Conan de Aquilonia

Robert E Howard · Capítulo 2 de 43

Páginas del PDF

Conan de Aquilonia

2. Los hombres sin rostro

El joven Conn tenía frío, y estaba mojado y preo cupado. La parte interior de los muslos le dolía, irritada por horas de dura cabalgata, y las ampollas le molestaban. También sentía un vacío cada vez mayor en el estómago. Pero lo peor era que estaba perdido. El ciervo blanco había flotado delante de él como un pájaro fantasma que brillara en la oscuridad. En una docena de ocasiones la escurridiza bestia estuvo al alcance de su jabalina. Cada vez que una fría prudencia se sobreponía a la excitación de Conn, el magnífico ciervo, vacilante, inclinaba su orgullosa cornamenta, y una y otra vez la posibilidad de llevarle a su padre tan magnífico premio había incitado al muchacho a alejarse más y más.

Conn frenó su caballo y se detuvo en medio de una espesa maleza, observando la oscuridad a su al rededor. Agitadas por el viento, las ramas crujían y las hojas susurraban, mientras que el follaje ocultaba las estrellas y la luna. No tenía la menor idea de dón de se encontraba, ni siquiera intuía en qué dirección lo había arrastrado el venado, pero sabía que se ha llaba mucho más allá de los límites que su padre le marcara. A pesar de su chaqueta de cuero, el mucha cho temblaba.

Conocía el carácter de su padre; a su regreso, éste le azotaría con un pesado cinturón. Sólo mitigaría el enojo de Conan si volvía triunfante, arro jando el enorme ciervo a los pies de su progenitor. ¡; Conn trató de olvidar el hambre y la fatiga y apre tó los dientes con infantil determinación. En aquel momento mostraba un sorprendente parecido con su vigoroso padre: el mismo rostro moreno y ceñudo enmarcado por una negra cabellera, los mismos fo gosos ojos azules, el amplio pecho y los hombros de Conan. A sus doce años prometía sobrepasar, al llegar a la madurez, la elevada estatura del autor de sus días, pues ya era más alto que muchos aquilonios adultos.

–¡Arriba, Marduk! – dijo, hundiendo los talones en los ijares de su negro potro.

Avanzaron por la mojada espesura hasta alcanzar un claro cubierto de césped. Al llegar al descampado, el joven Conn distinguió un destello blanco en las ti nieblas. El ciervo blanco salió de la oscuridad, como flotando, y con un ágil salto penetró en el claro, justo delante de él. El

corazón del muchacho palpitó de gozo, y la excitación de la caza hizo hervir su sangre. Los cascos guarnecidos con herraduras de hierro del pony de Conn machacaron la hierba. Delante de ellos, como un blanco fantasma que se destacara en la húmeda oscuridad, el ciervo saltaba sobre los troncos de los árboles caídos con gráciles brincos, dirigiéndose al extremo del claro, mientras que el príncipe lo seguía muy de cerca.

Conn se inclinó sobre el cuello de su potro, co giendo con una mano la liviana jabalina. Frente a él, el ciervo resplandecía como un fuego fatuo. Pero al fondo se alzaba un espeso muro de árboles. Conn sa bía que el animal tendría que reducir su impulso, o estrellarse contra la barrera.

Sin embargo, en el preciso instante en que tomaba impulso con el brazo para arrojar la jabalina, ocurrió lo imprevisto. El ciervo se disolvió en la bruma, pero ésta, a su vez, se convirtió en una figura humana alta, demacrada, con blancas vestiduras. A juzgar por la nube de ondulante cabello gris que se arremolinaba en tor no a su cara huesuda, y tranquila como una máscara inexpresiva, se trataba de una mujer.

El terror se apoderó de Conn. El potro, erguido so bre dos patas, miró con ojos asustados y lanzó un relincho. Luego se calmó y quedó inmóvil, tembloroso. Conn clavó su mirada en los ojos, fríos y verdes como los de un gato, de la cosa-mujer que tenía delante.

Entre ambos reinó un tenso silencio. En ese breve lapso de tiempo, Conn se dio cuenta de que las manos le temblaban y el corazón le latía aceleradamente, y que sentía un sabor ácido en la boca. ¿De modo que así era el miedo? Pero ¿cómo se atrevía aquella mujer-fantasma a enseñarle lo que es miedo al hijo de Conan el Conquistador?

Con un terrible esfuerzo de voluntad, el mucha cho aferró la jabalina con dedos temblorosos. ¡Se tratara de un fantasma, bruja o remedo de mujer, el hijo de Conan no demostraría temor!

Los ojos verdes centellearon, y la mujer esbozó una sonrisa burlona ante la imitación que hacía el chi co de los gestos de su padre. Luego hizo una lenta señal con su delgada mano. Las hojas crujieron y las ra mas cimbrearon.

Conn volvió la cabeza para mirar en derredor, y su firme expresión se demudó al ver las fantásticas formas que urgían por todas partes en

el claro.

Eran nombres enjutos como momias, de estatura sobrenatural, más altos que el poderoso Conan; algu nos sobrepasaban los seis pies. Iban vestidos con negros ropajes desde el cuello hasta los pies, y llevaban esta vestimenta ajustada al cuerpo como un guante. Se cubrían la cabeza con negros y estrechos capuchones. Sus manos eran huesudas, delgadas y de dedos alargados. Todos ellos llevaban armas sorpren dentes, que consistían en varas o bastones de unos dos pies de largo, de madera negra, pulida y resplande ciente. Cada bastón tenía en la punta una bola esféri ca de un metal plateado y opaco. Dichas bolas eran algo más pequeñas que un huevo de gallina.

Pero fueron sus caras las que llenaron el corazón de Conn de un miedo supersticioso. ¡Porque no te nían rostro! Debajo de los estrechos y negros capu chones, sus semblantes eran óvalos blancos, lisos y vacíos.

Nadie hubiera censurado al muchacho por haber huido con temor.

Pero no huyó. Pese a no tener más que doce años, descendía de un linaje de intrépidos guerreros y mujeres valientes, y pocos de sus antepasados habían vacilado ante el peligro o la muerte. Sus abuelos se habían enfrentado antaño al terrible oso gigante, a los temibles dragones de nieve de los montes Eiglofia y al extraño tigre dientes-desable del país de las cavernas. Habían luchado contra aquellas cria turas metidos hasta las rodillas en la nieve invernal, mientras la trémula cortina de luces norteñas titilaba sobre sus cabezas. En aquel instante de peligro, la fuer za de los antepasados bárbaros se adueñó del chico.

La mujer levantó la cabeza y pronunció una corta frase con fuerte acento hiperbóreo:

–¡Ríndete, muchacho!

–¡Jamás! – gritó Conn.

Profiriendo el grito de guerra cimmerio que había aprendido de su fiero progenitor, enristró su jabalina a modo de lanza y, apuntando al más cercano de los hombres sin rostro, de negra vestimenta, picó con las espuelas una vez más a su cansada cabalgadura.

Ningún signo de emoción turbó la vieja cara de la mujer vestida de blanco. Antes de que el potro pudiera dar un brinco, Conn sintió un

dolor terrible en el brazo. Jadeando, se dobló sobre la montura. La ja balina cayó de sus dedos entumecidos y golpeó sordamente la húmeda hierba.

Con mágica rapidez, uno de los hombres vestidos de negro se acercó a él y cogió las bridas del caballo con una de sus manos huesudas. Con la otra le dio un certero golpe al muchacho, utilizando el bastón de madera. La bola de la punta le dio a Conn en el hue co del codo. El impacto, dirigido con certera punte ría, alcanzó el haz de nervios, debajo de la articu lación, y el dolor que sintió Conn le hizo ver las es trellas.

El hombre de negro levantó nuevamente el bastón para asestarle otro golpe, pero la mujer gritó en una lengua desconocida. Hablaba con voz profunda, áci da, metálica y asexuada. Obedeciendo, el hombre sin rostro refrenó el golpe.

Pero Conn no se rindió. Lanzando un grito inarti culado, cogió con la mano izquierda el puño de la ci mitarra que colgaba de su talabarte y la empuñó con mano torpe. Los hombres vestidos de negro lo rodea ban ya por todos lados, intentando cogerlo con sus delgadas manos, que asomaban de las negras mangas que cubrían sus brazos.

Conn lanzó una estocada al más cercano. La hoja alcanzó el largo cuello del hombre, y le seccionó la garganta. Con un gemido ahogado, el gigante dobló las rodillas y cayó de bruces al mojado suelo. Conn clavó las espuelas en las costillas del potro y le dio una orden. El animal lanzó un relincho y retrocedió, al tiempo que los hombres sin rostro aparecían por todos lados. Entonces, el caballo comenzó a arrearles coces con sus herrados cascos. Como fantasmas, los hombres las eludían. Uno de ellos empuñó su bastón. La bola de éste golpeó la muñeca de Conn con diabólica habilidad, y la cimitarra voló de sus fláccidos dedos. Otra de las bolas de metal tocó suavemente la nuca del muchacho. Éste se cayó del caballo, convertido en un montón de huesos privados de fuerza. Un hombre lo cogió en brazos y lo depositó en el suelo, mientras otros dominaban al potro.

La mujer de ojos verdes se inclinó sobre el chico inconsciente.

–Conn, príncipe heredero de Aquilonia, heredero legal del trono de Conan -dijo con voz áspera, y rió con risa seca y apagada.

«Thoth-Amon va a estar contento.

OceanofPDF.com