Conan de Aquilonia
La bruja de las brumas
1. La cosa que huía
Oculto por una espesa cerrazón, el sol se acercaba a la línea del poniente. En los claros del bosque, el cielo nuboso parecía colgar como una arrugada manta de lana sucia. Densas volutas de vapor difuminábanse como fantasmas errantes entre los húmedos y negros troncos de los árboles. Las gotas de agua de las recientes lluvias caían acompasadamente sobre los montones de hojas otoñales que yacían sobre el suelo, y cuyos colores escarlata, dorado y bronce se iban desvaneciendo con el atardecer.
Precedido por un apagado ruido de cascos y crujir de cueros, así como por el rechinar de pertrechos, apareció en un claro de la espesura ya casi sombría un fornido corcel. Con el movimiento de sus patas agitaba la niebla y la dispersaba, y aparecía a la vista un gigante de anchas espaldas montado sobre la grupa, que atenazaba con sus poderosas piernas los flancos del animal. El hombre ya no era joven, pues el tiempo había teñido de gris su negra cabellera, así como los poblados bigotes que sobresalían a ambos lados de una boca de apretados labios. Los años ha bían trazado profundas arrugas en sus mejillas. Tanto el rostro de enérgicas facciones y cuadrada mandíbu la, como los antebrazos, cuyos fuertes músculos so bresalían cual cordajes, dejaban ver cicatrices que eran reliquias de numerosas peleas y batallas; pero la firmeza con que se sentaba sobre la montura, el ta lante presto y sus rápidos reflejos engañaban acerca de su edad.
Por unos momentos, el corpulento jinete perma neció inmóvil sobre su caballo, que jadeaba con la boca llena de espuma. Por debajo de las alas de un som brero de guardabosque, cuyo fieltro estaba mancha do de sudor, escudriñó con mirada penetrante el claro cubierto de neblina, mascullando sordas imprecaciones.
Si alguien lo hubiera observado, podría haber con fundido al fornido gigante con algún bandolero, en tanto que no reparara en que la ancha y pesada espa da que colgaba de su cinto ostentaba en su empuña dura una joya de inmenso valor, y que el cuerpo de caza que llevaba en bandolera era de marfil, con fili granas de oro y plata. En
efecto, se trataba del rey de Aquilonia, soberano del reino más rico y poderoso del Oeste. Su nombre era Conan.
De nuevo estudió con su feroz mirada el claro que la niebla envolvía. La pálida luz no le permitía ni si quiera a él interpretar las huellas de las recientes pisadas de caballos sobre la húmeda maraña de hier ba, aun cuando se veían ramas rotas y hojas caídas en desorden.
Conan echó mano al cuerpo y se lo llevó a los la bios para dar el toque de llamada a los perros, pero en ese momento sus oídos percibieron el galope de un caballo. Poco después, una jaca gris cruzaba la ma leta que rodeaba el claro. Un hombre de edad madu ra, pero más joven que Conan, cuyos ojos oscuros brillaban en su rostro moreno, encuadrado por un lustroso cabello negro, salió de la espesura y saludó al rey con cierta familiaridad.
Al primer ruido de ramas, la mano de Conan, instintivamente, aferró el puño de la espada. Si bien no había razón para que se sintiera amenazado en aquel sombrío bosque que se encontraba al norte de Tanasul, los hábitos de toda una vida no se pierden fácilmente. Luego, al observar que el recién llegado era uno de sus antiguos camaradas y fervientes partidarios, se relajó su porte. El hombre más joven dijo:
–No se ve ninguna señal del príncipe a lo largo del sendero, Majestad. ¿Habrá galopado el muchacho por delante de nosotros, siguiendo las huellas del ciervo blanco?
–Es más que probable, Próspero -gruñó Conan-. El muy tonto ha heredado la testarudez de su proge nitor. ¡Le vendrá bien tener que pernoctar en la sel va, especialmente si vuelven a caer estas condenadas lluvias!
Próspero, general poitanio de los ejércitos de Conan, disimuló cortésmente una sonrisa maliciosa. El fornido aventurero cimmerio había subido, por fortuna, por el destino o por algún fiero capricho de su dios del norte, al trono del reino más civilizado y bri llante del Oeste.
Aún conservaba el temperamento explosivo de su primitivo pueblo, así como su carác ter indómito, y su hijo, el príncipe Conn, al que aho ra buscaban, se convertía, a medida que iba crecien do, en la viva imagen de su padre. El muchacho tenía cara hosca, de pocos amigos, el mismo cabello negro y fuerte, abultados músculos, y el mismo desprecio por el peligro.
–¿Debo llamar al resto de la comitiva, señor? – pre guntó Próspero-.
No sería bueno dejar perdido en el bosque durante la noche al heredero del trono. Podemos separarnos haciendo sonar nuestros cuernos…
Conan se quedó pensativo, retorciéndose el bigo te. A su alrededor se extendía la densa selva del Gun derland oriental. Pocos conocían los senderos de aquellos bosques salvajes. El aspecto de las nubes pronosticaba que las lluvias nocturnas de un otoño temprano pronto les caerían encima, empapando la espesura con chaparrones fríos e interminables. El rey lanzó una breve carcajada.
–¡Déjalo, hombre! Esto será parte de la educación del muchacho. Si tiene madera de rey, mojarse un poco y pasar una noche al raso no le hará ningún daño; por el contrario, le servirá de experiencia. Cuando yo tenía la edad de ese cachorro pasé muchas noches a la luz de las estrellas en los páramos desiertos y en los barrancos de las sierras de Cimmeria. Volvamos al campamento. Hemos perdido al ciervo, pero tenemos el jabalí, y las botas del buen vino tinto de Poitain acompañan bien el cerdo asado. ¡Estoy muerto de hambre!
Horas más tarde, con el vientre lleno y el espíritu liviano tras múltiples libaciones de vino, Conan se acomodó junto a una reconfortante hoguera encendida en el campamento. Envuelto en un montón de pieles, tal vez algo afectado por el vino, el corpulen to Guilaime, barón de Imirus, roncaba alegremente. Unos cuantos cazadores y cortesanos, cansados por la larga cacería, también dormían acostados en sus toscos lechos. Otros se agrupaban junto al fuego.
El cielo se había despejado, y una luna casi llena y glacial brillaba con luz pálida entre la niebla que se disipaba. No había vuelto a llover, y al 'despejarse el cielo se desencadenó un viento frío y penetrante que arrancaba las hojas otoñales de sus ramas.
El vino había desatado la lengua del Rey, de tal modo que siguió perorando con la cara algo congestionada por los reflejos del fuego. Iba contando, uno tras otro, chistes obscenos y anécdotas de su larga vida pródiga en aventuras, pero Próspero notó que de vez en cuando callaba, silenciando a los demás con la mano en alto para escuchar si se oía algún distante galope de caballo o para escrutar la oscuridad de la selva con la atenta mirada de sus fogosos ojos azules. Conan estaba mucho más preocupado por la ausencia del príncipe Conn de lo que sus
palabras dejaban traslucir. Una cosa era encogerse de hombros afirmando que la experiencia sería saludable para el adolescente, y otra muy distinta pretender indiferencia cuando el chico, que sólo tenía doce años, podía estar tendido bajo un húmedo matorral, con una pierna rota, en la oscura noche.
Próspero pensó que tal vez Conan se sintiera culpable, cosa rara en el salvaje, pendenciero y semicivilizado rey-guerrero cimmerio, ya que la cacería en Gunderland había sido idea del propio bárbaro. Su reina, Zenobia, había enfermado tras un parto prolongado, y había dado a luz a su tercer vástago, una niña. Durante los meses de su lenta recuperación, Conan permaneció con ella todo el tiempo que sus obligaciones reales le permitieron. Al sentirse desatendido, el chico se volvió hosco y esquivo. Cuando Zenobia hubo recuperado gran parte de sus fuerzas, y pareció que la muerte apartaba sus negras alas de palacio, Conan sugirió pasar algunas semanas junto a Conn acampando y cazando, con la esperanza de acercarse nuevamente a su hijo.
Y el testarudo mozalbete, excitado por su primera cacería de adolescente, se había alejado solo a caballo, se había internado en el bosque, que desconocía, y sobre el que se cernía la oscuridad de la noche, en una loca persecución del escurridizo ciervo blanco que ellos habían intentado cazar durante horas sin el menor éxito.
Al despejarse el cielo, aparecieron las titilantes es trellas; el viento que empezaba a soplar gemía entre las ramas, mientras las hojas secas crujían como pisa das por pies furtivos. Conan se interrumpió en el cur so de un emocionante relato de piratería y de magia, y oteó la oscuridad con ojos de lince. La gran selva de Gunderland no era el lugar más seguro, ni siquiera en aquella turbulenta época. Bisontes y búfalos, el jabalí salvaje, el oso pardo y el lobo gris acechaban en los senderos del bosque. Y allí también espiaba otro ene migo potencial, el más astuto y traidor de todos: el hombre. Porque los bribones, bandidos y renegados se refugiaban en los bosques cuando la vida en las ciudades se tornaba demasiado peligrosa para ellos.
Lanzando un juramento, el Rey se puso en pie, se quitó su manto negro y lo arrojó sobre una pila de per trechos.
–Podéis acusarme de tener corazón de mujer, si es que osáis, bastardos -gruñó-, pero yo no me quedo sentado aquí por más tiempo.
Con esta luna que ilumina como si fuese de día, si no soy capaz de seguir un rastro, merezco convertirme en un vulgar estigio. ¡Fulk!
Ensillad al rojo Ymir; mi caballo está exhausto. Vosotros, pasad la bota de vino por última vez y montad a caballo. ¡Valens! Encontrarás las antorchas en el tercer carro. Distribúyelas y partamos. No dormiré tranquilo antes de asegurarme de que mi hijo está a salvo.
Montando de un salto sobre su enorme corcel, Co nan musitó:
–¡Ese muchacho! ¡Mira que salir corriendo como un tonto detrás de un venado dos veces más rápido que un pony como el suyo! ¡Cuando lo encuentre, le enseñaré lo que significa para mí tener que abando nar un confortable fuego para dirigirme al frío y hú medo bosque!
Un búho blanco como la nieve revoloteaba en el aire, destacándose contra el contorno de la luna. Co nan se estremeció súbitamente, y usaron sus impre caciones. Negros presentimientos invadieron su alma de bárbaro. Sus antepasados contaban en voz baja ex trañas historias acerca de una cosa que huía en la no che… algo parecido a un venado, blanco como un fantasma, y veloz como el viento invernal. Rogó a Crom que aquélla fuera una bestia de carne y hueso, y no una cosa misteriosa surgida de abismos ignotos más allá del tiempo y del espacio…
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