Ciudadano de la galaxia

Robert A. Heinlein · Capítulo 4 de 22

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Ciudadano de la galaxia

Capítulo IV

La pierna de Thorby le dolió un par de días; por lo demás su vida no cambió. Baslim o él estaban siempre en su sitio en la Plaza. A veces Baslim desaparecía, y cuando eso ocurría era el deber de Thorby quedarse allí las horas de luz, anotando las llegadas y las salidas, tomando mentalmente notas de las subastas de esclavos, y recogiendo información sobre los movimientos por medio de contactos en las proximidades del puerto, en las tabernas y entre las mujeres sin velo.

En una ocasión Baslim estuvo ausente durante dos novenas. Thorby continuó anotando lo que ocurría por la Plaza, incluso tres subastas.

Luego Baslim regresó, y su único comentario fue:

—¿Por qué no lo has retenido en la memoria en vez de escribirlo?

—La verdad es que lo he recordado, pero había tanto que temí olvidarme de algo.

Después de aquello Baslim pareció aún más reservado de lo que hasta entonces había sido. Hasta que finalmente una noche dijo:

—Hijo, nunca acabamos de decidir lo que harás cuando yo ya no esté aquí.

—¿Cómo? Pero me parece que sí que lo decidimos, Papi; es cuestión mía.

—No; no hicimos sino aplazarlo... por tu testarudez. Tengo órdenes para ti, y las vas a cumplir.

—¡Espera un momento, papi. Si crees que me vas a obligar a que te deje...

—¡Cállate! Dije: «Cuando ya no esté aquí.» Quiero decir, cuando haya muerto. No se trata de uno de estos pequeños viajes de negocios...

entonces tienes que ir en busca de un hombre y darle un mensaje. ¿Puedo fiarme de ti? ¿No lo olvidarás?

—Claro que no, papi, pero no me gusta oírte hablar así. Vas a vivir mucho tiempo... quizá vivas más que yo.

—Es posible. Pero, ¿quieres callarte y escuchar, y luego hacer lo que te diga?

—Sí, señor.

—Buscarás a ese hombre (quizá tardes algún tiempo en encontrarle) y le darás este mensaje. Entonces tendrá algo que tú deberás hacer... me figuro; si es así, quiero que hagas exactamente lo que te diga. ¿Harás eso también?

—Claro que sí, papi, si eso es lo que tú quieres que haga.

—Considéralo como el último favor a un viejo que trata de hacer lo que pudo de ti, y que hubiese hecho más si hubiese podido. Haz estas dos cosas; entrega un mensaje, y luego haz lo que el hombre te diga.

—Así lo haré, papi —respondió solemnemente Thorby.

Resultó que el «hombre» era uno cualquiera de cinco. Cada uno de ellos era capitán de una nave estelar, una nave de comercio de cabotaje, no de los Nueve Mundos, pero que a veces recogía mercancías de los puertos de los Nueve Mundos. Thorby meditó sobre la lista:

—Papi, de estas naves solamente recuerdo que una de ellas haya nunca recalado aquí.

—Todas ellas lo han hecho antes en una ocasión u otra.

—Puede pasar mucho tiempo antes de que se presente una de ellas.

—Pueden pasar años. Pero cuando ocurra, quiero que entregues el mensaje con exactitud.

—¿A uno de ellos, o a todos ellos?

—Al primero que se presente.

El mensaje era breve, pero no era fácil, pues estaba en tres idiomas, según quien fuese el que tenía que recibirlo, y ninguno de los tres idiomas

se encontraba entre los que Thorby, conocía... Y Baslim tampoco le explicó las palabras; quería que Thorby lo aprendiese de memoria.

Baslim puso al muchacho en un ligero trance, grabó el mensaje en el instructor de sueño, lo puso en marcha y dejó que Thorby escuchase, bajo la sugestión posthipnótica de que podría pronunciarlo perfectamente cuando se despertase.

Así sucedió. Las versiones segunda y tercera le fueron inculcadas la noche siguiente. Baslim le probó luego repetidas veces, utilizando el nombre de un capitán y de una nave para conseguir que pronunciase cada una de las tres versiones.

Tres novenas después de que Thorby hubo aprendido los mensajes, Baslim le dio una nota para entregar en el área de los astilleros, lo cual era más bien una reserva del Sargon que una parte de la ciudad.

—Lleva contigo tu etiqueta de liberto, y deja tu cuenco. Si algún policía te detiene, dile que estás buscando trabajo en los diques.

—Se figurará que estoy loco.

—Pero te dejará pasar. Utilizan a libertos como barrenderos y para menesteres semejantes. Lleva el mensaje en la boca. ¿A quién tienes que buscar?

—A un hombre bajo y pelirrojo —repitió Thorby—, con una verruga en la parte izquierda de su nariz, que tiene un puesto de comidas junto a la puerta principal. No lleva barba. Tengo que comprar un pastel de carne y darle el mensaje con el dinero.

—Exacto.

Thorby disfrutó de su salida. Se dirigió al puerto espacial a través del distrito fabril. Esquivó el tránsito, y los conductores de camiones le insultaron, y Thorby les respondió con creces, miró en cada una de las puertas, preguntándose para qué servirían todas aquellas máquinas, y por qué la gente del pueblo se quedaba todo el día en el mismo lugar, haciendo siempre lo mismo, ¿es que eran esclavos? No; no podían serlo, pues a los esclavos no se les permitía tocar maquinaria accionada con fuerza, salvo en las plantaciones.

¿Era cierto que el Sargon no dormía nunca y que sus ojos podían verlo todo en los Nueve Mundos? Papi decía que eso eran tonterías, y que el

Sargon era un hombre como todos los demás. Pero, en tal caso, ¿cómo consiguió ser Sargon?

Llegó por fin al puesto de comidas, junto a la puerta principal. Esa puerta era doble de grande que las demás, frente a ella había un guarda, y en el dintel un escudo con el sello del Sargon.

El hombre que estaba detrás del mostrador no era el que Thorby buscaba.

Thorby esperó media hora dando vueltas por allí. y volvió; su hombre seguía sin aparecer. El del mostrador se dio cuenta de la inspección, y, entonces Thorby se adelantó y dijo:

—¿Tiene jugo de fruto solar? El hombre le miró de arriba abajo.

—¿El dinero?

Thorby sacó su moneda, el hombre se la embolsó y le abrió una botella:

—No bebas junto al mostrador; necesito los taburetes.

Thorby se quedó de pie, un poco apartado, pero no demasiado lejos para que no le acusasen de intentar escaparse con la botella, e hizo que la bebida le durase largo rato.

Finalmente, el hombre del mostrador alzó la botella.

—¿Es que estás tratando de beberte la botella?

—Ahora termino, gracias. —Thorby puso la botella sobre el mostrador y dijo—: La última vez que estuve aquí había un individuo pelirrojo en este lugar.

—¿Eres amigo del Yojo?

—No precisamente amigo. Le veía cuando pasaba por aquí y me detenía para beber...

—Veamos tu permiso.

—¿Cómo? Yo no necesito...

El hombre intentó agarrar la muñeca de Thorby, pero Thorby se escabulló.

El hombre salió rápidamente de detrás del mostrador, y Thorby se escapó por entre los vehículos. Afortunadamente el tránsito era muy denso, pues la carretera era la que conducía a los diques. Escapó tres veces de ser atropellado, vio una calle lateral, pasó entre dos camiones, luego por la

calle lateral corriendo todo lo que pudo, volvió a la primera avenida, se escondió detrás de un edificio exterior, y esperó.

Le habían perseguido muchas veces, y no perdió la cabeza. Thorby calculó que al cabo de cinco o diez minutos el hombre del mostrador volvería a estar en su puesto, y el guarda a la puerta de entrada; ninguno de los dos podía dejar de vigilar su puesto. Thorby podría entonces salir, e irse a casa.

Dos horas más tarde estaba de regreso en su vecindad. Se dejó caer junto a Baslim.

—Nada a hacer.

—¿Porqué no?

—Espías. A miles.

—¡Una limosna, amables señores! ¿Lo tragaste?

—Naturalmente.

—Toma el cuenco. —Baslim se levantó y comenzó a marcharse.

—¡Papi! ¿No quieres que te ayude?

—Tú quédate aquí.

Thorby se quedó, molesto porque papi no había esperado a oír un informe completo. Regresó a casa tan pronto como oscureció y encontró a Baslim en la cocina-lavadero, utilizando el registrador y el proyector de libros:

—Hola papi ¿Quieres comience a preparar la cena?

—No hay sitio... ni tiempo. Come algo de pan. ¿Qué ha sucedido hoy?

Thorby se lo explicó mientras masticaba el pan. Baslim se limitó a asentir con la cabeza:

—Échate. Tengo que volver a utilizar hipnosis contigo. Tenemos una noche muy larga por delante.

El material que Baslim quería que Thorby recordase consistía en números, fechas, y una cantidad interminable de palabras de tres sílabas sin sentido ninguno.

Durante una de las interrupciones del trance, cuando Baslim le hubo ordenado despertarse, Thorby dijo:

—Papi, ¿para quién es este mensaje?

—Si alguna vez se te presenta la oportunidad de comunicarlo, ya lo sabrás. Si tienes dificultades en recordarlo, dile que te ponga en un trance ligero, y volverá a tu memoria.

—¿De decírselo a quién?

—A él. No importa. Vas a dormir. —Baslim hizo chasquear los dedos.

A la mañana siguiente Baslim se había marchado. Eso no sorprendió a Thorby, pues en aquellos últimos tiempos los movimientos de Papi habían sido aún menos predecibles que de costumbre. Desayunó, cogió el cuenco y se fue a la Plaza. El negocio fue mal; papi tenía razón. Thorby ahora parecía ya demasiado sano y bien alimentado para aquella profesión.

A media tarde un carguero que no había sido anunciado aterrizó en el puerto. Thorby comenzó las investigaciones de costumbre y averiguó que era el librecambista Sisu, inscrito en el puerto de Nueva Finlandia, Shiva III.

Por regla general eso hubiese sido un dato sin mayor importancia, pero el capitán Krausa, del Sisu era una de las cinco personas a quienes Thorby debía algún día, en determinadas circunstancias, entregar un mensaje.

Aquello enervó a Thorby. Sabía que no tenía que ir en busca del capitán Krausa, aquello era para un futuro distante, pues papi estaba vivo y bien.

Pero quizá papi quisiese saber que aquella nave había llegado. Aquellos cargueros iban y venían, y nunca nadie sabía cuándo, y a veces solamente estaban en puerto unas cuantas horas.

Thorby se dijo a sí mismo que podía ir a casa cinco minutos, y que quizá papi se lo agradeciese Thorby se fue de la Plaza.

La ruinas del viejo anfiteatro se extienden por aproximadamente un tercio de la periferia del nuevo una docena de agujeros conducen al laberinto que había servido para los antiguos cuarteles de esclavos, un número ilimitado de rutas conducían bajo tierra desde esas entradas extraoficiales a la parte que Baslim ocupaba como hogar.

Thorby se dirigió a la entrada más cercana y pasó de largo; había un policía en ella. Continuó como si su destino hubiera sido un pequeño puesto de verduras en la calle que daba a las ruinas. Se detuvo y habló a la tendera:

—¿Qué tal, Inga? ¿Tienes algún melón grande que tengas que tirar?

—No hay melones.

Enseñó su dinero:

—¿Y aquel grande de allá? A mitad de precio, y no me fijaré en la parte podrida. —Se acercó más—. ¿Qué pasa?

Los ojos de la mujer se dirigieron hacia el policía de patrulla:

—Desaparece.

—¿Un raid?

—Desaparece, te digo.

Thorby depositó una moneda sobre el mostrador, cogió un fruto de campana, No se alejó tan prisa.

Media hora más tarde, y cada vez más preocupado, Thorby descubrió una entrada que la policía parecía no conocer. La observó durante algunos minutos, y luego se precipitó hacia ella. Una vez hubo entrado, se encontró en una oscuridad total, y comenzó a moverse con cautela, escuchando. Se decía que la policía tenía unas gafas que les permitían ver en la oscuridad.

Thorby no estaba seguro de que fuese así, pero no quería arriesgarse.

Había, efectivamente, policía por allá abajo; oyó a dos y los vio gracias a unas antorchas de mano que llevaban; si es que los espías podían ver en la oscuridad, desde luego aquellos dos no parecían disponer del equipo necesario. Era evidente que estaban haciendo un registro. Pero se encontraban en terreno extraño, mientras que para Thorby aquello era familiar; desde hacía años había encontrado su camino por aquellos pasillos dos veces al día en completa oscuridad. De momento le tenían acorralado; se mantuvo lo bastante por delante para evitar la luz de sus antorchas, se escondió tras una puerta y esperó.

Los policías dieron la vuelta. Thorby esperó, salió y descendió por uno de los agujeros.

Unos cuantos minutos más tarde se encontraba junto a la puerta de entrada de su casa; se acercó y trató de encontrar la cerradura. Ya en el momento de acercar la mano se dio cuenta de que había algo que no era lo que debía ser.

La puerta había desaparecido; solamente quedaba un orificio.

Se quedó inmóvil, aguzando todos sus sentidos.

Había olor a extraños, pero no era fresco, y no se oía respirar a nadie. El único sonido era el de un goteo en la cocina.

Thorby decidió que no tenía más remedio que ver lo que pasaba. Intentó encender la luz haciendo girar el interruptor.

No sucedió nada. Entró, evitando tropezar con algo que había por el suelo, obstruyendo el arreglado cuarto de Baslim, pasó a la cocina y buscó las velas. No estaban donde acostumbraban, pero su mano dio con una por allí; encontró la caja de las cerillas y encendió la vela.

¡Ruina y destrucción!

La mayor parte de la destrucción parecía ser del tipo de la que se produce cuando se hace un registro sin preocuparse de las consecuencias y se intenta solamente conseguir rapidez y perfección. Todos los armarios, todos los estantes, habían sido vaciados, y la comida tirada por el suelo. En el cuarto grande los colchones habían sido desgarrados, y se había desparramado su contenido. Pero otra parte de la destrucción parecía vandalismo innecesario.

Thorby miró en derredor con lágrimas que se le agolpaban en los ojos, y temblándole la barbilla cuando encontró, cerca de la puerta, la pierna falsa de papi, que yacía muerta sobre el suelo con su mecánica perfección aplastada como si hubiese sido pisada por botas, se quebró en sollozos y tuvo que dejar la vela para evitar que se le cayese. Cogió la pierna rota y la sostuvo como si fuese una muñeca, se hundió en el suelo y la meció, balanceándose hacia atrás, gimiendo.

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