Cómo funciona la música
Música privada
En el extremo inferior de la gama de duración musical, los politonos no han sido aún reconocidas como forma válida y autónoma de creación musical, y quizá no lo sean nunca, pero la brevedad ya no debería importar. Se podría argumentar que el sonido de arranque del Mac es una composición musical, igual que el breve y misterioso crescendo de cinco segundos que indicaba el final de cada escena en la serie de televisión Perdidos. Los timbres de puerta, los zumbidos, las alertas de correo electrónico o las bocinas de coche son formas válidas de composición. Nuestro panorama musical se ensancha, pues la extensión ya no importa: lo breve, lo largo y lo intermedio coexisten.
MÚSICA PRIVADA
El iPod, igual que el reproductor de casete Walkman antes que él, (fig. C) nos permite escuchar música donde queramos. Antes, la tecnología de grabación había desligado la música de la sala de conciertos, de la cafetería o del bar, pero ahora podemos llevar la música siempre con nosotros. Michael Bull, que ha escrito frecuentemente sobre el impacto del Walkman y del iPod, señala que muchas veces usamos estos aparatos
para «estetizar el espacio urbano»[4]. Llevamos nuestra propia banda sonora allá donde vamos, y envolvemos con nuestra música el mundo que nos rodea. Nuestra vida se convierte en una película, y podemos modificar la partitura una y otra vez; en un solo minuto podemos pasar de una tragedia a una película de acción. Vivaz y fantasiosa, o siniestra e inquietante, cada uno lleva su propia película en la cabeza y todas son diferentes. Dicho esto, el filósofo del siglo XX Theodor Adorno, sempiterno quejica donde los hubiera, llamó a esa situación «soledad acompañada», una situación en la que, aun estando solos, la música nos ofrece la posibilidad de