Conan de Aquilonia
5. Un fantasma del pasado
Emergiendo entre las brumosas y turbulentas ne blinas, el redondeado pico de una colina descollaba frente a ellos en el camino de piedra. Aturdido y ren dido por los días y noches de viaje, Conn la miró con ojos extraviados.
Coronaba la cima de la loma un poderoso torreón, un sólido castillo construido con ciclópeos bloques de piedra, sin argamasa. A la débil luz de las estrellas tenía un aspecto fantasmagórico, que se distinguía borrosamente en la atmósfera cargada de niebla, se mejante a una aparición. En cada extremo del macizo edificio se levantaban anchas torres envueltas en es pirales de bruma. Galoparon hacia el portalón de la espectral mansión. Al acercarse, Conn vio que la enor me reja se levantaba lentamente. El muchacho, me dio muerto de hambre, reprimió un estremecimien to. El movimiento de la reja, erizada de clavos de hie rro herrumbroso, recordaba el lento bostezo de un gigantesco monstruo.
Atravesaron a caballo el amplio portal, que daba a un enorme salón, sombríamente iluminado por la vacilante luz de las antorchas.
La reja se cerró tras ellos, y resonó contra el pavimento de piedra como si hu bieran tocado a muerto.
Frías manos blancas arrancaron al muchacho de la montura y lo arrojaron a un rincón. Éste se acurrucó contra la pared de piedra, mirando a su alrededor. Poco a poco, las formas del vasto salón cargado de ecos se fueron dibujando en la penumbra. El torreón entero era un inmenso salón. El techo, cuyas vigas se perdían en la oscuridad, se encontraba muy por en cima de sus cabezas. Los únicos muebles visibles eran uno o dos toscos bancos de madera, un par de sillas y una larga mesa montada sobre caballetes. Encima de la mesa había un plato de madera que contenía lonchas de carne grasienta y fría, y un mendrugo de pan negro ordinario y mojado. El chico echó una mi rada hambrienta a aquella inmundicia. Como adivi nando sus pensamientos, la vieja mujer masculló una orden. Uno de los hombres cogió el plato de la mesa y lo depositó junto a Conn.
Éste tenía entumecidas las manos, por cuanto le habían atado las muñecas al cuerpo de la montura du rante los días y noches que
estuvieron cabalgando. El hombre cortó la correa que lo inmovilizaba, le puso una cadena al cuello y echó un candado al otro extre mo, fijado a un anillo de hierro herrumbroso incrus tado en la pared. Conn se arrojó sobre los restos de comida mientras el hombre lo observaba en silencio. El brujo se había quitado su máscara de marfil, de manera que Conn pudo verle la cara. Era pálida y huesuda, y había en su expresión una serenidad in humana. A Conn le disgustaron los finos y descolori dos labios, así como los fríos destellos de sus verdes ojos, pero como estaba hambriento, y helado, y se sentía desdichado, no le importó el aspecto de sus raptores. Otro hombre se acercó con algunas piezas de sucia arpillera que llevaba colgando del brazo. Las echó junto al muchacho encadenado, y luego ambos se alejaron, dejándolo solo.
Después de haber comi do todo lo que había, Conn juntó la mugrienta paja desparramada por el enorme salón donde resonaba el eco. Cubrió la paja con las arpilleras, se acostó sobre el improvisado lecho y, haciéndose un ovillo, no tardó en dormirse.
El apagado sonido de un gong lo despertó. En aquel lóbrego montón de piedras nunca entraba la luz del día, de modo que Conn había perdido toda noción del tiempo.
Miró hacia arriba, frotándose los ojos. En el centro del salón se encontraba un tablado circular de pie dra, de poca altura, sobre el que estaba sentada la bruja. Un gran brasero de cobre con carbones encendidos reflejaba en su rostro una oscilante luz de color sangre.
Conn la estudió detenidamente. Era vieja. Mil arru gas surcaban su cara decrépita, y su cabello gris flota ba libremente junto a la inexpresiva máscara que era su rostro. Pero, en los llameantes ojos verdes esme ralda, la vida latía intensamente, y su misteriosa mira da se perdía en el vacío.
Junto al pie de la tarima, uno de los hombres de negras vestiduras se agachó, y golpeó con un mallo almohadillado un pequeño gong con forma de calavera humana, y el sordo tañido se propagó con ecos sobrenaturales.
Los hechiceros entraron en la habitación en fila india. Se habían despojado de sus máscaras de marfil y de los negros capuchones que cubrían su sedoso cabello. Uno de ellos empujaba a un hombre desnu do que tenía la cabeza cubierta por una melena hir suta. Conn lo
recordaba porque, al cruzar el día anterior las interminables marismas, los adoradores de la muerte lo habían capturado y le habían atado un lazo alrededor del cuello, con lo que se veía obligado a trotar detrás de sus caballos, o bien a caer y ser arrastrado. El hombre estaba desfigurado, atontado y sucio. Tenía la boca entreabierta, y los ojos le brillaban de terror.
Comenzó entonces un extraño rito. Dos hechice ros se arrodillaron y ataron los pies del prisionero con una cuerda que pendía de una viga.
Luego lo fue ron levantando lentamente hasta que quedó colgan do, desnudo y cabeza abajo, sobre el brasero lleno de carbones chispeantes.
El hombre se retorció de do lor, y profirió inútiles alaridos.
Entonces, le cortaron la garganta de oreja a oreja.
La víctima se retorció en el aire, y poco después quedó inerte. Conn observaba la escena con los ojos dilatados por el horror. La sangre cayó a borboto nes sobre los carbones, y se produjo una explosión que esparció una nube de humo; un olor nauseabun do inundó la estancia.
Mientras todo esto sucedía, la bruja miraba hacia adelante, con la mirada perdida. Conn comprobó que se bamboleaba de un lado a otro, canturreando una melopea cacofónica. Los hombres ataviados de negro seguían de pie, inmóviles, cerca de la tarima, en tanto que los carbones crepitaban y estallaban. El cuerpo del sacrificado siguió chorreando sangre mientras se oyó el tenue y misterioso lamento que entonaba la bruja, pero acompañado por el monótono ritmo del gong. Conn miraba fijamente, con irresistible fascinación.
Por encima de la tarima, arremolinándose y enros cándose como movido por manos invisibles, el pestilente humo colgaba cual grasiento velo. De pronto, el chico, con cara lívida, reprimió un sobresalto.
–¡Crom! – murmuró.
La turbia nube de humo iba tomando forma de hombre, de un hombre alto, poderoso, de anchas es paldas, envuelto en una especie de túnica oriental, cuya capucha, echada hacia atrás, dejaba al descu bierto una cabeza rasurada y un torvo rostro de halcón.
La ilusión era pavorosa. La bruja seguía canturrean do. Su ronca melopea fue creciendo, y cayó como un viento helado que silbara por entre los maderos de un patíbulo.
Aquel hombre con forma de fantasma fue adquiriendo color, los pliegues de su túnica se oscurecie ron adoptando una tonalidad verde, y su lívida faz se tornó morena, de una marrón rojizo, como la cara de un shemita o de un estigio. El chico, helado de horror, examinó al transparente fantasma con ojos desorbitados. La ilusión le mostraba un rostro que le parecía haber visto o haber oído describir… esas huidizas facciones aquilinas, esa boca torva carente de labios. Allí donde debían estar los ojos, había dos centellas verde esmeralda.
Los labios se movieron, y el eco distante de una voz resonó por el sombrío salón. – ¡Salud, oh Louhi! – dijo el fantasma.
Y la bruja contestó:
–¡Bienvenido, Thoth-Amon! Entonces, las escalofriantes garras del miedo atenazaron realmente el corazón de Conn, pues éste se dio cuenta de que no se hallaba en manos de un vul gar secuestrador.
Estaba en poder del más mortal y tenaz enemigo de su raza, del más poderoso mago del mundo negro, del brujo estigio que desde tiem pos inmemoriales había jurado por sus dioses ma lignos someter a Conan de Cimmeria a una muer te horrible, y aplastar Aquilonia hundiéndola en el fango.
OceanofPDF.com