Ciudadano de la galaxia
Capítulo II
Las heridas de Thorby se fueron curando, las externas rápidamente, las internas con más lentitud. El viejo mendigo compró otro colchón y lo metió en la esquina opuesta. Pero a veces Baslim se despertaba al encontrarse con un pequeño bulto caliente acurrucado junto a su espalda, y sabía entonces que el muchacho había tenido otra pesadilla.
A veces el chico lloraba desconsoladamente sin despertarse, y entonces Baslim, sin encender la luz se arrastraba silenciosamente hasta la colchoneta del chico y se inclinaba sobre él.
—Vamos, vamos, hijo, no pasa nada.
—¿Papi?
—Duérmete, hijo. Despertarás a mamá. —Y añadía—: Me quedaré contigo, estás seguro. Estáte quieto. No queremos que mamá se despierte...
¿verdad?
—Está bien, papá.
Aquellos incidentes hicieron que el viejo probase hipnosis, arte que había aprendido hacía mucho tiempo.
Tenía la seguridad de que habían separado a Thorby de sus padres tan joven que no tenía de ellos un recuerdo consciente. Thorby tenía recuerdos explícitos de algunos de sus amos, y los describía en un lenguaje de arroyo, vívido y violento. Pero nunca estaba seguro del tiempo ni del lugar
«lugar» era alguna finca, o familia, nunca un planeta o sol determinado, y
«tiempo» era sencillamente «antes» o «después». Si bien cada planeta
tenía su día, su año, su propio sistema de fechar, si bien para fines científicos se reconcilian en términos del segundo patrón, según queda definido por la desintegración radiactiva, del año patrón de la cuna de la humanidad, y una fecha de referencia patrón, el primer salto desde aquel planeta, Sol III, a su satélite; era imposible que un muchacho ineducado fechase nada de aquella manera. La Tierra era para Thorby un mito, y un
«día» era el tiempo entre dos sueños.
Baslim no podía adivinar la edad del chico. Parecía ser de raza Terrestre sin variación y era preadolescente, pero nada más podía conjeturar con fundamento. Los vandorianos y los italo-glifos tienen el mismo aspecto que la raza original, pero los vandorianos tardan tres veces más en madurar. Las variaciones no son necesariamente aparentes.
Thorby no tenía miedo de probar la hipnosis; la palabra no tenía significado para él, ni Baslim se la explicó. Una noche, después de cenar, el viejo sencillamente dijo:
—Échate en tu cama. Te voy a hacer que tengas sueño, y luego hablaremos.
El viejo encendió una vela y apagó las placas luminosas. Utilizando la llama para concentrar la atención comenzó las antiguas rutinas de sugestión monótona, relajación, somnolencia... sueño.
—Thorby, duermes pero oyes. Puedes contestar.
—Sí, Papi.
—Te quedarás dormido hasta que te diga que te despiertes. Pero podrás contestarme cualquier pregunta que te haga.
—Sí, Papi.
—¿Te acuerdas de la nave que te trajo aquí? ¿Como se llamaba?
—La Viuda Alegre. Pero nosotros no la llamábamos así.
—Te acuerdas de haber entrado en aquella nave. Ahora estás en ella, puedes verla. Te acuerdas de todo lo que a ella se refiere. Ahora vuelve adonde estabas cuando subiste a su bordo.
El chico se sobresaltó sin despertarse.
—¡No quiero!
—Estaré contigo. No correrás peligro. ¿Cómo se llamaba aquel lugar?
Vuelve a él. Míralo.
Hora y media más tarde Baslim estaba aún en cuclillas junto al chico, y había conseguido su objeto: profundizar hasta más allá de lo que la memoria en vigilia del muchacho alcanzaba, retroceder hasta su primera infancia y hasta el momento traumático en que había sido arrancado de sus padres.
Finalmente ¿qué había averiguado?
El muchacho había nacido libre; de esto siempre había estado seguro.
La lengua nativa del chico era el inglés sistemático, hablado con un acento que Baslim no podía identificar; había quedado obliterado por el habla infantil. Aquello le situaba dentro de la Hegemonía Terrestre; era incluso posible (aunque no probable) que el muchacho hubiese nacido en la Tierra, lo cual era una sorpresa, pues se había figurado que la lengua nativa del muchacho era interlingua, puesto que la hablaba mejor que las otras tres que conocía.
¿Y qué más? Sin duda los padres del chico habían muerto, si es que cabía fiarse de la confusa y aterrada memoria que había extraído del cerebro del chico. Para él no eran sino «papá» y «mamá».
—Thorby...
—Sí, papi...
—Cuando te lo diga, te despertarás en seguida. Te sentirás perfectamente y no te acordarás de nada de lo que hemos estado hablando.
—Sí, papi.
—Dormirás luego toda la noche, un buen sueño, con sueños agradables.
Ya nunca más tendrás pesadillas; dilo.
—Nunca más tendré pesadillas.
—Papá y mamá no quieren que tengas pesadillas. Son felices y quieren que tú lo seas. Siempre que sueñes con ellos, serán sueños felices.
—Sueños felices.
—Ahora todo está bien, Thorby. Empiezas a despertarte. Te estás despertando y no puedes recordar de qué hemos estado hablando. Pero nunca más volverás a tener pesadillas. Despierta, Thorby.
El chico se sentó, se frotó los ojos, bostezó y se sonrió:
—Me parece que me dormí. Te he hecho perder el tiempo. ¿No ha salido bien, verdad?
—Todo ha ido perfectamente, Thorby.
Poco a poco fueron amenguando las pesadillas, y, finalmente, cesaron.
Si Baslim hubiese sido lo suficientemente hábil, no hubiese obliterado los recuerdos, pues era de los que creían que la experiencia de un hombre le pertenece, y que no se le debe desposeer ni siquiera de lo peor, sin su consentimiento.
Al principio de su asociación, Baslim siempre llevaba consigo al muchacho. Después del desayuno marchaban renqueando a la Plaza de la Libertad, Baslim se echaba sobre. la acera y Thorby se ponía a su lado, con cara de hambre, y aguantando el cuenco.
Thorby pronto aprendió la antigua profesión, aprendió que los hombres que iban con mujeres eran generosos, pero que la petición tenía que ser dirigida a la mujer; que generalmente era una pérdida de tiempo pedir limosna a mujeres que no iban acompañadas (a menos que no fuesen cubiertas de velo); que al pedir a un hombre no se sabía si se iba a conseguir una dádiva o una patada, y que los hombres del espacio que acababan de cobrar daban con generosidad.
Al principio, Thorby tenía el aspecto adecuado para aquel trabajo; pequeño, medio muerto de hambre, cubierto de cicatrices, su aspecto era suficiente.
Pero pronto empezó a tener mejor apariencia. Baslim remedió eso con maquillaje, poniendo sombras bajo sus ojos, oquedades en sus mejillas.
Su mejor estado de nutrición no era tan fácil de disimular, pero continuó creciendo rápidamente durante un año o dos, y siguió flaco, a pesar de dos buenas comidas al día y de una cama en que descansar.
Thorby absorbió en el arroyo una educación inapreciable. Jubbulpore, capital de Jubbul y de los Nueve Mundos, residencia principal del Gran Sargon, se precia de tener más de tres mil mendigos con licencia, el doble de este número de vendedores ambulantes, más tabernas que templos y más templos que ninguna otra ciudad de los Nueve Mundos, además de un número incalculable de ladrones, artistas del tatuaje, vendedores de drogas, mujerzuelas, rateros, adivinos y asesinos mayores y menores.
En teoría, Thorby no formaba parte de los bajos fondos, puesto que poseía un estado legalmente reconocido (esclavo) y una profesión con licencia (mendigo). No obstante, se encontraba en medio de ellos, sin otros escalones por debajo de él en la escala social.
Un día volvió sin nada en su cuenco. Baslim no hizo comentario ninguno, pero el muchacho se explicó:
—Mira, papi... ¡me ha ido muy bien! —Y de entre sus ropas sacó un pañuelo de fantasía y lo exhibió con orgullo.
Baslim ni se sonrió ni lo tocó:
—¿De dónde lo has sacado?
—¡Lo he heredado!
—Evidentemente. Pero, ¿de quién?
—De una señora. De una hermosa señora.
—¿Y cómo es que no estás en la cárcel?
—Ziggie me ha estado enseñando. Sabe todos los trucos... tendrías que ver cómo trabaja.
Baslim se preguntó cómo sería posible enseñar ética a un gato descarriado. Desde luego no podría hacerlo discutiendo en términos abstractos:
—Ya he visto cómo trabaja Ziggie. Es muy hábil.
—¡Es el mejor!
—De todos modos, supongo que lo haría aún mejor con las dos manos.
—Pues sí; probablemente, aunque solamente se utiliza una mano. Pero me está enseñando a usar las dos.
—Eso está bien. Quizá necesites saberlo algún día, cuando te falte una, como a Ziggie. ¿Sabes cómo perdió la suya?
—¿Eh?
—¿Sabes cuál es el castigo, si te cogen?
Thorby no respondió, y Baslim prosiguió:
—Una mano para la primera falta. Eso es lo que le costó a Ziggie aprender el oficio. Y, desde luego, lo hace muy bien, ya que todavía anda por ahí trabajando. ¿Y sabes lo que lleva consigo la segunda falta? No se trata sencillamente de la otra mano, ¿sabes?
Thorby tragó saliva:
—No estoy seguro.
—Me parece que lo debes de haber oído decir, pero no te quieres acordar. —Baslim hizo con el pulgar un gesto alrededor de su cuello—.
Eso es lo que le pasará a Ziggie la próxima vez, le acortarán.
—Pero papi, ¡no me cogerán! Tendré muchísimo cuidado... ¡Te lo prometo!
Baslim suspiró. El muchacho seguía creyendo que no le podía suceder a él:
—Thorby, tráeme tu factura.
—¿Para qué, papi?
—Tráela.
El chico la llevó, y Baslim la examinó: «Un muchacho, número de registro (muslo izquierdo) SXK 40367» Miró a Thorby y vio con sorpresa que había crecido una cabeza desde aquel día de la compra:
—Dame mi punzón. Voy a libertarte. Siempre he tenido intención de hacerlo, pero parecía que no corría prisa. Pero lo haremos ahora, y mañana puedes ir a los Archivos Reales y registrarlo.
—¿Y para qué, papi?
—¿No quieres ser libre?
—Pues... bien... papi, me gusta pertenecerle...
—Gracias, chico, pero tengo que hacerlo.
—¿Quieres decir que me echas?
—No. Puedes quedarte. Pero solamente como liberto. Verás, hijo; el amo responde de su siervo. Y, la verdad... si me faltase una mano, además de un ojo y una pierna, no sé cómo me las arreglaría. De modo que si vas a aprender el oficio de Ziggie, más vale que te liberte. Tendrás que arreglártelas por ti mismo.
Thorby comenzó a sollozar, por vez primera desde el principio de sus relaciones:
—¡No me eches, papi... por favor! ¡Tengo que pertenecerle!
—Lo siento. hijo. Ya te he dicho que no tienes que marcharte.
—Por favor, papi. ¡nunca más volveré a robar!
Baslim le agarró por un hombro:
—Mírame, Thorby; te voy a proponer una cosa.
—¿Cómo? Lo que quieras, papi, con tal de que...
—Espera. No firmaré ahora tus papeles, pero quiero que me prometas dos cosas.
—Sí, claro. ¿Qué?
—No te precipites. Lo primero es que me prometas no volver nunca más a robar nada; lo segundo es prometer que no me mentirás nunca...
absolutamente nunca.
Thorby dijo lentamente:
—Lo prometo.
—No me refiero solamente a decir mentiras sobre el dinero que te has ido quedando. Quiero decir sobre nada absolutamente. Y dicho de paso, un colchón no es sitio adecuado para esconder dinero. Mírame, Thorby. Ya sabes que tengo relaciones por la ciudad.
Thorby asintió con la cabeza, y Baslim prosiguió:
—Si robas, me enteraré... si me mientes, lo averiguaré. Y el día en que me entere de que has robado algo, o que te coja mintiéndome... te firmaré los papeles y te libertaré.
—Sí, papi.
—Y eso no es todo. Te echaré a patadas con lo que llevas puesto cuando te compré, unos calzones y una serie de cicatrices. Tú y yo habremos terminado, y si te vuelvo a encontrar escupiré en tu sombra.
—Sí, papi... ¡Nunca más lo haré, papi!
—Así lo espero. Vete a la cama.
Baslim se quedó despierto, preguntándose si no habría sido demasiado duro. Pero el mundo era un mundo difícil, y tenía que enseñar al chico a vivir en él.
Oyó un ruido como de un ratón que royese; permaneció quieto y escuchando. Luego sintió que el muchacho se levantaba y se dirigía a la mesa; después percibió un ruido ahogado de monedas que caían sobre madera, y oyó cómo el muchacho volvía a su camastro.
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