rebaños y tierras entre sus súbditos, en un principio de acuerdo

con sus dotes personales, ya fueran éstas mentales o físicas. Pero la invención de la

moneda y el incremento de la propiedad alteraron por completo las condiciones de

vida. Las riquezas llegaron a ser más importantes que las cualidades personales, y en

la sociedad envidiosa y ambiciosa que de ello resultó, la monarquía fue derribada y

prevaleció la anarquía. De ésta surgió a su vez el gobierno constitucional. Se

nombraron magistrados, se promulgaron leyes, y el crimen fue reprimido con

sanciones legales. El poeta analiza luego la religión. ¿Cuál es la causa de su imperio

universal? Se la encuentra en todos los grandes pueblos. Ha llenado las ciudades de

altares y ha inspirado ceremonias anuales que sobrecogen de terror escalofriante a los mortales, quienes a su vez propagan el mal y erigen nuevos templos en el mundo

entero, con nuevas multitudes de adoradores.[4] La religión procede de una confusión

de ideas en aquellas personas que no poseen una filosofía natural verdadera. Los

hombres, tanto dormidos como despiertos, ven a los dioses en toda su gloria y

(acertadamente) les asignan beatitud e inmortalidad. Contemplan también los

fenómenos de los cielos, majestuosos, regulares e incomprensibles. Así llegan a

imaginar que los dioses viven en el cielo y guían con sus voluntades todos esos

fenómenos celestes. «¡Pobre de la especie humana cuando enhoramala atribuyó a los

dioses tales actos y los imaginó al mismo tiempo capaces de amarga ira! ¡Qué de

lamentaciones engendró para sí misma, qué de heridas para nosotros, qué de lágrimas

para los hijos de nuestros hijos! Pues no consiste la piedad en hacerse ver a menudo

con la cabeza cubierta, frente a una piedra, ni en acercarse a cada altar y caer

postrado en el suelo, ni en extender las palmas de las manos ante las estatuas de los

dioses, ni en rociar los altares con mucha sangre de animales, ni en proferir un voto

tras otro, sino en ser capaz de contemplar todas las cosas con una mente en paz».

Las primeras lecciones de metalurgia las adquirió el hombre cuando los incendios

de los bosques fundieron el oro, la plata, el plomo, el cobre y el hierro, y le sugirieron

la posibilidad de forjar armas y herramientas. Antes de llegar a conocer los metales,

las armas e instrumentos, el hombre había utilizado sólo sus propias manos, uñas y

dientes, así como piedras, ramas arrancadas a los árboles, y llamas y fuego cuando

halló éste. Supo montar a caballo antes de inventar los carros de guerra. Los

cartagineses introdujeron el empleo del elefante con fines bélicos. Las vestiduras

hechas con pieles cosidas precedieron a los tejidos, pues el telar no llegó a construirse

antes de la invención del hierro. Los primeros tejedores fueron los varones, quienes

más tarde dejaron esta tarea a las mujeres y se fueron a trabajar en las faenas

campestres. La siembra y el injerto fueron enseñados por la misma naturaleza, y la

gradual extensión de la labranza fue relegando los bosques a las colinas,

brindándonos así los paisajes sonrientes que hoy disfrutamos. La música fue al

principio una imitación del canto de las aves y de los silbidos del viento. El sol y la

luna enseñaron al hombre la regularidad de las estaciones, y cómo adaptar a ellas su

trabajo. A su debido tiempo llegaron las ciudades amuralladas, la navegación, los

tratados y la celebración de los grandes acontecimientos en forma cantada. «Los

barcos y la labranza; las murallas, las leyes, las armas, los caminos, las ropas y todo

lo semejante; todos los valores y también todas las galas de la vida, sin excepción: los

poemas, los cuadros y el cincelado de estatuas bien esculpidas, todas estas cosas

fueron enseñadas lenta y gradualmente al hombre por la práctica, más el

conocimiento adquirido por una mente infatigable, a medida que avanzaba paso a

paso en su sendero. De este modo el tiempo ofrece por grados diversas cosas a los

ojos de los hombres, y la razón las introduce en el dominio de la luz, pues en las

diversas artes los objetos deben ser enfocados uno tras otro y en su debido orden,

hasta que ellas alcanzan su punto más alto de desarrollo».

Muchas de las características principales de este bosquejo del progreso humano

han contribuido, y tal vez sean todavía capaces de seguir contribuyendo, al desarrollo

de la ciencia histórica. Podemos notar la fundamental importancia asignada a las

grandes invenciones técnicas. Hay todavía mucha historia por escribir de nuevo, a la

luz de esta concepción. Podemos advertir, también, la concepción de la ciencia como

una imitación de la naturaleza, mediante la cual el hombre aprende a dominar, para su

propio bien, su medio ambiente natural. Es muy notable el sentido que se advierte de

la dependencia de la vida intelectual y moral del hombre, de sus circunstancias

externas. El dominio del fuego, enseña Lucrecio, hizo del hombre un animal social: la

sociedad dio ser al lenguaje. La arquitectura rudimentaria permitió a la pareja recién

constituida compartir una choza; así comenzó a desarrollarse el amor conyugal y

paternal. Pero el proceso tiene sus contradicciones inherentes. El fuego, que hace

posible la civilización, debilita físicamente al hombre, y la invención de la propiedad

y del dinero precipita a la sociedad en la confusión. La religión contiene, según se ve,

elementos de verdad, pero se halla trágicamente mezclada con el error procedente de

la ignorancia de la ciencia, y es cruelmente explotada por los gobernantes para

mantener su poder. Finalmente, Lucrecio comprende que la historia sigue

determinadas leyes, por cuanto «los objetos, en las diversas artes, deben ser

enfocados uno tras otro y en su debido orden».

El poema de Lucrecio es descrito a menudo como un texto versificado de física

atómica. Los que mantienen este punto de vista pensarán que hemos dado de él una

interpretación parcial, al concentrar nuestra atención en una sola parte: a saber, el

bosquejo del progreso humano. Pero nuestro acento sobre esa sección no está

equivocado. El poema es esencialmente un análisis de la historia y de la sociedad

humanas que en la mente de Lucrecio continuaban la historia del universo físico. El

principal tema de la obra está constituido por las consecuencias sociales y

psicológicas de la acción humana sobre la naturaleza, del conocimiento o la

ignorancia humana sobre ésta, de las mentiras humanas a su respecto.

Este poema se halla extrañamente aislado en medio de la literatura romana. Puede

decirse que contiene las opiniones del partido derrotado en la filosofía antigua. Sus

ideas fundamentales, sobrevivientes de las escuelas presocráticas, resultaron ser

incompatibles con el desarrollo, o con la decadencia, de la sociedad antigua. Virgilio,

en su juventud, estudió profundamente a Epicuro, y siempre continuó amando el

poema de Lucrecio, pero abandonó las ideas de estos dos hombres a medida que se

convertía en el poeta de la reforma octaviana. Desde entonces la providencia fue su

tema, y la historia humana se transformó para él en una sucesión de milagros y

oráculos. Las artes fundamentales de la vida pasaron a ser representadas como

revelaciones de los dioses. La dureza de la suerte humana fue explicada como una

cuidadosa disposición de Júpiter para adiestrar al hombre moral e intelectualmente.

Ahora bien, aunque las ideas de Lucrecio procedían de la Jonia y ostentaban

ciertas características de una época en la cual los hombres aún tenían confianza en su capacidad para modelar sus propios destinos, no debe creerse que él compartiera tal

confianza. Su epicureismo le enseñó a ver, en la filosofía natural, los medios para

combatir el mito político-religioso; pero, como buen epicúreo, una vez excluida la

intervención sobrenatural, mostró su indiferencia por saber cuál de las varias posibles

explicaciones naturales de un fenómeno era la verdadera. Tampoco esta indiferencia

fue atenuada por la necesidad de probar la verdad de una teoría en la práctica, así que,

como epicúreo, aspiró a hacer la vida tolerable más por medio de un retorno a la

primitiva simplicidad que por cualquier gran ataque técnico a la naturaleza. Vivía en

una civilización decadente y en tiempos en los cuales toda perspectiva de mejora

fundamental estaba todavía por debajo de los horizontes mentales. Creía que el

mundo se hallaba desgastado y que pronto se desintegraría lanzando en forma de

lluvia sus átomos sueltos por el espacio. Sus pensamientos eran el eco de un mundo

más notable, ya desaparecido. En medio de su vergüenza ante el mundo de intrigas

políticas en que vivía, sus calificativos favoritos para los viejos filósofos materialistas

eran los de «serios» y «santos».

 

VITRUVIO

 

Entretanto el mundo, tal como era, continuaba existiendo, y los romanos siguieron

tomando de los griegos no sólo su filosofía, sino también sus artes más prácticas. La

obra romana de selección y reorganización de las fuentes griegas está particularmente

bien representada en el tratado de Vitruvio Sobre la Arquitectura. Este libro, escrito

para Octavio poco antes de que asumiera el título de Augusto en el año 27 a. C., es

mucho más amplio de lo que su título sugiere. Sus diez subdivisiones abarcan los

principios generales de la arquitectura, la evolución del arte de construir y del empleo

de los materiales, los diversos estilos de templos (jónico, dórico y corintio), los

edificios públicos (teatros, baños y puertos), las viviendas urbanas y rurales, la

decoración interior, el suministro de agua, los cuadrantes solares y los relojes, la

ingeniería mecánica y militar. Es probable que una obra tan vasta y tan ordenada

fuera toda una novedad. En el prefacio del sexto libro menciona (párrafo 12) a una

docena de arquitectos griegos que habían hecho descripciones de obras maestras de

su propio diseño y construcción, y (párrafo 14) a una docena de autores griegos que

habían escrito sobre mecánica. Y por cierto que no se trata de un mero despliegue de

erudición, sino que había estudiado y asimilado algunas o todas las obras de esos

autores, si no perfectamente, al máximo de su capacidad. Pero la intención y la

idoneidad necesarias para reducir todo ese variado y difícil material escrito en lengua

extranjera a un manual práctico escrito en lengua extranjera a un manual práctico

escrito para «el capataz y el director de obra», son mérito exclusivo de Vitruvio. El

arquitecto —se lamenta Briggs— está ausente de la historia. Tenemos los nombres y

los epitafios pomposos de arquitectos egipcios, pero ni siquiera los nombres de los mesopotámicos, y nada en absoluto de los hebreos o de los cretenses. Conocemos

muchos nombres de arquitectos griegos, pero sus escritos se han perdido. Para

nosotros la literatura arquitectónica comienza con Vitruvio, y tal vez esto no se deba a

un accidente histórico, sino al mérito, vale decir, a la amplitud, ordenamiento y

utilidad práctica de su obra.

Uno de los encantos de Vitruvio consiste en que nos brinda muchos atisbos

autobiográficos de su propio carácter, íntegro y libre de complicaciones. Recuerda

(libro VI, Intr. 3 y 4) que mientras las leyes de todos los Estados griegos exigían que

los hijos mantuvieran a sus padres, las atenienses añadían a ello una cláusula según la

cual esa disposición sólo podía aplicarse a padres que hubieran instruido a sus hijos

en algún arte u oficio. «De aquí —añade— que yo esté muy agradecido a mis padres

por su sujeción a esta ley ateniense. Se preocuparon de que aprendiera un arte, y, por

otra parte, uno que no puede ser adquirido de modo perfecto sin un vasto estudio de

las artes liberales. Gracias a mis padres y a mis maestros obtuve una amplia

educación, soy capaz de apreciar el arte y la literatura, y he llegado a ser yo mismo

autor». El vasto alcance de sus inquietudes y su saber, y la finura de su gusto se

revelan en su obra, que es una fuente muy importante para nuestro conocimiento de la

ciencia y de la civilización antiguas.

Las opiniones de Vitruvio deben ser leídas a veces entre líneas. Así recomienda

(lib. I, 2, 7) elegir «ubicaciones muy saludables, con manantiales adecuados, para la

construcción de santuarios, particularmente de los consagrados a Esculapio y a Higea,

dioses cuyos poderes curativos aparentemente sanan a muchos enfermos. Pues

cuando sus cuerpos dolientes son transportados de un lugar insano a otro saludable, y

son tratados con aguas medicinales, sin duda han de recobrarse con mayor rapidez.

Como consecuencia, la divinidad ganará mayor fama y dignidad, gracias a la

naturaleza del sitio». Un escepticismo igualmente discreto se revela en otro pasaje

(IX, 6, 2), en el que Vitruvio desahucia muy pulidamente a la astrología, superstición

casi universal en su época.

Hemos descrito en el capítulo anterior la firmeza con que la ciencia griega,

llegada a su culminación, había captado, a través de Teofrasto, Estratón y

Arquímedes, la idea del experimento. Vitruvio nos ilustrará tanto acerca de la

supervivencia de esta idea como de la inseguridad con que se mantenía en su tiempo.

Entre los pasajes mejor conocidos de su obra se encuentra la Introducción al libro IX,

en el que describe el experimento que condujo a Arquímedes al descubrimiento del

peso específico. En otro pasaje (libro VII, 8, 3) recomienda que dicho experimento sea

repetido con mercurio. Una piedra que pesa cien libras flota en este metal, mientras

que un escrúpulo de oro se sumerge en él. «De aquí la segura inferencia de que la

gravedad de una sustancia no depende de la magnitud de su peso, sino de la

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