Ciudadano de la galaxia
Capítulo VI
El capitán de la Sisu apareció aquella tarde. El capitán Krausa era alto, rubio y tosco, y tenía las arrugas y la boca decidida que denotaban a un hombre acostumbrado a la autoridad y la responsabilidad. Se sentía molesto consigo mismo por haber permitido que le apartasen de su rutina por una tontería. Su mirada escrutó a Thorby sin contemplaciones.
—Madre Shaum, ¿es ésta la persona que insistió en que tenía un asunto urgente que tratar conmigo?
El capitán hablaba la lengua comercial de los Nueve Mundos, una forma degenerada de sargonés, sin flexiones y con una gramática posicional rudimentaria. Pero Thorby le entendió y respondió:
—Si es usted el capitán Fjalar Krausa, sí que tengo un mensaje para vos, noble señor.
—No me llames «noble señor»; sí, soy el capitán Krausa.
—Sí... capitán.
—Si tienes un mensaje, dámelo.
—Sí, capitán. —Thorby comenzó a recitar el mensaje que había aprendido de memoria utilizando la versión finlandesa: «Al capitán Fjalar Krausa, al mando de la nave estelar Sisu, de parte de Baslim el Tullido.
¡Saludos, viejo amigo! Saludos a tu familia, clan y sib, y mis humildes respetos a tu reverenciada madre. Te hablo por boca de mi hijo adoptivo.
No entiende el finlandés; me dirijo a ti con carácter privado. Cuando recibas este mensaje ya habré muerto...»
Krausa había comenzado a sonreír, pero entonces dejó escapar una exclamación. Thorby se detuvo. La madre Shaum interrumpió diciendo:
—¿Qué dice? ¿Qué lenguaje es ése?
Krausa contestó rápidamente:
—Es mi lenguaje. ¿Es verdad lo que dice?
—Que es cierto, ¿qué? ¿Cómo voy a saberlo? No entiendo esa jerga...
—¡Ah!, lo siento. Me dice que un viejo mendigo que acostumbraba a andar por la Plaza... Baslim se llamaba, ha muerto. ¿Es eso cierto?
—Desde luego. Se lo podía haber dicho yo, si hubiese sabido que le interesaba. Todo el mundo lo sabe.
—Todo el mundo, menos yo, por lo visto. ¿Qué le sucedió?
—Le acortaron.
—¿Acortaron? ¿Por qué?
La mujer se encogió de hombros:
—¿Cómo he de saberlo? Lo que se dice es que murió, o se envenenó, antes de que pudiesen interrogarle, de modo que, ¿cómo he de saberlo? No soy sino una pobre vieja que intenta ganarse la vida honradamente, mientras todo sube cada día. La policía del Sargon no me hace confidencias.
—Pero si... bueno; no importa. —Se volvió a Thorby—: Sigue; termina tu mensaje.
Thorby, que se había despistado, tuvo que volver al principio. Krausa esperó con impaciencia hasta que llegó a «... ya habré muerto. Mi hijo es lo único de valor que poseo al morir; lo confío a tu cuidado. Te pido que le socorras y le aconsejes como si fuese yo mismo. Cuando se presente la oportunidad, te pido que lo entregues al comandante de cualquier nave de la Guardia Hegemónica diciendo que es un ciudadano de la Hegemonía que está en dificultades, y como tal, tiene derecho a su ayuda para encontrar a su familia. Si se ocupan de ello, pueden establecer su identidad y devolverlo a los suyos. Todo lo demás lo dejo a tu buen juicio. Le he encomendado que te obedezca, y creo que así lo hará: es un buen muchacho, dentro de los límites de su edad y de su experiencia, y te lo confío con la conciencia tranquila. Y ahora tengo que dejarte. Mi vida ha sido larga y abundante; estoy satisfecho. Adiós».
El capitán se mordió el labio y su cara adquirió la expresión de una persona mayor que encuentra difícil no llorar. Finalmente, dijo con aspereza:
—Está lo bastante claro. Bien, muchacho, ¿estás a punto?
—¿Señor?
—Vienes conmigo. ¿O es que Baslim no te lo dijo?
—No, señor. Pero me dijo que hiciese lo que usted me dijese. ¿Tengo que irme con usted?
—Sí; ¿cuándo puedes partir?
Thorby tragó saliva:
—Ahora mismo, señor.
—Pues entonces, ven. Quiero volver a mi nave. —Miró a Thorby de arriba abajo—: Madre Shaum, ¿podemos ponerle algo de ropa decente?
Eso que tiene puesto no sirve para llevarle a bordo. Pero no importa; en esta misma calle hay una tienda. Le compraré su equipo.
La mujer había estado escuchando con asombro creciente y, finalmente, dijo:
—¿Le lleva a su nave?
—¿Alguna objeción?
—Pues... ninguna... si es que no le importa que le hagan trizas.
—¿Qué quiere decir?
—¿Está loco? Hay seis policías entre este punto y la entrada al puerto espacial... y todos ellos están ansiosos por cobrar la recompensa.
—¿Quiere decir que le buscan?
—¿Y por qué se figura que le he escondido en mi propio dormitorio?
—Pero, ¿por qué?
—¿Y cómo quiere que lo sepa? Pero así es.
—No creerá de veras que un muchacho así sabría lo bastante de lo que el viejo Baslim hacía para que valga la pena...
—No hablemos de lo que Baslim había hecho o estaba haciendo. Soy un sujeto leal del Sargon... y no tengo ganas de que me acorten. Dice usted que quiere llevarse al muchacho a su nave; yo digo que me parece estupendo. Me alegraré de librarme de preocupaciones. Pero, ¿cómo?
Krausa hizo crujir los nudillos de sus manos.
—Había creído —dijo lentamente—, que se trataría sencillamente de llevarle a la puerta de entrada y de pagar su impuesto de emigración.
—Pues no es así, de modo que olvídese.
El capitán Krausa pareció preocupado:
—Aquí son tan estrictos con el contrabando, que si te cogen te confiscan la nave. Me pide que comprometa a mi nave... a mí mismo... y a toda mi tripulación.
—No le pido que arriesgue nada. Ya tengo bastante con preocuparme de mí misma. Lo único que hacía era explicarle cómo están las cosas. Si me lo preguntase le diría que me parece una locura intentarlo.
Thorby, dijo:
—Capitán Krausa...
—¿Sí? ¿Qué quieres, muchacho?
—Papi me dijo que hiciese lo que usted me dijese, pero estoy seguro de que nunca tuvo la intención de que usted arriesgase la cabeza por mí. —
Tragó saliva—. Ya me las arreglaré.
Krausa hizo un gesto de impaciencia:
—¡No, no! —dijo con rudeza—. Baslim deseaba que esto se hiciese... y las deudas se pagan. ¡Las deudas se pagan siempre!
—No lo comprendo.
—No hace falta. Pero Baslim quería que yo te llevase conmigo, de modo que eso es lo que hemos de hacer. —Se volvió a la madre Shaum—: La cuestión es, ¿cómo? ¿Alguna idea?
—Pues... es posible. —Se volvió y dijo—: Vuelve a tu escondite, Thorby, y ten cuidado. Quizá tenga que salir un rato.
Poco antes de la queda, al día siguiente, una gran silla de manos salió de la calle de la Alegría. Un policía de patrulla la detuvo, y la madre Shaum sacó la cabeza. El hombre pareció sorprendido:
—¿Sales, madre? ¿Quién se ocupará de los clientes?
—Mura tiene las llaves —respondió—. Pero vigila bien el sitio, amigo mío. No es tan firme con ellos como yo lo soy. —Le puso algo en la mano, que el hombre hizo desaparecer.
—Así lo haré. ¿Vas a estar fuera toda la noche?
—Confío que no. Quizá valdrá más que me procure un pase de calle,
¿no te parece? Me gustaría venir directamente a casa en cuanto termine lo que tengo que hacer.
—Pues precisamente ahora han hecho eso de los pases de calle algo más difícil.
—¿Siguen buscando al chico del mendigo?
—Pues la verdad es que sí. Pero ya le encontrarán. Si se ha escapado al campo, le harán volver por hambre; y si todavía está en la ciudad, ya le encontraremos.
—Bueno, la verdad es que no me podrías confundir con él. De modo que bien puedes dar un corto pase a una vieja que tiene necesidad de hacer una visita particular. —Y apoyó sobre la puerta una mano de la que se veía salir la esquina de un billete.
El policía echó una mirada a la mano, y luego apartó la mirada:
—¿Será media noche suficiente?
—Me figuro que de sobras.
Sacó su libreta y comenzó a escribir, arrancó la hoja y se la entregó a la mujer. Cuando ella la tomó, el dinero desapareció:
—Que no sea más tarde de medianoche.
—Espero que sea antes.
El policía echó una ojeada al interior de la silla de manos, y luego miró en derredor. Los cuatro portadores habían estado esperando pacientemente, sin decir nada, lo cual no era sorprendente, puesto que carecían de lengua:
—¿Garaje Zenith?
—Sí, es el que utilizo siempre.
—Me pareció reconocerlos. Hacen juego.
—Valdría más que les mires bien. Uno de ellos podría ser el muchacho del mendigo.
—¡Esas bestias peludas! No digas tonterías, madre.
—Adiós, Shol.
La silla se alzó y se puso en movimiento al trote. En cuanto hubieron dado la vuelta a la esquina, la mujer hizo que moderasen el paso y corrió todas las cortinas. Luego tocó con la mano los almohadones que tenía alrededor:
—¿Vas bien?
—Estoy aplastado —respondió débilmente una voz.
—Más te vale aplastado que acortado. Me apartaré un poquito. Eres huesudo.
Durante la siguiente milla se ocupó en alterar su vestido y en ponerse joyas. Se cubrió la cara con un velo hasta que solamente podían verse sus negros y brillantes ojos. Cuando hubo terminado sacó la cabeza y dio instrucciones al jefe de los portadores: la silla dio abruptamente la vuelta a la derecha dirigiéndose al puerto espacial. Cuando llegaron a la carretera que circunda su alta e inexpugnable verja, era ya casi de noche.
La puerta para los astronautas está al pie de la calle de la Alegría, la de los pasajeros está al este de aquélla, en el Edificio de Control de la Emigración. Más allá, en el distrito de los almacenes, está la Puerta de los Comerciantes, carga y aduana de salida. Millas más allá están las puertas de los astilleros. Pero entre los astilleros y la Puerta de los Comerciantes hay una pequeña puerta reservada para los nobles ricos que poseen yates espaciales.
La silla llegó al puerto espacial cerca de la Puerta de los Comerciantes, dio la vuelta y siguió la verja en dirección a aquélla. La Puerta de los Comerciantes consiste en varias puertas, cada una de las cuales conduce a un dique diferente.
Aquella noche la puerta del dique tres estaba abierta; el librecambista Sisu estaba acabando de cargar. Su patrón observaba, discutía con los inspectores, y engrasaba su funcionamiento de la manera conocida desde tiempo inmemorial. Un oficial joven de la nave le ayudaba en su tarea, llevando la cuenta con cuaderno y lápiz. La silla de manos pasó entre varios camiones que esperaban y cerca del dique. El patrón de la Sisu alzó la vista cuando la velada dama sacó la cabeza. Echó una mirada a su reloj, y dijo a su subalterno:
—Una carga más, Jan. Entra con el camión que está cargado, y yo te seguiré en el último.
—Sí, señor. —El joven se subió al camión y dijo al conductor que lo apartase. Un camión vacío ocupó su lugar. Este se cargó rápidamente, pues el patrón parecía no tener tantas cosas que discutir con los inspectores.
Luego resultó que no estaba satisfecho y pidió que volviesen a empezar. El
jefe de cargadores pareció apenado, pero el patrón le calmó, miró nuevamente a su reloj, y dijo:
—Hay tiempo. No quiero que estas cajas revienten antes de llegar a la nave; la mercancía cuesta cara. Hagamos las cosas bien.
La silla de manos había ido adelantando a lo largo de la verja. Pronto se hizo de noche; la dama del velo miró la esfera fosforescente de su reloj de anillo y azuzó a sus portadores.
Por fin llegaron a la verja reservada a los nobles. La dama velada sacó la cabeza y dijo con rudeza:
—¡Abrid!
En la verja había dos guardas, uno de ellos en un pequeño cuarto de guardia y el otro paseando por fuera. El que estaba fuera abrió la puerta, pero puso su bastón a través de ella cuando la silla empezó a pasar a su través. Detenidos, los portadores la bajaron al suelo, de modo que la parte de la derecha, que era la de su puerta, quedase frente a la puerta de entrada.
La dama velada gritó:
—¡Apártese! ¡Al yate de lord Marlin!
El guarda que obstruía la entrada vaciló:
—¿La señora tiene pase?
—¿Es que eres imbécil?
—Si mi señora no tiene pase —dijo lentamente—, quizá mi señora indicará alguna manera de que la guardia pueda cerciorarse de que lord Marlin la está esperando.
La dama velada no era sino una voz en la oscuridad, el guardia tenía suficiente sentido para no hacerle brillar la linterna en su cara; había tenido larga experiencia con nobles y señores. Pero aquella voz estaba muy enojada, echaba fuego:
—Si insistes en comportarte como un imbécil, llama a milord a su yate
¡y confío en que descubras que le has complacido!
El guarda que estaba en la caseta salió:
—¿Alguna dificultad, Sean?
—¡Oh, no! —Consultaron entre sí en voz baja.
El más joven volvió a entrar para telefonear al yate de lord Marlin, mientras que el otro esperaba fuera.
Pero al parecer la dama no estaba dispuesta a soportar más impertinencias. Abrió la portezuela de su silla de manos, se precipitó hacia fuera, y entró violentamente en el cuarto de guardia, seguida del otro sorprendido guardia. El que estaba llamando por teléfono dejó de manipular las clavijas sin llegar a establecer la comunicación, y alzó la mirada... y se sintió enfermo. Aquello era peor de lo que se había imaginado. No se trataba de una jovenzuela arrogante, que hubiese huido de sus acompañantes; era una matrona furiosa, de la especie capaz de ocasionar la ruina de un hombre reduciéndole a trabajos forzados o algo peor. El hombre se quedó escuchando con la boca abierta la ofensiva verbal más feroz que su desdicha le había obligado a escuchar en todos los años que llevaba comprobando la entrada y salida de damas y caballeros a través de aquella puerta.
Mientras la atención de ambos guardias estaba monopolizada por la rica retórica de la madre Shaum, una figura se desprendió de la silla de manos y empezó a correr desapareciendo en la penumbra. Thorby siguió corriendo hasta llegar a una calle en ángulo recto con la de la puerta, y allá se echó al suelo, respirando pesadamente.
Entre tanto la madre Shaum, furiosa, volvió a subir a la silla de manos, dijo secamente unas palabras a los esclavos, quienes alzaron la silla y se pusieron en marcha al trote.
Entre tanto, el patrón del Sisu había dado su conformidad a la carga del último camión, el cual se había puesto en marcha:
—Eh, conductor... cuando llegues al cruce de las calles, para por completo, ¿quieres?
Cuando el camión se detuvo Krausa alargó los brazos e izó a Thorby al interior del camión. Luego Krausa abrió uno de los cajones, y comenzó a tirar hojas de verga, de valor inestimable en cualquier otro planeta. Pronto hubo hecho un agujero lo bastante grande:
—¡Métete ahí!
Thorby se introdujo en aquel reducido espacio, y Krausa volvió a cerrar cuidadosamente el cajón.
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