Ciencia griega

Benjamin Farrington · Capítulo 17 de 19 · parte 3/3

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Ciencia griega

Capítulo III

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

los equinoccios sean desiguales, y que el tiempo máximo transcurra entre el equinoccio de primavera y el

trópico de verano, y el mínimo entre el equinoccio de otoño y el trópico de invierno. De modo que el Sol se

mueve siempre a velocidad uniforme, pero, debido a la excentricidad de su círculo, recorre los cuatro cuartos

del zodíaco en tiempos desiguales.

 

Este largo pasaje ha sido traducido literalmente. Su estilo es macizo y lleno de

repeticiones, lo cual hace un poco tediosa su lectura. A pesar de ello, lo que

deseábamos era conservar a toda costa la calidad del original como libro de texto, en el cual el autor no deja nada librado al acaso.

 

ESTRABÓN

 

Los Elementos de Astronomía de Gemino constituyen un compacto manual, un texto

escolar, al menos en la forma en que el libro ha llegado hasta nosotros. El libro al que

vamos a referirnos ahora, la Geografía, de Estrabón, es una obra a gran escala, que

por su parte ha sobrevivido casi íntegramente en su forma original. Estrabón nació en

Amasia, en el Ponto, en el año 64 o en el 63 a. C., y se cree que su geografía fue

compuesta en la última década de la era pagana. Su objeto era nada menos que el de

proporcionar una información veraz y legible de todos los diferentes países del

mundo habitable, que estuviera completamente al tanto de la ciencia geográfica

contemporánea en todas sus ramas. Es en verdad un libro legible y veraz, pero tuvo

que esperar antes de ser leído. Es cierto que Estrabón se dirigía a una vasta audiencia.

Había vivido en Alejandría, había visitado Roma con frecuencia y se preocupó de

insistir en la importancia de la geografía para el administrador. Pero lo probable es

que su libro haya sido escrito para uso inmediato de Pitodoris, reina del Ponto, y

publicado en aquel país. Si así fue, el Ponto no resultó un buen centro editorial. Su

libro permaneció desconocido en Roma. Ni siquiera el omnívoro Plinio había oído

hablar de él. Los romanos satisfacían su sed geográfica con los pertinentes capítulos

del mismo Plinio, que no son de los mejores entre los suyos, y con el breve y

superficial compendio de Pomponio Mela (hacia el 45 d. C.). Sólo después de la

fundación de Constantinopla se difundió la obra de Estrabón, quien llegó a ser una

autoridad para el mundo bizantino. De Bizancio pasó a la Europa occidental en el

Renacimiento. Desde entonces ha sido menospreciado a veces, pero nunca olvidado.

Los siglos durante los cuales se lo ignoró, de modo muy semejante a otros grandes

libros, nos recuerdan que aunque conozcamos el texto de dichas obras todavía

estamos muy lejos de conocer la historia de la difusión real de la ciencia en el mundo.

Estrabón representa el nivel del progreso de su ciencia en la era de Augusto, pero

probablemente fueron muy pocos los octavianos que llegaron a leerlo.

La unificación del mundo bajo el dominio romano brindó oportunidades para el

desarrollo del conocimiento geográfico, y Estrabón tiene un sentido refrescante de la

necesidad de poner su asunto al día. Sus primeros capítulos están llenos de críticas a

sus predecesores, citados a un careo, como él dice, a fin de que justifiquen su propio

intento, demostrando cuánta necesidad tenía la materia de correcciones y adiciones

(libro II, 4, 8). Una ojeada a la historia de la geografía pondrá en claro su posición.

La geografía era una ciencia ya antigua, pero debía poco a pueblo alguno que no

fuera el griego. Podría haberse esperado que los fenicios, quienes precedieron a los

griegos como exploradores y dueños del Mediterráneo, hubieran sentado los

cimientos de esta ciencia. Lo hicieron, pero en sentido limitado. Estrabón recuerda, por ejemplo, que la Osa no fue reconocida como constelación hasta que los fenicios

la utilizaron en sus navegaciones, y que gracias a ellos los griegos tuvieron noticia de

su utilidad. Pero en general los fenicios se reservaban sus conocimientos y difundían

por el mundo no ciencia, sino fabulosas historias sobre las dificultades que

estorbaban el acceso a las distintas fuentes de sus preciosos artículos de comercio. Su

contribución a la ciencia fue tan involuntaria como la de los trusts monopolistas de

los días actuales. De modo que fueron los griegos de la Jonia quienes dieron los

primeros pasos. Ellos, según hemos visto (cap. II de la Primera Parte), fueron grandes

colonizadores. Estrabón nos dice que muchas expediciones de colonos jónicos y de

otros países sufrieron grandemente en los primeros tiempos por falta de conocimiento

geográfico. El mapa de Anaximandro y el precursor tratado geográfico de Hecateo,

también milesio, escrito hacia el 520 a. C., fueron la respuesta a esta situación. Pero,

como era característico de aquellos griegos de la Jonia, del conocimiento adquirido

para hacer frente a las necesidades prácticas hicieron surgir una ciencia que ha

llegado a enriquecer al mundo.

La compleja ciencia de la geografía ha sido convenientemente dividida en cuatro

subdivisiones: matemática, física, descriptiva y política, e histórica. Todas estas

ramas estaban implícitas en la labor de los primeros precursores griegos.

Probablemente debamos atribuir la fundación de la geografía matemática a

Anaximandro, que introdujo en Grecia el uso del gnomon y que trazó el primer mapa.

La geografía física halló sus exponentes en el poeta-filósofo Jenófanes, que descubrió

el fenómeno de las costas emergentes gracias a la presencia de conchas y fósiles

marinos tierra adentro, y en Herodoto, quien aceptó la opinión de que el delta del

Nilo fue formado por depósitos aluviales y especuló acerca de cuántos miles de años

serían necesarios para llenar el golfo de Arabia si el Nilo invirtiera su curso. Los

comienzos de la geografía política e histórica hay que buscarlos en Herodoto, en

Tucídides, en el opúsculo hipocrático Aires, Aguas, Lugares, en los que las

descripciones de los pueblos y de sus instituciones comienzan a ser relacionadas con

su habitat. Y este impulso por captar la naturaleza del mundo habitable no se

extinguió pronto. Jenofonte, en su Retirada de los Diez Mil (401 a. C.), inauguró la

geografía de Armenia. El valiente marino Piteas de Marsella (hacia el 310 a. C.),

precursor de la exploración científica y comercial, hizo lo mismo con la Bretaña y

con los mares y tierras vecinos.

Un segundo gran período de la historia de la geografía griega se inició con la

fundación de Alejandría y con las conquistas de Alejandro en el Oriente. Era

imposible que en Alejandría la geografía no compartiera los progresos matemáticos

de la época. Con Eratóstenes llegó a consagrarse la determinación de las latitudes

mediante el cuadrante solar, aunque el número de tales determinaciones no llegara a

ser elevado. Calculó las dimensiones del globo, su forma y la extensión de su parte

habitable, y al cumplir su ambición de reformar el mapa del mundo, trazó, a través

del paralelogramo que representaba el oikoumene (mundo habitado), ocho paralelos de latitud y siete meridianos de longitud. Los meridianos fueron fijados por

estimación. Aunque posteriormente Hiparco sugirió que se recurriera a las

observaciones efectuadas durante los eclipses lunares para determinar la longitud,

esta sugestión nunca pasó de tal, pues en la antigüedad jamás se llegó a efectuar

determinaciones astronómicas de la longitud. La organización de la ciencia siguió

siendo inferior a su teoría.

Refiriéndonos ahora a otras ramas de esta ciencia, comprobamos que tanto la

geografía física como la política fueron asombrosamente perfeccionadas por

Posidonio, el filósofo estoico de Rodas, a quien ya hemos mencionado como maestro

de Gemino. Es criticado por Estrabón, por «estar demasiado interesado en las causas,

a la manera de Aristóteles». Pero al igual que Aristóteles, estaba siempre bien

dispuesto a usar sus ojos. Sus informes acerca de España y de la Galia, tanto de los

países como de sus habitantes, están llenos de observación y de reflexión. Tozer lo ha

llamado «el más inteligente viajero de la antigüedad». Otros grandes exponentes de la

geografía política fueron Megástenes y Agatárcides. El primero (hacia 290 a. C.) fue

un agente de los seléucidas en Palibotra, sobre el Ganges. Sus informes sobre el norte

de la India, que se han conservado en las citas de escritores más modernos, son

notables por su integridad y exactitud. El segundo, Agatárcides (hacia 170-100 a. C.),

escribió una descripción de las minas de oro de Etiopía y de sus mineros, conservada

para la posteridad en las páginas de Diodoro, que tal vez sea la más famosa pieza de

sociología descriptiva de toda la antigüedad. Con los historiadores Eforo y Polibio la

geografía histórica se convirtió en un estudio sistemático. Tales eran las realizaciones

de la geografía en sus diversas ramas cuando Estrabón se puso a renovar la materia en

las favorables condiciones de la era octaviana.

Se comprenderá fácilmente que hombre alguno puede ser igualmente idóneo en

todas las ramas de una ciencia tan amplia y compleja. Y Estrabón era débil en

matemáticas: En esta materia tal vez estuviera apenas a la altura de los alejandrinos

de la época de Eratóstenes. En todas las demás disciplinas aportó contribuciones de

importancia. En geografía física tuvo la fortuna de merecer elogios de Lyell por dos

anticipaciones de la ciencia moderna, a saber: 1) Subraya la importancia de inferir los

grandes cambios pretéritos en la configuración de la Tierra mediante los pequeños

cambios que actualmente se producen ante nosotros. 2) Al discutir ciertas opiniones

algo superficiales de Estrabón sobre la corriente que va del Ponto Euxino al Mar

Egeo, y sobre la supuesta corriente del Mediterráneo al Atlántico, demuestra una

audacia mental impresionante al arriesgar la hipótesis de las elevaciones y

depresiones alternadas del fondo de los mares. Pero su real grandeza reside en su

geografía descriptiva e histórica. Sólo la lectura in extenso de sus diecisiete libros

puede darnos una impresión adecuada de su capacidad como geógrafo descriptivo o

político. Dentro de los límites de la presente obra será mejor concentrarse en su

notable dominio de los principios del otro sector, o sea el de la geografía histórica.

El determinismo geográfico es un error común, y no es privativo de la ciencia moderna. Los antiguos también pecaron a este respecto. Estrabón está libre de esa

falta. En muchos pasajes demuestra un entendimiento notable para su época de

aquella verdad según la cual la influencia de la geografía y del clima sobre un pueblo

es algo muy difícil de averiguar, y que no ha de interpretarse como un efecto directo

de la naturaleza sobre el hombre, sino que varía de acuerdo con el nivel de la técnica

industrial y política. «Las diversas artes, profesiones e instituciones de la humanidad

—escribe—, una vez introducidas, florecen en casi cualquier latitud, y hasta a

despecho de la latitud. Si algunas de las características locales proceden de la

naturaleza, otras proceden del hábito y de la práctica. No es por naturaleza que los

atenienses aman las letras, mientras que en nada las tienen los espartanos, y aun los

tebanos, que viven todavía más cerca de Atenas. Es más bien por hábito. Similar

educación y hábitos similares son los factores que explican los adelantos de los

pueblos babilonio y egipcio» (L. II, 3, 7). Su dominio de este principio hace de

Estrabón un observador científico del avance de la civilización clásica entre los

pueblos atrasados.

Las favorables perspectivas para el progreso de esta civilización en Europa son

analizados en una famosa descripción del continente, de la cual citaremos un

fragmento. «De la parte habitable de Europa, las regiones frías y montañosas sólo

ofrecen naturalmente una miserable existencia a sus habitantes; sin embargo, hasta

las guaridas de la pobreza y de la piratería se vuelven civilizadas cuando llegan a

tener buenos administradores. Los griegos son un ejemplo. Vivían entre montañas

rocosas, pero vivían bien, porque aprendieron el arte de la política, las artes de la

producción y el arte de vivir. Los romanos también han llegado a dominar a muchos

pueblos que eran por naturaleza salvajes porque los lugares donde vivían eran

rocosos, carentes de puertos, fríos o inadecuados, por alguna razón, para mantener

poblaciones numerosas; y al poner en contacto entre sí a esas comunidades aisladas,

las han llevado del salvajismo a la civilización. Allí donde el territorio europeo es

llano y templado, la naturaleza contribuye a tales fines. En un país bendecido por la

naturaleza, todo tiende hacia la paz, mientras que en un país maldecido por ella los

hombres son bravos y belicosos. Cada tipo de país puede recibir beneficios del otro;

el último ayudando con armas, y el primero, con productos agrícolas e industriales, y

con la educación del carácter. Pero si no se ayudan entre sí, es evidente el daño mutuo

que se causan. La violencia de los guerreros puede en verdad resultar victoriosa si no

es contrarrestada por el mayor número del pueblo pacífico. Pero la naturaleza ha dado

recursos a Europa contra ese peligro. A través de toda su extensión está amenizada

por llanos y montañas, de modo que en todas partes la población agrícola y civilizada

vive junto con la belicosa, pero la primera es más numerosa y mantiene el dominio

general. Los griegos, los macedonios y los romanos han ido presidiendo

sucesivamente este proceso civilizador. Por las razones dadas, Europa es, en forma

notable, tan autosuficiente para la paz como para la guerra. La población belicosa es

abundante, como asimismo la que labra su suelo y mantiene sus ciudades. Tiene también la ventaja de producir los frutos mejores y más necesarios, y todos los

metales útiles, importando del extranjero sólo productos superfluos y de lujo como

las especias y las piedras preciosas. Además, abunda en rebaños y majadas, y escasea

en animales salvajes. Tal es la descripción general de este continente» (L. II, 5, 26).

Ésta es una página clásica de ciencia geográfica, y como ella hay muchas en

Estrabón. Su relato, por ejemplo, del sistema fluvial de Francia —cómo abre todo el

país a las relaciones internas de sus pueblos y cómo lo abre también a las influencias

externas al conectar al Océano con el Mar Interior— le ha valido los entusiastas

elogios de los brillantes geógrafos modernos de ese país (L. IV, 1, 4). Su exposición

sobre Italia es casi igualmente admirable (L. VI, 4, 1). Aquí, el carácter y situación de

la península son considerados desde el punto de vista de su capacidad para el dominio

del mundo, y en el párrafo siguiente procede a «añadir a esto un breve esbozo acerca

del pueblo romano, que se adueñó de ella y la equipó como base de operaciones para

la hegemonía universal». La geopolítica no es, como se ve, una ciencia nueva.

Su breve resumen de la historia romana está informado por dos ideas principales:

que la conquista romana fue involuntaria, y que significó la felicidad de los

conquistados, mediante su buen gobierno. Aquí tiene, por supuesto, un espléndido

tema. «Reemplazar las aldeas y los cantones con ciudades en las riberas del

Mediterráneo —escribe Vidal de la Blache— fue el golpe maestro de Grecia y de

Roma. Los observadores contemporáneos de este fenómeno —Tucídides, Polibio y

Estrabón— no estaban equivocados. Ellos describen la polis, o ciudad antigua, como

el símbolo y la evidencia exterior de una civilización superior». El justificable

entusiasmo de Estrabón por este proceso fue tal que describe la conquista de su

propio país, el Ponto, sin dolor alguno. Pero la difusión de la civilización ciudadana a

expensas de aldeas y cantones costó un terrible precio en vidas y felicidad humana, y

de este aspecto del proceso Estrabón no es un buen informante. Cierto que no era

ciego a las virtudes de los sencillos miembros de tribus que eran civilizados a la

fuerza. Formula observaciones contundentes sobre la corrupción moral de esos

pueblos simples por el avance de la civilización, y sobre la relación entre el

incremento de la propiedad y el del crimen (L. VII, 3, 4 y 7). Pero había adquirido al

mismo tiempo el conveniente hábito de no dar importancia a los sufrimientos de las

víctimas de la civilización so pretexto de su supuesta insensibilidad. Ofrece pruebas

de la brutalidad de esas sencillas gentes que son un testimonio no menos elocuente de

la brutalidad de sus capturadores. «Cuando los generales romanos irrumpieron en los

baluartes montañosos de estos corsos y se los llevaron en gran número como

esclavos, tuvisteis la oportunidad en Roma de descubrir su asombrosa brutalidad. O

son salvajes como fieras o mansos como ovejas. Algunos de ellos mueren en

cautividad. Los demás son tan apáticos y obtusos, que sus compradores, furiosos, se

arrepienten del trato aunque los hayan adquirido por una bicoca» (L. V, 2, 7). Más

impresionante todavía es la prueba que ofrece de la brutalidad de los rebeldes

cántabros. «Al ser crucificados después de su captura, seguían gritando sus consignas triunfales desde la cruz» (L. III, 4, 18).

Pero ésta no es, digámoslo de paso, sino una prueba más del hecho familiar de

que el progreso de la civilización ha sido una cosa brutal. Ésta es una de las

principales lecciones de la historia, pero no afecta gran cosa a Estrabón, quien

simplemente reflexiona sobre el carácter de los pueblos dominantes en su día.

Nuestra preocupación ahora es determinar el lugar que le corresponde en la historia

de la ciencia, y aquí su maestría es incontestable. Sus diecisiete libros son la más

grande obra de su género producida en la antigüedad. Hemos tomado nuestros

ejemplos de los primeros libros. No debe inferirse que el resto tenga menos valor. Los

libros XII, XIII y XIV, en los que describe el Asia Menor, de la cual era originario, y

emplea en mayor grado su observación personal, están entre los mejores. Pero

también supo cómo elegir sus autoridades; y sus informaciones sobre países que no

había visto —la India, por ejemplo, donde se deja guiar por los relatos de Megástenes

— son un depósito de datos fidedignos. Vasta como es en su designio, su obra no

resulta una compilación. El material tan industriosamente reunido es examinado con

atención y desplegado para ilustrar grandes principios, y en todos los pasajes de su

obra estamos no sólo ante un hombre de ciencia con una posición tomada, sino

también ante un escritor con sentido del estilo. Mereció su gran fama, y es lástima

que no la adquiriera inmediatamente.

 

TOLOMEO

 

El aspecto matemático de la geografía, en el cual Estrabón era flojo, halló en la

antigüedad su expresión definitiva en manos de Tolomeo, quien floreció hacia el año

150 d. C. Matemático, astrónomo, geógrafo, físico, es una de las figuras más

sobresalientes de la historia de la ciencia. Como matemático y como astrónomo, llevó

adelante y sistematizó la obra de Hiparco. Su más grande aporte a la matemática es la

exposición de la trigonometría esférica creada por Hiparco. Como éste había

inventado la trigonometría para emplearla en los estudios astronómicos, ocurre que

empezó por ser esférica. En el primer libro del Almagesto, como lo llamamos por

corrupción arábiga de la palabra griega (Tolomeo mismo llamaba a su obra Colección

matemática en trece libros), luego de dar las pruebas matemáticas sobre las cuales se

fundaba su determinación, construyó una tabla de cuerdas para arcos que subtienden

ángulos en forma creciente, de 1/2 a 180 grados, calculados cada 1/2 grado. Esto

equivale a una tabla de senos para ángulos de 1/4 de grado hasta 90 grados calculados

cada 1/4 de grado. Se ha hecho notar que ésta es la parte más permanente de su obra.

Pues, aunque el paso del tiempo haya superado su sistema astronómico y su mapa

universal, la base de la trigonometría, puesta por Hiparco y por Tolomeo, continúa

inalterable hasta el día de hoy.

El fundamento de su sistema de astronomía es, por supuesto, el principio geocéntrico de Hiparco, con cierta tendencia hacia el método de los epiciclos, más

bien que hacia el de las excéntricas, para explicar los diversos movimientos de los

astros. No es fácil describir en forma breve el contenido de los trece libros. Los

libros I y II sientan las bases matemáticas y dan explicaciones generales sobre los

movimientos de los astros en relación con la Tierra como centro. El libro III trata del

Sol, y de la duración del año. Cuenta cómo llegó Hiparco a su descubrimiento de la

precesión de los equinoccios. Sienta también un principio que ha tenido un papel útil

y duradero en la ciencia, a saber, que al explicar los fenómenos, hay que preferir la

más simple de las hipótesis que no estén en contradicción con los hechos. Los

libros IV y V tratan de los movimientos de la Luna. En el primer libro, Tolomeo había

descrito los instrumentos que él empleaba para una medición fundamental: la de la

oblicuidad de la eclíptica. El comienzo del quinto libro está dedicado a una

descripción del astrolabio de Hiparco, que Tolomeo mismo usó para confirmar las

observaciones de su predecesor. El libro VI trata de los eclipses solares y lunares. Los

libros VII y VIII se refieren a las estrellas fijas, y los cinco restantes se ocupan del

asunto especialmente enojoso de los planetas.

Con este inmenso bagaje astronómico procede Tolomeo a renovar la ciencia de la

geografía matemática. Un contemporáneo suyo, aunque de más edad, Marino de Tiro,

ya había recogido el desafío de Hiparco, de trazar un mapa del mundo en el cual

todas las principales características se hallaran correctamente ubicadas con respecto a

paralelos de latitud y meridianos de longitud, determinados matemáticamente. Y

Tolomeo se puso a la obra como corrector de la obra de Marino, y para completarla.

El ordenamiento de su libro era original y adecuado para la consulta, lo cual aumentó

su autoridad. De sus ocho libros, el primero y el último tratan de principios y

discusiones matemáticos y astronómicos, pero los seis libros centrales están

compuestos de tablas que dan los nombres de los lugares que figuraban en aquellos

tiempos en los mapas de los diferentes países, junto con sus latitudes y longitudes.

También se definen los límites de los diversos países, y hay observaciones

explicatorias de diverso tipo. Pero lo esencial del tratado es él catálogo de nombres de

lugares, junto con las determinaciones de posición, con autorizada apariencia.

Esta apariencia autorizada es, en realidad, engañosa. Sólo media docena de

latitudes habían sido determinadas astronómicamente: las de Marsella, Roma, Rodas,

Alejandría y Siena, y tal vez alguna más. No se había determinado astronómicamente

longitud alguna. Dentro de un marco de paralelos y meridianos fijados

inseguramente, se obtenía las posiciones reduciendo groseramente a grados las

distancias medidas. Algunas distancias habían sido recorridas por tierra. Otras eran

estimadas en forma todavía más burda. En el mar —desconocida como era entonces

la corredera— las distancias eran conjeturadas por el tiempo transcurrido. Además,

por singular desdicha, el método de reducir las distancias a grados estaba viciado por

una cifra falsa. Hiparco había llegado a una determinación muy correcta de la

circunferencia del globo. Posidonio la había «corregido», reduciéndola a cinco sextos de la cifra anterior. De acuerdo con esto, se calcularon sólo 500 estadios (50 millas

geográficas) por cada grado, en lugar de 600 estadios (60 millas geográficas).

Tolomeo adoptó la cifra errónea de Posidonio. Ello significa que todas sus distancias,

invariablemente exageradas en cada paso por los viajeros que las recorrieron, fueron

exageradas en otro 20 % al llegar a manos del experto. Desde los tiempos de

Dicearco (hacia el año 310 a. C.) la línea más importante en el globo para los

geógrafos griegos había sido el paralelo de 36 grados de latitud que pasa por el

estrecho de Gibraltar, en un extremo del Mediterráneo, y por la isla de Rodas, en el

otro. Pero, ¿qué punto estaba sobre este paralelo o cerca de él? Tolomeo lo hace pasar

por Caralis, en Cerdeña, y por Lilibeo, en Sicilia, cometiendo errores,

respectivamente, de más de 3 y de un poco de menos de 2 grados. Y lo que es peor,

coloca a Cartago, que en realidad se halla casi a un grado al norte del paralelo, más de

un grado al sur de éste. Con ello niveló como por encanto la línea costera del África

del Norte. Su primer meridiano fue también infortunado. Siguiendo a Marino, lo

colocó en las Canarias, pero suponiendo que esas islas se encontraban a unos 7

grados al este de su posición verdadera. Todos estos cálculos de distancia se basaban,

a decir verdad, en Alejandría; pero, como para los fines de su labor cartográfica

tenían que referirse todos a su primer meridiano, introdujo un error de 7 grados en

todas las posiciones. Tales fueron los errores generales de sus cálculos. También los

cometió particulares, debido a diversas contingencias. Accidentalmente hizo girar su

mapa de Escocia casi 90 grados, de modo que se encuentra precisamente al este de

Inglaterra, en lugar de hallarse al norte de ésta. En el Lejano Oriente perdió el

dominio de las proporciones, y diseñó a Ceilán ¡catorce veces mayor que su tamaño

real!

Estos errores son, por supuesto, importantes. Sin embargo, nada sería más fácil

que exagerar su significado. Para convencerse de ello basta mirar el mapa del mundo

que Homero conocía, con el Río Océano rodeando el disco plano del mundo, y

compararlo con el mapa que puede reconstruirse mediante los datos de Tolomeo, con

sus paralelos y meridianos curvos, su integridad y su relativa exactitud en las

regiones que rodean el Mediterráneo, así como su inmenso alcance, desde Irlanda en

el extremo noroeste, hasta vagas indicaciones de China y de Malasia, en el este. Más

convincente aún resulta el genuino valor de su ciencia si uno examina los mapas

medievales, en los cuales el Río Océano vuelve a rodear un disco plano con Jerusalén

en el centro y el Paraíso en la parte superior, mapas de los cuales habían desaparecido

toda la matemática y toda la astronomía laboriosamente edificadas por los científicos

griegos. Sobre este fondo podremos juzgar adecuadamente las realizaciones de

Tolomeo y de los demás geógrafos helenos.

Sólo falta agregar una palabra sobre otro aspecto de su obra. No era solamente un

gran observador, como lo demuestran su descripción de los instrumentos

astronómicos y el uso que de ellos hizo. Era también un experimentalista. El quinto

libro de su tratado sobre la Óptica contiene observaciones sobre la refracción de la luz, asunto que tenía que ser interesante para los astrónomos, quienes conocían, entre

otros fenómenos refractorios, el de la Luna eclipsada que se levanta contra el Sol

poniente. Tolomeo da tablas de refracción para diversos ángulos de incidencia en

experimentos con aire, agua y vidrio, y trata de determinar una ley. Observamos aquí,

como en otras partes, la combinación de intuición y de sistema que caracteriza a

Tolomeo.

 

GALENO

 

Al pasar del gran mundo de la naturaleza al pequeño mundo del hombre, hallamos en

Galeno (129-199 d. C.) un autor que ocupa el mismo lugar en la historia de la

medicina que Tolomeo en el de la astronomía y la geografía. Así como la astronomía

y la geografía del Renacimiento retoman y corrigen la obra de Tolomeo, su anatomía

y su fisiología retoman y corrigen la obra de Galeno. Debemos tratar brevemente de

caracterizar su obra, pero es ésta una tarea de excepcional dificultad. De sus

voluminosos escritos sobre una amplia variedad de temas quedan unas cien obras

genuinas bajo títulos separados. La edición de Kühn (1821-1833), única completa

entre las modernas, ocupa, junto con la traducción al latín, veinte grandes volúmenes.

En medio de esta masa de material los expertos hallan dificultad para orientarse, y el

profano se confunde ante veredictos contradictorios. Pero tal vez sea equitativo decir

que los médicos actuantes que han escrito sobre él en tiempos modernos lo aprecian

más que los críticos académicos. De un modo u otro, debemos reconocer que este

escritor extraordinariamente fluido, que desde temprana edad comenzó a prodigar

libros muy discutidos, no sólo sobre las diversas sectas médicas, sino también sobre

las diversas escuelas filosóficas, y en forma general sobre asuntos culturales y

educativos, era también un observador y un investigador muy diligente. Sus obras

terapéuticas, fisiológicas y anatómicas se fundaban en un conocimiento de primera

mano de la naturaleza, que hubiera hecho honor a cualquier otro autor a quien

hubiese faltado tiempo para interesarse en tantas otras cuestiones.

Sirve en cierto modo para orientarse en medio de las obras de Galeno un opúsculo

que él mismo escribió inducido por circunstancias especiales. De él extraemos los

siguientes e interesantes detalles. Cierta vez Galeno presenció en la calle de los

Zapateros de Roma, donde se hallaba la mayor parte de las librerías, una escena que

debió de haber alegrado su corazón de autor. Alguien mostró un libro con el nombre

del Doctor Galeno. Comenzó una discusión acerca de si era o no obra auténtica de

éste. Un hombre instruido, atraído por el título, lo compró y comenzó a leerlo, y al

punto comprendió de qué se trataba. Antes de haber leído dos líneas lo arrojó

exclamando: «Éste no es el estilo de Galeno. El título es falso». Ese hombre, comenta

Galeno con aprobación, había tenido una buena educación griega a la antigua en

manos de gramáticos y retóricos. Pero los tiempos habían cambiado. Aspirantes a la medicina y a la filosofía, sin haber aprendido siquiera a leer bien, concurrían a clases

sobre esos temas, esperando vanamente entender las enseñanzas más nobles de las

conocidas por los hombres. En vista de ello, para evitar que se le atribuyan

falsamente escritos inferiores, Galeno se propone enumerar y describir sus genuinas

obras. Teme también por su obra, al saber que sus libros están siendo adulterados por

manos extrañas. En diferentes países, diversos maestros leen en la cátedra, como

propias, obras de Galeno que han sufrido adiciones, sustracciones y alteraciones. Sus

amigos le han hecho ver la necesidad de correr al rescate de su propia reputación, y él

mismo ha comprobado el acierto de tal consejo.

El tercer capítulo del opúsculo Sobre sus propios libros, del cual hemos tomado

los detalles antedichos, describe sus investigaciones y sus escritos anatómicos.

Traduciremos in extenso parte de este capítulo, pues las obras anatómicas de Galeno

se cuentan entre las más importantes de sus contribuciones a la ciencia. «Primero está

el libro Sobre los huesos, para principiantes. Después de éste vienen otros libros

también para principiantes, uno relativo a la disección de las venas y de las arterias, y

otro a la de los nervios. También hay uno que recapitula brevemente toda la

instrucción acerca de los músculos contenida en mis Ejercicios anatómicos. Si

alguien, después de haber leído el primer libro, Sobre los huesos, quiere pasar

directamente a los Ejercicios anatómicos, puede saltarse los iniciales, que tratan de

las venas, de las arterias y de los músculos. Encontrará todo en los Ejercicios. En

ellos, el primer libro trata de los músculos y tendones de la mano; el segundo, de los

músculos y tendones de las piernas; el tercero, de los nervios y vasos de los

miembros. El cuarto se refiere a los músculos que mueven las mandíbulas y los

labios, la barbilla, la cabeza, el cuello y los hombros. El quinto a los que se hallan en

el pecho, en el abdomen, en la ijada y en la espalda. El sexto trata de los órganos de

la nutrición, a saber: el estómago, el intestino, el hígado, el bazo, los riñones, la

vejiga y demás. El séptimo y el octavo comprenden la anatomía de las partes

relacionadas con la respiración. El séptimo describe la disección y la vivisección del

corazón, el pulmón y las arterias. El octavo trata del contenido del tórax en su

conjunto. El noveno comprende la disección del cerebro y de la espina dorsal. El

décimo, la de los ojos, la lengua, la garganta y partes adyacentes. El undécimo la de

la laringe y de lo que se llama el hueso hioides, de las partes con él relacionadas y de

los nervios que allí llegan. El duodécimo se refiere a las arterias y a las venas. El

décimotercero a los nervios que parten del cerebro. El décimocuarto a los que salen

de la espina dorsal. El décimoquinto a los órganos de la reproducción. Éstos son los

elementos esenciales de la anatomía, pero hay aparte de ellos muchos otros materiales

útiles: para poder proporcionarlos, he reducido los veinte libros de Marino Sobre la

Anatomía a cuatro, y todas las obras de Licus a dos. A continuación doy el índice del

contenido de estas obras».

Es evidente la extraordinaria importancia de esta investigación anatómica. En

verdad, las disecciones eran efectuadas en monos, no en hombres, pero ésta era una fuente de error inevitable bajo las circunstancias de la época. Fue la reanudación de

este programa de disección en el Renacimiento, particularmente por Vesalio, la que

sentó las bases de la anatomía moderna. Harvey, cuyo descubrimiento de la

circulación de la sangre estaba destinado a destruir la fisiología de Galeno, había sido

adiestrado en el programa galénico de disecciones de la escuela vesálica, de Padua.

Debemos decir ahora algunas palabras sobre la fisiología de Galeno. Tal como la

astronomía de su época, se fundaba parcialmente en la observación, y parcialmente

en un cuerpo de principios filosóficos que en aquella época parecían con toda certeza

verdaderos, pero que la fisiología moderna ha tenido que modificar o desechar. Los

diversos tipos de seres vivos habían sido clasificados durante largo tiempo en tres

grandes divisiones: plantas, animales y hombres. Las plantas involucraban el

principio del crecimiento; los animales, los de crecimiento y locomoción; los

hombres, los de crecimiento, locomoción y razón. Era opinión de los estoicos —

derivada, por otra parte, de diversas fuentes— que el pneuma (o aire) extraído del

cosmos, cuyo aliento era, constituía el principio vital de estos tres grados de las cosas

vivientes. La función fisiológica del complejo organismo humano era adaptar este

pneuma exterior a los tres grados de vida manifestados en el hombre, a saber:

crecimiento, locomoción y pensamiento. En su primera adaptación el pneuma se

convirtió en espíritu natural, causando así el crecimiento. En su segunda adaptación

se convirtió en espíritu vital, causando la locomoción. En su tercera adaptación se

convirtió en espíritu animal (de anima, el alma), causando el pensamiento. Galeno,

con refinado ingenio, adaptó lo que sabía de los sistemas digestivo, respiratorio y

nervioso, del cuerpo humano, a la explicación de esta triple función del organismo

del hombre. El hígado y las venas eran en éste los principales órganos de la vida

vegetativa. El corazón, con los pulmones y las arterias, mantenía la vida animal. El

cerebro y el sistema nervioso eran el asiento de la vida intelectual, porción distintiva

del hombre, el animal racional.

Podemos describir brevemente el funcionamiento de su sistema. En el hígado el

alimento ingerido era convertido en sangre, que era distribuida por las venas para

mantener el crecimiento del cuerpo. El movimiento de la sangre en las venas era

concebido como una especie de lenta oscilación hacia y desde el hígado. De éste se

dirigía por la vena porta hasta el ventrículo derecho del corazón. Allí se libraba de sus

impurezas, que eran transportadas al pulmón por la arteria pulmonar, y allí exhaladas.

Una parte de esta sangre purificada era reservada para la segunda adaptación. Pasaba

a través del septum al ventrículo izquierdo, donde volvía a reunirse con el pneuma del

mundo exterior, transportado desde el pulmón al ventrículo izquierdo por la vena

pulmonar, y allí, en el ventrículo izquierdo, era elaborado hasta convertirse en

espíritu vital y distribuido por las arterias a través del cuerpo. Algunas de las arterias

se dirigían al cerebro. La sangre arterial enviada a éste pasaba a través de una red de

vasos conocida como rete mirabile. Aquí se producía la tercera adaptación. Esta

porción de la sangre quedaba dotada de espíritu animal y era distribuida a través del cuerpo por los nervios. El sistema es completo y nítido. Explicaba una enorme

cantidad de hechos observados y los interpretaba a la luz de una filosofía que parecía

confirmada por el saber de generaciones enteras. Galeno debe de haber encontrado

imposible imaginar que pudiera ser falsa. Nosotros, sabiendo que lo es, podemos

preguntarnos, para nuestra edificación, cómo pudo llegar a ser conmovida en

momento alguno.

La explicación, por supuesto, es que partes esenciales de la teoría se fundan en

observaciones defectuosas. La explicación de la transformación de la sangre venosa

en arterial no puede ser correcta, pues da por supuesto que la sangre pasa a través del

septum, cuando éste en realidad constituye una sólida pared muscular. Igualmente

incorrecta es la explicación de la transformación de la sangre arterial en sangre

animada con espíritus animales. El órgano (la rete mirabile) en donde se supone que

esto ocurre, aunque prominente en los rumiantes, donde Galeno lo había observado,

no existe en el hombre. Con la reanudación de la investigación anatómica, en tiempos

modernos se pusieron de relieve estos obstáculos fatales de la fisiología galénica. Y

sin embargo, durante largo tiempo sólo constituyeron problemas intrincados, sin

llegar a destruir la teoría. La fisiología galénica tenía características tales que cegaba

a los investigadores en cuanto a la verdad esencial, que continuaba esperando a su

descubridor. Era difícil obtener una idea correcta de la circulación de la sangre

cuando uno había aprendido de Galeno que había tres clases diferentes de sangre,

cada una con su propio modo de distribución. Ni siquiera para quienes sabían que el

septum es sólido era fácil entender el funcionamiento del corázón. Pues para Galeno

la verdadero acción del órgano tenía lugar en la diástole, o expansión, que se suponía

absorbía aire de los pulmones. ¿Cómo podía uno estar seguro de que la verdadera

labor la cumplía la sístole, o contracción, al impulsar la sangre a través de las

arterias? Harvey se pasó muchas horas por día, durante años enteros, contemplando

corazones palpitantes o manteniendo un corazón latente en una mano y una arteria

pulsante en la otra, instruyendo a su cerebro mediante sus dedos, utilizando sus

sentidos para abrirse paso a la verdad, antes de lograr éxito en la refutación de la

opinión de Galeno, primero en su fuero interno y luego ante el mundo todo. Y aun

entonces era Galeno quien triunfaba de Galeno, el Galeno observador sobre el Galeno

filósofo, pues fue precisamente su técnica la que Harvey había aprendido en Padua.

Falta agregar algunos detalles sobre la vida de Galeno. Como casi todos los

grandes hombres de ciencia de las épocas griega y romana, procedía del Oriente.

Nació en Pérgamo, donde su padre trabajaba como arquitecto y matemático. Estudió

medicina primero en Pérgamo y luego en Esmirna, Corinto y Alejandría. Al

completar su adiestramiento, pasó a trabajar, durante cuatro años, como cirujano de

los gladiadores, en su ciudad natal. Sería de desear que contáramos con una

información precisa sobre sus tareas en ese puesto, con un detalle de su jornada de

trabajo. Luego se dejó atraer por Roma, donde iban entonces los provincianos a

buscar fortuna. Sabemos que disfrutó allí de inmensa reputación y que sus servicios fueron requeridos por el emperador Marco Aurelio, quien lo tomó como médico

personal suyo durante una expedición contra las tribus germanas. Y en los intervalos

de una vida tan llena de ocupaciones, encontró tiempo para recetar, disecar y escribir.

 

NOTA BIBLIOGRÁFICA

 

Acerca de los gramáticos latinos, véase KEIL, Grammatici Latini, Leipzig, 1855-70.

Hay traducciones de LUCRECIO en prosa inglesa por H. A. J. Munro y Cyril Bailey, de

las cuales la primera es famosa por la austera grandiosidad de su estilo, mientras que

la segunda (Oxford, 1910), obra de uno de los principales eruditos ingleses vivientes,

toma nota de investigaciones eruditas más recientes. Hay una versión más nueva por

R. E. Latham (Penguin Classics). Vitruvio puede ser leído en inglés en el libro de

MORGAN: Vitruvius; Ten Books on Architecture, Harvard Univ. Press, 1926, y en

inglés y en latín en la edición Loeb, por Granger, 1931-34. En cuanto a FRONTINO, es

buena la edición Loeb por Bennett. También hay una edición Loeb de CELSO; la

edición fundamental es la de F. Marx, Leipzig, 1915, con prolegómenos en latín. El

mejor libro sobre PLINIO EL MAYOR es la Histoire Naturelle de Pline, avec Traduction

en Français, por M. E. Littré, París, 1877. Acerca de Gemino puede verse C.

MANITIUS, Gemini Elementa Astronomiӕ, Leipzig, 1898. De ESTRABÓN hay edición

Loeb en ocho volúmenes, y un excelente resumen sobre el lugar de Estrabón en la

historia de la geografía, por TOZER, History of Ancient Geography, Cambridge, 1897.

Son excelentes los artículos sobre Tolomeo como astrónomo y geógrafo por ALLMAN

Y BUNBURY, en la «Enciclopedia Británica», 9.ª edición. Las obras matemáticas de

TOLOMEO pueden ser encontradas con preferencia en la edición Teubner, y las

geográficas en la edición Tauchnitz. Una admirable exposición de GALENO puede

hallarse en SINGER, Evolution of Anatomy, Kegan Paul, 1925. El opúsculo Sobre sus

propios libros, citado en nuestro texto, se encontrará en MARQUARDT, MÜLLER Y

HELMREICH, Galeni Scripta Minora, Leipzig, 1884. La obra Greek Medicine in Roma,

de CLIFFORD ALLBUTT, es rica en información y en ideas. Greek Medicine, de

BLOOCK, es un útil resumen del tema, con muchos pasajes citados en la traducción.

Está disponible ahora por primera vez una traducción comentada de la obra

fundamental de Galeno, De Anatomicis Administrationibus, en la obra de Singer

Galen on Anatomical Procedures (Publications of the Wellcome Historical Museum,

N. 7, Oxford Univ. Press).