Ciudadano de la galaxia

Robert A. Heinlein · Capítulo 3 de 22

Páginas del PDF

Ciudadano de la galaxia

Capítulo III

Hacía tiempo que Baslim había enseñado a Thorby a leer y escribir en sargonés y en interlingua, pero el incidente sobre Ziggie, y el darse cuenta de cómo Thorby iba creciendo, recordaron a Baslim que cuando se trata de chicos, el tiempo no se detiene.

Thorby no consiguió nunca situar el momento en que se dio cuenta de que Papi no era exactamente (o no solamente) un mendigo. La instrucción extremadamente rigurosa que estaba entonces recibiendo, con la ayuda de auxiliares tales como un grabador, un proyector y un instructor para el sueño, se lo hubiesen indicado, pero para entonces, nada de lo que papi pudiese decir o hacer le sorprendía ya. Papi podía hacerlo todo, y lo sabía todo. Thorby se daba cuenta de que Baslim tenía actividades que no estaban relacionadas con la mendicidad. Una noche, Thorby se despertó al amanecer, y oyó que alguien andaba por la habitación.

—¿Papi? —preguntó.

—Sí. Vuélvete a dormir.

Pero el muchacho se levantó y encendió las placas luminosas. Se quedó boquiabierto. ¡Aquella persona era un extraño, un caballero!

—No te preocupes, Thorby —dijo el extraño con la voz de papi—.

Tranquilízate. Siento haberte sorprendido; debía haberme cambiado antes de volver, pero los acontecimientos me forzaron. Bueno; mientras estés despierto me puedes ayudar.

La ayuda de Thorby no sirvió de mucho; todo lo que papi hizo entonces era nuevo para él. Primeramente Baslim sacó unos tanques y bandejas de un armario que al parecer tenía una puerta falsa al fondo. Luego se sacó su ojo postizo, lo destornilló en dos partes y con unas pinzas extrajo de él un pequeño cilindro.

Thorby observó el proceso que siguió, sin comprenderlo. Finalmente, Baslim dijo:

—Está bien. Veamos si he conseguido alguna foto. —Insertó la película en un microvisor, la observó y dijo—: Prepárate para salir. Prescinde del desayuno. Puedes llevarte un pedazo de pan.

Thorby se puso su maquillaje y se ensució la cara. Baslim lo esperaba con una fotografía y un pequeño cilindro plano del tamaño de una moneda de media mínima. Enseñó la foto a Thorby:

—Mírala; recuérdala bien.

—¿Para qué?

—¿Reconocerías a ese hombre?

Thorby la volvió a mirar:

—Está bien, le reconoceré.

—Estará en una de las tabernas del puerto. Tienes que encontrarle antes de la tercer hora.

—Le encontraré, papi.

—Cuando le encuentres, pon esto en tu cuenco junto con unas cuantas monedas. Luego cuéntale la historia de siempre, pero asegúrate de decirle que eres el hijo de Baslim el Tullido.

Thorby no perdió tiempo en bajar hasta el puerto. Fue por el camino más directo, tratando solamente de evitar encontrarse con la patrulla nocturna. Después de buscar por todas las tabernas, finalmente encontró al hombre que buscaba cuando salía de una en la que ya había entrado. Iba en compañía de otro hombre, pero Thorby se interpuso:

—¡Una limosna, amables señores! ¡Una limosna por el bien de vuestra alma!

El hombre que no era el que Thorby buscaba le tiró una moneda que Thorby cogió hábilmente con los dientes.

—¡Bendito sea, señor! —Y se volvió al otro.

—Una limosna, amable señor. Una pequeña limosna para un desgraciado. Soy el hijo de Baslim el Tullido y...

El primero de los hombres intentó darle una patada:

—¡Márchate!

Thorby le evadió:

—...hijo de Baslim el Tullido. El pobre Baslim necesita alimentos y medicinas, y yo estoy completamente solo...

El hombre de la fotografía sacó su monedero.

—No lo hagas —le aconsejó su compañero—. Son todos unos embusteros y ya le he pagado para que nos deje tranquilos.

—Suerte para el salto —respondió el otro— Veamos... —Metió la mano en su monedero, lanzó una ojeada al cuenco y puso algo en él.

—Gracias, amables señores. Que vuestra descendencia sea masculina.

—Thorby se apartó antes de mirar. El pequeño cilindro plano ya no estaba allí.

Se dirigió de vuelta a su casa, pidiendo limosna. Se encontró con papi en su puesto favorito, junto al del subastador, y contemplando el puerto.

Thorby se le reunió:

—Hecho.

El viejo contestó con un gruñido.

—¿Por qué no te vuelves a casa, papi? Debes estar cansado. Yo ya he ganado algo esta mañana.

—Cállate. ¡Una limosna, señora! Una limosna para un pobre tullido.

A la hora tercera una nave partió con un ¡huussch! que se dopplerizó perdiéndose en subsónicos; el viejo pareció tranquilizarse.

—¿Qué nave era aquélla? —preguntó Thorby.

—El librecambista Rotriany Lass, con destino al Borde, y en ella iba nuestro amigo.

Baslim no intentaba ya disimular a Thorby sus actividades extraprofesionales. Algunos días solamente uno de los dos se dedicaba a mendigar, en cuyo caso el lugar era siempre la Plaza de la Libertad, pues al parecer Baslim estaba especialmente interesado en la llegada y salida de las naves, y especialmente en los movimientos de las naves de esclavos y en las subastas que siempre seguían a la llegada de una de ellas.

Thorby le fue más útil cuando su educación hubo progresado. El viejo parecía creer que todo el mundo tenía una memoria perfecta.

—Pero, papi, ¿cómo quieres que lo recuerde? ¡Si ni siquiera me has dejado que lo mirase!

—Proyecté la página durante tres segundos por lo menos. ¿Por qué no la leíste?

—No tuve tiempo.

—Yo la leí, y tú también puedes hacerlo. Tienes que aprender a hacer juegos malabares con la mente. Hace tiempo que un sabio de la Tierra enseñó a hacerlo. ¿Has oído hablar de la Tierra?

—Pues... sí; he oído hablar de ella. Y... no sé... pero todas esas historias de que del cielo cae agua helada, y de que hay caníbales de tres metros de alto, y torres más altas que el Presidium, y unos hombrecillos del tamaño de muñecas que viven en los árboles... bueno, papi, no soy tan tonto como todo eso.

Baslim suspiró:

—A veces las historias se confunden. Algún día, cuando hayas aprendido a leer, te dejaré ver libros de los que puedes fiarte.

—Pero si ya sé leer.

—Eso es lo que tú te figuras, Thorby, lo cierto es que sí, que existe la Tierra y que es en verdad un lugar extraño y maravilloso. Allá han vivido miles de sabios, y uno de ellos fue Samuel Renshaw; él demostró que la mayor parte de las gentes pasan toda su vida solamente medio despiertos; y además probó que es posible despertarse y vivir, ver con los ojos, oír con los oídos, gustar con la lengua, pensar con la mente, y recordar exactamente lo que se ha visto, oído, gustado, pensado.

A medida que Thorby fue aprendiendo a usar su mente, le fue gustando cada vez más; adquirió un apetito insaciable por la letra impresa, hasta que noche tras noche, Baslim tenía que ordenarle que apagase el visor y se fuese a dormir. Thorby aprendió lenguas; la historia y la galactografía le entusiasmaban. Los amplios horizontes del conocimiento le deleitaban, tanto como a un bebé el descubrimiento de su puño.

Las matemáticas al principio no le interesaban, no comprendía para qué servían. Hasta que se dio cuenta de que no era necesario que sirviesen de nada, sino que eran un juego, como el ajedrez, pero más divertido.

El viejo a veces se preguntaba para qué serviría todo aquello. Ahora ya sabía que el muchacho era aún más inteligente de lo que se había figurado.

¿Pero era justo para el chico? ¿Estaba sencillamente enseñándole a estar descontento de su suerte? ¿Qué posibilidades tenía en Jubbul el esclavo de un mendigo? Ninguna.

—Thorby; quiero hablar contigo.

—Sí, mi señor. Sí, amo. En seguida, jefe.

—No seas desvergonzado.

—Perdona, papi. ¿Qué ocurre?

—Hijo, ¿qué vas a hacer cuando yo me muera?

Thorby se quedó paralizado:

—¿Te encuentras mal, papi?

—No; por lo que a mí se refiere, puedo durar años. Pero a lo mejor no me despierto mañana. A mí edad no se sabe nunca. Y si no me despierto,

¿qué vas a hacer? ¿Conservar mi puesto en la Plaza?

Thorby no respondió, Baslim prosiguió:

—No puedes hacerlo, y los dos lo sabemos. Eres ya tan grande que no puedes contar el cuento de manera tan convincente. No dan como daban cuando eras pequeño.

Thorby dijo lentamente:

—No tenía intención de ser una carga.

—¿Es que me he quejado?

—No. —Thorby vaciló—. Lo he estado pensando Papi, me puedes alquilar a alguna compañía de trabajo.

El viejo hizo un gesto de enojo:

—Eso no es una respuesta. ¡No, hijo! Te voy a separar de mí.

—¡Papi! Me prometiste que no lo harías.

—No prometí nada.

—Pero no quiero ser libertado, papi. Si me liberas, bueno, pues no me iré.

—No quise decir precisamente eso.

Thorby permaneció silencioso un momento:

—¿Es que vas a venderme, papi?

—No exactamente. Bueno... sí y no. Deja que te explique. Aquí no hay porvenir para ti, y los dos lo sabemos. Si me muero sin libertarte, pasas a poder de Sargon.

—¡Tendrían que atraparme...!

—Te atraparían. Pero la manumisión no resuelve ¿Qué gremios están abiertos a los libertos? La mendicidad, sí... pero una vez eres mayor, para que te vaya bien tienes que sacarte los ojos. La mayor parte de los libertos trabajan para sus antiguos amos, eso ya sabes. Los hombres del pueblo libre no quieren trabajar con esclavos.

—No te preocupes, papi. Ya me las arreglaré.

—Pues sí que me preocupo. Y ahora escucha. Voy a venderte a un hombre que conozco, que te llevará de aquí. No en una nave de esclavos, sino sencillamente en una nave. Pero en vez de enviarte donde dice el conocimiento de embarque...

—¡No!

—Cállate. Te dejarán en un planeta donde la esclavitud sea ilegal. No te puedo decir cuál será, pues no estoy seguro de la ruta de la nave, ni siquiera de qué nave será; hay que disponer los detalles. Pero en cualquier sociedad libre, tengo confianza en que te podrás abrir camino.

Baslim se detuvo a considerar una idea que se le había ocurrido muchas veces. ¿Debería enviar a Thorby a su propio planeta natal? No, no solamente sería dificilísimo de conseguir, sino que no era el lugar más adecuado para un emigrante inexperto... valdría más enviarle a cualquier mundo de la frontera, donde un cerebro más despierto y ganas de trabajar era todo lo que se necesitaba; había varios de esos mundos a distancia comercial de los Nueve Mundos. Le hubiese gustado saber cuál era el mundo natal del muchacho. Quizá tuviese allí parientes, gentes que le ayudarían. ¡Debería haber algún método de identificación de amplitud galáctica!

Al cabo de unos días, una mañana, Baslim le dijo:

—Empieza a preparar el desayuno; tengo trabajo.

Se sentaron frente a sus cuencos de papilla caliente. Baslim se comió la suya con su desinterés de costumbre; Thorby apenas si la probó.

Finalmente dijo:

—Papi, ¿cuándo me vas a vender?

—No te voy a vender.

—¿Cómo?

—Inscribí tu manumisión en los Archivos hace unos días. Eres un hombre libre, Thorby.

Thorby se sobresaltó, luego bajó los ojos, y por fin dijo:

—Hubiese preferido que no lo hubieses hecho.

—Si te atrapasen, no quisiera que pudiesen tildarte de «esclavo huido».

—¡Oh! —Thorby se quedó pensativo— El castigo es azotes y marca al hierro, ¿verdad? Gracias.

—No estaba pensando en el castigo. Los azotes se curan pronto, lo mismo que el marcado. Pero estaba pensando en la posibilidad de una segunda falta. Vale más que a uno le acorten, que no ser atrapado después de haber sido marcado —y abandonó rápidamente su papilla.

—Papi, ¿exactamente, qué es lo que hace a uno la Iobosectomía?

—Pues... podría decirse que hace que las minas de torio sean soportables. Pero no hablemos de ello, por lo menos, no a la hora de comer. Y ya que digo acábate tu comida, y vámonos. Esta mañana hay subasta.

—¿Quieres decir que puedo quedarme?

—Este es tu hogar.

Baslim no volvió nunca más a proponer a Thorby que le dejase. La manumisión no hizo ninguna diferencia a su rutina ni a sus relaciones.

Thorby fue a los Archivos Reales, pagó la cantidad prescrita y entregó la ofrenda de costumbre, y le tatuaron una línea a través de su número de serie, con el sello del Sargon también tatuado a su lado, y el número de la hoja del libro del archivo en el que se le declaraba un sujeto libre del Sargon, susceptible de impuestos, servicio militar y con derecho a morirse de hambre sin obstáculo ninguno. El empleado que realizó el tatuaje miró el número de serie de Thorby y dijo con curiosidad:

—No parece que sea de nacimiento, muchacho. Que tu padre se declaró en quiebra? O es que los tuyos te vendieron sencillamente para librarse ti?

—No es cosa que a usted le importe.

—No te hagas el listo, muchacho, o de lo contrario vas a descubrir que esta aguja todavía puede hacer más daño. Contéstame como es debido; veo

que tienes una marca de factor. Y no de un propietario particular y por la forma en que se ha extendido y se ha desvanecido debías tener cinco o seis años. ¿Dónde y cuándo fue?

—No lo sé. De veras que no lo sé.

—Bueno. Eso es lo que contesto a mi mujer cuando me hace preguntas personales. Estáte quieto. Casi he terminado. Ya está... te felicito y doy la bienvenida a las filas de los hombres libres. Yo hace ya muchos años que soy libre, y te predigo que te encontrarás más suelto, pero no siempre más cómodo.

OceanofPDF.com